País Relato - Autores

susana mohel

dime que sí

Veo por la ventana de la habitación del famoso hotel Del Coronado, mientras la lluvia no para de caer. Es el día de mi boda, el que he esperado toda mi vida y el cielo parece haber conspirado en mi contra.
Maldita sea mi suerte.
Hoy es el sábado primero de agosto, una fecha que mi prometido y yo, habíamos esperado durante los más de seis años que ha durado nuestro noviazgo. El día más feliz de nuestras vidas, nuestra cita especial, la unión de nuestras vidas ante Dios, la ley, nuestra familia y amigos. Ahora todo se ha ido a la mierda. Todo.
Hemos planeado la boda durante muchos meses. Mis padres, al ser su primera hija en contraer nupcias, se volvieron locos de felicidad con el anuncio de nuestro compromiso y decidieron llevar lo que pensamos sería una boda familiar y sencilla, al siguiente nivel.
Mi madre contrató a una de las mejores planificadoras de boda de la ciudad de San Diego, California, el lugar en dónde vivimos. Entonces comenzamos la búsqueda de la locación perfecta y decidimos que no podía ser otra, debíamos casarnos cerca del lugar en que nos conocimos, la playa. Y ahora, heme aquí, mirando las gruesas gotas caer del cielo encapotado.
Según el pronóstico del tiempo sería un día maravillosamente soleado, perfecto para una boda al aire libre. El movimiento aquí comenzó muy temprano, decenas de proveedores poniendo cada cosa en su lugar, incluso la alfombra blanca por la cual caminaría había sido desplegada y las flores que escenificarían un gran altar fueron instaladas. Solo faltaban unas cuantas horas, ponerme mi vestido y caminar hacia en donde Blake, el hombre que había elegido como esposo me estaría esperando tan ansioso como yo lo estaba.
Todo hasta que el viento comenzó a soplar, arrancándole los pétalos a las flores, tumbando las finas telas que habían colgado y hasta tumbando algunas sillas. Todo un desastre.
Mi madre no para de llorar y mi padre está con mi hermano en el primer piso intentando hacer algo para solucionar todo este desastre.
—No puedes casarte así, Mar, no fue esto lo que planeamos. —Escucho los quejidos de mi madre como si procedieran de otro planeta. ¿Habré despertado en alguna realidad alternativa?
Mi vestido cuelga a un lado del espejo de cuerpo entero que han traído a la suite, es muy sencillo, un delicado modelo de finos tirantes y un pronunciado escote en la espalda, confeccionado en un exquisito encaje que según la chica de la tienda, había sido importado de no sé qué ciudad europea. Supuse que a mi padre le daría un infarto al darse cuenta del montón de ceros que estaban escritos en la etiqueta que colgaba de él. Pero, para mi total asombro, se limitó a decir que merecía lo mejor del mundo y que él estaba dispuesto a pagarlo.
Así que sin dudarlo más, lo compré. Ahora me pregunto si llegaré a usarlo alguna vez.
—¿Dónde está Blake? —Pregunto sin dirigirme a nadie en especial, pero esperando a que alguien se apiade de mí y me conteste.
—No lo hemos visto desde que fue a recoger a sus padres al aeropuerto.
Mis suegros son unas personas hermosas y con un gran corazón, pero que viven en su propio mundo, retrasaron tanto la compra del boleto de avión, pasando por alto incluso los ruegos míos y de Blake, hasta que solo encontraron para hoy, unas horas antes de la boda y a un precio exorbitante. Además, Blake debía irlos a recoger al aeropuerto. Para ello, tuvimos que retrasar la ceremonia y toda la planificación.
Ahora ya no sé si eso fue bueno o malo.
Seguramente ya estaría casada, aunque fuera en medio de semejante tormenta.
¿Y si algo les pasa?
¿Y si no llegan?
—Mamá, ¿alguien ha intentado comunicarse con Blake?
Ella se levanta de la cama y ahoga un gritillo, como si se le hubiera pasado un pequeño detalle por alto.
Pequeño detalle.
El novio no está.
—Nada va a impedir que me case contigo —me había dicho anoche antes de dormirnos. —Mañana a esta hora serás mi esposa, serás la señora Reynolds.
Por supuesto, yo le creí.
¿Y cómo no creerle con los poderes de convencimiento que tiene ese hombre?
Mientras su boca bajaba por mi cuello, tejiendo un húmedo camino de besos, sus manos se hacían cargo de los pequeños botones delanteros de mi vestido dejando mi pecho desnudo y dispuesto para recibir sus atenciones.
—Blake… —suspiré.
—¿Sí, mi amor?
—Ámame —le rogué entre jadeos.
Cuando su cuerpo invadió el mío, me olvidé de cualquier cosa que no fuéramos nosotros y la vida que nos estaba esperando. Con cada envestida él reafirmaba que se había adueñado de mi corazón, de mi cuerpo y también de mi alma. Con cada jadeo mi certeza aumentaba, porque él era el elegido, él. Blake.
—¿Estás lista para decirles a todos? —Dijo mientras su mano bajaba por mi vientre. Seguíamos enredados sobre las blancas sábanas de la cama que compartíamos en la suite del hotel, saciados después de celebrar por millonésima vez y anticipadamente lo que estaba por ocurrir.
Hacía varios días que nos habíamos enterado que nuestro primer hijo, el fruto de nuestro amor, venía en camino. Pensamos que lo mejor era decirles a todos la noticia una vez estuviéramos casados, por lo que organizamos un desayuno para el día después de la boda en el restaurante del hotel, al que asistirían nuestros amigos más cercanos y nuestra familia. Después nos despediríamos de todos y nos marcharíamos a una idílica luna de miel en las paradisíacas playas del archipiélago hawaiano.
Ahora todo me parece tan lejano, tan desolado, tan vacío.
Camino hasta la mesa que está a un lado de la ventana para buscar mi celular, necesito hablar con él y que me diga que ya viene en camino. Que todo está bien, que todo va a estar bien. Lo necesito más que al aire que respiro, necesito escuchar su voz, con ansias locas lo necesito.
Marco su número una y otra vez, para obtener la misma respuesta.
Directo al buzón de voz.
Los minutos pasan y a mí me parecen eternidades. Lo peor es, que Blake sigue sin aparecer.
Mi día se ha tornado tan negro como las nubes que cubren el cielo allá afuera.
—Hija —escucho decir a mi madre —ya la peinadora está allá afuera, ¿quieres que le diga que entre?
—¿Para qué? —Sus amables palabras me han roto, sé que mamá no tiene la culpa de lo que está pasando, sin embargo no puedo evitar estallar en un muy amargo llanto. —No va a haber boda, ¿no lo ves? Todo se fue a la mierda, todo. Blake no está, se ha ido.
Lloro.
Lloro.
Y vuelvo a llorar.
—Mi amor, estoy segura de que en un rato ese chico va a aparecer por esa puerta, tan enamorado como siempre y dispuesto a cumplir su promesa.
—¿Entonces por qué su teléfono se va a buzón? —Ella me abraza y me dejo querer. Aquí, entre los brazos de mi madre vuelvo a ser una niña, su niña y me siento totalmente segura.
Ella es el faro que me trae de regreso a casa.
—Hay miles de explicaciones totalmente creíbles para eso, pudo haberse quedado sin batería, el teléfono se le pudo haber olvidado en la habitación o en el coche, mientras espera por Martin y Shelley en el aeropuerto.
—Noooooo —eso ha salido como un berrido. —Se fue, mamá, Blake se fue, estoy segura.
—¿Pero es que te has vuelto loca? —Me regaña, aunque su voz sigue siendo suave. —Marianne, ese hombre te adora, en un rato aparecerá y tendremos una linda ceremonia en la playa.
—Mamá, Blake ha aprovechado esta oportunidad para escapar de la responsabilidad, ha descubierto que es muy joven para echarse la soga al cuello.
—¿Joven? —Se burla ella. —Hija, reconozco que a los treinta y cinco años nadie puede ser considerado un anciano, pero tu prometido no es ningún adolescente, es un hombre que sabe lo que quiere y a quién quiere.
—Ay mamá, tú no entiendes.
Ay mamá, tú no entiendes.
—¿Y qué es lo que se supone que tengo que entender, Marianne, qué no me has dicho?
Suspiro pensando si es que debo decírselo o no, confieso que necesito desahogarme, confiar en otra persona. Y nadie mejor que mi madre para tal fin. Pero por otro lado, me siento traidora, habíamos planeado darle esta noticia a mi familia de una forma muy diferente.
—Mamá… es que yo… —balbuceo.
—Todo listo —grita mi hermano mientras abre la puerta de la habitación. —Hemos rescatado las flores, papá le ha pagado extra a la florista para que reconstruya los arreglos, han quedado preciosos, ni te vas a dar cuenta que una tormenta pasó el día de tu boda.
—¿Estás seguro? —Sonrío entre lágrimas, no quiero desairar el detalle que han tenido y mucho menos menospreciar su esfuerzo, pero en este momento las flores son el menor de mis problemas.
—¿Dudas de tu hermano mayor? Me ofendes hermanita. —Henry, mi hermano, hace un dramático gesto, simulando estar herido de muerte en el pecho, tan payaso como siempre.
Así con todo y su sentido del humor, le amo con locura. Es el mejor hermano que pude tener.
—Vamos a cambiarnos, tenemos que asistir a la boda de mi adorada hija —anuncia mi padre, pero nadie se mueve. Tanto él como Henry se han quedado de piedra al verme en este deplorable estado.
He llorado por al menos una hora y debo tener los ojos como huevos cocidos.
—¿Qué tiene? —Pregunta papá dirigiéndose a mi madre. —¿Qué la ha puesto así?
Ella le hace señas para que no haga más drama de esta situación.
—Blake fue a recoger a sus padres y no ha regresado, Marianne le ha estado llamando y se va a buzón, ahora ella piensa que tenemos novio a la fuga y se ha puesto como loca.
—Pues yo lo voy a ir a buscar, pobre de él si su plan ha sido dejar a mi hija plantada ante el altar.
—Otro loco en la familia. ¿Cómo lo vas a ir a buscar en medio de semejante tormenta? —Lo reprende ella. —No quiero que salgas y te pase algo, estoy segura que Blake está al caer.
—Mira cómo está mi hija, mujer —reclama. —¿Crees que puedo quedarme aquí tan tranquilo, viendo cómo se desmorona?
—Tú no vas a ningún lado, Will, te sientas y me ayudas a hacer entrar en razón a esta niña.
Aún en medio de mi desesperación puedo sentir la ira de mi padre aplacarse, él haría cualquier cosa por mí y si mi madre le ha dicho que lo que necesito es que se calme, eso mismo va a hacer, así le cueste sangre, sudor o lágrimas.
—Vamos, princesa —susurra mi padre en voz suave. —Ponte una pomada de esas verdes que usa tu madre y deja que la chica que te va a peinar entre a arreglarte, seguro en un rato llega Blake listo para la boda y tú no querrás llegar tarde.
—¿Y si no llega? —Chillo otra vez.
Estando en bata siento que tengo una armadura que me protege, pero ¿qué será de mí si me pongo ese vestido que he comprado pensando en él y el señor Reynolds se le da por no aparecer?
Me voy a morir de pena.
Me voy a morir.
Y para rematar, embarazada.
Embarazada del hombre que el día de mi boda ha decidido dejarme plantada.
—Déjenme esto a mí —refunfuña Henry. —Este es un caso para súper Burns. A ver, berrinchuda, hace mucho que no tienes cinco años. No seas cobarde, haz el favor de parar con este teatrito, que ya tengo dolor de cabeza. Ve a darte un baño mientras nosotros terminamos de arreglar todo aquí, en quince minutos te quiero en esa silla, sin un solo rastro de lágrimas en la cara, ha llegado el momento.
—Pero es que yo…
—Pero es que yo, nada —espeta. —Yo ordeno, tú obedeces.
Él dice que ya no tenemos cinco años, pero en este momento me veo como una niña chiquita, peleándome con él. Permitiendo que gane la partida.
A regañadientes me levanto y arrastro mi cuerpo hasta el baño. Tras quince minutos de una reconfortante ducha caliente, casi me siento humana otra vez, aunque no se lo vaya a reconocer en voz alta al señor Henry Burns, mi querido hermanito.
La chica del peinado comienza a rizar mi cabello, diciendo algo sobre los tirabuzones que habíamos ensayado y no sé qué otras cosas sobre el velo.
Por fortuna, al llegar a la parte del maquillaje, ella se ciñe a lo que habíamos hablado anteriormente y no insiste en convertirme en una persona que no soy. Mis instrucciones fueron claras, suave, sencillo, sobrio. Eso se parece a mí, aunque el día de hoy se supone que voy a cambiar mi apellido y estado civil, quiero seguir siendo quien soy. Marianne.
Retraso tanto como puedo el momento de ponerme el vestido, aunque cuando van a dar las cuatro, mi madre insiste en que es tiempo y comenzamos con el ritual. Estoy temblorosa, llena de dudas, temerosa de que mis peores miedos se conviertan en realidad.
Entonces la voz de Blake resuena en mi cabeza, sus suaves palabras de amor me tocan, me acarician, me envuelven. Todas las veces que el sol de la mañana nos ha encontrado envueltos en los brazos del otro, nuestros mejores tiempos, los malos y los peores. Cuando él me ha cuidado estando resfriada, sin importarle siquiera en contagiarse, él ha estado ahí para mí.
Enamorada como estoy hasta la médula, decido hacerle caso a los ruegos de mi tonto corazón y termino de arreglarme. Procurando fingir que todo está bien, que Blake pronto entrará por esa puerta, molesto porque como siempre, he tardado demasiado tiempo en arreglarme y ya se nos hace tarde.
El fotógrafo entra, dispuesto a plasmar para la posteridad todo lo que ocurre aquí. Se me escapan de nuevo algunas lágrimas cuando mi madre pone sobre mi cabello la peineta con el sencillo y largo velo que elegimos, otras tantas cuando mi padre me da su bendición y muchas carcajadas al momento en que Henry me toma entre sus brazos y susurra muchas cosas en mi oído.
¿Quieren saber qué me dijo? Pues no, algún secreto he de guardarme. Ya tengo amenazado a mi hermano, como alguien más escuche sobre nuestras travesuras, lo castro. Él sabe que soy muy capaz de cumplir con mi palabra.
—¿Lista para bajar? —Pregunta mi padre ofreciéndome su brazo.
—¿Blake ya llegó? —Eso quiero saber, me sentiría ridícula llegando a las puertas de la terraza a la que tuvieron que cambiar la ceremonia y que el novio no me esté esperando al final del pasillo.
—Seguramente él ya está ahí, hija. Vamos, no querrás hacerlo esperar.
Mi padre no lo sabe, no puedo hacerlo.
No.
No.
No.
Yo de aquí no me muevo.
Si no quieren que llore, pues no lloro, pero no me van a plantar delante de todos los invitados, prefiero que hablen y quedarme aquí, a buen resguardo en la habitación.
Menuda cobarde que soy. No me importa, yo de esta suite no me muevo.
Un trueno suena a lo lejos y lo tomo como una señal divina.
Ellos se miran y saben que me voy a quedar en mi cueva hasta el fin de los tiempos, seré una gallina, pero también soy una mula terca. Terca, porfiada y cabezota.
A ver cuál de los tres se atreve a llevarme la contraria.
—Henry, mejor ve a ver qué pasa allá abajo —le dice mi madre. —Ya pasan de las cinco y media, seguramente los invitados se estarán preguntando si es que va a haber boda.
Dudo que haya mucha gente, aparte de los invitados que se están hospedando en el hotel, nadie en su sano juicio se atrevería a salir de casa con este chaparral que está cayendo. Si parece que nos está azotando un huracán.
Un huracán en California, tan insólito como eso. Vaya usted a saber.
Escuchamos unos fuertes golpes en la puerta y Henry se levanta para abrir.
—Bueno, ¿es que tú piensas dejarme plantado?
Levanto la cabeza y tengo que parpadear varias veces para cerciorarme que lo que estoy viendo no es producto de mi imaginación, que él está aquí. Que Blake, mi Blake ha venido para que esta tarde unamos nuestras vidas para siempre jamás.
Se ha puesto el traje de lino beige que mandó a hacer para la ocasión, bajo el saco lleva un chaleco de la misma tela y la camisa abierta, dejando adivinar la fuerza de su pecho y el corto vello que lo cubre.
Se ve… justo como me lo imaginaba.
—Marianne, nena, ¿qué tienes? —Pregunta mortificado, mientras se acuclilla frente a mí. —Dime, ¿te sientes mal?
Niego con la cabeza, tengo un nudo en la garganta, uno que me impide hablar.
—¿Estás enferma?
Su tono acongojado me cala hondo, de verdad que sí, pero la voz sigue rehusándose a salir de mi garganta.
—¿No te quieres casar conmigo entonces?
Y hasta aquí llegó mi control, me arrojo a sus brazos, incapaz de contener el llanto. Él acaricia suavemente mi espalda desnuda, susurrándome suaves palabras de consuelo. Pobre mi futuro marido, tiene la paciencia de un santo.
—Vamos, nena. Esto no puede ser bueno ni para ti, ni para él.
Mis padres deben estar alucinando en multicolor si escucharon eso. Blake se separa un poco de mí, lo suficiente para tomar mi cara entre sus manos y mirarme fijamente a los ojos.
—¿Todavía estás lo suficientemente loca para quererte casar conmigo?
Sus profundos ojos marrones buscan la respuesta en los míos.
—Blake… —es lo único que sale de mi boca.
—Vamos, nena. Sácame de esta miseria, dime que sí.
—¿De verdad te quieres casar conmigo? —Pregunto, porque no tengo idea de qué fue lo que pasó el día de hoy y quiero tener la completa certeza antes de dar el gran paso.
—¿Pero es que lo dudas? —Si parece hasta ofendido. —He tenido un día terrible, el avión de mis padres se retrasó por el temporal, tuvieron que desviarlo a Long Beach, una vez ahí, habían perdido su equipaje y mi madre insistió en ir a comprar algo apropiado para la ceremonia, seguramente habré perdido el teléfono en alguna parte porque no logro encontrarlo y para rematar cuando veníamos de regreso una llanta del coche decidió poncharse y la de repuesto no tenía aire, casi he tenido que volver andando.
—Vaya —susurro. —Sí que has tenido un día de mierda.
—El peor —responde. —Entonces, ¿qué dices, estás lista para cambiar mi suerte? Vamos, nena, di que sí. Baja las escaleras y cásate conmigo.
Lo miro ojiplática.
—Por favor —ruega al ver que su prometida sigue muda.
¿Quieren saber qué pasó?
Claro que quieren saber.
Justo ahora, en este momento, el cielo se encuentra en Maui, tiene el techo de madera y las únicas estrellas que brillan lo hacen en los ojos de mi esposo. Nos casamos hace dos días en medio de la lluvia que no paraba de caer, arreglos de flores desechos y una infinita alegría. Mi padre me entregó al hombre que amo al final del pasillo, mientras su madre y la mía enjugaban con sus pañuelos lágrimas de felicidad. Nada del inesperado desastre que la naturaleza me regaló me importaba, en serio que no. Ese día tuve lo que siempre quise, un hombre enamorado esperándome en el altar.
—¿Estás cerca? —Pregunta sabedor de que el éxtasis está a punto de estallar.
Sus manos rondan por mi cuerpo, tocándome en los lugares perfectos, mi esposo me conoce bien.
Grito su nombre y me dejo arrastrar por la marea. Esa que me lleva a aguas tranquilas, cristalinas, esas que están llenas de promesas. Las promesas que nos hicimos y que ahora nos esmeraremos por cumplir. Porque nos espera la vida entera para hacerlo, todo porque me atreví a decirle que sí.