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veca grace

el sótano

Al principio, mudarnos al apartamento 28 de la New Avenue me había parecido una gran idea. Era luminoso, un alquiler más que aceptable para una madre soltera como yo y un buen sitio para mi hija de diez años, Maggie.
Ese mismo lunes guardamos en cajas nuestras pocas pertenencias, cogimos los colchones, metimos todo en el coche, y nos marchamos, decididas a mejorar nuestra situación. Cuando pisé por primera vez el umbral de la puerta, una sensación de desazón y fatalidad me puso los pelos de punta, pero no le di mayor importancia. Tenía cierta sensibilidad ante las energías, y ese lugar tenía sin duda un aura negativa que nosotras ahuyentaríamos con nuestra alegría y positividad.
Por la tarde estuve limpiando y aireando la casa para que toda esa vibra impregnada desapareciese. El lugar parecía haber estado vacío durante mucho tiempo. Solo había visto el apartamento en fotos, y la verdad es que la suciedad era en lo que menos me había fijado; además, tampoco es que se apreciase bien en las imágenes. El día anterior, el de la inmobiliaria había quedado conmigo en la oficina para entregarme las llaves. No sabía quién había vivido allí antes y, cuando le pregunté, el agente pareció hacerse un poco el tonto.
Por suerte, había algunos muebles y los cuartos tenían camas. Tiramos los colchones raídos y sucios a la basura. El de la habitación principal tenía unas manchas de gran tamaño que no supe identificar y que me repugnaron; después, pusimos los nuestros. Maggie se divirtió ayudándome y parecía contenta con su nuevo hogar. Tenía la esperanza de que hubiera más niños con los que pudiese jugar en el barrio.
Cuando me dispuse a limpiar la cocina, pude ver por la ventana a la vecina de enfrente, observando con una mirada recelosa cómo limpiaba los cristales llenos de mugre por el paso del tiempo. Hice un amago de saludarla, pero volvió a meterse dentro. Me sentí como una intrusa, como alguien que había llegado a la casa equivocada.
No había rastro de la lavadora, y aún no había bajado al sótano, así que supuse que estaría allí, ya que en el contrato especificaba que la vivienda se entregaba con muebles y electrodomésticos.
—Maggie, ¿estás en tu habitación? —pregunté en voz alta. La había dejado allí hacía unos minutos, colocando su peluches y muñecas.
—Sí, mami, sigo ordenando —respondió con su voz aguda.
—¡Mamá va a bajar al sótano, no te muevas de ahí! —le advertí de forma cariñosa—. Vuelvo enseguida.
—Vale, mami.
La puerta que conducía al sótano tenía un gran madero apuntalado atravesándola, algo que me resultó un tanto extraño y me produjo escalofríos. Tras forcejear con él, conseguí quitarlo, ¿por qué lo pondrían? Lo tiré al suelo, lo abrí y un hedor repulsivo llegó hasta mí, algo parecido a la lejía mezclado con rancio o podrido, como si algo se hubiese descompuesto allí y después lo hubiesen limpiado.
El olor se volvió insoportable, por lo que me tapé la nariz y la boca con la manga del jersey. Tras tirar de la cuerda que colgaba al lado de la puerta, se encendió la luz; una triste bombilla mugrienta que a duras penas iluminaba el lugar colgaba del techo.
Descendí por las escaleras de madera. Estas crujieron con cada pisada y me detuve en el último escalón. A simple vista no había nada, solo una lavadora en el rincón junto a la caldera y unos plomos al otro lado de la pared. Sobre el electrodoméstico había una pequeña ventana que me apresuré a abrir, ya que estar ahí abajo era insoportable. Al girarme, vi una gruesa cadena oxidada que colgaba de una de las vigas y, bajo las escaleras, lo que parecía el cojín de una hamaca de playa, con manchas de óxido y cubierta de suciedad. Me agaché para verla mejor y escuché las cadenas chocar unas con otras alterando el silencio del sótano. No pude evitar pegar un respingo. Me di la vuelta y vi que se movían, como si alguien las hubiese golpeado. Un aire frío me traspasó y me paralizó en el sitio al ver una sombra pasar veloz por detrás de mí. Por puro instinto, salí corriendo con la sensación de que algo me seguía escaleras arriba.
Cerré la puerta y me dirigí rápidamente a la habitación de mi hija para comprobar que estaba bien. La escuché hablar sola y me detuve antes de llegar.
—Me llamo Maggie, ¿y tú? —preguntó la menuda voz—. Nosotras también vamos a vivir aquí.
—¿Con quién hablas, cariño? —pregunté confundida.
—¡Mamá, la has asustado! —me regañó, cruzándose de brazos.
—¿A quién, Maggie? Estás tú sola en la habitación —comenté turbada.
—Se llama Angy y vive aquí, íbamos a jugar —respondió enfadada.
—Aquí solo estamos nosotras —le dije, agachándome a su lado.
—No, mami, ella también, y me ha dicho que quería ser mi amiga —manifestó convencida.
No supe qué decirle y me di la vuelta en dirección a la cocina. De nuevo, la sensación de que algo negativo habitaba en el apartamento me sobrevino. Entonces recordé a la vecina curiosa y decidí ir a saludarla, y de paso preguntarle quién había vivido aquí antes. Tras advertirle a mi hija que no se moviera de ahí, salí, crucé la calle y llamé a la puerta. Noté cómo me observaba a través de la mirilla al escuchar un ruidito de algo metálico rozar la madera; era reticente a abrirme.
—Sé que está ahí, señora, solo quiero hablar con usted un momento —le aseguré, volviendo a golpear la puerta.
Al cabo de un minuto, me abrió.
—¿Qué quiere? —exigió de mala gana. Era una mujer de unos setenta años con el pelo cardado y una vieja bata de flores.
—He visto cómo me miraba desde la ventana con desconfianza —afirmé—. Usted sabe quién vivió en la casa, ¿verdad? En la inmobiliaria nadie me informó.
—¿Para qué quiere saberlo? —preguntó con recelo.
—Bueno, hay algunas cosas extrañas en el sótano —confesé sin pensarlo, con la esperanza de sonsacarle algo.
—Créame, es mejor que no indague —aseguró.
—Es importante, tengo una niña pequeña y necesito saber si esa casa es un sitio seguro para ella. —Esperaba que la seguridad de Maggie fuese un motivo suficiente para que hablase.
La mujer suspiró y mis motivos parecieron convencerla.
—Pase, hablaremos dentro —comentó, haciéndose a un lado.
Eché un último vistazo al apartamento. No quería dejar a Maggie durante mucho rato sola, pero dudaba que la señora quisiese hablar conmigo en casa; parecía darle miedo. Me hizo pasar hasta un salón situado a la derecha y me invitó a sentarme en el antiguo sofá. La estancia estaba impecable, todo perfectamente ordenado y colocado. El aroma a lavanda impregnaba el ambiente.
—Me llamo Linda —le dije para romper el hielo.
—Marie —respondió, sentándose en el sillón de enfrente.
—Por favor, cuénteme por qué parece darle miedo mi apartamento. —Mi voz denotaba la urgencia e intranquilidad que me recorría. Quería volver cuanto antes.
—Está bien —claudicó—. En ese lugar, hace ya treinta años, torturaron y mataron a una joven. Aún no logro entender cómo fueron capaces. Conocía al matrimonio que vivía allí, eran buenos cristianos, o al menos eso creía.
Mi cara debió adquirir una expresión de espanto, pues Marie se apresuró a sentarse junto a mí en el sofá.
—¿Está bien? ¿Ve cómo era mejor que no supiese nada? —comentó con pesar.
—¿La torturaron en el sótano? —Un temblor me recorrió.
—Sí, mi marido era policía en ese entonces y fue quien encontró su cadáver después de la llamada de una vecina alarmada que escuchó un grito. Ese día, él estaba de guardia. —Hablar de su marido pareció remover todo en su interior y sus ojos se inundaron de lágrimas.
—No sé qué decir… Debió ser un trauma para su marido encontrarse con tal escena —comenté realmente afectada.
—Más bien fue su final… Mike, el vecino, parecía fuera de sí. Aún sujetaba en las manos el hacha con la que había matado a la joven, después de someterla a toda clase de vejaciones, y con la que se abalanzó sobre mi marido. Él disparó, pero fue demasiado tarde: ya le había asestado un mortífero golpe en la cabeza. —Sus lágrimas viajaron sin control por sus mejillas hasta terminar en sus labios.
—Lo siento mucho, Marie —manifesté, abrazándola para intentar consolarla; sin embargo ella se apartó y se dirigió a la ventana, donde su mirada pareció perderse.
—Váyase, por favor —me pidió sin ni siquiera darse la vuelta.
—Lo siento —me volví a disculpar por haber reabierto una herida que aún no había terminado de sanar, y después me marché.
Ahora entendía por qué el agente de la inmobiliaria no me había dado ninguna información de aquel apartamento. Desde luego, si lo hubiese hecho no lo habría alquilado. Era un lugar maldito, un sitio lleno de energía negativa. En cuanto encontrase otro nos iríamos de allí.
Al entrar en casa vi a Maggie sentada en la mesa de la cocina. Miraba aterrada los muebles, y no era para menos. Todas las puertas estaban abiertas, al igual que los cajones.
—¿Has sido tú? —pregunté asustada, aunque en el fondo sabía que no.
—¡No, mamá! Escuché ruido y cuando entré estaba así —manifestó, agarrando con fuerza su muñeco.
«Buba te quiere», dijo de repente el oso de peluche, y Maggie lo lanzó al suelo con la cara desencajada. «¿Quieres jugar?», volvió a hablar.
Lo cogí y le di la vuelta para comprobar lo que ya sabía: no tenía pilas. Siempre las tenía quitadas porque le daba miedo a Maggie.
Las puertas y cajones se cerraron de golpe.
—Tengo miedo —comentó mi hija, alzando sus bracitos para que la cogiera.
—Ven aquí, cariño. No te va a pasar nada, mamá está aquí —le aseguré. Le di un beso en la cabeza.
Sentía escalofríos y la sensación de que había alguien más con nosotras. En ese momento, me pareció ver algo moverse detrás, y al girarme vi una especie de silueta. Una sombra sin forma que emanaba tristeza y dolor.
Decidí salir corriendo de allí, no esperaría a encontrar otra casa. Dejé a Maggie de nuevo en la silla con la promesa de que cogería algunas cosas y nos iríamos. Antes de llegar al recibidor, algo tiró de mí haciéndome caer al suelo, sentí cómo me agarraban el pelo y me arrastraban. Me puse en pie rápidamente y cogí las llaves del coche, el bolso y volví a por la niña. La sombra se encontraba inclinada sobre ella con las garras en sus hombros.
—¡No te atrevas a tocarla, espectro infernal, ella es mía! —le grité.
La figura se movió y desapareció por la puerta que conducía al sótano.
Unas huellas ensangrentadas se dibujaron en el suelo de madera donde antes solo había algunas manchas. Escuché el sonido de algo pesado que se arrastraba escaleras arriba. No esperé a ver de qué se trataba, corrí como nunca antes lo había hecho y abandoné el apartamento. Puse a la niña en el asiento trasero del coche y me dispuse a marcharme. Miré hacia atrás y vi a un hombre ensangrentado sosteniendo un hacha entre sus manos. Ya no era una sombra, podía apreciar su rostro sádico y lleno de furia. Al quitar el tablón y abrir el sótano, había liberado a los espíritus y la maldad impregnada en sus paredes.
Me costó meter la llave en el contacto, me temblaba todo el cuerpo. Por el espejo retrovisor vi que el espíritu enfurecido de Mike cada vez estaba más cerca del coche. Conseguí arrancar y me fui a toda prisa de allí mientras Maggie sollozaba sin parar mirando al asiento vacío de su derecha.
—Tranquila, cariño, ya estamos a salvo —le prometí intentando calmarla y tranquilizarme a mí misma.
Al levantar la vista, observé a través del espejo que mi hija no estaba sola: junto a ella había una joven de unos veinte años con la ropa ensangrentada y la cara llena de cortes y moretones. Sus ojos carentes de vida me miraron y yo me quedé paralizada. Ni siquiera me di cuenta de que me estaba metiendo en el carril contrario y de que un enorme camión venía directo hacia nosotras. Intenté frenar, pero fue demasiado tarde; nos engulló y quedamos incrustadas en la cabina. Maggie murió en el acto y yo agonicé durante unos minutos donde sentí todo mi cuerpo quebrarse.
Lo último que vi fue la sonrisa macabra de Angy. Destrabar aquella puerta había sido como abrir el umbral al mismísimo infierno. Si nadie se quedaba para ayudarla, correrían su misma suerte. Su promesa de venganza se había cumplido una vez más. Nadie la había buscado en todo el tiempo que había estado desaparecida. Rezar había dejado de tener sentido la primera vez que Mike le pegó y la violó colgada de las cadenas. Su mujer tampoco movió un dedo por ayudarla, y Dios se convirtió en un bufón que solo jugó con ella hasta arrebatarla de este mundo.
Seguiría intentando que alguien la salvara; si no, su alma estaría perdida y condenada para siempre. Atrapada en aquel sótano donde cada día revivía una y otra vez su muerte…