PAIS RELATO

Libros de walter roberto gálvez

Autores

walter roberto gálvez

la princesa y la sirvienta

En un reino olvidado en la espesura del tiempo, vivió una princesa que todo lo tenía. Se llamaba Melaniah, única hija de un rey bondadoso, pero de escaso carácter y de una reina que la colmataba de amor y le daba todos los gustos. La niña creció con todos los beneficios que su título le otorgaba: vivía en un castillo de ensueño rodeado de hermosos jardines, tenía los más lujosos vestidos, recibía una educación excelente con maestros que le dedicaban su tiempo a ella en exclusividad, asistía a bonitas fiestas donde participaban reyes y condes, príncipes y princesas. La totalidad de su vida era mágica, siendo la niña más bonita de la región: sus rulos dorados enmarcaban un bello rostro de finas facciones en lo que habitaban unos ojos tan azules como el firmamento. Su vida era perfecta, todos pensaban eso menos una persona: ella misma.
El castillo tenía una cocinera que había servido por generaciones a la familia real. Su existencia consistía en atender a los reyes como lo hicieron sus antepasados, empero eso no quitaba su felicidad, y la causante de esa felicidad era su única hija quién tenía la misma edad de la princesa. Todos en el palacio adoraban a esta niña, de nombre Tizaga, quien era bondadosa y talentosa en lo que el arte se refería. Cantaba como si los dioses mismos lo hicieran mediante su voz, cautivando a todos los demás sirvientes como así también a los nobles que visitaban la residencia real. Además de una hermosa voz la niña era muy bonita, con largos y rojizos cabellos que hacían juego con pecas en su rostro del mismo color, las cuales rodeaban cálidos ojos color miel.
La hija de la cocinera ayudaba a su madre en la cocina donde se preparaban los banquetes y la comida diaria de la familia real, lo hacía siempre sin quejarse y cantando melodías de ensueño. Todos la admiraban. Los reyes mismos la conocían y quisieron que se hiciera amiga de la princesa. Melaniah y Tizaga conectaron enseguida, convirtiéndose en muy buenas amigas.
Eran inseparables. Pasaban horas juntas, jugando y paseando por los jardines del enorme castillo, donde sus resonantes risas alegraban los oídos de quienes las escuchasen, queriéndose como hermanas. La falta de autoestima de la princesa Melaniah contrastaba siempre con el carisma y seguridad de Tizaga, la cual siempre disfrutaba de las pequeñas cosas de la vida, sonriendo a todo el mundo. Melaniah admiraba esa actitud de ella, sintiéndose avergonzada por quejarse de su vida porque tenía todo, pero no era feliz.
Pasaron los años y las niñas se convirtieron en adolescentes, sosteniendo una amistad que nada parecía derrumbar. Sin embargo, un sentimiento comenzaba a gestarse en el interior de Melaniah, si bien la quería como la hermana que no tuvo, algo le molestaba. Su admiración hacia su querida Tizaga fue mutando en otra cosa más. El carisma y talento de su amiga la convertían siempre en el centro de atención, pasando en segundo plano a la princesa en muchas ocasiones. Tizaga no tenía sangre real y era sirviente; sin embargo, su natural carisma y hermosa voz cautivaba a quien la escuchase. Melaniah comenzó a sentir envidia que por mucho tiempo consiguió atenuar u ocultar. Pero no aguantó más.
El primer suceso fue un baile en honor a un monarca de un reino vecino y su comitiva. Como era habitual, Tizaga siempre acudía a acompañar a la princesa porque a esta altura se había convertido en su Dama de Compañía, algo reservado a mujeres de noble nacimiento, pero por una resolución del mismísimo rey la hija de la sirvienta fue elegida para ese cargo. La fiesta se desarrollaba con normalidad hasta que una condesa pidió escuchar cantar a Tizaga, ya que era conocido el talento artístico de la hermosa acompañante de la princesa. La joven pidió permiso a los reyes, quienes gustosos aceptaron porque la querían como si fuera su hija. Melaniah observaba el suceso en silencio, no obstante, por dentro era un bullicio de reproches y enojo porque sentía que su presencia se opacaba, todo por culpa del “talento” de su “Dama de Compañía” a quién envidiaba cada día con más fuerza.
Desde esa fatídica noche para la princesa, donde el carisma de Tizaga opacó su presencia en un baile muy importante, el trato con su asistente personal se fue enfriando. La envidia estaba haciendo estragos en el corazón de Melaniah, reflejándose en un carácter más irascible ante cualquier halago que recibiese su “amiga”. Peor aún es que debía simular buenas maneras y cordialidad debido a las exigencias del protocolo real.
Los años siguieron transcurriendo y esas adolescentes crecieron, como también fue creciendo la envidia de la princesa. Un día el heraldo real anunció a los reyes que habían sido invitados a una fiesta que daría su tío, el duque de una rica región. Toda la comitiva real se dirigió al castillo de su poderoso pariente y en el evento participaron nobles e influyentes terratenientes de la nobleza.
Para Melaniah esta fiesta era muy importante porque participaba alguien muy especial: Andrew, el príncipe de un reino vecino de quien estaba enamorada hacía tiempo. Antes de la cena se acostumbraba a realizar un breve brindis en la antesala al gran salón, mientras los sirvientes preparaban el salón principal. En este brindis se realizaban los saludos formales entre los participantes en donde no faltaban los chismes, la concreción de bodas por conveniencia y por qué no el flirteo entre jóvenes de la nobleza. Excelente oportunidad de entablar conversación con Andrew.
El momento finalmente llegó y la princesa hizo el saludo de protocolo al príncipe junto a su Dama de Compañía. Como decía el reglamento, Melaniah y Tizaga hicieron una reverencia, a la cual Andrew respondió con otra. Hubo algunas palabras formales, combinadas con disimuladas sonrisas, hasta que el príncipe dijo:
—¿Así que tú eres Tizaga? Me han hablado mucho de tu talento artístico. Pediré al duque que te deje cantar durante la velada, realmente quiero oír esa voz que se dice proviene de los mismos dioses.
El rostro de la princesa se transformó. Una ira nacía desde sus entrañas, una ira que nacía de la envidia que sentía por su Dama de Compañía, no era la primera vez que la sirvienta era requerida para cantar: «maldita Tizaga, tú y tu “arte” y “encanto” siempre arruinas mis planes» pensaba furiosa. Sabía que debía mantener las formas, sin embargo, cada vez le costaba más controlarse.
—Tizaga es una “gran” artista, pero además es mi sirvienta y yo dispongo si puede o no cantar, querido príncipe —soltó Melaniah.
La Dama de Compañía bajó el rostro y no intervino.
—No veo motivos por los cuales no pueda cantar, mi querida princesa —dijo con firmeza Andrew.
—Los motivos no son tu incumbencia, perdóname príncipe, debemos retirarnos a terminar de hacer los saludos protocolares —dijo tajante Melaniah con una furia interior que a duras penas conseguía dominar.
Más tarde llegó el turno del banquete y todo transcurría con normalidad, salvo la fría relación entre la princesa y su acompañante, circunstancia que fue advertida por su madre, la reina. En realidad, desde hacía tiempo que lo había notado, pero en esta ocasión era demasiado evidente.
—Querida hija, ¿pasa algo entre vos y Tizaga?
La pregunta tomó por sorpresa a la princesa.
—Nada ha pasado, madre. Simplemente estoy cansada por el viaje. Casi no hemos descansado y ya estamos en esta fiesta.
—Uno de tus deberes como princesa es asistir a estas celebraciones, acepta eso. Cambia de inmediato esa cara y sonríe —llamó la atención la reina.
No solo se sentía en segundo plano por el talento de Tizaga, sino que además era reprendida por su madre. Sin embargo, lo peor vino después.
Cuando la cena hubo terminado, y justo después de las palabras del anfitrión, el príncipe Andrew se levantó de su asiento y pidió que cante la bella Tizaga, ante la cara incrédula de Melaniah. Sus padres autorizaron a la sirvienta para que lo haga, y después de interpretar una hermosa canción tradicional fue ovacionada por todo el salón. La envidia que sentía la princesa por Tizaga se profundizó desde aquella fiesta. No soportaba su talento ni su carisma; cualidades que quisiera tener, pero que la naturaleza jamás le daría.
Al día siguiente que retornó la comitiva al reino, Melaniah le pidió a su maestro de música que le enseñase a cantar, pero con la condición que nadie supiera de las clases. Con el tiempo y gracias a las clases mejoró mucho, aunque le costaba demasiado llegar a las notas altas. Se empeñaba en conseguir entonar una hermosa y difícil balada que siempre Tizaga interpretaba sin esfuerzo, a pesar de que su maestro le recomendaba practicar otras más acordes con su tono de voz y esto la enfurecía. Su envidia la llevaba a compararse con su sirvienta, queriendo tener forzadamente lo que Tizaga poseía de nacimiento. La pobre autoestima de Melaniah a pesar de tener todo para ser feliz la agobiaba, llegando al punto de desearle el mal a quien fuera su amiga de la infancia, y tratándole mal en público, haciendo caso omiso a su madre antes los retos por esa actitud.
Tizaga no era estúpida, soportó esta situación por mucho tiempo hasta que no pudo más, y se lo contó a su madre.
—Solo somos sirvientas, hija mía. Ella es la princesa y le debes obediencia, trata de no cantar en público ni menos delante de ella. Eres su Dama de Compañía, elegida por su padre a pesar de no tener sangre noble, algo inédito en el reino y aceptado gracias a tu enorme carisma y talento el cual es admirado por todos. Evidentemente tus habilidades molestan a Melaniah y nada puedes hacer, ella será reina en poco tiempo —aconsejó su madre.
Tizaga tenía un talento admirable y amaba cantar, pero con el dolor de su alma dejó de hacerlo por temor a represalias hacia su madre. Melaniah sería la futura reina y tendría todo el poder, y no tardaría mucho en que esto suceda debido a que su padre había caído enfermo y le quedaban pocos días de vida, y el trono pasaría a su hija por derecho de sangre, compartido con su madre quien la aconsejaría, pero las decisiones finales las tendría Melaniah.
El fatídico momento era inminente, y su padre desde el lecho de enfermo llamó a su hija, quién acudió junto a su Dama de Compañía.
—Quédate aquí, esto es solo para la familia —le ordenó a Tizaga, quien se quedó callada y mirando el suelo.
La muchacha quería al rey como el padre que nunca tuvo. Siempre la había tratado como si fuera una hija más. Una lágrima recorrió su mejilla, no podría despedirlo en su último aliento.
—Hija mía, aquí estoy en mis instantes finales, te convertirás en una reina excelente. ¿Dónde está Tizaga? Quiero despedirme de ella también.
Melaniah sintió un puñal en el corazón. Tragó el odio producido por la envidia acumulada durante años y no dijo nada, solo asintió y mandó a llamar a su Dama de Compañía, quién esperaba afuera de la habitación real. En el momento de ingresar no pudo contener sus lágrimas.
—¡No llores, por favor! Regálame una de tus hermosas melodías antes de irme con mis antepasados.
La princesa sintió más puñales en su corazón.
—Padre, puedo cantarte algo, he estado practicando con mi maestro de música en secreto, quería que sea una sorpresa para tu próximo cumpleaños, pero la enfermedad ha ganado la carrera —soltó Melaniah y el padre asintió emocionado.
La princesa comenzó a cantar una difícil canción, de las que Tizaga solía hacerlo con facilidad, y a pesar del esfuerzo su desafinación en las notas altas fue evidente, aunque el rey no dijese nada por amor a su hija. Cuando llegó el turno a la Dama de Compañía, lo hizo de tal manera que hasta los dioses se hubiesen conmovido. Melaniah la observaba con la furia de la envidia que salía de sus ojos, deseando en cada fraseo que Tizaga se equivocase o desafine. Al contrario de eso, la interpretación fue perfecta.
El rey falleció a las pocas horas y luego vinieron los funerales de protocolo, que en ese reino duraban una semana. Un mes después Melaniah fue coronada reina en una ceremonia donde concurrieron nobles y reyes. Hasta Andrew asistió, quién había sido ungido hacía poco como rey, y hubo una fiesta con todos los lujos. La flamante reina disfrutó una fiesta donde no tuviese que escuchar esa “hermosa” voz de Tizaga, ya no tendría el padrinazgo de su padre y una de sus primeras medidas como soberana fue anular el nombramiento excepcional de su Dama de Compañía aduciendo que infringía las sagradas leyes del reino. Tizaga volvió a la cocina con su madre bajo la prohibición de cantar por el resto de su vida, si lo hacía tanto ella como su madre serían expulsadas del castillo.
Así pasaron las semanas, que se convirtieron en meses y luego en años. En ese período la reina madre murió y el reino quedó bajo el total dominio de Melaniah, que manejaba maneras muy distintas a las de sus padres, donde las prohibiciones de cualquier tipo amparadas en nuevas leyes reales eran moneda corriente. Era común que en las veladas ella cantase las canciones que años atrás interpretaba Tizaga; sin embargo, el talento y carisma no se podía lograr no importase cuantas lecciones tomara con su maestro de música personal. Nadie se atrevía a decir una palabra o expresar un gesto o sonrisa cuando la malvada reina desafinaba, todos temían sus berrinches y arranques de furia.
Llegó el momento en que la madre de Tizaga falleció y quedó como encargada de la cocina real, sufriendo por dentro al no poder realizar algo que tanto amaba: cantar. Pero no podía arriesgar la seguridad de los otros sirvientes, la amenaza de destierro si ella desobedecía la orden abarcaba también a ellos. La reina se estaba vengando de su antigua Dama de Compañía y disfrutaba hacerlo, se cobraría todos esos años que padeció el talento de Tizaga. La envidia la había vuelto una mujer cruel.
En esos años finalmente contrajo matrimonio con el rey Andrew y los dos reinos quedaron unidos, forjando una gran alianza que les dio mucho poder, también en ese período comenzaron los conflictos en el matrimonio por los constantes requerimientos del rey Andrew por escuchar cantar a Tizaga.
—¡Acaso estás enamorado de esa plebeya! —inquirió la reina una tarde en un arranque de furia.
—¡¿Cómo dices eso?! Tan solo deseo escuchar su voz y su talento—respondió su esposo.
Esa fue una de las tantas discusiones. Melaniah deseaba nacer de nuevo, pero con el talento artístico de Tizaga. Algo imposible de suceder, tendría que conformarse con su poder, con sus títulos, y con su belleza. Nunca pasaría aquello; la envidia le carcomía el alma, nunca sería como Tizaga.
Eventualmente, la reina quedó embarazada. Pasaron los meses hasta el momento del parto el cual tuvo un sabor agridulce: había nacido una hermosa niña, pero Melaniah falleció al dar a luz, llevándose con ella ese sentimiento de envidia que nunca la dejó vivir en paz. En el funeral todos asistieron, y Tizaga quien estaba junto a los sirvientes, no pudo contener sus lágrimas, porque a pesar de todas las injusticias que sufrió, ella amaba a su vieja amiga. Y en un arrebato de dolor, donde ya no le importó la prohibición que la hostigó durante años, comenzó a cantar una triste canción ante la sorpresa de la totalidad de los asistentes, quienes lloraron de emoción ante semejante voz que se decía provenía de los dioses.
El rey Andrew, conmovido, dejó sin efecto la prohibición y además la nombró niñera de la pequeña princesa. Nadie mejor que Tizaga a quien encargar la responsabilidad de cuidar a Mirla. Los años fueron pasando y la niña comenzó a enunciar sus primeras palabras, era una fiel representación de su madre con sus ojos color cielo y rulos dorados. Cierto día la niña imitó un fraseo de una canción que Tizaga estaba entonando, logrando sacar lágrimas de emoción de la niñera. Alzó la niña y ambas cantaron, entonces se acercó al gran ventanal y observó la intensa lluvia que se desarrollaba afuera. La visión del húmedo jardín le trajo imágenes de ella con Melaniah jugando y riendo cuando eran niñas, angustiando su corazón. A pesar de todo la extrañaba.