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Libros de v. r. cuevas

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v. r. cuevas

el legado del odio

“A estas horas, miles de madrileños se han echado a la carretera para comenzar sus vacaciones estivales. Rogamos la máxima prudencia al volante y si…”
Apago la tele. Llevo horas tirado en el sofá del salón sin parar de darle vueltas a la cabeza. He perdido la cuenta de los cigarros que llevo fumados, pero estoy decidido a acabarme el que tengo entre manos. Me levanto penosamente frotándome la enmarañada melena, enciendo los altavoces bluetooth y voy hasta la ventana para intentar respirar aire fresco. Apuro el condenado piti con la vista puesta en el lejano Pirulí y en las oscuras nubes que se ciernen sobre los tejados de la capital.
“Va a caer una de cojones…”
Korn suena por los altavoces a todo volumen. Los primeros truenos se funden con el arrollador sonido de los californianos y meneo la cabeza, desbocado. Sin querer, empujo con el codo el cenicero de calaveras que descansa sobre el poyete de la ventana y el desafortunado objeto vuela tres pisos impactando sin remedio contra la acera.
—Mierda…
Aunque no me apetece nada, decido bajar a recoger el estropicio. En estos momentos de mi vida todo me da igual, pero, en un arrebato de civismo, bajo hasta la calle para recoger lo que quede de cenicero.
Un escandaloso trueno rompe el cielo de Madrid y me pongo en pie de un respingo. Las primeras gotas empiezan a mojar el pavimento, tiro los restos del maltrecho cenicero en una papelera cercana y antes de entrar en el portal, algo me llama la atención. Sobre el techo de un Ford Escort tuneado reposa lo que parece un libro. Miro a ambos lados, pero no se ve un alma. Sé de buena tinta que el propietario del Ford no lo es del libro. Mi colega Miguel no ha cogido un libro en su vida y menos uno tan gordo como el que tengo ante mis ojos. Sin saber muy bien por qué, decido cogerlo para subirlo a casa. Entro en el portal y escucho cómo la tormenta ha comenzado en todo su esplendor. Si los libros hablaran, este, sin lugar a dudas, me daría las gracias por haberle salvado de una muerte segura.
Al igual que Miguel, a mí tampoco me gustan los libros. Habré leído unos tres o cuatro en toda mi vida y siempre obligado por el instituto. Lo mío son los comics y el nü-metal. Puedo pasarme horas evadido de la realidad devorando a Alan Moore mientras escucho a los Deftones de fondo, justo, lo que pienso hacer en cuanto suba a casa.
Llamo al ascensor y durante la espera ojeo por encima el pesado ejemplar que he rescatado. 500 páginas de pura basura. Estoy a punto de volver a dejarlo donde lo he encontrado, pero en ese momento el ascensor abre sus puertas y decido entrar. Pulso el tercer piso y empiezo a ascender mientras miro mi reflejo en el espejo. Se me están empezando a formar unas rastas naturales justo detrás de la oreja derecha, no es que me importe mucho, lo que realmente me angustia son las dos entradas a ambos lados de mi frente que día a día van horadando mi juventud.
El ascensor se detiene bruscamente y a punto estoy de dejarme los dientes contra el espejo. Las potentes luces halógenas se han apagado y han dado paso al inquietante fulgor rojo de las luces de emergencia. ¡Lo que faltaba! Se ha ido la luz y estoy atrapado entre el segundo y tercer piso. Hago lo típico que se suele hacer en estos casos y golpeo como un energúmeno las puertas del ascensor al grito de “hola, hola” y “ayuda”. Al no recibir respuesta, opto por el plan B y aprieto el botón de la campana. Como era de esperar, el botón no funciona. ¡Nada en este maldito edificio funciona! No sé si estoy más cabreado que agobiado así que, intento calmarme antes de empezar a destrozar el puto ascensor a patadas. No me queda otra; esperar a que vuelva la luz.
Me siento en el suelo con las rodillas flexionadas, quiero cerrar los ojos e imaginarme en una paradisíaca playa, pero no puedo. El puñetero libro yace a mis pies haciéndome ojitos y recordándome que no tengo ni móvil, ni comics, ni ningún tipo de dispositivo por el que pueda reproducir música y evadirme. Está bien, le daré una oportunidad hasta que vuelva la luz…
Recojo el libro del suelo y me quedo observando su portada durante unos segundos antes de abrirlo. Exhalo un último suspiro de desaprobación y comienzo a leer las primeras líneas:
“Cuando tu alma queda al descubierto, solo existe un sentimiento. No seamos cínicos y admitámoslo. Aprende a dominarlo. Que no te devore. Te hará fuerte, te hará único. El amor es el motor del mundo, pero un motor de baja cilindrada, insuficiente y caduco. Siente cómo ruge en tu interior, ponte a los mandos y despega…”
Voy por la página 27 cuando el ascensor se pone en marcha sin previo aviso. Me restriego los ojos y me incorporo acompañado del inevitable crujir de mis rodillas. Salgo del ascensor y accedo a mi apartamento con el pesado ejemplar anclado en mi axila izquierda. Las ganas de seguir escuchando a los Deftones no han desaparecido, pero en lugar de continuar leyendo las andanzas de Robert Black en el tercer volumen de Providence, voy a proseguir con la lectura del grueso libro de solapas rojas, al menos, hasta que acabe el primer capítulo.
Saco una birra bien fría de la nevera y vuelvo a buscar mi sitio en el sofá. Parece que hace una eternidad que me despegué de él, y ahora vuelo al calor de su regazo provisto de una Estrella Galicia y una nueva lectura que, incomprensiblemente, me ha atrapado desde sus primeras líneas.
Llevo casi una hora leyendo. El último tema del Adrenaline de los Deftones llega a su fin mientras apuro mi tercera cerveza. La tormenta del exterior ha desaparecido por completo al igual que mi tormenta interior. Bueno, en realidad mi tormenta solo se ha tomado un respiro y en cuanto cierro el libro, vuelvo a darle vueltas a la cabeza. Desde que ha empezado el verano, nada me sale bien. Me han echado del curro sin que me lo viera venir y pocos días después, me entero de una noticia que ha volado por los aires mi corazón. Sé que no tengo que hacer caso de las habladurías y que debería ir directamente a la fuente, pero no puedo. Es superior a mí. Enfrentarme a la verdad siempre me ha costado un riñón y una vez más necesito tomarme mi tiempo. Eso es, únicamente tiempo.
He cenado tres trozos de pizza recalentada de La Casa Tarradellas y casi un bote de pepinillos. Estoy a punto de ponerme una película en Netflix, pero en un ataque de dignidad y coherencia rehúso a hacerlo. La cuenta la paga ella ¡que se la meta por el culo! Agarro el libro que reposa sobre la mesita del salón y me dirijo a mi cuarto encolerizado. Cierro de un portazo, abro la ventana de par en par y me despeloto. Me tumbo sobre la cama, enciendo el flexo, enciendo un piti y apago mis neuronas. Abro el libro por la página 98 y comienzo a devorarlo como si no hubiese un mañana.
Las frases entran en mi mente con soltura, al principio me costaba entender qué estaba leyendo y tenía que volver una y otra vez sobre determinados párrafos hasta asimilarlos por completo. Ahora, en cambio, parece como si todo el texto estuviese escrito para mí. Solo y exclusivamente para mí. De vez en cuando, paro mi lectura para mear o para ir a la cocina a coger más cerveza y, en esos pequeños intervalos de tiempo, tengo la necesidad de seguir leyendo. Mis ojos arden, el móvil no para de sonar y vibrar y decido silenciarlo y guardarlo en la mesilla de noche. No existe otra realidad más que el negro sobre blanco. Un negro sobre blanco novedoso, caótico, absorbente…
Son las 11:15 de la mañana cuando mis párpados se despegan para saludar un nuevo día. Yazco sobre mi cama, totalmente desnudo, con el tosco ejemplar atrapado entre el colchón y mi escápula izquierda. No recuerdo el momento exacto en que dejé de leer, lo que sí sé es que por la ventana ya empezaba a ver clarear. Si no fuera porque a esta hora de la mañana el calor que hace en mi habitación es asfixiante, seguiría plácidamente en brazos de Morfeo hasta el mediodía.
Resignado, me levanto y voy directamente al cuarto de baño para aflojar mi esfínter. Antes de salir de la habitación para hacerme un café, compruebo el teléfono móvil. Quiero saber quién no paraba de perturbar mi lectura de anoche. Observo la pantalla: 15 llamadas perdidas y 2 WhatsApp (uno de ellos un audio). El total de las llamadas son de mi hermana y uno de los WhatsApp también.
“Mamá ha muerto. ¿Dónde coño te metes?”
Sin asimilar ni una sola letra del mensaje paso a escuchar el audio. Es de Ayira. La que paga Netflix…
“No sé por dónde empezar, llevas 2 días desaparecido y no me he atrevido a llamarte. Sé que te has enterado y entiendo que estés cabreadísimo conmigo, pero me gustaría hablar contigo. No siento nada por María, fue solo… bueno… fue solo un beso…”
Al escuchar esta última frase siento un vuelco en el estómago y voy corriendo al baño para vomitar. Cuando termino, me lavo la cara y la boca con abundante agua y reprimo una nueva arcada. Mi reflejo parece una caricatura absurda. ¿Quién soy en realidad? Veo mi rasta colgar por encima del hombro como una patética cola de ratón, mis entradas ahora parecen autopistas y, en el centro de la frente, los tres profundos surcos que socavan mi piel, terminan por crispar definitivamente mis nervios…
—¡Qué te jodan! —Rompo el espejo de un puñetazo y me quedo mirando a los múltiples “yos” que me devuelven su mirada atónitos ante mi estupidez.
Una vez recogido los cristales, enjuago mi mano y curo las heridas de mis nudillos. El destrozo podía haber sido mayor, pero he tenido suerte; unos cuantos cortes superficiales y nada más. Intento no pensar en mi madre, intento no pensar en Ayira, intento no pensar en mi curro, intento que mi cabeza no explote y decido volver a refugiarme bajo mis sábanas. Voy hasta la cama y encuentro a mi libro con sus fauces abiertas, esperándome. Comienzo a leer. Página tras página la realidad se va desdibujando para ir dando paso, poco a poco, a una verdad incontestable. Los capítulos se suceden y penetran en mí arraigando como raíces de robles centenarios. Asimilo conceptos, descubro nuevos puntos de vista y, en definitiva, voy encontrando un camino que me separa de todo lo conocido.
Sigo pasando páginas, llevo horas leyendo. No he comido nada sólido, lo único que ha entrado en mi cuerpo es el humo del tabaco y litros de cerveza. En estos momentos no sé quién está devorando a quién, si yo al libro o el libro a mí. Las llagas de mi interior supuran y mi cerebro se retuerce agazapándose ante toneladas de pensamientos intangibles. El pasado no existe, o, mejor dicho, el pasado es presente y futuro. Las víctimas sufren y mueren, los verdugos actúan y viven. ¡Actuar y vivir! ¡Soy el protagonista de mi divina comedia!
Son las siete de la tarde cuando paro de leer. Mis ojos, inyectados en sangre, necesitan una tregua que no sé si soy capaz de darles. Abro el cajón de la mesilla y me preparo para asimilar el presente. Saco el móvil y leo el único WhatsApp que he recibido:
“El funeral de mamá es hasta las 22:00”
Contesto al mensaje:
“María, no iré al funeral de mamá… Tengo que leer.”
Salgo de mi cuarto, voy a la cocina y contemplo con decepción que no me queda ninguna cerveza. No sé qué hacer. Debo seguir leyendo y, bajar al chino, al menos me quitará 5 minutos. Vuelvo a la habitación y contemplo a mi libro sobre la cama, en silencio y expectante. Sabe que no iré a ningún sitio sin él.
—Necesito un trago. Me entiendes ¿no?
Me siento a su lado y por un instante estoy a punto de lanzarlo por la ventana. Odio este libro. Odio a María y a mamá. Odio a Ayira… Aprieto el libro con todas mis fuerzas contra mi pecho, me echo sobre la cama y lanzo un desgarrador alarido. A continuación, una risa descontrolada se apodera de mí y rio desbocado rebozándome entre las sábanas. Después de 3 minutos de catarsis, me incorporo y me asomo a la ventana. Ahí afuera todo sigue igual…
—Venga, nos vendrá bien tomar el aire.
Salimos de casa, cruzamos la calle y entramos en el chino. Recorremos los estrechos pasillos de manera rápida y sigilosa hasta llegar a la nevera. Tanteo las latas y saco la Estrella Galicia más fría. Vamos hasta el mostrador para pagar y el chino me dice:
—Un euro, por favor. —Rasco mis bolsillos y pongo sobre el cristal toda la calderilla que tengo. El chino la cuenta y repite—. Un euro, por favor.
—Venga, tronco. Faltan cinco céntimos. Luego te los bajo.
—Un euro, por favor.
—¿De verdad que no vas a dejar que me lleve la lata por cinco céntimos? —El chino me mira sin inmutar ni un ápice su cara—. ¿Vengo aquí todos los putos días y no vas a fiarme cinco céntimos, cinco putos minutos?
—Lo siento, amigo. La cerveza cuesta un euro.
—¿Amigo? —Cojo la lata y la reviento contra la vidriera que está a la espalda del chino. El pequeño personaje se echa los brazos a la cabeza y se encoge como una comadreja—. Quédate con el cambio… Amigo.
Salimos del establecimiento, cruzo la calle sin mirar y a punto estamos de ser atropellados por un taxi. El taxista me mira. Yo le miro a él. No sé qué habrá visto en mis ojos, pero ha hecho bien en tragarse sus palabras. Doy un fuerte manotazo al capó y le levanto el dedo corazón a modo de despedida. Subimos a casa, dejo el libro sobre la mesita del salón y voy al congelador. Saco la bolsa de hielos, abro el armario de encima del fregadero, cojo una botella de Dyc, un vaso de tubo y deposito tres hielos en su interior. ¿Quién coño quiere una cerveza? Vierto el Dyc de 8 años y escucho el dulce crepitar de los hielos. Eso es, siento que ya me voy calmando. Solo falta una cosa antes de seguir leyendo. Busco en el móvil el “Dead bodies everywhere” de los Korn y conecto los altavoces Bluethooth. Ahora sí. Busco acomodo en el sofá, enciendo un cigarro, doy un largo trago al whisky y reanudo mi lectura…
“CAPÍTULO 33…
El apego, el amor incondicional, la misericordia, no son más que obstáculos para el avance de nuestros intereses personales y, a la postre, el avance de la humanidad ¿Hasta dónde habría llegado Alejandro Magno si se hubiese dejado llevar por tan lastrantes sentimientos? Probablemente, se hubiese quedado guarecido bajo las faldas de su mamá…
Las páginas se suceden a velocidad de vértigo y compruebo que me estoy acercando al final. Una ambigua sensación recorre mi cuerpo. Devoro cada palabra y dejo que se filtren por mi cerebro. Saboreo cada trago de mi tercera copa y dejo que se filtren por mi gaznate… De pronto, una luz se enciende en mi interior y paro la lectura en seco. Miro el reloj: 22:45. Busco en el WhatsApp el chat con Ayira y le escribo un mensaje
“Buenas, a las 23:15 en el parque. Ya me apetece hablar…”
En menos de un minuto recibo la contestación: un pulgar para arriba, un corazón y una carita dando un beso con corazón.
Sin comentarios.
No hacía falta especificar el parque. Ella sabía cuál era. El parque del barrio donde siempre íbamos, donde nos dimos nuestro primer beso y empezamos nuestra relación. El parque que nos vio crecer como pareja también sería testigo de nuestro final. Una punzada de optimismo recorre mi espinazo y me pongo en marcha. Aunque el parque está a apenas a 5 minutos caminando de mi casa, quiero llegar con tiempo, terminar mi lectura y ser libre antes del encuentro.
Estoy en el parque encaramado en la parte alta de la estructura que hace las veces de tobogán y rocódromo. Una plataforma de un metro cuadrado aproximadamente perfecta para que una pareja se siente y haga lo que les apetezca hacer. Llevo un rato sentado con las piernas cruzadas preso en mi lectura. Voy por la última página y mis ojos arden desorbitados. Noto cómo unas lágrimas comienzan a cristalizar en mis párpados inferiores, pero soy incapaz de pestañear para que se desborden. Ataco el último párrafo con el ansia de un guerrero. Mi alma carbura desbocada y mi corazón expulsa tinta negra que se funde con el final del texto.
“El mundo es un empalagoso pastel que se pudre debido a su equivocado paradigma.”
Me dispongo a cerrar el libro cuando noto que unas manos se posan en mis hombros por la espalda.
—¡Buuuh! —El susto que me llevo hace que el estómago toque mi garganta y se me caiga el libro al suelo. Me pongo en pie como un resorte y me giro.
—¿Ayira? —Ella me mira con una sonrisa picarona y siento mi interior bullir como mil calderas en el Infierno— ¿Estás gilipollas o qué? —Le pego un empujón con todas mis ganas y veo, a cámara lenta, cómo Ayira vuela por encima de la barandilla y cae. Oigo cómo cruje su cuello al contacto con el suelo.
La realidad vuelve a golpearme. Salto desde el tobogán al suelo para intentar socorrerla, pero es inútil. La he matado. Ayira yace en el suelo con el cuello roto y los ojos en blanco. Es curioso, pero lo primero que se me pasa por la cabeza al ver su cara sin vida es el contraste entre sus ojos y su morena piel de ébano. Cargo el cuerpo sobre mi hombro y salgo del parque sin un rumbo fijo. ¿Llamo a la policía? ¿A una ambulancia? ¿La dejo tirada en una cuneta? ¿Cavo un foso?...
La gente me mira y se echa las manos a la cabeza, otros sacan fotos. La cabeza de Ayira rebota sobre mi espalda en todas direcciones a cada paso que doy. Oigo gritos, lamentos y por último unas sirenas. Extenuado, descargo el cuerpo sobre la acera, me siento y enciendo un cigarro.
—No te muevas, chico.
Las víctimas sufren y mueren, los verdugos actúan y viven. Levanto la cabeza, doy una última calada a mi cigarro y sonrío al policía que me encañona con su arma. ¡Actuar y vivir! ¡Soy el protagonista de mi divina comedia!
∆∆∆
Son las 8:00 de la mañana cuando abro los ojos. He pasado la noche sin apenas dormir, como de costumbre. Entre llanto y llanto me ha dado tiempo a echar alguna cabezada, pero no lo suficiente. Estoy hecha un trapo. Desde que Eric nació no he conseguido tener un sueño reparador. El malnacido del padre nos abandonó en cuanto se enteró de que estaba embarazada, pero la tristeza desapareció nada más nacer mi criatura. Aunque está siendo duro, muy duro criar a Eric yo sola, saco fuerzas de dónde no las hay, como ahora. En la cuna que tengo a los pies de la cama mi pequeño diablillo me reclama con un llanto descarnado.
Amamanto a mi bebé, le cambio, le visto y me preparo un café. Después de desayunar me visto yo y salimos a dar un paseo. Mientras empujo el carrito mi cabeza intenta poner orden a mi vida, pero es inútil. Eric llora, berrea, regurgita… Me armo de paciencia e intento que se duerma. Toda mi vida gira en torno a él. Sin pareja, sin trabajo, sin familia cercana, todos mis esfuerzos se centran en darle lo mejor a mi hijo en este mundo de mierda.
Entro en el parque y observo aliviada que al fin mi pequeño ha caído. Doy la vuelta por detrás de los columpios y me siento en un banco. Busco con mi mano izquierda el móvil mientras que, con la diestra, no ceso en mi empeño de menear el carro. Es como un tic que viene integrado en el pack de madre. Eric duerme profundamente así que ya me puedo relajar y perder el tiempo con el “Candy Crush”. Antes de abrir la aplicación, algo llama mi atención. A los pies del tobogán observo lo que parece un libro. Miro a mi hijo y sigue con los ojos cerrados. Me pongo en pie y voy en busca del objeto. Según me aproximo, descubro que mis sospechas son ciertas. En efecto, es un libro. Me agacho para recogerlo y soplo la cubierta llena de arena para ver su portada: “EL LEGADO DEL ODIO”
Aunque el título me horroriza y estoy a punto de dejarlo en lo alto del tobogán, sin saber muy bien por qué, decido darle una oportunidad, al menos, hasta que Eric se despierte…