el burro flautista
Érase una vez, un rebaño de ovejas que pastaba lentamente en un prado verde y jugoso. El sol lucía en todo su esplendor y un airecillo rizaba las lanas blancas y negras de los corderitos.
El pastor, que de todos ellos cuidaba, después de contarlos bien y ver que ninguno se había perdido, sacó la merienda de su morral, y cortando con gran habilidad el chorizo, el queso y el pan, dio buena cuenta de todo y decidió después sentarse un rato a la sombra de un avellano.
Para entretenerse un poco, sacó también una flauta, que su padre le había regalado y que él tocaba muy bien. Durante un ratito, las dulces notas de una canción se oyeron por los montes y las praderías cercanos.
Al incorporarse para seguir su camino, no vio el pastor que la flauta se quedaba allí, junto a unas matas. Y, descuidado, bajó corriendo por el prado seguido por su perro que ladraba alegremente.
Al rato, el borrico Peludín, que iba pastando tan contento, de tanto andar de aquí para allá, decidió que ya era hora de pararse a la sombra. Al divisar el avellano dijo:
Eso era exactamente lo que yo venía buscando, una sombra bien grande que me haga descansar y que me permita espantarme a gusto todas estas moscas tan incómodas. Me rascaré bien fuerte contra las ramas. ¡Aaaah! ¡Qué gustirrinín! ¡Me siento como nuevo! Ahora sería perfecto si encontrara un arroyo de aguas frescas, bebería un rato y me mojaría las pezuñas. Yo creo que por aquí había uno.
Y buscaba Peludín, ansioso, bajo el avellano y resoplaba de gusto de estar tan fresquito. Por eso, de repente, al soplar feliz, el aire de la nariz penetró en la flauta que el pastor había perdido y como algunas hojas tapaban dos o tres agujeros, una hermosa melodía sonó llenando de música los montes cercanos.
Asombradísimo, Peludín miró aquel trozo de madera y primero, tímidamente, y luego más fuerte, sopló unas cuantas veces más.
¡Qué bonito suena esto! No sabía yo que una de mis habilidades era saber tocar la flauta. A ver, probaré otra vez. ¡Oh, oh! ¡Qué emocionante!
Y así, el inocente Peludín tocó o, mejor dicho, sopló cuantas veces quiso la flauta, que seguía sonando y resonando por los valles.
¡Je, je, je! ¡Qué bien lo hago! Me gustaría que los compañeros de la granja donde vivo me pudieran oír. Así que llevaré la flauta en mis alforjas y esta noche en los establos daré un concierto gratis para todos los animales. Así verán que por ser un burrito, no soy el menos inteligente.
El borrico metió la flauta en la alforja y sin acordarse ya para nada de beber, trotó ligero hacia la finca donde vivía. Nada más llegar se acercó a ver al guardián, que era un hermoso perro mastín, quien al verlo exclamó:
¿Qué hay, Peludín? ¿Cómo te va?
¡Muy bien, muy bien! Gracias. Mira, mastín, tú que eres el más listo de todos los animales que aquí vivimos, me vas a hacer un favor, vas a pintar un cartel para anunciar un concierto que quiero dar esta noche en el establo.
¡Ja, ja, ja! ¡Peludín, presenta “Rebuznos al atardecer”! ¿Su última obra, no? – se mofaba el perro mastín – ¡Ja, ja, ja!
¡No te rías, no te rías! El concierto será de flauta. El cartel dirá: “Esta noche a las ocho venid todos al establo. El gran flautista Peludín os ofrecerá en rigurosa exclusiva sus últimas creaciones.” – le dijo muy orgulloso el burrito.
Bueno, bueno, como quieras. En cuanto lo tenga hecho lo colgaré a la entrada del establo para que todo el mundo pueda verlo. ¡Hasta luego y buena suerte, Peludín!
¡Adiós, mastín! – se despidió Peludín – Bueno, y ahora iré a bañarme y a ponerme guapo para mi gran presentación. Quizá el gallo Espoloncete quiera hacer de telonero y nos cante una parte de la “Verbena de la Gallina”. Es un gran tenor y nunca desafina. Así que hablaré con él.
Espoloncete aceptó muy gustoso cantar en la primera parte del concierto del borriquito. Y así todo quedó planeado para el recital.
Al anochecer, el establo presentaba un magnífico aspecto. En la primera fila de butacas se sentaban el mastín, el gato Zarpas, el caballo Fortachón y la yegua Parda. Más atrás, estaba la cabra Locuela, la vaca Montañesa con sus dos terneros y la coneja Malas Pulgas con sus siete gazapillos. En los palcos se alineaban las gallinas, que eran las más charlatanas y las que más ruido hacían. Hacía el final, el cerdito Porquete y su señora gruñían mucho y comentaban que el espectáculo empezaba con retraso.
Por fin, se abrió el telón y el marido de Malas Pulgas, es decir, el conejo Rabejo, anunció:
Queridos amigos, en primer lugar, Espoloncete va a cantar durante unos minutos.
¡Bien! ¡Bien! – corearon todos los animales mientras aplaudían.
Y el concierto comenzó:
¡Quiquiriqui! ¡Quiquiiiiiriqui! ¡Quiquiriiiiiiiqui! ¡Quiquiriquiiiiiiiii! – cantaba el gallo Espoloncete.
¡Bravo! ¡Bravo! – le ovacionaron los animales aplaudiendo a rabiar.
Y ahora… – dijo el conejo Rabejo – el más esperado, el mejor artista del valle. Él arranca a su flauta los más bellos sonidos, ¡Peludín!
¡Bravo! ¡Bravo! – le animaban sus amigos.
Esta canción se la dedico a mastín – dijo Peludín y acto seguido comenzó a tocar, pero no con los resultados que él esperaba.
De la flauta no salían bellas melodías si no pitidos incontrolados.
¡Ahí va! ¿Qué ha pasado aquí? – se preguntó extrañado el burrito – Con lo bien que sonaba esta tarde. A ver, lo voy a intentar de nuevo.
Pero nada. Por mucho que lo intentó sólo conseguía que, de la flauta, surgieran molestos pitidos.
¡Oh! ¡Qué fatalidad! Era tan bonita aquella melodía. ¡Perdón! – le dijo a todo su público – Quizás es que estoy un poco frío. A ver que lo intente otra vez.
Y por más que sopló y sopló Peludín, ningún sonido armonioso salió de la flauta, con lo que el recital hubo de ser suspendido.
El perro mastín, luego, comentaba con sus amigos:
Eso fue que en el prado, a Peludín, le sonó la flauta por casualidad.
El borriquillo, que se quedó todo triste y mohíno tras su fracaso, pensó que quizá sería mejor, ya que la flauta a él no le servía de nada, volverla a llevar al lugar donde la había encontrado, es decir, al avellano del prado. Allí la depositó.
Al día siguiente, cuando el pastor volvió a llevar allí a su ganado, la encontró. Se puso loco de alegría y la empezó a tocar. Una dulce canción volvió a resonar en los valles, llenando de alegría a todo el que la escuchaba.