maternidad
Hierve el caldo de pollo, el niño entra a la cocina.
—Mamá, tú y yo no somos iguales.
—¿Por qué?
—No somos iguales —repite, mientras se rasca las noblezas y se arrima a la estufa.
Lleva una semana tocándose constantemente. Le pregunto si ocupa ir al baño, si quiere que lo lleve a orinar.
—Te voy a orinar a ti, mamá.
Le pego una bofetada y se me queda viendo, imperturbable. Jalo una silla, me lo siento en el regazo y me alzo el camisón para darle de comer.
* * *
Nació un 13 de febrero a las 7 de la mañana en la Clínica 54 del Seguro Social. Salió sin contratiempos, después de tres horas de contracciones regulares, una sola dosis de oxitocina, y veinte minutos de pujar. Salió feo pero sano. En vez de pelo tenía una felpa enmarañada entre blanca y grisácea; la piel cubierta por una capa grasosa y maloliente del mismo color; los ojos colmados de cuajaringos. Cuando el doctor cortó el cordón me lo pegaron al pecho y enroscó una boquita arrugada alrededor de mi pezón. Felicidades, ya es usted madre, dijo, y salió del quirófano desenrollándose los guantes de látex. El niño se prendió con más fuerza de mi seno y abrió un ojito minúsculo y rencoroso. Nos miramos fijamente de soslayo.
* * *
Durante los ocho meses y medio que lo llevé en el vientre, estuve segura de que nacería mal, con alguna deformidad en la espina, labio leporino, autismo, síndrome de Down, o por lo menos albinismo. Lo cuidaría bien. Lo podría alimentar como a un animalito hasta que engordara tanto que no se pudiera mover de su cama. Que toda la vida me dijera: Mamá, necesito leche, mamá necesito más, mamá te necesito. Lo bañaría en una tina tan caliente que le quemaría un poco, sólo un poco —piel tan tersa—, para luego untarle aceites todas las noches antes de rezarle “Angelito de mi guarda, dulce compañía”.
Pero nació sano. ¿Cómo le va a poner a su hijo? Me preguntó una enfermera mientras me colocaba una bolsa de hielos en la vagina. Niño, le dije. ¿Así nomás? Así nomás.
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Siempre ha sido intransigente. A los pocos minutos de nacer, un enfermero trató de desprendérmelo para hacerle pruebas. El niño se aferró a mi pezón como una sanguijuela y la piel se me rasgó ligeramente. Pero la criatura no soltó. El enfermero tuvo que darle una nalgada para que destrabara la mandíbula y se pusiera a llorar. Abrió la boca pero no lloró. Se quedó mirando al enfermero con la boca abierta. Felicidades —me dijo el enfermero después de las pruebas—, su hijo sacó nueve punto nueve.
Salimos del hospital y tomamos un taxi.
—Vamos a la avenida Cristóbal Colón.
Imaginé versiones de la felicidad: mi hijo y yo dentro de unos años en un parque con juegos infantiles. Yo, delgada y fuerte, con una cabellera rizada y teñida de rubio cherry-blonde. Él, tal vez en silla de ruedas, pidiéndome que lo colocara en uno de los columpios. Yo lo alzaría en brazos y lo depositaría en el columpio. Lo empujaría tan fuerte, tan fuerte…
* * *
En su primer cumpleaños le hice un pastel de merengue. Lloraba tanto mientras le metía las cucharadas a la boca que me hizo llorar. Al verme las lágrimas, se puso a reír. Me molesté con él y lo metí al refrigerador.
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Cuando empezó a ir a la escuela las maestras me recomendaron que lo llevara a natación. Fuimos a la alberca pública de la Villa Olímpica y nos sentamos en una tumbona para que el sol nos calentara un poco la espalda antes de entrar al agua. Una niña muy gorda corría tras una pelota inflable alrededor de la alberca. Iba enfundada en una bata blanca. Cuando se le iba la pelota al agua, le gritaba a su madre para que la recuperara. Ella se metía a la alberca obedientemente y nadaba hacia la pelota. Mientras esperaba a su madre en la orilla, la gordita se metía el cinto de la bata a la boca. El niño y yo contemplábamos la escena, absortos. Ella mordisqueaba y babeaba el cinto, gemía un poco, hasta que la madre regresaba a la orilla y le entregaba la pelota. La rutina se repitió unas diez veces, como cuando se entrena a un perrito, hasta que la madre se cansó. Tras su negativa a levantarse por onceava vez de la tumbona, la niña empezó a llorar. Como la madre la ignoraba, se quitó la bata, deslizó el cinto por entre las presillas y se lo amarró alrededor del cuello, simulando un ahorcamiento. Tiró de los dos extremos del cinto hasta que se puso un poco morada y se arrojó a la alberca. La madre, naturalmente, se lanzó tras de ella y la llenó de besos y arrumacos.
—Mamá —me dijo el niño.
—¿Qué?
—Tú te pareces un poco a esa niña gorda.
—¿Yo por qué?
—Mira cómo le cuelga la barriga y la papada.
* * *
De adolescente le gustaba el arroz chino. A la salida de la secundaria me lo llevaba a los restoranes orientales de la avenida Revolución y le tupíamos. Eran buenos tiempos. Él pedía por mí:
—Tráigale a este elefante unos rollos de primavera bien grasosos.
Él se pedía un arroz al vapor y yo se lo administraba en la boca con los palillos. Me emocionaba tanto que me temblaban un poco las manos. Se burlaba de mí:
—El glutamato te pone maraquera, mamá-marmota.
A veces, me ofendía con él y se me pasaba un poco la mano: le picaba la pared de la faringe con uno de los palitos de madera. Al niño le daban arcadas. Una vez me vomitó todo el arroz en el regazo.
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Siempre sacó buenas calificaciones. Desde su nueve punto nueve cuando nació, de ahí no bajó. Se graduó del bachillerato con honores y de recompensa me lo llevé de viaje a Orlando. En el avión de regreso, los pilotos lo dejaron entrar a la cabina de vuelo. A mí no me dejaron, porque el niño me había obligado a viajar con un trajecito de Minnie Mouse y la azafata alegaba que con esa cabeza de peluche no cabríamos todos.
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El niño quería ser piloto. Pero terminó siendo dependiente en una tienda de ropa femenina.
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Desde que entró a trabajar, tengo prohibido entrar a su cuarto. A veces trae mujeres a la casa. Si toco la puerta sin un motivo, sale, me pellizca la papada y me da un pescozón. Yo le devuelvo una bofetada y él se me queda viendo, estoico, con la boca abierta. Entonces, me tengo que desabrochar la blusa para darle de comer.
Si vienen sus amigos a jugar al dominó, tengo que usar el camisón transparente y los tacones que él me trajo de la tienda de ropa. Hoy en la noche vienen tres amiguitos a jugar con él. Vamos a querer cenar caldo de pollo bien hervido —me dijo en la mañana antes de salir—, aquí te dejo para las compritas.