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william sansom

una mujer rara vez encontrada

Una vez, un joven estaba de visita en Roma.
Era su primera visita. Venía del campo, pero no era ni tan joven ni tan simple como para imaginar que una capital grande y hermosa debería ofrecer mejores promesas que cualquier otro lugar. También él sabía que la vida era, en gran parte, una ilusión; que, aunque podían suceder cosas maravillosas, sin embargo, muchas decepciones sobrevenían en compensación; y también sabía que la vida podía ofrecer una cualidad aún peor: la probabilidad de que no pasara nada.
Esto siempre era más posible en una gran ciudad que se dedicaba a sus propios asuntos.
Pensando de esta manera, contempló el trascendental panorama que se extendía ante él. Escuchó el creciente zumbido del tráfico vespertino y observó cómo las luces se encendían contra el dorado atardecer de Roma. Automóviles relucientes pasaban sigilosamente por las fuentes y giraban con urgencia hacia la luminosa Via Condotti, los carteles de neón rojo apuñalaban las sombras; las ventanillas de los autobuses estaban llenas de rostros decididos a ir a alguna parte; todos en la ciudad parecían concentrados en el propósito de la noche.
Solo él no tenía nada que hacer. Así que el joven se mantuvo en las calles más antiguas y tranquilas.
En una de esas calles, un callejón sin pavimento entre viejas casas amarillas, una calle que en Roma podría florecer repentinamente en una plaza secreta o en una iglesia barroca, notó que estaba solo, excepto por la figura de una mujer que caminaba colina abajo hacia él.
Mientras se acercaba, vio que estaba vestida con buen gusto; que en su porte ardía un suave fuego latino. Caminaba con dignidad.
Tenía la cara velada, pero era imposible imaginar que no sería hermosa. Al pensar que ella podría ser una de esas aventuras evasivas, se apoderó de él una melancolía mayor. Se sintió miserable; pequeño, hundido, lamentable. De modo que bajó los ojos, no sin antes lanzar una mirada furtiva a los de ella.
Estaba tan sorprendido por lo que vio que se detuvo.
No se había equivocado. Ella estaba sonriendo.
Vaciló, mientras consideraba la posibilidad de que fuese una prostituta. Pero no, no era ese tipo de sonrisa, aunque tampoco carecía de afecto.
Luego, sorprendentemente, ella habló.
—Yo sé que no debería preguntarte... pero es una hermosa noche, y quizás estés solo, tan solo como yo.
Ella era muy bella.
Él no pudo hablar. Pero una creciente euforia le dio el poder de sonreír. De modo que ella continuó, todavía vacilante.
—Pensé que, quizás… podríamos dar un paseo, tomar un aperitivo...
Por fin, el joven se logró controlar.
—Nada me agradaría más. Y el Véneto está solo a un minuto de aquí.
Ella sonrió de nuevo.
—Mi casa está aquí...
Caminaron en silencio unos pasos por la calle, hasta un desvío por el que ya había pasado el joven. Luego siguieron hasta donde terminaban las primeras casas humildes en una especie de recreo. Atravesaron una puerta y llegaron al muro de un jardín. Detrás de él se encontraba una gran y elegante mansión. La mujer, en cuyo rostro brillaba un curioso destello pálido —algo fusionado en la palidez transparente de la piel, de los ojos grises pero brillantes, de las cejas oscuras y el cabello de un negro intenso— metió la llave en la verja del jardín.
Fueron recibidos por un criado vestido con una librea de terciopelo. En un salón grande y exquisito, bajo candelabros de fino cristal y ante un patio verde húmedo donde jugaba el agua, se les sirvió un vino espumoso. Conversaron. El vino, mezclado en la cálida noche romana, los llenó de un calor interior de regocijo. Pero, de vez en cuando, el joven la miraba con curiosidad.
Con sus miradas, con muchas inflexiones sutiles de dientes y ojos, ella estaba induciendo una intimidad que sugería mucho. Sintió que debía tener cuidado. Al final pensó que lo mejor sería agradecerle, de alguna manera, para eliminar cualquier obligación que pudiera tener. Pero aquí ella lo interrumpió, primero con una sonrisa, luego con una mirada de cierta tristeza.
Ella le rogó que se ahorrara cualquier perturbación; sabía que era un extraño, y que en tal situación él pudiera sospechar algún segundo propósito, pero la simple verdad seguía siendo que ella se sentía sola y —esto lo dijo con cierta deferencia— algo quizás en él, quizás en ese momento de anochecer en la calle, le había resultó ineludiblemente atractivo.
No había podido evitarlo.
La posibilidad de un encuentro perfecto, un sueño que años de desilusión nunca empañarían, lo decidió. Su euforia se elevó más allá de todo control. Él le creyó. Y a partir de entonces las perfecciones se acentuaron. Por invitación de ella, cenaron.
Los criados trajeron manjares de gran delicadeza: mariscos, carne de ave, frutos blandos. Y luego se sentaron en un sofá cerca del patio, donde hacía fresco. Trajeron licores.
Los criados se retiraron.
Un silencio cayó sobre la casa.
Se abrazaron.
En su dormitorio, ante la imagen de ella enmarcada por las cortinas de la cama y vagamente desnuda en una camisola de seda, él derramó su amor, un amor que iba a ser eterno, que sería siempre perfecto, tan fabuloso como este exquisito encuentro.
Suavemente, habló de que nada saldría mal, que nada se interpondría entre ellos. Y con mucha suavidad apartó las sábanas.
Pero, de repente, en el momento en que por fin yacía a su lado, cuando sus labios estaban casi sobre los de ella, vaciló.
Algo andaba mal. Se podía sentirlo. Escuchó, sintió y luego vio que la culpa era suya. Luces sombreadas y suaves junto a la cama, pero había sido tan descuidado como para dejar encendida la brillante lámpara de araña eléctrica en el centro del techo. Recordó que el interruptor estaba junto a la puerta. Por una fracción de segundo, entonces, vaciló. Levantó los párpados, miró el candelabro y comprendió.
Sus ojos brillaron.
Ella murmuró:
—Amado mío, no te preocupes, no te muevas...
Y ella extendió su mano.
Su mano se hizo más grande, su brazo se alargó más y más, se extendió a través de las cortinas de la cama, a través de la alfombra, enorme, ensombreciendo toda la habitación, hasta que por fin sus dedos gigantes llegaron a la puerta.