Ya no soy el que fui. Recuerdo que siempre te burlabas, llamándome héroe o Don Quijote, según fuera la pedrada. Pero esos tiempos ya pasaron. Ahora me preocupo solo de mi mismo; de mis asuntos. Los problemas ajenos dejaron de tener importancia. Tenías razón cuando me advertías que más tarde o más temprano, ese afán de ayudar... o de meterme donde no me llamaban, como solías decirme, iba a tener alguna consecuencia; y si, lo reconozco, tuviste razón.
Don Román parecía hablar consigo mismo, más que estar haciendo una reflexión, y aun menos, dándole alguna explicación a su hermano Tomás, que cosía y cosía los zapatos que tenía que terminar para entregar esa misma tarde, y quien hasta el momento no había dicho ni esta boca es mía.
Eran dos hombres ya adultos; apenas Don Román con un par de años más que Don Tomás, pero por esas cosas de las costumbres, le había tocado hacer siempre de hermano mayor, así que a pesar de la confianza y el cariño que se tenían, el zapatero omitía –por respeto -lo que pugnaba por salir de su boca: ¡te lo dije!
Ya me voy, dijo el mayor, también yo debo terminar una chaqueta que viene a buscar al rato el Presidente Municipal, que tiene no se qué compromiso político esta tarde...
--¡Compromiso político! - rumió Don Tomás, sin levantar sus ojos del calzado - ¡ese sinvergüenza!
¡Y sí que lo era! El tal Presidente Municipal, el Lic. Pellicer, como se hacía llamar pomposamente, bien sabía todo el mundo que había llegado allí por los buenos oficios de los hermanos antes mencionados, pero muy particularmente, por el soporte incondicional del sastre, hombre respetado por toda la comunidad, quien lo sostuvo durante su campaña, confiando en que sería de provecho para el pueblo contar con un joven nacido allí, y a quien debido a su orfandad habían apoyado – él particularmente – para que al concluir sus estudios de derecho viniera a desarrollarse profesionalmente en beneficio de sus conciudadanos, que bien necesitaban de juventud preparada.
Pero sus ambiciones políticas fueron superiores a cualquier otra consideración. Trataba de convencer, tanto al sastre como al zapatero, diciéndoles que “siendo alcalde puedo ayudar más a nuestro pueblo; mejor de lo que lo haría desde otra posición”. Don Román se dejó engatusar, quizás porque lo veía como a un hijo – al no tener propios – pero a Don Tomás, jamás lo convenció. Como él decía: no me trago la labia de ese tipo, que a leguas se ve que es un hipócrita; no sé porque eres tan ciego, se atrevía a reprocharle a su hermano, el cual callaba.
¡Y tuvo razón! Poco tiempo después de haber sido nombrado Alcalde del muy noble pueblo de El Llanito, se vio clarito como sus intereses estaban alejados de lo que significara ver por los más desprotegidos, todo lo contrario, se había parcializado de forma evidente favoreciendo los de un terrateniente, quien desde hacía años usaba cualquier triquiñuela legaloide para hacerse con las pequeñas parcelas de los que caían en desgracia, pagándoles dos centavos por lo que había sido su vida.
El sastre decidió, a pesar de sus propósitos de no volver a intervenir en asuntos ajenos -pero seguramente sintiéndose responsable por haber ayudado a ponerlo allí - hablar por última vez con “ese muchacho”, como le decía, aunque el susodicho ya sobrepasaba los treinta. Y así lo hizo.
Mientras Pellicer se veía en el espejo, pavoneándose con su nueva y elegante chaqueta, Don Román comenzó.
- ¿Si te das cuenta de lo que estás haciendo?
- ¿A qué se refiere señor? (eso sí, el respeto por delante)
- Sabes bien a lo que me refiero. A la mala manera como le arrebataron su parcela al pobre Juan, que salió del pueblo cargando en una carreta sus pocas pertenencias, después de tantos años de trabajo... A la forma dudosa como tus amigos se hicieron con su tierrita –y las de otros, lo cual tú avalaste.
- ¡Pero todo fue legal...
- ¡Sí, claro!, hay muchas formas de “volver legales” las trampas... Escúchame bien: a partir de este momento no cuentas más ni con mi hermano ni conmigo, y acuérdate que tres años pasan volando. Si soñabas con la reelección, vete apeándote de la mula... ¡Ah!, y en la ceguera en la que te has dejado atrapar por tu soberbia, que te impide ver tu propia y alzada nariz, no olvides – agregó -, que todos aquí, incluso los más pobres, ayudaron para que finalizaras tus estudios.
Pellicer tomó su hermosa chaqueta de pana, pagó lo que le pidieron, y calándose sus elegantes gafas de sol, salió de la sastrería sin decir palabra.
Don Román jamás se dio por aludido de haber sostenido esta conversación, pero por diversos detalles –que en un pueblo pequeño no pasan desapercibidos - fue muy evidente que tanto él como su hermano, habían dejado de darle su apoyo al joven alcalde.
La vida continuó con la lentitud usual. El sastre se había propuesto bajarse del viejo corcel de hidalgo chiflado, enderezador de causas perdidas, y dejar que los molinos de viento fueran solo eso, y no enemigos a vencer a toda costa.
Así que aunque la sastrería continuaba siendo el lugar donde acudían los que tenían algún problema, él escurría el bulto lo más que podía cuando venían a pedirle opinión para cualquier asunto, y más si eran quejas sobre el tal Lic. Pellicer, que por lo visto, seguía haciendo de las suyas.
Pero un día - ¡lo que son las cosas! - fue el propio Pellicer el que dejó caer por allí su humanidad, como quien dice, con el rabo entre las piernas.
- Don Román...
- ¡Vaya sorpresa! ¿qué se te ofrece?
- Tengo demasiados problemas, y necesito su consejo.
- ¿Sabes qué Pedro? - porque así se llamaba-, es un propósito de vida que me he hecho, el no intervenir más en asuntos ajenos. Ya tu estas grandecito y sabes qué hacer...
- Señor, por favor... Ud. ha sido como un padre para mí...
- No me atrevo a acercarme a nadie más con algo tan personal. Necesito que me escuche.
- Está bien, habla; mirándolo severamente.
- Me he quedado solo señor. La gente me rehúye... si no me niegan el saludo, es por puro compromiso.
- Y no me dirás que no sabes a que se debe.
- Sí, claro que lo sé, y es por eso que necesito que me ayude... Reconozco que perdí piso, que me dejé llevar por la soberbia, por el poder, y me olvidé de los que realmente siempre fueron mis amigos.
- Y bien, ¿qué puedo hacer yo?, porque si lo que pretendes es que de nuevo te apoye para lograr tu reelección, de una vez te digo que ni lo sueñes.
- No, le juro que no es esa mi intención, todo lo contrario, no pienso volver a contender, pero creo que aún me queda tiempo para remediar, aunque sea en parte, algunos errores garrafales que he cometido, y para eso deseo contar con Ud.
- Dime, pues.
- Aun existen unos terrenos que son públicos y que están bien situados. Quisiera que me apoyara para que la Junta del pueblo permita que se puedan destinar a la siembra, y vendérselos con créditos largos, a los cuatro vecinos contra los cuales yo intervine para que fueran despojados de sus pequeñas parcelas. Porque si, reconozco que eso fue; un despojo amparado en trucos legales.
- Se de cuales terrenos hablas, y la verdad que están desperdiciados, y mejor que sean para la siembra y no para que venga algún desarrollador pretendiendo adquirirlos para otros usos. Y claro que para esto puedes contar conmigo, y estoy seguro que también con mi hermano. Así que ya tienes dos votos de la Junta.
Le comentaba tiempo después Don Tomás a Don Román.
- Definitivamente, que noble es la gente, bastó solo un año de buen comportamiento del “Lic. Pellicer”, para que el pueblo entero se volcara a pedirle que se reeligiera como alcalde... ¿Y tú, hermano, lo vas a apoyar de nuevo?
- Mira Tomás, yo pienso que hay que darle una nueva oportunidad a las personas, especialmente si son jóvenes, y creo que Pedro Pellicer Pérez aprendió su lección. ¿Quién te dice que no sería peor el bueno por conocer, que el malo conocido?
- Definitivamente Román, a pesar de tus propósitos, aún sigues en tu viejo y renco caballo, luchando contra los molinos de viento.
Hablando en baja voz, y sonriendo socarronamente, el sastre murmuró para sus adentros; no cabe duda que tenía razón quien dijo: genio y figura, hasta la sepultura...