la avaricia del conde
Matmon era un joven aldeano que desde pequeño soñaba grandes cosas. Trabajaba de sol a sol en su huerta, la cual generaba exquisitas verduras y frutas que vendía en el mercado del pueblo.
Su huerto se convirtió en una enorme granja repleta de animales. En solitario y con la sola compañía de sus dos bueyes pudo labrar la tierra, consiguiendo más terreno donde sembrar y los frutos del esfuerzo se vieron reflejados en exitosas cosechas e importantes ganancias. Sumó, además, muchos empleados de las aldeas vecinas para poder llevar a cabo las exigentes rutinas diarias de trabajo.
Con el paso del tiempo, Matmon comenzó a acumular una pequeña fortuna que le permitió comprar tierras aledañas. Se estaba convirtiendo de a poco en un respetado terrateniente y gracias a sus enormes dividendos pudo contratar guardianes que vigilasen la codiciada granja. El rey vio en este pujante emprendedor un buen aliado, ofreciéndole el título de conde a cambio del pago de un impuesto mensual sobre lo producido. Matmon desconfiaba de las verdaderas intenciones del soberano, pero estaba convencido de que ese título le daría una posición favorable para obtener más riquezas. El joven y pujante aldeano, amigable y querido por todos los lugareños, se estaba transformando: la avaricia había tomado de rehén su alma, y no habría vuelta atrás.
El conde Matmon era un personaje famoso por su ambición desmedida. Sus súbditos sufrían los altos impuestos que debían pagarle en condiciones de tortuosas explotaciones, donde no existía el derecho a queja; nadie se atrevía a hacer ningún reclamo ante el pavor que les tenían a los siniestros matones del tirano. Las amenazas constantes eran el método cotidiano para mantener el “orden” en el feudo, que incluían castigos de todo tipo hasta la ejecución en la horca.
El afán por aumentar su fortuna lo impulsó también a tener tratos con contrabandistas, comprándoles productos para venderlos a precios viles en los distintos mercados del reino. Las riquezas seguían aumentando como así también la lista de enemigos que las ambicionaban. Sin embargo, Matmon era inteligente y no tenía escrúpulos a la hora de preservar y aumentar el capital, de modo que compró voluntades y la traición regó de sangre los palacios de quienes osaban enfrentarlo o ir en contra de sus planes.
Y, por si fuera poco, consiguió mediante planes muy bien armados, apropiarse de los feudos de sus enemigos asesinados. La avaricia no tenía límites en su frío corazón, ese corazón que alguna vez fue cálido y repleto de bondad en aquel querible granjero. Eso formaba parte de un pasado que jamás regresaría, ahora los demonios de la codicia dominaban sus actos. Los territorios ganados lo hicieron tan poderoso que el solo hecho de escuchar el nombre del Conde Matmon causaba terror en toda la región, y hasta el mismísimo rey le tenía miedo.
Su inmensa fortuna le permitió reclutar mercenarios, creando un formidable ejército que podría aplastar a las fuerzas reales cuando quisiera. De todas maneras, Matmon no tenía intenciones de atacar a su rey y siguió pagando los impuestos todos los meses, como lo venía haciendo desde años atrás. Esta actitud confundía al monarca, porque si bien Matmon se mostraba peligroso y desafiante, jamás había sido desleal con la corona, incluso más de una vez había prestado su ejército mercenario para defender al reino de invasiones extranjeras. Algo no cerraba.
El rey convocó en secreto—ya que desconfiaba de muchos en su corte ante la posibilidad de alta traición—a sus más fieles y cercanos consejeros para debatir el asunto de este adinerado conde. Por unanimidad estuvieron de acuerdo sobre el peligro que representaba un aliado de este tipo, porque a pesar de su lealtad, ostentaba actitudes que lo hacían impredecible. La carencia de pruebas para acusarlo de ningún hecho, sumado a lo poco conveniente que sería de tenerlo como enemigo, hizo que el asunto pasase al olvido. Hasta que se supo una información sumamente alarmante: Matmon estaba teniendo tratos comerciales con un reino vecino.
Un gran dilema se apoderó de la mente del soberano. Era imposible no denunciar este acto de traición del conde, al hacer tratos con extranjeros sin su consentimiento, empero el poder que había acumulado estos años lo hacía demasiado peligroso. Entonces convocó a un reconocido y sabio hechicero para pedirle ayuda.
—Mi querido Señor, Matmon es muy poderoso para enfrentarlo con el ejército real. Sin embargo, tiene un punto débil que consiste en una avaricia sin límites que podría ser su perdición. El deseo excesivo por la búsqueda de riquezas, estatus y poder es su mayor preocupación. En ese punto debemos atacarlo.
—Pero, ¿cómo se supone que lo hagamos? —inquirió el rey con preocupación.
—Dame unos días y te traeré una respuesta.
El hechicero se retiró y al cabo de una semana se reunió con su majestad otra vez.
—Espero que vengas con buenas noticias —soltó el rey.
—Mi querido rey, como me imaginaba, Matmon ha acumulado más riquezas de lo que se podría gastar en diez vidas…
—No me dices nada que no sepa —respondió el soberano impaciente.
—Déjame concluir la frase, estimado rey. Lo que quiero decir es que este tirano guarda su fortuna en una inmensa bóveda construida en los oscuros sótanos de su castillo. Al menos una vez al día, él visita este lugar solo para quedar contemplando por horas las montañas de monedas de oro y plata que ha ido almacenando durante estos años. Si por alguna circunstancia sobrenatural él quedase encerrado, ese domo se convertiría en su cripta.
» Tengo un plan para que esto ocurra, agregándole un hechizo para que parezca obra de maléficos duendes. En menos de una semana se esparcirá el rumor y todos abandonarán corriendo el castillo, su ejército mercenario lo abandonará al no recibir su paga y los afligidos aldeanos quedarán liberados de su opresión. De inmediato el ejército real intervendrá y tomará posesión de sus tierras, las cuales pasarán directamente a ti. Con esas riquezas podrás equipar un mejor ejército y jamás ningún señor feudal osará desafiar otra vez. Es urgente que realicemos esto ahora, Matmon ha estado en secreto haciendo alianzas con oscuros reinos enemigos para derrocarte. No tenemos tiempo.
Lo revelado por el hechicero dejó sin palabras al rey por unos instantes.
—¿Cómo averiguaste toda esta información? Ni mis agentes han podido saber tanto en tan poco tiempo.
—La magia tiene alcances que nunca te imaginarías, querido rey —respondió con una misteriosa sonrisa el hechicero.
—Todavía sigo sin entender cómo lograríamos infiltrarnos en su castillo, seguirlo en su rutina de contemplación de su tesoro y dejarlo encerrado en ese lugar —dijo escéptico el rey.
—Confía en mí, en tres días Matmon será solo un recuerdo.
Al tercer día un rumor comenzó a correr por todo el reino: el conde Matmon había quedado encerrado en su propia bóveda del tesoro, al parecer a causa de duendes mágicos que estaban rondando la región, jugándole una broma macabra. Todos sus sirvientes abandonaron el castillo, aterrados ante la invasión de estos “terribles” fantasmas. Los mercenarios dejaron sus puestos y ninguno siquiera se atrevió a saquear el lugar en represalia, porque se decía que todo estaba “maldito”, ni siquiera los pobladores se animaron a permanecer en sus tierras. La totalidad del feudo del avaro conde quedó abandonado.
La avaricia de Matmon fue su perdición, condenado a vivir el resto de sus días encerrado en la inmensa bóveda de su tesoro. Una lujosa tumba.