Es ridículo que lo sigas negando.
Desde que tu amiga te ha pedido que la acompañes de nuevo a este lugar, tienes el pulso acelerado y ese inquieto hormigueo en la boca del estómago que solo él ha conseguido despertar. Sabes que te tienta y te asusta, y que te quema la molesta comezón que prende en tu interior desde aquel primer encuentro.
Han pasado ocho meses desde que Irina te hizo aquel insólito regalo. Aquella fría noche de diciembre acudiste a ese apartamento, confusa e ilusionada, hasta que te explicó en qué consistía su maravillosa sorpresa.
Era broma, ¿no?
―No lo hagas, Denisse ―te pidió aquella vez, sentadas sobre la misma cheslong carmesí de cuero italiano en la que ahora mismo esperas con el corazón desbocado.
Tú la miraste, escandalizada, y pensaste que se había vuelto loca. Pasaste a su lado dispuesta a marcharte, pero te retuvo con suavidad, asegurándote que no te ibas a arrepentir, como si eso fuera suficiente justificación para hacerte cambiar de idea.
―No le debes nada al machista egoísta de tu ex ―gritó exasperada―. ¿Has olvidado ya lo que te ha hecho? Es un mentiroso manipulador que no te merece.
Y tenía razón.
Tu novio te había sido infiel antes de la boda y no dudaste en romper el compromiso en cuanto lo descubriste por casualidad. Tuvo el descaro de negarlo y, además, intentó disfrazar la verdad para hacerte creer que todo había sido un engaño de tu amiga.
―Denisse ―Irina acarició tu mejilla con cariño y señaló hacia la habitación con complicidad―, por una vez piensa en ti y disfrútalo, concédete unos minutos y después decides.
―¿Un gigoló, Irina? ―preguntaste, indignada.
¿En qué demonios estaba pensando?
―Él es especial.
Su enigmática respuesta te intrigó, y durante un segundo barajaste la idea de aceptar semejante disparate, instante que Irina aprovechó para insistir.
―Cielo, Axel solo quiere complacerte y no hará nada que no quieras hacer. Te lo prometo.
Cada vez que rememoras esa noche no puedes evitar el efecto que todavía te provoca el roce de sus manos… Y su nombre, tal y como sucedió esa primera vez, sigue evocando en tu mente una imagen de pecaminosa sensualidad que te acelera el corazón.
No obstante, durante aquellos tensos minutos solo podías pensar en las consecuencias que podría traerte esa estúpida locura. Era excitante y prohibida… sí, pero también una gran insensatez a la que no lograste resistirte; una invitación demasiado tentadora. Y, con las pulsaciones a mil acallando las mudas protestas, te adentraste en aquel cuarto, decidida a satisfacer el lujurioso anhelo que las palabras de Irina había azuzado en tu interior.
Nada más traspasar la puerta te envolvió el oscuro magnetismo que llenaba la habitación. Se hallaba bajo un halo exquisito, cargado de misteriosa provocación y de cruda sensualidad. Las velas repartidas por el dormitorio embriagaban con su denso aroma a canela, bañando tu figura con una luz sutil y delicada. Mientras, el hipnótico balanceo de las llamas danzaban en las paredes al ritmo sosegado de Give me love, adentrándote en un mundo de promesas donde todas tus pasiones serían satisfechas.
Axel apresó tus caderas desde atrás y tu cuerpo se tensó, sacudido por una llamativa vibración cuando te rodeó su fragancia varonil; una mezcla única a cuero y especias picantes.
―Te estaba esperando. ―Su voz, un susurro ronco que resbaló por la delicada curva de tu cuello, te secó la garganta―. ¿Whisky?
―Sí, por favor.
En cuanto te soltó, te rendiste al impulso de mirar por encima del hombro y lo que más te impactó fue su altura imponente, que empequeñecía el rincón de la habitación donde servía las copas. Estaba desnudo de cintura para arriba y parecía desenvolverse con comodidad, presumiendo de una espalda ancha cuyos músculos se tensaban con el movimiento de sus fuertes brazos. Un vaquero oscuro colgaba peligrosamente de sus caderas estrechas y se ajustaba con insolente perfección a un trasero de aspecto duro y muy apetecible.
No puedes evitar suspirar, incapaz de reprimir el recuerdo impagable de ese adonis disfrazado de delicioso manjar, una instantánea mental que te excita y te desarma por igual, y pone a prueba tu capacidad de contención.
¿Por qué no te vas?, te preguntas una y otra vez.
Y culpas al obsceno apetito que ese hombre te despierta, una voracidad capaz de anular tu voluntad y de hacerte regresar al instante en que Axel se giró y te pilló contemplándolo con cara embobada.
En ese momento, cogiste el delicado vaso de cristal que te ofrecía con la vista puesta en sus manos grandes, de dedos largos y cuidados, demasiado avergonzada como para enfrentarle directamente. Él se apoyó en una de las paredes, disfrutando de tu sonrojo, y te observó. Tú temblaste, cohibida por el peso de su mirada, y te tomaste unos segundos para calmarte, girando el contenido de la copa antes de llevarla a tus labios. El delicioso escocés era exquisito y se deslizó por tu lengua dejando un ligero sabor a madera de roble. Un licor para saborear, pero los nervios no te permitieron degustarlo y te acabaste la copa de un solo trago.
Axel se acercó en silencio, rozó adrede tu mano al retirar la copa vacía y tú contuviese el aliento, subyugada por la belleza de ese rostro perfecto que se había mantenido oculto entre las sombras del dormitorio.
Tenía la mandíbula cuadrada y cubierta por una fina barba que encerraba unos labios sensuales, golosos hasta el punto de codiciar un beso suyo. Sus ojos grises, traviesos y peligrosos, cortaban la respiración. Y el cabello oscuro y peinado hacia atrás te provocó un cosquilleo en la punta de los dedos, ávidos de ser enterrados entre las sedosas mechas que le rozaban la nuca. Todo en él irradiaba sensualidad, y era muy, muy varonil.
Desde su posición de altura, su mirada descendió con descaro por el generoso escote de tu blusa blanca. Tú tragaste con dificultad y él sonrió, mientras sus dedos resbalaban por el nacimiento de tus senos y subían indolentes por tu garganta. Suspiraste entrecerrando los párpados y ahogaste un gemido cuando la yema del pulgar perfiló tus carnosos labios con fingida pereza. La punta de tu lengua siguió su incendiaria huella, inconsciente de los estragos que ese inocente gesto producía en su entrepierna, una violenta sacudida que avivó a la bestia hambrienta que habitaba en su interior. No tenías ni idea del esfuerzo que suponía para él no sucumbir al deseo de devorarte en ese mismo instante; la voluntad que ejercía sobre sus impulsos naturales a fin de no tomarte entre sus brazos y mostrarte qué era en realidad.
―Exquisita ―exhaló, tan cerca de tu boca que su aliento se mezcló con el tuyo.
Se situó detrás y aspiró el aroma íntimo y femenino que emanaba de ti, concentrado en contener su instinto depredador. Una vez calmado, rozó la elegante línea de tu cuello y deshizo el sobrio recogido que te da ese aspecto profesional que tanto buscas. Dejó que el cabello te cayera suelto, desenredó con los dedos las hebras de terciopelo negro y las colocó sobre tu hombro para besarte la nuca; un beso dulce y muy húmedo que te provocó un insólito calambre que reverberó por todo tu cuerpo.
Te apartaste, sorprendida y aterrada por las sensaciones que lograba desatarte un completo desconocido, pero sus manos se aferraron a tu talle y te mantuvo pegada a él. Sin darte tregua, te sacó la blusa de la falda con extraordinaria habilidad, y ronroneó:
―Pídeme que pare y lo haré.
La tibieza de su aliento te acarició la mejilla y una protesta ahogada escapó de tu garganta. Su oscura seducción te retuvo allí, con la espalda pegada al calor de su torso desnudo, atrapada por la persuasión de sus palabras. Tú ya no podías parar esa maravillosa picazón que se deslizaba por tu vientre, contraído con punzante y dolorosa impaciencia, perdida ya en el susurro de sus caricias. Tomando tu silencio como una invitación a continuar, abrió los botones con deliberada lentitud y sus manos treparon despacio por tus costillas, alargando el momento de cubrirte los pechos doloridos por el martirizante roce del elegante encaje de tu sujetador. Sus dedos hurgaron dentro y alcanzaron los pezones hinchados. Los mimó primero, un toque tierno y gentil, después los pellizcó y un gemido incontrolado y de sorpresa brotó de lo más profundo de tu garganta.
―¿Es la primera vez que te pellizcan los pezones? ―te preguntó, sin dejar de acariciarlos, consiguiendo que tus mejillas se tiñeran de un rojo imposible.
―Sí ―confesaste entre jadeos. El inesperado pellizco había dejado un gustillo delicioso entre tus piernas.
Te giró entre sus brazos y el ávido deseo de su mirada encendió una inesperada chispa de osadía en ti. Acariciaste su firme mandíbula y sus dientes atraparon tus dedos, lamiéndolos sin dejar de mirarte. Le deseabas, necesitabas probar el sabor de esa lengua juguetona, y buscaste su boca con desesperación. Su lengua se enredó con la tuya hasta que jadeaste sin aire, sus dientes mordisquearon tus labios hasta que estuvieron rojos e hinchados, y después los besó con lentitud, calmando el ardor y enviando oleadas ardientes a tu sexo contraído ya con insaciable exigencia. Te llevó hasta la cama y te tumbó con cuidado. Descendió por la delicada línea de tu barbilla, dejando un reguero de pequeños besos apasionados que te hicieron arquear la espalda. Su lengua saboreó de nuevo las cimas de tus pezones, hasta que ambas lucieron rojas como fresones maduros, y arrancó gemidos de tus labios cuando sopló sobre las puntas erectas.
―Eres deliciosa.
Sus palabras propagaron por tu sexo un indecente temblor que mojó tu ropa íntima. La tensión de su dura erección latió contra tu cadera, obligándote a rendirte a la inminente promesa de placer que palpitaba con rabiosa necesidad bajo sus pantalones. Y, por primera vez en tus treinta años de vida, te permitiste pensar en ti y te obligaste a disfrutar de esa experiencia que prometía ser única e irrepetible.
Sus manos reptaron por tus piernas, un lento recorrido que arrastró con ellas los bajos de tu falda. Te acarició las rodillas y las separó con delicadeza, buscando el interior de tus muslos y dejando con sus caricias una estela incendiaria. Sus dedos fueron reemplazados por su boca y dejó un rastro húmedo que brilló, realzado por la pátina de sudor que cubría tu piel caliente, al tenue resplandor de las velas. Sus dientes mordisquearon la cara interna de tus muslos, la enrojeció y la irritó, para lamerla y calmarla después con lentas pasadas de su lengua; una dulce tortura que despertó tu lado más lujurioso.
―¿Qué necesitas, Denisse? ―te preguntó de pronto.
―No entiendo…
―¿Qué quieres de mí? ―insistió.
«Sexo», pensaste, ¿no estabas allí para eso?
Pero tú sabías que no. Estabas allí porque solo él había conseguido activar en ti un primitivo deseo carnal y una desbordante necesidad de sexo como jamás habías sentido antes. Sexo salvaje, sexo adictivo, sexo prohibido… Pero guardaste silencio, abrumada por el rumbo escandaloso de tus pensamientos, que desconocías hasta ese momento.
―Te diré qué quiero yo, Denisse… ―Recorrió tu boca con el pulgar antes de continuar―. Quiero perderme entre tus piernas y reclamarme dueño de tu sexo, quiero mordisquearlo y lamerlo hasta arrancarte gemidos de placer. Quiero estar dentro de ti y provocarte los orgasmos más intensos de tu vida. Quiero poseer tu alma, tu cuerpo, tu aliento. Quiero descansar a tu lado, abrazarte y acariciarte hasta que calmes tus latidos y… quiero volver a empezar.
Acompañó su discurso de una sonrisa perversa, una declaración de intenciones que despertó tu lado más sensual y exigente. Tu sexo se sacudió, recorrido por una serie de pequeños espasmos de vergonzoso placer y te aferraste con fuerza a las sábanas, consumida por la ardiente demanda que trasmitían sus palabras.
―¿Qué quieres tú, Denisse?
Axel aguardó tu respuesta, continuando con el lento recorrido de su dedo por la imaginaria línea que cruzaba tu abdomen desde tus senos hinchados hasta el mismo nacimiento de tu monte de venus. Asentiste con la cabeza, incapaz de hablar, y aguardaste con impaciencia su próximo movimiento, pero él no estaba dispuesto a conformarse con ese silencioso ademán y te instó:
―Quiero escuchártelo decir…
Tu vientre se tensó con violencia, te suplicó que acabaras con ese dolor irresistible y permitieras que él, por fin, liberara todo ese rabioso placer que te consumía las entrañas.
―Sí… sí ―rogaste, enloquecida por la necesidad imperiosa de rozar el clímax, embriagada y poseída por la oscura persuasión que emanaba de ese ser sublime.
―Sí… ¿qué?
―Quiero lo mismo que tú… ―susurraste, ahogando un gemido incontrolado.
Sin esperar un solo segundo, acercó su boca a la deliciosa abertura de tu sexo y te acarició con su aliento. Tus manos tiraron con fuerza de las sábanas cuando su lengua se abrió paso entre los sedosos pliegues y alcanzó el sensibilizado clítoris. Lo lamió despacio, deleitándose con el suave temblor de tus piernas, y lo succionó hasta que te retorciste a punto de estallar, a las puertas de un orgasmo devastador. Tu cuerpo se convulsionó y un desgarrado grito irrumpió de tu garganta cuando te hizo alcanzar la culminación, que recibió en su boca, saboreando en la punta de su lengua el sabroso dulzor de tu néctar y reteniéndolo en el paladar como el licor más exquisito antes de susurrar:
―Esto no ha hecho más que empezar, Denisse…
***
Tu móvil suena con la entrada de un mensaje y te devuelve al presente sin ninguna delicadeza.
Recordar aquella única noche de hace ocho meses siempre te acelera el pulso. Haces una mueca y coges tu bolso para leerlo, y no puedes reprimir un mohín de fastidio cuando descubres que es de tu madre, recordándote la comida del próximo domingo. «Genial, comida familiar», piensas con ironía. Pero ni siquiera eso puede distraerte de la puerta que permanece cerrada, consciente de que él está al otro lado, con Irina.
Te retuerces las manos con nerviosismo y te levantas para pasear por la sala sobre la alfombra de color granate que acalla el repiqueteo impaciente de tus zapatos. Sin poder remediarlo, los celos se dejan caer sin avisar y dejan un rastro de dolorosas punzadas a su paso.
Has ido para ponerte a prueba y has fracasado.
De nada sirven las promesas cuando los sentimientos entran en juego, e intuías que algo así podía pasar. En el fondo sabes que le deseas por encima de todo, aun cuando ese deseo puede comprometer tu respetabilidad. La parte de tu cerebro que todavía piensa te repite que Axel no te pertenece, pero no puedes evitar ese dolor sordo en el pecho cuando piensas en lo que está sucediendo dentro de esa habitación. Y entiendes que deberías haberte ido hace rato, cuando la punzada era todavía un pequeño latido, antes de que comenzara a atormentarte de nuevo. Pero, simplemente, no puedes. Un lazo invisible te ata a esa sala de espera, a pesar de los celos, del dolor, del deseo reprimido… Y solo cuando sientes que te falta el aire, decides por fin marcharte.
Coges tu bolso del sillón sobre el que lo has dejado y, justo en ese momento, se abre la puerta e Irina sale con una sonrisa radiante que te forma un nudo en la garganta. Y te das cuenta de que envidias y ambicionas para ti el tiempo que ha disfrutado con él, tiempo que ahora te niegas solo por esa ridícula interpretación que tienes sobre la fidelidad.
―¿A dónde vas? ―increpas a tu amiga. Se dirige a la entrada del apartamento y adviertes con sorpresa que no tiene intención de esperarte―. ¡Irina!
Ella pestañea con inocencia, como siempre hace a modo de disculpa, y comienzas a sospechar de sus verdaderas intenciones al llevarte allí.
―Lo siento, Denisse, sé que no querías, pero…
―Olvídalo.
Te diriges a la puerta e intentas traspasarla antes de sucumbir a tus propios deseos.
―¡Denisse! Solo me ha pedido que entres.
Y el corazón empieza a latirte desenfrenado, porque solo tú sabes qué significa acceder a esa irresistible petición.
Irina sujeta tus hombros, te gira de cara a la habitación y sonríe, con esos graciosos hoyuelos en la comisura de los labios.
―No ―te niegas, reprimiendo el impulso fugaz que de pronto te incita a ceder.
―Vamos, no seas tonta, Denisse. ―Presiona sin perder la sonrisa, y de un empujoncito te deja más cerca de esa irresistible pero inadmisible propuesta―. Olvídate durante un rato de tu marido y piensa en ti. Aprovéchalo… ―susurra desde atrás antes de salir.
Observas las sombras que envuelven la habitación, una invitación directa al pecado, absorta mientras los minutos pasan inexorables, aferrada al frágil vínculo que todavía te une a una estúpida promesa y, durante unos eternos segundos, contemplas la alianza que aún llevas en el dedo y que te ata a la realidad. Creías que ese símbolo de fidelidad te mantendría a salvo de la tentación y ahora más que nunca necesitas que te transmita el valor que precisas para marcharte.
Y aunque él te espera y le deseas… te recuerdas que no puedes ceder. Esta vez no.
Con la decisión tomada, caminas hacia la puerta, pero la música a media voz que sale del interior te atrapa y te detiene con su lenta melodía. Te abrazas un instante, sacudida por el violento deseo que te consume por dentro, que grita y no te permite ignorarlo durante más tiempo. Finalmente, tus sentimientos te desarman y aceptas la fuerza con la que tu alma clama por verle de nuevo, por escuchar su voz, probar su boca, sentir su aliento…
Y entras, solo un momento, una última vez.
La habitación permanece inalterable, con las mismas velas de canela distribuidas sobre los muebles, iluminándola con calidez y llenando los rincones de misteriosas sombras; un par de vasos cortos sobre la cómoda acompañando una botella de whisky escocés; la cama en el centro, imponente y evocadora… Y un sobre blanco a tu nombre, escrito con trazos finos y elegantes, te aguarda encima de las sábanas de color carmesí.
Reflexionas durante unos segundos antes de cogerlo, titubeando con él entre las manos. Te debates entre lógica que te empuja a dejarlo y el impulso que te incita a abrirlo; y pierdes, tu voluntad cede ante el goloso reclamo y lees la pequeña nota que encuentras.
«Regálame una hora más…».
Cuatro palabras. Tan simples. Y excitantes.
El corazón martillea en tu pecho y un profundo suspiro escapa de tus labios.
La idea te seduce y, si quisieras…
―Piénsalo. ―Su voz es un susurro que te acaricia desde atrás, su aliento te roza y calienta la sangre que recorre por tus venas.
No le has oído acercarse, tampoco le ves, pero su inconfundible fragancia te rodea y te retiene ahí. Posee el aura peligrosa e irresistible de la primera vez, que te seduce y te ancla a él como un abrazo posesivo que te alienta en silencio a satisfacer sus deseos.
¡Reconócelo!
Anhelas su cuerpo, suspiras por sus caricias, ansías sus besos…
Y le has buscado, apremiada por la punzada voraz que reverberaba dentro de ti. Le necesitabas con tal intensidad que te asustaba esa extraña dependencia que aún tienes por él; y avergonzada volvías a casa, cansada tras el esfuerzo que suponía resistirte a esa atracción incomprensible.
Pero ahora estás en ese cuarto con Axel y, a pesar de tus reparos, esperas que sus fuertes brazos te aferren por la cintura y te impida marchar. Cierras los ojos, expectante, durante un instante en el que fantaseas con el tacto de su lengua indolente, y el calor que te invade se condensa entre tus piernas como una bocanada de aire caliente. Pero el frío lo sustituye de inmediato cuando se aleja y te deja a ti la maldita decisión. Reprimes un sollozo de decepción y te giras lentamente para encontrarlo apoyado contra la pared.
Su penetrante mirada te acaricia como cera derretida, rebosa de una lujuria que te genera un leve temblor entre las piernas, y te sientes de nuevo como solo él ha conseguido hacerte sentir; hermosa, atrevida, deseada... Jamás has vivido nada parecido a esa pasión arrolladora que te provoca su cercanía; un apetito irrefrenable que te aterra por su frenesí desmedido. Es entonces cuando tomas la decisión más importante de tu vida, y optas por parar esa locura.
Abandonas el dormitorio simulando una seguridad que no tienes y buscas la salida. Te apoyas unos segundos sobre la puerta y sueltas el aire que contienes sin darte cuenta de que lo haces. Caminas hasta el ascensor con los agónicos latidos de tu corazón martilleando implacables en tus sienes mientras pulsas el botón y esperas con ansiedad a que suba el elevador. Cuando llega, te adentras en la aparente seguridad que te ofrece su inmaculado cubículo aferrada con fuerza a las asas de tu bolso y, antes de que se cierren las puertas, echas un último vistazo al pasillo vacío, como si esperaras verle ahí, llamándote con su indolente sonrisa.
Llegas a tu coche y te dejas caer sobre el asiento, enciendes la radio y, mientras la dulce voz de Adele invade el pequeño habitáculo, apoyas la frente sobre el volante y reparas en el agudo dolor en el pecho que te corta la respiración. Conduces despacio de vuelta a casa, intentando retener sin éxito las lágrimas que caen por tus mejillas, y no puedes dejar de pensar en él, en los sentimientos que ha despertado de nuevo.
Y aceptas, por fin, que no has podido olvidarlo.
***
Cuando llegas a tu hogar, un amplio apartamento de dos plantas en un lujoso edificio del Upper West Side, compruebas que Gabriel aún no ha llegado. El mismo silencio de siempre te da la bienvenida, pero hoy no te resulta reconfortante. Dejas las llaves y el bolso en el aparador del vestíbulo y pasas de largo frente al ostentoso espejo veneciano tallado en cristal, un regalo de bodas de tus suegros que a ti te repele. Subes al dormitorio, más tuyo ahora que nunca, y enciendes el equipo de música. Necesitas sonidos que destierren el deprimente silencio que te rodea y Sade comienza a sonar por los altavoces, llenando cada rincón con su voz aterciopelada. Vas al baño desabrochando con calma los botones de tu blusa y reparas en la tensión que acumulan tus músculos cuando el cansancio se apodera de ti. Te miras un instante en el espejo y reconoces la tristeza que ensombrece tus ojos verdes, oculta bajo un deseo velado e insatisfecho que te consume el alma. Abandonas tu reflejo para llenar la bañera de agua caliente y dejas caer la falda antes de bajar al salón.
Te sirves un whisky y allí mismo le das un trago largo, apoyada contra el panel de madera del lujoso mueble de las bebidas. Los acordes de la música llegan amortiguados a través de las paredes y tarareas distraída la canción, intentando apartar todas las preocupaciones que te atormentan.
Se suponía que ibas a ser feliz, Gabriel te lo prometió, pero te sientes tan decepcionada y estúpida. La culpa y la vergüenza por aquel desliz te llevó a perdonarlo, arrinconada por la presión de tus padres que te recordaban contantemente el error imperdonable que ibas a cometer si dejabas escapar a Gabriel Stafford.
Regresas a tu dormitorio y te acabas la copa mientras observas, desde los amplios ventanales, la impresionante vista al río Hudson y el oscilante destello de las luces que se reflejan sobre la superficie desde el otro lado de la orilla. El deseo de disfrutar de tu enorme bañera y de su plácida invitación se torna urgente y terminas de desnudarte sin demorarlo más. La calidez del agua te acoge en su remanso de paz, el aroma a violetas que flota en el aire se adhiere a ti, y apoyas la cabeza sobre el borde de porcelana, cansada de pensar, de sentir, de anhelar algo que está fuera de tu alcance. Cierras los ojos y permites que, durante un rato, la música calme tus agitados sentidos.
***
Horas más tarde despiertas sobresaltada, confusa y acalorada.
El sudor perla tu frente y se desliza entre tus pechos, humedeciendo tu cuerpo caliente. Has tenido ese sueño de nuevo, cada vez más vivo y real que el anterior. Axel se cuela en tu cama y en tu mente, te posee con dulzura y pasión, y arranca jadeos exhaustos de tus labios cuando te empuja dentro de esa conocida y lujuriosa espiral de placer.
Te sientas en la cama, con las mejillas ardiendo y tu sexo vibrando con punzante agonía. Miras el pequeño reloj digital de la mesita de noche, que revela con sus números luminosos que son las cinco de la madrugada y compruebas el otro lado del colchón. Lo encuentras vacío, pero tampoco te extraña. Desde hace semanas, Gabriel y tú apenas cruzáis unas palabras en las escasas ocasiones en las que coincidís cuando se pasa por casa; ni siquiera disimula ya yendo a dormir desde la noche en la que descubriste la verdad. La discusión fue tremenda y se marchó, sin más. Sabes que está con él, siempre ha estado con él. Y te duele, no porque todavía sientas algo por tu marido, sino por su falta de escrúpulos, su ambición desmedida, la falsedad de sus palabras…
Te recuestas contra el cabecero acolchado de la cama e intentas calmar los latidos de tu corazón. Necesitas tranquilizarte, pensar con claridad y decidir qué quieres hacer con tu vida. La situación no va a cambiar ahora que sabes que tu matrimonio ha sido una farsa. Siempre ha sido una gran mentira y lo has aguantado demasiado tiempo. Fue un maldito acuerdo comercial entre tu familia y la suya, y nadie se detuvo a pensar en tus sentimientos; tu padre quería poder, el suyo necesitaba dinero. Y Gabriel… bueno, a él nunca les has interesado. Participó en el engaño desde el principio, usándote para desviar el foco de atención de quien era ya su amante, alguien que jamás sería aceptado por una familia como la suya.
No le fue difícil enamorarte, elegante en sus modales y de brillante palabrería. Era el soltero de oro que todas las madres de la alta sociedad neoyorquina querían para sus hijas; alto, guapo y rico. En cambio, tú solo serías el adorno perfecto para lucir en las fiestas, colgada de su millonario brazo. Cada vez que recuerdas la insistencia con la que te buscó durante días, se te revuelven las tripas. Juró que te quería y le perdonaste, acosada por el sentimiento de culpa. Ilusa, creíste cada una de las promesas que te hizo y que jamás ha cumplido.
Toda aquella representación estuvo orquestada por su padre, empeñado en evitar el escándalo que causaría la cancelación de la boda en su selecto círculo de amistades. ¡Toda una deshonra para el católico y conservador William Stafford, senador por el estado de Nueva York, y máximo detractor del matrimonio homosexual! Y por supuesto, estaba el tema de su reelección…
Es tan sórdido y mezquino, de un egoísmo apabullante…
Recordar toda esa mierda te irrita, te deja un regusto amargo en la garganta y, consciente de que serás incapaz de dormir en las próximas horas, te levantas de la cama, que para tu sorpresa, está bastante deshecha; como si hubieras jugado un partido de squash sobre ella. Además, todavía tienes esa persistente picazón en la entrepierna, que alienta con dolorosa avidez el apetito concentrado en tu sexo irritado. A parte de que, el sudor que moja las sábanas y las pega a tu cuerpo desnudo, te soborna con la tentadora idea de una inocente ducha.
Abres el grifo y regulas el agua templada. Mientras, te miras al espejo y compruebas que tienes las mejillas sonrosadas, los labios hinchados y un apetito febril se refleja en tu mirada. El pelo enmarañado cae suelto por tu espalda, acaricia tu estrecha cintura con sus puntas enroscadas y no recuerdas haberlo soltado. En realidad, recuerdas bien poco de las últimas horas, salvo ese sueño excitante y ardiente que causa estragos en ti. Ignoras tu reflejo y buscas el confortante interior de la ducha, permitiendo que el agua te mime con delicadeza, pero enseguida te das cuenta de que eso solo acentúa más el ardor condensado en tu sexo.
Las gotas resbalan por tus pezones henchidos con una suave cadencia que te recuerda demasiado al roce de sus labios, unos labios que te acariciaron con ávida exigencia, dejaron marcas en tus pechos hinchados e inflamaron las cimas enrojecidas con la miel de su lengua. Esa sensación evocadora te despierta un instinto salvaje que se apodera de tus sentidos y te dejas llevar por el impulso primario que guía tus manos, las desliza por tu vientre y se abren paso entre tus pliegues, buscando proporcionarte con primitiva desesperación un placer que parece imposible de satisfacer.
Meses más tarde
Es la última noche del año e Irina te ha arrastrado hasta el In Essence; el club nocturno de moda. Es moderno, atrevido y lujoso, como a ella le gusta. Y tiene lista de espera, todo muy chic. Siendo una noche tan especial, ha debido mover varios hilos para que podáis entrar; así que lo menos que puedes hacer por ella es acompañarla. Además, se lo debes. Ha sido la única que te ha apoyado y ha permanecido a tu lado en los momentos más difíciles, que no han sido pocos en los últimos meses.
Y es que, en un alarde de valentía, les has plantado cara a todos. Todavía te cuesta asimilar que hayas sido capaz de no flaquear y tomar las riendas de tu vida. No has cedido a la coacción del senador, amenazándote con hacerte responsable del escándalo y la vergüenza que llevarías a su familia; ni has vacilado ante las amenazas de tu padre que, haciendo una cruel ostentación de su poder, te ha echado de la empresa y te ha dejado en la calle. Pensar en él todavía te duele, a pesar de todo el esfuerzo por ganarte su admiración, te has dado cuenta de que ni tan siquiera has sido capaz de conseguir su aprobación. Y Gabriel, empeñado en hacerte daño, no te ha facilitado un divorcio con el que has echado a perder todos sus planes, y no te perdona que hayas descubierto su secreto, lo que le ha granjeado el rechazo de su padre.
Han pasado tres meses desde todo aquello y todavía sientes ese dolor sordo que te provoca el sufrimiento de aquellos días, la soledad de aquellas noches, el miedo a enfrentar la verdad, al futuro... pero sobre todo, sientes angustia por el inexplicable vacío interior que no consigues llenar.
Irina ríe divertida el simpático comentario del camarero y te saca de esos pensamientos. Toma un licor de grosellas, servido en una copa larga y labrada, sentada sobre uno de los asientos de cuero de la barra. Viste un precioso vestido negro ajustado y cruza las piernas de forma estilosa para que la abertura lateral permita una visión insuperable de sus esbeltas piernas. Tú has optado por el típico whisky escocés al que estás acostumbrada, con hielo y en vaso ancho. Llevas un vestido rojo que tu amiga te obligó a comprar la semana pasada y que se ciñe a tu figura como una segunda piel; recto hasta las rodillas y con un escote trasero que consideras demasiado excesivo. La fina cadenita que lo sujeta al cuello cae suelta por tu espalda y te provoca escalofríos cada vez que te roza la parte baja, allí donde comienza a destacar el nacimiento de tus nalgas.
Alrededor de la barra, la clientela masculina os somete a un pesado examen visual. Irina parece disfrutar con el juego, sonríe mientras recorre con un dedo el filo de su copa. En cambio, a ti te incomoda el insolente descaro de su escrutinio. Te resulta desagradable y perturbador, y te remueves molesta sobre el asiento, alejándote de esa conducta licenciosa que te hace sentir como un apetitoso dulce expuesto en el escaparate de una lujuriosa pastelería. Le das un trago a tu copa y de pronto notas ese extraño hormigueo que te recorre la columna. Sobresaltada, buscas alrededor y te fijas en la recepción del club.
Axel ha entrado acompañado de dos amigos ―altos, fuertes y atractivos―, pero tú solo tienes ojos para él. El corazón comienza a latirte desbocado, te palpita en las sienes y dejas de oír la voz de Irina contándote no sé qué de su trabajo. Se abre paso entre las féminas sin apartar su mirada de ti, con esa sonrisa de eterno seductor y que hace temblar tus rodillas. Se mueve con una elegancia salvaje, con una seguridad apabullante que te provoca una serie de sensaciones de inevitable contradicción. Le deseas, te intimida; lo necesitas, te alejas; le quieres, lo niegas…
Cuanto más se adentran en el local, menos inadvertida se vuelve su presencia. Las mujeres les salen al paso desde todos los rincones y se contonean intentando llamar la atención. Y a ti, Denisse, te asaltan de nuevo esos celos irracionales e inexplicables; un instinto posesivo y desconocido te hace saltar del asiento cuando una pelirroja descarada se cuelga de su cuello. Le ves deshacerse de la joven con soltura cuando lo invita a bailar y sueltas el aire contenido.
«Él es mío», y te sorprende el tono posesivo que esgrime tu propia voz.
Se detiene delante y te contempla desde su metro noventa. La fuerte e incomprensible atracción que sientes por él grita dentro de ti y ya no la puedes acallar. Te recreas unos segundos en su figura atlética antes de ser atrapada por su mirada gris, bañada por el resplandor rojizo de las luces de la barra que los envuelve en una sombra de misterio y oscuridad a la que no puedes resistirte.
―Denisse.
La sensualidad con la que pronuncia tu nombre te eriza la piel igual que la primera vez, y te estremeces sutilmente cuando te coge la mano y deposita un beso húmedo y muy erótico.
―Axel. ―Jadeas, aun sin recuperarte de la impresión que te causa su presencia.
―Estás preciosa.
Las piernas te tiemblan cuando enrosca sus dedos en un mechón de tu cabello, se inclina sobre ti y aspira profundamente, rememorando la dulce fragancia a violetas, cerezas y jazmín que siempre desprendes, tan evidente y cautivadora para él. Tu pulso comienza a latir apresurado, su excesiva cercanía te excita y sientes el roce de su aliento cálido en el cuello. Él se esfuerza por controlarse, aunque para ti exhale esa seguridad innata, tu aroma lo vuelve loco y exalta a la bestia que reprime en su interior, que desea tomar lo que él mismo se ha negado a reclamar.
―Ven.
Extiende su mano hacia ti y tú la aferras, sin cuestionarte siquiera para qué, simplemente porque te da igual si estás con él. Le echas un vistazo fugaz a Irina; esta guiña un ojo y te sonríe, y de inmediato vuelca su atención sobre sus dos nuevos amigos, que se deshacen en halagos situados uno a cada lado.
Axel posa su mano sobre tu espalda desnuda y un escalofrío placentero te recorre la columna mientras te guía hacia la pista de baile, donde la música suena alta, las luces giran al ritmo de Rhianna y la gente baila desdibujada bajo una serie de destellos luminosos. Os detenéis en el centro y te sujeta con suavidad por la cintura acercándose a ti hasta que sientes su calor como propio. Sus caderas comienzan a moverse al compás de Need you now, de Lady Antebellum, que ha empezado a sonar por los altavoces. Te mantiene tan pegada a él que parecéis uno solo y, a pesar de la multitud que os envuelve, bailáis el uno para el otro olvidándoos de lo que sucede a vuestro alrededor, cediendo ante el profundo sentimiento y el creciente deseo que os invita a devoraros con los ojos como si fuese la última vez.
Sus manos te acarician despacio, sin prisas, y juguetean con la cadenilla que sujeta tu vestido como si fuera una caricia más. No entiendes el porqué, y te resulta incomprensible entregarte de esa forma sin reservas a un completo desconocido, pero hay algo en él que te transmite seguridad, te hace sentir llena, completa y feliz. Apoyas la cabeza sobre su pecho y deseas que la canción no acabe nunca, por temor a que cuando finalice, despiertes de ese maravilloso sueño y se lleve con ella la magia de ese instante perfecto. Pero cuando termina, él sigue ahí, aferrado a ti y contemplándote con una pasión arrolladora que sacude todo tu ser, lo calienta y te preocupa. Te estremeces de deseo, porque quieres volver a sentir tu piel contra su piel, y no entiendes de dónde nace ese poder que ejerce sobre ti, que te absorbe y necesitas con urgencia para vivir.
―Tengo que salir de aquí, y quiero que vengas conmigo…
El susurro ronco de sus palabras discurre por tu vientre y sientes que la voz te traiciona, te asfixia su proximidad y le das la mano, incapaz de pronunciar más de dos palabras seguidas. Él la sujeta con firmeza y os abrís paso entre la gente hasta la barra. Mientras os despedís, atisbas en la mirada de Irina una mezcla de sorpresa y complicidad.
Abandonáis el caluroso interior del In Essence y salís al frío de la calle. Te estremeces cuando el viento castiga tu cuerpo y Axel te ayuda a ponerte el abrigo, sus dedos te rozan cuando cierra las solapas alrededor de tu cuello y miras sus labios a la espera de un beso, atrapada por el encanto que desprende. En cambio, enlaza tu cintura y comenzáis a caminar. Notas su impaciencia, tú también lo estás, y a cada paso que dais en silencio, la tensión se hace notar en tus músculos rígidos. Te perturba el paso de las horas, la llegada del amanecer y que con ello acabe ese sueño maravilloso. Entonces, el recuerdo de esa noche será lo único que conserves para afrontar el futuro, hasta que el destino disponga que os volváis a encontrar; decidido a manteneros en ese eterno juego confuso e indefinido en el tiempo.
Recorréis algunas calles y os detenéis delante de un antiguo almacén reconstruido en edificio de tres plantas y fachada de ladrillo de un rojo desvaído. Una puerta grande de hierro forjado se alza ante vosotros y chirría cuando la abre con una llave vieja que saca de sus vaqueros. Te cede el paso y dudas durante unos segundos en los que aún te preguntas qué demonios estás haciendo allí. No sabes nada de él, no conoces nada de su vida, salvo su nombre y ese instinto natural para hacerte disfrutar, pero en cuanto coloca su mano en la parte baja de tu espalda te rodea una sensación de seguridad que solo has tenido a su lado. Te guía con delicadeza a través de un corredor de escasa iluminación, de paredes de cemento sin lucir y suelos de granito descolorido hasta un ascensor que bien podría ser un montacargas. Para cuando cierra la cancela de hierro a ti ya te tiemblan las piernas, de impaciencia, de anticipación, o producto del lento traqueteo que os lleva a la última planta con demasiada lentitud. La ansiedad ante lo desconocido se prende a tu piel y te excita la sensación de peligro que te recorre por dentro. Axel te encierra entre sus brazos, roza tu mejilla y la suave caricia te tranquiliza justo cuando el elevador detiene su viaje. Con una sonrisa, abre la puerta corredera que da paso directo a un enorme y deslumbrante loft que nada tiene que ver con el aspecto deteriorado del inmueble.
―Es… increíble ―susurras desde la misma entrada a la vez que observas alrededor. Axel sonríe y te invita con la mano a entrar.
―¿Whiskey[2]?
Asientes y te adentras en el salón del espacioso apartamento, iluminado con calidez por unas lámparas de pie encendidas. Decorado con gusto y de líneas modernas, el mobiliario se disputa el negro, rojo y blanco como si su propietario tuviera fijación por esos únicos tres colores. Caminas sobre una alfombra enorme de aspecto suave y mullido que incita a tumbarte sobre ella las noches más frías de invierno al calor de la gran chimenea prendida. Descartas tan incitante pensamiento y te quitas el abrigo que dejas sobre uno de los sofás. Apenas le escuchas trastear en la cocina, un amplio conjunto de madera oscura y acero inoxidable de aspecto impecable, porque te entretienes curioseando distraída el trío de ventanas de tipo industrial que ocupa todo un lateral de la fachada. Varios lienzos de gran tamaño cubren parte de las paredes de ladrillo envejecido, pero casi no reparas en ellos, fascinada por el secretismo de la tela que cubre un caballete situado delante de uno de los ventanales, en un rincón de espalda al exterior, y que parece estar suspendido sobre la misma calle.
―¿Eres pintor? ―le preguntas con sorpresa y te acercas tentada por el misterio que oculta.
―Solo aficionado.
Tras su respuesta, una agradable melodía de piano comienza a escucharse por toda la sala, llenando cada rincón con sus sedantes acordes. Axel se acerca por detrás sin hacerse notar y te sorprende levantando la sábana, que sueltas de inmediato como si hubieras sido descubierta infringiendo algún tipo de norma. Sonríe y te tiende un vaso con un tercio de whisky y un par de cubitos de hielo que tintinean cuando lo coges con mano temblorosa. Se lleva su vaso a los labios y te mira con tanta atención que consigue ponerte aún más nerviosa. Haces girar el contenido de tu copa y lo dejas respirar unos segundos antes de aspirar su sutil y dulce aroma, después le das un pequeño sorbo y degustas los suaves matices a roble y malta. Él te observa en silencio, reteniendo en su mente cada uno de tus gestos; el profundo suspiro que escapa de tu boca, la envidiable gota que queda rezagada en tus labios, las pupilas dilatadas cuando le miras. La atracción que existe entre ambos es tan palpable que te reseca la garganta, el deseo implícito de su mirada te quema la piel y, huyendo de ese instante abrasador, le das otro trago al whisky, cierras los ojos y saboreas el fuego dorado que se desliza por tu garganta.
―¿Irlandés? ―preguntas, enfrentando por fin su hermosa mirada.
―Tienes buen paladar.
―Pasé un año en Irlanda.
―¿Estudiando?
―No, mi padre me envió para valorar el estado financiero de una de las empresas en Dublín. Tiene una multinacional, con sucursales por todo el mundo. Fue su forma de examinarme, de evaluar mi talento para los negocios, ¿sabes? ―explicas, intentando no transmitir en tus palabras el rencor que sientes hacia él. Finalmente has comprendido que jamás has conseguido complacerle ni ganarte su admiración―. Supongo que por entonces debí pasarla…
Hablar de tu padre te causa dolor y cambias de tema sin detenerte a pensar tus palabras.
―¿Es aquí a donde traes a tus conquistas?
De inmediato tienes la impresión de haber metido la pata e intentas arreglarlo.
―Quiero decir, a las chicas que… o sea, que no… ―Le das la espalda, avergonzada―. Lo siento, no tienes por qué contestar, ha sido demasiado impertinente por mi parte.
Axel sujeta tu barbilla y te obliga a mirarlo, te observa con atención y se toma unos segundos antes de contestar. Intenta percibir qué te angustia entre la maraña de emociones que te embargan.
―Aquí solo te he traído a ti.
Tu corazón late desenfrenado por su respuesta y sus latidos penetran en su mente. La sangre fluye por tus venas y lo tienta con desesperación, incitándolo a descubrir ante ti su verdadera naturaleza inmortal. Eres tú, la única mujer destinada a erradicar la oscuridad que se cierne sobre los que son como él, una sombra que lo atrapa y envuelve cada vez más con más fuerza. Pero el temor a perderte es más fuerte que el silencioso abrazo de la soledad, decadente y destructiva, que oprime a los que guardan un secreto como el suyo. Lleva siglos esperándote y no está dispuesto a estropearlo ahora por unos instintos mal controlados.
―Eres la única que conoce mi guarida ―bromea, aunque la sonrisa no toca sus labios, que baña con un nuevo trago de licor.
Sin embargo, para ti, la sinceridad que transmiten sus palabras despeja todas tus dudas. Sus ojos no mienten, a pesar de la llama inexplicable que brilla tras sus pupilas. Y ese brillo extraño evoca en tu mente una visión fugaz de escasos segundos; tú, en la soledad de tu habitación, con el fantasma de su recuerdo como única compañía, que te abraza y consuela mientras acaricia tu cuerpo desnudo. Pero la rechazas de inmediato; solo es un sueño, ¿no?
En alguna parte de tu cerebro denota un suave clic y rememoras con claridad otros sueños olvidados, que afloran de entre una maraña de recuerdos confusos y enterrados; tú y él, en perfecta unión sobre tu cama, sudorosos y extasiados, uno en brazos del otro, consumidos por un deseo irrefrenable que culmina cuando ambos, extenuados, descansáis enlazados y colmados de placer. La claridad con la que recibes esa ilusión te aturde y las manos te tiemblan, porque eso jamás se ha sucedido entre vosotros.
Sientes una punzada de dolor en el pecho y te falta el aire. Le das un trago largo a la copa hasta acabarla, atemorizada ante una verdad que resulta salvaje y arrolladora, pero a la vez inconcebible. Y entonces sientes esa esencia insondable que emana de él y lo hace diferente, cuyos lazos invisibles tiran de ti y te empujan a sus brazos con una energía poderosa e irresistible.
Axel se aproxima despacio y espera, tan cerca que su respiración cae sobre ti. Su pecho sube y baja con rapidez, y tu mano, atraída por un impulso irrefrenable, se posa sobre su corazón. Lo sientes latir al mismo ritmo acelerado que el tuyo, desbordado por una emoción tan intensa como la que te invade. Cubre tu mano con la suya, enlaza tus dedos mientras los lleva a su boca y los besa con infinita ternura.
―No puedo seguir ocultando lo que siento. Lo he reprimido tanto tiempo que se ha convertido en un dolor tan agudo que duele al respirar ―te confiesa, reconociendo sus sentimientos.
Lo miras atónita y a la vez complacida por su inesperada declaración. Él te observa con interés, dominado por una expresión salvaje mientras espera algún tipo de reacción por tu parte, como un depredador presto a atacar, tan hermoso que quita el aliento. Abraza tu cintura y te retiene a su lado. Esconde el rostro en tu cuello y suelta un suspiro insondable que te acaricia la piel. Su abrazo desprende una necesidad inexplicable, los músculos de su espalda se palpan tensos bajo la camisa, y comienzas a ser consciente de la magnitud de sus palabras. Suelta un inesperado gruñido bajo y te abraza con más fuerza antes de despegarse poco a poco.
―Esto es lo que soy.
Sus ojos grises se han convertido en dos pozos negros que transforman su mirada en la de un animal hambriento. Sus atractivos rasgos se han afilado y endurecido, y le confieren una apariencia antinatural de salvaje belleza. En sus labios se dibuja una sonrisa de sorprendente ferocidad y se vislumbran las puntas de unos colmillos extrañamente largos. La necesidad por beber de tu sangre los ha alargado y no tienes ni idea del esfuerzo que hace por mantenerlos alejados de ti, golpeado por el hambre y el deseo. Su insólita apariencia te provoca un pequeño grito que ahogas con la mano mientras das un paso atrás.
Lo que él más temía acaba de suceder y espera que salgas corriendo de un momento a otro, aterrorizada por cómo acaba de mostrarse, pero permaneces allí, impávida, para su sorpresa. Estudia cada uno de tus gestos mientras le contemplas, que varían de la impresión inicial a un confuso reconocimiento. Pasan los segundos, extiende una mano para tocarte y te arranca un leve temblor; porque recelas del impulso primitivo que te obliga a entregarte a él de esa forma tan irracional y adictiva, a pesar de intuir la existencia de esa sombra sobrenatural que le acompaña.
―Te asusto.
No contestas, incapaz de exteriorizar la amalgama de emociones que te bloquea. Tu silencio entristece su mirada y la aparta. Durante ese breve instante te cuestionas por qué no tienes miedo, qué te retiene ahí, y lo más importante… qué sientes por él. Te detienes un momento para escuchar qué pide tu cuerpo, qué dice tu corazón, qué clama tu alma. Y te atreves por fin a admitir unos sentimientos que el miedo a su rechazo te ha impedido reconocer antes.
―¡No!
―Debería…
Reparas en sus manos, que tiemblan convertidas en puños cerrados a los lados de las caderas; en su mandíbula firmemente apretada; y en su pecho, que sube y baja por la respiración apresurada.
―Me gustas, me siento especial a tu lado.
Axel posa un dedo sobre tus labios y los silencia.
―No sabes lo que dices.
―Me fascina el brillo misterioso de tu mirada, esa sonrisa tuya ladeada, la tibieza de tus manos cuando me tocas… ―confiesas, lanzada, antes de perder el valor que te hace hablar―: Me haces feliz.
―Es menos de lo que te mereces… ―suspira.
―Axel. ―Llamas su atención con suavidad, te acercas y acaricias su mejilla.
Él te sujeta la mano, la mantiene donde la has colocado y se frota contra ella, inspira profundamente varias veces, inhalando tu aroma y aferrándose a él. Cuando abre los ojos, el brillo rojizo y aterrador ha desaparecido, sus facciones se han suavizado pero sin perder parte de esos rasgos afilados que lo hacen especial. Sonríe, sus colmillos se muestran en todo su esplendor y te resulta tan erótico que una descarga eléctrica te recorre por dentro y estimula cada una de tus terminaciones nerviosas.
―Te quiero.
Las palabras escapan de tus labios, apenas un suspiro que no logras contener, y lo haces consciente de quien es; un vampiro, que se escapa a la comprensión, pero que es real, y estás enamorada de él. A pesar de la paz que sientes, hay preguntas que no te dejan disfrutar de ese momento, que necesitan respuestas antes de dejarte engullir por toda esa locura que lo acompaña. Él lo percibe y te atrapa entre sus brazos. Te retiene durante unos largos minutos mientras recorre tu espalda de arriba abajo con lentitud. Le oyes tomar aire mientras sus dedos se enredan en tus cabellos.
―Todas esas mujeres quedaron en el pasado desde el mismo instante en que te vi. Los pensamientos de tu amiga eran tan nítidos que caí rendido desde la primera imagen que vi de ti.
El corazón se te acelera cuando escuchas sus palabras.
―¿Tú y ella…? ―No terminas la frase porque temes su respuesta.
―No, ella solo necesitaba hablar. Las mujeres que acudían a mí buscaban lo que no encontraban en sus casas y, aunque ellas no lo supieran, no siempre es sexo. ―Hace una pausa para mirarte―. Las escuchaba y les daba lo que de verdad necesitaban; un sueño cumplido, un anhelo satisfecho, una mera ilusión recreada a partir de sus más íntimos deseos.
―¿Y entre nosotros?
―Lo nuestro, aquella primera noche en mi apartamento, fue muy real ―afirma, con esa pícara sonrisa suya. Y tú no puedes ocultar la satisfacción que te produce su explicación.
―¿Por qué no me detuviste cuando volví?
Es algo que no entiendes después de todo lo que te acaba de revelar.
―Debías decidirlo tú, necesitabas tiempo para entenderlo y yo estaba dispuesto a esperar por ti. Además, te debo una disculpa por todas las noches que descansé a tu lado mientras dormías, sin ser capaz de reprimir el impulso de tomarte, aprovechándome de tus sueños.
―Fueron las mejores noches de mi vida.
―Eres tan hermosa ―suspira tan cerca de tu boca que aspiras en su aliento los dulzones efluvios del delicioso whiskey irlandés.
Sus dedos llevan un rato jugueteando con la cadenilla que mantiene tu vestido sujeto al cuello, rozan tu nuca desnuda y a ti te corroe la impaciencia.
―Te necesito conmigo. No vuelvas a desaparecer de mi vida ―te dice, con tu rostro entre sus manos y la vista clavada en ti, quemándote las entrañas. Un suspiro ansioso escapa de tus labios.
―Solo quiero estar contigo, Axel.
―Prométeme que cuando despierte seguirás aquí.
―Te lo prometo, no pienso alejarme de ti ―susurras sobre su boca.
Suelta la cadenilla y contempla la suave caída de tu vestido, que se desliza por tu figura hasta quedar arrugado en el suelo. Ha esperado tanto para contemplarte desnuda, expuesta y excitada ante él, que le hormiguean los dedos por el anhelo de acariciarte, deseo que no tiene intención de postergar durante más tiempo.
―Entonces… ¿me regalas una hora más?
―Te regalo todas las horas de mi vida ―le contestas, con la mirada vidriada por el deseo.
Axel busca tu boca despacio, la atrapa entre sus labios y te besa con ardiente pasión. Con su cuerpo te guía hacia la cama, que al fondo, reposa al amparo de un gran mural de los altos rascacielos que pueblan la ciudad, pintado sobre la misma pared de ladrillo de la que cuelgan todos esos lienzos, bosquejos que ha ido guardado en su memoria; de tu sonrisa, de tu mirada, cuando dormitabas o te estremecías de placer entre sus brazos.
Y tú, Denisse, pensabas que el destino se había empeñado en jugar con vosotros. Heme aquí, decidido a concluir la partida. Y os concedo la libertad que otorga el libre albedrío, os entrego la felicidad eterna, con la esperanza de que al fin sepáis cómo disfrutarla.
Para siempre.