País Relato - Autores

verónica martínez amat

ahora que ya no estás

Desde la ventana del despacho, con las cortinas descorridas permitiendo que la brisa de la mañana se cuele entre los postigos abiertos para armonizar el ambiente de aromas frescos y luminosidad, contemplo el polvoriento camino que serpentea entre campos sembrados, bancales de almendros y plantas silvestres a su vera, conservando todavía esa fragancia reposada de tiempos pasados, de esa niñez añorada cuando el abuelo salía al despuntar el alba, con la azada al hombro, dispuesto a remover el terruño que sería cuna de lozanas verduras, mientras la abuela comenzaba a trajinar en el horno moruno, aventando sus ascuas, para cocer las hogazas de pan que ya tenía amasadas desde el primer canto del gallo. Tiempos pasados en los que el progreso devenía lentamente, sin prisas, reflejo del espíritu solazado de los que moraban por aquellos pagos rurales, cuyas sencillas vidas se enrocaban en la rutina del día a día formando una suerte de felicidad placentera que nada tenía que envidiar a la insoportable sinrazón ruidosa y acelerada de la ciudad.
Tanto me pierdo en esas ensoñaciones de antaño que aquel paisaje sigue despertando en mi mente, que no percibo el transitar del rebaño de ovejas hasta que ya están a punto de girar por la curva pronunciada que se dirige al norte, hacia las faldas de la sierra, en busca del sustento que llene sus ubres de leche con las que amamantar a sus pequeños corderos. Genaro, el pastor, debe de haberme saludado al pasar como cada mañana; su casi extinto oficio no conoce jornadas de asueto ni vacaciones, tampoco el mío, por lo que ya es costumbre que al primer son de esquilas y cencerros, y aunque no medie palabra entre ambos, mi mano se asome por la ventana para corresponder al silbido de cortesía con el que Genaro cumplimenta su buenos días. Aunque hoy no lo he escuchado. Probablemente porque mi cabeza ha errado por otros pagos y los sentidos se han ausentado del presente, cosa que, por otro lado, me va ocurriendo muy a menudo desde hace unos meses.
Una vez las ovejas de Genaro se han perdido más allá del campo que abarcan mis ojos, vuelvo la vista hacia la razón de que me encuentre frente a aquella ventana cada mañana. Mi vieja máquina de escribir reposa encima del escritorio ante el que me hallo sentada. La miro con adoración. Lleva tantos años conmigo que no recuerdo cuándo nuestros caminos se unieron, aunque sé que fue un regalo de cumpleaños de mis progenitores, la bruma del tiempo ha envuelto en su frío manto algunos puntos de mi memoria y no logro evocar el año de la tan acertada dádiva que cambió mi vida para siempre. Y aunque algunas veces han intentado que cambiara este modelo obsoleto por un moderno aparato al que llaman ordenador, me he negado tajantemente a deshacerme de mi gran amiga. Solo ella y yo sabemos lo que hemos vivido juntas, las veces que hemos reído, que hemos llorado, que nos hemos convertido en un mismo ser mientras mis dedos aporreaban fuertes y decididos las teclas que convertían mis pensamientos en palabra escrita. Por eso jamás podría abandonarla. Se quedará conmigo hasta que mi cuerpo y mi mente sucumban al paso inexorable del tiempo.
Al fijarme en la inmaculada hoja que he debido poner en el rodillo para comenzar mi trabajo, me doy cuenta de que ya hay algo escrito en ella. En la primera línea, cinco palabras solitarias aguardan continuación: Ahora que ya no estás… No recuerdo haberlas escrito y eso me paraliza unos instantes. Vuelvo a leer las palabras una vez más, dos veces, tres… pero sigo sin encontrar el hilo de remembranza que conecte ese Ahora que ya no estás con mis pensamientos. Entonces, ¿cómo voy a continuar con algo que no acabo de entender, que no recuerdo haber escrito y que no enlaza con ninguna de mis ideas?
Saco la hoja de un tirón y la rompo, lanzándola hecha una pelota al cesto que está a mis pies, con tan mala suerte que rebota contra los demás papeles arrugados que llenan el cesto. Al agacharme a recogerla, me doy cuenta de que no es el único folio estrujado que adorna el suelo del despacho y me enfado conmigo misma por ser tan descuidada. Una a una, voy recogiendo las bolas de papel y las amontono en el escritorio, junto a la máquina de escribir, hasta que llenan gran parte del espacio que debiera ocupar la última novela que estoy escribiendo y que parece haber desaparecido. Estoy confusa. ¿Dónde están los folios con los primeros compases de mi obra? Anonadada, busco con la mirada por toda la mesa hasta que me decido a abrir los cajones. Pero estos están vacíos. Dirijo mis ojos a las bolas de papel y el corazón se me acelera; tengo un mal presentimiento. Con manos temblorosas, comienzo a desplegar cada folio arrugado, alisándolo con las manos sobre la fresca superficie del escritorio. El primero que extiendo tiene que ser el último que he tirado porque solamente contiene las cinco palabras que he leído unos minutos atrás: Ahora que ya no estás… Tomo una segunda bola y la despliego, y mis labios —o eso creo— emiten un quejido lastimero al leer su contenido: Ahora que ya no estás…, reitera. Incrédula y frenética, sin el esmero anterior, sigo desplegando folios con toda la presteza que me permiten mis agitadas manos. En cada una de ellos, esas cinco palabras se repiten para mi absoluta consternación, lo que me produce una suerte de ahogo que me cierra la garganta impidiéndome respirar. Jadeante, sin resuello, me dejo caer en la silla y cierro los ojos. Aun así, la frase continúa retumbando en mi cabeza como un eco. Trato de dejar la mente en blanco y consigo a duras penas que un hilillo de aire entre de nuevo a mis pulmones. Poco a poco, respiración a respiración, recobro el control de mi cuerpo y el manto turbio que se había apoderado de mi cerebro parece querer evaporarse. Es entonces cuando empiezan a surgir del subconsciente las preguntas, cuestiones que tengo que resolver para desentrañar este misterio con el que acabo de encontrarme. Decidida a lidiar con ello, respiro hondo una última vez y abro los ojos. Los folios a medio alisar siguen encima de la mesa y las mismas palabras destacan sobre el níveo fondo de las hojas. Ahora que ya no estás…
Un sonido tintineante me distrae un instante de mis perplejos pensamientos. Luego, el silbido de Genaro rasga el aire a modo de saludo. ¿Ya vuelve de pasturar? ¿Tan pronto? Al mirar hacia el horizonte percibo que los colores del cielo han cambiado; los límpidos azules han dado paso a los malvas y rosados del atardecer. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Ya es por la tarde? ¿Y cómo es que no me he dado cuenta? ¿Desde cuándo estoy aquí, en esta habitación, desdoblando papeles arrugados? ¿Por qué en cada uno de ellos se repite la misma frase? ¿Por qué no recuerdo haberla escrito? ¿Qué significan esas cinco palabras? ¿Qué motivo las provoca? ¿Quién ya no está…? ¿A quién van dirigidas? ¿Qué me ocurre? ¿Qué le ocurre a mi cabeza? ¿Qué es esta nube que percibo tras mis ojos y que embota mi mente? ¿Qué me sucede? ¿Quién ya no está…? ¿Quién ya no está…? ¿Quién…?
Un repentino golpe de viento hace chocar los postigos de la ventana contra la pared y me enreda el cabello. Contemplo cómo el crepúsculo ya tiñe de azules el cielo. El viento ha traído con él la pronta oscuridad de la noche, pero también ha disipado los nubarrones que envolvían mi mente. Ahora que ya no estás… mi amor, mi amigo, mi querido esposo, mi vida… te echo de menos. Te fuiste hace un año, me dejaste con ese desamparo del que ya no se vuelve, con ese dolor sordo en el corazón que ya no sana, y tu ausencia trajo con ella el quebranto de mi razón, la amnesia como escudo contra la tristeza, el desahucio de mis sentidos para evitar el recuerdo…
Ahora que ya no estás… solo me quedan las palabras vertidas en el papel que afloran de mi inconsciente para luchar con denuedo contra mis ansias de olvido, solo ellas postergan con entereza mi cobardía, y son las garantes de que tu recuerdo siempre permanecerá grabado en mi alma. Y sé que no debo relegar tu estampa al fondo de mi memoria.
Por ello te prometo, ahora que ya no estás, que aunque esta maldita enfermedad intente trabar en mi mente la imagen de lo que fuimos, cada día, sentada en este mismo lugar, tu recuerdo perdurará a través de estas cinco palabras hasta que mi mundo acabe.