La vida en el ártico de nuestro hermoso planeta siempre ha sido difícil para animales y personas. El frío perenne, incluso en la época del deshielo, que es apenas un tímido verano, vuelve complicadas las comunicaciones entre los poblados por allí dispersos. En aquéllos tiempos, la gente vivía en pequeños iglús que construían con bloques de hielo que la misma naturaleza se encargaba de mantener firmes, pues era el único material que tenían a mano y que podían manejar con herramientas sencillas.
Su ropa se componía de pieles de animales, que cazaban y curtían aprovechando el pálido sol del largo verano, y su alimento principal era el pescado, con el cual hacían algo parecido; salarlo y secarlo para la época del invierno, cuando la dureza del hielo les imposibilitaba la pesca.
La grasa que necesitaban para preparar sus alimentos, la obtenían de pequeñas ballenas que cazaban entre todos, repartiéndose el animal como buenos vecinos, dependiendo del número de miembros de cada familia. La época del deshielo era cuando realmente tenían trabajo, ya que el largo invierno les imposibilitaba incluso asomar el rostro fuera del iglú la mayor parte del tiempo, no solo por el frío y el viento, sino además por la oscuridad.
Vivían en forma pacífica, ayudándose unos a otros cuando era requerido. No se conocían las guerras, y las disputas vecinales no pasaban nunca a mayores, respetándose tanto a los ancianos que dirimían los desacuerdos, como las mismas leyes en sí, que eran sencillas pero efectivas.
Los más felices en estos remotos parajes eran los niños. En aquéllos tiempos de inocencia, podían jugar con ciertos animales y criaturas que hoy solo reconocemos en los viejos libros de cuentos; como los unicornios, gnomos, duendes y otros seres de la naturaleza, cuya existencia es un mito en el que casi nadie cree, pues de existir aun, están escondidos en la espesura de los antiguos bosques de los que pocos quedan en el mundo, debido precisamente a la depredación del hombre.
Era natural entonces, que un unicornio, encariñado con alguno de los pocos niños que tenían estas personas, asomara su naricita por el pequeño hueco que dejaban apenas abierto para entrar y salir de sus casas de hielo durante las peores tempestades invernales. Los niños lo alejaban de inmediato, ya que su hermoso cuerno corría el peligro de derretirse al calor del hogar siempre encendido. Pero estos maravillosos y cariñosos animales jamás se alejaban mucho, esperando la menor oportunidad de que el tiempo mejorase para jugar con los pequeños.
Un buen día apareció uno de estos increíbles unicornios, más alto y blanco – si eso es posible – que todos los otros conocidos hasta ese momento. Su cuerno brillaba espléndidamente como si estuviese hecho del diamante más puro, dirigiéndose directamente a la casa de un pequeño que estaba gravemente enfermo, y cuya vida pendía de un hilo, pues ninguno de los curanderos del poblado, ni de zonas más alejadas, habían podido dar con el origen de su mal. Era hijo único. Sus padres habían pedido a los dioses por otro hijo, pero nunca fueron escuchados, así que si esta criatura fallecía, ellos se quedarían solos y sin posibilidades de que alguien los cuidara cuando fuesen viejos. Su destino, ya lo sabían, sería, cuando ya no pudiesen valerse por sí mismos, salir a la intemperie un día de la peor tormenta, y dejar que la naturaleza hiciera su trabajo.
El increíblemente hermoso unicornio, metió su cabeza por la pequeña puerta, y ante el asombro de todos, llamó a los padres del enfermito, diciéndoles. Acérquense, tomen un pedazo de la punta de mi cuerno, dilúyanlo en agua hirviendo, y cuando esté tibia, bañen con ella al niño, el cual sanará de inmediato. Y no se preocupen, que el cuerno volverá a ser como siempre ha sido. Así fue hecho, y así sucedió, tal cual se los relato.
Pero la fama de lo acontecido traspaso fronteras. Como reguero de pólvora, de poblado en poblado, e incluso más allá, llegó la noticia del unicornio milagroso. Los problemas no se hicieron esperar.
Un buen día, el pequeño poblado se vio estremecido por lo que parecía ser el trotar de cientos de patas de animales, y de gritos despavoridos de hombres que llamaban a la guerra. Cuando los pobladores asomaron sus caras, se vieron rodeados por guerreros encapuchados que a gritos preguntaban por el milagroso unicornio, amenazando con las peores venganzas si no eran escuchados.
Ellos no sabían que responderles, pues a cada “no lo hemos visto”, una andanada de golpes caía sobre el desafortunado, mientras un largo y corvo cuchillo era puesto contra su garganta.
Cuando los gritos eran más agudos, mezclados con los llantos de los pequeños y la desesperación de las madres, un increíble relincho se escuchó, y al pie de una montaña cubierta por la nieve, que se encontraba a cierta distancia, todos pudieron ver asombrados al impresionante unicornio - que aun parecía más alto y brillante - desafiando con su presencia a los guerreros que con tanta impaciencia lo buscaban.
Los invasores montaron en sus caballos, con sogas prestas para darle caza al extraordinario animal, dándose ordenes y preparando -mientras cabalgaban – la estrategia
para que no se les escapara. Eran muchos; docenas... El unicornio, más que correr, parecía volar. Los jinetes comenzaron a separase, a dividirse; un grupo de un lado y otros tantos del otro, tratando de cercarlo. Cuando el precioso animal vio que la altísima montaña se atravesaba en su camino, cerrándole toda posibilidad de huida, sucedió el verdadero milagro de este cuento, mucho más extraordinario que la existencia misma de dichos seres mitológicos.
Un enorme ruido se escuchó, igual que cuando se presenta una imprevista y temida avalancha. La montaña rugía realmente, pues el descomunal sonido parecía provenir de sus mismas entrañas. La nieve comenzó a deslizarse laderas abajo, ¡y oh maravilla de maravillas!, según el alud tomaba fuerza, comenzaba a dibujarse, ante el asombro de los nativos y el miedo de los guerreros, una manada de maravillosos caballos en tonos azulados, los cuales saltaban sobre sus cuatro patas en cuanto estas tocaban la falda de las laderas, distribuyéndose también en dos grupos, a cada lado del unicornio, que parado sobre sus manos traseras se había quedado inmóvil, mientras su relincho lograba escucharse tanto por encima de los otros animales, como sobre los gritos de terror y la incredulidad de los guerreros invasores, que llamaban a retirada tocando sus trompetas.
Y así fue que jamás en ese remoto lugar los niños volvieron a enfermarse, ni tampoco a las personas malintencionadas se les ocurrió regresar a molestarlos, todo lo contrario, ellos generosamente distribuían cada año - según lo determinado por el bondadoso unicornio - y en frascos debidamente sellados, porciones de su cuerno para que fueran entregadas a personas de ciencia que pudieran repartir la milagrosa medicina entre quienes realmente lo necesitaran, previa prohibición de que el elixir curativo fuese vendido o negociado, ya que de hacerlo, su efecto sanador quedaría anulado de inmediato.
De ahí, de ese perdido lugar del mundo, salieron muchos de los brujos, brujas y curanderos que luego esparcieron por toda la tierra su saber, aunque muchos de ellos hayan sido incomprendidos y calumniados, e incluso llevados a la muerte por aquéllos ignorantes que jamás creyeron en la existencia del prodigioso unicornio de nieve, con cuerno de diamante.