PARTE I
ABANDONO TU MUNDO
Corté tu llamada y me desplomé en el sillón más cercano. Me habías dejado, por teléfono. No lograba asimilarlo. ¿Cómo dejar diez años de mi vida suspendidos en el silencio que vino después de tu "se acabó, Juan"?
Ya no éramos unos niños que cada dos por tres abandonaban la relación para darnos un respiro. No. Teníamos una casa, teníamos un hijo y un montón de proyectos que habían quedado inconclusos... hacía mucho tiempo. Pero en tres palabras desarmaste el poco mundo que me quedaba. Hablabas en serio. De verdad se acababa y yo intentaba encontrar las respuestas a mis cuestionamientos. ¿Qué hice mal?, fue lo primero que te pregunté. No contestaste. A cambio me entregaste una leve muestra de que tu garganta estaba aguantando un gemido que contenía, además, tus lágrimas.
No es fácil aceptar los fracasos ni tampoco hacer una autocrítica. Y ahí vino la segunda pregunta. ¿Me dejaste de amar? Automáticamente te lancé otra mucho más inquietante: ¿Encontraste a alguien más? Y de solo pensarlo sentí hervir mi sangre. Alguien más... ¿Quién era aquel que me quitaba mi familia?
—¡Basta, Juan!
Gritaste para que terminara el interrogatorio. Pretendías que aceptara así, sin más, tu decisión. Te hice caso, no seguí preguntando, sin embargo me fue imposible aceptar el futuro que ahora me dejabas.
Quería saber qué había sido aquello que quebró lo que teníamos. No puedo decir que era perfecto, pero sí era todo cuanto había elegido. Tú, esa mujer enamorada de la vida que me recordaba cada mañana porqué había que abrir los ojos. Esa mujer que era madre y padre cuando mis ganas se agotaban, cuando en mi lucha por salir adelante no conseguía la victoria.
—Me llevo a Lucas.
Y aquello terminó por destruirme. Mi luz al final del túnel. Mi compañero de aventuras. Mi pequeño rayo de sol. Me lo arrebatabas. No te bastó con alejarte de mí, sino que también me dejabas completamente vacío.
Y otra vez volví a preguntar:
—¿Por qué?
—Debe estar con su madre.
—Por qué me dejas. —Te susurré, intentando conseguir una respuesta sincera. Esperando que el tono de voz me diera la calma perdida.
—Estoy cansada, Juan.
***
Después de visitar a varios psicólogos y someterse a un centenar de terapias, Juan seguía sumido en una depresión que arrastraba lentamente a su pequeña familia. Las crisis, en primera instancia, venían justamente en primavera. Después, cada vez que había cambio de estación. Y últimamente, una vez al mes.
La razón por la cual Denise decidió hacer aquella llamada, fue porque no se atrevía a decírselo en persona. Sabía qué reacción podría tener Juan. Había atentado contra su vida tantas veces, que no soportaba el hecho de que ahora comenzara a dañarla a ella. No permitiría que después fuera a por su hijo. Estaba agotada. Ponía todas sus fuerzas en una relación que no salía a flote. En una relación que había sido perfecta pero que por algún motivo hasta ese día estaba dañada. Lo amaba, pero necesitaba alejarse. Necesitaba desintoxicarse de todo aquello a lo que se venía exponiendo durante tantos años. Lo había apoyado y asegurado que todo saldría bien. Que superarían esa "crisis" que se fue prolongando con el tiempo.
Juan había perdido su trabajo hacía dos años. Se sintió un inútil y se quedó estancado en ese estado. Adquiría trabajos esporádicos, los cuales abandonaba cada vez que aparecía esa maldita depresión que le arrebataba las ganas de levantarse cada mañana. Sus amigos desaparecieron el mismo día en que dejó de invitarlos a casa. La situación económica no estaba para solventar los asados que hacía cada fin de semana. Se sintió solo y sin nadie más que Denise y Lucas, de cinco años.
Pero ahora, cuando estaba seguro que podía intentar salir de ese hoyo en el que se encontraba, ellos, su familia, se iban de su vida. Su mente, acostumbrada a ver fatalidades hasta en lo más mínimo, comenzó a pintar un mundo oscuro. Sin salida. Sin puertas ni ventanas por donde se escaparan rayos de luz.
No es fácil para una persona decidir alejarse del hombre que se supone sería el de su vida. No fue fácil para Denise renunciar en medio de la tormenta. ¿Pero después de tanto luchar y no ver resultados podría quedarse? ¿Para qué? Se cuestionó si de verdad amaba a Juan o si tan solo añoraba lo que él había sido en el pasado. Ese hombre que le pintaba su mundo de colores, ahora no tenía nada para ofrecerle. Actualmente era una persona que se enojaba con facilidad. Con quien discutía a diario porque los ahorros ya no existían. Un hombre que la había abandonado antes de que lo hiciera ella. Porque sí, el que estaba al otro lado de la línea vivía pensando en él y en lo mal que se sentía. Jamás se detuvo a preguntar si ella también estaba sufriendo, en lo difícil que era cargar una mochila llena de responsabilidades. Se sentía ahogada. Se estaba hundiendo junto a él.
***
No creas que no duele decirte adiós, Juan. Duele y mucho. Pero necesito bajarme de tu mundo. Necesito, quizás de forma egoísta, arrancar con mi hijo antes de que el tsunami nos arrastre junto contigo. ¿Has sentido alguna vez que no cabe tanto dolor en tu cuerpo? Así me siento. Así me siento hoy. Me duele hasta la médula dejarte, renunciar a nuestro proyecto, soltar tu mano. Pero uno de los dos debe salir a flote por Lucas. Sí, mi amor. Ahora es él el que necesita todo de mí. Tú ya no me necesitas. Me tuviste todo este tiempo a tu lado. Firme. Y aun así no he podido hacer que sonrías. Ni una sola vez he visto ni escuchado tu risa. Fracasé. En varios sentidos. Primero como tu esposa, al no saber sacarte de ese infierno del que hablas y segundo como persona, al dejarte con todos tus demonios. No quiero hacerlo como madre. No quiero reprocharme más adelante que, por quedarme, también hice que Lucas fuera infeliz. Porque yo no soy feliz, ya no lo soy. Sabes a qué me refiero. Tuvimos conversaciones eternas sobre qué nos hacía felices. Y también otras tantas en las que hablamos de lo infeliz que te sentías con tu vida. De cómo querías dejarte vencer, hasta el punto de ir en busca de la muerte.
Lucas fue creciendo y constantemente me preguntaba el motivo por el cual su padre pasaba días en la clínica. O cuál era la razón para que no te dejáramos ir ni siquiera al baño solo. Fueron días muy negros, Juan. Y sé que quizás con esta decisión desataré otros peores. Pero no tengo fuerzas. Ya no consigo mantenerme en pie a tu lado. No puedo levantarte porque mi cuerpo ya se cansó y mi mente ya decidió que no había nada más que hacer. Ni por ti, ni por nosotros.
¿Qué me queda ofrecerte? Necesitas encontrar tu rumbo. Encontrar los colores que abandonaste en el camino. Por mi parte intentaré encontrar los míos, los que agoté de tanto mostrarte. Quizás te estoy culpando de mi desdicha. Y sí, ya te dije, fracasé como persona.
¡Qué más quisiera yo que todo esto hubiese llegado a buen puerto! Pero hemos estado navegando en círculos, Juan. Por dos largos y agotadores años.
No sé, sinceramente no sé qué será de ti y de mí mañana. No sé si esto sea un respiro o un punto final, solo sé que necesito distancia. Necesito dejarte porque o sino terminaré perdiéndome por completo.
Se acabó, Juan.
PARTE II
PARA CREAR EL NUESTRO
Escuché el ruido típico que hace una puerta al cerrarse. Y me sentí atrapado en mi desdicha y soledad.
Los primeros días dejé de contestar el teléfono. Fue por esa razón que Amelia, madre de Denise, me visitó. Estaba preocupada. Sin embargo, esa vez no hizo preguntas, ni siquiera consultó si me encontraba bien. Esperó a que abriera la puerta, me miró con cariño y luego de un abrazo me dijo que volvería para que tomásemos un café.
El primer café fue en completo silencio, salvo el ruido de nuestras cucharas girando en la taza. Otro día, su visita fue más larga. Hablamos de Lucas, a quien no veía hacía una semana, desde que se había ido con Denise. Yo no quise verlo antes. No estaba preparado. De solo hablar de él no podía contener el nudo en la garganta que mantenía desde aquella mañana en la que con su manito me tiró un beso. Uno que cada noche recuerdo al cerrar los ojos.
—¿Y ella cómo está? —Me atreví a decir sin mirarla a los ojos.
—Eso ya lo sabes, hijo.
La verdad es que yo no sabía nada. La separación también provocó en ella algún grado de desánimo. No estaba comiendo bien y llegué a una conclusión: al final había salido todo mal. Si antes éramos infelices bajo un mismo techo, ahora la única diferencia era que vivíamos separados pero con el mismo dolor asfixiante de siempre.
Y tomé una decisión. La primera en mucho tiempo. Decidí que si mi sonrisa había muerto, no permitiría que muriera la suya. Ni mucho menos la de Lucas.
Una adrenalina impulsó cada uno de los pasos que di para reconquistarla, hasta el punto de olvidar porqué había estado sumido en una depresión. Y, buscando su felicidad, sin querer, encontré la mía.
***
Primera cita.
09:00 am
Ese lunes estaba nervioso. Habían pasado tres semanas de la separación y por primera vez en mucho tiempo, iría a dejar a su hijo al jardín de infantes. Tocó el timbre de la casa de su suegra y esperó impaciente.
—¡Papi! —exclamó Lucas mientras corría con su mochila a rastras.
Juan lo tomó entre sus brazos, besó y acarició.
Tras Lucas, venía Denise. Quien de reojo lo miraba. Notó que las ropas que llevaba Juan probablemente eran nuevas. Estaba afeitado y peinado, cosa que no hacía muy a menudo mientras estaban juntos. Le sorprendió verlo tan bien cuando a ella le costaba recuperarse de su decisión.
—Yo iré por él a la salida —le informó a Juan mientras acariciaba el cabello de su hijo. —Pórtate bien, mi vida.
Caminó por las calles de su ciudad disfrutando más que nunca a su niño. Lo besaba y acariciaba mientras corrían para llegar a tiempo.
—Papi… Me gusta que vengas a dejarme —le dijo Lucas una vez que lo sentó en su silla. Juan le dio un beso en la frente, se acuclilló junto a él y mientras le acariciaba la mejilla, le sonrió.
—Y a mí me gusta pasar tiempo contigo, hijo.
El pequeño se lanzó a sus brazos y Juan hundió su nariz en el cuello del niño, ese que desprendía el olor de la calma y la esperanza.
Juan se fue a su casa y decidió que iría a buscar a Lucas a la salida pero para encontrarse con ella. Tenía tanto que decirle y no encontraba por dónde empezar.
Llegó puntual, como nunca. La divisó desde lejos, ya que permanecía escondido tras un árbol. Denise iba cabizbaja, con sus brazos cruzados y la vista perdida. Deseó correr y abrazarla, pero no logró dar ni un solo paso. Un grito la hizo reaccionar: Era su hijo que la llamaba a la vez que le abrazaba las piernas. Ella quedó a su altura y le dedicó una mueca que no alcanzó a ser sonrisa. Le acomodó las ropas y después le tomó la mano para volver a casa.
Denise estaba aturdida. Ver en la mañana a Juan, tan bien, le llamó la atención. Ella, sin embargo, no podía ponerse en pie desde que habían tomado caminos separados.
—¿Cómo te portaste con tu papá? —preguntó con intención de saber algo de él.
—Bien, se portó muy bien.
Juan había respondido a sus espaldas. Ella giró inmediatamente y lo vio sosteniendo tres helados repartidos en sus dos manos. Denise sonrió. No pudo evitar el recuerdo de aquella imagen. Antes, muchos años antes, él la iba a buscar al trabajo con helados en verano y con cafés en invierno. Un pequeño suspiro se le escapó y sonrió bajando la vista.
—¡Papá! —exclamó Lucas mientras daba saltitos para alcanzar un helado.
—Toma, campeón. —Le entregó lo que reclamaba y luego hizo lo mismo con Denise. —Sigue siendo el de piña, ¿verdad?
Ella asintió y lo recibió sin entender mucho a qué se debía este cambio. Ni mucho menos podía creer que él recordara su sabor preferido. Durante tanto tiempo todo se reducía a él que ella había quedado en último plano. Pues para Juan, eso ya no sería así. Nunca más.
Esa tarde hablaron muy poco de ellos, más bien se dedicaron completamente a jugar con Lucas. Sin embargo, eso no impidió que un par de veces sus miradas se cruzaran; y que en aquel cruce, el mundo y el tiempo quedaran suspendidos, detenidos.
Una semana después…
Segunda cita
18:00 hrs.
A esa hora, el tráfico aún era expedito. Juan, se había atrevido a ir hasta el garaje que tenía en casa de su padre y sacar el auto que hacía unos años le había prometido a Denise que arreglaría. Sí, lo había arreglado y ahora conducía hasta el café en el que la había citado.
Estacionó y se tomó unos minutos para calmar su respiración. Durante la semana habían hablado muy poquito. Él se había animado a llamarla por las mañanas y ella volvía a demostrar los nervios que sentía cuando eran jóvenes y recién comenzaban a salir.
Bajó del auto y al entrar, la vio mirando por la ventana. Se acercó, ella lo miró y le sonrió.
—Hola…
—Hola…
Se hizo un silencio prolongado, pero que ella, con un murmullo, quebró.
—Veo que arreglaste el auto.
—Sí. Quedó bastante bien. —No se sentó. Esperó a que ella se lo permitiera. Como Denise no dijo nada, entonces él preguntó —¿Puedo?
—¡Claro! —Asintió con la cabeza y se removió inquieta.
—¿Cómo está Lucas?
—Bien, lo acabo de dejar en casa de mi madre…
—Eso quería hablar contigo.
—Tú me dirás.
La conversación era bastante cortante. Frenada por los nervios y la incertidumbre.
***
—Denise, yo… —No sé cómo se lo tomará. Muevo mis manos de forma desesperada y empiezo a toser. ¡No, la tos ahora no!
—Estás nervioso… —asegura con cariño. Sabe que cuando algo me inquieta, mi tos aparece. Tantos años juntos que conoce todo de mí.
—No… Sí… —respondo y ella alza las cejas, de forma divertida por mi atoramiento de palabras. —Quiero que vuelvas a casa.
Ahora abre sus ojos de par en par y asume una postura mucho más rígida.
—No… A ver… Juan, nosotros…
—No me malinterpretes. No conmigo, no aún. Quiero que vuelvas a tu casa y yo… yo me iré a algún departamento.
Denise me mira en silencio, dedicándome, sin querer, una mirada asustada.
—Allí Lucas tiene sus cosas, su espacio. —Me atrevo a tomar una de sus manos. —Por favor.
—No sé qué estás intentando hacer…
—Quiero tu bien, Denise. El tuyo y el de Lucas.
—¿Y tú? ¿Tú estás bien?
—Bastante bien… Voy a ser sincero, quiero recuperar a mi familia. —Lanzo las cartas sobre la mesa y apuesto a todo. —Sé que no será fácil, ni será rápido… Voy a demostrarles que me puedo levantar. Sí, abandonaste mi mundo… pero yo creo que merecemos crear el nuestro.
***
Denise tragó el nudo en su garganta mientras que las lágrimas comenzaban a recorrer sus mejillas. Juan, a pesar de que ella lo había abandonado, la buscaba.
—Pero yo te abandoné… —susurró.
—Pero me amas y te amo. Es extraño, pero cuando te fuiste, solo quise recuperarte, porque también fui yo quien te dejó. Y la tristeza en la que estaba sumido, la reemplacé por la necesidad de encontrarte otra vez. De recuperarnos… intentarlo.
Cuando terminó la cita, él la llevó a la casa de su madre en el auto que había reparado. La acompañó hasta la puerta y cubriendo sus mejillas entre sus manos, le aseguró mirándola a los ojos:
—Lo solucionaremos. Juntos. Como lo hicimos en el pasado, y como debió ser siempre. No debiste cargar con tanto... Luchaste por mí y te dejé sola intentando encontrar lo que yo no me animaba a buscar. Hoy no. Ya no. Vamos a intentarlo.
Intentarlo… Sonaba a oportunidad. ¿Se darían aquella oportunidad? Pondrían dos puntos al lado de aquel que parecía punto final y así, convertirlo en suspensivos. En un… ¿Qué sucederá con nosotros?
Lo descubrirían día a día, paso a paso. Y así, fueron creando un mundo para los dos. Uno nuevo, sin olvidar el pasado, disfrutando el presente y apostando al futuro.