El larguirucho era él. Tenía que ser, pues aparecía inevitablemente en todas sus pinturas. A primera vista podría parecer que lo animaba la soberbia, la complacencia o una demasiado elevada autoestima que bien pudiera confundirse con egolatría. Pero no era ello, obedecía a una imperiosa necesidad y a una fuerza que lo compelía y no podía evadir.
Varias veces sufrió el inmenso dolor de ver como su obra amanecía completamente borrada. Todo lo realizado en una semana de arduo trabajo y sometido a la pasión febril que lo absorbía, desaparecía como por arte de magia. En una ocasión, cuando por fin cayó en cuenta de lo que realmente pasaba, fue porque sobre el lienzo blanco, como si jamás hubiese sido usado, apareció la larga figura de un hombre desdibujado, al que no se le reconocían sus facciones, pero que fácilmente imaginaba ser el mismo, ya que así era su físico; alto, desgarbado y si se quiere, poco agraciado.
A partir de ese momento comenzó a pintar la tal figura - cosa que realizaba al final, antes de firmarla - buscándole el mejor lugar que se adecuara al motivo del cuadro. Desde entonces, jamás sucedió nada malo con sus trabajos. Se puso a meditar el porqué de esto que no se atrevía a compartir con nadie. Si ya de por si lo consideraban loco y algo extraño, que pensarían
si les hablara de una imagen que imponía su presencia en cada una de sus pinturas.
Se sentó en su sillón favorito, ya medio descuadrado por los años de uso, y comenzó a reflexionar sobre el fantasma -así comenzó a llamarlo- decidido a llegar al fondo del asunto, haciendo un recuento sobre los sucesos posteriores a su aparición, que decididamente, cambiaron su vida.
Tenía muchos años pintando. Francamente no recordaba haber hecho otra cosa. Medio autodidacta, pues apenas aprovechó algunas clases con un maestro extranjero que vivió por los alrededores hacía ya tiempo, achacaba su falta de éxito a ese asunto. --¡Cómo voy a competir, se decía, con los pintores que van a Paris, España, Nueva York, y a tantos lugares a perfeccionar su arte! Jamás pasaré de ser un aficionado, se conformaba.
En su pueblo natal sin embargo lo consideraban un maestro, y así lo llamaban, pues enseñaba a jóvenes locales que soñaban con ser pintores, o que simplemente tomaban sus clases por entretenerse o por hacer algo distinto. Dos veces al año realizaba una exposición, para la cual el Ayuntamiento le acondicionaba un lugar.
Haciendo un esfuerzo de memoria, pues ese cuadro fue vendido, recordaba la primera y única vez que a motus propio, se pintó a si mismo recostado de un pino, así, como esa figura larguirucha que ahora se le imponía. A partir de ese momento, estaba seguro, comenzaron sus problemas.
Aunque como hombre poco creyente se negaba a aceptar cosas que no pudiera ver o tocar, era evidente que la figura exigía su presencia en cada obra, so pena de borrar todo lo realizado, si se atrevía a firmarla sin antes haberla dibujado.
Miró a su alrededor. Ya tenía suficiente material para llevar a cabo otra exposición, y esta vez aun con más cuadros. El sol daba de lleno en el estudio, y mirando todas y cada una de sus pinturas, tuvo la impresión de que había un cambio en ellas. Soy poco dado a la autocomplacencia en estos aspectos pensó, pero noto algo distinto, como si hubieran sido realizadas por una mano diferente, como si mi arte se hubiera perfeccionado...
Y parece que así fue. La exposición tuvo tal éxito, que de otras ciudades se hicieron eco de ella en las columnas culturales de distintos periódicos, siendo precisamente uno de los puntos que llamaron la atención, el hecho de la presencia de esa figura larga y a veces desproporcionada, que recurrentemente aparecía en cada cuadro.
Se hablaba de una nueva forma en la concepción y maestría del pintor, en la originalidad de su obra, y extrañaba y dejaba suspicaces a los que se interesaban por el motivo que este pudiera tener para colocar esa figura, a lo que jamás él respondía con algo más allá de una sonrisa que a todos les parecía misteriosa. Sin embargó los críticos, que lo que no saben, lo inventan, empezaron a referirse a ese detalle como la “firma adicional” que el pintor agregaba ahora, en la obra de su “segunda etapa”.
Tal fue el revuelo, que comenzaron a lloverle literalmente los pedidos, así que los marchantes expertos, decidieron darle un valor distinto a las pinturas de la “primera etapa”, las cuales sin embargo, muchas de ellas guardadas por años, se estaban vendiendo como pan caliente, -ante su asombro-, seguramente arrastradas por la fama de la “segunda etapa”... y antes de que vayan a subir de precio...
En su reflexión, cómodamente sentado, se quedó dormido en una de esas modorras donde nos vemos como suspendidos entre el sueño y la vigilia. Una bien timbrada voz de hombre con algún acento que no alcanzó a definir, le dijo:
--Soy fulano de tal (un nombre que ni a si mismo se atrevía a repetir, y al que solo había conocido en los libros sobre pintores famosos). Como bien sabrás por la historia, fallecí en la plenitud de mi época creadora, y a través de ti, he logrado volver a ser reconocido. Prometo no interferir con tus ideas, solo vas a permitirme que las perfeccione.
No tuvo más remedio que aceptar lo evidente, aunque le resultara inconcebible e incomprensible, pues era la persona menos dada a creer en asuntos “del mas allá”. Sin embargo no podía dar otra explicación a esa pasión que lo envolvía y transportaba, haciéndolo olvidarse del aquí y el ahora cuando pintaba. Alguien... o algo, se apoderaba de su psique y guiaba su mano de forma magistral, pues había de reconocer que el mismo se asombraba de las cosas que hoy podía realizar. Riendo para sus adentros pensó... ¡buena mancuerna! Al fin, los dos tendremos lo que queremos, y a nadie hacemos daño.
He de investigar más a este fantasma, decidió. Quién sabe si también era así, delgado y larguirucho, como yo...