País Relato - Autores

adelfa martín

el árbol mágico

En una grande y solariega casa, situada a kilómetros de cualquier lugar, vivía Natalia, una niña solitaria –pues no tenía hermanos – y cuyos padres la habían traído al mundo cuando ya habían perdido toda esperanza de tener hijos. Jugaba generalmente sola, o de vez en cuando con los hijos de los sirvientes, por lo que se hizo una experta en inventarse historias, que complementaba y magnificaba con la lectura de la infinidad de libros que poblaban la biblioteca de sus padres.
Tenía dos amigos predilectos, su caballo Séneca, que le regalaron cuando cumplió seis años siendo potrillo, y con el cual ya daba largos paseos dentro de la propiedad, y un gran árbol de encino que según le habían contado, fue plantado por su bisabuelo siendo niño, como cien años antes, por lo que se mostraba magnífico en su altura y frondosidad, así que María se llevaba un libro, pasándose eternidades bajo su sombra, especialmente en los calurosos días veraniegos.
Su madre se tomó muy en serio su educación desde las primeras letras, preparándola para que cuando fuera algo mayor, poder enviarla a un internado de renombre y que allí complementara sus estudios, dado que por la ubicación de su propiedad, era imposible inscribirla en algún colegio donde pudiese ir y venir diariamente. Una vez por año presentaba exámenes en los cuales lograba siempre altas calificaciones, especialmente en las materias humanísticas.
Desde muy pequeña le decía a sus papás que el encino, al que llamaba “su árbol”, era mágico, que le enseñaba muchas cosas, y que siempre, cada día, le abría una puerta en su ancho tronco para que ella pudiese ver el mundo. Contaba que el árbol era capaz de responder a todas sus preguntas y dudas.
Al principio ni en cuenta lo tomaban. Solo les hacía gracia su fértil imaginación, pero cuando ya más grande continuaba hablando de lo mismo, se lo prohibieron totalmente.
-- ¡No queremos volver a escuchar esas tonterías!, le reprochaban con enojo. Esto parece enfermizo. Ya estas lo suficientemente grande para distinguir entre los sueños y las realidades. Tú sabes perfectamente que los árboles no hablan...
- ¡Pero es que el no me habla realmente...!, es otra cosa...
¡Ya basta! le recriminó su padre un día con el rostro tan congestionado, que ella pensó que iba a pegarle.
--Si se te ocurre volver a mencionar semejante desatino, le pondré una cerca alrededor para que no puedas acercarte más a el... y no lo mando cortar, porque lo sembró mi abuelo. ¡Pero no me obligues a tener que considerar esa decisión!
Natalia por supuesto que jamás volvió a hablar del tema, aunque claro, tampoco dejó de ir a sentarse bajo su adorado amigo, no solo a leer, sino también a escribir en su diario, en el cual era libre de plasmar todas sus vivencias sin ser contrariada. Al paso de los años, sus padres creyeron que la niña había olvidado el asunto. Son cosas de una criatura solitaria e imaginativa, se decían sonriendo. Pero la verdad era muy distinta.
Cada vez que Natalia tenía una duda, quería saber sobre una parte del mundo, se hacía preguntas sobre una ciudad determinada, el curso de un rio, la ubicación de una constelación... cualquier cosa que ella quisiera investigar, el árbol separaba en hojas finas su tronco, a uno y otro lado del mismo, como si de un libro se tratara, quedando abierta una ventana a través de la cual aparecía nítida y claramente una imagen representando, tal como si fuera un moderno video, la respuesta a la pregunta que ella se interesaba en consultar. Así conoció Paris y el Museo del Louvre, Roma y sus antiquísimas ruinas, visitó las selvas de Brasil horrorizándose con las extensas talas indiscriminadas, y secó sus lágrimas observando los deshielos en el ártico y la matanza de tiburones y ballenas.. Dejó pasear su imaginación viéndose en la Puerta de Alcalá de Madrid, en los Bosques de Viena, las incomparables construcciones prehispánicas de México y Guatemala, las pirámides de Egipto... y tantas maravillas que sería interminable relatar.
Una mañana, estando aún acostada, le vino a la mente la idea de averiguar de una vez por todas con su árbol, como o porqué él le tenía esa deferencia. Si era mágico solo con ella, o si esa era su naturaleza. Así que bien temprano, apenas concluyó el desayuno y antes de que su madre la llamara para comenzar las actividades cotidianas, se fue corriendo hasta el encino, sentándose como acostumbraba. A la primera pregunta:
-- ¿Tu magia es solo para mí? Como respuesta apareció un espejo donde podía mirarse claramente.
.. ¿Te mostrarías así a los demás?
El espejo se oscureció por completo. Y a la tercera pregunta.
--¿Y por qué si conmigo?, ¿alguien te lo pide?
Su sorpresa fue grande y también una enorme sonrisa iluminó su rostro, pues en el espejo se dibujó la imagen de la fotografía de su bisabuelo que adornaba el salón de la casa.
Cuando cumplidos los doce años sus padres le anunciaron que ya entraría al internado, y comenzaron a explicarle como era, lo bien que iba a sentirse allí, cuál era el ambiente... y que incluso podría montar a caballo, como tanto le gustaba, ella solo les respondió - mientras les daba la espalda y subía las escaleras hacia su habitación - ... sí, ya lo se...
Papá y mamá se miraron resignados. ¡Que rara es esta niña!, dijeron...