julio ramón ribeyro
agua ramera—«El cielo nublado desenvaina su espada de fuego y cercena la copa del árbol, que cae rota a mis pies». Lorenzo y yo nos paseábamos por el parque, siguiendo una avenida de olmos que parecía llevar
al pie del acantiladoNosotros somos como la higuerilla, como esa planta salvaje que brota y se multiplica en los lugares más amargos y escarpados. Véanla como crece en el arenal, sobre el canto rodado, en las acequias
alienaciónA pesar de ser zambo y de llamarse López, quería parecerse cada vez menos a un zaguero de Alianza Lima y cada vez más a un rubio de Filadelfia. La vida se encargó de enseñarle que si quería triunf
atiguibasEn el viejo estadio nacional José Díaz —ahora ampliado y modernizado— viví de niño y luego de muchacho horas inolvidables. Con mi hermano vimos desfilar por la grama pelada de la cancha a los más
ausente por tiempo indefinidoMario se despertó una mañana con la conciencia dolorosa de estar malogrando su vida. Hacía por lo menos dos años que se acostaba al amanecer, después de haber rodado con sus amigos por bares, fond
bárbaraDurante diez años conservé la carta de Bárbara. La llevé una época en el bolsillo, con la esperanza de encontrar a alguien que me la tradujera. Luego la abandoné en un cartapacio, junto con otros
cacos y canesSanta Cruz tenía un sobrenombre: vecinos viejos lo llamaban Matagente. Esto era exagerado, pues los anales policiacos del barrio solo registraban un crimen, el de un chofer de taxi que descuartizó
de color modestoLo primero que hizo Alfredo al entrar a la fiesta fue ir directamente al bar. Allí se sirvió dos vasos de ron y luego, apoyándose en el marco de una puerta, se puso a observar el baile. Casi todo
demetrioDentro de un cuarto de hora serán las doce de la noche. Esto no tendría ninguna importancia si es que hoy no fuera el 10 de noviembre de 1953. En su diario íntimo Demetrio von Hagen anota: “El 10
dirección equivocadaRamón abandonó la oficina con el expediente bajo el brazo y se dirigió a la avenida Abancay. Mientras esperaba el ómnibus que lo conduciría a Lince, se entretuvo contemplando la demolición de las
doblajeEn aquella época vivía en un pequeño hotel cerca de Charing Cross y pasaba los días pintando y leyendo libros de ocultismo. En realidad, siempre he sido aficionado a las ciencias ocultas, quizás p
el banqueteCon dos meses de anticipación, don Fernando Pasamano había preparado los pormenores de este magno suceso. En primer término, su residencia hubo de sufrir una transformación general. Como se tratab
el carruselEl primer día que llegué a Fráncfort tomé un hotel cerca de la estación del ferrocarril, dejé mi equipaje y salí a dar una vuelta, sin plano ni plan preciso. Nada es más agradable que recorrer un
el chacoSixto llegó de las minas hace meses, junto con otros mineros huaripampinos. Venían a ver su pueblo, las retamas, las vacas que dejaron en el pastizal y a partir nuevamente hacia La Oroya, el caser
el jefeEl directorio de la casa Ferrolux, S. A. daba esa noche una fiesta a sus empleados, con motivo de inaugurarse su nuevo club social. En el cuarto piso de un edificio moderno, situado en el centro d
el libro en blancoDe pura casualidad me encontré con Francesca en el Boulevard Saint-Germain y como hacía dos o tres años que no la veía y como según me explicó se había mudado a un departamento a dos pasos de allí
el marqués y los gavilanesLa familia Santos de Molina había ido perdiendo en cada generación una hacienda, una casa, una dignidad, unas prerrogativas y al mediar el siglo veinte solo conservaba de la opulencia colonial, ap
el polvo del saberTodos los días al salir de la universidad o entre dos cursos caminaba hasta la calle Washington y me detenía un momento a contemplar, por entre las verjas, los muros grises de la casona, que prote
el primer pasoDanilo pensó que si su madre no hubiera muerto, que si no fuera por esa riña donde perdió los dientes, que si no tuviera un solo terno verde, no tendría que estarse a esa hora en el bar, con el oj
el profesor suplenteHacia el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la miseria de la clase media, de la necesidad de tener que andar siempre con la camisa limpia, del precio de los
el próximo mes me nivelo—Allí viene Cieza —dijo Gastón señalando el fondo de la alameda Pardo. Alberto levantó la vista y distinguió en la penumbra de los ficus una mancha que avanzaba y que la cercanía dotó de largas ex
el sargento canchucaDesde muy niños papá nos había obligado a tomar cucharadas de emulsión Scott y de aceite de hígado de bacalao, dos celebrados y nauseabundos tónicos de la época. Pero cuando entramos a la adolesce
el tonel de aceiteEn la semioscuridad de la cocina, iluminada tan solo por los carbones rojos que ardían bajo las parrillas, la vieja Dorotea y su sobrino Pascual se miraban silenciosamente. Ella permanecía en pie,
en el fondo—Es curioso —dice Luder—. En el fondo de los ojos de las personas extremadamente bellas hay siempre un remanente de imbecilidad.
espumante en el sótanoAníbal se detuvo un momento ante la fachada del Ministerio de Educación y contempló, conmovido, los veintidós pisos de ese edificio de concreto y vidrio. Los ómnibus que pasaban rugiendo por la av
estructura—Dile que no estoy —susurra Luder a su criada que le muestra una tarjeta de visita—. Es un semiólogo que anda en busca de una estructura.
explicaciones a un cabo de servicioYo tomaba un pisco donde el gordo mientras le daba vueltas en la cabeza a un proyecto. Le diré la verdad: tenía en el bolsillo cincuenta soles… Mi mujer no me los quiso dar, pero usted sabe, al fi
fénixDespués de haber dado los golpes, soy yo ahora el que los recibe y duro, sin descanso, como la buena bestia que soy. Pero no son tanto los golpes lo que me fatiga, pues mi piel es un solo callo, s
interior “l”El colchonero con su larga pértiga de membrillo sobre el hombro y el rostro recubierto de polvo y de pelusas atravesó el corredor de la casa de vecindad, limpiándose el sudor con el dorso de la ma
la botella de chichaEn una ocasión tuve necesidad de una pequeña suma de dinero y como me era imposible procurármela por las vías ordinarias, decidí hacer una pesquisa por la despensa de mi casa, con la esperanza de
la insigniaHasta ahora recuerdo aquella tarde en que al pasar por el malecón divisé en un pequeño basural un objeto brillante. Con una curiosidad muy explicable en mi temperamento de coleccionista, me agaché
la molicieMi compañero y yo luchábamos sistemáticamente contra la molicie. Sabíamos muy bien que ella era poderosa y que se adueñaba fácilmente de los espíritus de la casa. Habíamos observado cómo, agazapad
la piel de un indio no cuesta cara—¿Piensas quedarte con él? —preguntó Dora a su marido. Miguel, en lugar de responder, se levantó de la perezosa donde tomaba el sol y haciendo bocina con las manos gritó hacia el jardín: —¡Pancho!
la primera nevadaLos objetos que me dejó Torroba se fueron incorporando fácilmente al panorama desordenado de mi habitación. Eran, en suma, un poco de ropa sucia envuelta en una camisa y una caja de cartón conteni
la relatividad de nuestras concepciones estéticasLuder regresa de su habitual paseo por el malecón. —Estoy confundido —dice—. Cuando me aprestaba a gozar de una nueva puesta de sol, un vagabundo salta la baranda, camina hasta el borde del acanti
la señorita fabiolaYo aprendí el abecedario en casa, con mamá, en una cartilla a cuadrados rojos y verdes, pero quien realmente me enseñó a leer y escribir fue la señorita Fabiola, la primera maestra que tuve cuando
la solución—Bueno, Armando, vamos a ver, ¿qué estás escribiendo ahora? La temida pregunta terminó por llegar. Ya habían acabado de cenar y estaban ahora en el salón de la residencia barranquina, tomando el c
la tela de arañaCuando María quedó sola en el cuarto, una vez que hubo partido Justa, sintió un extraño sentimiento de libertad. Le pareció que el mundo se dilataba, que las cosas se volvían repentinamente bellas
la vida grisNunca ocurrió vida más insípida y mediocre que la de Roberto. Se deslizó por el mundo inadvertidamente, como una gota de lluvia en medio de la tormenta, como una nube que navega entre las sombras.
las botellas y los hombres—Lo buscan —dijo el portero—. Un hombre lo espera en la puerta. Luciano alcanzó a dar una recia volea que hizo encogerse a su adversario y dejando su raqueta sobre la banca tomó el caminillo de ti
las cosas andan mal, carmelo rosaLas cosas andan mal Rosa cuando hoy subiste a la oficina y te quitaste la boina con desgano y tu abrigo con muchísima pena y tu bufanda como si fuera tu propio sudario y entre el ruido de los tele
las tres graciasEn todos los chalés de la cuadra y del barrio vivían matrimonios fidedignos con uno o varios hijos, respetables familias burguesas que se frecuentaban o al menos se saludaban —los señores quitándo
letrado de ayerCaminando con un amigo Luder se ve reflejado en la vitrina de una tienda. —Ya me fregué —dice, sobrepasándose—. Acabo de darme cuenta que no soy un hombre de hoy sino un letrado de ayer. Hasta en
los cautivosEra lo último que podía esperar: vivir en esa pensión burguesa de las afueras de Fráncfort, en ese barrio industrial rodeado de chimeneas, de tranvías y de gente atareada, madrugadora, eficiente,
los españolesHe vivido en cuartos grandes y pequeños, lujosos y miserables, pero si he buscado siempre algo en una habitación, algo más importante que una buena cama o que un sillón confortable, ha sido una ve
los gallinazos sin plumasA las seis de la mañana la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos. Una fina niebla disuelve el perfil de los objetos y crea como una atmósfera encantada. Las personas q
los merenguesApenas su mamá cerró la puerta, Perico saltó del colchón y escuchó, con el oído pegado a la madera, los pasos que se iban alejando por el largo corredor. Cuando se hubieron definitivamente perdido
los moribundosA los dos días que empezó la guerra comenzaron a llegar a Paita los primeros camiones con muertos. Mi hermano Javier me llevó a verlos a la entrada del hospital. Los camiones se detenían un moment
los otrosEse hombre gordo y medio calvo que toma una cerveza en la terraza del café Haití mientras lee un periódico y se hace lustrar los zapatos fue el invencible atleta de la clase que nos dejó siempre b
luder pasa rápidamenteLuder pasa rápidamente delante de un mendigo que le extiende plañideramente la diestra. –¡Puerco! –grita el pordiosero. Luder se detiene y regresa sonriente con una moneda en la mano: –Solo espera
mar afueraDesde que zarpara la barca, Janampa había pronunciado solo dos o tres palabras, siempre oscuras, cargadas de reserva, como si se hubiera obstinado en crear un clima de misterio. Sentado frente a D
mariposas y cornetasHacía apenas una semana que era nuestra vecina y ya el barrio estaba alborotado. Venía de Chile, era hija única de padre alemán y madre araucana y de esta combinación había surgido un fruto raro y
nada que hacer, monsieur baruchEl cartero continuaba echando por debajo de la puerta una publicidad a la que monsieur Baruch permanecía completamente insensible. En los últimos tres días había deslizado un folleto de la Socieda
naturalidad—¡Cómo puedes aguantarlo! —critican a Luder porque visita a menudo en su buhardilla a un pintor viejo y paupérrimo. —Es que me encanta su manera tan natural de invitarme a compartir su fracaso.
nube de polillas—Es un escritor tan anticuado —dice Luder— que cuando abres uno de sus libros todas sus letras salen volando, como una nube de polillas.
perfecciónEncuentran a Luder abatido ante una revista abierta. —¡Dicen aquí que mi estilo se acerca a la perfección! —¿Y eso te molesta? —¡Naturalmente! El gran arte consiste no el perfeccionamiento de un e
plagio—Lo mismo o algo parecido dice Montaigne en sus “Ensayos” —le reprocha alguien al escucharlo lanzar una sentencia moralizante. —¿Y qué? —protesta Luder. Eso solo demuestra que los clásicos siguen
por el corredor—Cuando a Balzac le entra la manía de la descripción —observa un amigo— puede pasarse cuarenta páginas detallando cada sofá, cada cuadro, cada cortina, cada lámpara de un salón. —Ya lo sé —dice Lu
por las azoteasA los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos. Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que no
que lo cante—¿Has leído su última novela? —le preguntan, refiriéndose a un autor famoso—. ¡Qué musicalidad, qué ritmo, qué riqueza de voces! ¡Es un verdadero oratorio! —Que lo cante —responde Luder.
ridder y el pisapapelesPara ver a Charles Ridder tuve que atravesar toda Bélgica en tren. Teniendo en cuenta las dimensiones del país, fue como viajar del centro de una ciudad a un suburbio más o menos lejano. Madame An
silvio en el rosedalEl Rosedal era la hacienda más codiciada del valle de Tarma, no por su extensión, pues apenas llegaba a las quinientas hectáreas, sino por su cercanía al pueblo, su feracidad y su hermosura. Los r
solo lloran los valientes—Nada me impresiona más que los hombres que lloran —dice Luder—. Nuestra cobardía nos ha hecho considerar el llanto como cosa de mujercitas. Cuando solo lloran los valientes: por ejemplo, los héro
solo para fumadoresSin haber sido un fumador precoz, a partir de cierto momento mi historia se confunde con la historia de mis cigarrillos. De mi periodo de aprendizaje no guardo un recuerdo muy claro, salvo del pri
terra incognitaEl doctor Alvaro Peñaflor interrumpió la lectura del libro de Platón que tenía entre las manos y quedó contemplando por los ventanales de su biblioteca las luces de la ciudad de Lima que se extend
tristes querellas en la vieja quintaCuando Memo García se mudó la quinta era nueva, sus muros estaban impecablemente pintados de rosa, las enredaderas eran apenas pequeñas matas que buscaban ávidamente el espacio y las palmeras de l
un ligero retrasoSe tropiezan con Luder que camina velozmente por los malecones del Sena. —¿Adónde vas? —A la Plaza de la Concordia. A mediodía le cortan la cabeza de Luis XVI. —¡Pero eso ocurrió hace dos siglos!
un miserableNunca he sido insultado, ni perseguido, ni agredido, ni encarcelado, ni desterrado —dice Luder—. Debo, en consecuencia, ser un miserable.
una aventura nocturnaA los cuarenta años, Arístides podía considerarse con toda razón como un hombre “excluido del festín de la vida”. No tenía esposa ni querida, trabajaba en los sótanos del municipio anotando partid
universidades—Hay tantas universidades ahora —dice Luder— que en ellas se distribuye más la ignorancia que el conocimiento. Los educadores olvidan que el saber es como la riqueza: mientras más se reparte, meno
vueltas y vueltasLo encuentran paseándose abstraído en torno a la mesa de su biblioteca. —Me he dado cuenta —dice Luder— que nuestra vida solo consiste en dar vueltas y vueltas alrededor de unos cuantos objetos.