País Relato - Autores

adelfa martín

el rey inmortal

¡Larga vida al rey!, ¡larga vida al rey!, ni una palabra más, ni una palabra menos, le decían todos sus súbditos cuando pasaban por su lado, lo saludaban, o simplemente cuando asomado a su balcón, veía cada tarde como se ocultaba el sol en el horizonte amarillo.
Este rey que gobernaba el reino mágico de arriba; ese que todos sabemos que existe sobre nuestras cabezas, y que es un reflejo exacto del mundo de abajo, pero sin que la mano depredadora del hombre lo haya dañado jamás, se sentaba a reflexionar sobre las cosas curiosas que le sucedían. No entendía por qué le decían siempre la misma frase, cuando desde que tuvo uso de razón, él sabía que no moriría jamás.
Sería cuestión de publicar un edicto, aclarando ese detalle importante. Era perentorio que todos supieran el don del que gozaba, dado en prenda de regalo al nacer, por aquélla mujer extraña que inesperadamente se presentó en la corte y señalándolo a él, no a su gemelo, dictó de viva voz, para que todos la escucharan, cuales mágicos dones le serian otorgados a uno de los hijos del viejo rey, en pago por favores recibidos años atrás, y que por sepa Dios que motivos ignorados hasta entonces, no habían podido ser saldados.
Lógicamente que al ceder el anciano su corona, eligió, sin dudarlo un instante, al hijo inmortal para que consolidara su reino, para que cumpliera con los designios divinos de recrear en cada detalle el mundo de abajo, eliminando de esa copia
todo lo negativo, dañino, corrompido, sucio y peligroso del otro que llamamos real.
Bastaba salir a caminar para darse cuenta que habitaban el paraíso. Las calle adoquinadas en tonos rosáceos, contrastaban con el verde intenso de los prados y jardines cercanos, y con el multicolor de hermosas y variadas flores que durante todo el año les regalaban su aroma y belleza.
Los edificios con techos móviles para seguir la luz solar, se veían brillar desde lejos, pues el momento más oscuro del día no pasaba de ser un ocaso resplandeciente, que en vez de oscurecer, iluminaba los rostros de los paseantes como si de un sublime rubor de tratara.
Para eso había venido él a este mundo se decía, para lograr que la paz, la abundancia, la prosperidad y el amor reinaran por siempre. Su nombre y sus desvelos no serían nunca olvidados, porque sería eternamente la imagen viva del mejor rey que ningún país real o imaginario hubiera tenido.
Un día, inesperadamente, comenzó a sentir el primer dolor de cabeza de su vida. El médico de palacio lo examino, informándole que tenía un poco de fiebre.
--¡Como fiebre!, se asombró el rey. El galeno, los ayudantes, y los tantos sirvientes y asistentes que se encontraban a su alrededor, se miraron entre sí bajando los ojos… pero ¿qué sucede?, preguntaba... --Nada majestad, no se preocupe, mañana estará Vd. bien…
Llegó mañana, y su salud había empeorado ostensiblemente… --pero no siento mejoría, es más, ¡estoy peor! --Señor, tenemos que aceptar el paso de los años…
Vd. ya no es tan joven. --¡Pero eso que importa!, ¡Yo soy inmortal! Quiero saber lo que sucede realmente ahora mismo, veo como me miran de soslayo, como cuchichean y cambian la mirada cuando los observo… Esto es una orden terminante. En este mismo momento, deseo ser informado de la verdad, y toda la verdad.
--Está bien Majestad… si Vd. así lo ordena… Y fue el doctor el que atrevió a hablar…
--Lo que sucede señor, es que cuando aquélla extraña mujer leyó su conjuro, señaló realmente la imagen de su hermano gemelo, pues ella los estaba viendo reflejados en un espejo… (¡!)