noche de tormenta
La terrible tormenta que hacía días acechaba, se desató sin piedad aquella noche. Pero eso, no impidió que el joven Markus, atravesara el bosque que rodeaba la ciudad hasta llegar a la enorme mansión del señor Kein.
La mansión, estaba ubicada en un montículo visible desde cualquier punto de la ciudad. Markus, nunca había estado allí, si desde lejos parecía imponente y majestuosa, estar en la misma puerta, realmente impresionaba.
Antes de llamar a la puerta, Markus llenó un par de veces de aire sus pulmones, y lo fue soltando poco a poco. Agarró la aldaba y golpeó varias veces antes de que apareciera el ama de llaves, que se asomó a través de la cortina limpiando con la mano el vaho que empañaba los cristales.
Un relámpago iluminó la mansión, seguido de un enorme trueno. El rojizo cielo parecía resquebrajarse.
—Necesito hablar con el señor Kein, soy un empleado de la fábrica, mi hijo está muy enfermo —dijo Markus empapado y tiritando de frío.
El ama de llaves lo miró de arriba a abajo, y le pidió que esperase mientras subía a buscarle.
Tras una agónica espera de interminables minutos, apareció el señor Kein.
—¿Quién es usted, joven? —le preguntó —. ¿Y qué le trae por mi casa a deshoras?
—Soy Markus, señor, trabajo para usted —dijo con la voz entrecortada al tiempo que otro relámpago rasgaba el cielo.
—El otro día estuvimos hablando sobre la enfermedad de mi hijo —continuó hablando Markus —. ¿No lo recuerda? Está empeorando —dijo mientras las lágrimas empañaban sus ojos con un velo de tristeza; lágrimas que se mezclaban con la lluvia que bañaba su rostro —. Necesito pedirle un favor, señor.
El cuerpo de Markus temblaba más por miedo a la respuesta que por frío.
—Necesito que me adelante algo del sueldo del próximo mes. El doctor estuvo en casa viendo al pequeño y nos recetó unas nuevas medicinas para paliar su dolor. Estamos desesperados, señor. No para de llorar, no sabemos qué hacer y no podemos verle sufrir así.
—¡Ah!, Markus —dijo instantes después el señor Kein —. Creo que recuerdo la conversación, pero me va a ser imposible adelantarte algo.
—Pero, señor… —La ansiedad se estaba apoderando de Markus.
—Además, creo que has faltado varios días a la fábrica este mes —replicó el señor Kein.
—Sí señor, así es. Tuve que faltar porque mi mujer también cayó enferma con las terribles fiebres que han asolado el país y tuve que ocuparme de los dos. No podía dejarlos solos. He tenido que comprar leña para calentar la casa y pagar las visitas del médico. Ayúdeme, señor, por favor.
El ulular del viento y el golpeteo incesante de la lluvia, dejaron de tener protagonismo cuando las demoledoras palabras del señor Kein, cayeron sobre Markus como una losa.
—Lo siento, Markus. Me ha parecido muy conmovedora tu historia, quizá de las mejores que he escuchado en mucho tiempo, pero no puedo darte más dinero.
—Pero, señor… ¿Qué voy a hacer? —Lloraba Markus desesperado —. ¡Mi hijo se muere!
El señor Kein se limitó a decir buenas noches, se dio la vuelta y desapareció tras los cristales empañados. Markus se quedó unos instantes mirando la puerta, le dio una patada y se marchó.
El temporal arreciaba sin piedad, como si la furia de algún dios se hubiera desatado sobre él.
El camino de vuelta a casa se le hizo eterno.
La rabia contenida y un nudo en la garganta le impedían casi respirar. Le faltaban las fuerzas hasta para levantar del suelo las embarradas botas.
Los árboles del bosque, protegidos por la oscuridad de la noche, castigaban el cuerpo abatido de Markus.
Las ramas se mecían de forma demoniaca, al lúgubre compás de los aullidos del viento, golpeando al joven en su triste caminar.
La desolación que sentía, le hizo maldecir su suerte lanzando gritos al cielo. Cuando llegó a su casa, pálido y muerto de frío, más parecía un alma en pena llegando del más allá, que aquel muchacho que partió unas horas antes en busca de la última esperanza que le quedaba.
La desesperación que sentía no le permitía dejar de llorar, abrazó fuertemente a su mujer, sin apartar los ojos de la cuna.
El pequeño dejó de llorar y el silencio lo cubrió todo.
Se sentaron a los pies de la cama, y le cantaron una pequeña nana.
La vida del niño se apagaba. Poco a poco perdía el color rosado de sus mejillas, que palidecían al acercarse la muerte.
—¿Qué quería ese joven? —preguntó la señora Kein a su marido.
—Dinero. Todos quieren dinero sin trabajar. Ya no saben que inventar, aunque la historia de hoy las supera a todas.
El reloj del salón dio las doce de la noche, al tiempo que el señor Kein entraba a la sala de lectura. Lugar donde solía pasar un rato fumando en pipa, antes de irse a la cama.
Al rato de estar sentado y medio adormilado, un golpe seco sonó en la ventana sacándolo de su letargo. En ese mismo instante, un chorro de aire gélido cayó a través de la chimenea, apagando el fuego.
Sorprendido, el señor Kein se levantó de su sillón y atizó las ascuas que parecían haberse congelado.
Afuera la tormenta no cesaba. Truenos y relámpagos se sucedían uno tras otro, iluminando el cuarto, proyectando extrañas sombras.
Un sonido chirriante que obligó al señor Klein a taparse los oídos, atravesó el cuarto.
De súbito, las llamas de la chimenea volvieron a encenderse con más fuerza, provocándole un ataque de pánico que le hizo caer al suelo.
Un sudor frío comenzó a escurrir por su frente, la chimenea se volvió a apagar dejando el cuarto en tinieblas. Al señor Kein le faltaba el aire y no podía gritar, por mucho que lo intentara su garganta se había quedado sin voz.
De las entrañas de la chimenea, comenzó a brotar un humo negro. A través del cual un ejército de sombras comenzó a tomar forma, llenando todos los rincones de la habitación, arrastrándose por las paredes.
El ritmo de los truenos parecía marcar el paso de aquellas huestes de las tinieblas.
El corazón del señor Kein estaba al borde del colapso.
Las sombras oscuras fueron entrando y saliendo de su cuerpo, arrancando a jirones la podredumbre que cubría su alma.
Un alma corrompida por el dinero y la avaricia.
Un rayo atravesó la habitación, impactando con un enorme espejo que había frente a la ventana, rompiéndolo en mil pedazos. El pobre hombre en un ataque de desesperación, trató de llegar a la mesa para ocultarse bajo ella. Entrelazó sus manos suplicando piedad.
El cielo tembló, y el siguiente relámpago iluminó los restos del espejo que se encontraban esparcidos por toda la habitación, proyectando ante el señor Kein la imagen de aquel pequeño que acababa de fallecer entre los brazos de sus padres.
Aquella imagen se repetía mirase donde mirase, en un bucle interminable.
Una voz tan tenebrosa como la de la misma muerte, retumbó con eco entre las paredes.
—¡La maldición que se ha arrojado sobre tu alma, se ha de cumplir! Tu avaricia ha sido condenada.
Desde lo más profundo de la chimenea, las sombras fueron adquiriendo forma humana, reencarnándose en cada una de aquellas personas a las que por su tremenda avaricia no ayudó.
La desesperación de sus remordimientos, le ahogaba.
Los espectros agarraron a aquel pobre avaro, que se retorcía en el suelo tratando de alejarlos, sin poder articular ni un grito de pánico para pedir ayuda.
Le arrastraron, desgarrando los podridos rincones de su ser hasta lo más profundo del infierno.
A la mañana siguiente, el ama de llaves encontró su cuerpo sin vida sentado en el sillón de lectura.
Sostenía entre sus manos el retrato de un bebé, desconocido para ella.
Desde aquella habitación, encerrado para siempre en un ataúd de madera, le llevaron a una tumba fría y solitaria, sin nada más que la oscura agonía de su alma.
Tan solo la señora Kein, lloró su muerte.