deseo accidentado
«No, no y no. No puede ser que me haya vuelto a pasar.»
Busco por el mostrador de la cocina, entre los cojines del sofá, en la entrada, otra vez, y las muy puñeteras siguen sin aparecer. «¿Dónde demonios…?»
Desesperado al ver que me será imposible abrir la emisora sin las llaves, desisto y llamo a Rachelle dispuesto a pasar por su casa y recoger su juego. No me queda otra. Miro mi muñeca y… «¡¿Y el reloj?!», me grito frustrado. «Joder, joder, joder, seguro que voy tarde». Giro sobre mis talones y voy hasta la mesilla del hall principal, decidido a no perder más tiempo. Abro el primer cajón y saco un reloj de pulsera, eso sí, tras revisar que me quedan otros dos de repuesto y que los tres tienen la misma hora.
—Tendré que comprar unos cuantos, aunque más tarde.
Cierro el cajón, cojo las llaves de casa y el móvil, cosas que siempre dejo encima del mueble de la entrada, mirando con el ceño fruncido ambos artículos y molesto porque estoy convencido de haber soltado ahí ayer el juego de llaves del estudio, con el resto de mis cosas. «Maldita sea, no tengo tiempo de esto.»
Abro la puerta y al salir cierro de un portazo y me lanzo a la carrera… para en el tercer escalón: «¡Mierda!». Subo de nuevo y echo el cerrojo. No es que el barrio sea malo, pero cuando abandono una de mis rutinas acabo olvidando algo más, y siempre es importante.
Llego al portal y marco el número de Rachelle cruzando todos los dedos para que esté despierta y conteste al…
—¿Y ahora qué, Malcolm? ¿Qué has olvidado?
El rubor me tiñe hasta las orejas, lo sé, lo noto. Su tono de resignación y sueño son un mazazo para mi poca autoestima en este aspecto de mi persona. Suelto un sentido suspiro antes de hablar.
—Perdona, es que… no encuentro las llaves —explico molesto—. Lo siento, de verdad. Sé que estás cansada, y no solo por el trabajo —añado.
Ella ríe al otro lado de la línea sin poder evitarlo.
—Pasa por casa. Oye, y recuerda que el quiosco de la esquina ya no está, guíate por la peluquería de Anna, ¿vale?
—Sí, sí. Dios, voy tardísimo, no puedo permitirme el lujo de perderme también.
—Exacto. Ahora te veo —me suelta cortando la llamada.
Atravieso a toda prisa las calles, llego al súper de Robert y cruzo el parque en dirección a la Calle Mayor. El reloj todavía marca menos veinte así que es posible que aún llegue, o eso espero.
Sigo caminando, atento a cada tienda, cada portal y temiendo de mi maravillosa habilidad para… ¿dónde…? Miro a un lado y a otro de la vía, los bloques rosas a un lateral y los adosados al otro, hasta ahí todo bien, pero ¿dónde…?
—¡Mierda! —exclamo ante la evidencia de mi mala suerte.
«Perdido, estoy perdido y a escasos diez minutos para llegar a la otra punta de la ciudad para entrar a mi hora en la emisora, la cual me tocaba abrir hoy y no podré hacerlo debido a mi permanentemente incorporado “GPS defectuoso”. No tengo remedio.»
Vuelvo a coger el móvil a la vez que sigo caminando: el Banco Central, la tienda de Tomas, pero… ¿y la supuesta “frutería de Sara”?
El desconcierto llega a mí en forma de “cadena”. Una sucesión de acontecimientos que no espero: dos timbrazos, el ladrido, un mordisco a la pernera de mi pantalón y el aullido lastimero que penetra en mi mente y que reconozco cuando me hallo a mí mismo en el suelo. «¿Qué demonios…?»
Cuando la cabeza deja de darme vueltas observo mi alrededor para ver al ciclista alejándose, fijarme que estoy despatarrado en mitad del carril bici y observar a un pequeño cánido tumbado a mi lado… ¡inconsciente!
En cuanto mi mente reconoce ese hecho, mi cuerpo reacciona a toda velocidad. Recorro la calzada con la mirada, encuentro el teléfono y llamo a un taxi. La suerte por una vez está de mi parte, puesto que no he terminado de hacer la búsqueda cuando un buen samaritano detiene su vehículo.
—¿Está usted bien?
—Sí, pero el perro no —me apresuro a añadir—. ¿Conoce alguna clínica por aquí?
—Sí, claro. Suba.
Me agacho junto a mi pequeño héroe y me planteo por un momento si es recomendable moverlo. Veo que respira, que no hay sangre, no a simple vista. Pienso que quizá no debería, pero es la única opción. Lo cojo con mucho cuidado, metiendo primero el brazo bajo su cuello y acomodándolo luego con el otro hasta tenerlo bien sujeto; me incorporo con él… ella, me rectifico al ver que es una preciosa hembrita, y subo al coche sin tan siquiera pensarlo.
El hombre acelera sin decir nada una vez cierro la puerta. Es cuestión de cinco angustiosos minutos que el señor se detenga de nuevo ante las puertas dobles de lo que parece una pequeña clínica.
—¡Gracias! —suelto a la vez que bajo y salgo a la carrera.
Penetro en el local con el sudor corriendo por mi frente, a pesar del frío que acompaña al hermoso mes de noviembre. Jadeante me acerco al mostrador donde una joven rubia con coleta y pasador fucsia me saluda en primera instancia para reaccionar al instante.
—¿Qué ha sucedido? —interroga al instante.
—No lo sé. Iba despistado y la perra tiró de mí. Creo que la bici le ha pasado por encima. No sé más. No lo vi, de verdad. Haga algo —explico a la carrera y con un nudo en la garganta.
—Muy bien, tranquilícese. Voy a avisar a la veterinaria, estaba en un domicilio pero ya venía en camino. Pase conmigo a la consulta.
La mujer atraviesa dos puertas conmigo a la zaga y, al pasar a una sala, me señala la mesa de metal en medio de la misma. Pongo a la pequeña ahí y por vez primera la observo. Es de un tono canela muy claro, no más alta que mi pantorrilla, no creo que ni me llegue a la rodilla. De pelo corto y unas orejas caídas que hacen de su rostro algo tierno.
—¿Qué edad tiene?
—Treinta —respondo de manera automática, para luego mirar a la chica, desconcertado, y verla sonreír, a pesar de la situación—. Se refiere a la perra... No lo sé. No es mía. Apareció de la nada.
La mujer se acerca, mira sus pupilas, anota algo en un cuaderno y de unos de los cajones saca un aparato que acerca al cuello de la pequeña, pasándolo varias veces por la misma zona.
—No tiene chip. Legalmente no es de nadie. ¿Se hará usted cargo de los costes? —me pregunta con la vista fija en mí, sin pestañear.
—Por supuesto. —«¿Qué clase de pregunta es esa?»—. Ella me ha salvado, tal vez no de algo tan grave como lo que pueda tener, por mi torpeza —añado—, pero asumo lo que sea necesario.
—Bien.
Una campanilla suena, atrayendo mi atención y la de la joven hacia la puerta.
—¡Margot, ya estoy!
La chica que tengo a mi lado sale de la consulta, dejándome con el corazón en un puño y muerto de miedo.
—Vamos, pequeña —digo acariciando su rostro—, te tienes que poner bien…
—Buenos días, soy Sophie, la veterinaria. Dígame, ¿qué ha sucedido?
La voz de quien entra me distrae por un momento y dirijo la mirada hacia su persona, solo un segundo, pues los gemidos inundan al instante la sala.
—¡Está despierta! —exclamo agachándome junto a ella y ofreciéndole lo único que puedo—: Ya está peque, ya. Te vas a poner bien. Esta señora te va a curar.
***
Las palabras del hombre me llegan, como siempre que el interés del dueño por el animal es genuino.
—Cuénteme —insisto mientras voy colocando una vía y el suero.
—Sí, disculpe. Ha sido un atropello, con una bicicleta. No sé si le pasó por encima o solo la golpeó. La pequeña no es mía, pero asumiré lo que sea necesario. Ella me apartó… —Lo último parece decírselo más para sí mismo que para informarme.
—Muy bien, haremos radiografía y alguna analítica, y si todo es correcto, solo será preciso vigilancia y algún antiinflamatorio. Las primeras cuarenta y ocho horas son cruciales en estos casos —explico tras la oportuna exploración y auscultación.
—Desde luego.
Por primera vez le observo. Es un hombre de unos treinta, de cabello castaño y más largo de lo normal, aunque le sienta bien, y unos increíbles ojos verdes que muestran valor e inocencia a partes iguales. Es atractivo, de facciones dulces y un cuerpo que no dejaría indiferente a ninguna.
Aparco a un lado el estudio masculino y me centro en terminar de sacarle sangre a la chiquitina y colocarle el suero. Una vez hecho, le paso a Margot el vial con la muestra para las pruebas pertinentes y acomodo a la peque para llevarla a la sala de rayos, pero al moverla, no puedo evitar fijarme en esa mancha que cruza su abdomen: es un derrame, aunque en la palpación no se observan signos de fractura. Radiografías, ya.
***
Tras esperar una eternidad, la veterinaria entra en la sala con una carpeta en las manos para acercarse a mí y a la peque que, medio dormida, reposa sobre la mesa de observaciones.
—Todo está bien. Los niveles son normales y las radiografías están limpias, a pesar del hematoma presente en el vientre. Deberá vigilarla por su hubiese algún cambio, pero, con suerte, todo quedará en un susto. Ya le he puesto vitamina K, por los posibles sangrados, y un carprofeno para el dolor. La medicación que lleva dura veinticuatro horas, así que durante el día de hoy solo reposo y que coma. Dele dos horas de ayuno y luego ofrézcale un poco de agua. Si la retiene, habrá llegado la hora de comer algo más y podrá intentar tomar alguna lata de comida.
—Son buenas noticias, ¿verdad?
La mujer sonríe y asiente.
—Lo son, pero no la pierda de vista durante el resto del día.
—No lo haré, pero podría usted anotarme todo lo que me ha dicho. Verá, suelo ser olvidadizo —«eso es poco»—, y no quisiera meter la pata en nada.
—Por supuesto, no se preocupe.
—Soy Malcolm, es mi nombre —digo extendiendo la mano—. Gracias por todo.
Sonríe.
—Yo, Sophie, y de nada. Es mi trabajo y mi pasión. Nos veremos mañana. Pase a primera hora para una revisión. Ah, lo olvidaba, le anotaré…
—¿Podría hacerlo en mi agenda? —pido extendiendo el cuaderno que siempre llevo en el interior de la chaqueta, y que el día que pierda, será mi fin… otra vez.
—Claro, no es problema —expresa tomando la pequeña libreta que le extiendo y abriéndola por la página marcada con la guía—. Vaya, felicidades.
—¿Disculpe?
Ella se ríe y señala la hoja donde tengo puesto y subrayado que hoy es mi cumpleaños, y yo sin acordarme. Atrae mi atención la nota a pie de página, una que pienso leer con detenimiento en cuanto ella acabe de hacerme la chuleta para que no cometa ninguna estupidez, sobre todo teniendo en cuenta que tengo una vida en mis manos.
Al agarrar el bloc lo leo de manera automática: “Deseo: un amigo fiel, leal, que no se moleste porque me olvide de las cosas, que me acepte tal y como soy, que por una vez dependa de mí y me pueda demostrar a mí mismo que soy capaz de ayudar, de hacer algo bien”. Me sorprendo al mirar a la pequeña que desde la mesa me observa bailando su colita y con ojos tiernos; unos preciosos ojos miel, ahora risueños.
—¿Podrá caminar? —le pregunto a la veterinaria.
—Sí. Ella no tiene nada roto, aunque sí dolor. Quizá prefiera llevarla en brazos y que más tarde, cuando haya comido, intente pasear unos minutos. Pero le vendrá bien el reposo.
—Así lo haré. Gracias por todo —comento mirando a la mujer a la vez que acaricio el suave pelaje de mi nueva amiga y la tomo entre mis brazos, con cuidado y atento a sus leves gemidos.
—Ha sido un placer —me expresa la joven camino de la puerta—. Mañana nos vemos. Adiós, chiquitina —le canturrea a la perrita a la vez que la rasca tras la oreja provocando que esta cierre los ojitos y se retuerza de gusto.
Una vez fuera, el sonido de mi móvil irrumpe cualquier pensamiento. Lo saco como puedo y respondo a la llamada de Rachelle, lo cual me recuerda que yo iba camino del trabajo.
—¿Se puede saber dónde te metes? —estalla al otro lado de la línea.
—Lo siento mucho, es que casi me atropellan y una perra me ha salvado, la he llevado a la clínica, pero se pondrá bien.
Un silencio es mi respuesta.
—Un momento, ¿te importaría repetir eso?
Le explico todo a mi compañera y ella, atenta como es, se encarga de lío que he dejado en la emisora y me concede la libertad de volver a casa, en taxi, por supuesto, para poder atender a la pequeña, a la que supongo que… tendré que poner nombre.
El resto del día transcurre apaciblemente en compañía de la peluda heroína, a la que he decidido llamar Hope.
Solo algún gemidito escapa de ella cuando se ve sola en una habitación. Pero soy capaz de seguir las indicaciones de Sophie sin problemas, lo que me agrada sobremanera.
Lo que no consigo olvidar es… mi deseo. ¿Cómo es posible? ¿Coincidencia? No lo creo, ¿o sí?
Dos revisiones veterinarias y una semana más tarde, debo dejar a Hope sola en casa por primera vez para ir a trabajar. La preocupación gana puestos, pero era inevitable que este día llegase.
«Comida, agua, cama limpia, cocina y baño cerrados… Creo que está todo.»
—Tranquila, Hope. Volveré pronto —la arrullo arropándola en su cuna y acariciando ese punto de sus orejillas que tanto la hace disfrutar.
De nuevo viernes… ¿no? Saco el teléfono y compruebo que efectivamente lo es. Han pasado ocho días desde el accidente y he visto a Sophie en tres ocasiones, momentos en los que mi nueva amiga ha hecho méritos para enamorar a la veterinaria de todas las maneras posibles, y sé que lo decía en broma, o eso creo, pero cuando me comentó Sophie si quería una custodia compartida con Hope… Pensar en sus palabras me hace suspirar, ver los ojos miel de esa mujer en mi mente, su sonrisa…
El claxon de un coche me detiene en seco con el corazón en la garganta. Me disculpo con un gesto de la mano, al observar que estoy en mitad de la calzada, y continúo mi camino.
***
«Bienvenidos un día más a Las mañanas locas de R. Un programa donde todo es posible gracias al presentador: yo. Hoy tenemos un programa muy especial…»
El corte, el golpe y la maldición me hacen reír como siempre. Ya echaba en falta a R. No es lo mismo levantarse con el café en la mano y no acabar espurreándolo gracias a sus: diablos, demonios, me cachis y me cagos.
***
Puñetero teléfono. A ver si deja de piar de una vez.
Miro la pantalla y veo la acumulación de mensajes en el grupo.
Queréis dejar de petar el grupo…
¡Algunos trabajamos!
Cabrones.
Victoria: Linda tiene un ojo morado.
En serio?? Qué ha pasado????
Noel: Ha sido Cheshire.
Ese gato…
Es hijo del demonio.
Estoy convencido.
Shamira: El próximo que diga algo de esa monada, MUERE.
Sury: Eso!
Jarel: Eso!
Linda: Chicos!!
Linda: Mi CRISIS!!
Victoria: Tengo una idea.
Linda: Tiemblo.
Victoria: Idiota.
Victoria: ¿Por qué no vamos de compras?
Sury: Es domingo.
Victoria: Conozco un sitio.
Linda: Paso de tintes.
Linda: Aviso.
Victoria: Un gorro.
Victoria: Unas fabulosas gafas.
Victoria: Y tus más queridas amigas.
No puedo.
Linda: Vaaaaaaaale. Me apunto.
Shamira: Yo tampoco puedo :S
Sury: Yo sí!
Jarel: Yo no puedo...
Noel: No puedo, chicos.
…
Unos golpes al otro lado del cristal de la sala de mezclas atraen mi atención para darme cuenta que la música ha cesado y que estamos en el aire… y yo en las nubes. En fin.
—Disculpad, mis queridos locos de R, pero ya me conocéis, como siempre, ando con la cabeza… pues eso, loca…
***
El día ha pasado volando y casi es la hora de cerrar.
—Sophie, ¿tienes la receta de Paul preparada? —La voz de Margot a través del interfono me sobresalta.
—Sí, está lista. Enseguida te la llevo —añado trasteando entre los papeles de mi mesa hasta hallar el dichoso “papelajo” y salgo entre traspiés y traspiés para llegar a recepción dándome de bruces… —. Malcolm.
—Ah, eh, sí. Hola… yo… —El rubor tiñe sus mejillas, aunque seguro que las mías no se han quedado atrás—. Venía a traerte a Hope, a su revisión, yo… eh, era hoy, ¿no?
A duras penas contengo la carcajada. Desde que conozco a este hombre me he podido dar cuenta de varias cosas de su carácter: es organizado, meticuloso en los detalles, en sus preguntas, atento y, sin embargo, todo eso pasa a un estado de reseteo inmediato en cuestión de, de minutos.
—Pues no he mirado la agenda, pero juraría que sí. Pasad a la consulta, que yo ahora mismo voy —digo a la vez que me agacho para acariciar a la pequeña Hope y acto seguido me levanto y voy hasta el mostrador para pasarle la receta a Margot, darle las indicaciones pertinentes y darme la vuelta para… encontrarme con Malcolm parado junto a la puerta del pasillo con el ceño fruncido y a una Hope tirando de su dueño hacia la entrada de la consulta, y sin que este se dé cuenta de que aquí la pequeñaja sabe mejor que él dónde está la consulta gracias a esas galletas que la vuelven loca—. Deberías dejarte llevar.
—¿Cómo? —exclama con los ojos muy abiertos y fijos en mí.
—Pues eso —comento señalando a Hope—, que ella sabe dónde debe ir, aunque tú no lo creas.
—Oh, lo siento. Mi GPS es un puñetero desastre. Me da que me lo pusieron defectuoso, y ni te cuento si hablamos de mi disco duro o de la RAM. A esos mejor ni los menciono.
Una sonora carcajada escapa de mis labios sin que pueda evitarlo, lo que provoca que esos maravillosos ojos verdes me observen con humor, y un tinte de satisfacción que no me pasa desapercibido.
—Bien, pues no hagamos trabajar mucho hoy a tu sistema operativo y centrémonos en la chiquitina. ¿Tomó la medicación?
—Sí, por suerte las alarmas del móvil no se estropean y estoy seguro de haberle dado la medicación. La verdad, es que desde que estoy con ella, o al menos cuando estoy a su lado o tiene que ver con ella, sí que recuerdo mejor las cosas.
Sus palabras me hacen mirarle y llaman a mi curiosidad científica.
—Eso es muy interesante.
—No tanto como el hecho de que esta pequeñaja apareciese el día de mi cumpleaños, y un año después de haber pedido algo así en mi vida.
—¿Pediste un perro por tu cumpleaños?
—No exactamente, pedí… —Al instante se interrumpe y se pone completamente rojo—. Disculpa, es una bobada. Tendrás otros pacientes que atender.
—Aún debo revisar a Hope, no tengo ningún paciente más por hoy y, la verdad, me dejaste intrigada. Puedo hacer dos cosas a la vez, ¿sabes? —añado, y me doy cuenta al momento de que estoy coqueteando con él, ¡con un cliente!, como si fuese una niñata de instituto, ¿pero qué…?
Intento ignorar su mirada fija en mí, su sonrisa ladeada y ese cabello en el que me gustaría sumergir los dedos para comprobar si es tan suave como parece, y me centro en Hope. Tumbo de lateral a la pequeña y voy palpando la zona para ver si la inflación ha continuado disminuyendo, o si hay algún cambio. Lo bueno que vislumbro es que el hematoma ha bajado mucho su tonalidad morada y ahora se va tornando más verdosa, lo que me permite ver mejor la piel. Sigue sin haber signos de fractura, la auscultación continúa limpia y…
***
El rostro de Sophie se descompone por un segundo haciendo que mi corazón pierda un latido.
—¿Qué pasa? —Ante su silencio, insisto—. Sophie, ¿qué le pasa a Hope?
Sus ojos se encuentran con los míos, permitiéndome ver más allá de su mirada, pero sin comprender qué sucede. Sus manos, ahora temblorosas, agarran el borde de la mesa, sus profundidades miel entran de nuevo en contacto con Hope, para luego volver a mí.
—Por favor, dime qué ocurre. ¿Hope está bien?
—Es… Nala.
«¿Nala? ¿Qué…?»
—No comprendo nada. ¿Te encuentras bien? ¿Llamo a alguien? —Ella niega—. ¿Entonces?
—Malcolm, ella… ella es Nala, es mi pequeña, yo… yo estoy segura. Pero… ¡¿dónde está el lector?!
Sale apresurada de la consulta dejándome por completo aturdido. ¿Cómo es eso de que es “su pequeña”? ¿Es su perra? Pero ella es veterinaria, la perra debería tener microchip; todo veterinario identifica a sus mascotas, de eso estoy seguro. Además, llevo días viniendo por aquí y ¿hasta hoy no se da cuenta?
Todo empieza a sonarme muy raro y dos impulsos dividen mis pensamientos: el dirigido al amor y el cariño por mi nueva amiga, por mi pequeña Hope, y lo que comenzaba a surgir en mí como la esperanza, o más bien el anhelo de saber más sobre una sanitaria canina de ondas castañas y ojos miel.
El golpe del pomo contra la pared me sobresalta y Sophie penetra en la sala con un aparato en la mano que desliza sobre el cuello de Hope para, segundos después, acabar escuchando el bip.
¿Cómo es posible que un mismo sonido pueda provocar dos respuestas simultáneas completamente distintas? Su rostro se ilumina y yo… yo siento resignación. Solo eso.
—Margot ya pasó el lector cuando la traje y no encontró chip… ¿Cómo…?
—El microchip de Nala daba problemas —me explica sin levantar la vista de la pequeña peludita que nos mira a ambos moviendo su rabito y sin comprender la tensión que se ha adueñado de mí—. Pensé en extraerlo e implantar uno nuevo, o simplemente poner otro. —El silencio se apodera del espacio por unos interminables segundos—. Me la robaron. Ya hace un año.
Sus palabras solo acrecientan lo que ya suponía, lo que sabía desde que llegó a mi vida: no iba a durar. Ella hacía que mis “despistes” fueran menos, que me sintiese más seguro de mí mismo, más centrado pues dependía de mí. ¿Y ahora qué?
—No voy a reclamarte a Nala… Hope —se corrige—. No podría. Sé que está bien, que es feliz. Es más de lo que tenía.
—No me parece correcto —respondo aturrullado por su sencilla aceptación.
***
Sin poder evitarlo observo al hombre que tengo a mi lado. Sus facciones son delicadas, su cabello el sueño de toda mujer, el cuerpo perfilado sin llegar a ser lo que llamaría “un obseso del gimnasio” y sus ojos, esos solo muestran sinceridad.
—A mí sí que me lo parece. Hace un año que se la llevaron, que no sabía nada de ella y sea por el motivo que sea, ha aparecido en tu vida y de alguna forma, no sé cómo, ha vuelto a la mía, aunque solo sea para hacerme ver que salió adelante tras lo sucedido.
Tal vez no sepa expresarme, tal vez él no lo vea, pero no puedo separarles, no cuando he visto la complicidad y el cariño que entre ellos se ha forjado, cuando sé que Hope le ha salvado, tal y como él dice cuando habla de ella. Su heroína.
***
Sus palabras calan en mí sin poder evitarlo. Nadie podría pasar por alto los sentimientos impresos en ellas. Su confesión me hace mirar más allá, allí donde tanto tiempo hace que no llegaba, a un terreno olvidado en algún lugar de mi pecho en el que un ser rubio, de tacones kilométricos y uñas de porcelana me quemó, me hirió para dejarlo sangrante. «Lauren.»
—No voy a llevármela —corto tajante—. Si tiene dueño no pienso hacerlo. Soy un hombre ocupado y no puedo permitirme esto. La verdad es que ya pensé en dártela cuando me ofreciste lo de la custodia compartida, pero esto facilita las cosas.
La expresión de su rostro me hace enmudecer, y a punto estoy de rectificarme, de desmentir las estupideces que he soltado, pero me obligo a tragar y a dejar la correa sobre la mesa de observación, junto a Hope.
Sus facciones son más duras que antes.
—Me niego a creer que estés diciendo la verdad. Adoras a Hope, tú lo sabes y yo lo sé. ¿A qué viene este numerito?
Está enfadada, y lo entiendo, pero no seré yo el que le arrebate a Hope, a Nala, de nuevo. Me retraigo, pero solo un segundo, ante el tono.
—Para tu información, adoro muchas cosas… —Me obligo a tragar el nudo de mi garganta—. Pero Hope no es una. Tan solo ha sido una distracción.
***
Sus palabras se me clavan como agujas y, aunque una parte de mí se rebela, veo la resolución, la decisión tomada. No quiero creerle, pero…
—Bueno, con el asunto zanjado, ya solo me queda darte las gracias. —Al ver que no abro la boca, continúa—: Ha sido un placer y espero que las dos sean felices… —expresa a la vez que me tiende la mano, la cual acepto a regañadientes y a sabiendas de que no debo ser descortés; aunque, él sí lo haya sido—. Hope —añade mirando a la pequeña, que le devuelve el saludo danzando su rabito y poniéndose en pie, casi seguro pensando que es hora de ir a casa—, pórtate bien y haz caso, ¿vale? —Se encamina a la puerta y tan solo una última mirada a la perrita es su despedida.
***
El aire helado me golpea nada más salir al exterior llevándose con él la lágrima traicionera que ha estado a punto de delatarme. El sonido del tráfico inunda mis sentidos y comienzo a caminar, pensando en lo que dejo atrás. He visto cómo se paraba su rabito cuando me alejé de ella, y la decepción en la mirada de Sophie; no solo la he visto, sino que la he sentido atravesarme y hacerme sangrar, y la verdad, ya he perdido demasiada para toda una vida. Lauren supo llevarme hasta su terreno, hacerme firmar lo habido y por haber… para al final enterarme de que meses después y por pura maldad, pues eso no tiene otra explicación, había “dormido” a Rex. Mi corazón me impide volver a pasar por eso, aun sabiendo que Sophie no es Lauren. No se parecen en nada, pero no puedo…
De repente siento que la tierra se me traga, literalmente, y el dolor llega antes de poder ni tan siquiera pensarlo. Mis manos van a mi entrepierna justo antes de darme cuenta de que estoy metido en una alcantarilla, o al menos una de mis piernas, pues la otra se me ha desestabilizado hasta verme despatarrado y habiéndome dejado mis partes nobles contra el asfalto. Solo el dolor y el calor repentino inundan mi cuerpo y mi mente.
—¡Por el amor de Dios! —la exclamación llega hasta mí para hallar al momento a Rachelle saltando un precinto de seguridad, que no he visto ni sé cómo he traspasado, y salir corriendo hasta mi lado—. Pero, alma de Dios, ¿es que no miras? —expresa arrodillándose y evaluando la situación antes de dejar ver un brillo de diversión, que seguro le está siendo difícil de ocultar—. ¿Puedes levantarte?
—Creo que sí. —La voz de pito que me sale la hace explayar los ojos y contenerse para no estallar en carcajadas. Estoy seguro que desde fuera debe ser muy cómico, pero yo ahora solo necesito un descanso.
—Anda, te ayudo. ¿Se puede saber dónde tenías la cabeza?
—En cualquier parte… menos aquí —respondo aceptando su mano y aliviado al ver que mi voz se ha recuperado, aunque solo un poco. Pero hay algo más doloroso que me atraviesa sin piedad, y es el hecho de saber que si Hope hubiese estado aquí, conmigo, esto no hubiese ocurrido…
—Santo Dios, ¿estás bien? ¿Te llevo a urgencias? Tal vez…
Las apresuradas palabras de Rachelle me hacen darme cuenta de que las lágrimas surcan mi rostro sin que pueda contenerlas y un pensamiento se abre paso a mi mente: «Las he perdido».
Los días han pasado y sin embargo, no ha servido de nada, pues el dolor sigue ahí. Tras contarle a Rachelle lo ocurrido, solo el consuelo de estar con una amiga me ayudó a volver a mi triste realidad: otra vez estaba solo y tenía que continuar, la vida no se acababa.
Pero las noches de constantes sueños con ambas, porque la verdad es que Sophie se cuela todas y cada una de ellas, sin tregua, me hacen añorar lo que nunca fue mío, o quizá sí, pero solo un instante. Recuperar la rutina está siendo una dura tarea, sobre todo porque he perdido el cuaderno, mi guía, y ando más desorientado que de costumbre. Sé que debo ir a la emisora, que el programa me espera, mas no puedo estar como si nada. Como si no estuviesen a un viaje en taxi, pero ¿para qué? La pequeña se adaptará a su antigua casa y Sophie, ella tiene su vida, una en la que yo no pinto nada.
Salgo de casa echando tras de mí el cerrojo y bajo al portal donde al momento veo el Mondeo de Rachelle. Le agradezco que esté aquí, porque si llego a ir solo seguro que acabo en la otra punta y hoy no me apetece, o tal vez sí, pero no debo. El programa me espera y mis radioyentes también.
—Bienvenidos a “Las mañanas locas de R”. Yo soy R —afirmo dejando a un lado las listas de música para mirar la entrevista que han preparado para la sesión— y hoy tenemos un programa… ¡maldición! —suelto sin pensar al golpear la botella de agua, que por supuesto no tiene el tapón colocado. «Gracias universo, gracias por este don.»—. Disculpad, locos de R, pero ya sabéis que sin mis exclamaciones no sería yo…
La mañana se sucede y en mitad del programa mi compañero interrumpe y mete música, cortando así la emisión y me pasa una llamada a la vez que vocaliza Jarel. ¿Para qué llamará? ¿Tan urgente es?
—¿Jarel? ¿Ocurre algo, amigo?
—Malcolm, necesito tu ayuda.
—¿Qué pasa? Ya sabes que, lo que pueda hacer, si no es muy difícil y no se me olvida…
—Tranquilo. ¿Tienes donde apuntar?
—Sí —rebusco entre las montañas y agarro un trozo de folio y el bolígrafo, que sorprendentemente sigue a mi lado.
—Quiero que des este mensaje a través de la radio. Escribe: “Has errado, Shark. Estás contra la espada y la pared y voy a encontrarte… El peso de la ley caerá sobre ti”.
—Joder, ¿qué se supone que voy a decir? ¿Una sentencia de muerte?
—Más o menos. Dilo ahora y antes de que acabe el programa.
—¿Y cómo sabes que lo va a escuchar?
—Si no lo escucha él lo hará alguien allegado. Le llegará el mensaje.
Silbo sin poder evitarlo. Pocas veces he visto así a Jarel.
—Ok, yo lo digo. Por cierto, ¿dónde estás?
—De servicio y en protección de testigos.
—Vale, eso quiere decir que tu casa está descartada por un tiempo. —Prefiero no pensar en lo que eso significa—. Ten cuidado.
—Descuida. Y tú.
Cuelgo sin saber muy bien cómo tomarme lo hablado.
—Bueno, locos de R, por aquí os traigo un mensaje dirigido a Shark… —repito las palabras de Jarel sin pensarlo mucho y ante la atónita mirada de mis compañeros—. ¿Qué tal si ponemos algo de ritmo antes de nuestro último anuncio del día?
La melodía llega a término y con ella la jornada.
—El último de hoy es para Linda: Has encontrado a tu otra mitad. No lo dejes escapar. Cuídalo. No cometas los mismos errores que yo. Es tu momento.
***
Primera “maldición” tras cuatro días de silencio, y aun así no sonrío.
Hope, porque he decidido que no quiero cambiarle el nombre, se comporta como si no se hubiese marchado nunca de aquí, reconoce su lugar. Y sin embargo, la tristeza está en su mirada cuando recorre el espacio buscándole. ¿Por qué le dejé hacerlo?
Café en mano, me detengo ante el equipo de música dejando que la voz de R inunde mis sentidos, tratando de retomar el día a día…
«Hoy estoy más filósofo que de costumbre, pues el tiempo y los acontecimientos te dan lecciones cada día, y yo he aprendido una durante mi ausencia: hay que tener cuidado con lo que deseas, porque puede hacerse realidad. Siempre es mejor, que cuando plasmas en un papel el anhelo de un presente, tengas claro que puedes asumirlo, pues no siempre saldrá de la manera en que esperabas…»
Que razón tiene.
Me giro para enfrentar el pequeño cuaderno rojo que tengo junto al teléfono desde hace cinco largos días y pienso en ese adorado despistado que no engaña a nadie con sus duras palabras. Y sé que no debí hacerlo, que es privado, pero no pude resistirme a indagar un poco entre sus páginas para saber qué oculta la mente que se esconde tras esos bellos ojos verdes que me atraparon, desde el primer momento, de aquel hombre que me encontré en mi consulta susurrándole, cariñoso, a su pequeña heroína.
—Tú también le añoras —dejo escapar al ver a Hope mirando la puerta. Solo desea ir al consultorio por si él vuelve, lo sé; aunque eso no pasará.
El cuaderno me atrae, lo hace cada día, aunque hasta ahora solo he ojeado esa nota que había escrita junto a la fecha de su cumpleaños. Un deseo. Había rubricado con una letra exquisita lo que su corazón más anhelaba, por eso tengo claro que su intención era no separarse jamás de Hope, y… es eso, y no otra cosa, lo que me hace soltar el café, agarrar la libreta y sentarme con ella en el regazo para abrirla en busca de pistas, de cualquier detalle que me hable un poco más del hombre por el que llevo suspirando noche tras noche desde que le conocí.
Horarios de trabajo, una cita del médico, compras, comprar relojes y sincronizarlos —no puedo evitar fruncir el ceño ante esta última nota, eso sí, con una enorme sonrisa. «Mi adorado despistado.»—, “Las mañanas de R”-¿buen título?- aceptación de radioyentes igual a nueve sobre diez…
Me quedo mirando la hoja con el ceño fruncido…
«Ey, locos de R, espero que estéis listos para un poco de marcha, pues aquí os traigo lo último de…»
—No puede ser…
Las palabras escapan de mi boca y son confirmadas por Hope, la cual mira el aparato de música ladeando la cabeza y bailando su rabito con más energía cada vez que él interviene. «R… Malcolm…»
***
—Muy bien, mis queridos locos, las líneas están abiertas y es la hora del café. Hablemos.
Descuelgo la primera entrante, casi con temor tras lo ocurrido los últimos días. Si sigo estando en las nubes…
—Sí… hola… hola…
—¡Mierda!, ¡perdón! Sí, dime. —Exactamente a esto me refería—. Estás en Las mañanas locas, ¿de qué conversamos?
Los minutos transcurren entre charlas amenas y a su vez profundas, como lo son para mí la misma existencia, incluso de deportes y los últimos tanteos, hasta que llegan las llamadas “consejeras” saturándome las líneas. El tiempo pasa y llega el final de la sesión.
—Y así llegamos a la última llamada de hoy. Buenos días, estás en antena. Tu nombre… —pregunto a la vez que me giro para cambiar las carpetas y acceder a las de despedida y anuncios para mañana. «El tapón del agua, ¿dónde…?»
—Es Sophie.
Me giro bruscamente hacia el micrófono ante el reconocimiento.
***
—Es Sophie…
Un, dos, tres… hasta cinco golpes seguidos puedo contar aguantando las ganas de reír.
—¡Mierda…! ¡Joder…! ¡Me cago en…! Pe…o…a, ¿m… o-yes? —Las interferencias se suceden hasta que la comunicación se corta.
Ruborizada y divertida, salgo de la consulta con Hope a mi lado esperando que le ponga la correa.
—Espero haber conseguido nuestro propósito, o se las va a tener que ver con nosotras, ¿no crees? —La respuesta es un bailecillo con todo su cuerpo, casi seguro que haciéndole fiestas a la correa—. Sí, sí, ya nos vamos.
***
¿Por qué ha llamado? Esa es la pregunta con premio, la que llevo haciéndome desde ayer, y estoy muy tentado de ir en busca de respuestas. Si ella llamó sería por algún motivo… ¡Pero si no sabe quién soy! Estoy pensando estupideces.
Bajo las escaleras a toda prisa, consciente de no querer hacer esperar a Rachelle y deseando que los asistentes y técnicos lograsen reparar el estropicio que… Soy consciente del momento en el que mi cerebro se colapsa. Están aquí. Nada más enfocar la vista hacia los jardines colindantes de mi edificio, capturo, como si de un fotograma se tratase, a la mujer que remueve mi cuerpo noche tras noche, y a esa pequeñaja que ha cautivado mi corazón. «Hope, mi heroína…»
La decisión cobra fuerza en mí y sé que hice una estupidez, que no vi lo que debía cuando ella insistió en que no me apartase. Avanzo sin pensar, sin mirar, sin…
El tirón en el pie y la acera más cerca de lo normal, sin contar con el ardor en mi trasero, me confirman lo evidente: estoy en el suelo, otra vez. Alzo el rostro, en busca de lo que ahora me parece irreal, para ver a Hope a la carrera solo un segundo antes de tenerla despatarrada encima de mí lamiéndome compulsiva y entusiasmada, y a la mujer más preciosa que he conocido en mi vida caminando con una expresión a caballo entre la preocupación y la risa.
—Adelante —la animo—, puedes carcajearte si quieres. Posiblemente yo lo haría.
La explosión de risas y las lágrimas surcando su rostro me obligan a corearla, es inevitable.
—¿Te has hecho daño? —se interesa una vez controlado el ataque de humor y arrodillada a mi lado.
—Por suerte, mi culo y yo estamos acostumbrados… Pero que sepas que es tu culpa —añado animado por saberla a mi lado—, me has distraído.
—Vaya, siento oírlo —expresa con un tierno mohín en su labio inferior—. Pensé que cumplir tu deseo sería importante.
Sus palabras me desconciertan y cuando me fijo, veo que sostiene entre las manos mi pequeño cuaderno rojo abierto por el día de mi cumpleaños, ese en el que plasmé lo que más quería en mi vida. «Mi deseo.»
—Sé que pediste un “amigo” y que ambas somos chicas, pero somos leales, no nos importa tu mente olvidadiza —pronuncia acariciando mi pelo, haciendo que pierda un latido—, y lo más importante es que dependemos de ti para ser felices, nuestro “adorado despistado” —añade.
Lo que sus dulces ojos miel me transmiten va mucho más allá de lo que había soñado. Agarro su mano sin pensar y tiro de ella para alcanzar sus labios, deseoso y ansioso por tomar lo añorado… pero el quejido lastimero de Hope me sobresalta al darme cuenta que la hemos aplastado por mi imprudencia, por mi mente olvidadiza; aun así se escabulle para hacer cabriolas a nuestro alrededor, dejándome el espacio libre para atrapar la mirada de Sophie en una silenciosa petición.
—Bésame ya, o no lo cuentas. —El tirón de las solapas de la chaqueta y el contacto con sus labios remueven al instante todo mi mundo, uno que agarro por los hombros para pegar más a mí, y no dejarlo escapar.
Una semana, tres citas y un sinfín de encuentros más tarde me hallo ante su puerta dispuesto a recogerla para salir a cenar. Siempre he adorado los aniversarios, y el del primer beso con Sophie, el primer sí, aunque solo sea para darnos la oportunidad que ambos anhelábamos, ese es el más especial de todos.
La puerta se abre y ella me mira risueña, mostrando su sincera sonrisa, pero no es eso lo que me deja sin aliento, sino la prenda que cubre su cuerpo. Una bata de raso negra, con encajes acogiendo sus brazos y arremolinándose en torno a sus piernas que me dejan al borde del colapso.
—Hola mi adorado despistado —ronronea esas palabras, saboreando cada una de ellas para dejarme aún más confundido, si eso es posible.
—¿No habíamos quedado para salir? —comento echando un ojo a mi reloj, ese que marca la hora y la fecha, para acto seguido rebuscar entre los bolsillos para encontrar el cuaderno y ver que, en efecto, hemos quedado y he llegado a en punto. Ni un minuto antes ni uno después, lo que me descoloca por su extraño recibimiento.
—Sí, pero he decidido cambiar los planes —dice a la vez que acaricia de forma sinuosa el cinturón del batín, ese que mantiene todo en su lugar impidiendo que visualice más allá del tejido que la cubre, aunque no demasiado—. Espero que no te importe que sea una velada en casa…
¿Importarme? No sé qué tendrá pensado, pero si la ropa que piensa llevar es esa, yo no tengo nada que objetar al respecto.
—Soy todo tuyo.
Su sonrisa en respuesta no tiene desperdicio.
—Pues perfecto. Pasa y ponte cómodo… —Me mira de arriba a abajo haciéndome sentir el examen quemándome la piel—. Demasiada ropa —expone sin más. Es un hecho—. He preparado una velada para la que no necesitas tanta, así que… al dormitorio, eso sí, saluda antes a Hope, que lleva todo el día inquieta y husmeando por los rincones, apuesto a que era a ti a quien buscaba.
—No sé cómo responder a todo eso… ¿a sus órdenes? —pregunto sin poder contener la carcajada que me domina.
—Sí. Hoy eres mío. —El toque posesivo no me pasa desapercibido, y me agrada sobremanera. Sin embargo, no añado nada, solo asiento y voy al encuentro de mi pequeña heroína, que ya está tras la puerta del salón bailando su rabito y gimiendo.
—Hola mi peludita. ¿Cómo estás hoy? Hola, sí, hola. Yo también me alegro de verte —ronroneo sin poder evitarlo, pues la ternura que me inspira esta bola de pelo no la puedo ocultar. Al menos solo puede oírme Sophie.
Tras hacerle unas cuantas carantoñas a Hope, me dirijo al dormitorio sin tener muy claro qué hacer… «He preparado una velada para la que no necesitas tanta…» Sus palabras resuenan en mi cabeza y me hacen preguntarme si solo se refiere a la chaqueta o…
Escruto el espacio, ese que conozco del día que pisé el piso por primera vez y en el que tuve la suerte de robarle un par de besos. Delicado. Tonos pastel. Fresco. Y delicioso… así fue ese primer contacto entre estas paredes. No sé qué ha pensado, pero su indumentaria y la promesa de «no necesitar tanta ropa»… Recuerdo cada momento que he pasado con ella, con ambas. Cada conversación. Cada instante. Olor. Sabor. Es muy curioso que lo que tiene que ver con Hope o Sophie permanezca en mi mente sin necesidad de ser anotado. Ni tan siquiera necesité mirar las indicaciones para el tratamiento de Hope cuando el accidente y eso es sorprendente. Jarel y los demás no se lo creerían, ni por asomo.
—¿Todavía así?
El respingo ante lo inesperado de su presencia es inevitable, pero lo que más me sorprende es lo que descubro en el umbral de la puerta cuando me giro para enfrentarla. La bata ya no se sujeta por nada y me muestra sin pudor aparente lo que bajo ella escondía: encaje. Sensual, delicioso y escaso encaje que me permite ver más allá del mismo.
—Si llego a saber que vendrías así a buscarme, jamás me hubiese evadido en mis pensamientos y te habría esperado tal y como llegué al mundo.
Mis palabras le arrancan una carcajada que se silencia cuando me deshago de la chaqueta y el jersey de un solo movimiento, dejando expuesto mi pecho, ese que asciende y desciende por las respiraciones profundas que escapan de mí ante el deseo de tomar lo que se me ofrece. Pero no me detengo ahí.
—Lo justo sería equiparar el juego, ¿no? —añado al llevarme las manos a la bragueta del vaquero para abrirla de un solo movimiento… o eso era lo que pretendía, pues olvidé que llevaba el cinturón puesto…—. Vaya, esto quedaba más sexy en mi mente, donde la correa se había quedado en casa, sin molestar —digo totalmente abochornado.
—Mmm, es posible, pero… —Con andares felinos camina hasta mí, dejándome ansioso por las múltiples posibilidades—. ¿Qué te parece si yo me encargo? —ronronea junto a mis labios, cerca, muy cerca y con sus dedos curioseando por la frontera que separa el pantalón de mi piel.
—Me parece que me reafirmo en lo que expresé antes: estoy a tus órdenes.
—Bien. Eso es lo que quería oír.
Con movimientos rápidos y certeros se deshace del cierre y los vaqueros llegan al suelo antes de ser capaz de reaccionar a ello, y los calzoncillos le siguen muy de cerca. «Estoy expuesto a ti. Con mente olvidadiza, torpezas y todo el paquete», ese pensamiento se cruza un segundo antes de que se apodere de mis labios en un beso exigente que no tardo en devolver, uno que manda al traste cualquier advertencia del tipo «vas muy rápido», «recuerda que ya te perdiste una vez», «¿estás seguro?» y otras tantas que desde el momento cero, ese en el que me percaté de mis sentimientos, han pululado por mi cabeza para frenarme.
La pego a mí, dejando que note la evidencia de lo que siento. Su cuerpo se amolda al mío como ningún otro. No es pequeña, no es manejable; es sensual, llena de curvas deliciosas y músculos que me ofrecen posibilidades, unas muy divertidas si ella se presta…
La tomo en brazos sin romper el beso. La abrazo fuerte, con la necesidad de fundir su cuerpo con el mío, y me doy media vuelta, sin mirar, solo sintiendo y con una meta: la cama… Un paso, dos, tres… «¡¡ah!!». A duras penas logro contener el dolor que se extiende por mi pie y me recorre la pierna hacia arriba, eso sí, los dos lagrimones que asoman a mis ojos son la evidencia del golpe que me acabo de dar contra algo.
—¡Ay Dios! —exclama Sophie soltándose de mí hasta posarse en el suelo para acto seguido arrodillarse y examinar mi pie—. Maldita sea, olvidé avisarte del escalón. Cuánto lo siento —dice mirándome… aunque en el trayecto se encuentra con otra cosa que no son mis ojos, algo que no ha salido muy mal parado tras el porrazo, del pie mejor no hablamos, que seguro que voy a necesitar un cubo con hielo tras lo que planeo hacer ahora mismo.
—Podrías compensarme por ello.
El brillo en su mirada, el deseo, el anhelo. Todo me demuestra lo que quiere.
Acaricio su cabello y lo amoldo a mi mano para obligarla, siempre delicado, a alzar el rostro y así hacerme con su boca de nuevo. Beber de ella. Hacerla arder, tanto como su mirada escrutadora ha logrado que yo lo haga. Sus manos se deslizan por mis piernas, resiguen cada curva, juegan con el vello y continúan hasta esa intersección donde los rizos no ocultan lo que la ropa trataba cuando la vi de esta guisa al llegar.
***
Su sabor me embriaga, me seduce… y quiero más.
Me alejo de su boca con un destino en mente, uno que él entiende a la perfección en el momento en que sostengo el peso de su miembro entre mis manos, las dos, para acariciar toda su extensión teniendo como respuesta un gemido gutural que me invita a continuar. «Mío.» Sin pensar más, lo llevo hasta mi boca tirando un poco de él, haciéndole saber que lo deseo y gracias a Dios que no me hace esperar.
Que se introduzca de una sola embestida en mi boca es lo que estaba deseando. Su sabor estalla en mí y me enloquece. Dejo que me penetre libremente. Que me haga suya.
Su cuerpo tiembla, lo siento en la palma de mis manos, lo percibo en mi boca y en los suaves tirones de mi pelo…
—¡Ah! No puedo seguir así… Ven… —dice ayudándome a levantarme.
En cuanto estoy ante él, se apodera de mi boca haciéndose con ella al igual que su pene lo había hecho antes. Se deshace de la bata con rapidez y sus manos descienden por mi espalda para introducirse en el encaje que me cubre y aferrar mis glúteos haciendo que su erección ocupe el lugar que le corresponde… aunque con una pequeña barrera, la cual no dura mucho cuando se da cuenta. La baja y la deja caer llegando al suelo.
—Tendrás que perdonar hoy a tu despistado, porque no aguanto más sin estar dentro de ti.
***
…
La recuesto sobre la cama y acomodo mi cuerpo sobre el suyo, deseoso de lo que oculta entre ese pequeño mar de rizos. Pero su sabor me llegará en el segundo asalto.
—En el siguiente te prometo el cielo, pero ahora te daré el paraíso.
Suelto el cierre del sostén, que por suerte está por delante, y devoro sus pechos al instante, con necesidad, absorbiendo las puntas rosadas que, tentadoras, me retan a más con cada inspiración. Las saboreo hasta saciarme, pero mi cuerpo exige más.
Subo por su cuerpo para poder acoplarme y embisto cuando sus ojos se sumergen con los míos, cuando la presión la hace exhalar, cuando sus párpados quieren cerrarse y ella se obliga a mirarme, cuando el calor me acoge, para dejarme expuesto en más de un sentido.
—Te amo —la penetro—, te adoro —añado al dejarla vacía para volverla a llenar—. Soy tuyo.
Las contracciones de su cuerpo son mi respuesta. La excitación la invade con la última palabra y con ella me dejo ir, sintiendo cómo me vacío dentro, marcándola… como… mía.
Mi cuerpo reposa entre sus brazos, sintiéndome el más afortunado del mundo.
—Yo también te amo —susurra sobre mi cabello mientras me abraza, pero necesito mirarla.
Me incorporo y salgo a regañadientes de su interior para poder observarla.
—Eres tan bella, y no es solo tu cuerpo —digo recorriéndola con la mirada para grabar a fuego en mi mente este primer encuentro. Sus ojos, su cabello, sus labios, las cimas que tanto he disfrutado degustar, ese vientre plano y sensual y su… Pierdo el hilo cuando la realidad de lo que acabamos de hacer me golpea—. ¡Maldita sea!
Ella frunce el ceño.
—Vale, ¿se puede saber qué has visto que pueda disgustarte tanto? —me suelta malhumorada.
—Perdona… ¡nada! —exclamo cuando me percato de lo que insinúa—. ¿Cómo puedes pensar que hay algo en ti que me pueda disgustar? Es absurdo. —Al verla relajarse me armo de valor para la siguiente reprimenda y me explico—: Es que… olvidé usar protección —digo señalando la evidencia de mis palabras.
En su rostro se dibuja una sonrisa, una que me atemoriza por lo que pueda significar. Pero antes de que ninguna pregunta inoportuna se cruce en mi mente o salga de mi boca dice, tan tranquila:
—Tomo la píldora. Desde hace meses. Así que… —Se carcajea por la expresión de alivio que muestra mi rostro, de eso estoy convencido—. Además, ¿cómo crees que a mi olvidadizo novio voy a dejarle esa responsabilidad? —dice con una pícara sonrisa.
—Pues menos mal que no lo has hecho… —digo entre risas, unas que atraen a la habitación a la pequeña de la casa bailando su rabito—. Hola Hope, ¿tienes hambre? —Dos ladridos son mi respuesta—. Muy bien, muy bien. Yo te pongo la cena mientras Sophie se viste —digo mirando a la mujer de mis sueños, la amiga que deseé tras soplar las velas, en mi trigésimo primer cumpleaños—, y luego quiero mi cena… aunque si no tienes nada pensado… —añado.
—El pedido estaba programado para que llegase a las nueve, no creo que tarde.
No puedo evitar sonreír. Todo lo que me falta a mí en eficacia lo tiene ella.
—Me completas. Gracias por haber hecho realidad mi deseo.
—De nada.