País Relato - Autores

adelfa martín

el cura que costó un papado

Cap. I
Era uno de estos pueblos pequeños que podemos encontrar repetidos en casi todos los países de Latinoamérica, donde una familia de 10 hijos no significaba ninguna novedad, así como tampoco que fuesen muy devotos. Solo que en esta época, las personas tenían problemas para ejercer su derecho a la libertad de culto, ya que por asuntos políticos, los sacerdotes eran colgados y las iglesias y el arte religioso quemados, o si andaban de suerte, robado.
Cuando los padres llevaron a bautizar al último de su hijos: Laicram Leicam de La Rosa Sánchez, en el sótano de la casa de unos conocidos, con apenas los padrinos, el sacerdote y los padres presentes, el cura puso el grito en el cielo…
- ¡Como se les ocurre a unos fieles tan devotos como Uds. ponerle semejantes nombres a la criatura!
- ¡Es que!, terciaba la madre…
- ¡Es que nada!, -replicó airado el representante de Dios-; por delante irá Antonio, ¡faltaba más! Si estos nombres hasta parecen de demonios.
La madre se santiguó. No vaya a ser que le caiga mal de ojo al niño.
Así fue creciendo Laicram Leicam, a quien en su casa jamás llamaron Antonio, ni nadie lo conocía por ese nombre, aparte de los compañeros de escuela que lo escuchaban cuando pasaban lista. Para todos era Lai, o Laicra.
Laicram tenía un tío por parte de padre que era Obispo y dirigía un seminario, así que, a insistencias del prelado y sin oposición ni de los padres ni del muchacho, parecía que su destino natural sería el sacerdocio, por lo que sin mucho preámbulo, fue enviado a la capital directo a tal lugar para comenzar sus estudios. Al llegar, ni el hecho de su respetable pariente lo salvó de la iniciación; el bautismo a los nuevos, como decía Miguel, un veterano seminarista. Eso si, no contaban los compañeros con la brillante inteligencia de Laicram, pues no solo pareció disfrutar la iniciación –ya que había tenido previas experiencias con sus hermanos mayores-, sino que se volvió un experto en convencer a quienes iban llegando, de la obligación que tenían de “servir” a los que más tiempo llevaban sometidos a ese implacable y obligatorio voto de castidad.
Estos primeros años serían el caldo de cultivo que le enseñaría a Laicram como llevar una doble, y a veces, triple vida, a espaldas de las grandes autoridades de la curia romana, a quienes se ganó a base de adulación, dádivas económicas, y a una extraordinaria planificación de futuro que lo encumbraría dentro de las instancias de la Iglesia Católica, a niveles insospechados para el hijo de una familia sin importantes antecedentes, y originario de un pueblo que apenas aparecía en el mapa.
Pronto determinó, de forma irrevocable, que jamás nadie le llamaría Laicram Leicam, sino que para los propósitos que diseñaba cada día para su futuro religioso, seria siempre Antonio de la Rosa. Ni dentro del seminario, ni en ningún documento, firmaría de otra forma, aunque claro que Laicram Leicam, que como dicho por el cura que lo bautizó, parecían nombres demoníacos, serían usados, ¡y mucho!, pero para otros propósitos de los que nadie, ni sus más cercanos “colaboradores” de los que siempre estaba rodeado, ni los compañeros de más confianza, podrían jamás adivinar.
Fue un estudiante brillante, y cuando recibió el orden sacerdotal, -ya no solo a instancias de su tío, sino porque como en toda empresa, la Iglesia también echa ojo a sus jóvenes más destacados-, fue destinado a Roma como asistente de un connotado Obispo. Laicram Leicam estaba exactamente donde quería, y su firme propósito era que, mirar hacia atrás, si esta mirada implicaba solazarse en recuerdos o nostalgias, le estaba prohibido.
En pocos años, entraba y salía del Vaticano como Pedro por su casa, se había ganado el respeto de unos, la envidia de otros, y la admiración de sus superiores que no cesaban de recomendarlo y hablar bien de él; incluso con el Papa.
Un día le propuso a su superior la creación de un proyecto apostólico-educativo con jóvenes de distintas nacionalidades, con el fin de extender el conocimiento de la Divina Palabra hasta los rincones más lejanos, mientras se les daba educación religiosa de calidad a muchachos que de otra forma no tendrían acceso a ella, lo cual fue recibido con beneplácito por la Iglesia.
De una manera férrea que lindaba entre el miedo y la reverencia, así manejaba el Padre Antonio de la Rosa a sus jóvenes.
Siempre acompañado por un pequeño séquito de otros más o menos de su edad, era la figura inaccesible para los nuevos postulantes, así como podía ser el más dulce y cariñoso padre con los que le eran enviados a sus aposentos, siempre con la encomienda de ser corregidos debido a alguna falta cometida, y previo ablandamiento de los mayores que les decían a los chicos que no había que hacer enojar al Padre Antonio, ¡pobrecito!; hay que tratarlo con cariño, ser complacientes y amorosos con él, que “tanto trabaja por nuestro bienestar y se sacrifica por nosotros”.
No siempre los gustos del Padre Antonio se satisfacían con tener sexo con los jóvenes; tenía la creencia de que el sexo oral, el hacerle expulsar sus jugos mediante caricias manuales, o usando los labios, la boca, o sencillamente que el joven rosara
su propio cuerpo con su pene, no solo lo satisfacía sexualmente, sino que creía firmemente que su salud se renovaba, ¡que rejuvenecía!
Algunos de los mayores se atrevían a comentar entre ellos, soto vocce: El Padre Antonio está un poco loco.
Otro de sus placeres en sus relaciones homosexuales, era que, mientras uno le realizaba sexo oral a él, el otro penetraba a este y un tercero, que hacía solo de espectador, tomaba imágenes cuidando eso sí, de que jamás los rostros quedasen expuestos. Antes de comenzar, siempre acariciaba la cara del fotógrafo y le prometía que uno de los jóvenes lo satisfacerla a él al finalizar. Puedes elegir a quien que más desees, si él está de acuerdo. Mi única condición: que se haga en mi presencia.
Cuando tenían lugar estas orgias, el uso de la droga era parte esencial, la cual por cierto estaba siempre controlada por el Padre Antonio.
Nadie se atrevía ni siquiera a tocarla, a menos que él lo autorizara.
- Ya con que yo sea un drogadicto es más que suficiente. No podemos echar a perder la maravillosa obra que hemos construido, por excedernos en nuestros placeres.
Terminada la fiesta, sin excepción, sus cercanos sabían que debían traerle otro jovencito, cuanto menor, mejor, -ellos los recibían desde los 10 años-, para terminar de pasar la noche, pues en la mañana, después de horas de exceso, se sentía como nunca en disposición de ir iniciando a los futuros acompañantes. Para ello jamás usaba la violencia; todo lo contrario. Les adoctrinaba diciéndoles cuán agradecido estaba de que lo vieran como un padre amoroso que los cuidaba y protegía. Como su familia estaría orgullosa de ellos cuando alcanzaran las metas que su Congregación les ofrecía, y mientras con palaras suaves les iba diciendo todo esto, les sacaba su pijama, y comenzaba a acariciarles suavemente su cuerpo desnudo, sus genitales, los besaba y abrazaba, asegurándoles que no tenían que sentir miedo ni vergüenza, pues: “esto es natural que un amoroso padre lo haga con sus hijos”.
Sabiendo jugar perfectamente entre su vida pública y privada, el proyecto creció hasta tener nombre: Soldados de la Luz. El Padre Antonio, experto en el alma humana y dotado de una facilidad de palabra que parecía más propia de un político avezado, un mago prestidigitador, o un encantador de serpientes –como alguien lo calificó-, le sacaba grandes sumas, tanto a las familias de alto renombre,- a quienes invitaba a misas privadas oficiadas por un Cardenal y al termino de las cuales, sin excepción, la familia entregaba un cheque en dólares con muchos ceros,- como a los propios parientes de los jóvenes postulantes, que ya veían a sus hijos entrando al cielo al sonar de las trompetas, pues además, aparentaba la humildad propia de un santo, zafándose, cada vez que le parecía conveniente, de cualquier intento de reconocimiento a su labor, especialmente si estos halagos provenían de quienes le ofrecían el dinero para su obra pastoral, pues era precisamente ante ellos donde mostraba esa modestia y sencillez incomparables.
Estos fondos eran sabiamente repartidos entre quienes tenían el poder para que él pudiera seguir creciendo en renombre, pero, muy especialmente, para que ningún curioso osase meter sus narices. Sabía que compartir su suerte con quienes llevaban a cabo ciertos negocios dentro de la Iglesia, o entregarlo a quien en verdad lo usaba para buenos propósitos, le allanaba el camino; especialmente cuando se dio cuenta que nadie se preocupaba mucho del origen del dinero, lo cual, de alguna forma, sabía que los convertía en sus cómplices.
Los Soldados de la Luz que llegaron a estar en distintos países, se mostraban públicamente como eran entrenados: serios, disciplinados, auténticos creyentes, trabajadores por la fe y sobre todo, verdaderamente fieles a su líder, tanto, pensaban algunos con suspicacia, que pareciera que lo respetan más que al Papa.
Cap. II
El Padre Antonio de La Rosa solía viajar frecuentemente al exterior, siendo España uno de sus lugares predilectos, no solo por los intereses ya creados en ese país, donde había fundado una escuela, sino porque le era más fácil pasar desapercibido, aunque siguiendo su costumbre, cada vez que se alejaba de los terrenos del Vaticano, siempre iba vestido con sus más elegantes trajes, suéteres de cuello alto, chaquetas de pana o de gamuza, pantalones sport; en fin, el guardarropa de un hombre de mundo con poder y dinero, y su casi infaltable sombrero, Ad-hoc a la ropa que vistiera.
Otra cosa era que jamás viajaba sin compañía. Se llevaba a alguno de sus jóvenes discípulos, pues aunque para guardar las apariencias siempre reservaba dos habitaciones, jamás se quedaba solo. Para los muchachos era casi como ser elegido para un premio –como el mismo lo calificaba a veces- y se consideraban tocados por Mano Divina, cuando se les mandaba llamar para indicarles que preparasen su maleta. Y eso que a veces solían pasarse largas horas, noches completas, e incluso días, sin salir del hotel, bajando solo a tomar sus alimentos, cada vez que al Padre Antonio se le presentaban compromisos; lo cual solía ser frecuente.
Sin embargo, también conocían su generosidad, especialmente cuando se trataba de alguna reunión donde lo menos que se discutía era de negocios. A esos eventos siempre los llevaba, desde que tenían 16-17 años; ---¡para que se fogueen!, solía decirles. Para que dejen el indio atrás.
Les acercaba jóvenes hermosas, que ya conocían su trabajo; la cocaína se servía en pequeños platos de cristal de roca, diseminados en las mesas, como si fuese golosina, y la mejor champaña era escanciada copa tras copa, por camareros que a veces daban la impresión de ser autómatas, que no veían ni oían.
Ahí, en esos ambientes, los jóvenes acompañantes sabían que su mentor dejaba de ser el Padre Antonio y se convertía en Laicram Leicam, asunto sobre el cual no se mencionaba una sola palabra, cuando se regresaba al mundo real.
Fue en uno de esos viajes a España, que Laicram se enamoró; mejor dicho, se interesó por una joven hija de uno de sus socios de negocios, que dicho sea de paso, conocía casi nada de la vida privada de este hombre, y a quien tampoco se atrevía a interrogar. Se conformaba con saber que era exitoso, y que le había sido ampliamente recomendado por nada menos que el Cardenal Fortanelli, por lo que no puso objeción en que se relacionara con su hija, la cual, dicho sea de paso, poco caso le hubiese hecho, pues era muy independiente.
Laicram rentó un cómodo apartamento, y cada vez que venía a Madrid, ahora casi siempre solo, se encontraba allí con la joven. Como al cabo de dos años de estos ires y venires, la chica se embarazó, por lo que hubo que realizar una boda relámpago; -eso sí, nadie la presenció-. A su debido tiempo, les nació una hija. A partir de ese momento las visitas de Laicram disminuyeron, aunque jamás dejó de preocuparse por ellas, incluso comprándoles la lujosa vivienda y garantizándoles una sustanciosa pensión.
De todas estas andanzas llegaban noticias con regular frecuencia, en forma de denuncias o acusaciones hechas por miembros de la curia, a mano de las autoridades eclesiásticas, las que de inmediato, eran desestimadas.
El Padre Antonio de La Roa solía quejarse con sus allegados en Los Soldados de La Luz.
- Como es posible, decía, que habiendo hecho tanto por la Iglesia, ayudado en tantas obras de beneficencia, logrado tantos éxitos con las instituciones que hemos fundado en relativamente poco tiempo, los envidiosos y fracasados me quieran hundir solo por su pobreza de espíritu, de no querer reconocer mi obra; nuestra obra, corregía.
El más cercano; aquél que lo recibió en el seminario, Miguel, ahora sacerdote, y su mano derecha en la administración de los fondos, era uno de los pocos que se atrevía a intentar que pusiera los pies en la tierra; cosa difícil.
- Padre Antonio, tal vez no es Ud. lo suficientemente discreto.
- ¡Que les importa mi vida privada!, seguramente lo que quieren es que les de mas dinero; que les unte las manos, pues solo así, lo que consideran pecado, se vuelve santo. ¡Ya verás! Mañana mismo se donde ir a llevar un par de buenos cheques, y te darás cuenta como volverá a pasar largo tiempo sin que escuchemos hablar de chismes…
Y lo cierto era que así solía suceder.
Sus éxitos continuaban. Era llamado para dar conferencias a los jóvenes de diversas partes del mundo, y si algún periódico o revista se atrevía a sugerir cualquier cosa que pusiera en duda la reputación del Padre Antonio de La Rosa, el rumor era de inmediato acallado, generalmente con una gran suma para “sus obras de caridad” o “para aquél proyecto del que hablaron el año pasado y el cual vemos que aún no han podido iniciar”.
- ¡Lo que no haga don Dinero!, decía él, sin el menor escrúpulo.
- Así es Padre, así es, le respondía Miguel, aunque no las tuviese todas consigo. Un día de estos Padre Antonio… un día de estos, no vamos a salir bien librados.
El padre Antonio solo hacia un gesto despectivo con la mano y salía de la habitación.
Cap. III
A una lujosa villa de una de las zonas residenciales más exclusivas de Roma, a prudente distancia del próximo vecino, se mudó una pareja joven. Ella italiana, de nombre Antonella y él al aparecer español, de nombre Laicram Leicam; un hombre blanco y de cabello claro, de poco más de 30 años, que vestía impecablemente y que curiosamente, casi siempre usaba sombrero. Al poco tiempo, las fiestas que daba esta pareja se hicieron famosas, acudiendo lo más granado de la sociedad. Claro que, especialmente, aquellos entusiastas de las emociones fuertes, y con mucho dinero. Una cosa curiosa era que en las reseñas sociales jamás aparecía la imagen del dueño de la casa, el cual solía encerrarse en su despacho a tratar negocios, pues como decía: antes de que los ánimos se caldeen y se comience a perder la esencia de lo que nos tiene aquí.
Luego todos los caballeros, incluyéndolo, salían a lo que llamaban “la selva”, donde mujeres, jovencitos y droga, esperaban por ellos para comenzar la verdadera diversión.
Según estuviera de humor, Leicam tomaba para si
indistintamente un chico o una chica, o ambos, y sin mucho disimulo, se entregaba a todos los excesos posibles e imaginables.
En este y otros ambientes parecidos, el Signore Leicam hizo millones en negocios de dudosa claridad, pero que le reportaron a sus Soldados de la Luz un bienestar que se tradujo en la compra de inmuebles, creación de escuelas, universidades y que alcanzaba –con creces- para untar la mano de quienes necesitaba recibir apoyo incondicional y sobre todo, la certeza de que mirarían para el otro lado.
El silencio, cual mandato de mafioso, era indispensable para quienes quisieran estar cerca de él, que no dejaba de usar la prodigiosa habilidad que tenia para conquistar, tanto hombres como mujeres que se rendían ante su encanto, y que creían en sus intenciones, y si no todos se sometían ante ello, si lo hacían frente a la facilidad conque involucraba a los poderosos en sus negocios, o los conminaba a hacer uso de su generosidad para las obras sociales que manejaba por el mundo, lo cual le agregaba un aire de contradictorio misterio, que parecía hacerlo aún más atractivo.
Una de las cosas que disfrutaba Leicam en esas fiestas, era elegir a un joven atlético, guapo y bien dotado, y haciendo una leve señal a Antonella, llevarlo a la lujosísima habitación principal, y verlos hacer el amor, mientras él degustaba una copa.
Estas orgías –porque eso eran- se dieron por lo menos una vez al mes y por casi un año. Un buen día, la villa fue cerrada y la pareja desapareció sin dejar rastro.
Leicam, a quien Antonella solo conoció por este nombre, le entregó a la chica una sustanciosa cantidad con un billete en primera clase para viajar a Nueva York con gastos cubiertos, a pasarse una temporada, y él desapareció en el anonimato de su hábito, bien forrado de billetes, sin dejar tras de si ningún enemigo, y preparándose para su próxima aparición que esta vez sería posiblemente en su país, al cual hacia algunos años no regresaba.
Su superior inmediato se reunía con él de vez en cuando. No tanto para pedirle cuentas, pues confiaba plenamente en sus habilidades, sino más bien como para sentir que cumplía su deber; aunque ambos sabían que no estaba demasiado interesado.
--Su Señoría, le decía el Padre Antonio, aquí están los últimos balances y la documentación de las compras recientes de inmuebles que hemos realizado no solo en Italia, sino en España, Estados Unidos, en mi país y otros lugares.
El Prelado ojeó los papeles superficialmente, y alzando la vista le preguntó directamente.
- Padre Antonio, me han llegado rumores de sus fiestas desenfrenadas, de su gusto por jovencitos y jovencitas; del uso que Ud. hace de substancias prohibidas.
- ¡Cómo cree tal cosa, Su Señoría! Es cierto que de vez en cuando realizo reuniones de negocios vestido de paisano –todos aquí saben que así me visto con frecuencia-, porque me parece que los hombres con los que trato se sienten más cómodos, pero de ahí, a realizar orgías, hay una enorme diferencia. Le propongo algo Su Excelencia. Para la próxima fiesta que haga lo invito, y Ud. podrá darse cuenta por si mismo.
- El Prelado lo miró seriamente, respondiéndole: ya estoy muy viejo para tales cosas Padre.
Con eso justamente contaba Laicram Leicam.
Una vez le había hecho la misma oferta a otro que le preguntó lo mismo, y ahora era un asiduo de sus reuniones, y protector de su doble vida. ¡Pero claro, era 25 años más joven que este!
Algunas semanas después y sin dar muchas explicaciones, -pues los asuntos de Los Soldados de La Luz ya se esparcían por distintos países-, tomó un avión que lo llevó a su tierra natal, donde por cierto en algunos ambientes su obra ya era reconocida entre las personas “de bien”, dispuestas a ganar un pedacito de cielo, en cuanto él les solicitara apoyo.
Cap. IV
¡Cuántos años sin regresar a su tierra! Su padre había fallecido, a su madre la tenia instalada por ese entonces cerca de él, y a sus hermanos no tenía mayor interés en verlos, así que en ningún momento consideró la posibilidad de regresar al pequeño pueblo que lo vio nacer. Desde aquí podría aprovechar la cercanía con Estados Unidos donde los intereses de los Soldados de La Luz crecían a pasos agigantados, y ampliar también en su país los horizontes de la Congregación, mientras en Europa se calmaban los ánimos respecto de sus andanzas. Este consejo se lo había dado el Padre Miguel, quien lo acompañaba.
Visitaron las escuelas que habían sido fundadas y de inmediato solicitó que los dos o tres jovencitos mas inteligentes que hubiesen demostrado un interés particular en los estudios y el conocimiento de la Fe, le fuesen asignados ya que como premio, los llevaría por el país y además, lo acompañarían en su viaje a los Estados Unidos.
Miguel era el encargado de “adoctrinarlos” respecto
de la forma como el querido Padre Antonio de La Rosa, deseaba ser tratado y complacido… Él estaba convencido, que estando rodeado de jóvenes, Laicram Leicam funcionaba mejor, por lo que cumplía su misión a la perfección.
Todo les fue dicho y les fue instruido, respecto del privilegio que significaba pertenecer al círculo íntimo del querido Padre, por lo que los jóvenes se sentían por un lado encantados cuando eran elegidos para viajar con él, pasar la noche, o dispensarle cualquier atención, así como se recriminaban cuestionándose donde habrían fallado, cuando no se les escogía. Para evitar en lo posible la competencia, el Padre Antonio invitaba de vez en cuando a que dos de ellos viajasen y durmiesen con él, prodigándole el amor que tanto necesitaba para “poder continuar con este extenuante trabajo, en el cual estoy dejando mi salud”, decía con voz adolorida.
En una de las ciudades que visitó, conoció a una joven que ya tenía un pequeño hijo. Una chica sencilla, más bien humilde, pero muy guapa. Se dedico algunos días a enamorarla, claro que sin decirle jamás quien era realmente. Pensó que para la forma como llevaba su vida, lo ideal era tener una familia, un lugar establecido donde llegar cuando viniera a su país, cosa que por intereses muy personales y de sus Soldados de La Luz, sabía que iba a ser cada vez más frecuente.
Para María, el era un hombre de negocios que viajaba mucho; muy religioso, pues les conminaba a ir a misa cada domingo, así como a confesarse y comulgar, y además quería muchísimo a su hijo al cual se llevaba especialmente cuando hacia viajes cortos. Estaba segura de haber conseguido al hombre ideal, aunque era un poco mayor que ella.
Al año siguiente tuvieron su primer hijo, y entre viaje y viaje, en los cuales a veces tardaba incluso meses en regresar, les nació el segundo, o sea que a la vuelta de unos 5 años, ya tenían dos, más el que ella había aportado al matrimonio.
Cuando le preguntaba,
--¿Y a dónde vas ahora?, él siempre respondía con naturalidad:
--Me ha llamado el obispo de Nueva York; ya que según le había explicado, trabajaba para la Iglesia, haciendo encargos importantes y sirviendo de enlace entre Roma, Estados Unidos, su país y otros lugares, especialmente en asuntos relacionados con los jóvenes.
Cuando los hijos fueron creciendo y se los llevaba con él, pudieron percibir que en alguna ocasión las personas le llamaban Padre Antonio, a cuya inquietud siempre les respondía:
---Se habrán equivocado.
Los hijos llegaron a creer en ello, pues el nombre de Antonio les era desconocido.
Fue muchos años después que la madre vino a enterarse de dos cosas. Una, que en esos viajes a los que se llevaba a sus hijos, indistintamente, los niños fueron abusados por el padre desde la tierna edad de 7 años. No violentamente, pues como dicho, no era su modo de actuar, sino paulatinamente, haciéndoles el lavado de cerebro usual que usaba desde siempre, con el agregado del bienestar que representaba para su salud.
Otra, que su marido era un sacerdote, y esto, gracias a la publicación de una revista americana donde aparecía con su hábito; pero para ese momento, sus hijos ya eran grandes.
Cap. V
Laicram Leicam abrió una oficina en la capital, de lo cual tenían solo conocimiento Miguel y sus asociados de negocios; pero no su familia. Ellos permanecían en el interior del país, justo donde había conocido a María.
Su habilidad para llevar vidas paralelas no solo no la había perdido, sino que si es posible, se había acrecentado.
Se relacionaba con gente del gobierno, realizaba bodas y misas privadas: --- con el gusto de hacerlo, especialmente porque Uds. colaboran mucho con mi obra pastoral---. Compraba y vendía inmuebles y terrenos; aunque regularmente, compraba. Algunos le eran obsequiados como donaciones para sus obras, especialmente en agradecimiento por “haberme presentado a tal o cual persona”, pues acudían a él en busca de apoyo, cuando ciertos negocios se les atoraban.
Con regular frecuencia viajaba a Roma a calmar los ánimos -como decía a sus íntimos-, cada vez que era avisado de que los rumores comenzaban a llegar a los oídos que se suponían ideales, para iniciar las averiguaciones pertinentes. Eso sí, no viajaba jamás con las manos vacías, sino llevando como presente un cheque en Dólares con todos los ceros posibles, lo que milagrosamente hacia que las investigaciones jamás se sucedieran.
Algunos personeros de la Iglesia llegaron a asegurar años después, que estos “rumores” que no fueron tales, sino escritos bien documentados, se entregaron incluso en las manos del único en quien ellos confiaban ciegamente, sin embargo, jamás fueron respondidas estas misivas, ni mucho menos tuvieron conocimiento de que se hubiese hecho algo al respecto.
La vida de Laicram Leicam se desenvolvía principalmente, entre Roma, Nueva York y su país natal. Para los pocos que sabían que era sacerdote, lo consideraban con enorme poder dentro de la Iglesia y para los que solo lo conocían con alguno de sus nombres de batalla, estaban seguros de que era un hombre muy rico; como así era, en efecto.
Inauguró también oficinas en los Estados Unidos, donde además rentó un apartamento, pues se pasaba allí semanas, e incluso meses enteros. Solía llevarse algún joven “premiado”, o simplemente se servía de las escuelas ya fundadas en Nueva York, especialmente dedicadas a jovencitos latinos o negros, de bajos recursos, cosa que no era mucho de su agrado, por cierto.
También era dado a visitar algún que otro elegante club nocturno, siempre discreto, siempre procurando sentarse en lugares previamente elegidos por su personal, pero eso si, la fiesta terminaba en su apartamento, rodeado solo de sus leales y cercanos amigos, que mucho interés tenían en no ser mencionados por la prensa escandalosa, por lo que hasta los jóvenes de ambos sexos que los acompañaban, eran cuidadosamente elegidos por quienes –de su gente-, tenían la responsabilidad de mantener el anonimato.
En un momento dado, y por ciertas no muy veladas opiniones de un Obispo americano, que llegaron a sus oídos,- en lo cual era secundado por conocido periodista-, dejó de ir a ese país, concretándose más a estar en el suyo, lo que hizo que la obra creciera como la espuma, ya que había que reconocerle su hábil mano en todo lo que se propusiera. Cuando alguien le hacía notar su destreza, siempre respondía que Dios estaba con él, y que solo seguía su mandato, debido a lo cual, nada podía salirle mal. Estaba convencido que a su muerte, ya pasado el tiempo reglamentario, sería beatificado. Era algo de lo que hablaba en sus círculos íntimos con cierta frecuencia.
El uso del Demerol, que había comenzado a tomar años antes, para aliviar los dolores de su supuesta o real enfermedad, el cual de vez en cuando combinaba con morfina, era ahora férreamente controlado por sus jóvenes, -instrucciones muy precisas indicadas por el Padre Miguel, que hacia tiempo se había dado cuenta que el Padre Antonio ya no estaba capacitado para medicarse el mismo-, respecto de que cantidad y cada cuanto tiempo se le podría suministrar, dijera él lo que dijera. En esto había que ser inflexibles, les ordenaba.
De vez en cuando y para descansar un poco sus propias tensiones, viajaba donde María y sus hijos, pasándose con ellos generalmente no más de un mes, siempre acompañado por uno de los jóvenes, quien por razones obvias ocupaba la habitación de huéspedes, pero que era el encargado de atender sus necesidades; entre ellas, los medicamentos que tomaba.
Era el único lugar donde no hacia ningún tipo de vida social, si acaso salir de vez en cuando con su familia a comer fuera, ir a misa, o llevar a los chiquillos a algún parque. Se tomaba muy en serio lo de descansar, ya que además era el sitio ideal para ello, pues nadie le conocía lo suficiente, y además, esa fachada de asesor de gente importante de la Iglesia, lo colocaba en una situación de medianía en cuanto a su prosperidad personal, que no llamaba la atención. Mantenía a su familia decorosamente, con vivienda propia, sus hijos iban a buenos colegios católicos, e incluso el coche que María usaba para transportar a sus hijos y hacer los mandados de la casa era nuevo, pero no lujoso.
Cap.VI
El Padre Antonio de la Rosa y Laicram Leicam jugaban a veces dentro de la cabeza del sacerdote como el diablito y el angelito del cuento. Tal vez ya me estoy haciendo viejo, solía reírse para sus adentros.
En uno de estos soñares despierto, que le sucedían cada vez con mayor frecuencia, regresó a los tiempos de su infancia, viéndose claramente sentado en las faldas de su madre, que siendo el más chico; el pilón, como lo llamaba a veces, lo mimaba demasiado para el gusto de su padre.
--¡Estas “sinvergüenzando” a ese muchacho!, la recriminaba.
Ella, una mujer pasada la cincuentena que consideraba prácticamente un milagro el haberlo tenido y que naciera sano, ni siquiera le respondía.
Apenas cuando tenía 8 años, se casó el último de los cuatro hermanos más grandes. La discusión sobre quién ocuparía esa cama y esa habitación, no se hizo esperar, pues a los más pequeños les tocaba siempre dormir juntos, y los mayores cada uno tenía su cama, por lo que para hacer la paz y que la decisión fuese inapelable, le correspondía decidir al jefe de familia.
Laicram Leicam ni se preocupó de tal cosa, pues a él le iba a tocar de último cualquier cambio, siendo el más pequeño. Así que los tres mayores que quedaban en la casa se cambiaron de habitación, y él continuó donde mismo, durmiendo solo, eso, si, pues su padre decía que ya estaban grandes para compartir catre, máxime ahora que había suficientes. En su cuarto dormirían además, el que le seguía, que ahora tenía 12 años y que lamentablemente sufría de sordera,- por lo cual también hablaba con dificultad-, y el otro de 15.
A partir de una noche que el de 15 se comenzó a pasar de madrugada a su cama, el asunto se hizo costumbre. Poco a poco, de forma sutil y diciéndole siempre que esta era cosa solo entre ellos y que jamás debería decir nada, lo fue iniciando en el sexo homosexual, lo cual duró hasta que el tuvo unos 12 años, pues su hermano, a la sazón de 19, fue enviado a hacer el servicio militar y cuando regresó ya tenia novia, e inmediatamente se casó.
Laicram Leicam lo echó mucho en falta y vino a recomenzar con toda satisfacción estas prácticas cuando entró al seminario, que, como dicho, era dirigido por su tío el Obispo.
Le molestaba enormemente que sus detractores, quienes lo acusaban de ser un pervertido, no conformes con exponer su vida, se dieran también el lujo de mentir descaradamente, adjudicándole hechos falsos, como esparcir rumores donde dicen que desde su apenas iniciada adolescencia, buscaba contactos sexuales con jovencitos, hombres de la región e incluso los mas críticos, aseguran que con animales, agregando burlonamente que le ponían motes con nombres femeninos, dada su “fragilidad” y evidentes inclinaciones.
No olvidaba tampoco cuando su tío lo llamó a su despacho para reclamarle casi a gritos que les estaba pervirtiendo a sus jóvenes seminaristas-especialmente a los que recién llegan--, le gritaba.
En ese momento sintió un enorme odio hacia su pariente, sin embargo, se defendió con toda tranquilidad, mirándolo directamente a los ojos sin
desviar la vista ni por un segundo, asegurándole que eso eran únicamente envidias, no solo por ser su sobrino, sino porque era el mejor estudiante del seminario.
- ¿O no, tío?, le preguntaba.
- Eso sí, claro. Me da mucho orgullo eso, pero…
- ¡Te juro que te digo la verdad!, y si no, trae a quien te vino a contar semejante canallada, y que me lo asegure en mi cara.
Su tío lo autorizaba a tutearlo cuando estaban a solas o en familia, pero jamás delante de los otros jóvenes o en alguna ceremonia de la Iglesia. Tratando de calmarlo, le dijo:
- Está bien, tranquilízate; dejémoslo así, pero no te sorprendas de que te diga esto, cuando bien sabes que ya han habido antecedentes. Quiero que sepas que estaré mucho más pendiente de ti de ahora en adelante. Además, apenas en un par de meses ya te ordenas. ¡No vayas a echar a perder tu vida!
Él, cambiando de tema, le preguntó.
- Y a donde me enviarás tío… ¿trabajaré contigo directamente? ¡Me gustaría tanto!
- Por eso no te preocupes, estoy seguro que tendrás un magnífico destino. Haciéndole un gesto con la mano, le pidió que se retirara.
-
Ahora, a más de 40 años de distancia, Laicram Leicam se preguntaba si el que su tío hubiera movido sus influencias para mandarlo a Europa fue porque deseaba para él un futuro promisor, o porque temía, que teniéndolo cerca, le iba a ocasionar problemas.
Sea lo que haya sido lo que motivó su decisión, se decía, selló mi destino y me convirtió en lo que soy hoy: un hombre de éxito. Sé que tengo muchos enemigos, pero ni ellos pueden negar lo que he logrado.
Cuando apagó la luz de su lámpara para dormir, recordó que esos enemigos habían tenido la osadía de acusarlo veladamente de la muerte de su tío, diciendo que el anciano había fallecido después de una discusión con él –todo el mundo sabía que con frecuencia discrepaban- y que cuando había sido exhumado, 12 años después, se le encontró incorrupto y con el cabello rojizo, como sucede con las personas que mueren por envenenamiento con cianuro.
Laicram Leicam se quedó dormido con una sonrisa en sus labios.
Cap. VII
Sus reflexiones y solazarse en sus recuerdos, se hacía cada vez más frecuente, así como también lo eran sus desvaríos. Lo que no variaba era la devoción de sus fieles seguidores, los cuales lo consideraban casi como un Dios.
Cuanto más se le criticara, mas ellos lo sentían bendecido diciendo que este sufrimiento no era otra cosa sino el preámbulo de un futuro de santidad.
Recordaba Laicram Leicam cuando inició un primer grupo de jovencitos en su país; unos trece, -hecho que Los Soldados de la Luz consideran su fecha fundacional-, y de los que sin embargo no se quedó ninguno. Todo lo contrario sucedió en España, donde incluso algunos jóvenes –un poco mayores- que se encontraban en otras organizaciones religiosas, se fueron con él atraídos por esa personalidad magnética que era capaz de las grandes conquistas. De hecho, de esos 15, la mayoría se convertirían en cabezas visibles de la Congregación.
Una de las cosas que recordaba con dolor era cuando quisieron expulsarlo del seminario pretendiendo obligarle a salir de noche cual delincuente, y sin permitirle despedirse de sus compañeros, aunque: “solo estaba organizando un grupo para propiciar la devoción al Sagrado Corazón”. Estas cosas se las contaba a los jóvenes que sentados a su alrededor bebían sus palabras, y no podían dejar de verter lágrimas al escuchar la voz quebrada de su querido mentor.
Si en ese momento, tomaba la cabeza de uno de ellos y la recostaba sobre sus piernas, acariciándolo y diciéndole palabras de consuelo para tratar de contener su llanto, ya se sabía que ese precisamente, era el elegido para pasar con él a su dormitorio.
Dentro de todo este asunto, que el sacerdote manejaba con maestría, pero que como suele suceder todo sale a la luz más tarde o más temprano, pues nada queda oculto para siempre, cada vez que se sentía a punto de ser acorralado, o
que consideraba que debía salir de los reflectores por un tiempo, solía hacerse acompañar en su retiro por un jovencito del cual comenzó a abusar cuando este tenía unos 12 años, y que estuvo a su lado con mes o menos asiduidad - ya que el Padre Antonio no era precisamente fiel a ninguno-, hasta que convertido en sacerdote, el joven cumplió los 25.
De más está decir que jamás lo denunció y que si esa relación terminó fue porque a Laicram Leicam ya le parecía algo mayor.
Por esa misma época en la que ahora devanaba sus recuerdos, trajo a colación cuando inició en Roma la construcción del Colegio para Los Soldados de la Luz, al que le puso Los Soldados del Santo Padre, y al mismo tiempo comenzaba también a levantar escuelas en su país que fueron luego reconocidos colegios católicos, donde se educaba la flor y nata de la sociedad.
Se le escapaba alguna lágrima furtiva cuando hablaba de la terrible acusación de sodomía de que fue objeto ante autoridades de la Iglesia, por algunos de sus queridos muchachos:
- A los que solo les di amor de padre, comprensión
y apoyo en todas sus necesidades. ¡Nunca comprenderé la ingratitud!, decía con voz casi inaudible por la emoción.
Laicram Leicam estaba totalmente incapacitado para reconocer errores propios, aunque como todo ser soberbio y pagado de si mismo, veía con mucha facilidad las fallas en los demás.
Este detalle, además de su férrea voluntad para llevar a buen término la empresa que se propusiera, más la disciplina con que manejaba a sus Soldados, hizo que la Congregación creciera y se extendiera, ya que el principal cometido de sus colaboradores era precisamente que la fallas fueran las menos posibles, so pena de ser fuertemente regañados e incluso suspendidos, y la labor más difícil: corregir los errores –que tratándose de negocios había que aceptar que eran pocos- que el Padre Antonio pudiese cometer. Para ello, -hacerle ver sus fallas-, había dos o tres personas únicamente, entre ellos: el Padre Miguel, y ese otro joven que estuvo cerca de él por trece años.
Puede parecer incongruente, pero la mezcla de todos esos factores: su exigencia y perfeccionismo,
aunados a su enorme ambición por el triunfo y a la vocación de servicio, disciplina y deseos de complacerlo que tenían sus colaboradores, llevaron al éxito total que por muchos años disfrutó la Congregación de los Soldados de La Luz.
El hecho de que un par de veces fuese internado en el más absoluto secreto para tratar sus adicciones, no mermó en nada su desempeño, aunque como es lógico, cada vez les era más difícil a los que lo apoyaban frente a las más altas instancias de la Iglesia, maquillar los escándalos, frenar las denuncias, o calificar de mentirosos a los denunciantes.
La situación se ponía a veces tan complicada, que en una ocasión no pudieron evitar que al Padre Antonio le fuese girada una orden en la cual se le prohibía la entrada a su escuela de España.
Cap. VIII
No puede sustraerse a tantas cosas que le llegan a la mente y por momentos siente que debe cambiar algunas, aunque en su fuero interno sabe que quedará solo en propósito. Sin embargo los años, el cansancio, su menguada salud más que nada por sus excesos, lo hacen a veces poner sobre la mesa sus propias verdades, le gusten o no, y lo llevan a hurgar en los recuerdos que no puede enterrar.
Su problema con las drogas va en aumento, y en su afán por proveerse de morfina, yendo vestido de paisano, es detenido en una ocasión brevemente por la policía al salir de una farmacia.
Los momentos de mal humor, de descontento; los enojos por cualquier motivo, exasperan a todos. Se iba convirtiendo poco a poco en un ser intratable, vengativo incluso, ya que cuando algunos de sus discípulos lo contrariaban, o según su apreciación, se volvían desobedientes, los enviaba como castigo a uno de los estados mes lejanos del país, donde había sido creada una Prelatura que estaba bajo el mando de Los Soldados de la Luz.
Sin embargo, sus asuntos siguen funcionando; aunque con sus altibajos.
En un aniversario de su ordenación, es recibido por el Papa en audiencia privada, a pesar de que recientemente había recorrido Melilla, Ceuta y Tetuán en la búsqueda de un derivado de la morfina para su uso personal, cosa que, obviamente, era ignorada por la mayoría.
Una de las tantas acusaciones por parte de algunos de Los Soldados de La Luz, que hablan de sodomía, hace que sea destituido de su cargo y le sea prohibida la entrada a Roma y especialmente, solicitar audiencias con ningún cardenal de la Iglesia. Nadie le quería ver.
A pesar de eso, poco después es rehabilitado nuevamente y consagrado en un Parroquia que regentaban sus Soldados de La Luz. Es este precisamente uno de los periodos en los que sus discípulos consideran injustamente castigado a su líder y están convencidos de que esta inmerecida cruz de sufrimiento, no traerá más que bendiciones a su Congregación.
Sigue viajando y con frecuencia se hace acompañar de mujeres tanto en sus viajes como en sus días de descanso. Busca otros nombres alternos para usar, pues decía que Laicram Leicam ya era muy conocido, así que se presenta con distintas profesiones, como por ejemplo ejecutivo petrolero o abogado. Sus allegados llegaron a decir que tenia a mano una media docena de pasaportes siempre al día, para usarlos indistintamente de acuerdo a sus planes. Para los efectos de lo relacionado con la Iglesia, sin excepción se hacía llamar Padre Antonio de la Rosa Sánchez, y exceptuando pocas ocasiones, si el destino tenía que ver con cuestiones de su ministerio, siempre usaba ese pasaporte en sus viajes.
Contadas veces hacia caso de los consejos médicos, que le recomendaban una vida sana y que hiciera algún tipo de actividad al aire libre, pero, en una ocasión que se entusiasmó con una joven que era asidua al ejercicio físico, se le veía bien de mañana con ella, ambos en ropa deportiva, si no corriendo, pues eso se le dificultaba mucho, si caminando al menos. Claro, que en cuanto la joven desapareció de su vida, sucedió lo mismo con su pasión por las desmañanadas.
Le daba a veces vergüenza consigo mismo reconocer algunas de las barbaridades que había
hecho, aunque estas cosas, de viva voz, no se las confesaba ni a su espejo.
Una de ellas fue que cuando su madre falleció, él se había ido en una de esas incursiones que hacía a veces generalmente en busca de droga, y como siempre andaba vestido con ropa normal, y llevaba una buena billetera, no tenía empacho en aceptar ciertas invitaciones, particularmente si las mismas involucraban sexo duro, y todo lo demás. Así sucedió en esta ocasión. Lo buscaron en cuanto lugar se les ocurrió, especialmente donde ya sabían que solía meterse, pero no lo encontraron.
Lo cierto es que vino a enterarse del fallecimiento de su madre, cuanto esta ya tenia una semana de enterrada.
Las cartas, quejas y chismes de boca en boca donde se le señalaba y acusaba de toda clase de desmanes, seguían llegando a Roma. Sus leales le conminaban, bien fuera escribiéndole o llamándole por teléfono, a que moderara sus actitudes, llegándole a decir claramente que su desprestigio total y el que salieran a la luz las acusaciones de que era objeto, llegaría el momento en que iba a ser imposible detenerlas, pues solaparlo era lógico que también pudiera costar carrera y desprestigio para quien lo hiciera, por lo que más de uno estaba dispuesto a lavarse las manos y desentenderse de él.
Jamás hizo caso.
Cap. IX
Las mayores batallas, tanto de Laicram Leicam como del Padre Antonio de La Rosa, aún no habían llegado.
Su terrible dependencia de las drogas, sus drásticos cambios de humor, su terquedad en no dejarse ayudar, lo llevaron, primero, a un segundo internamiento ordenado por la Iglesia en una clínica de los Estados Unidos, bajo uno de sus tantos nombres supuestos, y algún tiempo más tarde, a un derrame cerebral.
Una vez salido de ese segundo internamiento, decide pasar unos días de descanso en una conocida playa de su país, donde conoce a una jovencita de apenas 17 años, a la cual convertirá en su amante y que lo acompañará el resto de su vida, además de darle una hija.
Poco se sabe de los detalles de esta relación, pero si que se presentó con ella al momento de conocerla con un bróker del petróleo y con el nombre de Raúl Rivas, verdad que se confirma con el hecho de que su hija es registrada justamente con ese apellido.
Empieza a ser evidente el deterioro de su estado mental, pues comienza a realizar insistentes campañas sobre asuntos de poca relevancia, como solicitar a todos los Soldados que bajo obediencia, y tan importante como es la obligación de la misa dominical, deben enviarse puntualmente sus informes mensuales y bimestrales a la Dirección General.
Otra situación que conmovió a sus seguidores, fue la forma por demás grosera y violenta conque interrumpió a uno de los jóvenes en medio de una conferencia, insultándolo miserablemente por trabajar con niños de escasos recursos y no seguir las directrices originales de la Congregación, de captar líderes.
Este escándalo ocasiono que varios de ellos abandonaran las filas, acusándolo de paranoico.
Posteriormente sufre un derrame cerebral y es intervenido quirúrgicamente en Estados Unidos debido a ello, del cual va a recuperarse a su país.
A partir de ese momento, es aún más cuidado y protegido por sus leales, pues aquélla habilidad para disimular, digamos, su doble vida, se le hace cada vez más difícil. Sin embargo, sigue trabajando.
Recibe con enorme beneplácito el hecho de que a la muerte del Papa, es nombrado como tal su buen amigo el Cardenal Lucio Fortanelli.
Las terribles acusaciones disminuyen, o quedan, si cabe, todavía más sepultadas en el disimulo.
Acompaña al nuevo Papa, en el propio avión de este, en algunos de sus viajes, especialmente los realizados a su país, donde le organiza concentraciones multitudinarias en estadios y otros recintos, con especial énfasis, en los que tienen que ver con la juventud.
El Papa Fortanelli se queda encantado, llegando a manifestar en su círculo, lo bien atendido que había sido por los jóvenes Soldados de La Luz, y la disciplina, educación exquisita, humildad y adhesión a la Fe, que mostraron en todas sus actuaciones.
Fue en esta misma época que crea en su país la primera universidad.
Nombrado por el Papa, participa en una reunión de Obispos, donde se iba a tratar la formación de jóvenes que quisieran ser sacerdotes.
Posteriormente, en la celebración de los 50 años de la creación de su Congregación, varias docenas de Soldados de La Luz fueron ordenados. Esto tenía al Padre Antonio de un humor maravilloso, hablando de ello con frecuencia, pues el pecado de la soberbia siempre lo rondaba.
No contaba él, que muy pocos años después, la mitad de esos sacerdotes abandonarían la Congregación.
Cap. X
Bajo la siempre atenta mirada de Miguel, el Padre Antonio viaja a España con el fin de pasarse una temporada en la Sierra de Madrid, donde se dedica a redactar con ayuda de su mano derecha y otros jóvenes, un manual de Principios y Normas de Los Soldados de La Luz.
Posteriormente regresa a su patria, y con ese afán que siempre lo acompaña que lo lleva a sentirse inútil, si por algún tiempo no está haciendo algo provechoso, se traslada a una pequeña comunidad, para dictar un cursillo a sacerdotes y religiosos de su país.
Por ese mismo tiempo, se desata un escándalo en algún periódico norteamericano, donde se publican las denuncias de ocho testimonios dados por igual número de quejosos, que lo acusan abiertamente de pedofilia.
Inmediatamente los superiores de su seminario en Roma, le dicen a los seminaristas, que esta no es otra cosa más que “los zarpazos acusadores de una persecución demoníaca”, lo que redundará en bendiciones para su Congregación.
Agregando: es imposible que una persona tan cercana a Dios en su vida y su quehacer, que va de la mano y con la bendición del Sumo Pontífice en todo lo que realiza, pueda escaparse - sin ser al menos calumniada-, de las fuerzas del demonio que intentan destruir, -cuando no pueden hacerlo con el cristiano-, la santidad de su obra.
Es invitado por el Papa a participar en El Caribe, en una Conferencia del Episcopado, y posteriormente, es reelecto como superior General de la Congregación de Los Soldados de La Luz.
Como el mismo diría sin ninguna modestia: vuelvo a estar en los cuernos de la luna.
Sin embargo las acusaciones no cesan, y no todo es como él lo quiere ver, pues en Roma, salvo un pequeño grupo, la mayoría de los Soldados de la Luz abandonan la Universidad donde eran educados.
Durante un viaje a España para visitar un noviciado, se desata otro escándalo, cuando aquel joven que lo acompañó por trece años, cometió la indiscreción de definirse a sí mismo, como el concubino y suministrador de drogas del Padre Antonio de La Rosa.
A la sazón ya era un hombre viejo, y sus peores detractores temen que con la salud tan mermada como tiene, pueda morir sin recibir el castigo que consideran se merece, por lo que los viajes recabando informes, realizando entrevistas con reales y supuestos ex Soldados de La Luz, van y vienen de uno y otro lado.
Tanto en Estados Unidos como en Europa; particularmente en Roma y también en Austria, los intereses por dar a conocer lo que consideran la vida de uno de los peores depredadores sexuales y hombre corrupto que ha tenido la Iglesia en mucho tiempo, empujan por distintos frentes para que esto se logre.
Incluso Obispos llevan a Roma testimonios recabados por sacerdotes, que prueban con fechas, nombres y declaraciones firmadas, muchas de las fechorías realizadas por el Padre Antonio, principalmente en lo referente a la pedofilia.
Sin embargo se les dice que, de momento, estas investigaciones están cerradas.
Poco después de haber acompañado al Papa en otros de sus viajes, e incluso haberlo hecho como en otras ocasiones, en el avión papal, organiza en la capital de su país una misa sin precedentes, a la que asisten miles de personas, con motivo de la celebración de los 50 años de su ordenación sacerdotal.
Viaja a Chile y de allí a Roma, donde da una inesperada conferencia que resultará inaudita para muchos. El tema elegido: Un sacerdote de Los Soldados de La Luz, que ha faltado al voto de castidad teniendo sexo no solo con mujeres sino con hombres y adolescentes y que se ve obligado a dejar de pertenecer a la Congregación.
Con voz apasionada, conmina a sus Soldados a ser fieles y castos, y sin el menor rubor, recalca:
--¡Váyanse si Los Soldados de La luz significan una cárcel para Uds.! ¡Nos podemos quedar 100 o 10, no importa!, si los que permanecemos, somos fieles.
Posteriormente, será nombrado Miembro para América del Sínodo de Obispos, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia.
Cap. XI
A pesar de ser un drogadicto, no era particularmente bebedor, por lo que quizás mantenía cierto control sobre lo que sucedía a su alrededor aun en las grandes orgías, además de que, como con el “conductor designado”, siempre había dos o tres de sus Soldados que no tomaban ni una gota, ni probaban absolutamente nada que los hiciera perderse, pues su responsabilidad precisamente era la buena marcha del “evento”, como le había dado por llamar a sus fiestas.
En una ocasión, se había infiltrado un joven desconocido en una de esas bacanales, contratado con el propósito de hacerse de algunas imágenes comprometedoras, lo cual, en aquéllos años, no era tan fácil como puede serlo hoy.
Lo cierto es que Laicram Leicam le hizo señas a uno de sus jóvenes, alertándolo sobre la presencia de aquel muchacho, que se veía eso si, muy dispuesto a divertirse.
--No le quites el ojo, le dijo; no sé por qué, pero me da mala espina. Averigua quien lo invitó.
Precisamente esa noche, su interés estaba centrado en dos jovencitas de unos 18 años. Las había llamado a su mesa y copa va, copa viene, terminaron sentadas junto a él; una de cada lado.
Poco después de la media noche, las invitó a “un lugar donde podamos estar más en privado”. Le encantaba sentarse en su cómodo sillón, verlas desnudarse, y la naturalidad con que comenzaban a acariciarse, a besarse, y terminaban en su enorme cama haciendo el amor, lugar a donde él se trasladaba de inmediato, para participar del juego.
Mientras tanto afuera, el joven Soldado miraba a uno y otro lado viendo que el muchacho que le habían encargado vigilar, no estaba a la vista. Preguntó por él y nadie supo decirle, hasta que una chica le informó que había ido al baño.
De inmediato tuvo un mal presentimiento. Así que apenas tocando suavemente la puerta de Laicram Leicam, entró, haciéndole una seña de silencio. Abrió bruscamente la puerta del closet, y allí, cámara en mano, el improvisado fotógrafo hacia de las suyas.
Entre el susto que se llevó y el hecho de encontrarse frente a otro joven más fuerte y corpulento, le hizo desistir de cualquier intento de lucha, así que, sencillamente, le tendió la cámara fotográfica, saliendo precedido por el Soldado, sin pronunciar una sola palabra y sin que nadie se diera cuenta.
Ni aún sucesos como este le hacían ver al Padre Antonio la necesidad de dejar de celebrar estos “eventos”. Todo lo contrario, cuando alguien intentó hablarle del asunto, solo respondió: sencillamente: ---Hay que reforzar la vigilancia, agregando: investiguen quien lo invitó, a ver si podemos enterarnos que revista o periódico lo envió.
Aquejado por uno de sus tantos males, decide irse a la que desde hace algún tiempo llama “su casa”; la que ha formado con la joven y su pequeña hija, ubicada en el Estado de La Florida.
Sale a pasear en bote, a veces con su familia, otras con sus jóvenes acólitos, de los cuales siempre hay uno o dos a su alrededor, teniendo la costumbre, al salir a navegar con ellos, de anclar en alguna parte retirada y regresar ya en la tarde. Le es imposible sustraerse a la emoción que la devoción de algunos de estos jóvenes le profesan.
El saberse con la influencia suficiente en sus almas para llevarlos por el camino que él desea, le produce una excitación que no puede controlar, y mientras los llena de hermosas palabras hablándoles de su futuro, de su obligación de permanecer en la Fe, de acrecentar la enorme obra que se ha realizado, y que pronto “descansará en Uds.”, acaricia y se deja acariciar, diciéndoles que también es muy importante compartir estos ratos de intimidad, como entre padres e hijos y hermanos: -- --Que bien sabemos se nos quiere satanizar por ello, cuando lo único que hacemos es relajarnos un poco de tanto trabajo, y de “tanto peso que llevo sobre mis hombros, lo cual se que acabará pronto con mi vida, pues con mi salud, ya acabó.”
Estas últimas palabras ya dichas con voz entrecortada y tal vez permitiendo que fluya una lágrima, propicia que alguno de los muchachos la seque suavemente con uno de sus dedos, el que él toma y besa en agradecimiento.
Cap. XII
Por esos tiempos, una especie de Comisión para la Doctrina de la Fe, es enviada tanto a su país como a Nueva York, de un modo más formal que lo hecho hasta ahora, a que recabaran informes directos de posibles víctimas del Padre Antonio de La Rosa, los cuales serían firmados y notariados para dar autenticidad a los mismos.
Dichos documentos son presentados a La Santa Sede, la que lo invita a retirarse de toda actividad pública, y agregan que, en consideración a su edad, no darán seguimiento al proceso ya abierto.
Los Soldados de la Luz toman esta “sentencia” como “una demostración más de la cruz que le toca cargar a su líder, en aras del mayor bienestar de la Congregación y de su propia elevación por encima de la envidia y la total falta de caridad con que lo tratan”.
Sin embargo, Laicram Leicam, como hizo en otra gran variedad de ocasiones, se pasa por el arco del triunfo dicha advertencia, y va de vacaciones a ciertas comunidades de sus Soldados de La Luz, cercanas a Roma, buscando el apoyo, reconocimiento y lealtad de los suyos.
Lo que no puede evitar, es ser cesado como General de Los Soldados de La Luz, pues la presión ya es demasiada, especialmente llevada a cabo por la Congregación de la Doctrina de la Fe.
A partir de ese momento, y ya establecido de forma casi permanente en su residencia de La Florida, vive como siempre quiso hacerlo, pero ahora a la vista de los Soldados de La Luz y de las jóvenes consagradas dedicadas casi exclusivamente a atenderlo. Lo acompañan también su joven amante y su pequeña hija.
Sigue recibiendo visitas de hombres de negocios, de ciertos clérigos que le deben muchos favores, y prácticamente jamás se vuelve a vestir de otra forma que no sea de paisano, con sus infaltables sombreros; más ahora, pues dice que el intenso sol de La Florida y sus frecuentes viajes en lancha, afectan su vista.
En Roma, un poderoso Cardenal ha tomado en sus manos el caso del Padre Antonio de la Rosa Sánchez, y se dice que sin ningún deseo de revancha o cualquier otro sentimiento mezquino, no está de acuerdo sin embargo, con que el asunto del Superior de Los Soldados de La Luz, quede así, como algo intrascendente; sin pena ni gloria.
Se lamenta con algunos de sus iguales, agregando que este escabroso asunto tardó demasiado en llegar a sus manos, dando a entender que no permitiría que se enterrara y se le diera carpetazo.
Varios estuvieron de acuerdo; otros, sin embargo, le advirtieron que el Santo Padre no iba a aceptar que se aireara nuevamente el lamentable hecho, máxime cuando había sido él personalmente, quien había aceptado la propuesta de que se le destituyera de su cargo como Superior de Los Soldados de La Luz, y se le exigiera retirarse…”a una vida de oración”.
En esos días el Papa cayó enfermo, por lo que el Cardenal en cuestión bajó la guardia, no sin dejar entrever, que en cuanto pasara este mal momento, continuaría con el caso.
Se realizaron reuniones privadas, especialmente entre quienes tuvieron que ver con los negocios de Laicram Leicam, llegando a la conclusión de que algo habían de hacer para evitar que se hicieran públicos aún mas detalles de su relación con el sacerdote, pues bien sabían que si la prensa metía la mano, no iba a descansar hasta exponer lo más posible todos los vericuetos de las transacciones del Superior de Los Soldados de La Luz, y muchos de ellos resultarían verdaderamente afectados.
Las voces se acallaron por algunos meses, pues la salud del Papa entraba y salía de mejorías y recaídas, habiendo sido incluso hospitalizado un par de veces.
Mientras tanto, en alguna ocasión trataron de convencer al Cardenal de que incluso el mismo se vería afectado si se volvía a airear el caso del padre Antonio, ya que nadie iba a creerle que dado su cargo, no había tenido noticias formales y probadas de la actuación del sacerdote, sino que, como él aseguraba, habían sido solo chismes o rumores a los que no prestó suficiente atención.
Sin embargo, aunque sabían que tal vez lo habían hecho pensar, era difícil que cambiase de opinión.
El férreo carácter teutón del Cardenal, no se prestaba a cambios bruscos, especialmente si no había un motivo que validara una nueva consideración hacia un asunto que él consideraba absolutamente inaudito.
Lo que tal vez el Cardenal ignoraba, era que más de uno de sus pares había hecho negocios y asistido a alguno de los “eventos” de Laicram Leicam, o se había beneficiado de sus generosos aportes económicos, o de los cheques colmados de ceros que familias ricas y agradecidas les entregaban por las misas, bautizos, o bodas privadas.
Cap. XIII
El Padre Antonio de La Rosa seguía manejando desde su casa la administración de sus bienes, que eran muchos, pues los de La Congregación ya estaban en otras manos. Pero, a través de sus todavía fieles seguidores, se mantenía al tanto de los acontecimientos.
Hacia generalmente viajes cortos, tanto a su país como a otros sitios donde tuviese intereses, siempre acompañado por alguien; bien fuera su joven mujer, o cualquier otra persona. La única diferencia, era que ahora esos viajes duraban pocos días, y que generalmente no salía del hotel, a menos que fuera verdaderamente necesario, citando allí mismo, si era posible, a las personas con quienes iba a entrevistarse.
Un infaltable en dichos viajes era el Padre Miguel, pues además de ser su administrador, estaba consciente que Laicram Leicam ya no estaba en condiciones de tratar por si solo los negocios. A veces era evidente que su equilibrio mental estaba afectado, y él salía al quite cuando decía alguna incoherencia. Luego en privado, como quien hace una confidencia, les decía:
--Es que después que sufrió el derrame cerebral; Uds. entienden…
No obstante reconocía, que quizás el hecho de que se mantuviese activo, tratando de llevar una vida como si los años no hubieran transcurrido, lo ayudaba a no caer por completo en un abismo profundo del que tal vez no podrían sacarlo. Así que le hacía creer que llevaba las riendas de los asuntos.
El Padre Miguel era incluso algunos años mayor que Laicram Leicam, pero con una salud a toda prueba y una mente clara, pues a pesar de haberlo probado todo, siempre tuvo buen cuidado de mantener lejos de si los excesos; especialmente las drogas.
Comenzaron a llegarles informes del país natal del Padre Antonio, diciendo que se había desencadenado un pandemónium, ya que María y sus hijos habían acudido incluso a la televisión a denunciarlo públicamente, pues ya grandes, cuando se enteraron de quien era realmente, y se comenzaron a filtrar los escándalos de la vida de su padre, los hijos, adultos jóvenes los tres, le confesaron a su madre de los abusos que sufrieron por su parte cuanto tuvieron entre 7 y 12 años, que fue cuando prácticamente desapareció de sus vidas. Además, estando reconocidos por él, reclamaban también su derecho a los cuantiosos bienes de Laicram Leicam, representados por cierto, por un muy conocido abogado. En ese momento aparecen otros dos jóvenes, que también dicen ser sus hijos.
La salud del Papa seguía delicada y llegó a hablarse incluso de que dejaría el cargo, pero ello no llegó nunca a concretarse.
Durante esos meses, no se volvió a hablar más del caso con el Cardenal, o al menos este no dio muestras de haberlo retomado, aunque por lógica seguía los nuevos escándalos que parecían como un barril sin fondo, pues en cuanto se destapaba uno, caían en cascada otros varios.
Como suele pasar, una vez que alguien habla, salen aquéllos que se supone habían tenido algo que decir –pero no el valor para hacerlo-, envalentonados por el tumulto.
Se sucedió una temporada de relativa calma, a lo cual el Padre Miguel decía temer.
--Preparémonos, les decía a todos. Ya sabemos que cuando parece que nada sucede, es porque están por caernos encima un terremoto y un tsunami.
Tal vez no estaba tan equivocado.
Más bien era consciente que tantos hechos incorrectos como cometieron, especialmente ahora que los antes niños ya eran hombres, que hacía tiempo se les había caído la venda de los ojos y tenían la conciencia clara y la madurez para darse cuenta que habían sido vilmente abusados, -lo que además había provocado como una especie de estampida, pues ya era notoria la cantidad de Soldados de la Luz que habían renunciado a la Congregación-, no era asunto menor, ni iba a pasar inadvertido.
Ya la época de barrer la basura bajo la alfombra, había quedado atrás.
El Padre Miguel no sentía vergüenza en reconocer su cobardía, aceptando que tal vez había llegado el momento de rogar por salir de este mundo e ir a dar cuenta de sus pecados al Altísimo, en vez de enfrentar la justa ira de las personas.
Cap. XIV
Una vez roto el dique no es posible contener las aguas, y eran verdaderos ríos los que se precipitaban sobre la vida y obra del Padre Antonio de La Rosa.
Por esas fechas recibió la satisfacción de enterarse de que un gran número de Soldados de La Luz serían ordenados sacerdotes, lo que le hace afianzarse a un futuro promisorio para su Congregación, ciego a querer aceptar la implacable verdad que brillaba claramente para todos, menos para él.
En esa euforia, le llega también la noticia de que son esos mismos Soldados los que hacen público que su Libro Guía, que fue para ellos por años fuente de inspiración y refugio en sus tribulaciones, creyéndolo escrito por la mano del que era su faro más luminoso, había sido plagiado por su mentor, en más de un 80%.
Algunos se enfurecen al sentirse engañados una vez más, haciéndose cruces de hasta dónde podía llegar la inmoralidad de un hombre que casi abiertamente se proclamaba santo.
Al margen de esta vorágine, la salud del Papa Fortanelli se sigue deteriorando y ante lo irreversible del final, los temerosos; los que tienen mucho que perder y poco que ganar si el poderoso Cardenal decide meter su mano y llevar hasta sus últimas consecuencias el sacar a la luz los desmanes cometidos por Laicram Leicam, tejen una red de complicidades que tendrán un final absolutamente inesperado para el Cardenal en cuestión y que de una manera que le resultará sorpresiva, sella su futuro.
Los Soldados de la Luz comienzan a aceptar de forma más abierta, aunque aún tímidamente, que su fundador tuvo “actuaciones impropias” y hasta el hecho de reconocerle “una amante y una hija”. Sin embargo, el ahora Director General, al pedir perdón “por tanto sufrimiento” agregó, que el Padre Antonio de La Rosa había sido “el instrumento de Dios que ha dado sentido a mi vida”. Aunque poco tiempo después, se atreva a decir otras cosas.
Cuatro Obispos de la Santa Sede son nombrados por esta para realizar Visitas Apostólicas, a todas y cada una de las instituciones de Los Soldados de La Luz.
Posteriormente a que el Padre Antonio fuese destituido ya definitivamente de sus funciones con los Soldados, y aún más después de muerto, comenzaron a lavarse las manos muchos de los que lo habían seguido dócilmente por años, como fue el caso del que lo sustituyó en el cargo, quien adujo que jamás creyó en las acusaciones –posiblemente quise engañarme a mí mismo, pero así fue- agregando además, que cuando en Roma fue informado de tales cosas, jamás le presentaron pruebas y que cuando “años después” él hizo sus propias averiguaciones comprobando “algunas de esas acusaciones”, nada pudo hacer, pues el Fundador ya había fallecido.
Respuestas similares daban algunos representantes de distintas Congregaciones en el Vaticano, quienes incluso culpaban a la férrea disciplina conque el Padre Antonio manejaba a sus Soldados de La Luz, el hecho de que haya pasado tanto tiempo para que realmente se llegara a la verdad de lo que allí sucedía, pues los jóvenes Soldados tenían verdadero pavor a decir ni una sola palabra, incluso entre ellos, o a sus familias.
A pesar de los pesares, y aunque comprobados los enormes desvíos de fondos que engrosaron sus cuentas personales, las compras de inmuebles que algunos de sus hijos heredaron convirtiéndoles en gente rica –especialmente su hija española-, lo cierto es que al final de esta terrible historia, donde un gánster de los que solemos ver en películas americanas, resulta ser un niño de pecho al lado de las cosas que hizo este hombre,- y sobre el cual incluso pende una sospecha de asesinato-; lo cierto es que dejó tras de sí una obra monumental con presencia en 45 países; con 15 universidades, 177 colegios, casas de retiro, institutos, medios de comunicación, mas de 100.000 alumnos y alrededor de 3.500 religiosos, además de una fortuna para la Congregación de Los Soldados de La Luz, que se estima en la modesta cantidad de entre 15.000 a 25.000 millones de Euros.
Así y todo, ha habido quien lo cataloga como una persona poco instruida y no muy inteligente.
Cap. XV
El padre Antonio de La Rosa fallece en Florida, después de 60 años de vida sacerdotal, y sus restos son llevados a su país, para ser depositados en un mausoleo que años antes fue construido por los Soldados de La Luz, y donde había sido sepultada su madre.
Una cosa curiosa es que los Soldados que lo acompañaron hasta su última morada, tuvieron que llenar diferentes certificados de defunción, presentando cada uno de los documentos falsos que Laicram Leicam había usado en su larga vida.
Se registra también una información, de que en fecha en el momento no precisada, se había graduado en la Universidad Francisco Vitoria de Madrid, una hija del Padre Antonio de La Rosa.
Otro escándalo se produce cuando los Soldados de La Luz publican una carta, donde se les solicitaban 25 millones de Dólares, a cambio del silencio de María y sus hijos.
Las tormentas se calman por un tiempo, ya que
la prensa que particularmente ha sido más acuciosa con este asunto, se dedica a dar seguimiento a la larga enfermedad e inminente muerte del Papa.
Se barajan nombres, se hacen predicciones en los que un futuro papa negro vuelve a aparecer como posible, e incluso se menciona algún Cardenal de la misma nacionalidad del Padre de La Rosa.
Los partes médicos son cada vez más desesperanzadores, y los católicos se preparan para lo inevitable.
Comienzan a llegar a Roma turistas de distintas partes del mundo, que quieren estar lo más cerca posible de este triste acontecimiento.
Cuando fue anunciado que la partida del Santo Padre podría sucederse en cualquier instante, y que ya había recibido la extremaunción, la Plaza de San Pedro comenzó a llenarse de gente que en completo silencio, tenía sus ojos fijos en la ventana de los aposentos papales, esperando que al encenderse una luz, sería indicación de que el Papa había muerto. Tal vez algo más de 60.000 personas presenciaron este hecho, que fue transmitido al mundo entero.
Pasaron los 9 días de las exequias y al entierro acudieron en forma multitudinaria unas 300.000 personas provenientes de todas partes y de todas las religiones; así como representantes de los más diversos países.
Ahora la Curia Romana se preparaba para la elección del sucesor del Papa Lucio Fortanelli, y para ello, comenzaban a llegar a Roma los Cardenales.
Mientras tanto, aquellos que no las tenían todas consigo respecto de los planes del poderoso Cardenal y sus intenciones de continuar investigando al difunto Padre Antonio, volvieron a hablar con él tratando de convencerlo de que, habiendo sido el fallecido Papa tan cercano al fundador de Los Soldados de La Luz, y dado que ya ambos habían dejado de existir, que caso podría tener seguir hurgando en esa podredumbre.
El Cardenal se mostró inflexible, diciéndoles que en cuanto concluyeran con la elección del nuevo Papa, seguiría con esto.
“Ya la Iglesia tiene demasiados enemigos y es hora de comenzar a transparentar ciertas cosas que de todas formas no podemos ocultar y de las cuales debemos hacernos responsables”.
En ese momento se decidió poner en marcha el plan que habían madurado.
Se necesitaron dos votaciones, pero el poderoso Cardenal fue elegido como el nuevo Papa. Habían encontrado la forma de obligarlo a callar, al menos por un tiempo. Así tendrían oportunidad de preparar su próxima estrategia.
“No estamos dispuestos a arriesgar nuestra posición o que nuestros amigos queden expuestos”.
El nuevo Papa comenzó su labor con la disciplina que había caracterizado su vida y su carrera, teniendo que competir, sin proponérselo, con el carisma de su antecesor, y las comparaciones que incluso unas veces más veladas que otras, hacia cierta prensa.
Al mismo tiempo, no dejaban de llegarle los
comentarios de cuales habían sido las circunstancias de su elección, donde por un lado estaban los Cardenales que habían hecho algún negocio con el difunto, y por el otro, tanto las presiones de los que, sin haber tenido nada que ver con el Padre Antonio, consideraban que como siempre había sido en la Iglesia, “la ropa sucia se lava en casa”; como las hechas por los hombres de dinero que no estaban dispuestos a ser públicamente exhibidos, amenazando con defenderse con uñas y dientes, cayera quien cayera.
Pasó algún tiempo y solo de vez en cuando, este tema volvió a ser mencionado.
Particularmente solía hacer énfasis en ello cierta prensa norteamericana, aludiendo por ejemplo al enorme poder que llegó a alcanzar en su propio país, pues hasta el considerado uno de los hombres más ricos del mundo se dejó embaucar por él, permitiendo que lo involucrara en sus obras sociales y dejándose fotografiar a su lado, a pesar de que ya para esas épocas sonaban mucho a nivel internacional las acusaciones especialmente de pederastia que se le atribuían al jerarca de Los Soldados de La Luz.
Incluso un programa de televisión, donde se iba a entrevistar a quejosos que denunciaban precisamente los abusos cometidos por Laicram Leicam, fue vetado por el gobierno.
Cap. XVI
Algunos años después de haber sido electo el nuevo Papa, la sombra de Laicram Leicam pendía aún sobre la solvencia moral de muchos altos jerarcas de la Iglesia, incluyendo al Sumo Pontífice, máxime porque los escándalos referentes a la pederastia dentro de la Iglesia, no solo no habían disminuido, sino incluso se habían intensificado con casos terribles y muy antiguos, sacados a la luz en algunos países europeos.
Dentro de estas acusaciones y declaraciones, salía a relucir nuevamente el asunto Laicram Leicam, pues hasta un Soldado que había sido, según dijo, secretario particular del Padre Antonio por más de 15 años, había informado directamente por escrito al Vaticano, - tanto al que era secretario en aquél momento del anterior Papa, como a Su Santidad actual- , sobre la real vida del fundador de Los Soldados de La Luz, y jamás ninguno de los dos le concedieron la audiencia que solicitó.
También se filtraron documentos donde se trataba este tema y se confirmaba que, en su momento, habían sido hechos llegar al Papa ahora en funciones.
En esos documentos dados a conocer, aparece que posteriormente el actual Papa, si había recibido finalmente al mencionado ex secretario del Padre Antonio de La Rosa; señalando lugar, fecha y hora.
Se saca a relucir además, como el actual Santo Padre, niega haber tenido conocimiento desde años antes de la triple vida del Padre Antonio, asegurando que, de haberlo sabido, hubiese tomado cartas en el asunto y agregando: ---por desgracia se tomaron medidas demasiado tarde, debido a que estaba “muy bien cubierto”.
Esta filtración de documentos, considerada como la mayor en la que se ha visto involucrada La Santa Sede, ocasionó que el Vaticano amenazara con demandas, catalogando de “acto criminal” semejante hecho.
Aun a pesar de todo esto, el Papa continuó con las
actividades propias de su cargo, sus viajes, apariciones semanales, audiencias, etc.
Los cercanos lo observaron más pensativo y ensimismado que de costumbre, hasta el punto que comenzaron a preocuparse por su salud. Pero fiel a su carácter de ser una persona poco comunicativa, cuando por ejemplo su personal de más confianza le preguntaba si se sentía bien, o si podían ayudarle en algo, él sonreía levemente haciendo una señal de negación: --solo mis preocupaciones habituales, añadía.
Lo cierto es que al despacho del Papa habían llegado documentos que hablaban de un lobby gay; una especie de red transversal de homosexuales los cuales no solo realizaban encuentros sexuales en distintos lugares de Roma, sino incluso en El Vaticano.
Propensas como son estas personas a ser chantajeadas debido a sus cargos, y a su imperiosa necesidad de no ser descubiertas, los documentos mostraban también desvíos de fondos, e incluso manipulaciones y presiones para que un alto personero con poder dentro de la Gobernación de la Ciudad del Vaticano, fuese destituido, ya que hablaba de introducir la transparencia en el manejo de los asuntos de la ciudad, lo que parecía no convenir a ciertos intereses.
Se dijo luego que el Papa, debido a su avanzada edad, había considerado desde hacía algún tiempo la posibilidad de renunciar, sin embargo, para ojos más perspicaces, quien “costó” el papado, fue un hombre que había fallecido hacía años: Laicram Leicam.
Empezó a comentarse nuevamente en un periódico norteamericano, - por un periodista que en los últimos 25 años no había sacado jamás su dedo del renglón, con relación al asunto del fundador de Los Soldados de La Luz - este caso, sacando a relucir el hecho de que había sido el actual Pontífice, el único representante importante de la Iglesia que no acudió a la celebración que hizo en Roma el Padre Antonio de La Rosa, con motivo de sus 60 años de sacerdocio y esto quería decir que no era cierto, como él lo había asegurado, que fue hasta años después que vino a enterarse de la realidad de las actuaciones del mencionado sacerdote, pues su notoria ausencia en dicho evento, mostraba a las claras su descontento con Laicram Leicam.
Cap. XVII
Aunque en textos posteriores ya se comienzan a reconocer los errores cometidos por el fundador de los Soldados de La Luz, en los cuales incluso se habla abiertamente de que este hombre no solo mantuvo sexo con seminaristas menores de edad, sino además con hombres y mujeres adultos y se ruega la misericordia divina para su fundador, agregando que resulta incomprensible que con una vida como esa tuviera el atrevimiento de presentarse como sacerdote hasta el final de su existencia, llegando incluso a reconocer la incapacidad de la Iglesia de haber dado crédito a las denuncias que desde el inicio se hicieron contra el Padre Antonio, además del terrible silencio institucional y agregando que no se le puede proponer como modelo, e incluso se lamentan de los Soldados que dejaron la Congregación por no haber sido escuchados, el insistente periodista norteamericano no se impacta con esto, considerándolo solo un mea-culpa para echar tierra sobre el asunto.
Así que para más abundar, -añadía el periódico-,
como era posible que siendo que el Obispo tío del Padre Antonio, había sido incluso señalado para ser beatificado, a estas fechas, ni durante todos los años que ello fue mencionado mientras vivía Leicam, aún no se le hubiesen realizado pruebas forenses a sus restos, para comprobar si de verdad había fallecido de un ataque al corazón, -como se aseguró-, o su muerte había sido producto de envenamiento con cianuro, lo cual hubo quienes lo mencionaron, cuando fue exhumado 12 años después de su fallecimiento.
Sin obviar la posible realidad de que el Sumo Pontífice ya hubiese considerado la posibilidad de retirarse, debido a las consideraciones personales que fueron manejadas, no cabe duda que tomar una decisión tan drástica,- inédita por más de 600 años-, tenía que tener una justificación más creíble que la edad o la salud.
Sencillamente, el Papa no estaba dispuesto a afrontar un nuevo escándalo relacionado con Laicram Leicam, donde se pondría en entredicho su actuación en este caso, pues iba a ser imposible probar fehacientemente sus razones y poniendo a
la Iglesia, -ya bastante acuciada por terribles señalamientos, por uno y otro lado-, frente a una situación que iba a ser imposible aclarar, y que llenaría todavía de más oprobio a la Institución que había sido su vida.
Cuando el Papa informó, -porque no pidió permiso ni consultó - su decisión; esta ya era irrevocable.
Obviamente que fue aconsejado queriendo hacerle ver lo insólito y drástico de tal medida, pero él fue tajante:
--Dejo a mi sucesor, que espero en Dios sea más joven, la enorme tarea que le significará limpiar la “gran podredumbre que hay aún en los más altos niveles de la Iglesia”. Yo no tengo ni la salud, ni las fuerzas para enfrentarlo, dijo.
Así, el largo y terrible brazo de uno de los hombres más corruptos, no solo de la Iglesia Católica o de otra Iglesia; sino que fue alguien cuya mente retorcida, puede solo compararse con la de cualquier otro notorio delincuente, cuya actividad se haya desarrollado durante el Siglo XX, -que fue la época donde tuvo lugar el apogeo del comportamiento realmente diabólico del Padre Antonio Laicram Leicam de La Rosa Sánchez-, pareciera que, con la renuncia del Papa, hubiese rubricado su nefasto paso por este mundo.
Epílogo:
Como observadora de tantos y tantos casos verídicos con que nos ha obsequiado la Iglesia Católica durante años, donde se destapan con frecuencia asuntos, no solo como el ficticio tratado en este libro, que quizás dentro de todo lo malo que ha sucedido en esa Institución, aún sobresaldría por lo terrible y sobre todo por lo largo del periodo en el que este hombre actuó a su antojo, pues fueron 60 años en los que creó un imperio económico- religioso, y al mismo tiempo, sin ninguna clase de impedimentos, dio rienda suelta a sus más bajas pasiones; a sus vicios y depravaciones con toda la libertad que podría hacerlo un hijo de vecino,- aunque seguramente, en un caso real, si tamaño delincuente no hubiese sido sacerdote, tal vez su reinado de terror, habría durado menos-, nos resultaría imposible creer que algún religioso de alto rango dentro de la Iglesia, pudiese no haber tenido conocimiento de sucesos tales, que además fueron mencionados por muchos años y a través de distintos medios.
Sin embargo, como sucede en situaciones extremas, donde una personalidad de evidentes rasgos sicopáticos se maneja toda una vida, siendo de Dios y del diablo,- de acuerdo a su conveniencia-
y que además ha dejado tras de si una indiscutible obra monumental, como sucede con el protagonista de esta historia; seguramente, en un caso real, sería en el futuro cuando alguien pudiera fríamente dar una opinión sobre la vida y obra de Antonio Laicram Leicam, más alejados de los sentimientos de rechazo que podamos sentir los que acabamos de leer el libro.