dulce tentanción
El escaparate de la pastelería era una auténtica delicia para los sentidos. Una gran variedad de milhojas, merengue, galletas de chocolate y pastelitos de fresa inundaban aquella ventana, transportando a los viandantes a un mundo de sabores y texturas únicas.
Aquella pastelería era una de las más importantes del país. Gentes de todo el mundo llegaban y esperaban el tiempo que hiciera falta, con tal de degustar algún producto.
Todas las tardes los niños al salir del colegio, pegaban sus caras en frío cristal de aquel escaparate de ensueño. La gran mayoría no había probado nunca un dulce así, su elevado precio estaba solo al alcance de unos pocos.
Una tarde de un frío día de febrero, después de que un aguacero descargase con furia sobre la ciudad. Un muchacho se detuvo ante la pastelería y sin pensarlo dos veces, entró.
Al abrir la puerta sonó la campanita que había sobre ella, cuya función era indicar que había entrado un cliente.
El señor Pramm, un hombre alto y bastante entrado en carnes, salió del obrador, con la boca llena de chocolate y chupándose los dedos.
—Todavía no he abierto —dijo el señor Pramm, relamiéndose.
—¿Sería tan amable de regalarme una rosquilla? Llevo varios días sin probar bocado.
—Lo siento, joven —dijo el señor Pramm.
—Hace días que llegué a esta ciudad, y siempre me paro ante su escaparate. Y le veo atiborrarse de dulces ante la mirada de esos pequeños que, con los ojos como platos, ven como se pasa el día engullendo. Hay niños que no han tenido la oportunidad de probar algo así en su vida. Mírelos, solo les falta chupar el cristal.
—¿Y piensas que a mí me importa? —dijo el señor Pramm, llevándose a la boca un dulce de leche.
—Ya sé que no le importa, pero podría hacer felices a tantos niños…
—¡Lárgate de mi pastelería! —gritó el señor Pramm —. ¿Quién te crees que eres para venir a mi casa a darme lecciones de moral? Todo lo que ves aquí es mío, y antes de dárselo a ningún muerto de hambre prefiero comérmelo, aunque reviente. Y ahora, lárgate —dijo expulsando restos de dulces que aún le quedaban por tragar.
El joven se dio la vuelta y se marchó.
El pastelero lanzó una tarta de fresas con nata al escaparate, espantando a los chiquillos que fantaseaban con aquellas delicias de repostería.
El señor Pramm se giró con una media sonrisa, al tiempo que daba un bocado a un pastel de trufa. Bocado que se le quedó atragantado y lo tuvo que escupir al ver al muchacho que acababa de marcharse por la puerta, apoyado en la entrada del obrador.
—¿Cómo has entrado? —dijo el pastelero.
El joven no abrió la boca.
Su cara había perdido el color y estaba totalmente pálida, sus ojos claros se habían quedado sin luz, envueltos en oscuridad. Levantó los brazos en cruz y unas enormes alas negras como las de un cuervo fueron apareciendo ante la mirada atónita del pastelero.
Una voz de ultratumba retumbó por toda la pastelería:
La gula ha corrompido tu alma
Ha podrido tus entrañas, corrompidas.
En cada bocado que engulles como una bestia.
Has desterrado la poca humanidad que te quedaba.
Estás sometido a un pecado tan dulce que no parece pecado.
Un pecado que te llevará al infierno.
De cada una de las plumas de sus brazos, fueron saliendo ratones. Que corrían a devorar los dulces.
El señor Pramm se llevó las manos a la cabeza, viendo como sus creaciones se consumían devoradas por aquellas alimañas del más allá.
La terrible plaga de roedores arrasaba cuanto encontraba a su paso.
El viejo pastelero no podía detener aquella marabunta, así que decidió luchar contra ellos comiéndose todo lo que pudiera, antes de que los ratones diesen cuenta de los dulces.
Y así fue como lo hizo.
Comenzó por engullir todo lo que había en el escaparate. Apartaba a las bestias como podía, a manotazos o a puntapiés. El señor Pramm comía tan deprisa que no masticaba.
Con cada bocado que daba, su cuerpo se volvía más y más pesado, hasta llegar a un punto en el que le fue imposible moverse.
Terminó sentado en el suelo, comiendo y comiendo sin parar. Cuando terminaba con una tarta, se arrastraba como podía a por lo que estuviera a su alcance.
Sus enormes dedos eran una mezcla informe de nata y chocolate.
Su cara sonrosada estaba blanca, bañada de azúcar glasé.
El cabello de ángel bañaba su cuerpo.
Pero, aun así, le fue imposible competir con aquellos diablos de ojos rojos que seguían comiendo a un ritmo frenético.
El graznido de un cuervo despertó al pastelero de su sopor. E hizo que los pequeños ratones se fueran recogiendo en las alas por las que llegaron del infierno.
El muchacho había recuperado su aspecto anterior, y lentamente se acercó al señor Pramm para susurrarle unas palabras ininteligibles, que hicieron que el pobre pastelero no volviese a abrir los ojos en este mundo.
La tarde siguiente, le encontraron los niños que todos los días se paraban ante el escaparate, a la salida del colegio.
A día de hoy, según cuenta una leyenda del lugar: se dice que el señor Pramm está encerrado en uno de los siete infiernos, cocinando dulces sin parar para algún poderoso diablo.
Dulces que por desgracia nunca probará, solo puede fabricar.
Un sufrimiento extremo, para alguien que llenó de azúcar su vida.