las criptomonedas
Luis Alfredo contemplaba las ganancias de los últimos meses en una aplicación del móvil. Ver como cientos de criptomonedas se acumulaban día tras día en sus múltiples cuentas online, era lo único que le hacía sonreír. Ni el día de su boda, ni el nacimiento de su hijo, lo habían logrado. Todo aquello que le había sucedido en la vida, había sido demasiado caro. ¿La boda? Le tocó pagar la mitad, y a poco no se presenta en el altar. Su primo le regaló la mitad de la mitad, y eso más o menos, le pareció razonable. No consintió ir de viaje de bodas. ¡Era malgastar un dineral! Se fueron directamente a casa, y suerte tuvo Jacinta, de que los litros de alcohol ingeridos, le impidieran dar la talla, que si no… Tampoco pasó nada, al día siguiente le hizo el amor a la luz de una vela que tenía guardada desde su decimocuarto cumpleaños, y a ella, le pareció de lo más romántico. A él, un ahorro considerable en la factura de la luz, aunque cabe decir que, a mitad de la faena, la apagó de un soplido. Por algo era una vela de cumpleaños, ¿no?
—Es para crear ambiente —le dijo a su esposa.
Jacinta, la pobre, ignorando por completo, que el verdadero motivo era que Luis no iba a permitir que se consumiera del todo su querida vela (pese a que en el “chino” de al lado de casa las vendían a granel por un par de míseros euros) lo besó apasionadamente creyéndose que tenía el marido más maravilloso del mundo. Pobre infeliz. Ni siquiera fue capaz de darse cuenta de la realidad, hasta que fue demasiado tarde.
Al tiempo, nació su hijo Tomás, vistió ropa andrajosa, de tercera o cuarta mano. Luis Alfredo, hasta intentó ponerle algún que otro vestido de cuando su madre era pequeña, pero su suegra, que Dios tenga en su gloria, se lo impidió. Eso a Luis Alfredo, no le gustó nada. Aquella mujer, que, a sus ojos, era tremendamente fea, gorda y que comía como una jauría de hienas en celo, no podía interferir en la economía de su hogar, por lo que, decidió unilateralmente desprenderse de ella. Tendría una boca menos que alimentar. Se daba de cabezazos para intentar comprender cómo había aceptado que viviera con ellos. Fue una encerrona de su esposa, justo después de agasajarlo, con un excelente guiso que se comió todo él solito. La barriga llena no le dejaba pensar con claridad, y accedió un poco sin saberlo.
Luis Alfredo no era precisamente una lumbrera, pero tenía un don para la tecnología. Indagó por la web oscura, hasta que descubrió, que un anónimo (por supuesto) pagaba cien criptomonedas por una mujer de avanzada edad. ¡Dio palmadas de alegría! No solo no tendría que rascarse el bolsillo para deshacerse de aquel vejestorio, sino que además… ¡Le iban a pagar a él!
Fue tan fácil como pedalear por primera vez. Le mandó una fotografía de su suegra y un itinerario de lo que solía hacer en el día a día. Para ello tuvo que fingir que estaba enfermo y seguirla como un detective privado (contratar a un profesional, era, sin lugar a dudas, un gasto innecesario) Fue el mejor modo de saber que solía pasear todas las mañanas por el parque de La Cruz, justo antes de la hora de misa. Al día siguiente de mandarle la información al desconocido, Luis Alfredo, recibió dos regalos. Por un lado, cien criptomonedas, y por el otro, la repentina desaparición de su suegra. ¡Le salía todo redondo! Además, no tendría que pagar ni entierro ni nada. Conociendo a su mujer, querría la lápida más cara que estuviese disponible, para su amada madre.
Es verdad, que desde el preciso instante en que Jacinta, asumió que nunca más vería a su madre (la policía, fue incapaz de seguir rastro alguno) los guisos escasearon a la hora de comer. No estaba motivada. Depresión, dijeron los médicos. Luis Alfredo no estaba dispuesto a gastarse ni un centavo en cuidar a su señora esposa, así que la pobre, igual que un alma en pena, deambulaba de la cama al sofá sin hacer nada. Justo le iba para atender un poco al niño cuando se lo traía él de la guardería. No limpiaba la casa, no hacía la compra (lo imprescindible para no morir de hambre, no se vayan a pensar que era mucho dinero el destinado para tal efecto) y de las tareas de la intimidad de la alcoba, pues nada de nada. Productividad cero. Sin pensarlo demasiado, Luis Alfredo, se encontró una mañana navegando por la web oscura, en el ordenador del trabajo que tenía en el despacho. Cuál fue su sorpresa al descubrir, que pagaban doscientas criptomonedas por una mujer de las características de su esposa. Estaba decidido. Incrementaría sus ganancias. Las cien anteriores se quintuplicaron en muy poco tiempo. Era un negocio redondo. Mataría dos pájaros de un tiro. Menos gastos, más riqueza.
Esta vez no tuvo que hacer ningún seguimiento, le bastó con indicarle al interesado, en qué momento estaría Jacinta sola en casa, y asunto arreglado. ¡Qué profesional! Se llevó a su esposa, maletas llenas de ropa y hasta dejó una nota y todo indicando que se marchaba porque ya no lo quería, ni se sentía capaz de cuidar del hijo que tenían en común.
Dinero, dinero y más dinero. Y millones de mañanas sonrientes con las subidas de los intereses que le habían generado aquellas primeras criptomonedas. Luis Alfredo era rico, pero tener un hijo, no entraba en sus gastos diarios. Pensar en pagar mucho tiempo el colegio, la universidad, etc. Le borraba la sonrisa de la cara, como si recibiese un bofetón sin venir a cuento. Esta vez dudó un poco, era sangre de su sangre, el heredero de su imperio, ¿estaría haciendo mal al deshacerse de él? Soñaba con más y más monedas, y aquella criatura que había nacido en la casa equivocada, le impedía alcanzar sus metas.
¡Qué casualidad! En la web oscura también pagaban criptomonedas por infantes. Los ojos se le pusieron con el símbolo del dólar, igual que en los dibujos animados. El niño se desvaneció, a plena luz del día, en la hora del recreo de la guardería. No solo recibió dinero por la venta de su hijo, sino que, además, le indemnizaron por haber sido en horario de la guardería. Por supuesto, esta tuvo que cerrar. Nadie se sentía seguro llevando a sus hijos allí. Pero a Luis Alfredo, para variar, no le importaba.
Monedas, monedas y más monedas. Con solo un mes, desde que se quedó solo en casa, sus inversiones en el dinero del futuro alcanzaron cotas inimaginables. Era el mejor momento para venderlo todo e invertir en otras cosas mucho más seguras. Accedió con sus claves y no pudo entrar. Lo intentó de nuevo y otra vez marcó error en el sistema. Se preocupó. Decidió revisar sus ganancias, para cerciorase de que solo se trataba de un error. ¡Se lo habían robado todo! Estaba más pelao que las ratas. Todo su esfuerzo no sirvió para nada, y entonces, como si un ángel hubiese bajado del cielo, recibió la información, como si de una revelación se tratara. El mismo hombre que le había pagado por vender a los miembros de su familia, ahora, tiempo después de hacer crecer las monedas, se las arrebató como si nunca hubiesen sido de su propiedad.
Luis Alfredo se levantó del despacho, abrió la ventana y saltó al vacío. Sin sus amadas criptomonedas, la vida carecía de sentido.
En otro lado del planeta, un señor sentado frente a un ordenador, revisaba sus cuentas. Las criptomonedas habían llegado al lugar indicado. Ahora, con Luis Alfredo quitado del medio, su exmujer, su exsuegra y su hijo, podrían rehacer su vida. La verdad es que aún no comprendía como siendo de la misma familia, a Luis Alfredo, no le saltaran todas las alarmas. Si hubiese sido al revés, y el día de su boda, a él le hubiese “invitado” a la mitad de la mitad de los gastos, sin pedir nada a cambio, no se hubiese fiado ni un segundo, de su propio primo.