En el pueblo de Dawtonville, se decía que la mansión de los McDouglas estaba habitada por espíritus inquietos y que las paredes aún susurraban los oscuros y misteriosos secretos de la desaparición de la familia.
Situada a las afueras del pueblo, la que antaño fue la casa más lujosa del lugar, ahora estaba rodeada de árboles retorcidos y aves extrañas que graznaban cada noche.
Peter había estado obsesionado con ese lugar desde que era pequeño; sin embargo, una promesa a su abuela le había mantenido alejado de ese lugar durante los últimos quince años.
¿Qué había cambiado ahora?
Los padres de Peter fallecieron en un accidente de tráfico. Cuando era tan solo un crío de dos años, fue el único superviviente de una colisión frontal en mitad de la carretera principal. Un borracho se había quedado inconsciente al volante e invadió el carril contrario, llevándose por delante el coche de su familia, donde iban sus padres, su hermana mayor y él. Peter se fue a vivir con su abuela a un pequeño apartamento en el centro del pueblo. Todo transcurrió con normalidad hasta que, una noche de tormenta, el viento empezó a susurrar su nombre una y otra vez.
—Abuela, tengo miedo —confesó con tan solo nueve años al entrar en la habitación de esta.
—¿Qué sucede, mi niño? Es una simple tormenta más.
—No, abuela, es el viento.
—¿El viento? —Se incorporó algo asustada—. ¿Qué quieres decir?
—Me parece que el viento susurra mi nombre y…
—Siéntate a mi lado, cariño. —La abuela estaba sentada en el borde de la cama con un camisón rosa y una trenza canosa—. ¿Qué más dice?
—Me dice que vaya a la mansión, abuela, que yo…
—Hijo. —Le agarró de las manos—. Debes decirme una cosa.
—¿Qué? —quiso saber el pequeño Peter.
—Hay muchas historias sobre la mansión de la colina. Allí vivió una familia que desapareció y…
—¿Qué les pasó?
—Nadie lo sabe, pero debes decirme que jamás te internarás en sus terrenos, que jamás visitarás esa casa, que…
—¿Por qué?
—Peter, promételo, es peligroso.
—¿Por qué es peligroso, abuela? ¿No está la casa abandonada?
—Hijo, jamás te adentrarás en la mansión de los susurros. —La cara de la abuela albergaba temor.
—Vale, abuela, te lo prometo.
—Duerme conmigo esta noche, Peter.
—Abuela…
—Dime.
—¿Por qué dicen mi nombre?
—No lo sé, muchacho, no lo sé. Ahora duerme.
Quince años después de esa promesa, Peter abría los ojos delante de la mansión de los susurros, hogar de los McDouglas, y otra vez no recordaba cómo había llegado hasta allí. Quinta mañana consecutiva que despertaba en el mismo lugar, plantado delante de la edificación sin saber ni cómo ni por qué había llegado.
Se dio la vuelta para ver si había alguien, pero estaba solo, tal y como había sucedido los días anteriores.
—Lo siento, abuela —dijo en voz alta—. Sé que te prometí que jamás me acercaría a esta casa, pero algo me llama, algo que no sé cómo explicar me trae hasta aquí.
Peter empujó la verja y entró con cautela. La hierba le llegaba hasta los ojos, apenas se veía el camino empedrado y mucho menos la preciosa fuente que varias décadas atrás lucía esplendorosa frente a la casa. Subió la escalinata de piedra que daba acceso a la puerta principal, apoyó la mano sobre la gruesa puerta de madera y la empujó. Para su asombro, esta cedió sin apenas esfuerzo. El aire no solo estaba cargado de humedad y polvo, sino también de silencio. El suelo crujió cuando puso un pie sobre las tablas. Tanteó la pared en busca de algún interruptor y, como era de esperar, estaba sin luz. Descorrió una de las cortinas para poder vislumbrar algo y entonces lo vio: allí, en mitad de las escaleras, había un gato mirándolo.
—Vaya, amiguito, menudo susto me has dado —comentó, con la respiración entrecortada tras el sobresalto.
El animal se dio la vuelta y corrió escaleras arriba. Peter lo siguió sin dudar. Al subir el último escalón, vio cómo el gato se metía dentro de una habitación que había a la derecha. No se lo pensó y se introdujo tras él.
—Gatito, ¿dónde te has metido? —Dio varias vueltas y allí no lo vio. Se giró y en ese momento observó cómo una sombra cerró y echó la llave—. ¿Qué? ¡Eh! —gritó, abalanzándose contra ella—. ¡Abre! —Intentó forzarla, pero estaba atrancada y él se había quedado atrapado y a oscuras—. Maldita sea…
Sacó el móvil de su bolsillo y encendió la linterna para lograr ver algo dentro de la habitación.
El cuarto, sin duda, había pertenecido a una niña, pues la cama estaba llena de peluches y una casita de muñecas de dos plantas se situaba a la derecha. De golpe, algo se movió dentro de esta y de allí salió el gato.
—Mierda —dijo Peter. El felino se le acercó ronroneando y se restregó contra sus piernas. Escuchó un crujido a sus espaldas y, al darse la vuelta, la puerta estaba abierta. Se abalanzó hacia afuera sin pensárselo.
Toda la casa estaba iluminada y limpia, pero eso no podía ser, pues llevaba abandonada más de dos décadas. La melodía de un piano se escuchaba a lo lejos. El animal salió corriendo escaleras abajo y Peter fue tras él. Bajaron, giraron a la derecha, pasaron por un largo pasillo adornado con retratos de familiares y paisajes hasta llegar a una amplia habitación que parecía una sala de fiestas y estaba repleta de gente.
—¿¡Qué narices…!? —acertó a decir Peter, pero nadie le escuchaba; todos seguían charlando y bebiendo como si nada. La música de piano salía de las manos de una niña de no más de diez años que tocaba como los mismísimos ángeles. Peter se acercó a ella.
—Tranquilo, estás a salvo —dijo la pequeña sin dejar de tocar.
—¿Puedes verme?
—Sí, solo puedo verte yo, ellos no.
—¿Estoy en un sueño?
—No —contestó ella.
—Entonces, ¿dónde estoy?
—En uno de los recuerdos de la mansión. —La pequeña acabó de tocar, le miró y sonrió. Toda la sala irrumpió en aplausos y agasajos para la joven pianista.
De golpe, un vórtice envolvió a Peter y lo trasladó a otra parte de la mansión, más concretamente a la piscina. Era un día caluroso y allí estaba de nuevo la niña y los que parecían ser sus padres.
—Evelyn, sal inmediatamente de ahí. —La madre se había puesto en pie y la miraba con ojos de auténtico terror.
—¿Qué sucede, querida? —quiso saber su marido, cogiéndola afectuosamente del brazo.
—La va a ahogar —dijo fuera de sí—. Sal del agua ya —gritó. El padre se acercó a la piscina y, con mucho cariño, le dijo a su hija que saliera.
—¿Qué sucede, papá?
—Hija, haz caso a mamá. —La cara de James se había transformado, cubierta por un velo de tristeza y miedo.
—¿Ha vuelto? —susurró la niña.
—Me temo que sí —confirmó el padre. Esta corrió hacia su madre, que seguía con la mirada puesta en la piscina.
—¡Mami! —Tiraba del vestido de su madre para atraer su atención—. Ya estoy fuera, mami. Estoy bien.
—Evelyn, oh… —Su madre se arrodilló y cogió entre sus manos la cara regordeta de su amada hija—. Júrame que siempre me obedecerás, que jamás te meterás en esa piscina sin que tu padre esté presente.
—Claro, mami, tranquila.
Peter no entendía absolutamente nada. No había nada en el agua ni en los alrededores, y la niña parecía saber nadar. Dio varios pasos para acercarse a la pequeña para ver si podía hablar con ella, pero esta lo miró y negó con la cabeza. Peter se paró en seco y un nuevo vórtice lo envolvió. Esta vez, lo llevó hasta una biblioteca en la que estaba la madre de Evelyn sentada tomando un té mientras observaba tranquilamente por la ventana.
Peter aprovechó y se acercó para observarla con más detenimiento. Era una mujer muy bella, con una piel blanca y fina, cuidada, no tendría más de veintiséis años. Su vista estaba perdida en un punto fijo del amplio campo. Entonces, se fijó en sus manos llenas de heridas superficiales; no encajaban con el resto de su persona.
—Mami, ¿me lees un libro? —Evelyn irrumpió en la habitación. La mujer ni se inmutó, como si no la hubiera escuchado. La niña, al ver a Catherine, su madre, ida, la cogió de las manos. Esta reaccionó al contacto de su hija y, al volver la cabeza, soltó el grito más aterrador que jamás se hubiera escuchado en Dawtonville.
—Mamá, ¿qué sucede?
—¡Tú, aléjate de mí y de mi familia! —gritaba fuera de sí. Se lanzó a la carrera hacia el escritorio ubicado al final de la sala, rebuscó en el interior del primer cajón y de allí sacó un abrecartas y se dirigió hacia su hija, clavándoselo en el hombro.
—¡Papá, papá! —chilló la niña, sin poder moverse por el pánico.
—¡Maldito ser, fuera de mi casa! —vociferaba Catherine.
—¡Mamá, soy yo, soy yo! —Las lágrimas rodaban por el rostro de la pequeña.
—¿Qué sucede? —El padre irrumpió en la habitación. Sus ojos fueron de su hija a su mujer y de su mujer a su pequeña, y entonces fue cuando vio el abrecartas clavado en el hombro de esta.
—Cat, ¿qué has hecho? ¿Qué has hecho? —Sin pensárselo dos veces, cogió en volandas a su hija y desapareció, dejando allí a una Catherine fuera de sí, sentada en el suelo, abrazada a sus rodillas, sin dejar de repetir:
—No permitiré que le hagas daño a mi hija. No, no, aléjate de mi familia, no, no, no.
Peter estaba petrificado. No había podido ayudar a la pequeña Evelyn. Se miró las manos, que tenía llenas de sangre, ¿cómo podía ser? Él no había tocado a la niña, no estaba ahí en realidad, sino en una especie de sueño del que ahora ya quería despertar. Se volvió y salió corriendo en dirección a la puerta, pero estaba cerrada. Se giró y, de golpe, allí ya no estaba Catherine, se encontraba solo y la habitación estaba cubierta de polvo.
—Pero… ¿Qué…? —dijo sin entender nada.
Intentó abrir y, por suerte, esta vez pudo hacerlo. Allí, delante de él, estaba de nuevo el gato como si lo hubiera estado esperando.
—Otra vez tú, amiguito. —Se acuclilló para acariciarlo, pero el animal salió corriendo escaleras abajo. De nuevo, Peter lo siguió a toda prisa, volteó a la izquierda y continuó por un pasillo. Tropezó con un juguete y se agachó para cogerlo.
—Eso no es tuyo —comentó una voz tras él. Del susto, lanzó el objeto por los aires y se giró, pero allí no había nadie. La risa de una niña sonó a su espalda y al volver a mirar, allí estaba el gato, que lo esperaba sentado al pie de unas escaleras. El felino maulló.
—Vale, te sigo, pero sin tocar nada, captado —dijo Peter.
Bajó con cautela y se tuvo que tapar la nariz con la camiseta porque el olor a humedad era insoportable.
—¿Dónde me traes, amiguito? —preguntó en voz alta, entrando en una estancia en penumbra.
Tras unos minutos, su vista se acostumbró y descubrió que estaba en lo que parecía una bodega de vinos. Inspeccionó el espacio con cautela sin tocar ninguna de las botellas y, de golpe, una melodía empezó a sonar tras el muro del fondo. Era el piano de nuevo. Se acercó para ver de dónde provenía el sonido, pero allí había un simple tabique, ninguna salida. Posó la oreja para escuchar mejor. Al apoyarse con las manos, no se dio cuenta de que cedía como si de una entrada secreta se tratara. Cayó de bruces en el interior de una sala y la pared se cerró tras él.
—Pero ¿qué? —Trató de incorporarse, pero no veía absolutamente nada. Se fue arrastrando por el suelo hasta llegar a la pared. Se levantó e intentó empujarla. No sucedió nada, no había salida.
Siguió caminando, palpando cada centímetro, buscando con desesperación una salida cuando tropezó con algo y rodó sobre un objeto duro. Lo palpó y no pudo evitar sobresaltarse y soltar un grito que retumbó en la sala. Estaba tocando un esqueleto humano.
—No, esto… No puede… —La respiración de Peter era cada vez más agitada. Sacó su móvil, encendió la linterna y la escena que se mostró ante él le resultó escalofriante.
Estaba en una sala diáfana. Al fondo, tres cuerpos acurrucados habían permanecido imperturbables ante el paso del tiempo. Los reconoció de inmediato: eran Evelyn y su familia.
—¿Qué? ¿Qué es…? —balbuceó.
Movió su teléfono para ver el resto de la estancia. La escena no mejoraba mucho, ya que el suelo estaba repleto de esqueletos. Se sentó e intentó hacer una llamada, pero no tenía cobertura.
—Peter, respira tranquilo —se dijo a sí mismo sin moverse. Sin embargo, no surtía efecto; no conseguía relajarse, pues no dejaba de pensar que podría estar dentro de una tumba.
Al cabo de unos minutos, que para Peter parecieron horas, su móvil emitió un pitido y se quedó sin batería. Se levantó, palpando cada centímetro de las cuatro paredes que lo rodeaban en busca de una posible salida. En su búsqueda, se iba chocando con innumerables esqueletos.
Dos meses después de la desaparición de Peter, las autoridades dieron por cerrado el caso y añadieron su nombre a la larga lista de desapariciones sin explicación que el pueblo de Dawtonville cargaba sobre sus hombros.