Estaba agotada, el calor era insoportable, y eso que me habían dicho que en el suroeste de Francia el tiempo era más bien inestable. Busqué, instintivamente, la botella de agua en el asiento del copiloto, pero lo único que encontré fue un envase vacío de plástico. Solté un improperio en voz alta digno de un camionero, pero al contrario de lo que me suponía, no me hizo sentir mejor. Agarré con fuerza el volante y pisé el acelerador, solo cuando llegué a los ciento veinte kilómetros por hora y adelanté a varios coches, levanté el pie del pedal. Conocía esa autopista porque un año antes había hecho el mismo recorrido, y ahora volvía, sin embargo, esta vez lo hacía sola. Un peaje más y estaría en Las Landas, en el único lugar que quería estar en ese instante. Un lugar que nadaba en mi subconsciente y que, a pesar de todo, su paraje me atraía como un imán al metal: sin querer, aquellas tierras parecían estar llamándome en la distancia.
Mi vida en sí ya era complicada, no deseaba mirar hacia atrás, solo centrarme en mi presente. Busqué, con la mano derecha, las monedas desperdigadas en el fondo de mi bolso mientras que la otra la encerraba alrededor del volante. Había llegado al peaje y, con él, más cerca de mi destino. No pude evitar observar los coches cargados hasta los topes de la gente que provenía, según mi entender por los bultos envueltos en mantas, del norte de África. Al igual que el mío, sus rostros denotaban cansancio, con la única diferencia que ellos triplicaban mi kilometraje.
«No debes quejarte, Martina», me dije más para mí misma mientras entonaba con garbo la última canción de Sergio Dalma que daba vuelta tras vuelta en el CD. Pagué el peaje, pisé a fondo el acelerador y busqué alivio en la velocidad de la autopista. Barajé varias salidas y, al final, opté por la primera, deseaba ver ya civilización, personas caminando o en bici. Todo con tal de salir de la monótona autovía.
Me adentré en una carretera estrecha custodiada por un bosque de pinares, típico paisaje de Las Landas, bajé la ventanilla, apagué el aire acondicionado y respiré con fuerza. El olor impregnó mis fosas nasales y mi cerebro recordó la última vez que había estado allí, hacía un año, con César, mi novio. Ahora las cosas habían cambiando. César estaba felizmente casado con mi mejor ex amiga y muy pronto serían padres de una niña.
Esa era la única razón por la que había salido escopetada de mi provincia natal. No quería conocer a ese bebé, bastante había tenido con la dichosa boda, no deseaba escuchar su nombre ni los comentarios de los recientes y babosos padres. En ese momento, solo me apetecía olvidar, beber una poción y eliminar los tres años anteriores de mi vida, el momento en el que conocí al hombre que me la arruinó; me amonesté a mí misma por tales pensamientos, varias sesiones con una psiquiatra habían hecho que mi vida tuviese algo de sentido, sin embargo, no había podido encontrar aún mi norte. Escuchar el sonido del viento entremezclado con las notas musicales de Galilea fue la vuelta a mi realidad.
Por un momento deseé que Angelina Jolie, representando el papel de Maléfica, su última película, se presentara ante la recién nacida y le echara una maldición para los siglos venideros, pero eso no sería de buena persona, así que intenté que quedara en el olvido, sin embargo, no fue así y la idea fue cobrando más consistencia en mi mente como si pudiera, con solo el pensamiento, hacerla realidad.
¡Por el amor de Dios, si seguía así, iba a volverme loca! ¿Dónde estaba el resultado de tantas horas y dinero de mi tratamiento psiquiátrico durante estos últimos meses?
Apagué mi ansiedad con un trozo de chocolate y avellanas perdido en mi bolso. Si no fuera por el dulce, mi vida sería el mismísimo infierno, claro que, esta vez, me pregunté si había salido alguna vez de él.
Encontré sin problema el camping que estaba buscando, era el mismo en el que había estado con César. Creí estar más fuerte, y mi psiquiatra me aconsejó que la única manera de quitar los miedos era hacerles frente, volver a aquel lugar me ayudaría a dar carpetazo a mi nostalgia y quizás, solo quizás, a empezar de cero. Esta vez no permitiría que los recuerdos del pasado vagaran a sus anchas por mi recóndito cerebro. No, no podía. Había puesto distancia y eso era lo que haría ahora que había tomado la iniciativa de tomarme unas vacaciones donde todo giraba en torno a mí.
Aparqué a las afueras y entré a la recepción del camping, conocía las normas, no podía entrar con el vehículo hasta que tuviera las llaves de mi bungaló en las manos. Percibí cierto nerviosismo en mi voz cuando pronuncié mi nombre y apellido, nadie parecía reconocerme, claro que un año era un tiempo más que prudencial para que germinase el olvido. Un puto año en los que mi novio se había estado acostando con la estúpida, y gilipollas cursi, de mi amiga. ¡¿Pero en qué narices había estado yo pensando para no percatarme de que era una mujer tan cornuda que hubiese podido triunfar como personaje principal en el circo de las criaturas extrañas y raras?!
Necesitaba calmarme o la recepcionista pensaría que estaba conversando con una loca de atar. La muchacha, con su característico acento francés mientras me hablaba en español, fue la amabilidad personificada. Me deseó una buena estancia y me entregó las llaves. Le di las gracias y no pude evitar sentirme observada, pero mis paranoias ya rallaban la locura, por lo tanto hice caso omiso a esa sensación que se había instalado entre mis omóplatos y me dirigí, con las llaves en mano, a mi coche. Entré por el estrecho sendero de gravilla, de pronto me pareció entrar en otro mundo, pudiera ser por el recibimiento de cientos de campistas ligeros de ropa o en bañador que iban de un lado para otro en busca de cualquier cosa que no fueran sus responsabilidades.
Varios niños en bici sortearon mi coche. Me alegré de que tuvieran más destreza con el manillar que yo con el volante. Busqué en el plano la ubicación de mi bungaló y me alegró enormemente que estuviera próximo al lago. Creía recordar que los amaneceres y atardeceres cerca de esa gran masa de agua dulce eran de película.
Los árboles y la vegetación que lo rodeaban habían crecido. Bien, otra cosa por la que alegrarse, eso era sinónimo de aislamiento y tranquilidad. Avancé sin prisa, recordando el límite de velocidad de veinte kilómetros por hora en el recinto, y tras varias vueltas algo más que perdida, encontré lo que sería mi nuevo hogar, al menos por una semana.
El bungaló era de madera y tenía un porche con dos enormes vigas, construidas del mismo material, que se erguían como dos guardianes entre la puerta de entrada. Era perfecto, con sus contraventanas amarradas a las paredes y dejando entrar la luz a raudales en el interior. Parecía una pequeña casa de muñecas, no superaba los cuarenta metros cuadrados, pero tenía todo lo que necesitaba, al menos físicamente. Frente a mi bungaló se encontraba el lago, daba la sensación de ser una manta plateada sobre tierra firme, los patos formaban pequeñas hondas cuando sumergían sus diminutas cabezas en busca de algo que llevarse al pico, solo esas pequeñas ondulaciones permitían apreciar la inmensidad de unos de los lagos más grandes de Francia. A su alrededor se alzaban cañaverales que servían de refugio a los animales que habitaban en aquel hábitat. No lo recordaba tan hermoso ni tan sereno.
Volví al interior, deshice la maleta, llené el frigorífico con algunas de las reservas que había traído para el camino, y decidí darme una ducha. Necesitaba eliminar todo el cansancio del camino y, más aún, arrastrar de mi cuerpo, con ayuda del agua, un pasado que persistía en vivir en mi presente.
Dos días después, todo parecía ir sobre ruedas hasta que dejó de funcionar el agua caliente. No había salido del camping y he de confesar que la distancia entre la hamaca y la piscina había sido mi habitual recorrido desde mi estancia. La ausencia de obligaciones hacía que mi cuerpo se relajase de tal forma que César ni la insulsa de su esposa podían perturbar mi paz; no era del todo cierto, sin embargo, el solo hecho de pensarlo, me ayudaba a disfrutar de mi estancia en uno de mis paraísos particulares.
Nadie me conocía y yo no hacía nada por conocer a alguien. Así que todo parecía ir perfecto hasta que decidí darme esa ducha después de varias horas bajo la el calor del sol.
Estaba desnuda, solo envuelta en una toalla; el simple hecho de tener que vestirme sudada y pringosa por la crema solar, me puso de un humor de perros.
―¡Joder, y ahora qué! ―exclamé más enfadada que resuelta a solucionar ese puñetero e imprevisto conflicto.
Salí del bungaló sin percatarme muy bien de mi atuendo, como si por arte de magia, alguien pudiera resolver este inconveniente. Quizá fue el simple hecho de verme solo envuelta en una toalla o mi rostro enjuto, ya que un coche diminuto, tipo a los que se utilizan en el campo de golf, paró frente a mi porche. La providencia estaba de mi parte porque uno de los empleados había frenado con el utilitario que utilizaban para desplazarse por el extenso terreno que ocupaba el camping.
Me preguntó algo en francés y mis esperanzas se desinflaron. ¿Cómo le iba a explicar lo que ocurría si no hablábamos el mismo idioma? ¿Por señas?
―¡Maldita sea mi suerte! ―protesté mientras le hacía señas para que entrase al interior en busca del inoportuno calentador.
Más de diez minutos después seguía sin darme esa ducha. Él pareció tomar una resolución ya que me pidió que le siguiera, daba la casualidad que el bungaló de al lado estaba vacío, me indicó la puerta que daba a la ducha y al lavabo, ya que los franceses diferenciaban y separaban el retrete de las demás piezas de aseo, y me sonrió, parecía feliz de encontrar una solución adecuada a mi contratiempo.
Fue entonces cuando me percaté de que ante mí se encontraba un hombre que podía quitar la respiración si se lo proponía. Debía rondar los treinta años, no más, moreno, ojos oscuros y una sonrisa que podía hacer descongelar los polos. Fui consciente que todos sus gestos denotaban amabilidad, sin embargo, no pude evitar percibir cierta tirantez en la zona baja de mi vientre. Hacía demasiado tiempo que esa sensación de atracción sexual me había abandonado, pero parecía que habían estado habitando en algún lugar recóndito de mi cuerpo a la espera de un macho alfa ―porque si algo tenía claro, era que el hombre que tenía ante mí era puro músculo y testosterona― lo despertara y vamos que sí estaba mi libido en alerta. De pronto, me imaginé lo que podría ser tener a ese hombre entre las piernas; cuando mi entrepierna comenzó a rezumar, supe que estaba más caliente que una olla presión a punto de explotar.
Me percaté que no tenía mi neceser con el champú, gel y demás potingues que utilizaba para mi aseo diario, quise hacérselo entender con mímica, él sonrió, estoy segura que sin entender una sola palabra ni gesto de lo que intentaba decirle. Por fin pareció comprender porque se hizo a un lado y me dejó pasar.
Volé a mi bungaló, abrí mi neceser, comprobé que estaba todo lo necesario y no pude sonreír pícaramente al encontrar, en una de las esquinas, un preservativo. Estoy segura que llevaba ahí más años de lo que cabría esperar, pero, inmediatamente, encontré un destinatario. La cuestión era ¿querría él ponérselo?
Volví y lo encontré en la puerta, esperándome, una camiseta roja con el logotipo del camping impreso en la parte superior y unos pantalones cortos, que dejaban al desnudo unas piernas largas musculosas y sin vello, lo que me dio a entender que podía dedicarse al ciclismo, era toda su indumentaria. De pronto, su atuendo me resultó hasta sexy.
Pasé a su lado, le di las gracias en francés y me dirigí a la ducha. En mi vida había estado tan poco tiempo bajo el agua. Solo pedía que cuando saliese de entre el vaho, él estuviera ahí, esperándome, pero, por supuesto, mi suerte no iba a cambiar de repente porque mi gozo cayó en pozo roto. Él no estaba, tampoco su pequeño utilitario.
―¡Mierda! ―exclamé deseando llorar una vez más aunque me extrañase que aún me quedasen lágrimas en los ojos―. ¿Qué esperabas, Martina? ¿Qué cayese rendido a tus pies? No eres gran cosa, solo una mujer con más curvas de las necesarias y la autoestima rayando la suela de tus chanclas.
Volví a mi bungaló más enfadada de lo que había salido por la falta de agua caliente. ¿Dónde estaba esa cosa que la hacen llamar destino?
Dos horas no fueron suficientes para calmarme, pero mi autoestima ya no podía caer más bajo, por lo tanto, ya ni siquiera mis palabras me podían dañar más. El sonido de un motor eléctrico hizo que dejase la ensalada a medio hacer, un ruido metálico llamó mi atención en la parte posterior de la vivienda que ocupaba. Cuál fue mi sorpresa cuando me percaté que el mismo empleado, que había devorado con mi imaginación horas antes, estaba cambiando la bombona y en su lugar colocaba una nueva.
Me miró despacio como si quisiera evaluar mi estado emocional, le sonreí y él me devolvió la sonrisa. Ya no llevaba la camiseta roja ni los pantalones cortos. Vestía un polo azul y unos vaqueros que le sentaban de maravilla. Subió las escaleras que separaban la zona verde de mi porche, tuve que dar dos pasos atrás, y el problema de vivir en un lugar tan pequeño es que tropecé con la puerta. Soporté el golpe y no me quejé en absoluto, se me cerró la garganta y quizá por esa razón mi pronunciación francesa resultó ser más auténtica.
―Bonjour ―le saludé.
Él me respondió de la misma forma y casi me muero al escuchar su voz: grave y sensual. Llevaba demasiado tiempo fuera del mercado, pero no suficiente para saber cuando alguien desea pasar un rato agradable contigo. Le hice pasar y él no pareció dudarlo ni un momento. Lo siguiente que ocurrió quedará grabado en mi memoria como el mejor polvo de mi vida.
Estaba claro que los dos buscábamos lo mismo. Entre dos personas adultas deseosas de sexo, las palabras podrían resultar insulsas e innecesarias.
Me sacó la camisola por los brazos, me besó de una forma urgente y casi desesperada, y no tuve otra opción que responderle de la misma manera. Soltó mi pelo, que lo llevaba amarrado en una coleta con una cinta, y lo peinó despacio con sus dedos. No pude evitar una sensación de cosquilleo en la nuca que proyectaba directamente con mi sexo. Con su lengua abrió despacio mis labios, no opuse resistencia, le dejé explorar cada rincón de mi boca y escuché mi propio gemido entre sus labios, le sentí acariciar mi espalda con la yema de los dedos de forma ascendente y descendente, de tal manera que todas las conexiones nerviosas de mi espalda se confabularon en una sola, provocando espasmos que no hacían otra cosa que acercarme más a su torso terso y musculado. Mi sujetador desapareció por arte de magia y mis pechos quedaron expuestos a él, no sentí ningún tipo de vergüenza, estaba tan húmeda y caliente que todo lo demás me parecía que pasaba a ser secundario. Sentí cómo mis pezones se abrían a su contacto, los acarició y pellizcó sutilmente, casi con devoción, y me perdí en esa sensación.
Había oído a mujeres que habían tenido un orgasmo con el simple hecho de que amasaran sus pechos y se deleitasen con ellos; lo que en un principio creí una superchería, ahora lo confirmaba. ¡Dios, me perdía en ese estremecimiento que hacía que me volviese loca al contacto de su lengua!
Abrió una puerta y entramos al dormitorio, me llevó abrazada, como si fuera algo delicado que se pudiera romper, me dejó caer en la cama despacio, se quitó el polo, lo tiró al otro lado de la habitación y no tuve más remedio que acordarme de respirar al ver sus anchos y musculosos pectorales sobre mí. ¡Esos hombres existían y uno de ellos estaba medio desnudo en mi cama! Era impresionante, me recordaba a los protagonistas masculinos de las novelas románticas de mis autoras favoritas. Cerré los ojos y los volví a abrir, solo con la intención de saber que no estaba soñando. Él sonrió, quizá por mi gesto, se acercó despacio, pero nada cauteloso. Introdujo los pulgares bajo el elástico de mi tanga y los arrastró por mis piernas sin dejar de mirarme a los ojos. Estaba perdida en su mirada y él parecía ser totalmente consciente de ello porque se acercó y me devoró con la boca. Nunca en mi vida había sentido algo parecido a lo que percibía mi cuerpo en ese instante. Dejó mis labios para besar mi mandíbula y perderse en mi garganta. En el fondo, sabía que estaba siendo una locura, pero no podía parar. Ansiaba mucho más de lo que me daba.
Besó el contorno de mis pechos despacio, saboreando cada resquicio de mi piel. Cuando creí que no podría más, deslizó su nariz por la concavidad de mi abdomen, saberlo tan cerca de mi entrepierna hizo que me sintiera perdida en mi propia esencia. Sentí sus dedos sobre los pliegues húmedos de mi sexo, frotó sobre ellos y escuché perderse mis propios jadeos a través de las finas paredes. Quería morirme en ese instante de puro placer. Introdujo un dedo en mi abertura y el orgasmo me pilló desprevenida, le escuché hablar en francés, no tenía ni idea de lo que intentaba decirme, la verdad es que no me importaba en absoluto. Solamente oía mi propio placer retumbar dentro de mis oídos y me daba la sensación de que iba a tardar en escuchar algo diferente en mí en mucho tiempo.
Sentí que los pantalones de él caían al suelo, me separó las piernas y su voz resonó de nuevo. En ese instante comprendí lo que me intentaba decir. Asentí como si estuviera en una nebulosa, rasgó el envoltorio de un preservativo, se lo enfundó y me penetró en una sola embestida hasta sentir que mi cuerpo se podía partir en dos. Los siguientes empellones no fueron delicados, sino también duros y vigorosos; su cuerpo chocaba contra el mío con un énfasis que se perdía en el momento, escuché mis gemidos entremezclados con la respiración entrecortada de él. No sé ni siquiera en qué momento terminó todo porque mis ojos se cerraron y quedé sumida en un profundo sueño tras el mejor orgasmo de mi vida.
Me desperté sobresaltada, las sombras bailaban caprichosas por la habitación; recordé lo sucedido, no había sido un sueño, me dolía todo el cuerpo, signo inequívoco de puro sexo. Le busqué a tientas por la cama y al comprobar su cuerpo duro contra el mío, me tranquilicé.
Después de todo era real.
―¿Cómo te llamas? ―le pregunté en la oscuridad de la noche al percibir que su respiración no era pausada, lo cual me indicaba que estaba despierto.
―Leo.
Tardé unos segundos en percatarme que había entendido mi pregunta en español.
―¿Hablas mi idioma?
Escuché su sonrisa amortiguada contra la almohada.
―Es uno de los requisitos primordiales para trabajar aquí.
―Podías habérmelo dicho antes y no hubiese hecho tanto el idiota.
No estaba enfadada, pero mi voz sonó como tal.
Él guardó silencio como si todo lo que dijese pudiese ser utilizado en su contra.
―¿Qué haces en Las Landas, Leo?
La pregunta no era excesivamente perspicaz, pero servía para romper el hielo. Aunque me parecía de lo más inverosímil después de lo que habíamos compartido hacía unas horas.
―Esperarte.
―¿Esperarme? ―le pregunté sin comprender y resuelta a aplacar mi curiosidad.
―Hace trescientos sesenta y cinco días que estoy esperándote. ―Se incorporó, apoyó un codo sobre el colchón y con la palma de la mano sostuvo su cabeza―. Me alegra que vinieras sola ―me dijo casi como un susurro―, sin ese idiota de novio que trajiste la última vez.
Miré hacía el techo huyendo de su intensa mirada, sin embargo, fue entonces cuando me atreví a sonreír, por primera vez, entre las sombras.