El gas que despedían los tubos de escape de miles de coches colgaba sobre la carretera como un velo venenoso. El velo se hacía más espeso cada año. Los humos habían sofocado ya a mucha gente, pensó Pierre Claude; pero esto era probablemente lo que ellos querían, de otra forma hubieran permitido usar la energía atómica en los coches desde mucho tiempo atrás. El motor atómico tenía dos ventajas: trabajaba sin ruido, y no producía este gas mortífero. Es una fortuna que podamos evadirnos de este lugar al menos una vez a la semana, pensó. Sólo un día, el domingo, el único que tenía libre.
El aire estaba lleno de gases, ruido y polvo que provenía de los automóviles. Millares de personas dejarán hoy la ciudad, y sólo hay una ruta: el Túnel.
El tráfico se incrementaba cada vez más, a medida que se iban acercando al Túnel. Las mordazas del automóvil de Pierre inmovilizaron las ruedas de dirección. Su mirada estaba fija en lo que ocurría al frente. Su esposa estaba sentada a su lado, y sus dos hijas pequeñas detrás.
—Hace un calor terrible —dijo la mujer—. ¿No podrías abrir la ventanilla un momento? Me estoy sofocando.
—Sabes que nos ahogaríamos tan pronto como la abriésemos, Yvonne —dijo Pierre.
—Pero no podría ocurrir nada si la abriésemos tan sólo durante un minuto.
—La ventanilla permanecerá cerrada. Los gases parecen tan diferentes, hoy… Apuesto a que ellos han soltado una cantidad extra.
—¿Hoy vamos al río, papá? —preguntó una de las niñas—. Me gusta tanto ir al río.
—Seguro que vamos al río, hija; no tardaremos en llegar.
Algunas veces pensaba sin embargo que sería mejor volver a la ciudad, pues algún día llegaría su turno. Era la Ley de Probabilidades la que lo hacía tan terrible. Cada día estaba lleno de incertidumbre y de temor.
—Pensemos qué ocurrirá hoy —dijo su mujer silenciosamente. No esperaba respuesta alguna. Sabía que su marido no podía contestarla, porque ni él mismo lo sabía. Nadie lo sabía.
El mundo estaba desesperanzadoramente superpoblado. La gente no podía emigrar a otros planetas porque los otros planetas del sistema solar eran inhabitables, y las naves espaciales no conseguían volar más allá de estos, no podían abandonar el sistema.
La Tierra se había convertido en una gigantesca ciudad. Una ciudad superhabitada en exceso. Los métodos de control de natalidad eran inútiles, y la población aumentaba día a día.
—La semana pasada fue alrededor del mediodía —murmuró Pierre—. Pero uno no puede confiar en esto. Ellos siempre varían los tiempos.
—La semana pasada hubo mil accidentes mortales en la ciudad —dijo ella—. Quizás hoy no cerrarán el Túnel.
—No —dijo Pierre—. Nunca dejan de hacerlo, y tú lo sabes.
Yvonne miró hacia arriba a través de la ventanilla. El sol era una mancha gris pálida en el cielo. Parecía como si los rayos no pudiesen atravesar el velo venenoso que flotaba sobre la ciudad.
—Tengo la impresión de que será hoy —repitió Yvonne—. Nunca me han fallado mis corazonadas.
—Anda, déjalo. No se adelanta nada con hablar de ello.
Pierre estaba ya cansado de hablar y pensar siempre sobre lo mismo. Uno no podía alterar los hechos. Un día llegaría su turno, era un riesgo que tenían que correr. Morirían para permitir a otros vivir. Y aquellos que sobrevivieran porque él y su familia habían muerto serían muertos quizá también al día siguiente, nadie podía saberlo. Nadie podía predecir cuándo ocurriría la muerte de uno. Era como una especie de lotería. Desde luego, había gente que incluso se ganaba la vida advirtiendo a sus clientes cuánto tiempo vivirían. Hacían cálculos, pero estos cálculos eran tan ridículos e inútiles como afirmar que se tenía un método infalible para ganar en las apuestas. Bastante a menudo ocurría que estos magos del futuro morían en medio de sus profecías, caían sin prever su propio destino.
Los coches se arrastraron hacia delante. Se apiñaban a miles delante del Túnel. Pierre frenó cuando inició el descenso que conducía a él. La entrada se vislumbraba allí, frente a sus ojos. El Túnel tenía aproximadamente dos millas de largo, y yacía alrededor de noventa y cinco pies por debajo de la superficie de la carretera.
La entrada del Túnel se veía como una boca glotona de proporciones gigantescas.
Había ocho líneas de tráfico. Las luces del techo eran muy débiles. Parte de los humos eran diluidos por los ventiladores, pero esto era como una gota en el océano.
Nadie sabía dónde empezaba la zona mortal. La única cosa que Pierre sabía con certeza era que se hallaban en peligro durante todo el tiempo que permaneciesen dentro del Túnel. Miró de reojo a su mujer. Permanecía inmóvil, con la vista fija en lo que tenía delante. Las niñas no sabían nada del peligro, no se lo habían dicho.
Tampoco tenía por qué suceder aún: podía pasar también en el camino de vuelta.
—Estamos en medio —dijo Pierre—. Hemos recorrido la mitad del camino.
Los coches se movieron más aprisa. Después del Túnel, se esparcieron por las varias carreteras que conducían hasta el campo. Aunque de hecho no había campo, este nombre ya no se aplicaba: Era una ciudad igual a la capital que habían dejado atrás, la única diferencia estribaba en el hecho que dentro de ella había un reducido parque y un río. Y el aire era mejor.
Cuando llegaron al parque dejaron el automóvil.
—Oh, qué cambio tan maravilloso en el aire —dijo Pierre—. Si tan sólo mi padre no hubiera tenido tan mala suerte como para tocarle vivir en la ciudad.
Las niñas se internaron a través del césped. Pierre Claude abrazó a su mujer. Parecía muy pequeña al lado de él. Ella cogió sus manos y las apretó contra su rostro.
—Me gustan tus manos —dijo—. ¡Son tan grandes y fuertes! Parece como si pudieran protegerme de cualquier cosa.
Lentamente siguieron a las niñas. Grandes y fuertes, pensó con amargura Pierre. No valen nada, no puedo proteger a nadie con ellas, no puedo impedir nada. Pero si llegase algún día en el que realmente pudiera hacer cualquier cosa, cambiar algo o defender a alguien con ellas, entonces las usaría con todas mis fuerzas.
Al atardecer regresaron a la ciudad.
Pierre se esforzaba por encontrar un hueco en la columna de coches que regresaban, una columna que parecía no tener fin.
—¿Por qué conducen tan despacio? —preguntó Pierre a nadie—. Podrían ir al menos un poco más aprisa.
—Da lo mismo que conduzcan rápido o con lentitud —dijo Yvonne aburrida.
—Preferiría que fueran rápidos. Entonces al menos lo tendría a mis espaldas. Esa incertidumbre es mucho peor.
En cuanto Pierre tuvo oportunidad de adelantar lo hizo, deliberadamente y con velocidad.
Este movimiento salvó su vida y su familia. Al menos por el momento.
El alumbrado del Túnel parecía más brillante que en la mañana, aunque esto podía ser imaginación. Automáticamente Pierre contó las señales de las paredes, y maldijo en silencio porque el tráfico se estuviera moviendo tan lentamente. El rostro del hombre al que habían adelantado atrajo su atención por el espejo retrovisor. Era gordo, y su aspecto recordaba el de una rata bien cebada. Pierre sólo se fijó en su expresión, luego la olvidó inmediatamente. Concentró toda su atención en conducir.
Fue por pura casualidad que miró hacia arriba. Se dio cuenta de que una compuerta roja estaba bajando del techo. Aceleró frenéticamente. Había ganado una yarda.
Fue esa yarda la que salvó sus vidas.
La columna continuó moviéndose como si nada hubiera ocurrido. Y en realidad no era nada especial. Ocurría siempre, cada domingo.
Pierre miró a través del espejo retrovisor. La verja roja había cortado a sus espaldas el camino hacia la ciudad. El coche del hombre gordo se había estrellado contra ella. Pero esto ya no importaba. El hombre no necesitaría un coche nuevo, de hecho ya no necesitaría nunca nada más. Estaría muerto en pocos segundos.
Cuando el convertidor atómico se pusiera en marcha lo devoraría todo: el hombre, los coches, todo. Gente, animales, las materias mismas que componen un automóvil, estaño, goma, plástico, hierro, petróleo. Un convertidor atómico es insaciable.
A través del espejo Pierre vio al hombre gordo saltar fuera de su coche y sacudir los barrotes. Podía golpear, patalear, sacudir y cargar contra la verja sin conseguir nada. Era inútil. Pierre advirtió que el hombre estaba gritando. Pero se hallaba demasiado lejos para oír lo que decía, tan sólo podía ver su boca abriéndose y cerrándose. Y de repente el hombre se desvaneció, su coche y todos los coches que estaban detrás de él dejaron de existir. El convertidor atómico se lo había tragado todo.
Pierre se concentró de nuevo en la carretera. No servía de nada el enternecerse y sentir piedad. Él mismo podía ser que estuviera muerto en el minuto siguiente, y en aquellos tiempos tal pensamiento no era tan terrible. Esto no significaba que la gente ya no tuviera sentimientos; pero incluso los más abominables pensamientos no producen temor cuando uno ha de vivir con ellos constantemente.
El tráfico se aclaró en cuanto los coches dejaron el Túnel.
—Los Dupont no ocuparán el apartamento hasta dentro de dos horas —dijo Yvonne—. ¿Por qué no volver primero a casa?
—Sí, es una buena idea —admitió Pierre.
Había demasiadas pocas casas para que una familia tuviera su propio apartamento. Cuando Pierre y su esposa trabajaban, el apartamento era ocupado por los Dupont, y viceversa. Los muebles pertenecían al Estado. Las únicas posesiones personales que eran verdaderamente propiedad de Pierre e Yvonne cabrían en un pequeño bolso de viaje.
Pierre e Yvonne estaban empleados en una fábrica que producía tabletas de agua. Pierre podía ver cada día a su mujer en las plataformas de trabajo, a través de los tabiques de cristal. Ella controlaba la salida de la producción con instrumentos electrónicos. Él no tenía otra cosa más importante que hacer que controlar el embalaje de las píldoras, que llegaban hasta allí por medio de una cinta mecánica.
El hombre que trabajaba frente a él era un viejo conocido, tan conocido como podía serlo cualquiera en aquello tiempos. Pierre lo conocía desde hacía seis meses aproximadamente, lo cual, bajo aquellas circunstancias, podía ser considerado un largo período de tiempo. Su nombre era Alex Ferron. Ferron era pequeño, débil, con una apología de bigote. El hombre le gustaba a Pierre porque siempre hablaba con franqueza.
—Cada día producimos más que consumimos —decía Alex Ferron—. Ayer mismo se firmó un convenio de exportación con los Estados Unidos, pude oírlo por casualidad en el departamento de contabilidad.
—Entonces hemos tenido suerte otra vez —murmuró Pierre. Él sabía lo que les sucedía a los obreros cuando las fábricas eran cerradas: seguían el mismo camino que las gentes en el Túnel.
—Eso de «el exportar es una buena cosa» no es verdad —dijo Alex—. Como si hubiera alguna diferencia entre que destruyamos nosotros la mercancía, o que lo hagan los mismos americanos a quienes se la vamos a entregar.
—Oh, existe una gran diferencia. —Pierre lo miró con una sonrisa resignada—, ya que ahora destruiremos lo que los americanos nos exportarán a nosotros a cambio.
Dejaron de hablar. No había nada más que decir, quizá ya habían hablado demasiado.
Cuando Pierre y su mujer volvieron a casa, al romper el alba, la policía les estaba ya esperando. No se molestaron en dar ninguna explicación.
—Puede usted ocupar el apartamento hasta la noche —le dijeron a Yvonne—. Cuando vengan los otros inquilinos, usted deberá presentarse en el Centro Obrero con sus niñas.
Maniataron a Pierre, y lo arrojaron a su coche blindado. Pierre se resistió furiosamente. Los policías estaban acostumbrados a este tipo de reacción: le aplicaron un shock eléctrico, e inmediatamente perdió el sentido. Unos segundos antes aún pudo ver a su mujer y a sus dos hijas desaparecer en la casa. Supo que las había visto por última vez.
También sabía lo que significaba el que pusieran a su mujer y a sus hijas en un Centro Obrero. Esos centros estaban tan llenos de gente como cualquier otro lugar. Había también una Selección. Existía pues tan sólo una remota posibilidad de que sus dos hijas llegasen a alcanzar la madurez.
Fue transportado a la prisión, donde lo arrojaron en una celda con otros diez hombres. Pierre se sentó en el suelo, preguntándose de qué crimen lo acusarían. Aunque esto no alteraría las cosas. No había dudas de que lo que se llevaban entre manos era algún nuevo tipo de Selección. Podían acusarle de haber robado una manzana, de atravesar la calle contra las señales de tráfico, daba lo mismo. Porque tanto para el más grave como para el más pequeño crimen, sólo había una pena: la de muerte.
—Huele mal aquí —gruñó un hombre. Pierre lo miró. Era mayor que él, tendría quizá alrededor de los cuarenta y cinco años, para la época era un hombre viejo. Vio que Pierre se estaba levantando.
—¿De qué te han acusado a ti? —le preguntó.
—No tengo ni la menor idea —replicó Pierre—. Me arrestaron cuando llegué a casa de la fábrica.
—¡Qué práctico! Así, de esa forma, ellos pueden ocupar en seguida el apartamento. Yo llevo aquí desde ayer. El juicio está fijado para hoy. No temas, no será largo: tras la sentencia se nos llevarán en seguida. Es lo que hacen siempre.
—¿Por qué te arrestaron? —preguntó Pierre.
—No tengo la menor idea —dijo el hombre.
—Al menos yo sé por qué —el joven que había estado sentado sin moverse debajo de la ventana se arrastró hacia ellos—. Yo tan sólo permanecí en el apartamento después de mi turno, haciéndome pasar por enfermo. Cuando llegaron los co-inquilinos me denunciaron —se pasó los dedos por el revuelto cabello—. Ni siquiera sé por qué lo hice. Adivino que sólo estaba harto. No podía soportar más, ¿comprenden?
—Sí, comprendo —dijo Pierre—. Pero podía haber vivido un poco más.
—No me interesa —dijo el joven—. Da lo mismo que muramos hoy o mañana. Me gustaría saber al menos por qué vivimos. Parece todo tan insustancial.
—Si tan sólo supiera de cierto que mi esposa y mis hijas vivirán más tiempo —dijo Pierre—, no sería todo tan insoportable. Pero ni eso…
—No es exactamente eso lo que quiero decir —dijo el joven—. Todo es tan fútil.
Pierre permaneció silencioso. No veía el objeto de hablar de sus sentimientos con alguien que no los comprendía. Pierre era un realista. Su aflicción no era la auto-piedad. Valuaba a su familia. ¿Qué clase de mundo es éste, pensaba, en el que un padre ya no puede proteger a sus hijos? ¿Qué clase de mundo, cuando un esposo ya no puede ni defender a su mujer?
Cuando vinieron a llevarse al primero la atenazadora presión cedió un poco. Eran once hombres. Pierre fue el último en llegar; sería también el último al que se llevarían.
El tiempo pasó con rapidez. Pronto Pierre se quedó solo esperando a los que debían venir a buscarlo. Se fijó con desaliento en las paredes de la celda, cubiertas de dibujos e inscripciones, cosas que se forman en las mentes de los hombres cuando se saben condenados a muerte.
Los dos guardianes entraron y lo empujaron ante ellos como si fuera un animal. Le hicieron entrar en una habitación de mediano tamaño. Tres hombres se sentaban detrás de una mesa cubierta con un paño negro. Lo miraron sin denotar expresión alguna. No pudo encontrar el menor rastro de emoción en sus ojos. Para ellos Pierre Claude era un caso igual a miles de otros. Pierre Claude, que amaba a su mujer y a sus hijas, no se diferenciaba en nada de la masa de los demás prisioneros.
Pero sí, en cierta forma él era diferente, aunque los hombres que estaban tras la mesa no lo sabían, ni siquiera el propio Pierre Claude lo sabía.
—¿Pierre Claude, casado, con dos hijos, obrero especializado en la sección de montaje? Conteste solamente sí o no.
Pierre Claude lo sabía.
—Conteste alto y claro. ¿Es que no me ha entendido?
—Sí, soy yo.
—Se le acusa de haber robado tres paquetes de hidrotabletas de la fábrica en donde trabaja. Fueron encontrados en su apartamento.
Pierre se puso tan furioso que olvidó su cautela.
—¡Ustedes están bromeando! ¿Qué demonios haría yo con tabletas de agua? ¡Puedo conseguirlas fácilmente con mi salario!
—¿Robó usted las tabletas o no?
—¡Por supuesto que no! Jamás he robado nada en mi vida.
—Sus co-inquilinos las encontraron en su piso. ¿Cómo explica usted eso?
De repente Pierre lanzó una mirada a los espectadores. La gente lo observaba sin el menor interés. Ahora tenía el convencimiento de que éste era el fin. La condena por robo era a muerte. Lo querían condenar a muerte por algo que suponían había robado, algo que era destruido en vagones de carga porque la producción excedía al consumo.
—¿No tiene nada más que decir?
Pierre Claude se rindió.
—No, no tengo nada más que decir.
—Entonces pronunciaré la sentencia. Póngase en pie. El acusado, Pierre Claude, ha dañado a la comunidad con el robo. Será condenado por lo tanto a la última pena.
Pierre, de pie, erguido delante del Juez, no demostró en ninguna forma emoción. En aquel instante acababa de aprender un hecho importante: no sólo había el despótico medio de Selección del Túnel, había también otra forma de Selección ejercida por el Estado.
Los guardias lo condujeron lejos de la sala. De camino hacia la celda, protestó violentamente contra la sentencia. Uno de los guardias desenfundó una pistola electroshock y apoyó el cañón contra su costado.
—Permanece quieto. Así.
Pierre sintió de pronto pánico. Había estado tan calmado hasta ahora, que en aquel momento sus nervios estallaron. Cuando se va a morir todo parece diferente, incluso el más tranquilo de los hombres pierde el control sobre sí mismo.
—¡Yo no he robado en mi vida! —gritó—. ¡Es una sucia mentira, y vosotros lo sabéis!
—Has sido condenado a muerte, de forma que no hace falta que hagas una pantomima. Muévete. A todos nos llega tarde o temprano.
Lo condujeron a otra celda. La puerta se cerró con un ruido sordo que sonó a hueco, la llave chirrió en la cerradura. Pierre estaba solo. El único mueble que había en la estancia era un camastro de madera. Durante un rato se sentó allí con aire ausente. De súbito dio un salto, y empezó a golpear frenéticamente la puerta. No cesó en sus golpes hasta que sus manos sangraron. Nadie le oyó, nadie vino. Se volvió y examinó la habitación. Vio el camastro de madera bajo una nueva luz. En tres zancadas llegó hasta él, y lo partió a golpes en varios trozos. Pierre era un hombre fuerte. Colocó una parte sobre su extremo, en contacto con el suelo, y lo golpeó con el pie. Las gruesas tablas salieron despedidas a trozos y chocaron ruidosamente contra el suelo. Tomó la más grande y pesada, y la sospesó entre sus manos. De pronto escuchó unos pasos que se acercaban a su celda.
Permaneció en pie de forma que la puerta le ocultase al abrirse. La llave giró en la cerradura. La puerta se abrió. Un hombre vestido de negro dio un paso en el interior de la celda. Su descuido le costó la vida. Pierre golpeó una sola vez, en la nuca, con el borde de la tabla. El verdugo cayó muerto.
Pierre salió al corredor. Chocó con otro hombre. Tenía un arma en la mano, pero no tuvo tiempo de usarla. Pierre le hundió la tabla en el estómago: cuando el hombre se dobló por el dolor, le golpeó en la nuca con todas sus fuerzas.
El camino estaba ahora libre de obstáculos. Pierre tomó el arma del hombre y se precipitó pasillo abajo. Transcurrieron apenas unos segundos antes de que se viera rodeado de guardias armados. No tenía oportunidad alguna, pero actuó como un poseso. Mató a cinco hombres antes de que fuera finalmente reducido.
La estancia era pequeña, con paredes blanqueadas. El hombre que se hallaba tras la mesa gesticuló.
—Siéntese, por favor. Y debería añadir que no quiero tener más dificultades con usted.
Pierre se sentó. Sentía debilidad en todos sus miembros, sus huesos se habían convertido en gelatina. Aquél era el fin con toda seguridad. ¿Para qué lo querían entonces?
—Lo vi todo —dijo el hombre—, a través de las cámaras de televisión. Observé cada movimiento que usted hizo. No creí que consiguiera arreglárselas para llevarlo a cabo; no lo parecía al principio.
Puso en marcha el aparato de televisión. Pierre vio al verdugo que yacía encogido en el suelo. No sintió remordimientos: la muerte del hombre le producía una completa indiferencia.
—Ahora es usted un asesino, Pierre Claude. Un séptuplo asesino.
—Lo que tenga que decir dígalo rápido —replicó Pierre—. Me está aburriendo.
—Tómeselo con calma —dijo amigablemente el hombre que se hallaba tras la mesa—; no sea tan impaciente. Usted acaba de prestar un gran servicio a la comunidad. Ahora hay siete personas menos.
Pierre se quedó mudo de sorpresa.
—Yo soy el juez supremo —dijo el hombre—. Estoy solo aquí, de modo que elaboro mis propias decisiones. Cuando usted deje esta habitación tanto puede ser un hombre muerto como tener ante sí una larga vida. La elección es suya: yo he tomado ya mi decisión.
Pierre vaciló.
—No comprendo ni una palabra de lo que está usted diciendo.
—Ni se espera que lo comprenda, pero a pesar de todo escuche. Nadie es omitido en la lista de Selección, sea un obrero del cinturón de montaje, un guardia o un juez. Ninguna puerta puede cerrar el paso a la muerte… solamente la que está detrás mío. Usted sabe que la ciudad no es un conjunto de casas separadas entre sí, sino más bien un grupo compacto. La puerta que hay detrás mío conduce a una prisión. A una verdadera prisión. Quien entra en ella puede estar seguro de que saldrá de nuevo algún día. Usted va a ser feliz si acepta mi sentencia, Pierre Claude.
Pierre clavó la vista en él.
—¿Qué quiere usted de mí? Yo ya he sido sentenciado.
El hombre rechazó con un ademán aquella última observación.
—La sentencia ha sido anulada. Olvidaremos su robo.
—Usted sabe tan bien como yo que nunca he robado nada.
—¿Por qué no puede aceptar usted un hecho que no tiene consecuencias? Después de la primera sentencia estaba en la lista de muerte. Mientras permaneció en la celda tuvo diez minutos para decidir. Usted tomó su decisión.
—¿Ahora —dijo Pierre— se propone usted sacrificarme echándome al convertidor siete veces?
—Verdaderamente usted no pone las cosas fáciles, ¿no es verdad? Trataré de explicárselo con la mayor claridad posible. Por sus asesinatos es sentenciado a dos años de encierro en solitario. Su familia será transferida a la Casa de Familias para Casos Especiales. Permanecerán allí hasta que usted quede libre.
Pierre se levantó de un salto.
—¿Quiere decir con esto que no estarán sujetos al sistema de Selección?
—Exactamente. Mientras usted esté en prisión su familia estará segura. Su futuro trabajo se determinará después de su liberación. Vivirá en su celda durante dos años. En las comidas y períodos de esparcimiento encontrará a otros prisioneros, hombres y mujeres que, en idéntica situación, tomaron la misma decisión que usted. En estos días el Gobierno necesita gente que no dude en usar métodos rigurosos.
El hombre pulsó un botón, la puerta detrás suyo se abrió.
—Váyase ahora, Pierre Claude —dijo el Juez—. Dentro de dos años nos encontraremos otra vez en esta habitación.
Pierre fue hacia la puerta. Un hombre amistoso lo recibió.
—Usted ocupará una celda en el piso dieciocho, señor Claude —dijo el guardián—. Se le traerá el menú de inmediato.
Pierre siguió al hombre como en un sueño.
La habitación estaba iluminada y tenía un aire amistoso. El guardián le indicó la dirección del comedor y desapareció con una inclinación de cabeza. Pierre probó la puerta: no estaba cerrada. Atravesó la estancia hacia la ventana y miró afuera. Allá abajo había un precioso jardín, con gente paseándose. Pierre se apartó de la ventana y se sentó sobre su cama. Aún no acababa de comprenderlo todo. Pero de una cosa estaba seguro: nunca más tendría miedo a la muerte.
Si alguna vez alguien amenazaba su vida o las de su familia, lucharía con crueldad y con obstinación.
Pues el mundo en que vivía no conocía la misericordia.