doble discurso
La familia de Lola era de las más ortodoxas, católicas e insoportables que vivían en el pequeño pueblo de Raco. Impecables por donde se los mire, tenían un comportamiento intachable a los ojos de la sociedad. No faltaban a misa ningún domingo. Su madre pertenecía a una fundación para niños sin recursos donde cada fin de semana se reunían a coser prendas que la gente donaba para los menos favorecidos. Cocinaban panes y tortas para repartir en la merienda y llevaba juegos acordes a las edades de los niños de cada sala para enseñarles a jugar y despertar el interés por otras cosas. Su hermana mayor, ya casada, seguía el ejemplo de su madre y la acompañaba cada sábado religiosamente siempre con ideas nuevas para compartir. Educaba de igual modo a sus dos hijos, devotos del señor, la virgen y de los más pobres.
Su padre, trabajador incansable, atento y amable con todos, era muy querido en el pueblo. Siempre estaba dispuesto a tender una mano al que lo necesitara. Realmente los Morales eran un ejemplo de familia, con códigos de moral dignos de imitar.
Hacía poco menos de un año había decidido inmiscuirse en el terreno de la política porque le parecía una aberración que hicieran legal el aborto.
—Nada más repugnante que matar una vida inocente que aún no vio la luz —decía a los cuatro vientos, sumando adeptos y seguidores por todas las redes sociales donde había creado perfiles impecables en marketing.
Tenía toda la iglesia a su favor y con ellos, a la clase política más fuerte. En pro de la vida y las oportunidades a los más débiles.
Una mañana, estaban sentados alrededor de la mesa de mármol blanco: Lola, su madre Carmen que leía un libro y Pablo, su padre que no dejaba el celular un segundo, revisando siempre el crecimiento de sus cuentas en las redes a la espera que Milagros, la mucama, les sirviera el nutritivo desayuno. Lola los miraba tan inmersos y ocupados que ninguno se había percatado los nervios que tenía.
—¿Podemos hablar un momento? —interrumpió temerosa.
—Sí, querida, te escuchamos —respondió Pablo sin levantar la mirada de la pantalla.
—Por supuesto —respondió enseguida Carmen que tampoco desvió sus ojos de las páginas de su libro.
Lola hizo un silencio prolongado, a la espera de una mejor atención. Llegó Milagros con la leche en una jarra de porcelana y sirvió un poco en cada taza. Luego la completó con café y se retiró a la cocina. Milagros estaba al tanto de todo lo que Lola necesitaba decirles a sus padres. Era la única que tenía tiempo para conversar con ella.
Tras unos minutos, suspiró y dijo en voz alta:
—Estoy embarazada.
Un meteorito cayó repentinamente en aquella apacible mesa. Pablo levantó los ojos de la pantalla, con el ceño fruncido y las mejillas rojas de ira, pegó un puñetazo en la mesa y respondió:
—¿Cómo que estás embarazada? ¡Ni siquiera tienes novio! —Y dirigiéndose furioso hacia ella le dio vuelta la cara de una cachetada que sonó hasta la cocina, e hizo que Milagros se llevara las manos a la cabeza para tapar sus oídos.
Carmen cerró su libro sin señalar la página donde había quedado y se quedó tiesa, rígida, mirando a su hija.
—Eres mi mayor desilusión. Justo ahora que la carrera de tu padre está creciendo, a ti se te ocurre embarazarte de… ¿de quién?
—¡Eso no importa ahora, tiene que sacárselo!
—¡Pero están en contra del aborto! —replicó Lola desconcertada.
—¡Nadie tiene que enterarse de que mi hija decidió deshonrar a la familia de tal forma que ni siquiera sabe con quién abrió las piernas!
—¡No voy a sacarme este bebé! Además, no decidí abrir las piernas con cualquiera, el padre es el amor de mi vida, el mismo que jamás quisiste aceptar.
—¿Te acostaste con el negro de mierda y drogadicto con el que te vi aquella vez en la plaza? —inquirió Carmen.
—El negro de mierda ese, es mejor persona que ustedes, que luego de venir de sus vueltas por los barrios pobres y besar a tanta gente necesitada, le piden a Milagros que les prepare la bañera con unas gotas de lavandina para sacarse los microbios de los negros olorosos.
—¡Me importa una mierda lo que quieras! —gritó Pablo—. Con diecisiete años aún estás bajo mis órdenes y no voy a permitir que mi carrera muera antes de empezar por tus desviaciones y caprichos. Te sacas eso que tienes ahí y nadie tiene que saber nada. ¡Milagros!
—Sí, señor —respondió al instante la mucama que no estaba lejos, escuchando tras la puerta.
—Te voy a pagar un sueldo completo si guardas este secreto. ¿Queda claro?
—No se preocupe señor, de mi boca no saldrá nada.
—Te conviene que así sea. Vas a ir a la farmacia por una pastilla abortiva o algo que haga desprender esa cosa que tiene esta adentro.
—Pero… —dudó Milagros.
—¡Pero nada! Ni siquiera te atrevas a contradecir una sola palabra de la que escuches a partir de ahora. ¿Entendiste? Recuerda que conozco tu casa y a toda tu familia y no querrás que nada les pase, ¿verdad?
—No, señor —dijo bajando la mirada de los ojos de Lola.
—Bien, me gusta que nos entendamos. Seguro en tu barrio conocen a los que hacen abortos clandestinos. Ve por uno de ellos y averigua cuándo podemos llevarla. Quiero tener controlado todo por si las pastillas no hacen efecto. —Giró para mirar a su hija y déspotamente dijo: — Asco es lo único que puedo sentir en este momento. El solo hecho de imaginarte con ese negro entre las piernas me revuelve el estómago.
—No le hables así, Pablo, es nuestra niña. Recuerda que debemos ser solidarios con los desamparados.
—A las putas se les habla como putas. Y no está desamparada. Justamente estamos dándole la contención necesaria para que nadie la burle allá afuera. Y no vuelvas a repetir eso porque esta, ya no es mi niña.
Pablo se retiró sin haber desayunado. Carmen se quedó mirándola un rato más y luego dijo:
—¿Por qué nos hiciste esto? Jamás pensaste en tu familia, somos lo único que tienes.
—Por suerte lo único que tengo es Gabi, ustedes hace tiempo que se olvidaron que existo. Tienen ojos para Lara y sus hijos. Y no voy a sacarme este bebé. Que les quede bien claro.
—¿Estás… amenazándonos?
Sin responder se fue hacia su habitación. Había olvidado el celular encima de la mesa, entre tanto desconcierto por la reacción de sus padres. Sigilosamente su madre subió, tocó la puerta y Lola la dejó entrar.
—Me gustaría que nunca hubiera pasado nada de esto. Créeme, lo hago por tu bien —dijo Carmen y quitó la llave de la puerta de la habitación y cerrando rápidamente, la encerró.
—¡Abre la puerta, mamá! ¡Mamá! ¡No puedes dejarme aquí, por favor abre!! ¡Mili! —gritaba desesperada pretendiendo que Milagros acudiera a su llamado. Pero Milagros estaba amenazada. Y tenía amenazada a su familia en caso de desobedecer al señor de la casa.
Un par de horas después, cuando llegó el momento de almorzar, Carmen le dijo a Milagros que preparara una bandeja para llevarle a Lola al cuarto.
Al entrar, vio que su hija dormitaba en la cama.
—Te traje el almuerzo —dijo amablemente.
—No quiero comer nada —respondió entre dientes.
—Ten, toma esta pastilla, va a lograr que se desprenda solo.
—¿De qué me hablas, mamá? ¡Ni siquiera me preguntaste de cuantos meses estoy! Se levantó la camisola ancha que llevaba puesta y mostró su vientre fajado. Al desajustarlo se dio cuenta de que el embarazo de su hija estaba avanzado, 5 meses tal vez. La pastilla no sería efectiva.
—No puedo creer que lleves tanto tiempo escondiendo esta atrocidad.
—Esa es la importancia que me das. Cinco meses de embarazo y nunca te diste cuenta de mis descomposturas o de mis cambios de rutina.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —se preguntó ignorando las palabras de su hija—. Tu padre se enojará mucho más.
Lola no respondió.
Carmen salió de la habitación y cerró nuevamente con llaves.
Cuando llegó Pablo, Carmen lo recibió con la sorpresa que la pastilla no haría efecto en un embarazo tan avanzado. Golpeó con furia contra la pared logrando que un cuadro se cayera sobre un dressoire de bronce estilo francés y tirara un portarretrato familiar que quedó en mil pedazos contra el suelo. Subió las escaleras dando trancos pesados y al querer abrir la puerta, se dio con que tenía llaves. Sin escuchar a su esposa que venía detrás diciéndole que esperara, que ella tenía las llaves, comenzó a dar patadas contra la puerta, una tras otra hasta que logró romperla. Entró envenenado de furia y ciego de ira comenzó a dar puñetazos contra el vientre de su hija mientras le gritaba:
—¡Puta! ¡Puta! ¡Eres lo peor que me pasó en la vida! ¡Vas a sacar esa cosa ahora o te la sacaré yo!
En ese momento Lola cayó desmayada. Carmen y Milagros, paradas detrás de la bestia, no reaccionaron hasta verla caer.
—¡Ve a traer alguien que le saque esa basura que lleva dentro! —le gritó a Milagros totalmente fuera de sí.
Milagros salió de la casa llorando. No tenía en claro si lo que le ordenaba el señor Morales era lo que quería hacer, pero recordó las amenazas y se dirigió a la casa de su madre, a pedirle un consejo. Quería y necesitaba ayudar a Lola.
En la casa todo era un infierno. Cuando Lola recobró la conciencia, estaba acostada en el suelo, sangrando entre las piernas y su madre sentada en la cama mirándola con desprecio.
—Realmente no entiendo por qué nos hiciste esto.
En ese momento Lola comenzó a sentir unas punzadas agudas en el bajo vientre que hacían que se doblara de dolor y se revolcara en su propia sangre. Extendió su mano buscando la mano de ayuda de su madre, quien la miró con una sonrisa sarcástica y solo dijo:
—Te está apuñalando el demonio. Ese es tu pago por haberte embarazado antes de casarte. —Fríamente se paró ignorando el pedido de auxilio de su hija y se quedó mirando impasible hacia la ventana, mientras Lola se retorcía de dolor.
—¡Basta de gritar! No soporto escucharte gemir, me das asco, eso es lo que siento. ¡Asco! —dijo Pablo reiterando el maltrato y dando un par de patadas más al vientre de su hija.
En medio de un grito agudo y desgarrante, Lola logró parir a su bebé. Pudo ver sus manos y pies tan pequeños que aún no tenían formados los dedos, sus ojitos estaban cerrados, pero parecía querer vivir y en esos segundos de encuentro, la realidad la golpeó de nuevo. La mano de su padre cortaba con una tijera el cordón y pateando con furia la pequeña cabeza del bebé, logró que dejara de moverse.
Lola lloraba a gritos, tendida en un baño de sangre mientras intentaba alcanzar el cuerpito de su hijo para salvarlo de las manos del demonio.
—Trae una bolsa, hay que enterrarlo como Dios manda —dijo Pablo a Carmen que obedecía al pie de la letra las palabras de su esposo. Lola parecía ser invisible. Ninguno la miraba ni la ayudaba siquiera a incorporarse. Estaba vencida por el dolor y apenas tenía fuerzas para arrastrarse al lado de su bebé. Llegó a rozar su cabecita antes de que su madre lo metiera dentro de una bolsa de plástico negra, las que se utilizan para la basura. Salieron de la habitación.
En el patio trasero de la casa, Pablo hizo un pozo profundo al lado de una pequeña gruta de piedras donde posaba, luminosa, una imagen de la Virgen María. Carmen arrojó la bolsa, como si fuera un trasto. Antes de que cayera la primera palada de tierra, Pablo vio que la bolsa se movía apenas. Arrojó la tierra y arremetió con un golpe seco. La bolsa no se movió más. Terminaron de cerrar el pozo, encendieron una vela a la Virgen y entraron a la casa.
Carmen se dirigió a la habitación de su hija:
—Ve al baño, necesitas una ducha. Ya viene Milagros a limpiar todo, no te preocupes. Y espero que no te quejes, al menos tienes un lugar donde llevarle flores.