Larguirucho estaba consciente de la soledad en que se desarrollaba su vida. Todos los días iguales. Desde rincones inverosímiles veía el quehacer de los demás; sus idas y venidas. Aunque era algo que recordaba se había propuesto, que había planeado para sí mismo, ya hoy sentía que no tenía la capacidad de decidir si era realmente lo que le gustaba... lo que quería, pues en esa confusión de tiempo y espacio en el que vivía, no estaba muy seguro de saber distinguir entre lo que era realidad y lo que era ficción.
Estando sentado en unas rarísimas piedras que de pronto habían comenzado a emerger a su alrededor, a crecer mágicamente en su entorno, cuando minutos antes estaba seguro de haber estado descansando sobre la arena de una plácida playa, admirando las imágenes misteriosas que las nubes eran capaces de formar en ese cielo de colores tan maravillosos que solo podemos apreciar en los ocasos de los claros días de verano, cuando un pequeño velero, que parecía deslizarse plácidamente y sin prisa, dejándose llevar por la suave brisa de ese espectacular atardecer, le dio una idea que seguramente - si tenía la fuerza para ponerla en práctica -, cambiaría para siempre lo que se había convertido en una rutina insoportable; o al menos, le daría injerencia a su voluntad para deshacerse de una vez por todas del manipuleo que con él se traía quien se sentía con derecho a moverlo de un lado para el otro, cual muñeco de trapo sin voluntad.
En ese momento no se sentía capaz de reconocer ninguna culpa, en lo concerniente a su situación actual.
Poniéndose en pié sobre las rocas, le lanzó un fuerte silbido al patrón que se encontraba frente al timón, y haciéndole señas con las manos, le pidió que se acercara a la orilla. Cuando se encontraba a corta distancia, le preguntó...
- ¿Hacia dónde vas? Vio los cielos abiertos cuando este le respondió:
- A ninguna parte en especial. Solo salí a dar un paseo, a disfrutar de este atardecer tan particular, tan distinto a los que estoy acostumbrado a ver por estas tierras.
- ¿Puedo acompañarte?, sugirió.
El marinero lo miró con cierta desconfianza. No era su costumbre dejar subir extraños a su preciado velero, pero viéndolo tan delgado y que con bastante dificultad se movía en aquéllas piedras, como si le faltaran las fuerzas, aceptó con un ademán de su cabeza, reiterando sin embargo:
-- Pero es que no voy a ningún lado.
-- ¡Justamente eso es lo que me gusta!, le respondió Larguirucho.
Agradeciéndole al que suponía capitán del barco su amabilidad, se sentó por allí, en cualquier parte, y entre que contaba, y hacía una reflexión personal, comenzó a hablar de sí mismo con aquel desconocido.
--No sabes como estoy de confundido. Recuerdo perfectamente que luchaba por estar siempre presente en diferentes paisajes, lugares, ambientes e historias, entre personas que por cierto me eran completamente ajenas hasta que me colocaban en uno u otro lado, donde no fuera demasiado visible mi presencia. Al principio esto me pareció divertido. De algún modo me daba poder, pues era yo el que imponía mi figura, pero terminé por darme cuenta que de todas formas era manejado y manipulado, ya que los paisajes, lugares, ambientes, e historias, no tenían nada que ver conmigo, no eran temas que yo escogía- aunque según recuerdo, fue un compromiso que había convenido-, lo cual sin embargo llegó a hartarme, cuando se suponía que era yo el que debía hartar a otro supeditándolo a mi genio, y obligándolo a aceptarme si no quería volver a su mediocridad. Y aunque este otro había terminado por considerar inevitable mi presencia, jamás perdió su libertad de creación, o dejó de ser el mismo por un segundo, pues se reservaba el derecho a decidir los entornos en los que me tocaba vivir, asunto sobre lo que no se me permitía opinar, y mucho menos protestar. ¡Qué desconsiderado!
De inmediato agregó:
--¿Qué te parece, amigo marinero, si nos dejamos llevar por este maravilloso atardecer y seguimos sin rumbo?
El hombre, ya por cierto entrado en años, lo miró con sonrisa socarrona, respondiéndole:
--No sabes cuánto tiempo hace que deseaba tener una motivación para largarme lejos. También estoy cansado de aparecer por acá y por allá sin mi consentimiento, y para colmo, jamás se ve mi figura. Pareciera que solo les interesa el barco.
Viendo que el nuevo tripulante, una vez terminada su historia, se había quedado en completo silencio, tan ensimismado en sus pensamientos que parecía encontrarse a kilómetros de distancia, le preguntó:
-- Dime la verdad. ¿Crees poder resistir lo que significa el total anonimato?
Larguirucho, con una sonrisa de oreja a oreja y mostrando un rostro tan lleno de paz que parecía estar iluminado, le respondió:
--¡Amigo mío!, ni el reconocimiento, la fama, los aplausos, o la soberbia que alimentan el ego cuando se sabe que se es, no bueno, sino excelente para algo, valen un comino si, para lograrlos, se tiene que sacrificar la libertad que experimento en este momento. Cuando llegan en tiempo y forma ¡bienvenidos!, de lo contrario, no hay honores humanos que se comparen al sentimiento de saberse dueño de uno mismo.
Un par de horas después, el velero desapareció en el horizonte que ya se teñía de rojos y naranjas.
¿Y Larguirucho? Que se sepa, jamás volvió a aparecer en otros paisajes, lugares, ambientes e historias. Ni siquiera escondido por allí, en algún rincón...