País Relato - Autores

william francis nolan

el pequeño mundo de lewis stillman

En la esperada y quieta oscuridad, Lewis Stillman se apretó contra las sombras de las fachadas de los edificios, a lo largo del Wilshire Boulevard. Respirando suavemente, la automática equilibrada y a punto en su mano, avanzó como un animal furtivo hacia Western Avenue, deslizándose sobre el frío cemento nocturno a través de las saqueadas tiendas de vestidos y almacenes de diez centavos, con sus escaparates destrozados, sus puertas desencajadas y balanceantes. La ciudad de Los Ángeles, pintada en la fría luz de la luna, era un inmenso cementerio; las grandes y blancas lápidas de los edificios se elevaban sobre el silencioso pavimento, talladas en sombras y solitarias. Los esqueletos metálicos de camiones, autobuses y automóviles volcados llenaban las calles.
Hizo una pausa bajo la amplia marquesina del Fox Wiltern. Sobre su cabeza, hileras de bombillas destrozadas bostezaban con dientes de cristal en mandíbulas de madera. Lewis Stillman sintió como si pudieran caer en cualquier momento y traspasar su cuerpo.
Aún cuatro manzanas más que cubrir. Su destino: una pequeña tienda de delicatessen en una esquina, cuatro bloques al Sur de Wilshire, en Western. Esta noche intentaría pasar de largo los grandes almacenes como Safeway o Thriftimart, con sus provisiones disponibles de comidas exóticas; en una pequeña tienda de comestibles sería más probable que encontrara lo que necesitaba. Era cada vez más difícil el localizar alimentos básicos. En los grandes supermercados solamente quedaban las conservas más exóticas y cargadas de especies. ¡Y ya estaba harto de caviar y ostras!
Atravesando Western, había llegado casi a la otra acera cuando vio a varios de ellos. Inmediatamente se dejó caer sobre sus rodillas, detrás de la carrocería oxidada de un Oldsmobile. La puerta trasera de su lado estaba abierta, y cautelosamente se deslizó entre los asientos del coche desierto. Soltando el seguro de la automática, atisbo a través de la rota ventanilla. Vio a seis o siete de ellos que se movían hacia él a lo largo de la calle. ¡Dios! ¿Habría sido visto? No podía estar seguro. ¡Tal vez se habían dado cuenta de su posición. Debía haberse quedado en la calle abierta, donde pudiera tener una probabilidad de correr. Tal vez, si su puntería fuera certera, podría matarlos a casi todos; pero, aún con el silenciador, la pistola podía ser oída y vendrían más. No se atrevía a disparar hasta estar seguro de que lo habían descubierto.
Se acercaron, sus pequeños cuerpos oscuros llenando la acera; seis de ellos, charlando, saltando, sus crueles bocas abiertas, sus ojos brillando bajo la luna. Cercanos. Sus agudas voces aumentaron, elevándose en volumen. Más cercanos, ahora podía ver sus dientes agudos y su pelo mate. A poca distancia del coche… Su mano estaba húmeda en la culata de la pistola; su corazón atronaba contra su pecho. En pocos segundos…
¡Ahora!
Lewis Stillman cayó pesadamente contra los polvorientos almohadones del coche, la pistola suelta en su mano temblorosa. Habían pasado, no lo habían visto. Las agudas voces disminuyeron, haciéndose débiles con la distancia.
El silencio de tumba de la avanzada noche se estableció a su alrededor.
La delicatessen probó ser una verdadera ganga. Los estantes no habían sido casi tocados, y había un gran repertorio de alimentos en conserva. Encontró una caja de cartón vacía y apresuradamente empezó a transferir a ella las latas del estante que se hallaba más cercano.
Hubo un sonido detrás suyo… suave y chirriante.
Lewis Stillman se giró, la automática a punto.
Un gran perro mestizo se hallaba frente a él, gruñendo desde el fondo de su garganta, las cuatro patas rígidas y listas para saltar. Sus romas orejas estaban pegadas a lo largo del corto pelo del cráneo, y un delgado rastro de saliva caía de las mandíbulas asesinas. Los poderosos músculos del pecho de la bestia se habían abultado para saltar cuando Stillman actuó.
Su pistola, lo sabía, era inútil; los disparos serían oídos. Entonces, con toda la fuerza de su brazo izquierdo, tiró una pesada lata a la cabeza del perro. El sorprendido animal vaciló bajo el golpe, doblándosele las piernas. Rápidamente, Stillman recogió sus provisiones y echó a correr hacia la calle.
¿Cuánto tiempo va a durar mi suerte?, pensó Lewis Stillman mientras cerraba la puerta. Puso la caja llena de latas sobre una mesa de madera y encendió una alta lámpara cercana. Su vacilante luz anaranjada iluminó la estrecha habitación de techo bajo.
Por dos veces esta noche, le dijo su mente, por dos veces te has escapado… y te podían haber visto fácilmente en ambas ocasiones si hubieran estado buscándote. No saben que estás vivo. Pero cuando lo sepan…
Se obligó a apartar de su mente los pensamiento de la escena, lejos del horror; deshizo con presteza la caja, colocando los envases en un largo estante instalado en la pared más lejana de la habitación.
Empezó a pensar en mujeres, en una muchacha llamada Joan y en cuánto la había amado…
El mundo de Lewis Stillman era húmedo y sin luz; era estrecho, y las frías piedras de sus paredes pesaban sobre él mientras caminaba. Había estado andando durante varias horas; algunas veces corría, porque sabía que los músculos de sus piernas debían mantenerse fuertes, pero ahora estaba andando, siguiendo el delgado haz amarillo de su linterna. Estaba buscando.
Esta noche, pensaba, tal vez encuentre a otro como yo. Seguramente, alguien se halla aquí abajo; encontraré a alguien si continúo buscando. ¡Debo encontrar a alguien!
Pero sabía que no sería así. Sabía que frente a él sólo encontraría el frío vacío de los largos túneles.
Durante tres años había estado buscando a algún otro, hombre o mujer, allí, en aquel mundo bajo la ciudad. Durante tres años había recorrido dos mil doscientos kilómetros de desagües de tormenta que se desmadejaban bajo la ciudad de Los Ángeles como venas en un cuerpo gigantesco… y no había encontrado nada. Absolutamente nada.
Aún ahora, después de tantos días y noches de búsqueda, no podía aceptar realmente el hecho de que se hallaba solo, de que era el último hombre vivo en una ciudad de siete millones…
La bella mujer permanecía silenciosa por encima de él. Sus ojos ardían suavemente en la oscuridad, sus delicados labios rojos sonreían. Su túnica blanca como la espuma giraba y flotaba continuamente alrededor de su figura inmóvil.
—¿Quién eres? —preguntó él con voz lejana, irreal.
—¿Te importa eso, Lewis?
Sus palabras, como cuatro piedras lanzadas en una tranquila laguna, lo excitaron, deslizándose a lo largo de su cuerpo.
—No —dijo—. Nada me importa ahora que nos hemos encontrado el uno al otro. ¡Dios, después de estar solitario todos estos meses y años! Creí que era el último, que no viviría para ver…
—Silencio, querido. —Se inclinó para besarlo. Sus labios eran jugosos y sumisos—. Ahora estoy aquí.
Alargó una mano para tocar su mejilla, pero ella se estaba desvaneciendo, desapareciendo en la oscuridad. Sollozando, trató desesperadamente de alcanzar su mano extendida. Pero ella se había ido, y sus dedos se apoyaron en la dura pared de cemento húmedo.
Un remolino de blanca niebla se alejó flotando con lentas ondulaciones por el túnel…
Lluvia. Días de lluvia. Los desagües habían sido diseñados para evitar inundaciones, de modo que Lewis Stillman no estaba particularmente inquieto. Se había instalado alto, casi a un metro del suelo del túnel, y el agua nunca había llegado a ese nivel. Pero no le gustaba el sonido de la lluvia aquí abajo: una orquestación atronadora a través de los túneles, un toque de tambor amplificado y continuo. Y como hoy no le había sido posible efectuar sus trayectos diarios, había estado leyendo más de lo usual. Historias cortas de Welty, Gordimer, Aiken, Irwin Shaw y Hemingway, poemas de Frost, Lorca, Sandburg, Millay, Dylan Thomas. Era extraño, cuán irreal parecía su presente mundo diario cuando leía sus palabras. La irrealidad, sin embargo, era pasajera, y en el momento en que cerraba un libro volvían la soledad y el miedo. Ansiaba que la lluvia cesara pronto…
Humedad. Las frías paredes y la frialdad de la humedad lo rodeaban. El gorgoteo y el goteo sin fin del agua, el vacío, el sonido de las gotas cayendo. Aún en su camastro, envuelto en gruesas mantas, la humedad parecía permear su cuerpo. Sonidos… Gritos agudos, voces sibilantes, conversaciones chirriantes, débiles susurros sobre su cabeza. Estaban arrastrando algo por la calle, algo que sin duda habían matado: un animal, tal vez un gato o un perro… Lewis Stillman se movió, ajustándose más las mantas alrededor de su cuerpo. Mantuvo sus ojos firmemente cerrados, escuchando los agudos, ásperos ruidos sobre el pavimento, y maldijo amargamente.
—¡Malditos! —dijo—. ¡Malditos seáis todos!
… Lewis Stillman estaban corriendo, corriendo por los largos túneles. Detrás suyo una marea de sombras enanas saltaba de pared a pared; gritos agudos, penetrantes, doblados y triplicados por los ecos, retumbaban en sus oídos. Unas garras trataron de detenerlo; notó una respiración anhelante, como un vaho ardiente, en su nuca; sus pulmones estallaban, su cuerpo entero se hallaba inflamado.
Miró abajo, hacia sus rápidas piernas, moviéndose con precisión de pistones. Escuchó el ruido de sus tacones contra el suelo del túnel y pensó: ¡Puedo morir en cualquier momento, pero mis piernas escaparán! Correrán por los interminables túneles y nunca serán atrapadas. Se mueven tan aprisa, mientras la parte superior de mi cuerpo oscila y se tuerce, haciéndolas ir más lentas, cansándolas, enojándolas. ¡Cómo me deben odiar mis piernas! Debo ser astuto y complacerlas, suplicarlas que me conduzcan a la seguridad. ¡Qué bien corren, con qué facilidad y sencillez!
Entonces sintió como si se partiera. Sus piernas se estaban separando de su torso. Gritó con horror, azotando el aire, implorando que no lo dejaran atrás. Pero las piernas continuaron separándose cruelmente. Con una oleada de frío terror, Lewis Stillman se halló sin equilibrio, cayendo hacia el húmedo suelo, mientras sus piernas continuaban corriendo con una salvaje vida animal propia. Abrió su boca, por encima de las piernas dementes, y gritó.
Terminando la pesadilla.
Se sentó rígidamente en su camastro, respirando convulsivamente, bañado en sudor. Emitió un largo suspiro angustioso y cogió un cigarrillo, encendiéndolo con mano temblorosa.
Las pesadillas eran cada vez peores. Se dio cuenta de que su mente se rebelaba mientras dormía, vertiendo durante las horas de la noche el reprimido temor diario.
Pensó una vez más en el principio de todo aquello, seis años atrás, y en porqué estaba aún vivo. Las naves extraterrestres habían atacado a la Tierra, súbitamente, sin ningún aviso. Su ataque había sido completo y mortal. En cuestión de horas los extraterrestres habían cumplido su astuta misión, y los hombres y mujeres de la Tierra fueron destruidos. Unos cuantos habían sobrevivido, estaba seguro. No había visto a ninguno de ellos, pero estaba convencido de que existían. Después de todo, Los Ángeles no era el mundo, y puesto que él había escapado debía haber de la misma manera otros por el planeta. Había estado trabajando solo en los desagües, terminando un trabajo especial en el túnel B, para la compañía constructora, cuando los extraterrestres atacaron. Aún le parecía oír el extraño sonido de las gigantescas naves y sentir el intenso calor de su paso.
El hambre lo había obligado a salir y, de repente, se había convertido en una curiosidad. El último hombre vivo. Durante tres años no había sufrido ningún daño. Trabajó con ellos, les enseñó muchas cosas, y trató de ganar su confianza. Pero, eventualmente, algunos lo habían llegado a odiar, a estar celosos de sus relaciones con los otros. Afortunadamente había podido escapar a las alcantarillas. Esto había ocurrido hacía tres años, y ahora lo habían olvidado.
Sus exploraciones subsiguientes a la superficie de la ciudad habían sido hechas bajo el refugio de la noche, y nunca se aventuraba afuera a menos que disminuyeran sus provisiones de comida. Había construido aquella estructura, consistente en una habitación, directamente al lado de una reja, no lo bastante cerca para correr el riesgo de que los descubrieran, pero sí lo suficiente para que la luz se filtrara durante las horas de sol. Encontraba a faltar la cálida sensación de estar bajo el sol casi tanto como la falta de compañía humana, pero no se atrevía a arriesgarse durante el día por fuera del alcantarillado.
Cuando la lluvia cesó, se acurrucó debajo de la reja que daba a la calle para absorber todo lo que fuera posible de la filtrada luz del sol. Pero sus rayos eran débiles y su poco calor sólo sirvió para agudizar su deseo de sentir directamente la luz del sol sobre sus hombros desnudos.
Los sueños… siempre los sueños.
—¿Tienes frío, Lewis?
—Sí, sí, frío.
—Entonces sal fuera, querido. Al sol.
—No puedo. No puedo salir.
—¡Pero Los Ángeles es tu mundo, Lewis! Eres el último hombre. El último hombre en el mundo.
—Sí, pero ellos lo tienen todo. Cada calle les pertenece, cada edificio. No me dejarían salir. Moriría. Me matarían.
—Sal, Lewis —la líquida voz del sueño se desvaneció, se desvaneció—. Afuera, al sol, querido. No tengas miedo…
Aquella noche observó la luna durante casi una hora a través de la reja en la calle. Era redonda y llena como una gran lámpara amarilla en el cielo oscuro, y pensó, por primera vez durante años, en un partido de béisbol nocturno en el Blues Stadium, en Kansas City. Le había gustado ver los partidos, junto a su padre, bajo las enormes luces del estadio, donde el campo era como una laguna helada por la blanca iluminación, y los jugadores piezas de sueño e irreales. El béisbol nocturno era algo mágico para él cuando era muchacho.
Algunas veces tenía pensamientos dementes. Algunas veces, en una noche como ésta, cuando la soledad lo aplastaba y no podía resistirlo más, pensaba en traer a uno de ellos aquí abajo, con él, a los desagües. Uno a uno podía manejarlos. Entonces recordaba sus ojos salvajes, su ferocidad animal, y se daba cuenta de que su idea era imposible. Si uno de ellos desaparecía, repentinamente y sin dejar ningún rastro, los otros comenzarían ciertamente a sospechar, empezarían a buscarle, y allí se terminaría todo.
Lewis Stillman se apoyó en la almohada, cerró sus ojos y trató de no escuchar los distantes alaridos, chillidos y agudos gritos que se filtraban hacia abajo desde la calle situada sobre su cabeza.
Finalmente se durmió.
Pasó aquella tarde con mujeres de papel. Se dedicó a hojear las amarillentas páginas de algunas revistas de modas, mirando a todas las bellas modelos fotografiadas con hermosos vestidos. Esbeltas y encantadoras esas mujeres en las páginas, con sus fríos ojos excitantes y sus sonrisas perfectas, todo gracia y suavidad y brillo y remolinos de ropa. Tocó débilmente sus imágenes con sus dedos, acariciando los amarillentos cabellos en el papel, como si, por medio de alguna fórmula mágica, pudiera imbuirlos de vida. Empero, era fácil imaginar que realmente esas mujeres no habían vivido nunca, que habían sido simplemente pintadas, con microscópico detalle, por hábiles artistas, para dar la impresión de ser fotografías.
No le gustaba pensar en esas mujeres y en cómo habían muerto.
—Un brindis al valor —sonrió Lewis Stillman, levantando su vaso de vino, que centelleó con oscuro carmesí bajo la lámpara de la habitación—. ¡Al valor y al hombre que realmente lo posee! —Vació el vaso y rápidamente lo llenó de una larga botella que estaba sobre la mesa al lado de su camastro.
—¿No va usted a brindar conmigo, Mr. H.? —preguntó a la figura sentada y doblada sobre la mesa, su cabeza reposando sobre unos brazos cruzados—. ¿O debo beber solo?
La figura no contestó.
—Bien entonces —vació el vaso, dejándolo sobre la mesa—. Oh, ya conozco todo eso acerca de lo que puede hacer un hombre solo. Conquistarlo todo por sí mismo. Apoderarse del mundo sin ayuda. Si ahí fuera hay un pez tan grande como una montaña y tan vil como todos los pecados, entonces ese hombre se supone que lo pescará, ¿no es verdad? Bien, Papá H., ¿qué ocurre si el mundo está lleno de peces grandes? ¿Puede apoderarse uno de todos? ¿Un hombre? ¿Solitario? Claro que no puede, no señor. ¡No puede en forma alguna, maldita sea!
Stillman caminó tambaleándose hasta un estante en un rincón de la pequeña habitación de madera, y cogió un delgado libro.
—Aquí está, Mr. H. El más importante. El que escribió mejor y con toda claridad: El Viejo y el Mar. Mostró cómo un hombre podía luchar contra el maldito océano entero. —Hizo una pausa, su voz se llenó de tensión y se elevó—. Bien, por Dios, muéstreme ahora cómo luchar contra este océano. Mi océano está lleno de peces asesinos y yo soy un hombre y estoy solo en él. Estoy listo para escuchar.
La figura sentada permaneció silenciosa.
—Lo he cogido, ¿no es verdad, Papá? No hay respuesta para mí, ¿eh? El valor no es suficiente. El hombre no está hecho para vivir solo, o luchar solo, o beber solo. Aún con valor, sólo puede llegar hasta cierto punto, y luego ya no sirve para nada. Bien, dije que no servía para nada. ¡Al demonio con su libro y al infierno contigo!
Lewis Stillman arrojó el libro directamente a la cabeza de la figura inmóvil. La víctima cayó hacia atrás en la silla, sus brazos se deslizaron de la mesa y quedaron colgantes. Sus muñones mostraban que no tenía manos.
Lewis Stillman se encontró cada vez más con sus pensamientos girando alrededor de la comarca de Missouri a la luz de la luna, y de partidas de caza y cálidas hogueras de campamento, de los densos bosques, ricos de verdor en el verano. Pensó en las esperanzas de su padre en su futuro, y las palabras de aquella alta figura de cabellos grises le volvían frecuentemente a la memoria.
—Serás un buen doctor, Lewis. Estudia y trabaja con afán y tendrás éxito. Yo sé que será así.
Recordó las largas noches invernales de estudio, en el escritorio de caoba de su padre, removiendo libros y gacetas de medicina, tomando notas, examinando y escudriñando datos. Recordó en particular una colección de libros: el monumental texto de cirugía de Erickson en tres volúmenes, magníficamente encuadernado, grabado en oro. Siempre le habían gustado esos libros, más que ninguno de los otros.
¿Qué había ocurrido que lo había apartado de ese camino? De alguna manera, el sueño se había desvanecido; el brillante objetivo se había esfumado y perdido. Después de un año de medicina primaria en la Universidad de California había abandonado la carrera; se había desalentado y dejado la Universidad para emplearse como trabajador en una compañía de construcciones. ¡Cuán irónico el que este motivo le hubiera salvado la vida! Había querido trabajar con sus manos, sudar y construir con los músculos de su cuerpo. Había querido ganar lo bastante para casarse con Joan y entonces, tal vez más tarde, hubiera vuelto para finalizar los cursos. Pero ahora todo parecía tan lejano, las razones de su abandono, de apartarse de la voluntad de su padre.
En ese momento, un irresistible deseo lo poseyó, un deseo de volver a ver las páginas de los libros de Erickson, de recrearse, aunque fuera por un breve momento, en la comodidad y la felicidad de su infancia.
Había visto un duplicado de la colección en el segundo piso de la librería Pickwick, en Hollywood, en el departamento de libros usados, y ahora que lo sabía debía ir a por ellos, y traer los libros con él aquí a los desagües. Era un deseo peligroso y loco, pero sabía que lo haría. A pesar del peligro de muerte, iría a por los libros aquella noche. Esta noche.
Un rincón de la habitación de Lewis Stillman estaba reservado para las armas. Su mejor pieza, una ametralladora Thompson, la había conseguido en el arsenal de la policía de Los Ángeles. Además de la Thompson había dos rifles automáticos, una Lüger, un Colt 45 y una pistola Hornet del calibre 22, equipada con un silenciador. Siempre llevaba la pistola más pequeña en una funda en el sobaco, pero no tenía costumbre de cargar con ninguna de las armas más grandes cuando estaba en la ciudad. Esta noche, sin embargo, las cosas eran diferentes.
Las cloacas terminaban tres kilómetros antes de Hollywood, lo que significaba que se vería obligado a cubrir un largo y peligroso recorrido a fin de llegar a la librería. Por ello decidió llevarse el rifle Savage de calibre 30, además de la pequeña pistola que llevaba habitualmente.
Lewis, se dijo a sí mismo mientras sacaba el engrasado rifle de su funda, eres un loco, arriesgando tu vida por unos libros. ¿Son tan importantes? Sí, replicó una parte de sí mismo, son tan importantes. Quieres esos libros, entonces ve y consíguelos. Si el temor te impide obtener lo que realmente quieres, si el temor te retiene como una rata en la oscuridad, entonces eres peor que un cobarde. Eres un traidor, y te traicionas a ti mismo y a la civilización que representas. Si un hombre quiere una cosa y la cosa es buena, debe tratar de conseguirla, no importa lo que cueste, o renunciar al derecho de ser llamado un hombre. Es mejor morir con valor que vivir con cobardía.
Ah, Papá Hemingway, suspiró Stillman, sonriendo a sus propios pensamientos. Veo que está usted conmigo. Veo que al fin y al cabo sus palabras me han contagiado. Entonces, de acuerdo, vamos a por el pez, vamos a encontrarlo. Tal vez el océano estará en calma…
Colgándose el pesado rifle de un hombro, Lewis Stillman partió hacia los túneles.
Corriendo en el helado viento nocturno. Hierba, ahora pavimento, ahora hierba bajo sus pies. Agachándose en las sombras, moviéndose furtivamente a lo largo de tiendas y teatros, apresurándose bajo la fría luna. Santa Mónica Boulevard, luego Highland, luego Hollywood Boulevard, y finalmente, después de una eternidad de latidos de su corazón, la librería.
Pickwick.
Lewis Stillman, su rifle colgando del hombro, la pequeña automática reluciendo en su mano, se deslizó silenciosamente al interior de la tienda.
Sus ojos se encontraron con una escena de campo de batalla.
Bajo la filtrada luz de la luna, una blanca capa de volúmenes destrozados cubría enteramente la planta baja. Stillman se estremeció; los podía imaginar, gritando, subiéndose por los estantes, arrojándose los libros salvajemente unos contra otros a través de la estancia, Chillando, rompiendo, destrozando.
¿Cómo se hallaban los otros pisos? ¿Cómo se hallaba la sección de medicina?
Se dirigió a las escaleras, las destruidas páginas crujiendo bajo sus pies como secas hojas caídas en otoño, y corrió hacia el primer piso. ¡Allí había un caos similar!
Corrió hacia el segundo piso, dando traspiés, temiendo lo que pudiera encontrar. Al llegar arriba, su corazón retumbando, esforzó su vista en la oscuridad.
Los libros se hallaban en orden. Aparentemente se habían cansado de su juego antes de llegar allí.
Descolgó el rifle de su hombro y lo depositó cerca de las escaleras. Alrededor suyo había una gruesa capa de polvo, que se levantaba y revoloteaba a medida que se movía entre los estrechos pasillos; había un enmohecimiento de cuero húmedo presente en el aire, un olor a moho y descuido.
Lewis Stillman se detuvo frente a un débil signo hecho a mano que indicaba: SECCIÓN MEDICINA. Era tal como lo recordaba. Enfundando la pequeña automática encendió una cerilla, ocultando la llama con sus manos, y se movió a lo largo de hileras de títulos descoloridos. Cárter… Davidson… Enright… Erickson. Suspiró en forma penetrante. Los tres volúmenes, su grabado en oro aún legible, se hallaban colocados en perfecto orden en el estante.
En la oscuridad, Lewis Stillman se apoderó de los tres volúmenes, soplándoles para limpiarlos del polvo. Finalmente los tres libros se hallaban en sus manos.
Bien, lo has logrado. Has conseguido los libros y ahora te pertenecen.
Sonrió, pensando en el momento en que podría sentarse a la mesa con su tesoro y gozar otra vez en la contemplación de las maravillosas páginas.
Encontró una caja de cartón vacía en la trastienda y puso los libros en su interior. Volviendo a las escaleras, se colgó el rifle y empezó el descenso hacia el piso inferior.
Hasta aquí, se dijo, he tenido suerte.
Pero cuando Lewis Stillman llegó al último escalón fue abandonado por la suerte.
¡La planta baja estaba enteramente llena de ellos!
Rechinando como una masa de grandes insectos, deslizándose hacia él, los ojos brillando en la penumbra, convergieron hacia las escaleras. Lo habían estado esperando.
Ahora, súbitamente, los libros ya no importaban. Solamente su vida era importante, y nada más. Retrocedió contra la dura madera del pasamanos de la escalera, la caja de los libros deslizándose de sus manos. Ellos se habían parado al pie de la escalera; estaban silenciosos, mirándolo, el odio en sus ojos.
Si puedes llegar a la calle, se dijo Stillman, aún tienes una pequeña probabilidad. Eso significa que has de llegar a la puerta a través de ellos. Está bien, muévete.
Lewis Stillman apretó el gatillo de la automática. Dos de ellos cayeron bajo las balas, mientras Stillman se lanzaba contra el numeroso grupo.
Sintió cómo agudas uñas arañaban su camisa, escuchó cómo su vestido se rasgaba al ser asido. Continuó disparando la pequeña automática contra ellos, y tres más cayeron bajo la lluvia de balas, chillando de dolor y de sorpresa. Gritando, los otros se apartaron de la puerta.
La pistola estaba vacía. La tiró, descolgando el pesado rifle Savage de su hombro al llegar a la calle. El aire nocturno, fresco en sus pulmones, le infundió esperanza.
Aún puedo lograrlo, pensó Stillman, mientras saltaba de la acera y corría por la calle. Si esos disparos no han sido oídos, aún podré escapar. Mis piernas son fuertes; puedo dejarlos atrás.
La suerte, sin embargo, le había fallado completamente esta noche. Cerca de la intersección del Hollywood Boulevard y Highland, un nuevo grupo se dirigía en enjambre hacia él.
Se apoyó en una rodilla y disparó contra sus filas, el rifle sacudiéndose en sus manos. Se apartaron hacia cada lado.
Empezó a correr hacia la mitad del Hollywood Boulevard, usando la culata del pesado rifle como una maza cuando se acercaban a él. Mientras llegaba a Highland, tres de ellos se interpusieron en su camino. Stillman disparó. Uno de ellos se dobló, tambaleándose y cayendo contra las aristas de los cristales rotos del escaparate de una tienda. Otro lo arañó mientras doblaba la esquina hacia Highland, pero logró deshacerse de él.
La calle estaba vacía frente a él. Ahora la superioridad de sus piernas inclinaría la ventaja a su favor. Tres kilómetros. ¿Podría recorrerlos antes de que otros le cortaran el camino?
Corriendo, cargando, disparando. El sudor empapaba su camisa, le corría por la cara, atormentaba sus ojos. Había cubierto un kilómetro y medio. Medio camino hasta el alcantarillado. Ellos se habían quedado atrás, debido a la rapidez de su carrera.
Pero estaban llegando más, atraídos por el ruido de los disparos, saliendo de las calles laterales, de las tiendas y de las casas.
Su corazón retumbaba en todo su cuerpo, su respiración era entrecortada. ¿Cuántos había a su alrededor? ¿Cien? ¿Doscientos? Y llegaban más. ¡Dios!
Mordió su labio inferior hasta que el gusto salobre de la sangre estuvo en su boca. ¡No puedes lograrlo, gritó una voz dentro de él, te cogerán en otro bloque y lo sabes muy bien!
Apoyó el rifle en su hombro, afinó su puntería y disparó. El resonante ruido del arma llenó la noche. Disparó una y otra vez, la culata golpeando contra su hombro, el acre olor de la pólvora quemada en su nariz.
No había nada que hacer. Había demasiados. No podía abrirse camino.
Lewis Stillman sabía que iba a morir.
Al final el rifle quedó descargado, la última bala disparada. No tenía lugar para correr porque estaban alrededor de él, en un círculo que se cerraba lentamente.
Miró al anillo de pequeñas caras crueles y pensó: Los extraterrestres hicieron un trabajo perfecto; detuvieron a la Tierra antes de que pudiéramos llegar a la edad del cohete, antes de que pudiéramos amenazar a los planetas más allá de nuestra propia luna. ¡Había sido un plan inmensamente astuto! Destruir a todos los seres humanos sobre la Tierra que tuvieran más de seis años de edad, y luego irse tan rápidamente como habían llegado, permitiendo continuar nuestra civilización a un nivel primitivo, sabiendo que la espina dorsal de la Tierra había sido despedazada, que sus sobrevivientes volverían al estado salvaje cuando crecieran hacia la edad adulta.
Lewis Stillman dejó caer el vacío rifle a sus pies y extendió los brazos.
—Escuchad —suplicó—. Soy realmente uno de vosotros. Todos vosotros seréis pronto como yo. ¡Por favor, escuchadme!
Pero el círculo se apretó despiadadamente alrededor de Lewis Stillman. Estaba aún gritando cuando los niños cerraron completamente el círculo.