País Relato - Autores

susana oro

un nuevo comienzo

—¡Flores, flores!, ¡bellas flores para tu novia en el día de San Valentín! —gritó Micaela parada en una concurrida esquina céntrica. A pesar de estar en pleno verano, el viento del sur había traído un frío del demonio que se le filtraba por el gastado sobretodo de lanilla apelmazada, y Mica no paraba de tiritar.
Un vehículo dobló en la esquina y le empapó los desgastados vaqueros.
—¡Ojalá te pudras en el infierno, maldito insensible! —la barriga le anunció que estaba muerta de hambre, apartó a un lado la insensibilidad de la gente y volvió a sus ventas. Necesitaba vender al menos un maldito ramo de flores para echar algo al estómago. —¡Bellas margaritas para tu amada princesa! ¡No hay como una flor para demostrarle amor a una mujer! ¡Seguro que tu chica se desmaya de emoción si le regalas estas delicadas violetas del campo! —siguió gritando.
Hubo una época en que ella ignoraba a los vendedores ambulantes. Ahora la vida le había dado una patada en el trasero y la había dejado mordiendo el polvo de las calles.
—¡Qué hay más importante que el amor! ¿Y cómo demostrarlo? ¡Nada más bello que estos pimpollitos de rosas para decirle a tu muchacha que la adoras! —gritó mientras movía unos ramilletes frente a los automóviles que pasaban indiferentes a su lado. El hambre no sabía esperar y sus gritos ya se tornaban desesperados. Necesitaba con urgencia un bollo de la panadería para silenciar el rugido de su estómago.
Atrás había quedado el cuerpo esbelto de atleta, el profesor a domicilio y los batidos de frutas para mantener la piel lozana, el sándwich de pan de centeno en el desayuno y los arrollados agridulces que le preparaba María. El cabello rubio sedoso se había convertido en paja enmarañada y sus ojos celestes habían perdido la chispa de diversión. Su mirada oscilaba entre la desesperanza y el agotamiento. Este no era de sus mejores días, no había vendido nada y gritaba como loca para vender una mierda de flor para comprarse un bollo del día anterior, que eran los que conseguía en la panadería de la esquina al cincuenta por ciento de su valor.
Frente a ella se paró un Audi impresionante, de esos autos llamativos que todos se giraban a mirar. De hecho, sus amigos, que vendían en otras esquinas, ya se acercaban como moscas a curiosear, pero ella no tenía deseos de mirar el auto, solo quería vender unas flores.
—Para usted, milord, tengo el mejor ramo. Esta belleza no podría conseguirla ni en las coquetas florerías de su barrio de ricos donde vive —no lo miró, porque estaba rebuscando en su canasta ese ramo especial con dos rosas blancas, tres violetas, un toque de helecho trepador y cuatro margaritas, el que había armado con esmero esperando esos clientes paquetes que pagaban cualquier cosa por algo original.
—Vaya, que bajo hemos caído. La niña rica a la que papi no le permitía tener novios pobres. Quién lo diría —la voz gruesa sonó a burla. Mica no tuvo que mirarlo a los ojos para descubrir de quién se trataba, su voz estaba grabada a fuego en sus recuerdos. Se tragó el nudo que se le formó en la garganta y siguió rebuscando en la canasta. El orgullo no existía cuando la barriga pedía a gritos un bollo viejo.
—Tú lo has dicho, cariño. Tantos años sin vernos —le sonrió, le temblaron los labios, pero apartó la sensación de añoranza y le mostró su mejor ramo —Con esta belleza vas a quedar bien con tu chica —aclaró sin mostrar rastros de aquella altanería de antaño.
—La vida da vueltas inesperadas, ¿no? —se burló David. Ella se perdió por un instante en esos ojos negros que siempre le habían cortado el aire y esa sonrisa seductora que le había hecho flaquear las rodillas. En otra época él la adoraba, en cambio ahora había una curva burlona en esos labios amados de antaño y un abismo entre los dos que solo daba el dinero. Ella lo sabía bien, solo que el dinero ahora lo tenía él.
—Sí, señor, eso mismo hace la vida. Unas veces unos están en lo alto y al día siguiente se pueden invertir los roles. Bien por ti, David, has logrado lo que prometiste —David no encontró más que admiración en su voz, y eso lo dejó perplejo.
—¿Papi se fundió con sus empresas millonarias? —preguntó David con curiosidad.
—Se murió —dijo Mica, y entrecerró los ojos. Le dedicó una tenue sonrisa que fue incapaz de ocultar su dolor.
—No lo sabía. Cuando me echaron a patadas de tu vida di vuelta la página. Te creía casada con uno de esos petimetres que se pasaban el día jugando al golf y bebiendo vodka con hielo.
—Siempre preferí el jugo de frutas al vodka, al menos deberías reconocerme ese mérito —aclaró Mica, y volvió a agitar el ramo al sentir el rugido de sus tripas. Solo el hambre la mantenía parada allí, dejándose humillar por el chico que había amado más que a su propia vida. —No vas a encontrar un ramo más lindo que este. Solo te va a costar lo que sale un desayuno de los buenos —quería que le comprara el ramo aunque solo fuera por compasión, y que se marchara para luego de engañar al estómago poder llorar a su antojo por lo que podría haber sido.
Pero este no era su día de suerte, se dijo cuando el Tano gritó desde la otra esquina.
—BMW rojo, patente 570. Viejo a cincuenta metros.
David no entendió el alboroto que se armó entre los vendedores de flores de la esquina. Giró la cabeza para ver de qué se trataba y se dio con la sorpresa que el papi no estaba muerto, y se detenía a su lado obstaculizando el tráfico como si fuera el dueño del mundo. Nada había cambiado, ¿o todo había cambiado? Le echó una mirada al hombre pero no dio señales de reconocerlo. Volteó de nuevo para ver dónde se había metido la niña rica de Ponte Rueda. Ella no estaba en ningún lado, era como si se la hubiera tragado la tierra. Y David quedó desconcertado.
Habían pasado diez años de aquel día en el que fue a acompañar a Mica a su casa, y el querido papi le propinó la paliza de su vida mientras le decía que lo haría encarcelar por ladrón si no se apartaba de su hija. Ella no lo había defendido, se había echado a llorar en brazos de una sirvienta de vestido blanco y delantal negro, y entre sollozos le había dicho a su padre que no había nada entre ellos, que cómo podía imaginar que ella se podía enamorar del jardinero de la casa.
Ese había sido el día más humillante en la vida de David. Le había comprado un anillo de compromiso que le costó el sueldo de un mes, y ella lo acababa echar de su vida con esas palabras despectivas.
Y mientras él recordaba, el viejo calvo se bajó del BMW y amenazó a un jovencito de quince años que vendía flores en la otra esquina.
—La alertaste, mocoso sucio e ignorante. Ya la he desheredado, pero el día que la agarre la voy a encerrar de por vida en un loquero para que no siga ensuciando el apellido que no se merece llevar. Maldita desgraciada.
—¡Usted la odia! Déjela en paz, si ella no quiere saber nada de usted y su sucia familia. Ni siquiera le importa su podrido apellido, viejo, se lo ha cambiado hace años, hijo e puta —el jovencito lanzó un silbido y aparecieron de algún lado tres muchachos de la calle. No golpearon al viejo, pero lo tomaron de los brazos y lo acompañaron muy gentilmente al BMW. David demoró unos segundos en descubrir el cuchillo que habían posado sobre su enorme barriga. Se quedó helado, no por el cuchillo, sino por las conclusiones a las que llegó.
El padre de Mica se marchó haciendo chirriar los neumáticos. Él, en cambio, se apeó del vehículo y se acercó a los jóvenes.
—¡Dónde está? ¿Cuánto hace que se fue de su casa? —sus ojos negros como noches tenebrosas los intimidó un poco, pero David descubrió que esos chicos harapientos eran capaces de perder la vida antes de darle información sobre el paradero de Mica.
—No es asunto tuyo, maricón —David arqueó las cejas. —Vete a la mierda de vida que tienes ricachón, deja de buscar información sobre la Mica, ella es nuestra hermana, y ningún vivillo se la va a llevar a ese viejo hijo e puta —las voces de todos se mezclaron, y seguidamente le escupieron sobre los lustrosos zapatos. Era el más claro signo de desprecio que había recibido desde que era un hombre de dinero, pero sonrió porque él en otra época había sido muy parecido a ellos.
—Me estaba por vender unas flores para mi chica. Las quiero —sacó la billetera. —¿Cuánto dinero quieren para darme información sobre ella? —aclaró mostrando un fajo de billetes.
—Ni se te ocurra, Paco, la Mica no está a la venta —dijo el Tano al ver que a Paco se le iban los ojos por el fajo de billetes.
—Hace diez años ese viejo casi me mandó para el otro mundo cuando se enteró que quería a su hija. No supe más nada de ella, y quiero verla, necesito entender qué paso. Por favor —David no suplicaba, pero allí estaba casi rogando que le dieran su paradero. —Soy David Lorenzo —se oyó decir como si esos muchachos supieran algo de él.
Al parecer sabían algo de la historia, porque uno de los muchachos frunció el ceño, dos arquearon las cejas y el tercero estalló en carcajadas.
Dos días después David estaba frente a un galpón abandonado mirando niños, mujeres y jóvenes ir y venir como si pertenecieran a una comunidad… pero ella no daba señales de aparecer. Esa parte de la vida nunca la había conocido. Él había sido jardinero en la casa de Ponte Rueda, pero al acabar su trabajo regresaba a su casa, que era humilde, pero tenía un techo, comida en la mesa y una madre que lo adoraba. Mica estaba sola, rodeada de indigentes que la habían acogido después de que él se borrara de su vida. Nueve años, eso le habían dicho sus amigos de la calle, llevaba nueve años compartiendo la vida con esa gente que la había acogido como si fuera uno más de ellos.
Y mientras él había estado diez años haciendo dinero para fregárselo en la cara, ella se había convertido en una indigente cuando el papi la echó de la casa porque se negó a casarse con el hijo de su socio para aumentar el activo de la sociedad.
Había aprendido a odiarla cuando dejó de llorarla, y siempre supo que en algún momento se la encontraría en esas fiestas a las que antes no lo dejaban entrar y ahora le tendían una alfombra roja para agasajarlo. Pero nunca la había visto, ahora entendía el porqué.
Ella salió con un bebé en brazos y a David se le cayó el mundo. Estaba con alguien y había tenido un hijo, se dijo. Avanzó hacia ella y un niño de unos ocho años salió corriendo del galpón y se paró frente a Mica. David empezó a temblar. Ella… era de otro mundo, de un mundo más duro que el de su juventud. Se había casado y adaptado mejor que él a la pobreza. No tenía sentido incomodarla, se dijo, pero no encontró las fuerzas para marcharse. Dio un paso inseguro, los ojos le brillaban al ver en lo que Mica se había convertido, y vio que el niño le sonreía.
—Eh, Mica, mira a ese hombre que no te saca los ojos de encima. Al final, mi madre tiene razón cuando dice que vendrá tu príncipe en un corcel a sacarte de nuestro lado —dijo el niño, y Mica levantó los ojos hacia él.
—No, Tito, ese hombre no tiene un corcel. ¿No ves el auto que ha dejado en la esquina? —señaló el impresionante Audi de David. —Ese hombre solo viene a regodearse de sus logros y a ver como he caído yo. Pero sabes, yo estoy más arriba que él porque los tengo a ustedes.
—Mica, no se regodea, creo que se le cae una lágrima. Mira, mira que se le mojó la mejilla —dijo Tito tironeando de la falda desgastada de Mica.
—Sí, parece que le entró una basurita en el ojo. No debe estar acostumbrado a la tierra. Debe tener el parque más bello de la ciudad. Era jardinero, sabes, y no te imaginas las maravillas que hacía en los parques.
—Igual que tú, Mica, que plantas y cuidas todas esas flores para vender —dijo el niño, y Mica se sintió desnuda ante ese comentario.
Eso fue lo que animó a David a avanzar.
—¿Todavía está disponible el ramo de flores que me ofreciste para mi chica? —preguntó David, y sonrió con ternura.
—Ya se marchitó —dijo Mica.
—No es cierto. Lo tiene en agua y lo cuida como si fuera un bebé. Ya lo traigo —dijo Tito, y salió corriendo en busca de las flores.
—Ha pasado mucho tiempo, y por lo que veo ha corrido mucha agua bajo el puente —dijo David con la voz entrecortada.
—Así es —Mica bajó la mirada al piso. Sus vidas se habían invertido, ella era la pobre chica.
—¿Es tuyo? —señaló el niño que tenía en brazos.
Recién allí Mica entendió el significado de sus palabras. Él creía que estaba en pareja con alguien y con un hijo. Levantó el rostro y negó con la cabeza.
—Lo cuido mientras su madre sale a buscar el sustento —aclaró.
Tito salió del galpón corriendo con el ramo agitándose en sus manos.
—Mire lo lindo que está, señor —dijo el niño, que corría con el ramo extendido para dárselo a David.
Él lo tomó y miró a Mica.
—Me dijiste que valía un desayuno de los buenos.
Mica asintió con las mejillas sonrosadas.
—Yo creo que vale noches abrazados, miles de desayunos compartidos, caminatas al atardecer y madrugadas de desvelo haciendo el amor. Niños jugando en el parque y… mi vida entregada a ti.
Mica dejó escapar unas lágrimas. Él le estaba ofreciendo lo que llevaba diez años esperando. Pero ahora la pobreza era de ella, y había un abismo que se interponía entre los dos.
—Ha corrido mucha agua bajo el puente, como me has recordado —repitió Mica las palabras que momentos antes le había dicho David.
—Así es, pero eso nos hace más fuertes.
Él tenía razón, pero ella no supo qué responder.
David se acercó a ella.
—Para mi chica —dijo David mientras le tendía el ramillete de flores.
—Ey, Mica, no hay dudas de que este tipo es tu príncipe. Te está comprando las flores y te las está devolviendo. Las podrías volver a vender —razonó Tito.
Mica miró al niño y sonrió, pero no recibió las flores porque venían acompañadas de un compromiso del que poco se acordaba. Diez años de vida dura le quitaban los sueños a cualquiera.
—Necesito los servicios de una jardinera —dijo David al ver las dudas de ella. —Si aceptaras, te dejaría hacer lo que se te antoje en mi parque, solo te pido que compartas conmigo mi hogar. Mi parque se está convirtiendo en un monte —dijo David buscando otra forma de regresarla a su vida.
—¿Qué extraño? Creí que era tu pasión —comentó Mica con curiosidad, le entregó el bebé a Tito, y el niño, ni lerdo ni tonto, entendió que se tenía que marchar.
—Ese era mi trabajo. Mi pasión era y sigue siendo la mujer que perdí hace diez años.
Todas las noches se acostaba sobre el colchón enmohecido soñando que él regresaba a buscarla, la envolvía en sus brazos, la protegía del desamparo y le decía que la vida era bella y que juntos iban a luchar contra el mundo. Y allí estaba la posibilidad de un nuevo comienzo. Mica miró a David con los ojos llenos de lágrimas, y aceptó el regalo que le estaba dando la vida.
—Nunca me perdiste, David. Te he estado esperando —dijo Mica, y a pesar de las lágrimas su sonrisa fue radiante.
—¿Por eso vives acá? ¿Por eso dejaste el lujo y las comodidades? ¿Por eso te haces llamar Mica de Lorenzo?
Ella lo miró asombrada. Los chicos le habían contado su decisión de adoptar el apellido de David para creer en una vida a su lado.
—No podía casarme con esos petimetres que toman vodka con hielo y juegan al golf, siempre te lo dije —ella tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Qué tonto fui —dijo David acercándose a ella.
Mica le sonrió.
—Siempre fuiste un tonto.
David sacó un anillo de oro con una corona de diamantes y se lo tendió.
—Me harías el honor de ser mi prometida hasta que pueda encontrar un cura que nos case lo antes posible.
—Es muy lindo, pero no puedo aceptarlo porque hace diez años que estoy prometida a un jardinero que juró casarse conmigo aunque tuviera que surcar mares a nado para lograrlo —le mostró la mano, y David vio, en esos dedos arruinados por la mala vida, el anillo que le había regalado diez años atrás. Un sueldo le había costado, y ella, a pesar de no tener como alimentarse nunca lo había vendido.
—Dios mío. Llevo años soñando con este momento, pero no sé cómo voy a remediar todo lo que has pasado por mi culpa.
Ella se colgó de su cuello y le sonrió.
—No me abandones de nuevo, y demuéstrame tu amor —dijo Mica.
—Dispongo de todo el tiempo del mundo para demostrarte que mi vida no tiene sentido sin ti. Te amo —dijo David.
Ella rio entre lágrimas, él la atrajo a sus brazos y la besó.