País Relato - Autores

stendhal

la abadesa de castro

I
El melodrama nos ha mostrado con tanta frecuencia a los bandoleros italianos del siglo dieciséis, y tanta gente ha hablado sobre ellos sin conocerlos, que hoy en día tenemos al respecto una idea completamente equivocada. En general puede decirse que estos bandidos actuaron como oposición a los gobiernos atroces que, en Italia, sucedieron a las repúblicas de la Edad Media. El nuevo tirano era normalmente el ciudadano más rico de la difunta república y, para seducir a la plebe, adornaba la ciudad con iglesias magníficas y hermosos cuadros. Así lo hicieron los Polentini de Roma, los Manfredi de Faenza, los Riario de Ímola, los Cane de Verona, los Bentivoglio de Bolonia, los Visconti de Milán y, por último, los menos belicosos y los más hipócritas de todos, los Médicis de Florencia. De entre los historiadores de estos pequeños estados, nadie se atrevió a narrar los innumerables envenenamientos y asesinatos provocados por el miedo que atormentaba a esos pequeños tiranos; estos historiadores tan serios estaban en su nómina. El lector debe tener presente que todos estos tiranos conocían personalmente a cada uno de los republicanos por los que se sabían execrados (por ejemplo, el gran duque de Toscana, Cosme, trataba con Strozzi), que muchos de estos tiranos perecieron asesinados, y así se comprenderán los odios profundos, las suspicacias eternas que insuflaron tanto ingenio y valentía a los italianos del siglo dieciséis, y tanta genialidad a sus artistas. Veremos que estas pasiones profundas impidieron el nacimiento de ese prejuicio tan ridículo al que, desde los tiempos de madame de Sévigné, llamamos «honor» y que consiste sobre todo en sacrificar la propia vida para servir al amo del que hemos nacido vasallos, y para complacer a las damas. En la Francia del siglo dieciséis, la actividad de un hombre y su mérito real solo podían demostrarse y conquistar la admiración mediante la valentía en el campo de batalla o en los duelos; y como las mujeres amaban el valor y sobre todo la audacia, se convirtieron en los jueces supremos del mérito de un hombre. Nació entonces el «espíritu de la galantería», que propició la destrucción, una por una, de todas las pasiones e incluso del amor, en provecho de ese tirano cruel al que todos obedecemos: la vanidad. Los reyes fomentaron la vanidad, y con motivo: de ahí el poder de las condecoraciones.
En Italia, un hombre podía distinguirse por todo tipo de méritos, por sus grandes acciones, ya fueran con la espada o merced a sus descubrimientos en antiguos manuscritos: véase a Petrarca, el ídolo de su época; y una mujer del siglo dieciséis podía amar a un hombre que dominara el griego tanto o más de lo que amaría a un hombre célebre por su arrojo militar. Entonces se vivían pasiones, y no la práctica de la galantería. He aquí la gran diferencia entre Italia y Francia, he aquí por qué Italia vio nacer a los Rafaeles, los Giorgiones, los Tizianos, los Correggios, mientras Francia producía a todos sus valientes capitanes del siglo dieciséis, completos desconocidos hoy en día, cada uno de los cuales liquidó a un ingente número de enemigos.
Pido perdón por estas rudas verdades. Sea como fuere, las venganzas atroces, necesarias, de estos pequeños tiranos italianos de la Edad Media reconciliaron a los bandoleros con el corazón del pueblo. La gente odiaba a los bandidos cuando robaban caballos, trigo, dinero, en una palabra: todo aquello que les era necesario para vivir; pero en el fondo, el pueblo los apoyaba en su corazón; y las muchachas de la aldea preferían antes que a cualquier otro al joven que, alguna vez en la vida, se había visto obligado a andar alla macchia, es decir, a huir al bosque y refugiarse entre los bandoleros tras haber cometido algún acto demasiado imprudente.
Incluso en nuestros días, indudablemente todo el mundo teme toparse con los bandoleros; pero cuando se les castiga, todos los compadecen. Y es que este pueblo tan mordaz, tan burlón, que se ríe de todos los escritos publicados bajo la censura de sus señores, lee habitualmente los pequeños poemas que narran con entusiasmo la vida de los bandidos más famosos. El heroísmo que halla en estas historias aviva la vena artística que siempre anida entre las clases bajas y, por lo demás, el pueblo está tan cansado de las alabanzas oficiales dedicadas a cierta gente, que todo elogio no oficial va directo a su corazón. Hay que saber que la plebe, en Italia, sufre ciertos abusos de los que el visitante no se percataría jamás, ni aunque hubiera vivido diez años en aquellas tierras. Por ejemplo, hace quince años, antes de que la pericia de los gobiernos acabase con el bandolerismo, no era raro ver cómo ciertas de sus acciones castigaban las iniquidades de las autoridades de las pequeñas poblaciones. Estos dirigentes, jueces absolutos cuya paga no asciende a más de veinte escudos al mes, están por supuesto a las órdenes de la familia más respetable del lugar, la cual, a través de este método tan sencillo, oprime a sus enemigos. Si bien los bandidos no siempre lograban castigar a estos pequeños gobernadores despóticos, al menos sí se burlaban de ellos y los desafiaban, lo que no es poco a los ojos de este pueblo ingenioso. Un soneto satírico lo consuela de todos sus males y no olvida jamás una ofensa. He aquí otra de las diferencias esenciales entre italianos y franceses.
En el siglo dieciséis, si el gobernador de un burgo condenaba a muerte a un pobre vecino odiado por la familia dominante, era normal ver a los bandoleros asaltando la prisión para intentar liberar al cautivo. Por su parte, la poderosa familia, que no se fiaba de los ocho o diez soldados del gobernador encargados de vigilar la prisión, reclutaba con su propio dinero una tropa provisional de mercenarios. Estos, a los que se llamaba los bravi, acampaban en los alrededores de la prisión y se encargaban de escoltar hasta el lugar de la ejecución al pobre diablo cuya muerte había sido comprada. Si la familia acaudalada contaba en su seno con un hombre joven, él era quien capitaneaba estos improvisados destacamentos.
Este aspecto de la civilización clama a la moral, lo admito; en nuestros días tenemos los duelos, las contrariedades y los jueces no se venden; pero estas costumbres del siglo dieciséis eran maravillosamente apropiadas para forjar hombres dignos de ese nombre.
Muchos historiadores, alabados aún en nuestros días por la literatura rutinaria de las academias, han intentado disimular este estado de cosas que, hacia el año 1550, forjó tan grandes caracteres. En su tiempo, sus prudentes mentiras fueron recompensadas con todos los honores de los que podían disponer los Médicis de Florencia, los d’Este de Ferrara, los virreyes de Nápoles, etc. Un pobre historiador, llamado Giannone, quiso descorrer una esquina del velo; pero, como no se atrevió a revelar más que una mínima parte de la verdad, y aun así de forma dubitativa y confusa, sus escritos resultan muy aburridos, lo que no impidió que muriera en prisión a los ochenta y dos años, el 7 de marzo de 1758.
Lo primero que hay que hacer, por tanto, si se quiere conocer la historia de Italia, es no leer en absoluto a los autores generalmente aceptados; en ningún otro sitio reconocemos mejor el valor de la mentira, en ningún otro sitio ha sido esta tan bien pagada.
Las primeras historias escritas en Italia, tras el gran periodo de barbarie del siglo noveno, mencionan ya a los bandoleros, y hablan de ellos como si hubieran existido desde tiempos inmemoriales. (Véase la antología de Muratori). Cuando, por desgracia para la felicidad pública, para la justicia, para el buen gobierno —aunque por fortuna para las artes—, las repúblicas de la Edad Media fueron sojuzgadas, los republicanos más enérgicos, los que amaban la libertad más que la mayoría de sus conciudadanos, se refugiaron en los bosques. Naturalmente el pueblo ultrajado por los Baglioni, por los Malatesta, por los Bentivoglio, por los Médicis, etcétera, amaba y respetaba a sus enemigos. Las crueldades de los pequeños tiranos que sucedieron a los primeros usurpadores —por ejemplo, las crueldades de Cosme, primer gran duque de Florencia, que hacía asesinar a los republicanos refugiados incluso en Venecia, incluso en París— proporcionaron nuevos reclutamientos a estos bandoleros. Por no mencionar que, en tiempos cercanos a aquellos en los que vivió nuestra heroína, hacia el año 1550, Alfonso Piccolomini, duque de Monte Mariano, y Marco Sciarra dirigieron con éxito bandas armadas que, en las cercanías de Albano, desafiaban a los soldados papales, por entonces muy valerosos. El campo de acción de estos famosos cabecillas, a los que el pueblo admira todavía hoy, se extendía desde el Po y las marismas de Rávena hasta los bosques que en aquella época cubrían el Vesubio.
El bosque de la Faggiola, tan célebre por las hazañas que allí tuvieron lugar, y situado a cinco leguas de Roma sobre el camino hacia Nápoles, era el cuartel general de Sciarra, quien, bajo el pontificado de Gregorio XIII, reunió a varios millares de soldados. La historia detallada de este ilustre bandolero resultaría increíble a los ojos de la presente generación, en el sentido de que nunca podríamos comprender las motivaciones de sus actos. No fue derrotado hasta 1592. Cuando comprendió que su situación era desesperada, negoció con la república de Venecia y pasó a su servicio junto a los más devotos de sus soldados, o los más culpables, como se prefiera. Ante las protestas del gobierno romano, Venecia, que había firmado un tratado con Sciarra, lo mandó asesinar y envió a sus valientes soldados a defender la isla de Candía contra los turcos. Pero la inteligencia veneciana era consciente de que en Candía reinaba una peste mortífera, y en pocos días los quinientos soldados que Sciarra había llevado al servicio de la república quedaron reducidos a un total de sesenta y siete.
Este bosque de la Faggiola, cuyos gigantescos árboles cubren un antiguo volcán, fue el último escenario de las hazañas de Marco Sciarra. Todos los viajeros reconocerán que es el paraje más magnífico de estos admirables campos de Roma, cuyo aspecto parece haber sido creado para la tragedia. La foresta corona con su negra espesura las cumbres del monte Albano.
Debemos esta magnífica montaña a una erupción muchos siglos anterior a la fundación de Roma. Surgió en una época que precede a todas las historias, en medio de la vasta planicie que entonces se extendía entre los Apeninos y el mar. El Monte Cavi, que se eleva rodeado por las umbrías frondosidades de la Faggiola, es su punto culminante; se aprecia desde cualquier punto, tanto desde Terracina y Ostia como desde Roma y Tívoli, y la montaña de Albano, ahora sembrada de palacios, es la que, hacia el sur, remata ese horizonte de Roma tan célebre entre los viajeros. Un convento de monjes negros ha reemplazado, en la cima del Monte Cavi, al templo de Júpiter Feretrio, al que los pueblos latinos venían para ofrecer sacrificios en común, y para consolidar los lazos de una especie de federación religiosa. Protegido por un follaje de magníficos castaños, el viajero alcanza, en unas horas, los enormes bloques que señalan las ruinas del templo de Júpiter; pero bajo esta fronda oscura, tan deliciosa en este clima, el viajero contempla con inquietud, incluso hoy en día, las profundidades del bosque: teme a los bandidos. Llegados a la cima del Monte Cavi, encendemos un fuego en las ruinas del templo para preparar la comida. Desde este lugar, que domina toda la campiña romana, vemos, a poniente, el mar, que parece encontrarse a dos pasos, aunque en realidad dista tres o cuatro leguas; distinguimos hasta los barcos más pequeños; incluso con el catalejo más rudimentario podemos contar las personas que bajan del barco de vapor en Nápoles. En todas las demás direcciones, la vista se extiende sobre una magnífica planicie que termina, a levante, en los Apeninos, más allá de Palestrina, y, al norte, en San Pedro y el resto de los edificios monumentales de Roma. Como el Monte Cavi no es muy elevado, el ojo distingue los mínimos detalles de esta tierra sublime, que podría prescindir de todo prestigio histórico, y sin embargo, cada grupo de árboles, cada entrepaño en ruinas, divisado en la planicie o en las faldas de la montaña, recuerda una de esas batallas, tan admirables por su patriotismo y su bravura, que narra Tito Livio.
Todavía en nuestros días podemos seguir, para llegar a los enormes bloques, restos del templo de Júpiter Feretrio que sirven de muro al jardín de los monjes negros, el camino triunfal que recorrieron en la Antigüedad los primeros reyes de Roma. Está pavimentado con piedras talladas con enorme precisión y, en el corazón del bosque de la Faggiola, encontramos largos tramos de esta ruta.
Al borde del cráter extinto que, lleno ahora de una agua límpida, se ha convertido en el hermoso lago de Albano, con una orilla de cinco o seis millas de longitud, tan profundamente encastrado entre los farallones de lava, estaba situada Alba, la madre de Roma, a la que la política romana destruyó ya en tiempos de los primeros reyes. Con todo, sus ruinas aún sobreviven. Algunos siglos más tarde, a un cuarto de legua de Alba, se levantó Albano, la ciudad moderna; pero esta se halla separada del lago en sí por una cortina de riscos que ocultan el lago a la ciudad y la ciudad al lago. Cuando se la observa desde la planicie, sus blancos edificios se destacan sobre el verdor oscuro y profundo del bosque —tan querido por los bandoleros y tan renombrado—, que corona por doquier la montaña volcánica.
Albano, que cuenta hoy en día con cinco o seis mil habitantes, tenía menos de tres mil en 1540, cuando surgió, de entre las primeras filas de la nobleza, la poderosa familia Campireali, cuyas desgracias vamos a narrar.
Traduzco esta historia a partir de dos voluminosos manuscritos, uno de ellos romano y el otro procedente de Florencia. Corriendo un gran riesgo, me he aventurado a reproducir su estilo, que es muy similar al de nuestras antiguas leyendas. El estilo actual, más fino y mesurado, hubiera sido, a mi juicio, demasiado desacorde con los hechos narrados y sobre todo con las reflexiones de los autores, que escribieron hacia el año 1598. Solicito la indulgencia del lector tanto para ellos como para mí mismo.
II
Tras haber escrito tantas historias trágicas —dice el autor del manuscrito florentino—, concluiré con aquella que, de entre todas, me resulta más difícil narrar. Hablaré ahora de la famosa abadesa del convento de la Visitación de Castro, Elena de Campireali, cuyo proceso y muerte tanto dieron que hablar a la alta sociedad de Roma y de Italia entera. Por aquel entonces, hacia 1555, los bandidos reinaban en las inmediaciones de Roma, y los magistrados estaban comprados por las familias poderosas. En el año 1572, que fue el del proceso, Gregorio XIII Buoncompagni ascendió al trono de San Pedro. Este Santo Pontífice reunía todas las virtudes apostólicas, pero podríamos reprochar cierta debilidad a su gobierno civil: no supo ni elegir jueces honestos ni refrenar a los bandoleros y se afligía por los crímenes sin saber castigarlos. Le parecía que al infligir la pena de muerte cargaba sobre sus hombros una responsabilidad terrible. El resultado de esta manera de pensar fue que los caminos que conducían a la villa eterna se poblaron de un número casi infinito de bandidos. Para viajar con cierta seguridad era necesario procurarse la amistad de los salteadores. El bosque de Faggiola, que domina la ruta de Nápoles a su paso por Albano, era desde hacía tiempo el cuartel general de un gobierno enemigo del de Su Santidad, y en más de una ocasión Roma se vio obligada a tratar, de igual a igual, con Marco Sciarra, uno de los reyes del bosque. La autoridad de que gozaban estos bandoleros provenía del hecho de que eran amados por sus vecinos los campesinos.
La hermosa ciudad de Albano, tan cercana al cuartel general de los bandidos, vio nacer, en el año 1542, a Elena Campireali. Su padre era considerado el patricio más rico de la región, y, en calidad de tal, había desposado a Victoria Carafa, que poseía grandes haciendas en el reino de Nápoles. Podría citar a algunos ancianos que aún viven y que conocieron bien a Victoria Carafa y a su hija. Victoria fue un modelo de prudencia e ingenio: mas, pese a todo su talento, no pudo evitar la ruina de su familia. ¡Hecho singular!: las desgracias espantosas que constituyen el argumento de mi relato no pueden, a mi juicio, atribuirse en particular a ninguno de los personajes que voy a presentar al lector: veo a los desdichados pero, en honor a la verdad, no soy capaz de hallar a los culpables.
La extrema belleza y el alma sensible de la joven Elena constituyeron dos grandes amenazas para ella, y eximen a Julio Branciforte, su joven amante; de igual modo que la absoluta falta de perspicacia de monsignor Cittadini, obispo de Castro, puede también exculparlo hasta cierto punto. Debía su rápido ascenso en la carrera de los honores eclesiásticos a la honestidad de su conducta, y sobre todo al aspecto más noble y al rostro de proporciones más hermosas que existir pueda. Acerca de él he encontrado escrito que era imposible verlo sin amarlo.
Como no quiero adular a nadie, no ocultaré que un santo monje del convento de Monte Cavi —a quien, como a san Pablo, habían sorprendido con frecuencia levitando en su celda a varios pies sobre el suelo, sin que nada aparte de la gracia divina pudiera sostenerlo en esta posición extraordinaria— había predicho al señor de Campireali que su familia se extinguiría con él, que tendría solo dos hijos, y que ambos perecerían de muerte violenta. A causa de esta profecía no pudo encontrar esposa en la región, y tuvo que ir a probar suerte a Nápoles, donde tuvo la fortuna de hallar un gran patrimonio y una mujer capaz, por sus aptitudes, de cambiar su infausto destino, si al fin y al cabo tal cosa hubiera sido posible. El señor de Campireali tenía la reputación de ser un hombre tremendamente honesto y ofrecía limosnas cuantiosas; pero carecía por completo de sagacidad, lo que hizo que poco a poco abandonara Roma y terminara por pasar casi todo el año en su palacio de Albano. Se entregaba al cultivo de sus tierras, situadas en esa planicie tan fecunda que se extiende entre la ciudad y el mar. Por consejo de su mujer, hizo que su hijo Fabio, un joven muy orgulloso de su cuna, recibiera la más espléndida educación, y también su hija Elena, que fue un prodigio de belleza, como todavía puede verse en un retrato suyo que se conserva en la colección Farnesio. Cuando comencé a escribir su historia, acudí al palacio Farnesio a fin de documentarme sobre la envoltura mortal que el cielo había otorgado a esta mujer, cuyo fatal destino dio tanto que hablar en su tiempo, y que invade aún hoy la memoria de los hombres. Su rostro posee la forma de un óvalo alargado, de frente amplia, con cabellos de un color rubio oscuro. Su fisonomía resulta más bien alegre; sus grandes ojos tienen una expresión profunda y sus cejas castañas forman un arco perfectamente dibujado. Los labios son muy delgados y se diría que el contorno de la boca hubiera sido dibujado por el famoso pintor Correggio. Si la consideramos entre los retratos que la rodean en la galería Farnesio, tiene el aspecto de una reina. Es poco frecuente que el porte alegre se aúne con la majestuosidad.
Tras pasar ocho años completos como pensionista en el convento de la Visitación de la ciudad de Castro, ahora destruido, al que en aquellos tiempos se enviaba a las hijas de la mayor parte de los príncipes romanos, Elena volvió a su tierra natal, pero no abandonó el convento sin antes haber donado un magnífico cáliz al altar mayor de la iglesia. Nada más tenerla de regreso en Albano, su padre hizo venir de Roma, pagándole una pensión considerable, al célebre poeta Cechino, por entonces de muy avanzada edad: él adornó la memoria de Elena con los más bellos versos del divino Virgilio, de Petrarca, de Ariosto y de Dante, sus famosos discípulos.
Aquí el traductor debe prescindir de copiar una larga disertación sobre el influjo que ejercieron estos grandes poetas en el siglo dieciséis. Parece que Elena sabía latín. Los versos que le hicieron aprender hablaban de amor, de un amor que nos parecería harto ridículo si lo halláramos en 1839: me refiero al amor apasionado que se alimenta de grandes sacrificios, el que no puede sobrevivir si no está rodeado de misterio, y que se halla siempre próximo a las más horribles desgracias.
Este fue el tipo de amor que supo inspirar a Elena, con apenas diecisiete años, Julio Branciforte. Era uno de sus vecinos, pobre en extremo. Vivía en una miserable vivienda construida en la montaña, a un cuarto de milla de la ciudad, en medio de las ruinas de Alba y sobre el borde de un precipicio de ciento cincuenta pies de altura, tapizado de vegetación, que circunda el lago. Esta casa, que lindaba con la umbría y magnífica espesura del bosque de Faggiola, fue demolida más tarde, cuando se construyó el convento de Palazzuola. El pobre joven no poseía más que su aspecto vivaz y ágil, y la despreocupación no fingida con la que sobrellevaba su mala fortuna. Lo mejor que se podía decir en su favor era que su rostro resultaba expresivo sin llegar a ser hermoso. Pero se decía que había combatido con valentía a las órdenes del príncipe Colonna y junto a sus bravi, en dos o tres acciones muy peligrosas. A pesar de su pobreza y de su carencia de belleza, era, sin embargo, el corazón que todas las jóvenes de Albano habrían considerado más halagador poder conquistar. Bien acogido en todas partes, Julio Branciforte había tenido tan solo amores fáciles, hasta el momento en que Elena volvió del convento de Castro.
Cuando, poco tiempo después, el gran poeta Cechino se mudó de Roma al palacio Campireali para instruir en las bellas letras a la joven, Julio, que lo conocía, le remitió una composición en versos latinos sobre la felicidad que se experimenta en la vejez cuando unos ojos tan bellos se reúnen con los propios, y cuando una alma tan pura alcanza la dicha completa al oír al maestro aprobar sus reflexiones. Los celos y el despecho de las muchachas a las que Julio agasajaba antes del regreso de Elena hicieron que todas las precauciones que él tomaba para ocultar su pasión naciente fueran inútiles, y confieso que este amor entre un joven de veintidós años y una muchacha de diecisiete se condujo al principio de un modo que la prudencia no podría aprobar. No habían transcurrido aún tres meses cuando el señor de Campireali advirtió que Julio Branciforte pasaba con demasiada frecuencia bajo las ventanas de su palacio (que puede verse todavía en el centro de la gran calle que asciende hacia el lago).
La franqueza y la rudeza, consecuencias naturales de la libertad permitida en las repúblicas, y la práctica de las pasiones espontáneas, todavía no reprimidas por las costumbres de la monarquía, se muestran al descubierto en la primera reacción del señor de Campireali. El mismo día en que se sorprendió ante las frecuentes apariciones del joven Branciforte, lo increpó en estos términos:
—¿Cómo te atreves a pasar una y otra vez por delante de mi casa y a lanzar miradas impertinentes a las ventanas de mi hija, tú, que ni siquiera tienes ropa con que cubrirte? Si no temiera que mi acción fuese malinterpretada por los vecinos, te daría tres cequíes de oro para que fueras a Roma a comprarte unas vestiduras más decentes. Al menos así mi vista y la de mi hija no se sentirían ofendidas tan a menudo por el aspecto de tus harapos.
Sin duda el padre de Elena exageraba: las ropas del joven Branciforte no eran en absoluto harapos, si bien estaban confeccionadas con materiales muy sencillos; pero, aunque muy limpias y cepilladas con frecuencia, hay que reconocer que su aspecto revelaba un prolongado uso. Julio sintió su espíritu tan profundamente afligido por los reproches del señor de Campireali que no volvió a dejarse ver a la luz del día por delante de su casa.
Como ya hemos dicho, los dos arcos, restos de un antiguo acueducto, que servían de muro principal a la casa construida por el padre de Branciforte, y que este había legado a su hijo, distaban quinientos o seiscientos pasos de Albano. Para bajar desde aquí a la ciudad moderna, a Julio no le quedaba más remedio que pasar por delante del palacio Campireali; Elena no tardó en notar la ausencia de ese joven tan singular, que, según aseguraban sus amigas, había abandonado todos sus galanteos para consagrarse por entero a la dicha que parecía experimentar al mirarla.
Una noche de verano, hacia las doce, la ventana de Elena estaba abierta y la joven respiraba la brisa del mar, que se deja percibir perfectamente sobre la colina de Albano, a pesar de que la ciudad está separada de la costa por una llanura de tres o cuatro millas. La noche era oscura, el silencio profundo: se habría podido oír el sonido de una hoja al caer. Elena, apoyada contra la ventana, pensaba quizás en Julio, cuando distinguió algo, como el ala silenciosa de una ave nocturna, que daba quedamente contra su ventana. Se retiró sobresaltada. Ni siquiera se le ocurrió pensar que este objeto podía estar manejado por un viandante: el segundo piso del palacio, en el que se encontraba su ventana, estaba a más de cincuenta pies del suelo. De repente, creyó reconocer un ramo de flores en aquella cosa extraña que, en medio de un profundo silencio, pasaba una y otra vez ante la ventana sobre la que ella estaba apoyada. Su corazón empezó a latir con violencia. El ramo parecía atado al extremo de dos o tres cañas, una especie de grandes juncos muy similares al bambú que crecen en los campos de Roma, cuyos tallos alcanzan los veinte o treinta pies. La fragilidad de las cañas y la fuerza de la brisa provocaban que Julio tuviera dificultades para mantener el ramo exactamente frente a la ventana en la que suponía que se hallaba Elena, y además la noche era tan oscura que desde la calle no podía verse lo que sucedía a aquella altura. Inmóvil ante la ventana, Elena era presa de una profunda agitación. Coger el ramo, ¿no sería ya una confesión? Por lo demás, ella no experimentaba los sentimientos que una aventura de este tipo provocaría, en nuestros días, a una joven de la alta sociedad, preparada para afrontar la vida gracias a su refinada educación. Como su padre y su hermano Fabio estaban en casa, su primer pensamiento fue que el menor ruido provocaría un disparo de arcabuz dirigido contra Julio, y se apiadó del peligro que el joven corría. Su segunda reflexión fue que, aunque apenas lo conocía, él era sin embargo la persona a la que más amaba en el mundo después de a su propia familia. Finalmente, tras unos momentos de duda, cogió el ramo y, al tocar las flores en la completa oscuridad, advirtió que había un billete atado a uno de los tallos; corrió por la escalinata para leer el billete a la luz de la lámpara que velaba ante la imagen de la Madona. «¡Imprudente! —se dijo cuando las primeras líneas la hicieron enrojecer de felicidad—. Si me ven estoy perdida, y mi familia perseguirá a este pobre joven hasta el fin de sus días». Volvió a su habitación y encendió la lámpara. Aquel fue un momento maravilloso para Julio que, avergonzado de su acción y como si quisiera ocultarse aún más en la profunda noche, se había apretado contra el enorme tronco de una de esas encinas de extraño aspecto que todavía existen frente al palacio Campireali.
En su carta, Julio narraba con absoluta sencillez la humillante reprimenda que el padre de Elena le había dirigido:
Soy pobre, es cierto —continuaba—, y difícilmente podéis imaginar el verdadero alcance de mi pobreza. Mi única posesión es la casa que quizás alguna vez habéis visto bajo las ruinas del acueducto de Alba. Alrededor de la casa hay un jardín que yo mismo cultivo, y de cuyas hierbas me alimento. También poseo una viña que arriendo por treinta escudos al año. No sé, en verdad, cuál es la razón de mi amor por vos; evidentemente no puedo proponeros que vengáis a compartir mi miseria. Y, sin embargo, si no me amáis en absoluto, la vida ya no tiene ningún valor para mí; es inútil que os diga que la entregaría mil veces por vos. Y, pese a todo, antes de vuestro regreso del convento, mi vida no era en absoluto desgraciada: al contrario, estaba colmada por las más radiantes ilusiones. Así, puedo decir que es la visión de la felicidad lo que me ha vuelto desdichado. Por cierto, antes nadie en el mundo se habría atrevido a dirigirme las declaraciones con las que vuestro padre me mortificó: mi puñal me habría hecho pronta justicia. Entonces, con mi valentía y mis armas no me sentía inferior a nadie; nada me faltaba. Ahora todo ha cambiado: he conocido el temor. He dicho demasiado. Quizás ahora me despreciáis. Si, por el contrario, sentís algo de piedad hacia mí, a pesar de mis pobres ropas, veréis que todas las noches, cuando den las campanadas de medianoche en el convento de los capuchinos que hay sobre la colina, estaré escondido bajo el gran roble, frente a esta ventana que miro sin cesar, porque supongo que es la de vuestra habitación. Si no me despreciáis como lo hace vuestro padre, lanzadme una de las flores del ramo, pero cuidad de que no caiga sobre una cornisa o uno de los balcones de vuestro palacio.
Elena leyó la carta varias veces. Poco a poco sus ojos se fueron llenando de lágrimas. Contemplaba con ternura aquel magnífico ramo, cuyas flores estaban sujetas con un sólido hilo de seda. Intentó arrancar una flor pero no pudo hacerlo, pues la asaltaron los remordimientos. Entre las jóvenes de Roma, arrancar una flor, mutilar de cualquier forma un ramo entregado por amor, es exponerse a destruir ese amor. Temía que Julio se impacientara, así que corrió a la ventana, pero al llegar, pensó de repente que podían verla con facilidad, ya que la lámpara inundaba la habitación de luz. Ya no sabía qué tipo de señal podía permitirse; le parecía que no había ninguna que no revelara demasiado.
Avergonzada, volvió corriendo a su habitación. Pero el tiempo pasaba, y la asaltó una idea repentina que la sumió en una indescriptible confusión: ¡Julio iba a creer que, como su padre, ella lo despreciaba por su pobreza! Vio un trocito de valioso mármol sobre la mesa, lo envolvió en su pañuelo y lo lanzó a los pies del roble que había frente a su ventana. Inmediatamente hizo señas a Julio para que se alejara. Oyó cómo él obedecía porque, mientras se marchaba, ya no intentaba amortiguar el ruido de sus pasos. Cuando el joven alcanzó la cima de la línea de rocas que separa el lago de las últimas casas de Albano, ella le oyó cantar palabras de amor y esta vez le hizo señales de despedida menos tímidas, antes de volver a leer su carta.
Al día siguiente y en las jornadas posteriores hubo cartas y encuentros similares, pero como en un pueblo italiano todo acaba descubriéndose y como Elena era, con diferencia, el partido más codiciado del lugar, el señor de Campireali fue advertido de que todas las noches, pasadas las doce, se veía luz en la habitación de su hija y, cosa todavía más extraordinaria, la ventana estaba abierta e incluso podía verse allí a Elena, como si no temiera en absoluto a las zinzare (una especie de mosquitos, extremadamente incómodos, que estropean notablemente las bellas noches de la campiña romana. Aquí debo suplicar de nuevo la indulgencia del lector. Cuando intentamos conocer las costumbres de los países extranjeros, hemos de esperar encontrarnos con ideas descabelladas, muy diferentes de las nuestras). El señor de Campireali preparó su arcabuz y el de su hijo. Aquella noche, cuando dieron las doce menos cuarto, avisó a Fabio y ambos se deslizaron, haciendo el menor ruido posible, hasta una balconada de piedra que se encontraba en el primer piso del palacio, precisamente bajo la ventana de Elena. Los enormes pilares de la balaustrada les cubrían hasta la cintura, y servían de protección contra los arcabuzazos que podrían dispararles desde fuera. Sonaron las campanadas de medianoche. Padre e hijo oyeron un leve ruido bajo los árboles que bordeaban la calle frente al palacio, pero lo que les asombró fue que no apareció luz alguna en la ventana de Elena. La joven, que antes de todo aquello era de modales tan sencillos que recordaba a un niño en lo impulsivo de sus acciones, había cambiado de carácter desde que se había enamorado. Sabía que la mínima imprudencia comprometería la vida de su amante: si un señor de la importancia de su padre daba muerte a un pobre diablo como Julio Branciforte, podía compensarlo desapareciendo durante tres meses, que iría a pasar a Nápoles; durante ese tiempo, sus amigos de Roma se ocuparían del asunto y todo concluiría con la ofrenda de una lámpara de plata valorada en unos pocos centenares de escudos para el altar de la Madona de moda. Aquella mañana, durante el desayuno, Elena había adivinado en el rostro de su padre una profunda cólera y, por la forma en que la miraba cuando pensaba que ella no lo observaba, Elena supo que su comportamiento tenía mucho que ver con las causas de aquella ira. De inmediato se dirigió a cubrir con un poco de polvo las guarniciones de los cinco magníficos arcabuces que su padre tenía colgados sobre el lecho. También impregnó con una ligera capa de polvo sus puñales y espadas. Durante toda la jornada fue presa de una inquietud delirante; recorría sin cesar la casa de arriba abajo; a cada instante se asomaba a las ventanas, decidida a hacer una señal disuasoria a Julio, si por fortuna lo veía. Pero no tuvo en consideración que el pobre muchacho estaba tan profundamente humillado por la reprimenda del rico señor de Campireali que no aparecía nunca por Albano durante el día; tan solo el domingo, por sentido del deber, bajaba para la misa de la parroquia. La madre de Elena, que la adoraba y que no sabía negarle nada, salió tres veces con ella aquel día, pero fue en vano: Elena no vio a Julio por ninguna parte. Estaba desesperada. ¡Qué angustia no sentiría cuando, al ir a inspeccionar las armas de su padre a la caída de la tarde, comprobó que dos arcabuces estaban cargados y que casi todos los puñales y las espadas habían sido manipulados! Lo único que la distraía de su fatídica inquietud era el extremo esmero con el que se cuidaba de fingir que no sospechaba nada. Cuando se retiró a las diez de la noche, cerró con llave la puerta de su habitación, que daba a la antecámara de su madre, y se mantuvo junto a la ventana, tumbada en el suelo, de forma que no pudieran verla desde el exterior. Imaginemos la ansiedad con la que oyó dar las horas; ya no se hacía aquellos reproches que tan a menudo se planteaba a sí misma, recriminándose el apresuramiento con que había confesado su afecto por Julio, algo que podía hacerla parecer menos digna de amor a sus ojos. Aquel día hizo más a favor del joven que seis meses de constancia y protestas. «¿De qué sirve mentir? —se decía Elena—. ¿Es que acaso no lo amo con toda mi alma?».
A las once y media vio claramente cómo su padre y su hermano se apostaban en la balconada que había bajo su ventana para tender su emboscada. Diez minutos después de que dieran la medianoche en el convento de los capuchinos, oyó también con claridad los pasos de su amante, que se detuvo bajo el gran roble. Elena comprobó con júbilo que ni su padre ni su hermano parecían haber oído nada: tan solo la ansiedad del amor permitía distinguir un sonido tan ligero.
«Ahora —se dijo a sí misma— van a matarme, pero es necesario que, cueste lo que cueste, no descubran la carta de esta noche; perseguirían al pobre Julio para siempre». Se santiguó y, tras aferrarse con una mano al balcón de hierro de su ventana, se inclinó hacia fuera, estirándose hacia la calle cuanto le era posible. No había transcurrido siquiera un cuarto de minuto cuando el ramo, como de costumbre sujeto a una larga caña, vino a darle sobre el brazo. Lo agarró pero, al arrancarlo apresuradamente de la caña a cuya extremidad estaba atado, hizo que esta golpeara sobre la balconada de piedra. Al instante resonaron dos disparos de arcabuz seguidos de un silencio perfecto. Su hermano Fabio, sin saber a ciencia cierta si lo que golpeaba violentamente el balcón en la oscuridad no era una cuerda con ayuda de la cual Julio descendía de la habitación de su hermana, había abierto fuego sobre el balcón de Elena. Al día siguiente ella encontró allí la marca de la bala, aplastada contra el hierro. El señor de Campireali había disparado a la calle, a los pies de la balconada de piedra, ya que Julio había provocado un ligero crujido intentando sujetar la caña que se caía. Por su parte, al oír ruido sobre su cabeza, Julio había adivinado lo que iba a suceder a continuación y se había puesto a cubierto bajo el voladizo del balcón.
Fabio recargó rápidamente su arcabuz y, sin escuchar a su padre, corrió al jardín de la casa, abrió con sigilo una portezuela que daba a una calle vecina y se acercó en silencio para escudriñar si había gente bajo la balconada del palacio. En ese momento, Julio, que aquella noche estaba bien acompañado, se encontraba a veinte pasos de él, apretado contra un árbol. Elena, inclinada sobre su balcón y temblando por su amante, inició de inmediato una conversación a gritos con su hermano, al que oía en la calle. Le preguntó si había dado muerte a los ladrones.
—No creáis que esa treta infame va a engañarme! —le gritó él desde la calle, recorriéndola arriba y abajo—. Y preparaos para derramar vuestras lágrimas, porque voy a matar al insolente que se atreve a acercarse a vuestra ventana.
Apenas hubo pronunciado estas palabras, Elena oyó que su madre llamaba a la puerta de la habitación.
Ella abrió a toda prisa, diciendo que no podía entender por qué la puerta estaba cerrada.
—No disimules conmigo, ángel mío —le dijo su madre—. Tu padre está furioso y puede que te mate: ven a meterte conmigo en la cama; y, si tienes una carta, dámela, yo la esconderé.
—Aquí está el ramo. La carta está escondida entre las flores.
Apenas madre e hija se acostaron, el señor Campireali entró en la habitación de su mujer. Venía de su oratorio, que acababa de visitar y que había destrozado arrojando al suelo todo el mobiliario. Lo que impresionó a Elena fue que su padre, pálido como un espectro, se movía con lentitud, como un hombre que ya ha tomado una decisión. «¡Estoy muerta!», se dijo.
—Nos regocijamos cuando tenemos hijos —dijo su padre al pasar junto al lecho de su esposa en dirección a la habitación de su hija, temblando de furia pero simulando una perfecta sangre fría—; nos regocijamos cuando tenemos hijos, pero más bien deberíamos derramar lágrimas de sangre cuando los hijos son niñas. ¡Dios misericordioso! ¡¿Cómo es posible?! ¡Su ligereza puede cobrarse incluso el honor de un hombre que en sesenta años no ha dado el menor motivo de sospecha!
Tras decir esto, entró en la habitación de su hija.
—Estoy perdida —susurró Elena a su madre—. Las cartas están bajo la base del crucifijo, junto a la ventana.
De inmediato la madre saltó de la cama y corrió hacia su esposo: comenzó a protestar con los peores alegatos posibles, con la intención de provocarle un estallido de cólera: lo consiguió plenamente. El anciano se enfureció, destrozó por completo la estancia de su hija, pero la madre pudo llevarse las cartas sin que él se apercibiera. Una hora después, cuando el señor de Campireali regresó a su habitación al lado de la de su esposa y todo quedó tranquilo en la casa, la madre dijo a su hija:
—Aquí están tus cartas, no quiero leerlas, ya ves lo que han estado a punto de costarnos. Si yo estuviera en tu lugar, las quemaría. Adiós, dame un beso.
Elena volvió a su habitación prorrumpiendo en sollozos. Le parecía que, después de las palabras de su madre, ya no amaba a Julio. Después se dispuso a quemar las cartas pero, antes de destruirlas, no pudo evitar volver a leerlas. Las releyó con tanta atención que el sol ya estaba en lo alto del cielo cuando por fin se decidió a seguir aquel sabio consejo.
El día siguiente, que era domingo, Elena se encaminó a la parroquia junto a su madre. Por suerte su padre no las acompañaba. La primera persona a la que vio en la iglesia fue a Julio Branciforte. Se aseguró de un vistazo de que no estaba herido. Se hallaba en la cumbre de la felicidad; los acontecimientos de la noche anterior quedaban a mil leguas de su memoria. Había preparado cinco o seis pequeños billetes escritos sobre pedazos de papel gastado y ensuciado con tierra humedecida, como los que pueden encontrarse sobre las baldosas de una iglesia. Todos estos billetes contenían la misma advertencia:
Han descubierto todo, excepto su nombre. Que él no vuelva a aparecer en la calle. Vendremos aquí con frecuencia.
Elena dejó caer uno de aquellos trozos de papel. Julio se percató con una mirada, lo recogió y desapareció. Al volver a casa, una hora más tarde, ella encontró sobre la escalinata del palacio un pedazo de papel, que captó su atención por su parecido exacto con aquellos de los que ella se había servido por la mañana. Se apoderó de él sin que ni siquiera su madre lo advirtiera. Leyó:
Dentro de tres días él volverá de Roma, adonde no tiene más remedio que marcharse. Cantaremos a plena luz del día, en los días de mercado, en medio del alboroto de los campesinos, hacia las diez.
Esta partida hacia Roma extrañó sobremanera a Elena. «¿Es que teme los disparos del arcabuz de mi hermano?», se preguntaba con tristeza. El amor lo perdona todo, excepto la ausencia voluntaria, porque esta resulta ser el peor de los suplicios. Entonces la vida deja de transcurrir en una dulce ensoñación; y de consagrarse a valorar todas las razones para amar al ser querido, pasa a perturbarse agitada por dudas crueles. «Pero, después de todo, ¿puedo creer que ya no me ama?», se decía Elena durante los tres largos días que duró la ausencia de Branciforte. De la noche a la mañana sus preocupaciones fueron reemplazadas por una alegría desenfrenada: al tercer día le vio aparecer en pleno mediodía, paseándose por la calle delante del palacio de su padre. Vestía ropas nuevas, casi lujosas. Nunca antes la nobleza de sus andares y la ingenuidad ufana y valerosa de su rostro habían brillado de forma tan destacada; tampoco nunca, antes de ese día, se había hablado con tanta frecuencia en Albano de la pobreza de Julio. Eran los hombres, en especial los más jóvenes, quienes repetían esta palabra cruel; las mujeres, en especial las más jóvenes, se deshacían en elogios sobre su excelente aspecto.
Julio pasó todo aquel día paseándose por la ciudad: parecía resarcirse por los meses de reclusión a los que su pobreza lo había condenado. Como conviene a un hombre enamorado, estaba bien armado bajo sus vestiduras nuevas. Además de la daga y el puñal, llevaba su giacco (una especie de jubón largo con mallas de hierro, bastante incómodo para vestir, pero que curaba a los corazones italianos de una triste enfermedad, cuyos asaltos punzantes se sufrían sin descanso en aquel siglo. Me refiero al temor a caer muerto a la vuelta de la esquina a manos de cualquiera de los propios enemigos). Aquel día Julio esperaba poder atisbar a Elena y además sentía cierta repulsa ante la idea de permanecer completamente a solas en su casa desierta; he aquí la causa: Ranucio, un antiguo soldado de su padre, tras haberle servido en diez campañas con las tropas de diferentes condottieri y, por último, con las de Marco Sciarra, había seguido a su capitán cuando sus heridas le obligaron a retirarse. El capitán Branciforte tenía sus razones para no vivir en Roma: se exponía a encontrarse allí con los hijos de los hombres a los que había matado. Incluso en Albano, había tenido cuidado de no ponerse totalmente en manos de las autoridades públicas. En lugar de alquilar o comprar una casa en la ciudad, prefirió construir una desde la que pudiera ver venir desde lejos a las visitas. Encontró en las ruinas de Alba una posición inigualable: podía, sin que lo advirtiesen los visitantes indiscretos, refugiarse en el bosque en el que gobernaba su antiguo amigo y patrón, el príncipe Fabricio Colonna. El capitán Branciforte se desentendía por completo del futuro de su hijo. Cuando se retiró del servicio, a la temprana edad de cincuenta años pero plagado de heridas, calculó que podía vivir todavía unos diez años y, con la casa ya construida, gastaba cada año la décima parte de lo que había amasado en los saqueos de las ciudades y pueblos en los que había tenido el honor de participar.
Compró la viña que proporcionaba treinta escudos de renta a su hijo en respuesta a una chanza de un burgués de Albano, que le había dicho, un día en que discutían acaloradamente acerca de los intereses y el honor de la ciudad, que, en efecto, incumbía a un propietario tan acaudalado como él dar consejos a los ancianos de Albano. El capitán compró la viña y anunció que después adquiriría muchas otras, y entonces, tras toparse con el burlón en un lugar solitario, lo mató de un tiro.
Tras llevar durante ocho años este tipo de vida, el capitán murió. Su ayuda de campo, Ranucio, adoraba a Julio. No obstante, hastiado de tanta inactividad, se reincorporó al servicio en las tropas del príncipe Colonna. Con frecuencia venía a visitar a «su hijo Julio», pues así era como lo llamaba, y, en vísperas de un asalto peligroso que el príncipe debía resistir en su fortaleza de la Petrella, se había llevado a Julio consigo. Viéndolo tan valiente, le había dicho:
—Hace falta estar loco, y además ser muy botarate, para vivir en Albano como el último y el más miserable de sus habitantes, mientras que, por tu forma de actuar y el nombre de tu padre, entre nosotros podrías convertirte en un brillante mercenario, y encima podrías hacerte rico.
Julio quedó atormentado por aquellas palabras. Sabía latín gracias a un sacerdote, pero como su padre siempre se había burlado de todo lo que el sacerdote decía aparte del latín, carecía de cualquier otro tipo de formación. En cambio, vilipendiado por su pobreza, aislado en su casa solitaria, había desarrollado cierto sentido común que, teniendo en cuenta su insolencia, habría asombrado a los sabios. Por ejemplo, ya antes de enamorarse de Elena y sin saber por qué, adoraba la guerra como tal, pero le repugnaban los saqueos, que, a los ojos de su padre el capitán y de Ranucio, constituían el entremés, cuyo objeto es hacer reír, que sigue a la noble tragedia. Desde que se había enamorado de Elena este sentido común adquirido a través de sus reflexiones solitarias se había convertido en un suplicio para Julio. Su alma, antaño tan despreocupada, no se atrevía a consultar estas dudas con nadie y estaba colmada de pasión y de desdicha. ¿Qué no diría el señor de Campireali si supiera que era un mercenario? ¡Entonces sí que podría dirigirle reproches bien fundados! Julio siempre había contado con el oficio de soldado como un recurso seguro para los tiempos en que ya hubiera agotado el dinero de las cadenas de oro y otras joyas que había encontrado en el cofre de hierro de su padre. Si Julio, siendo tan pobre, no tenía ningún escrúpulo en raptar a la hija del rico señor de Campireali era debido a que en aquellos tiempos los padres administraban el legado de sus bienes como mejor les parecía, de modo que el señor de Campireali podía perfectamente dejar a su hija mil escudos por toda fortuna. Eran otros los problemas que mantenían la mente de Julio profundamente ocupada: en primer lugar, ¿en qué ciudad establecería a la joven Elena tras haberla desposado y habérsela arrebatado a su padre? En segundo lugar, ¿con qué dinero la mantendría?
Cuando el señor de Campireali le dirigió aquel reproche hiriente que tanto le había afectado, Julio vivió dos días presa de la rabia y del más vivo dolor: no podía decidirse a matar a aquel viejo insolente, pero tampoco a dejarlo con vida. Se pasaba las noches enteras llorando. Finalmente se decidió a consultar a Ranucio, el único amigo que tenía en el mundo; pero ¿sería su amigo capaz de entenderle? Buscó en vano a Ranucio por todo el bosque de la Faggiola; tuvo que ir hasta el camino de Nápoles, pasado Velletri, donde Ranucio dirigía una emboscada: esperaba, en nutrida compañía, a Ruiz de Ávalos, un general español que se dirigía a Roma por tierra, sin tener en cuenta que hacía no mucho, en público, se había referido despectivamente a los mercenarios de la compañía Colonna.
Pero como su capellán le recordó muy oportunamente esta pequeña circunstancia, finalmente Ruiz de Ávalos optó por mandar aparejar un barco y arribar a Roma por mar.
Apenas el capitán Ranucio oyó el relato de Julio:
—Descríbeme exactamente —le dijo— la apariencia de ese tal señor de Campireali, no vaya a ser que su imprudencia le cueste la vida a algún ciudadano inocente de Albano. En cuanto el asunto que nos retiene aquí se termine para bien o para mal, irás a Roma, donde te asegurarás de que te vean en las hosterías y en otros lugares públicos durante todo el día: es necesario que nadie pueda sospechar de ti a causa de tu amor por su hija.
Julio tuvo muchas dificultades para calmar la cólera del antiguo compañero de su padre. Tuvo incluso que enfadarse.
—¿Es que crees que quiero recurrir a tu espada? —le dijo por último—. ¡Según parece, yo también tengo una! Lo que quiero es un buen consejo.
Ranucio terminaba siempre su argumentación con las mismas palabras:
—Eres joven, no tienes heridas, el insulto ha sido público; ahora bien, un hombre sin honor es despreciado incluso por las mujeres.
Julio le dijo que necesitaba reflexionar un poco más sobre lo que deseaba su corazón; Ranucio pretendía a toda costa que tomara parte en el ataque a la escolta del general español, con el cual, decía, podía cubrirse de honor, sin contar con los doblones. Pero, a pesar estas instigaciones, Julio volvió solo a su modesta casa.
Y fue allí donde, la víspera del día en el que el señor de Campireali le disparara un tiro de arcabuz, Julio recibió a Ranucio y a su cabo, que habían regresado de las cercanías de Velletri. Ranucio empleó la fuerza para examinar el cofrecillo de hierro en el que su patrón, el capitán Branciforte, encerraba antaño las cadenas de oro y el resto de las joyas cuyo valor no juzgaba apropiado gastar inmediatamente después de una expedición. Ranucio encontró allí dentro dos escudos.
—Mi consejo es que te conviertas en monje —le dijo a Julio—. Tienes todas las virtudes necesarias: el amor a la pobreza, he aquí la prueba; la humildad, puesto que te dejas vilipendiar en plena calle por un ricacho de Albano; no te faltan más que la hipocresía y la glotonería.
Ranucio introdujo a la fuerza cincuenta doblones en el cofrecillo de hierro.
—Te doy mi palabra —le dijo a Julio— de que si de aquí a un mes el señor Campireali no está enterrado con todos los honores debidos a su nobleza y su opulencia, mi cabo aquí presente vendrá con treinta hombres a demoler tu casucha y a quemar tus pocos muebles. No puede ser que el hijo del capitán Branciforte haga el ridículo en este mundo con la excusa de estar enamorado.
Cuando el señor de Campireali y su hijo dispararon los dos tiros de arcabuz, Ranucio y el cabo habían tomado posiciones bajo la balconada de piedra, y Julio tuvo todas las dificultades del mundo para impedir que mataran a Fabio, o que por lo menos lo raptaran, cuando este hizo su imprudente salida por el jardín, como ya hemos contado en otra parte. El argumento que calmó a Ranucio fue el siguiente: no puede darse muerte a un joven que puede llegar a convertirse en algo y resultar útil, mientras se deja vivo a un viejo pecador más culpable que él y que ya no sirve más que para ser enterrado.
El día siguiente a este episodio, Ranucio se sumergió en el bosque y Julio partió hacia Roma. La alegría que sintió al comprar ropa elegante con los doblones que Ranucio le había dado se veía alterada del modo más cruel por una idea, ciertamente sorprendente para su siglo, y que ya anunciaba el alto destino que alcanzaría después. Julio se decía: «Es necesario que Elena sepa quién soy». Cualquier otro hombre de su edad y su época habría pensado únicamente en gozar del amor y en raptar a Elena, sin reflexionar en absoluto sobre lo que podría sucederle a la joven seis meses después, ni en la opinión que ella podría guardar acerca de él.
De regreso a Albano, la misma tarde en que Julio exhibía ante los ojos de todos las hermosas ropas que había traído de Roma, supo a través del viejo Scotti, su amigo, que Fabio había salido de la ciudad a caballo, en dirección a una hacienda que su padre poseía en la llanura, a tres leguas de allí, junto a la orilla del mar. Más tarde, vio cómo el señor Campireali tomaba, acompañado por dos sacerdotes, el camino hacia la magnífica alameda de encinas que corona el borde del cráter en cuyo fondo se extiende el lago de Albano. Diez minutos después, una anciana se introducía audazmente en el palacio de Campireali, so pretexto de vender fruta. La primera persona con la que se topó fue la joven camarera Marietta, íntima confidente de la señora Elena, que enrojeció hasta la raíz del cabello al recibir un hermoso ramo. La carta que se hallaba escondida en este era de una extensión desmesurada: Julio narraba todo lo que le había sucedido desde la noche en que le dispararon con el arcabuz. Pero, a causa de un insólito pudor, no se atrevía a confesar aquello de lo que cualquier joven de su época se hubiera sentido tan orgulloso, a saber: que era hijo de un capitán célebre por sus actos de bandolerismo y que él mismo se había distinguido ya por su valentía en más de un combate. Le parecía seguir oyendo las reflexiones que estos hechos inspirarían al viejo Campireali. Conviene saber que en el siglo quince las jóvenes, más cercanas al sentido común republicano, apreciaban mucho más a un hombre por las acciones que él mismo hubiera realizado que por las riquezas amasadas por sus padres o por las hazañas célebres de estos. Pero eran sobre todo las jóvenes humildes quienes seguían este razonamiento. Las que pertenecían a la clase rica o noble sentían miedo de estos bandoleros y, como es natural, tenían en gran estima la nobleza y la opulencia. Julio finalizaba su carta con estas palabras:
No sé si las dignas ropas que he traído de Roma os habrán permitido olvidar la cruel injuria que cierta persona a la que respetáis me dirigió hace no mucho tiempo, en referencia a mi apariencia menesterosa. Habría podido vengarme, habría debido hacerlo, mi honor me lo exigía, pero no lo hice en consideración a las lágrimas que mi venganza habría causado en los ojos que adoro. Esto puede demostraros, si para mi desgracia todavía lo dudabais, que se puede ser pobre y a la vez albergar sentimientos nobles. Por lo demás, debo revelaros un secreto terrible; sin duda, no tendría ninguna dificultad en decírselo a cualquier otra mujer, pero no sé por qué, tiemblo al pensar en revelároslo a vos. Puede destruir, en un instante, el amor que sentís hacia mí. Ninguna protesta por vuestra parte podrá satisfacerme. Quiero leer en vuestros ojos el efecto que os produce mi confesión. Uno de estos días, a la caída de la noche, nos encontraremos en el jardín situado a espaldas del palacio. Ese día, Fabio y vuestro padre estarán ausentes: cuando tenga la certeza de que, a pesar de su desprecio por un pobre joven mal vestido, no podrán arrebatarnos tres cuartos de hora o una hora de encuentro, un hombre aparecerá bajo las ventanas de vuestro palacio, y mostrará a los niños de la ciudad un zorro domesticado. Más tarde, cuando suene el avemaría, oiréis un disparo de arcabuz en la lejanía; en ese momento, acercaos al muro de vuestro jardín y, si no estáis sola, cantad. Si hay silencio, este vuestro esclavo aparecerá tembloroso a vuestros pies, y os contará cosas que tal vez os horroricen. En espera de este día decisivo y terrible para mí, no me arriesgaré a volver a entregaros un ramo a medianoche; pero hacia las dos de la madrugada pasaré cantando, y quizás desde la balconada de piedra, dejaréis caer una flor recogida por vos en vuestro jardín. Tal vez estas sean las últimas huellas de afecto que mostréis al desdichado Julio.
Tres días más tarde, el padre y el hermano de Elena tenían que ir a caballo a la hacienda que poseían a orillas del mar. Debían salir poco antes de la caída del sol, de modo que pudieran estar de regreso en casa hacia las dos de la madrugada. Pero, cuando llegó la hora de volver, no solo sus dos caballos, sino todos los de la granja, habían desaparecido. Desconcertados por este robo audaz, buscaron sus monturas, que no aparecieron hasta el día siguiente, en el bosque de altos oquedales a orillas del mar. Los dos Campireali, padre e hijo, tuvieron que regresar a Albano en un carruaje campestre tirado por bueyes.
Aquella tarde, cuando Julio estuvo a los pies de Elena, había anochecido casi por completo. La pobre muchacha se sentía más que feliz de estar en penumbra; se mostraba por primera vez ante el hombre al que amaba con ternura —algo que él sabía, sin lugar a dudas—, pero con quien al fin y al cabo nunca había hablado.
Reparó en algo que le infundió un poco de valor: Julio parecía más pálido y más tembloroso que ella. Él estaba a sus pies: «A decir verdad, no estoy en condiciones de hablar», le dijo. Siguieron unos instantes de evidente y profunda felicidad; ambos se miraban, pero sin poder articular palabra, inmóviles como un grupo escultórico de mármol cargado de expresividad. Julio se había arrodillado, y sostenía la mano de Elena; ella, con la cabeza inclinada, lo observaba con intensidad.
Julio sabía muy bien que, según los consejos de sus amigos, los jóvenes libertinos de Roma, aquel era el momento de intentar algo; pero la sola idea lo horrorizaba. Fue sacudido de su estado de éxtasis —quizás la más viva alegría que pueda proporcionar el amor— por este pensamiento: «El tiempo pasa con rapidez; y los Campireali se aproximan a su palacio». Comprendió que, con un alma escrupulosa como la suya, no podía encontrar una felicidad duradera; no hasta haber hecho a su amada aquella revelación terrible, algo que a sus amigos de Roma les habría parecido una estupidez mayúscula.
—Os he hablado de una confesión que tal vez no debería haceros —le dijo finalmente a Elena.
Julio palideció visiblemente; y añadió con dificultad, como si le faltara la respiración:
—Quizá veré ahora cómo desaparecen esos sentimientos que son la única esperanza que me queda. Vos creéis que soy pobre, pero eso no es todo: soy un bandolero, e hijo de un bandolero.
Ante estas palabras, Elena, hija de un hombre acaudalado, y que albergaba todos los temores de su clase social, se sintió próxima al desmayo. Tuvo miedo de desplomarse. «¡Qué aflicción le causará esto al pobre Julio! —pensó—: Creerá que lo desprecio». Él estaba a sus pies, arrodillado. Para no caer, Elena se apoyó sobre él y, al poco, se desplomó entre sus brazos, como si hubiera perdido el conocimiento.
Como vemos, en el siglo dieciséis la gente apreciaba que se narrasen con meticulosidad las historias de amor. Ello se debe a que el raciocinio no evaluaba dichas historias; se escuchaban con la imaginación y la pasión del lector se identificaba con la de los protagonistas. Los dos manuscritos que utilizamos, y en especial aquel que presenta ciertos giros y expresiones propios del dialecto florentino, exponen con el mayor lujo de detalles la historia de todos los encuentros que siguieron a aquel. El riesgo lograba acallar los remordimientos de la joven. A menudo el peligro era extremo, pero esto no hizo sino enardecer aquellos dos corazones para los que toda sensación causada por el amor era pura felicidad. Más de una vez Fabio y su padre estuvieron a punto de sorprenderlos. Estaban furiosos, se creían burlados: los rumores decían que Julio era el amante de Elena, y sin embargo ellos no podían verlo. Fabio, un joven impetuoso y orgulloso de su cuna, proponía a su padre que se organizaran para matar a Julio.
—Mientras él permanezca en este mundo —le decía— no habrá un día en que mi hermana no esté en el mayor de los peligros. ¿Quién nos asegura que a la primera ocasión nuestro honor no nos obligará a mancharnos las manos con la sangre de este obstinado? Ella ha llegado hasta un punto de insolencia en el que ni siquiera niega ya su amor por él. Ya habéis visto que no responde a vuestros reproches con otra cosa que un silencio mortecino. ¡Pues bien!, ese silencio es la sentencia de muerte de Julio Branciforte.
—Considerad quién era su padre —respondía el señor de Campireali—. Seguramente, no sería difícil irnos a pasar seis meses a Roma, y que mientras tanto ese Branciforte desaparezca. Pero ¿quién nos asegura que su padre, que pese a todos sus crímenes fue bravo y generoso —generoso hasta el punto de enriquecer a muchos de sus soldados y de permanecer él mismo pobre—, quién nos dice que su padre no tiene aún amigos, ya sea en la compañía del duque de Monte Mariano, ya sea en la compañía Colonna —que ocupa a menudo los bosques de la Faggiola, a escasa media legua de nuestra casa—? Llegado el caso, nos masacrarían a todos sin remisión, a vos, a mí y quizá también a vuestra desdichada madre.
Estas frecuentes reuniones entre padre e hijo permanecían ocultas solo en parte para Victoria Carafa, la madre de Elena, y la sumían en la desesperación. La conclusión de las conversaciones entre Fabio y su padre fue que no resultaba conveniente para el honor de la familia seguir soportando serenamente los rumores que reinaban en Albano. Puesto que no era prudente hacer desaparecer al joven Branciforte, que cada día parecía más y más insolente y, para colmo, ahora que vestía ropas magníficas, llevaba su engreimiento hasta el punto de dirigirles la palabra en público tanto a Fabio como al propio señor de Campireali, resolvieron tomar una de las siguientes disposiciones, o quizás incluso ambas al mismo tiempo: era necesario que la familia al completo regresara a Roma; y era vital llevar a Elena al convento de la Visitación de Castro, donde permanecería hasta que encontraran un pretendiente apropiado para ella.
Elena nunca había confesado su amor a su madre: hija y madre se querían con afecto; pasaban sus jornadas juntas y, pese a todo, nunca habían mencionado una sola palabra sobre el asunto que interesaba casi por igual a las dos. Aquel argumento, casi el único objeto de los pensamientos de ambas, se manifestó en palabras por primera vez cuando la madre hizo saber a su hija que se estaba discutiendo la posibilidad de que la familia se trasladara a vivir a Roma, e incluso de que a ella la volvieran a enviar durante algún tiempo al convento de Castro.
Esta revelación fue del todo imprudente y solo puede disculparse por el afecto inmoderado que Victoria Carafa sentía por su hija. Elena, trastornada de amor, quiso demostrar a su amante que no se avergonzaba de su pobreza y que tenía una confianza ilimitada en su honestidad. «¿Quién podría haberlo creído? —exclama el autor florentino—. Después de tantos encuentros temerarios arriesgándose a una muerte horrible, celebrados en el jardín e incluso una o dos veces en su propia habitación, ¡Elena era pura!». Sintiéndose fuerte en su virtud, propuso a su amante abandonar el palacio hacia la medianoche, a través del jardín, e ir a pasar el resto de la noche en su modesta casa construida sobre las ruinas de Alba, a más de un cuarto de legua de distancia. Para ello se disfrazaron de monjes franciscanos. Elena tenía una figura esbelta y, así vestida, parecía un joven novicio de dieciocho o veinte años. Lo más increíble, y que revela la presencia del dedo de Dios en esta historia, es que, en el estrecho camino tallado en la roca que todavía hoy pasa junto al muro del convento de los capuchinos, Julio y su amada, disfrazados de monjes, se toparon con el señor de Campireali y su hijo Fabio, quienes, seguidos de cuatro criados bien armados y precedidos por un paje que portaba una tea encendida, regresaban de Castel Gandolfo, población situada a la orilla del lago, muy cerca de allí. A fin de dejar paso a los dos amantes, los Campireali y sus sirvientes se situaron a derecha e izquierda de este camino abierto en la roca, que tendrá unos ocho pies de ancho. ¡Qué afortunada habría sido Elena si la hubieran reconocido en aquel momento! Su padre o su hermano la habrían matado de un disparo y su suplicio no habría durado más de un instante: pero el cielo había dispuesto las cosas de modo diferente (superis aliter visum).
A este singular encuentro se añade otra circunstancia, que la señora de Campireali, llegada a una vejez extrema y casi centenaria, narraba a veces en Roma ante las personas respetables que, también muy ancianas, a su vez me lo refirieron cuando, con mi insaciable curiosidad, les interrogaba acerca de este y mucho otros temas.
Fabio de Campireali, que era un joven orgulloso de su valentía y lleno de altivez, al reparar en que el monje de mayor edad no los saludaba ni a su padre ni a él al pasar junto a ellos, exclamó:
—¡A fe mía, que este monje es un bribón engreído! ¡Sabe Dios qué irá a hacer fuera del convento, con su compañero, a estas horas intempestivas! No sé qué es lo que me contiene para no levantarles la capucha; así les veríamos las caras.
Ante estas palabras, Julio empuñó la daga bajo sus hábitos de monje y se situó entre Fabio y Elena. En aquel momento no estaba a más de un pie de distancia de Fabio, pero el cielo tenía otros planes y calmó milagrosamente la furia de ambos jóvenes, que muy pronto volverían a encontrarse igual de cerca.
En el proceso que más tarde se intentó iniciar contra Elena de Campireali, se quiso presentar este paseo nocturno como una prueba de corrupción. No era más que el delirio de un corazón joven exaltado por un amor insensato, pero este corazón era puro.
III
Conviene saber que los Orsini, eternos rivales de los Colonna, que entonces gozaban de un enorme poder en las poblaciones más cercanas a Roma, habían logrado que los tribunales del gobierno condenaran a muerte, poco tiempo antes, a un rico agricultor llamado Baltasar Bandini, nacido en Petrella. Resultaría demasiado largo referir aquí las diversas afrentas que se le reprochaban a Bandini: la mayor parte de ellas constituirían crímenes hoy en día, pero en 1559 no podían considerarse de forma tan severa.
Bandini estaba encarcelado en un castillo perteneciente a los Orsini, situado en la montaña por el lado de Valmontone, a seis leguas de Albano. Una noche llegó, por el camino principal, el bargello de Roma seguido de ciento cincuenta de sus esbirros. Venía a buscar a Bandini para conducirlo a Roma, a los calabozos de Tordinona. Bandini había apelado ante Roma la sentencia que lo condenaba a muerte. Pero, como ya hemos dicho, el agricultor era natural de la Petrella, fortaleza perteneciente a los Colonna, y la mujer de Bandini acudió ante Fabricio Colonna, que a la sazón se encontraba allí, y le espetó en público:
—¿Dejaríais morir a uno de vuestros más fieles servidores?
Colonna respondió:
—¡No quiera Dios que yo falte jamás al respeto debido a las sentencias de los tribunales de mi señor el Papa!
De inmediato dio órdenes a sus soldados e hizo avisar a sus partidarios para que estuvieran preparados. Establecieron el lugar de encuentro en los alrededores de Valtomonte, un pueblecito construido en la cresta de un peñón poco elevado, pero que tiene como muralla natural un precipicio continuo y casi vertical de sesenta a ochenta pies de altura. Esta población, que formaba parte de los territorios bajo dominio del Papa, era el lugar adonde los partidarios de Orsini y los esbirros del gobierno habían hecho trasladar a Bandini. Entre los partidarios más vehementes de las autoridades se contaban el señor de Campireali y Fabio, parientes lejanos, además, del propio Orsini. Por el contrario, Julio Branciforte y su padre habían estado siempre en el bando de Colonna.
En aquellas circunstancias en las que a Colonna no le convenía revelar su identidad, podía recurrir a una precaución muy simple: la mayor parte de los ricos lugareños romanos, tanto entonces como hoy en día, formaban parte de alguna cofradía de penitentes. Los penitentes siempre aparecían en público con la cabeza cubierta con un capirote de tela que ocultaba su rostro y que permitía ver a través de dos agujeros frente a los ojos. Cuando a los Colonna no les convenía admitir abiertamente alguna de sus actuaciones, instaban a sus partidarios a vestirse con sus hábitos de penitente antes de acudir a reunirse con ellos.
Tras largos preparativos, el traslado de Bandini, que desde hacía quince días era la comidilla de la región, se fijó para un domingo. Aquel día, a las dos de la madrugada, el gobernador de Valmontone hizo tocar a rebato en todos los pueblos del bosque de la Faggiola. Se pudo ver cómo los habitantes salían de cada población en gran número. (Las costumbres de las repúblicas de la Edad Media, cuando aún se luchaba para conseguir aquello que se deseaba, habían moldeado el corazón de los campesinos con una gran valentía; en nuestros días, nadie osaría moverse).
Aquel día pudo observarse algo sorprendente: a medida que las partidas de lugareños armados procedentes de cada pueblo se introducían en el bosque, sus integrantes quedaban reducidos a la mitad de su número inicial: los partidarios de Colonna se dirigían hacia el punto de encuentro señalado por Fabricio. Los cabecillas parecían estar convencidos de que aquel día no habría lucha: aquella mañana habían recibido la orden de extender ese rumor. Fabricio recorría el bosque en compañía de sus mejores hombres, a los que había facilitado monturas medio salvajes de sus propias caballerizas. Pasaba una especie de revista a los distintos destacamentos de mesnaderos, pero no les dirigía la palabra en absoluto, ya que cualquier frase podría comprometerlo. Fabricio era un hombre alto y delgado, de una agilidad y una fuerza increíbles: aunque apenas tenía cuarenta y cinco años de edad, sus cabellos y su bigote eran de un blanco deslumbrante, lo que lo contrariaba profundamente: por este detalle podían reconocerlo incluso allí donde él más desearía pasar desapercibido. A medida que los lugareños lo veían, gritaban: «¡Viva Colonna!» y se ponían los capuchones de tela. El propio príncipe llevaba su capucha al cuello, para poder colocársela en el momento en que avistaran al enemigo.
Este no se hizo esperar: el sol apenas se había alzado cuando cerca de un millar de hombres, militantes del partido de Orsini y que procedían de la zona de Valmontone, se internaron en el bosque y vinieron a cruzar a unos trescientos pasos de los partidarios de Fabricio Colonna, a los que este había ordenado echarse cuerpo a tierra. Unos instantes después de que los últimos miembros de esta vanguardia de los Orsini hubieran desfilado, el príncipe puso a sus hombres en movimiento: había decidido atacar a la escolta de Bandini un cuarto de hora después de su entrada en el bosque.
En el lugar en cuestión, el bosque está sembrado de peñas de unos quince o veinte pies de altura; son corrientes de lava más o menos antiguas, sobre las cuales los castaños crecen espléndidamente y atrapan casi por completo la luz del sol. Como estos antiguos cauces, erosionados en mayor o menor medida por el tiempo, hacen que la superficie sea muy desigual, se ha perforado la lava a fin de evitar que el camino principal tenga que salvar toda una serie de subidas y bajadas inútiles, y a menudo la ruta discurre a tres o cuatro pies por debajo del nivel del bosque.
Cerca del lugar del ataque planeado por Fabricio, se abría un calvero cubierto de hierba y atravesado en uno de sus extremos por el camino principal. Más allá la ruta penetraba otra vez en el bosque que, en este punto, repleto de espinos y de arbustos entre los troncos de los árboles, era completamente impenetrable. A cien pasos del bosque se hallaba el lugar en el que Fabricio había situado a su infantería, flanqueando el camino. A una señal del príncipe, todos los aldeanos se colocaron la capucha y tomaron posiciones con sus arcabuces detrás de los castaños. Los soldados del príncipe se situaron tras los árboles más cercanos al camino. Los lugareños tenían órdenes precisas de no disparar hasta que lo hubieran hecho los soldados y estos no debían abrir fuego antes de que el enemigo estuviera a una distancia de veinte pasos. Fabricio hizo cortar a toda prisa una veintena de árboles para derribarlos, con todas sus ramas, sobre el camino; la ruta, que en aquel punto era bastante estrecha y discurría a tres pies por debajo del nivel del bosque, quedaba así completamente impracticable. El capitán Ranucio, con quinientos hombres, siguió a la vanguardia; tenía órdenes de no atacar hasta que oyera los primeros disparos de arcabuz provenientes del derribo que obstaculizaba el camino. Cuando Fabricio Colonna vio que sus soldados y sus partisanos estaban bien apostados, todos tras su árbol y llenos de resolución, partió al galope junto a todos aquellos de sus hombres que iban a caballo, y entre los cuales se encontraba Julio Branciforte. El príncipe tomó un sendero a la derecha del camino principal, que conducía al extremo del claro más alejado de la ruta.
El príncipe se había alejado hacía apenas unos instantes cuando vieron aparecer en la distancia, por el camino de Valmontone, un numeroso grupo de hombres a caballo. Se trataba de los esbirros del bargello, que escoltaban a Bandini acompañados de todos los caballeros de los Orsini. En el centro de la formación se encontraba Baltasar Bandini, rodeado por cuatro verdugos vestidos de rojo. Estos tenían órdenes de ejecutar la sentencia de los primeros jueces, ajusticiando a Bandini si veían que los partidarios de Colonna estaban a punto de liberarlo.
No seguiremos en absoluto la narración de esta escaramuza, que duró menos de tres cuartos de hora; los partidarios de Orsini, sorprendidos, huyeron en todas direcciones. Pero en la vanguardia, el valiente capitán Ranucio fue abatido, suceso este que tuvo una influencia funesta sobre el destino de Julio Branciforte. Apenas este empezó a abrirse paso con la espada hacia los hombres vestidos de rojo, se encontró frente a frente con Fabio de Campireali.
A lomos de un caballo rebosante de fogosidad y enfundado en un giacco dorado, Fabio exclamó:
—¿Quiénes son estos miserables enmascarados? ¡Quitémosles las máscaras a golpe de espada! ¡Ved cómo lo hago yo!
Casi al instante, Julio Branciforte recibió un tajo horizontal sobre la frente. El golpe había sido ejecutado con tanta pericia que la tela que le cubría el rostro cayó, al tiempo que a Julio se le cegaban los ojos con la sangre que manaba de la herida, por lo demás nada profunda. Alejó a su caballo para poder respirar y enjugarse la cara. No quería luchar contra el hermano de Elena bajo ninguna circunstancia. Su caballo estaba ya a cuatro pasos de Fabio cuando recibió sobre el pecho una estocada furibunda, que no penetró en absoluto gracias a su giacco, pero que le dejó sin respiración durante un instante. Al momento oyó que alguien le gritaba:
—Ti conosco, porco! ¡Canalla, te reconozco! ¡De modo que así es como te ganas el dinero para renovar tus harapos!
Julio, vivamente encolerizado, olvidó su primera intención y se volvió hacia Fabio:
—Ed in mal punto tu venisti! —gritó.
Tras una serie de precipitados ataques con las espadas, los jubones que cubrían sus cotas de malla quedaron hechos jirones. La cota de Fabio era dorada y magnífica; la de Julio, de las más corrientes.
—¡¿De qué cloaca has sacado tu giacco?! —le gritó Fabio.
En aquel momento, Julio encontró la oportunidad que llevaba buscando desde hacía medio minuto: la soberbia cota de malla de Fabio no estaba bien ajustada en la gola y Julio lanzó al cuello, un tanto descubierto, una estocada que acertó en el blanco. La espada de Julio penetró medio pie en la garganta de Fabio e hizo brotar de ella un enorme chorro de sangre.
—¡Toma esto, por tu insolencia! —gritó Julio.
Y galopó hacia los hombres vestidos de rojo, dos de los cuales estaban aún a caballo a cien pasos de distancia. Mientras se acercaba, el tercero fue abatido; pero en el momento en el que Julio estaba a punto de alcanzar al cuarto verdugo, este, viéndose rodeado por más de diez caballeros, descargó su pistola a quemarropa sobre el desdichado Baltasar Bandini, que se desplomó.
—¡Mis queridos señores, ya no tenemos nada que hacer aquí! —exclamó Branciforte—. Ensartemos a esos rufianes que huyen a la desbandada.
Todos le siguieron.
Cuando media hora más tarde Julio regresó junto a Fabricio Colonna, el señor le dirigió la palabra por primera vez en su vida. Julio notó que estaba ciego de cólera; esperaba ver a Colonna embargado de alegría a causa de la victoria, que había sido total y que se debía por entero a sus buenas disposiciones, pues los Orsini tenían casi tres mil hombres y Fabricio, en esta ocasión, no había reunido a más de mil quinientos.
—¡Hemos perdido a vuestro valiente amigo Ranucio! —exclamó el príncipe dirigiéndose a Julio—. Yo mismo acabo de tocar su cadáver; está ya frío. El pobre Baltasar Bandini yace herido de muerte. Así que, al fin y al cabo, no lo hemos logrado. Pero la sombra del valeroso capitán Ranucio se presentará ante Plutón bien acompañada. He ordenado que cuelguen de las ramas de los árboles a todos esos bribones que tenemos como prisioneros. ¡Esmeraos en cumplir esta orden, señores! —exclamó alzando la voz.
Y partió al galope hacia donde había luchado la primera línea de combate. Julio capitaneaba casi como segundo oficial la compañía de Ranucio; siguió al príncipe, quien, una vez junto al cuerpo de aquel valeroso soldado, que yacía rodeado de más de cincuenta cadáveres enemigos, volvió a descender del caballo para coger la mano de Ranucio. Julio lo imitó, llorando.
—Eres muy joven —dijo el príncipe a Julio—, pero te veo cubierto de sangre y tu padre fue un hombre valiente, que recibió más de veinte heridas al servicio de los Colonna. Toma el mando de los hombres que aún restan de la compañía de Ranucio, y conduce su cadáver a nuestra iglesia de la Petrella; pero ten en cuenta que tal vez sufras algún ataque por el camino.
Julio no sufrió ningún ataque, pero mató de una estocada a uno de sus soldados, que había osado decirle que era demasiado joven para capitanearlos. Esta temeridad surtió efecto porque Julio estaba todavía bañado en la sangre de Fabio. A lo largo de toda la ruta, encontró árboles cargados de hombres a los que estaban ahorcando. Este espectáculo repulsivo, unido a la muerte de Ranucio y, sobre todo, a la de Fabio, hacían que se sintiera casi desquiciado. Su única esperanza era que no se llegara a saber el nombre de quien había derrotado a Fabio.
Omitiremos los detalles militares. Tres días después del combate, Julio pudo volver durante unas horas a Albano. Les contaba a sus conocidos que una fiebre violenta lo había retenido en Roma, donde había tenido que guardar cama durante toda la semana.
Pero en todas partes lo trataban con visible respeto: los habitantes más destacados de la ciudad eran los primeros en saludarlo; algunos imprudentes llegaron incluso a llamarlo «señor capitán». Pasó varias veces frente al palacio Campireali, que estaba cerrado a cal y canto y, como el nuevo capitán era muy tímido en lo concerniente a ciertas cuestiones, tuvo que transcurrir la mitad de la jornada antes de que se decidiera a preguntar a Scotti, un anciano que siempre lo había tratado con amabilidad:
—Pero ¿dónde están los Campireali? Veo que su palacio está cerrado.
—Amigo mío —respondió Scotti con una repentina tristeza—: ese es un nombre que no debéis pronunciar jamás. Vuestros amigos están convencidos de que fue él quien os provocó, y así lo manifestarán por doquier. Pero al fin y al cabo, él era el principal obstáculo a vuestro matrimonio; al fin y al cabo, su muerte deja una hermana inmensamente rica y que os ama. Incluso se podría añadir —y aquí la indiscreción se convierte en virtud—, se podría añadir que ella os ama hasta el punto de ir a visitaros durante la noche a vuestra modesta casa de Alba. Así que podría decirse, en vuestro provecho, que ya erais marido y mujer antes del fatídico episodio de los Ciampi (este era el nombre que se daba en la región al combate antes descrito).
El anciano se interrumpió porque advirtió que Julio prorrumpía en sollozos.
—Vamos a la hospedería —dijo Julio.
Scotti lo siguió; les dieron una habitación donde se encerraron bajo llave y Julio pidió permiso al anciano para confesarle todo lo sucedido en los últimos ocho días. Cuando este largo relato concluyó el anciano repuso:
—Ya veo por vuestras lágrimas que no había nada de premeditado en vuestros actos, pero no por eso la muerte de Fabio deja de ser un acontecimiento fatídico para vos. Es absolutamente necesario que Elena asegure a su madre que estáis casados desde hace tiempo.
Julio no respondió, lo que el anciano atribuyó a una loable discreción. Profundamente absorto en sus pensamientos, Julio se preguntaba si Elena, irritada por la muerte de su hermano, haría justicia a sus miramientos para con ella; se arrepintió de lo ocurrido en el pasado. Después, a petición suya, el anciano le expuso con franqueza todo lo que había sucedido en Albano el día del combate.
Fabio había muerto a las seis y media de la madrugada, a más de seis leguas de Albano y, ¡algo increíble!, a las nueve ya había comenzado a hablarse de su muerte. Hacia mediodía habían visto al anciano Campireali, sumido en lágrimas y sostenido por sus sirvientes, dirigirse al convento de los capuchinos. Un poco más tarde, tres de estos buenos padres, montados en los mejores caballos de Campireali y seguidos de numerosos criados habían tomado el camino hacia el pueblo de Ciampi, cerca del cual había tenido lugar el combate. El anciano Campireali quería acompañarlos a toda costa, pero lo habían disuadido de hacerlo, dado que Fabricio Colonna estaba furioso (no se sabía muy bien por qué) y seguramente le haría pasar un mal trago si le hacían prisionero.
Aquella noche, hacia las doce, el bosque de la Faggiola parecía estar en llamas: eran todos los monjes y todos los pobres de Albano que, cada uno con un gran cirio encendido, iban en busca del cuerpo del joven Fabio.
—No voy a ocultaros —continuó el anciano bajando la voz como si tuviera miedo de que lo oyeran— que el camino que conduce a Valmontone y a los Ciampi…
—¿Y bien? —dijo Julio.
—Pues bien, este camino pasa por delante de vuestra casa y se dice que cuando el cadáver de Fabio llegó allí, la sangre le empezó a brotar de una herida horrible que tenía en el cuello.
—¡Qué horror! —exclamó Julio, poniéndose en pie.
—Calmaos, amigo mío —dijo el anciano—. Ya veis que es necesario que lo sepáis todo. Y ahora puedo deciros que vuestra presencia aquí, a día de hoy, se ha considerado algo prematura. Si me hicierais el honor de pedir mi consejo, capitán, yo añadiría que no es conveniente que aparezcáis por Albano de aquí a un mes. No necesito advertiros de que no sería nada prudente que os dejarais incluso ver por Roma. No sabemos todavía qué decidirá hacer el Santo Padre con respecto a los Colonna; hay quien piensa que dará crédito a la declaración de Fabricio, que pretende no haber tenido noticia del combate de los Ciampi más que a través de rumores. Pero el gobernador de Roma, que pertenece al partido de los Orsini, está furioso, y a buen seguro le encantaría colgar a alguno de los valientes soldados de Fabricio, a lo que este no podría protestar, y con razón, ya que jura no haber asistido al combate. Yo diría incluso más y, aunque no me lo pidáis, me tomaré la libertad de daros un consejo militar: sois apreciado en Albano, pues de otro modo no estaríais vivo. Tened en cuenta que lleváis paseándoos por la ciudad desde hace varias horas, que cualquier partidario de los Orsini puede sentirse insultado o, como poco, considerar que podría ganar fácilmente una buena recompensa. El viejo Campireali ha repetido mil veces que entregará su mejor hacienda a quien os mate. Habríais debido bajar a Albano con alguno de los soldados que tenéis en casa…
—No tengo a ningún soldado en casa.
—En ese caso, es que estáis loco, capitán. Esta hospedería tiene un patio. Vamos a salir por el jardín y a escabullirnos a través de los viñedos. Yo os acompañaré. Soy viejo y no tengo armas, pero si nos topamos con gente con malas intenciones, yo hablaré con ellos, y al menos os podré hacer ganar algo de tiempo.
Julio tenía el alma afligida. ¿Nos atreveremos a confesar cuál era su desvarío? Desde el momento en que supo que el palacio Campireali estaba cerrado y que todos sus habitantes habían partido hacia Roma, acariciaba el proyecto de volver a visitar ese jardín en el que tan a menudo se había reunido con Elena. Esperaba incluso volver a ver su habitación, donde ella lo recibía cuando su madre estaba ausente. Necesitaba fortalecerse para enfrentarse a la cólera de Elena, visitando los lugares en los que la había visto comportase con tanta ternura.
Branciforte y el generoso anciano no tuvieron ningún encuentro desagradable mientras seguían las veredas que atraviesan los viñedos y ascienden hacia el lago.
Julio volvió a pedir a Scotti que le describiera los detalles de las exequias de Fabio. El cuerpo del valeroso joven, escoltado por un gran número de sacerdotes, había sido conducido a Roma y había recibido sepultura en la capilla de la familia, en el convento de san Onofre, en la cima del Janículo. La gente había reparado, por ser esta una circunstancia insólita, en que, la víspera de la ceremonia, su padre había trasladado a Elena al convento de la Visitación, en Castro; aquello confirmaba los rumores que apuntaban a que estaba casada en secreto con el mercenario que había tenido la desgracia de matar a su hermano.
Ya cerca de su casa, Julio se encontró con el cabo de su compañía y cuatro de sus soldados. Le dijeron que su antiguo capitán no salía nunca del bosque sin llevar como escolta a algunos de sus hombres. El príncipe había repetido muchas veces que, si alguien quería dejarse matar por imprudencia, antes debía presentar su dimisión, de modo que él no tuviera que cargar con una muerte que estuviera obligado a vengar.
Julio Branciforte comprendió la importancia de estas normas, que hasta entonces desconocía por completo. Había creído, igual que los pueblos primitivos, que la guerra no consistía en otra cosa que en luchar con valentía. Obedeció de inmediato las órdenes del príncipe; no se tomó más que el tiempo necesario para abrazar al prudente anciano que había tenido la generosidad de acompañarlo hasta su casa.
Pero algunos días más tarde Julio, en parte trastornado por la melancolía, regresó para visitar el palacio Campireali. Al anochecer, él y tres de sus soldados, disfrazados de mercaderes napolitanos, entraron en Albano. Julio llegó solo a la casa de Scotti. Supo allí que Elena seguía confinada en el convento de Castro. Su padre, que creía que estaba casada con el hombre al que denominaba «el asesino de su hijo», había jurado no volver a verla jamás. No le dirigió la mirada ni siquiera al llevarla al convento. El afecto de su madre parecía, por el contrario, haberse incrementado y con frecuencia se ausentaba de Roma para ir a pasar uno o dos días junto a su hija.
IV
«Si no me justifico ante Elena —se dijo Julio mientras regresaba, de noche, al sector que su compañía ocupaba en el bosque—, terminará por creer que soy un asesino. ¡Sabe Dios qué historias le habrán contado sobre ese aciago combate!».
Fue a presentar sus respetos al príncipe en su fortaleza de la Petrella y le pidió permiso para ir a Castro. Fabricio Colonna frunció el ceño:
—El asunto de nuestra escaramuza no está todavía resuelto con Su Santidad. Debéis saber que he revelado la verdad, esto es, que soy completamente ajeno a este episodio, del que ni siquiera tuve la menor noticia hasta el día siguiente a los hechos, aquí, en mi castillo de la Petrella. Tengo todas las razones para creer que Su Santidad terminará por dar crédito a este testimonio sincero. Pero los Orsini son poderosos y todo el mundo dice que vos os distinguisteis en la refriega. Los Orsini pretenden incluso que numerosos prisioneros fueron ahorcados de las ramas de los árboles. Vos sabéis hasta qué punto este cuento es falso, pero podemos vaticinar que habrá represalias.
El profundo estupor que brillaba en la ingenua mirada del joven capitán divertía al príncipe; no obstante este juzgó, a la vista de tanta inocencia, que era conveniente expresarse con mayor claridad:
—Adivino en vos —continuó— esa valentía sin límite que ha hecho que el nombre de Branciforte sea famoso en toda Italia. Espero que mostréis hacia mi casa la misma fidelidad que demostró vuestro querido padre, y que he querido recompensar en vos. Estas son las normas de mi compañía: no revelar nunca la verdad respecto a mí o a mis hombres. Si en el momento en que estéis obligado a hablar, no os parece que una mentira pueda ser conveniente, mentid de todos modos y guardaos como si fuera un pecado mortal de decir una sola verdad. Comprenderéis que esta, sumada a otras averiguaciones, podría poner a alguien tras la pista de mis intenciones. Sé, por lo demás, que tenéis un amorío en el convento de la Visitación, en Castro. Podéis ir a desperdiciar quince días en ese villorrio, en donde no faltan los amigos e incluso los agentes de los Orsini. Id a ver a mi mayordomo, que os entregará doscientos cequíes. La amistad que sentía hacia vuestro padre —añadió el príncipe riéndose— me anima a daros algunos consejos sobre la mejor forma de llevar a cabo esta empresa amorosa y militar. Vos y tres de vuestros hombres os disfrazaréis de mercaderes. No dejéis de enfadaros con uno de vuestros compañeros, que fingirá estar siempre borracho, y que se granjeará muchos amigos invitando a vino a todos los haraganes de Castro. Por lo demás —concluyó el príncipe cambiando de tono—, si sois capturado por los Orsini y ajusticiado, no reveléis nunca vuestro verdadero nombre y todavía menos que estáis bajo mis órdenes. No necesito recomendaros que os apartéis de todas las aldeas y que entréis siempre por la puerta opuesta al camino por el que habéis venido.
Julio se conmovió ante aquellos paternales consejos, provenientes de un hombre usualmente tan reservado. Al principio el príncipe sonrió al ver las lágrimas que resbalaban de los ojos del joven; después su propia voz se alteró. Se quitó una de las numerosas sortijas que lucía en los dedos; al recibirla, Julio besó aquella mano célebre por sus muchas hazañas.
—¡Ni mi propio padre me había explicado nunca tantas cosas! —exclamó entusiasmado el joven.
Dos días más tarde, poco antes despuntar el alba, Julio atravesaba las murallas de la ciudad de Castro. Cinco soldados lo seguían, al igual que él, disfrazados: dos de ellos hicieron rancho aparte, fingiendo que no los conocían ni a él ni a los otros tres. Incluso antes de entrar en la ciudad, Julio alcanzó a ver el convento de la Visitación, un enorme edificio rodeado de murallas negras, muy similar a una fortaleza. Corrió a la iglesia; era espléndida. Las monjas, todas ellas nobles y la mayoría pertenecientes a familias adineradas, competían entre sí, por amor propio, para engalanar esta iglesia, la única parte del convento expuesta a la vista del público.
Se había convertido en una costumbre que la dama a la que el Papa nombrara abadesa, elegida de una lista con tres nombres presentada por el cardenal protector de la orden de la Visitación, hiciera una ofrenda considerable destinada a inmortalizar su nombre. Aquella cuya ofrenda fuese inferior al regalo de su predecesora en el cargo quedaba desprestigiada, junto a toda su familia.
Julio avanzó tembloroso por el interior de aquel edificio magnífico, resplandeciente de mármoles y revestimientos dorados. A decir verdad, no pensaba ni en mármoles ni en dorados: le parecía estar ante los ojos de Elena. El altar mayor, le dijeron, había costado más de ochocientos mil francos. Pero su mirada, desdeñando las riquezas del majestuoso altar, se dirigía hacia una verja dorada, de casi cuarenta pies de altura y dividida en tres partes por dos pilastras de mármol. Esta verja, cuyo enorme tamaño le confería un aspecto terrible, se elevaba detrás del altar mayor y separaba el coro de las religiosas de la iglesia abierta a todos los fieles.
Julio se decía que detrás de aquella verja dorada se situaban, durante los oficios, las monjas y las pensionarias. A esta especie de iglesia interior podía dirigirse, a cualquier hora del día, cualquier religiosa o pensionaria que tuviera necesidad de rezar; sobre esta circunstancia, conocida de todos, se fundaban las esperanzas del pobre amante.
Es cierto que el lado interior de la reja estaba recubierto por un inmenso velo negro. «Pero este velo —pensó Julio— no debe de entorpecer apenas la visión de las pensionarias que miren hacia la iglesia exterior, dado que yo, que no puedo aproximarme más que hasta cierta distancia, alcanzo a ver perfectamente, a través de la tela, las ventanas que iluminan el coro y puedo distinguir hasta los más pequeños detalles de su arquitectura». Cada barrote de esta verja de un dorado magnífico poseía un afilado rejón dirigido contra los asistentes.
Julio eligió un sitio muy visible frente a la parte izquierda de la verja, en la zona mejor iluminada. Allí pasaba largo tiempo oyendo misa. Como se veía rodeado tan solo por aldeanos, esperaba destacar y ser visto incluso a través del velo negro que recubría el interior de la verja. Por primera vez en su vida, aquel joven sencillo buscaba el efectismo; su actitud era artificiosa, prodigaba limosnas cuantiosas al entrar y salir de la iglesia. Él y sus hombres cubrían de atenciones a todos los peones y los pequeños abastecedores que tenían algún tipo de relación con el convento. Con todo, hasta el tercer día no tuvo esperanzas de poder hacer llegar una carta a Elena. De acuerdo con sus órdenes, seguían a todas partes a las dos hermanas legas encargadas de comprar parte de las provisiones del convento; una de ellas frecuentaba a cierto comerciante. Uno de los soldados de Julio, que había sido monje, se ganó la amistad del comerciante y le prometió un cequí por cada carta que fuera entregada a la pensionaria Elena de Campireali.
—¡Cómo…! —dijo el comerciante la primera vez que le mencionaron el asunto—. ¡Una carta para la «esposa del bandido»!
Este apodo ya era bien conocido en Castro, y eso que no hacía ni quince días que Elena había llegado allí: ¡tanta es la rapidez con que se propaga todo aquello que ejerce un influjo sobre la imaginación de este pueblo apasionado por los detalles exactos!
El comerciante añadió:
—¡Al menos esa está casada! Pero cuántas de nuestras damas no tienen la misma excusa y reciben desde el exterior bastante más que cartas.
En esta primera carta, Julio contaba con infinito detalle todo lo que había sucedido en el fatídico día marcado por la muerte de Fabio: «¿Me odiáis?», decía para terminar.
Elena respondió en una línea que, aunque no odiaba a nadie, iba a dedicar el resto de su vida a intentar olvidar a aquel por cuya causa había perecido su hermano.
Julio se apresuró a responder. Tras algunas invectivas contra el destino, en un tipo de discurso de ingenio a imitación de Platón que estaba de moda por entonces:
¿De modo que quieres —continuaba— relegar al olvido la palabra de Dios que nos ha sido transmitida en las Sagradas Escrituras? Dios dice: «la mujer abandonará a su familia y a sus padres para seguir a su esposo». ¿Te atreverás a fingir que no eres mi esposa? Acuérdate de la noche de San Pedro. Cuando el alba ya se asomaba tras el Monte Cavi, te arrojaste a mis pies. Yo tuve a bien apiadarme de ti: habrías sido mía si lo hubiera querido así, no podías resistirte al amor que en aquel momento sentías por mí. De repente me pareció que, aunque yo te había dicho muchas veces que desde hacía tiempo estaba dispuesto a sacrificarte mi vida y todo lo que más pudiera amar en este mundo, tú podrías responderme —si bien no lo habías hecho nunca— que todos estos sacrificios de los que no había ninguna demostración visible muy bien podrían ser tan solo imaginarios. Una idea —dolorosa para mí pero justa al fin y al cabo— me iluminó. Pensé que debía de haber una causa para que el azar me presentara la ocasión de sacrificar por tu bien la mayor felicidad que nunca hubiera podido concebir. Estabas ya en mis brazos, indefensa, recuérdalo bien; ni siquiera tu boca se atrevía a rechazarme. En aquel instante sonó el avemaría de maitines en el convento de Monte Cavi y, por una milagrosa casualidad, ese sonido llegó hasta nosotros. Me dijiste: «Haz este sacrificio a la Santa Madona, madre de toda pureza». Yo ya había tenido, un momento antes, la idea de aquel mismo sacrificio supremo, el único tangible que había tenido ocasión de hacerte. Me pareció sorprendente que se te hubiera ocurrido la misma idea. El sonido lejano de aquel avemaría me conmovió, lo confieso; accedí a tu petición. Tú no fuiste el único motivo de aquel sacrificio. Pensé que así pondría nuestra futura unión bajo la protección de la Madona. Entonces no supuse que serías tú, pérfida, quien habría obstaculizado nuestro amor, sino tu rica y noble familia. De no ser por una intervención sobrenatural, ¿cómo habría sido posible que aquel Ángelus llegase hasta nosotros desde tan lejos, sobre las copas de los árboles de medio bosque, agitadas en ese momento por la brisa de la mañana? Entonces —¿lo recuerdas?— te echaste a mis pies. Yo me levanté, saqué la cruz que siempre llevo colgada al cuello y tú juraste sobre esta cruz, que está aquí ante mí, y por tu condena eterna, que dondequiera que estuvieses, pasara lo que pasara, en el mismo momento en que yo te lo ordenara te pondrías a mi completa disposición, como lo estabas en el instante en el que el avemaría del Monte Cavi vino desde tan lejos hasta tus oídos. Después rezamos con devoción dos avemarías y dos Padrenuestros. ¡Pues bien!, por el amor que entonces sentías por mí y, si lo has olvidado, como me temo que ha sucedido, por tu condena eterna, te ordeno que me recibas esta noche, en tu habitación o en el jardín del convento de la Visitación.
El autor italiano reproduce, curiosamente, una gran cantidad de largas cartas escritas por Julio Branciforte con posterioridad a esta; pero ofrece solamente breves extractos de las respuestas de Elena de Campireali. Después de doscientos setenta y ocho años, estamos tan alejados de los sentimientos de amor y de la religiosidad que desbordan estas cartas, que temo que resultarían demasiado prolijas.
De estas cartas se deduce que finalmente Elena obedeció la orden contenida en esta que acabamos de traducir de forma abreviada. Julio encontró el modo de introducirse en el convento; podríamos concluir, en una palabra, que se disfrazó de mujer. Elena le recibió, pero lo hizo tras la reja de una ventana de la planta baja que daba al jardín. Con un dolor indecible, Julio comprobó que la joven, antes tan afectuosa e incluso tan apasionada, se había convertido en una extraña que lo trataba casi con cortesía. Lo había admitido en el jardín cediendo tan solo a la obligación del juramento. El encuentro fue breve: en poco tiempo, el orgullo de Julio, tal vez algo exacerbado por los sucesos que habían tenido lugar en los últimos quince días, consiguió imponerse a su profunda aflicción.
«Lo único que veo ante mí —dijo aparte, para sí mismo— es la tumba de aquella Elena que, en Albano, parecía haberse entregado a mí para toda la vida».
Enseguida la mayor preocupación de Julio fue intentar ocultar las lágrimas que resbalaban sobre su rostro por culpa de las fórmulas de educación que Elena utilizaba al dirigirle la palabra. Cuando ella terminó de hablar y de justificar un cambio de actitud tan natural, dijo, después de la muerte de un hermano, Julio respondió, hablando muy lentamente:
—No respetáis vuestro juramento, no me recibís en el jardín, no estáis arrodillada ante mí, como lo estabais medio minuto después de que hubiéramos oído el avemaría del Monte Cavi. Olvidad nuestro juramento si podéis, en cuanto a mí, yo no olvido nada. ¡Que Dios os asista!
Tras pronunciar estas palabras, se apartó de la ventana enrejada, junto a la cual habría podido permanecer casi una hora más. ¡Quién le hubiera dicho que acabaría abreviando voluntariamente un encuentro tan deseado! Este sacrificio le desgarraba el alma, pero pensó que merecería con razón el desprecio de Elena si respondía a su cortesía de otra forma que no fuera dejándola entregada a los remordimientos.
Salió del convento antes del alba. Enseguida montó a caballo y dio órdenes a sus soldados de que lo esperaran en Castro durante una semana entera, y que después volvieran al bosque. Estaba trastornado por la desesperación. Primero cabalgó en dirección a Roma.
—¡Cómo…! ¡Me estoy alejando de ella! —se decía a cada paso—. ¡Voto a…! ¡Nos hemos vuelto unos extraños el uno para el otro! ¡Oh, Fabio! ¡Qué bien has quedado vengado!
El espectáculo de las personas con las que se cruzaba en el camino lo encolerizaba aún más; espoleó a su caballo campo a través y se dirigió al galope hacia la playa desierta y agreste que reina a orillas del mar. Cuando dejó de sentirse alterado por la presencia de aquellos campesinos apacibles cuya suerte envidiaba, respiró: el aspecto de ese lugar salvaje se correspondía con su desesperación y mitigaba su cólera. Entonces pudo entregarse a reflexionar sobre su triste destino.
«A mi edad —se dijo— tengo aún un recurso: ¡amar a otra mujer!».
Ante este triste pensamiento, sintió que su desesperación crecía. Comprendió sin lugar a dudas que para él no existía ninguna otra mujer en el mundo. Se imaginaba el suplicio que padecería si se atreviera a pronunciar una palabra de amor ante cualquier otra que no fuera Elena: esta idea lo desgarraba.
Fue poseído por un estallido de risa amarga.
«Heme aquí —pensó—, como esos héroes de Ariosto que viajan solos a través de tierras desiertas, intentando olvidar que acaban de encontrar a su pérfida amada en brazos de otro caballero… Ella no es tan culpable, sin embargo —se dijo, prorrumpiendo en sollozos después de la carcajada enloquecida—: su infidelidad no llega hasta el punto de amar a otro. Su alma viva y pura se ha dejado confundir por los relatos atroces que le han referido sobre de mí; sin duda me han representado ante sus ojos como si en aquella fatídica expedición yo hubiera tomado las armas únicamente con la esperanza secreta de encontrar una ocasión para matar a su hermano. Habrán ido incluso más lejos, me habrán atribuido este cálculo sórdido: que una vez muerto su hermano, ella se convertiría en la única heredera de una inmensa fortuna… Y yo, ¡yo he cometido la estupidez de dejarla durante quince días enteros en las garras de las mentiras de mis enemigos! ¡Hay que reconocer que no solo soy profundamente desdichado, sino que además el cielo me ha negado el buen juicio necesario para dirigir mi vida! ¡Soy un ser completamente miserable, completamente despreciable! Mi vida no ha servido de nada a nadie y a mí aún menos que a los demás».
En ese momento, el joven Branciforte tuvo una inspiración insólita para aquel siglo: su caballo caminaba por la misma orilla del agua y de vez en cuando las olas le bañaban los cascos; sintió el impulso de espolearlo hacia el mar y de terminar así con la aciaga fortuna que lo mantenía apresado en sus garras. ¿Qué podía hacer ahora, después de que el único ser en el mundo que le había hecho sentir que la felicidad existía acabara de abandonarlo? Entonces, de repente, una idea lo detuvo.
«¿Qué son estas penalidades que soporto —se dijo— en comparación con las que sufriré dentro de un momento, cuando esta miserable existencia haya terminado? Elena ya no me será indiferente, como lo es en la vida real: la veré en brazos de un rival, y este rival será un joven señor romano rico y considerado; pues, para desgarrarme el alma, los demonios buscarán las imágenes más crueles, como es su deber. Así que no podré olvidar a Elena ni siquiera con la muerte: muy al contrario, la pasión que siento por ella se incrementará, porque será la forma más segura que el poder eterno pueda encontrar para castigarme por el horrible pecado que habré cometido».
Para acabar de vencer la tentación, Julio se puso a rezar devotamente el avemaría. Había sido justo así, mientras oía sonar el avemaría de maitines, la oración consagrada a la Madona, como antaño había sido seducido y obligado a realizar una acción generosa que ahora consideraba «el peor error de toda su vida». Pero, por respeto, no se atrevía a ir más allá y expresar por completo el pensamiento que se había apoderado de su espíritu.
«Si, por inspiración de la Madona, caí en un error fatal, ¿no debe ella, mediante su justicia infinita, concederme un medio de recuperar la felicidad?».
La idea de la justicia de la Madona ahuyentó poco a poco su desesperación. Alzó la cabeza y vio frente a sí, detrás de Albano y el bosque, el Monte Cavi recubierto de su umbría espesura y el sagrado convento cuyo avemaría de maitines lo había empujado a lo que ahora consideraba «un infame engaño». La visión inesperada de aquel santo lugar lo consoló.
—¡No! —exclamó—. Es imposible que la Madona me abandone. Si Elena hubiera sido mi esposa, como su amor le consentía y como lo deseaba mi dignidad de hombre, el relato de la muerte de su hermano habría encontrado en su alma el recuerdo del vínculo que la ataba a mí. Se habría dicho a sí misma que me pertenecía desde mucho tiempo antes de la casualidad funesta que me condujo frente a Fabio sobre el campo de batalla. Él era dos años mayor que yo, era más experto con las armas, más intrépido en todos los sentidos, más fuerte. Podría haberle demostrado a mi mujer con mil argumentos que no fui yo quien provocó ese combate. Ella habría recordado que yo nunca experimenté el mínimo sentimiento de odio hacia su hermano, ni siquiera cuando disparó sobre ella un arcabuzazo. Recuerdo que, en nuestro primer encuentro después de que yo volviera de Roma, le dije: «¿Qué quieres? El honor lo exigía así. ¡No puedo censurárselo a un hermano!».
Tras haber recuperado la esperanza gracias a su devoción por la Madona, Julio espoleó su caballo y en pocas horas llegó al acantonamiento de su compañía. Se encontró con que estaban preparando las armas: se dirigían a la ruta entre Nápoles y Roma a través de Montecasino. El joven capitán cambió de caballo y se puso en camino junto a sus soldados. Aquel día no combatieron. Julio no preguntó por qué habían emprendido la marcha, no le importaba. En el momento en que se vio a la cabeza de sus hombres, su destino se le representó bajo una nueva perspectiva.
«Pero qué tonto soy —se dijo—. He hecho mal en marcharme de Castro; probablemente Elena no es tan culpable como mi cólera ha imaginado. No, ¡una alma tan ingenua y pura, en la que he visto nacer los primeros sentimientos del amor, no puede haber dejado de pertenecerme! ¡Estaba dominada por una pasión tan sincera hacia mí! ¿Acaso no me ha ofrecido más de diez veces huir conmigo, tan pobre como soy, e ir a que nos casara un monje de Monte Cavi? En Castro yo habría debido, antes que nada, obtener un segundo encuentro y hablarle con sensatez. ¡Sin lugar a dudas, la pasión me provoca deslices propios de un niño! ¡Por Dios! ¡Qué no daría por tener un amigo al que pudiera suplicarle un consejo! ¡La misma posibilidad me parece abominable y excelente con apenas dos minutos de diferencia!».
Aquella misma tarde, cuando abandonaron el camino principal para entrar en el bosque, Julio se acercó al príncipe y le preguntó si podía quedarse unos días más donde él ya sabía.
—¡Por todos los diablos! —le gritó Fabricio—. ¿Crees que en este momento puedo ocuparme de esas chiquilladas?
Una hora más tarde, Julio partió de nuevo hacia Castro. Encontró a sus hombres, pero no sabía cómo dirigirse a Elena, después de la forma altanera en la que la había abandonado. Su primera carta contenía tan solo estas palabras: «¿Se me querrá recibir la próxima noche?».
«Es posible venir», fue toda la respuesta.
Tras la marcha de Julio, Elena creyó que él la había abandonado para siempre. Entonces sintió toda la fuerza del razonamiento de aquel pobre joven tan desdichado: ella ya era su esposa antes de que él tuviera la desgracia de toparse con su hermano en el campo de batalla.
Esta vez, Julio no fue recibido con esas frases de cortesía que le habían parecido tan crueles durante el primer encuentro. En honor a la verdad, Elena apareció atrincherada tras su ventana enrejada; pero estaba temblorosa y, como el tono de Julio era harto circunspecto y el estilo de sus frases recordaba a las formas que podría haber empleado con una desconocida, ahora le tocó a Elena sentir toda la crueldad que conllevan las maneras casi oficiales cuando sustituyen a la más dulce intimidad. Julio, que temía más que nada sentir el alma desgarrada por cualquier palabra fría que pudiera brotar del corazón de Elena, había adoptado el tono de un abogado para demostrar que ella era ya su mujer mucho antes del fatídico combate de los Ciampi. Elena le dejaba hablar, porque temía que las lágrimas la vencerían si respondía con algo que no fueran palabras breves. Al final, viéndose a punto de traicionarse a sí misma, emplazó a su amigo a volver al día siguiente. Aquella noche, víspera de una gran festividad, los maitines se cantaban muy temprano, y su encuentro secreto podría ser descubierto. Julio, que razonaba como un enamorado, salió del jardín profundamente pensativo. Su incertidumbre no le permitía discernir si Elena lo había recibido favorablemente o no; y como los cálculos militares, inspirados por las conversaciones con los camaradas, comenzaban a germinar en su cabeza:
«Un día —se dijo— tal vez tendré que venir a raptar a Elena».
Y se puso a examinar la forma en que podría penetrar a la fuerza en el jardín. Como el convento era muy rico y un objetivo harto apetecible para los salteadores, tenía contratados un gran número de sirvientes, la mayor parte de los cuales eran antiguos soldados. Estos se alojaban en una especie de cuartel, cuyas ventanas enrejadas daban al estrecho pasadizo que, desde la puerta exterior del convento, perforada en un muro negro de más de ochenta pies de altura, conducía a la puerta interior, vigilada por la hermana tornera. A la izquierda de este estrecho pasadizo se alzaba el cuartel, y a la derecha la pared del jardín, de treinta pies de altura. La fachada del convento, que daba a la plaza, era un tosco muro ennegrecido por el tiempo, y no poseía más aberturas que la puerta externa y un ventanuco a través de la cual los soldados veían el exterior. Podemos imaginar el aspecto sombrío que ofrecía este formidable muro negro, perforado solamente por una puerta —reforzada con anchas franjas de metal aseguradas con enormes clavos— y por una única ventanita de cuatro pies de alto por dieciocho pulgadas de ancho.
No seguiremos al autor original en el largo relato de los sucesivos encuentros que Julio obtuvo de Elena. El tono que empleaban entre sí los dos amantes volvía a revelar una perfecta intimidad, como antaño en el jardín de Albano, solo que Elena no había consentido en salir ni una vez al jardín. Una noche, Julio la encontró profundamente pensativa: su madre había venido de Roma para verla, y acababa de establecerse durante varios días en el convento. La madre era tan afectuosa, y había tenido siempre una consideración tan exquisita por las aflicciones que imaginaba que su hija sentía, que Elena tenía profundos remordimientos por tener que engañarla; pues, al fin y al cabo, ¿se atrevería alguna vez a confesarle que recibía al hombre que la había privado de su hijo? Elena terminó admitiendo abiertamente ante Julio que, si aquella madre tan bondadosa la interrogaba del modo correcto, ella no tendría el valor de responder con una mentira. Julio comprendió todo el peligro de la situación: su suerte dependía de que el azar dictara la palabra justa a la signora de Campireali. A la noche siguiente comentó con tono decidido:
—Mañana vendré antes, retiraré una de las barras de esta reja, bajaréis al jardín y os conduciré a una iglesia del pueblo, donde un sacerdote leal a mí nos casará. Antes de que sea de día, estaréis de nuevo en este jardín. Una vez que seáis mi mujer, ya no temeré nada y, si vuestra madre lo exige como expiación de la horrible desgracia que todos nosotros deploramos por igual, accederé a cualquier cosa, incluso a pasar varios meses sin veros.
Como Elena parecía consternada ante aquella proposición, Julio añadió:
—El príncipe reclama que vuelva junto a él. El honor y muchas otras razones me obligan a partir. Mi proposición es lo único que puede asegurar nuestro futuro; si no accedéis, separémonos para siempre, aquí, en este instante. Yo me marcharé sintiendo remordimientos por mi necedad. Creí en vuestra palabra de honor, vos sois desleal al juramento más sagrado, y espero que a la larga el justo desprecio que me inspira vuestra ligereza pueda curarme de este amor que desde hace tanto tiempo hace que mi vida sea desgraciada.
Elena prorrumpió en sollozos:
—¡Dios mío! —exclamó llorando—. ¡Qué atrocidad para mi madre!
Mas finalmente accedió a la proposición que Julio le planteaba.
—Pero —añadió— ella podría descubrirnos a la salida o al regresar. Tened en cuenta el escándalo que se originaría, pensad en la espantosa situación en la que se encontraría mi madre; esperemos hasta que se vaya, dentro de pocos días.
—Habéis llegado a hacerme dudar de aquello que para mí era lo más santo y lo más sagrado: mi confianza en vuestra palabra. Mañana por la noche nos casaremos, o bien este momento será la última vez en que nos veamos, a este lado de la tumba.
La pobre Elena solo pudo responder con sus lágrimas; estaba desgarrada sobre todo por el tono decidido y cruel que empleaba Julio. ¿De verdad merecía ella su desprecio? ¡De modo que este era el amante antaño tan dócil y tierno! Al final accedió a lo que él le ordenaba. Julio se alejó.
Desde ese momento, Elena esperó la llegada de la noche siguiente indecisa ante aquella disyuntiva que la consumía con una ansiedad desgarradora. Si se hubiera preparando para afrontar una muerte cierta, su dolor habría sido menos punzante, habría podido encontrar algo de valentía al recordar el amor de Julio y el tierno afecto de su madre. Pasó el resto de la noche entre las más crueles vacilaciones. Había momentos en los que deseaba confesárselo todo a su madre. Al día siguiente, era tal su palidez cuando apareció ante ella, que su madre, olvidando por completo su sensata entereza, se arrojó en brazos de su hija exclamando:
—¿Qué sucede? ¡Dios mío! ¡Dime lo que has hecho, o lo que estás a punto de hacer! Si cogieras un puñal y me lo hundieras en el corazón, me harías sufrir menos que con ese silencio cruel que te veo guardar ante mí.
El afecto desmedido de su madre era tan evidente a los ojos de Elena, veía tan claramente que, en lugar de exagerar sus sentimientos, su madre intentaba moderar su manera de expresarlos, que al final la venció la compasión; cayó de rodillas ante ella. Como su madre, intentando descubrir cuál podía ser el secreto fatídico, acababa de exclamar que Elena huiría de su lado, Elena respondió que, al día siguiente y todos los días por venir, pasaría su vida junto a ella, pero que le suplicaba que no le preguntara nada más.
Estas palabras indiscretas tardaron poco en dar paso a una confesión completa. La signora de Campireali se horrorizó al descubrir que tenía tan cerca al asesino de su hijo. Pero a este sufrimiento siguió un arrebato de alegría profundamente intensa y pura. ¿Quién podría imaginarse su gozo al averiguar que su hija nunca había faltado a sus obligaciones?
Enseguida todos los planes de aquella madre juiciosa cambiaron por completo: creyó que tenía derecho a recurrir al engaño con aquel hombre que no significaba nada para ella. El corazón de Elena estaba desgarrado por la más cruel agitación: confesó con la mayor sinceridad posible. Aquella alma abrumada necesitaba desahogarse. La signora de Campireali, que, desde hacía un momento, se consideraba justificada para hacer cualquier cosa, inventó toda una serie de razonamientos, demasiado largos para exponerlos aquí. Demostró sin esfuerzo a su desdichada hija que, en vez de un matrimonio clandestino, que siempre supone una mácula en la vida de una mujer, tendría una boda pública y perfectamente honorable si accedía a demorar tan solo en ocho días el acto de obediencia que debía a un amante tan generoso.
Ella, la signora de Campireali, partiría hacia Roma. Explicaría a su marido que, mucho antes del fatídico combate de los Ciampi, Elena ya estaba casada con Julio. La ceremonia se había celebrado la noche misma en que, disfrazada con hábitos religiosos, ella se había topado con su hermano a orillas del lago, en el camino labrado en la roca que sigue el muro del convento de los capuchinos. La madre se esforzó por permanecer al lado de su hija durante todo el día. Finalmente, por la tarde, Elena escribió a su amante una carta ingenua y, en nuestra opinión, muy conmovedora, en la que le refería los conflictos que habían desgarrado su corazón.
Terminaba suplicando a Julio un aplazamiento de ocho días:
Mientras te escribo —añadía— esta carta, que un mensajero de mi madre está esperando, creo que he cometido el mayor de los errores al confesárselo todo. Me parece verte irritado, tus ojos me miran con odio, mi corazón está desgarrado por los más crueles remordimientos. Dirás que tengo un carácter tremendamente débil, pusilánime y despreciable; lo reconozco, mi ángel querido. Pero imagínate la siguiente escena: mi madre, envuelta en lágrimas, estaba casi de rodillas ante mí. Por lo tanto no pude ocultarle que había una razón que me impedía acceder a su petición; y, una vez que cometí la debilidad de pronunciar estas palabras imprudentes, no sé qué me ocurrió, pero me resultó imposible no contarle todo lo que había pasado entre nosotros. Por lo que puedo recordar, creo que mi alma, despojada de toda fuerza, necesitaba un consejo. Esperaba encontrarlo en las palabras de una madre… Olvidé por completo, amigo mío, que esta madre tan querida tenía un interés contrario al tuyo. He olvidado mi primer deber, que es obedecerte, así que, por lo que parece, soy incapaz de sentir ese amor verdadero que, según dicen, supera todas las dificultades. Despréciame, Julio mío, pero, por el amor de Dios, no dejes de amarme. Ráptame si así lo deseas, pero hazme la justicia de creer que, si mi madre no hubiera estado presente en el convento, ni los peligros más horribles, ni siquiera la vergüenza, nada en el mundo habría podido impedirme obedecer tus órdenes. ¡Pero mi madre es tan buena! ¡Tiene tanta razón! ¡Es tan generosa! Recuerda lo que te conté en su momento: durante la visita de mi padre a mi habitación, ella salvó tus cartas, que yo ya no tenía ninguna posibilidad de ocultar; después, cuando pasó el peligro, ¡me las devolvió sin querer leerlas y sin añadir una sola palabra de reproche! Pues bien, durante toda mi vida ella ha sido para mí igual que en ese momento supremo. Considera si no debería amarla, y sin embargo, mientras te escribo (horrible confesión), me parece odiarla. Dijo que, a causa del calor, quería pasar la noche en una tienda instalada en el jardín; estoy oyendo los martillazos, están levantando la tienda en este preciso momento. Es imposible que nos veamos esta noche. Incluso temo que el dormitorio de las pensionarias esté cerrado con llave, al igual que las dos puertas de la escalera de caracol, algo que nunca antes había ocurrido. Estas precauciones me impedirán bajar al jardín, incluso si creyera este acto conveniente para conjurar tu cólera. ¡Ah! ¡Cómo me entregaría a ti en este momento, si pudiera! ¡Cómo correría a esa iglesia en la que tienen que casarnos!
Esta misiva concluía con dos páginas de frases enloquecidas, en las cuales he encontrado razonamientos apasionados que parecen inspirados en la filosofía de Platón. He suprimido varias expresiones de este género en la carta que acabo de traducir.
Julio Branciforte quedó desconcertado al recibir la misiva cerca de una hora antes del avemaría de la tarde; venía justamente de ultimar los arreglos con el sacerdote. Se puso hecho una furia.
—¡Esta criatura débil y pusilánime no necesita aconsejarme que la rapte!
Y partió de inmediato hacia el bosque de la Faggiola.
Esta era, por otra parte, la posición de la signora de Campireali: su marido se hallaba en su lecho de muerte, la imposibilidad de vengarse de Branciforte lo arrastraba lentamente a la tumba. En vano había ordenado ofrecer sumas considerables a los bravi romanos. Ninguno quería combatir con uno de los caporali, como lo llamaban, del príncipe Colonna: estaban seguros de que los exterminarían, a ellos y a sus familias. Hacía menos de un año, un pueblo entero había sido incendiado en castigo por la muerte de uno de los soldados de Colonna, y a todos aquellos habitantes hombres y mujeres, que intentaron huir al campo les ataron las manos o los pies con cuerdas y después los arrojaron dentro de las casas en llamas.
La signora de Campireali tenía grandes posesiones en el reino de Nápoles; su marido le había ordenado traer asesinos de allí, pero ella solo había fingido obedecerle: creía que su hija estaba irrevocablemente unida a Julio Branciforte. Pensaba, siguiendo este razonamiento, que Julio debía alistarse durante una campaña o dos en los ejércitos españoles, que por entonces luchaban contra los rebeldes en Flandes. Si no resultaba muerto, pensaba ella, aquello sería una señal de que Dios no desaprobaba un matrimonio necesario; en tal caso, donaría a su hija las tierras que poseía en el reino de Nápoles; Julio Branciforte tomaría el nombre de una de aquellas tierras e iría a pasar algunos años en España junto con su esposa.
Después de todas aquellas pruebas, tal vez ella podría reunir las fuerzas necesarias para mirarlo cara a cara. Pero la perspectiva había cambiado por completo tras la confesión de su hija; el matrimonio ya no era una necesidad: todo lo contrario. Mientras Elena escribía a su amante la carta que acabamos de traducir, la signora de Campireali escribía a Pescara y a Chieti, ordenando a sus feudatarios que le enviaran a Castro a un grupo de hombres de confianza que fueran capaces de echar una mano. No les ocultaba que se proponía vengar la muerte de su hijo Fabio, su joven señor. El mensajero que transportaba estas cartas partió antes de la caída de la tarde.
V
Pero, dos días después, Julio estaba de regreso en Castro; con él venían ocho de sus soldados, que lo habían acompañado voluntariamente, exponiéndose así a la cólera del príncipe, quien ya había castigado con la muerte otras acciones del estilo de la que se habían comprometido a realizar. Julio contaba con cinco hombres en Castro, ahora traía otros ocho; y, sin embargo, catorce soldados, por valientes que fueran, aún le parecían insuficientes para la empresa, ya que el convento era similar a una fortaleza.
Se trataba de atravesar, recurriendo a la fuerza o a la habilidad, la primera puerta del convento; después había que seguir un pasadizo de más de cincuenta pasos de longitud. A la izquierda, como ya hemos dicho, se alzaban las ventanas enrejadas de una especie de cuartel en el que las religiosas albergaban a treinta o cuarenta domésticos, antiguos soldados. De estas ventanas enrejadas partiría una lluvia de disparos bien nutrida apenas se hubiera dado la alerta.
La abadesa reinante, una mujer muy juiciosa, temía las acciones de los jefes Orsini, del príncipe Colonna, de Marco Sciarra y de tantos otros que campaban por los alrededores como amos y señores. ¿Cómo resistir a ochocientos hombres decididos que asaltaran sin previo aviso una ciudad como Castro, convencidos de que el convento estaba repleto de oro?
De ordinario, la Visitación de Castro contaba con quince o veinte bravi, que se alojaban en el cuartel situado a la izquierda del pasadizo que conducía a la segunda puerta del convento; a la derecha de dicho pasaje se alzaba un gran muro imposible de traspasar; en el extremo del pasadizo había una puerta de hierro que se abría a un vestíbulo con columnas; tras este vestíbulo se hallaba el gran patio del convento, a la derecha el jardín. Esta puerta de hierro estaba guardada por la tornera.
Cuando Julio, seguido de sus ocho hombres, llegó a tres leguas de Castro, se detuvo en una posada apartada para pasar las horas de la canícula. Solo entonces dio a conocer sus intenciones; después dibujó sobre la arena del patio el plano del convento que planeaba asaltar.
—A las nueve de la noche —dijo a sus hombres—, cenaremos a las afueras de la ciudad; entraremos a medianoche; nos reuniremos con vuestros cinco camaradas, que nos esperan cerca del convento. Uno de ellos, a caballo, simulará ser un emisario llegado de Roma para llamar a la signora de Campireali a reunirse con su esposo, que está moribundo. Trataremos de atravesar sin hacer ruido la primera de las puertas del convento, que está aquí, en medio del cuartel —dijo, señalando el plano sobre la arena—. Si comenzáramos la lucha en la primera puerta, los bravi de las monjas contarían con todas las facilidades del mundo para dispararnos con sus arcabuces mientras estamos en esta placita de aquí, delante del convento, o mientras recorremos el estrecho pasadizo que conduce de la primera puerta a la segunda. Esta segunda puerta es de hierro, pero yo tengo la llave.
»Es cierto que hay unas enormes barras de hierro unidas al muro por uno de sus extremos, y que cuando están colocadas en su sitio impiden que ambos batientes de la puerta se abran. Pero como estas dos barras son demasiado pesadas para que la hermana tornera pueda manejarlas, nunca las he visto echadas; sin embargo, he franqueado más de diez veces esa puerta de hierro. Cuento con poder hacerlo también esta noche sin dificultades. Notaréis que tengo informadores en el interior del convento. Mi intención es raptar a una pensionaria, no a una religiosa: no debemos hacer uso de las armas más que en caso de extrema necesidad. Si la lucha se entablase antes de llegar a esta segunda puerta, la de los barrotes de hierro, la tornera no dudaría en llamar a dos viejos jardineros de setenta años que se alojan en el interior del convento y estos colocarían en su sitio esas barras de las que os he hablado. Si por desgracia nos sucediera eso, sería necesario, para pasar al otro lado, demoler el muro, lo que nos llevaría diez minutos; en cualquier caso, yo me adelantaré hacia esta puerta en primer lugar. Tengo comprado a uno de los jardineros; pero he tomado la precaución, como imagináis, de no revelarle mis intenciones. Cuando hayamos atravesado esta segunda puerta, giraremos a la derecha y llegaremos al jardín; una vez allí, comenzará el combate. Deberemos enfrentarnos entonces a todo aquel que se nos cruce por delante. No emplearéis, por supuesto, nada más que vuestras espadas y vuestras dagas; el más pequeño arcabuzazo pondría sobre aviso a toda la población, que podría atacarnos a la salida. Y no es que con trece hombres como vosotros yo fuera a tener muchas dificultades para atravesar esa bicoca: nadie, seguramente, se atrevería a bajar a la calle, pero varios de los vecinos disponen de arcabuces y dispararían desde las ventanas. En tal circunstancia, sería necesario caminar pegados a las paredes de las casas, dicho sea de paso. Una vez en el jardín del convento, diréis en voz baja a cualquier hombre que aparezca: «retiraos»; acuchillaréis a todo aquel que no obedezca de inmediato. Yo subiré al convento por la portezuela del jardín, con aquellos dos de vosotros más próximos a mí y, tres minutos más tarde, bajaré con una o dos mujeres a las que llevaremos en brazos para impedir que vayan a pie. Después saldremos con rapidez del convento y de la ciudad. Dejaré a dos de vosotros cerca de la puerta y dispararéis una veintena de arcabuzazos cada minuto para aterrorizar a los vecinos y mantenerlos a distancia.
Julio repitió dos veces esta explicación.
—¿Lo habéis entendido bien? —dijo a sus hombres—. Estaremos a oscuras en el vestíbulo; a la derecha, el jardín, a la izquierda, el patio. No debemos equivocarnos.
—¡Contad con nosotros! —exclamaron los soldados.
Después se fueron a echar un trago; el cabo no los siguió, y pidió permiso para hablar con el capitán.
—No hay nada más fácil —le dijo— que el proyecto de Vuestra Señoría. Yo he forzado ya dos conventos en mi vida, este será el tercero; pero somos demasiado pocos. Si el enemigo nos obliga a derribar el muro que sostiene los goznes de la segunda puerta, hay que hacerse a la idea de que los bravi del cuartel no se quedarán de brazos cruzados durante una operación tan larga: os matarán de siete a ocho hombres a tiro de arcabuz, y entonces podrán arrebatarnos a la mujer cuando volvamos. Eso es lo que nos pasó en un convento cerca de Bolonia: cayeron cinco de nuestros hombres, nosotros matamos a ocho de los suyos; pero el capitán no consiguió a la mujer. Propongo a Vuestra Señoría dos cosas: conozco a cuatro lugareños en los alrededores de la posada en la que nos hallamos, que sirvieron con valentía bajo las órdenes de Sciarra y que por un cequí se batirán durante toda la noche como leones. Puede ser que roben algo de la plata del convento; eso no ha de importaros, el pecado es solo suyo; en cuanto a vos, los contratáis para raptar a una mujer, eso es todo. Mi segunda propuesta es esta: Ugone es un muchacho instruido y muy hábil; era médico cuando mató a su cuñado y huyó a la macchia. Podéis enviarle a la puerta del convento una hora antes del anochecer; pedirá trabajo y hará que lo admitan en el cuerpo de guardia. Él se encargará de que los sirvientes de las monjas beban; además, sabe perfectamente cómo mojar la mecha de sus arcabuces.
Por desgracia, Julio aceptó la propuesta del cabo. Cuando este se retiraba, añadió:
—Vamos a asaltar un convento, eso supone excomunión mayor… Y, además, este convento está bajo la protección de la Madona.
—¡Es cierto! —exclamó Julio, como sacudido por estas palabras—. ¡Ven aquí!
El cabo cerró la puerta y volvió junto a Julio para rezar el rosario. Esta oración duró una hora larga. Por la noche, reanudaron la marcha.
Cuando sonaron las campanadas de medianoche, Julio, que había entrado solo en Castro hacia las once, regresó para reunirse con sus hombres más allá de la puerta. Entró con sus ocho soldados, a los que se habían añadido tres campesinos bien armados, y los reunió con los cinco hombres que ya tenía en la ciudad. De ese modo se encontró a la cabeza de dieciséis hombres decididos. Dos se habían disfrazado de criados: llevaban una amplia blusa de tela negra para ocultar sus giacco y sus bonetes no tenían plumas.
A las doce y media, Julio, que había elegido para sí mismo el papel de mensajero, llegó al galope a la puerta del convento, haciendo un ruido enorme y gritando que abrieran sin tardanza a un correo enviado por el cardenal. Comprobó con satisfacción que los soldados que le respondían a través del ventanuco estaban más que medio borrachos. Siguiendo la costumbre, dio su nombre en un trozo de papel; un soldado fue a llevar este nombre a la tornera, que tenía la llave de la segunda puerta y debía despertar a la abadesa si se daba una circunstancia excepcional. La respuesta se hizo esperar durante tres fatídicos cuartos de hora; durante este tiempo, Julio tuvo grandes dificultades para mantener a sus tropas en silencio: algunos lugareños habían comenzado incluso a abrir tímidamente las ventanas, cuando por fin llegó la respuesta favorable de la abadesa. Julio entró en la sala de guardia por medio de una escala de cinco o seis pies de longitud que le lanzaron desde el ventanuco, ya que los bravi del convento no querían hacer el esfuerzo de abrir la puerta principal; subió, seguido por dos soldados disfrazados de sirvientes. Cuando saltó de la ventana a la sala de guardia, se encontró con los ojos de Ugone; todo el cuerpo de guardia estaba borracho gracias a su habilidad. Julio dijo al capitán que tres criados de la casa Campireali, a los que había armado a guisa de soldados para que le sirvieran de escolta durante el camino, habían comprado un buen aguardiente y pedían subir también para no aburrirse solos en la plaza; los guardias aclamaron la propuesta por unanimidad. En cuanto a él, acompañado de sus dos hombres, bajó por la escalera que, de la sala de guardia, conducía al pasadizo.
—Intenta abrir la puerta principal —le dijo a Ugone.
Él mismo llegó con toda tranquilidad a la puerta de hierro. Allí encontró a la buena tornera, que le dijo que, como ya había pasado la medianoche, si entraba en el convento, la abadesa estaría obligada a escribir al obispo; por esta razón le rogaba que entregara sus despachos a una joven monja que la abadesa había enviado para recogerlos. A lo cual Julio respondió que, a causa del desconcierto que había acompañado la inesperada agonía del señor de Campireali, él traía solo una simple carta credencial escrita por el médico y que debía dar todos los detalles de viva voz a la esposa del enfermo y a su hija, si aquellas damas estaban todavía en el convento, y, en cualquier caso, también a la señora abadesa. La tornera fue a llevar este mensaje. La única que quedaba ahora junto a la puerta era la joven monja que la abadesa había enviado. Julio empezó a conversar y a juguetear con ella, mientras pasaba las manos a través de los gruesos barrotes de hierro de la puerta. Entre risas, intentó abrirla. La monja, que era muy tímida, se asustó y se tomó muy a mal la broma. Entonces Julio, al ver que estaba transcurriendo ya un tiempo considerable, cometió la imprudencia de ofrecerle un puñado de cequíes mientras le suplicaba que le abriera, aduciendo que estaba demasiado cansado para seguir esperando.
Julio era consciente de que estaba cometiendo una estupidez, dice el historiador: era el momento de actuar con el hierro, y no con el oro; pero él se sintió incapaz: nada habría resultado más fácil que agarrar a la monja, que no estaba a más de un pie de distancia, al otro lado de la puerta. Ante el ofrecimiento de los cequíes, la muchacha dio la alarma. Después declaró que, por la forma en la que Julio le había hablado, ella comprendió que no era un simple mensajero: «Es el enamorado de alguna de nuestras religiosas —pensó—, que viene para tener una cita». Y ella era muy devota. Horrorizada, empezó a agitar con todas sus fuerzas la cuerda de una pequeña campana que había en el patio principal y que enseguida montó un alboroto capaz de despertar hasta a los muertos.
—Empieza el combate —dijo Julio a sus hombres—. ¡Manteneos atentos!
Cogió su llave y, pasando el brazo a través de los barrotes de hierro, abrió la puerta, para total desesperación de la joven monja, que cayó de rodillas y se puso a rezar avemarías gritando que aquello era un sacrilegio. De nuevo en aquel momento Julio debió hacer callar a la muchacha, pero no tuvo el valor de hacerlo por sí mismo: así que uno de sus hombres la agarró y le puso la mano sobre la boca.
En aquel mismo instante, Julio oyó un disparo de arcabuz proveniente del pasadizo, a su espalda. Ugone había abierto la puerta principal; el resto de los soldados estaban entrando en silencio, cuando uno de los bravi de la guardia, menos borracho que sus compañeros, se acercó a una de las ventanas enrejadas y, desconcertado al ver a tanta gente en el pasadizo, les dio el alto con un juramento. Lo sensato habría sido no responderle y seguir avanzando hacia la puerta de hierro; y esto fue lo que hicieron los primeros soldados. Pero el que cerraba la marcha, uno de los lugareños reclutados aquella misma tarde, disparó con su pistola a este doméstico del convento que hablaba a través de la ventana, y lo mató. Aquel disparo en mitad de la noche, junto con los gritos de los borrachos cuando vieron caer a uno de sus compañeros, despertaron a los soldados que habían permanecido durmiendo en sus camas aquella noche, y que no habían probado el vino de Ugone. Ocho o diez bravi del convento saltaron al pasadizo medio desnudos, y comenzaron a atacar ferozmente a los soldados de Branciforte.
Como ya hemos dicho, el alboroto comenzó justo cuando Julio acababa de abrir la puerta de hierro. Seguido de sus dos soldados, se precipitó al jardín, corriendo hacia la portezuela que llevaba a la escalera de las pensionarias; pero fue recibido por cinco o seis disparos de pistola. Sus dos soldados cayeron allí mismo, y él recibió un balazo en el brazo derecho. Los tiros provenían de los hombres de la signora de Campireali, que, siguiendo órdenes de su ama, pasaban la noche en el jardín, gracias a la licencia que ella había obtenido del obispo. Julio corrió solo hacia la portezuela, que tan bien conocía, y que, desde el jardín, comunicaba con la escalera de las pensionarias. Hizo todo lo que pudo para derribarla, pero estaba sólidamente cerrada. Buscó a sus hombres, que no tenían ya fuerzas para responder porque estaban agonizando; en la más completa oscuridad, se topó con tres sirvientes de Campireali, contra los que se defendió empleando la daga.
Corrió de regreso al vestíbulo, junto a la puerta de hierro, para llamar a sus soldados; encontró la puerta cerrada: los pesados refuerzos de hierro estaban colocados y sujetos con candados por obra de los viejos jardineros, a los que la campana de la joven monja había despertado.
«Estoy atrapado», se dijo Julio.
Avisó a sus hombres; en vano intentó forzar uno de los candados con su espada: de haberlo logrado, habría podido retirar una de las barras de hierro y habría abierto un batiente de la puerta. Su espada se rompió cuando intentaba forzar la argolla del candado; en ese mismo instante fue herido en el hombro por uno de los criados procedentes del jardín; se dio la vuelta y, arrinconado contra la puerta, se vio atacado por varios hombres. Se defendió con la daga; por fortuna, como la oscuridad era total, casi todas las estocadas eran repelidas por su cota de mallas. Recibió una dolorosa herida en la rodilla; se lanzó contra uno de los hombres, que se había estirado demasiado hacia delante para asestarle el golpe: lo mató de una cuchillada en la cara y tuvo la fortuna de apoderarse de su espada. Entonces pensó que estaba salvado. Se situó al lado izquierdo de la puerta, el más cercano al patio. Sus hombres, que habían acudido, dispararon cinco o seis pistoletazos a través de los barrotes de hierro de la puerta e hicieron huir a los sirvientes. En el vestíbulo solo se veía al resplandor causado por los disparos de las pistolas.
—¡No disparéis hacia aquí! —gritó Julio a sus hombres.
—Ahí estáis, atrapado como en una ratonera —le dijo el cabo con absoluta sangre fría, hablando a través de los barrotes—; nos han matado a tres hombres. Vamos a destruir la jamba de la puerta del lado opuesto al vuestro; no os acerquéis, las balas caerán sobre nosotros; hay enemigos en el jardín, ¿no?
—Los malditos criados de Campireali —exclamó Julio.
Estaba todavía hablando con el cabo cuando los disparos, atraídos por sus murmullos, y provenientes de la zona del vestíbulo que conducía al jardín, comenzaron a llover sobre ellos. Julio se refugió en el cuarto de la tornera, que estaba a la izquierda según se entraba; para su inmensa alegría, encontró allí una débil lámpara que ardía ante la imagen de la Madona; la asió con gran precaución, para no apagarla; consternado, se dio cuenta de que temblaba. Miró la herida de su rodilla, que le dolía enormemente; la sangre manaba en abundancia.
Echando una mirada a su alrededor, se sorprendió al reconocer a la pequeña Marietta, la camarera de confianza de Elena, que se había desmayado sobre un asiento de madera; la zarandeó con fuerza.
—¡Cómo…! Señor Julio —exclamó ella llorando—. ¿Es que queréis matar a Marietta, vuestra amiga?
—Todo lo contrario; dile a Elena que le pido perdón por haber perturbado su reposo y que se acuerde del avemaría del Monte Cavi. Aquí tengo un ramo de flores que he recogido en su jardín de Albano; pero está un poco manchado de sangre; lávalo antes de dárselo.
En ese momento oyó una lluvia de disparos de arcabuz en el pasadizo; los bravi de las monjas estaban atacando a sus hombres.
—Dime, ¿dónde está la llave de la portezuela? —dijo a Marietta.
—No la veo; pero estas son las llaves de los candados de las barras de hierro que sujetan la puerta grande. Así podréis salir.
Julio cogió las llaves y se precipitó fuera del cuarto.
—Dejad de afanaros en derribar el muro —dijo a sus soldados—. Por fin tengo la llave de la puerta.
Siguieron unos instantes de completo silencio, mientras Julio intentaba abrir los candados con una de las llaves. Se había equivocado, cogió otra; al final, abrió el candado; pero, en el momento en el que retiraba la barra de hierro, recibió casi a quemarropa un disparo de pistola en el brazo derecho. Al momento sintió que el brazo se negaba a responderle.
—¡Levantad la barra de hierro! —gritó a sus hombres.
No necesitaba decírselo.
A la luz de los disparos de pistola, estos habían visto el extremo curvo de la barra de hierro a medio sacar de la abrazadera remachada a la puerta. Enseguida tres o cuatro manos vigorosas retiraron la barra de hierro; cuando el extremo estuvo fuera de la argolla, lo dejaron caer.
Entonces pudieron entreabrir uno de los batientes de la puerta; el cabo entró, y dijo a Julio, apenas en un susurro:
—Ya no hay nada que hacer, solo quedamos tres o cuatro sin heridas y tenemos cinco muertos.
—He perdido sangre —replicó Julio—. Creo que voy a desmayarme, diles que me lleven.
Mientras Julio hablaba con el valeroso cabo, los soldados del cuerpo de guardia dispararon tres o cuatro arcabuzazos y el cabo cayó muerto. Por suerte, Ugone había oído la orden de Julio y llamó por sus nombres a dos soldados para que sostuvieran al capitán. Al comprobar que no se desmayaba, Julio les ordenó que lo llevaran al fondo del jardín, hasta la portezuela. Esta orden hizo que los soldados maldijeran; sin embargo, obedecieron.
—¡Cien cequíes a quien abra esta puerta! —exclamó Julio.
Pero esta resistió a los embates de tres hombres furiosos. Uno de los viejos jardineros, apostado en una ventana del segundo piso, les disparaba una y otra vez con su pistola, lo que servía para proporcionarles luz durante la operación.
Después de aquellos inútiles esfuerzos para vencer la puerta, Julio cayó totalmente inconsciente; Ugone dijo a los soldados que se llevaran al capitán tan rápido como pudieran. En cuanto a él, entró en el cuarto de la hermana tornera y desalojó a la fuerza a la pequeña Marietta, ordenándole con voz terrible que huyera y no dijera nunca a quién había reconocido. Arrancó la paja de la cama, rompió algunas sillas y prendió fuego a la habitación. Cuando comprobó que el fuego ardía bien, huyó como alma que lleva el diablo, entre los disparos de arcabuz de los bravi del convento.
Encontró al capitán ya a más de ciento cincuenta pasos de la Visitación; estaba completamente inconsciente y lo transportaban a toda prisa. Pocos minutos después estaban fuera de la ciudad. Ugone dio la orden de detenerse: solo quedaban cuatro soldados con él. Envió a dos de regreso a la ciudad, con la orden de disparar arcabuzazos cada cinco minutos.
—Tratad de encontrar a vuestros compañeros heridos —les dijo—, y salid de la ciudad antes del amanecer; vamos a seguir el camino de la Croce Rossa. Si veis que podéis prender fuego en alguna parte, no dejéis de hacerlo.
Cuando Julio recobró el conocimiento, se encontraban a tres leguas de la ciudad, y el sol estaba ya muy por encima del horizonte. Ugone le presentó su informe:
—Vuestra tropa ha quedado reducida a cinco hombres, tres de ellos heridos. Dos lugareños que han sobrevivido recibieron dos cequíes de recompensa cada uno y desaparecieron; he enviado a los dos hombres que no están heridos al pueblo vecino para buscar a un cirujano.
El médico, un anciano que temblaba de pies a cabeza, llegó enseguida montado sobre un magnífico asno; había sido necesario amenazarle con prender fuego a su casa para convencerlo de que viniera. Hubo que darle de beber un poco de aguardiente para ponerlo en condiciones de trabajar, tal era su miedo. Finalmente se puso manos a la obra; dijo a Julio que sus heridas no revestían ninguna gravedad.
—La de la rodilla no es peligrosa —añadió—, pero os hará cojear durante el resto de vuestra vida si no guardáis un reposo absoluto durante quince días o tres semanas.
El cirujano vendó a los soldados heridos. Ugone hizo a Julio una señal con la mirada; dieron dos cequíes al médico, que se deshizo en expresiones de agradecimiento; después, so pretexto de agradecerle sus servicios, le hicieron beber tal cantidad de aguardiente que terminó por dormirse profundamente. Eso era lo que pretendían. Lo transportaron a un campo cercano, envolvieron cuatro cequíes en un trozo de papel y se lo metieron en el bolsillo: aquel era el precio del asno, sobre el que acomodaron a Julio y a uno de los soldados, herido en la pierna. Fueron a pasar la canícula a unas ruinas antiguas al borde de un estanque; avanzaron toda la noche evitando los pueblos, muy escasos a lo largo de aquella ruta, y finalmente dos días más tarde al amanecer, Julio, transportado por sus hombres, se despertó en el corazón del bosque de la Faggiola, en la cabaña de carbonero que hacía las veces de su cuartel general.
VI
La mañana siguiente al combate, las religiosas de la Visitación hallaron horrorizadas nueve cadáveres en su jardín y en el pasadizo que conducía del portón exterior a la puerta de los barrotes de hierro; ocho de sus bravi habían sido heridos. Nunca antes había cundido tanto el miedo en el convento: en ocasiones se habían oído disparos de arcabuz en la plaza, pero nunca tal cantidad de disparos en el jardín, en el corazón del edificio y bajo las ventanas de las monjas. La refriega había durado una hora y media larga y, durante ese tiempo, el caos había reinado por completo en el interior del convento. Si Julio Branciforte hubiera tenido cualquier confidente entre alguna de las religiosas o las pensionarias, habría logrado su objetivo: habría bastado con que le hubieran abierto una de las numerosas puertas que daban al jardín; pero, arrastrado por la indignación y la cólera por lo que consideraba perjurio por parte de Elena, Julio quería conseguirlo todo a viva fuerza. Habría creído que faltaba al deber hacia sí mismo si hubiera confiado sus planes a cualquiera que hubiera podido referírselos a Elena. Una sola palabra a la pequeña Marietta, sin embargo, habría bastado para alcanzar el éxito: ella habría abierto cualquiera de las puertas que daban al jardín y, con que un solo hombre apareciera en los dormitorios del convento, con todo aquel terrible acompañamiento de disparos de arcabuz provenientes del exterior, lo habrían obedecido al pie de la letra. Al primer disparo, Elena había temblado por la vida de su amante, y había dejado de pensar en otra cosa que no fuera huir con él.
¿Cómo describir su desesperación cuando la pequeña Marietta le habló de la espantosa herida que Julio había recibido en la rodilla y de la que ella había visto manar sangre en abundancia? Elena detestaba su propia cobardía y su pusilanimidad: «Tuve la debilidad de hablar con mi madre y la sangre de Julio se ha derramado; podría haber perdido la vida en este asalto sublime que ha sido obra únicamente de su valentía».
Los bravi admitidos en el locutorio a instancia de las religiosas, que estaban ávidas de escucharlos, les dijeron que nunca en su vida habían sido testigos de una valentía comparable a la del joven disfrazado de mensajero que dirigía a los bandidos. Si todas escuchaban estos relatos con el más vivo interés, podemos imaginar la extrema pasión con la que Elena reclamaba a los bravi detalles sobre el joven capitán de los asaltadores. Tras pedirles explicaciones pormenorizadas, tanto a estos como a los ancianos jardineros, testigos completamente imparciales, tuvo la impresión de que ya no amaba en absoluto a su madre. Hubo incluso un momento de discusión acalorada entre ellas, que se amaban de un modo tan afectuoso la víspera del combate; la señora de Campireali se sobresaltó al ver manchas de sangre en las flores de cierto ramo del que Elena no se separaba un solo instante.
—Tienes que tirar esas flores manchadas de sangre.
—Yo he sido quien ha hecho que se vertiera esta sangre generosa y se ha derramado porque tuve la debilidad de hablar con vos.
—¿Aún amáis al asesino de vuestro hermano?
—Amo a mi esposo, que, para mi eterna desgracia, fue atacado por mi hermano.
Tras estas frases, la signora de Campireali y su hija no cruzaron una sola palabra más durante los tres días que la signora permaneció aún en el convento.
El día siguiente a la partida de su madre, Elena consiguió escaparse, aprovechando la confusión que reinaba en las dos puertas del convento por la presencia en el jardín de una gran cantidad de carpinteros, que trabajaban para levantar allí nuevas defensas. La pequeña Marietta y ella se habían disfrazado de obreros. Pero los lugareños habían montado una guardia rigurosa en las puertas de la ciudad, así que Elena tuvo grandes dificultades para salir. Finalmente, el mismo comerciante que le había hecho llegar las cartas de Branciforte accedió a hacerla pasar por su hija y a conducirla hasta Albano. Allí Elena encontró un escondite en casa de su nodriza, que había podido abrir, gracias a su patrocinio, un pequeño comercio. Nada más llegar, escribió a Branciforte. La nodriza encontró, no sin grandes dificultades, a un hombre dispuesto a aventurarse en el bosque de la Faggiola sin conocer la contraseña de los soldados de Colonna.
El mensajero enviado por Elena volvió al cabo de tres días, totalmente despavorido; para empezar, le había sido imposible encontrar a Branciforte, y las preguntas que hacía sin cesar acerca del joven capitán habían terminado por convertirlo en sospechoso, así que había tenido que poner pies en polvorosa.
«Ya no cabe ninguna duda: el pobre Julio está muerto —se dijo Elena—. ¡Y he sido yo quien lo ha matado! Mi miserable flaqueza y mi cobardía no podían tener otra consecuencia; más le habría valido amar a una mujer fuerte, a la hija de alguno de los capitanes del príncipe Colonna».
La nodriza estaba convencida de que Elena acabaría muriéndose. Subió al convento de los capuchinos, cercano al camino tallado en la roca en donde antaño Fabio y su padre se habían topado con los dos amantes en medio de la noche. La nodriza habló durante largo rato con su confesor. Bajo el secreto del sacramento, le reveló que la joven Elena de Campireali quería ir a reunirse con Julio Branciforte, su esposo, y que para ello estaba dispuesta a donar a la iglesia del convento una lámpara de plata por valor de cien piastras españolas.
—¡Cien piastras! —respondió el monje, irritado—. ¿Y qué le sucederá a nuestro convento si incurrimos en la ira del señor de Campireali? No fueron cien piastras, sino mil, las que él nos donó para que fuéramos a recoger el cuerpo de su hijo al campo de batalla de los Ciampi, y eso sin contar la cera de los cirios.
Hay que decir, en honor del convento, que dos monjes ancianos, tras conocer la localización exacta de la joven Elena, bajaron a Albano y fueron a verla con la intención inicial de devolverla, voluntariamente o a la fuerza, al palacio de su familia: sabían que serían ricamente recompensados por la signora de Campireali. Por todo Albano corrían rumores acerca de la fuga de Elena y el relato de las magníficas promesas hechas por su madre a quienes pudieran darle noticias de su hija. Pero los dos monjes quedaron tan conmovidos por la desesperación de la pobre Elena, que creía que Julio Branciforte había muerto, que, lejos de traicionarla revelando a su madre el lugar al que ella se había retirado, accedieron a servirle de escolta hasta la fortaleza de la Petrella. Elena y Marietta, siempre disfrazadas de obreros, se dirigieron, de noche y a pie, a cierta fuente situada en el bosque de la Faggiola, a una legua de Albano. Los monjes habían mandado llevar allí unas mulas y, cuando se hizo de día, se pusieron en camino hacia la Petrella. Todos sabían que los monjes gozaban de la protección del príncipe, y eran saludados con respeto por los soldados con los que se encontraban en el bosque; pero no sucedía lo mismo con los dos hombrecillos que los acompañaban: los soldados los miraban al principio con severidad, se acercaban a ellos y después estallaban en carcajadas y felicitaban a los monjes por las gracias de sus mulateros.
—Silencio, impíos, y pensad que todo se hace por orden del príncipe Colonna —respondían los monjes sin detenerse.
Pero la pobre Elena tenía mala fortuna; el príncipe estaba ausente de la Petrella y cuando, tres días más tarde, a su regreso, le concedió por fin una audiencia, se mostró muy duro con ella.
—¿Por qué habéis venido, señorita? ¿Qué significa esta visita tan disparatada? Vuestros comadreos de mujer han causado la muerte de siete de los hombres más valientes de Italia, y esto es algo que ningún hombre sensato os perdonará jamás. En este mundo es preciso querer, o no querer. Sin duda a causa de alguna nueva indiscreción, Julio Branciforte acaba de ser declarado sacrílego y condenado a ser torturado durante dos horas con tenazas al rojo vivo y después a ser quemado como un judío. ¡Él, uno de los mejores cristianos que conozco! ¿Cómo hubiera sido posible, de no ser por alguna habladuría infame por vuestra parte, inventarse que Julio Branciforte estaba en Castro el día del ataque al convento? Todos mis hombres os dirán que aquel mismo día fue visto en la Petrella y que, por la noche, yo lo envié a Velletri.
—Pero ¿está vivo? —exclamó por décima vez Elena, deshecha en lágrimas.
—Está muerto para vos —respondió el príncipe—; no volveréis a verlo jamás. Os aconsejo que regreséis a vuestro convento de Castro y tratéis de no incurrir en más indiscreciones. Y os ordeno que abandonéis la Petrella de aquí a una hora. Pero sobre todo, no digáis a nadie que me habéis visto, o sabré castigaros.
La pobre Elena tenía el alma afligida; no había esperado semejante recibimiento por parte del famoso príncipe Colonna, hacia el que Julio sentía tanto respeto, y al que ella amaba solo porque él lo amaba.
Pese a lo que pudiera decir el príncipe Colonna, aquella visita de Elena no era en absoluto disparatada. Si hubiera llegado tres días antes a la Petrella, habría encontrado allí a Julio Branciforte; su herida de la rodilla le impedía caminar y el príncipe lo había hecho trasladar a la gran villa de Avezzano, en el reino de Nápoles. En cuanto llegó la primera noticia de la terrible orden de arresto comprada por el señor de Campireali contra Branciforte, declarado sacrílego y violador de conventos, el príncipe comprobó que ya no podía contar con las tres cuartas partes de sus hombres para proteger a Branciforte. Se había cometido un pecado contra la Madona y cada uno de aquellos bandoleros consideraba que tenía un derecho especial a la protección de la Virgen. Si hubiera existido en Roma un bargello lo suficientemente audaz como para internarse en el corazón del bosque de la Faggiola para detener a Julio Branciforte, habría podido conseguirlo sin dificultad.
A su llegada a Avezzano, Julio se llamaba Fontana. Los hombres que lo trasladaban guardaron discreción. A su regreso a la Petrella, anunciaron con dolor que Julio había muerto en el camino, y desde aquel momento todos los soldados del príncipe comprendieron que cualquiera que volviera a pronunciar aquel nombre fatídico recibiría una puñalada en el corazón.
De regreso a Albano, Elena escribió una carta tras otra y gastó, para que se las entregaran a Branciforte, todos los cequíes de que disponía; pero todo fue en vano. Los dos ancianos monjes, que se habían convertido en amigos suyos —pues la belleza extrema, dice el cronista de Florencia, no deja de ejercer cierta influencia, incluso sobre los corazones endurecidos por lo que el egoísmo y la hipocresía tienen de más mezquino—, los dos monjes, decimos, advirtieron a la pobre muchacha que era inútil que intentara hacer llegar un mensaje a Branciforte: Colonna había declarado que había muerto y era indudable que Julio no reaparecería sobre la faz de la tierra hasta que el príncipe así lo quisiera. La nodriza de Elena le anunció llorando que finalmente su madre había descubierto su refugio y que había dado órdenes severísimas para que fuera trasladada a la fuerza al palacio Campireali, en Albano. Elena comprendió que, una vez se encontrara en el palacio, se hallaría encerrada en una prisión de un rigor sin límites, y que le sería prohibido por completo cualquier tipo de comunicación con el exterior; mientras que, al menos, en el convento de Castro gozaría de las mismas facilidades para recibir y enviar cartas que el resto de las religiosas. Además, y esto fue lo que acabó de decidirla, había sido en el jardín de aquel convento donde Julio había vertido su sangre por ella: podría conseguir de la tornera aquel escabel de madera en el que él se había sentado durante un instante para mirarse la herida de la rodilla; allí había sido donde él había entregado a Marietta aquel ramo manchado de sangre que siempre la acompañaba. Por lo tanto, Elena regresó, presa de la tristeza, al convento de Castro. Y aquí podría haberse concluido su historia: habría sido preferible para ella, y tal vez también para el lector. En efecto, vamos a asistir a la lenta degradación de una alma noble y generosa. Las medidas prudentes y las mentiras de la civilización, que a partir de ahora van a acosarla por todas partes, reemplazarán a los sinceros impulsos de las pasiones enérgicas y naturales. El cronista romano hace aquí una reflexión llena de ingenuidad: «Cuando una mujer se esfuerza por educar a una hermosa hija, cree tener el talento necesario para dirigir su vida; cuando la pequeña contaba seis años, la madre le decía con razón: “Señorita, enderezad vuestra gorguera”; y solo por esto, cuando ella tiene cincuenta y su hija dieciocho y posee tanto o más ingenio que su madre, esta, arrastrada por la manía de gobernar, se cree con derecho a decidir sobre su vida e incluso a emplear la mentira». Veremos que fue Victoria Carafa, la madre de Elena, la que, merced a una sucesión de hábiles medidas planeadas con gran astucia, provocó la muerte atroz de su tan querida hija, después de haber causado su desdicha durante doce años, como triste resultado de la manía de gobernar.
Antes de morir, el señor de Campireali tuvo la satisfacción de ver cómo se publicaba en Roma la sentencia que condenaba a Branciforte a ser torturado durante dos horas con tenazas al rojo por las principales encrucijadas de Roma, y después a ser quemado a fuego lento y a arrojar sus cenizas al Tíber. Los frescos del claustro de Santa María Novella, en Florencia, muestran todavía hoy cómo se ejecutaban aquellas sentencias brutales contra los sacrílegos. Normalmente, se necesitaba un gran número de guardias para impedir que el pueblo indignado reemplazara al verdugo en sus tareas. Todo el mundo se consideraba amigo íntimo de la Madona. El señor de Campireali hizo que le leyeran esta sentencia unos momentos antes de morir y legó al abogado que la había conseguido sus magníficas tierras situadas entre Albano y el mar. Hay que decir que este abogado no carecía en absoluto de mérito. Branciforte había sido condenado a aquel suplicio atroz y, sin embargo, ningún testigo había afirmado haberlo reconocido bajo el disfraz de aquel hombre ataviado de emisario, que parecía dirigir con tanta autoridad las maniobras de los asaltantes. La magnificencia de este regalo sobresaltó a todos los intrigantes de Roma. Había por entonces en la corte un cierto fratone, monje redomado y capaz de lo que se propusiera, incluso de obligar al papa a que le entregara el capelo cardenalicio; cuidaba de los asuntos del príncipe Colonna y este cliente terrible le proporcionaba un notable respeto. Cuando la señora de Campireali vio que su hija había vuelto a Castro, hizo llamar a este fratone.
—Vuestra Reverencia será magníficamente recompensado si accede a colaborar en un asunto muy simple, que voy a explicarle. Dentro de pocos días, la sentencia que condena a Julio Branciforte a un suplicio terrible será publicada y ejecutable también en el reino de Nápoles. Solicito que vuestra reverencia lea esta carta del virrey, pariente lejano mío, que se digna anunciarme esta noticia. ¿En qué lugar podrá Branciforte buscar asilo? Entregaré cincuenta mil piastras al príncipe con el ruego de que dé el total o una parte a Julio Branciforte, a condición de que este vaya a servir al rey de España, mi señor, contra los rebeldes de Flandes. El virrey dará una cédula de capitán a Branciforte, y, para que la condena por sacrilegio, que espero conseguir que pronto sea también ejecutable en España, no obstaculice su carrera, se hará llamar el barón Lizzara; este es el nombre de una pequeña hacienda que tengo en los Abruzos y cuya propiedad encontraré la forma de cederle simulando una venta. Imagino que vuestra reverencia no ha visto nunca que una madre trate así al asesino de su hijo. Con quinientas piastras, hace ya mucho tiempo que habríamos podido desembarazarnos de ese ser odioso; pero nunca hemos deseado malquistarnos con Colonna. Así pues, dignaos a señalarle que mi respeto por sus derechos me cuesta sesenta u ochenta mil piastras. No quiero volver a oír hablar jamás de ese Branciforte. Y, por encima de todo, presentad mis respetos al príncipe.
El fratone dijo que antes de tres días iría a darse una vuelta junto a Ostia y la signora de Campireali le hizo entrega de una sortija valorada en mil piastras.
Unos días más tarde, el fratone reapareció en Roma y dijo a la signora de Campireali que no había puesto su propuesta en conocimiento del príncipe; pero que antes de un mes el joven Branciforte embarcaría hacia Barcelona, donde ella podría hacerle llegar por intermediación de un banquero de la ciudad la suma de cincuenta mil piastras.
El príncipe tuvo muchas dificultades para convencer a Julio; a pesar del peligro que, en lo sucesivo, corría en Italia, el joven amante no podía decidirse a abandonar el país. El príncipe le insinuó que la signora Campireali podía morir; le prometió que, en cualquier caso, en tres años podría regresar a visitar su tierra; todo fue en vano. Julio derramaba lágrimas, pero no accedía. El príncipe tuvo que llegar al punto de pedirle como un favor personal que se marchara; Julio no podía rehusar nada al amigo de su padre, pero, en primer lugar y ante todo, quería presentar sus respetos a Elena. El príncipe consintió en encargarse de hacerle llegar una larga carta; y, lo que es más, le prometió a Julio que podría escribir a Elena desde Flandes una vez al mes. Finalmente, el desesperado amante se embarcó hacia Barcelona. Todas sus cartas fueron quemadas por el príncipe, que no quería que Julio regresara a Italia jamás. Se nos olvidaba decir que, aunque ajeno por carácter a toda fatuidad, el príncipe se había considerado obligado a decir, con el fin de llevar a buen cabo la negociación, que era él quien creía conveniente asegurar una pequeña fortuna de cincuenta mil piastras al hijo único de uno de los más fieles servidores de la casa Colonna.
La pobre Elena era tratada en el convento de Castro como una princesa. La muerte de su padre la había dejado en posesión de una fortuna considerable, y obtuvo una herencia inmensa. Con ocasión del fallecimiento de su padre, ordenó que se repartieran cinco anas de paño negro a cada uno de los habitantes de Castro o de los alrededores que deseara llevar luto por el señor de Campireali. Estaba todavía en los primeros días de su luto riguroso cuando una mano desconocida le entregó una carta de Julio. Sería difícil describir el entusiasmo con el que Elena abrió aquella carta, pero igual de complicado nos resultaría explicar la profunda tristeza que la embargó al leerla. ¡Y, sin embargo, era la letra de Julio! Elena la examinó con la más rigurosa atención. La carta hablaba de amor, pero ¡qué amor, Dios mío! Era la signora Campireali, tan ingeniosa, quien la había redactado, sin embargo. Su propósito era iniciar la correspondencia con siete u ocho cartas de amor apasionado; quería preparar así el escenario para las siguientes, en las que este amor parecería irse extinguiendo poco a poco.
Pasaremos con rapidez sobre diez años de vida desdichada. Elena se convenció de que Julio la había olvidado, y, con todo, fue rechazando con altanería los ofrecimientos de los jóvenes nobles más distinguidos de Roma. Sin embargo, tuvo un instante de duda cuando le mencionaron a Octavio Colonna, hijo primogénito del famoso Fabricio que antaño le había dispensando tan terrible recibimiento en la Petrella. Le parecía que, ya que debía tomar sin falta un marido que actuara como protector de las tierras que tenía en el Estado romano y en el reino de Nápoles, le resultaría menos odioso llevar el nombre de alguien a quien en otros tiempos Julio había amado. Si hubiera accedido a este matrimonio, Elena habría averiguado de inmediato la verdad sobre Julio Branciforte. El anciano príncipe Fabricio hablaba muy a menudo y con gran entusiasmo de los gestos de valentía sobrehumana del coronel Lizzara (Julio Branciforte), quien, a imagen de los héroes de los antiguos relatos, intentaba olvidar a fuerza de grandes hechos de armas aquel amor desdichado que lo volvía insensible a todo placer. Estaba convencido de que Elena se había casado hacía tiempo; la signora de Campireali lo había rodeado, también a él, de mentiras.
Elena se había reconciliado en parte con esta madre tan astuta. Como esta deseaba con pasión ver casada a su hija, suplicó a su amigo, el anciano cardenal Santi-Quatro, protector de la Visitación, y que se dirigía a Castro, que anunciara en secreto a las monjas de mayor edad del convento que su viaje se había retrasado por un acto de indulgencia. El buen papa Gregorio XIII, apiadado del alma de un bandolero llamado Julio Branciforte, que en el pasado había intentado violar aquel monasterio, había querido revocar la sentencia que le declaraba sacrílego al tener noticia de su muerte, convencido de que, bajo el peso de tal condena, no podría salir nunca del purgatorio, si se diera la circunstancia de que Branciforte, sorprendido y masacrado en Méjico por unos salvajes rebeldes, hubiera tenido la suerte de ir tan solo al purgatorio. Esta noticia sacudió por completo el convento de Castro; llegó a oídos de Elena, que por entonces se entregaba a todos los desvaríos de la vanidad que la posesión de una ingente fortuna puede inspirar a una persona profundamente hastiada. A partir de aquel momento, Elena no volvió a salir de su aposento. Hay que saber que, para poder instalar su habitación en el cuartito de la tornera, en el que Julio se había refugiado unos instantes la noche del combate, Elena había sufragado los gastos de reconstrucción de la mitad del convento. Tras sortear infinitas dificultades y de haber provocado un escándalo ciertamente difícil de aplacar, había logrado encontrar y emplear a su servicio a los tres bravi que habían acompañado a Branciforte y que vivían todavía, de entre los cinco que en su momento escaparon del combate de Castro. Entre ellos se encontraba Ugone, ya anciano y cargado de heridas. La aparición de estos tres hombres había sido causa de no pocas murmuraciones; pero al final, el temor que el carácter altivo de Elena inspiraba a todo el convento se había impuesto, y todos los días se los veía a los tres, vestidos con sus libreas, acudir a presentar sus respetos a la señora en la cancela exterior y, con frecuencia, responder durante largo tiempo a sus preguntas, siempre sobre el mismo tema.
Tras los primeros seis meses de reclusión y desapego por los asuntos mundanos que siguieron a la noticia de la muerte de Julio, el primer sentimiento que despertó en esta alma, ya desmoronada a causa de una desdicha incurable y de un largo hastío, fue la vanidad.
La abadesa había muerto hacía poco. Como era costumbre, el cardenal Santi-Quatro, que todavía era protector de la Visitación a pesar de su avanzada edad de noventa y dos años, había redactado una lista con tres damas religiosas entre las que el papa debía escoger a la nueva abadesa. Tenía que concurrir un motivo muy grave para que Su Santidad llegara a leer los dos últimos nombres de la lista; lo normal era que se contentara con tachar estos nombres, y el nombramiento quedaba hecho.
Cierto día, Elena se hallaba asomada a la ventana del antiguo cuarto de la tornera, que ahora se había convertido en el extremo del ala de los nuevos edificios construidos por orden suya. Esta ventana no se elevaba más de dos pies sobre el pasadizo antaño regado con la sangre de Julio, y que ahora formaba parte del jardín. Elena dirigía la mirada perdida hacia el suelo. Las tres damas que, según se sabía desde hacía algunas horas, formaban la lista del cardenal para suceder a la difunta abadesa acertaron a pasar delante de la ventana de Elena. Ella no las vio, y por lo tanto no pudo saludarlas. Una de las tres damas se disgustó y dijo en voz alta a las otras dos:
—¡Bonita forma de que una pensionaria exhiba su habitación a los ojos del público!
Sacudida por estas palabras, Elena levantó los ojos y se encontró frente a tres miradas malévolas.
«Bien —se dijo, cerrando la ventana sin siquiera saludar—. Parece que ya he hecho el papel de cordero en este convento durante suficiente tiempo; ha llegado el momento de convertirme en lobo, aunque solo sea para proporcionar una nueva distracción a los curiosos de la ciudad».
Una hora después, uno de sus hombres, enviado como mensajero, llevaba la siguiente carta para su madre, que vivía en Roma desde hacía diez años y había adquirido una gran influencia en la ciudad:
RESPETABILÍSIMA MADRE,
Todos los años me das tres mil francos el día de mi santo; aquí empleo ese dinero en extravagancias, honorables en realidad, pero que no por eso dejan de ser extravagancias. Aunque ya no me lo manifiestes desde hace tiempo, sé que tendría dos formas de demostrarte mi agradecimiento por todas las buenas intenciones que has tenido para conmigo. No voy a casarme, pero con mucho gusto me convertiría en abadesa de este convento; lo que me ha suscitado esta idea es que las tres damas que nuestro cardenal Santi-Quatro ha puesto en la lista que presentará al Santo Padre son enemigas mías; y sea cual fuere la elegida, puedo esperar sufrir todo tipo de agravios. Presenta el ramo de mi santo a las personas adecuadas; para empezar, hagamos retrasar seis meses el nombramiento, lo cual volverá loca de alegría a la priora del convento, íntima amiga mía y que ahora tiene las riendas de la autoridad. Eso ya será para mí una fuente de felicidad, y muy raramente puedo emplear esta palabra refiriéndome a esta tu hija. Pienso que esta idea es una locura; pero, si ves alguna esperanza de que tenga éxito, dentro de tres días tomaré el velo blanco, ya que ocho años de estancia en el convento, sin dormir fuera, me dan derecho a una exención de seis meses. La dispensa nunca se deniega y cuesta solo cuarenta escudos.
Me despido con respeto, mi venerable madre, etc.
Esta carta colmó de dicha a la signora Campireali. Cuando la recibió, se arrepentía vivamente de haber ordenado que anunciaran a su hija la muerte de Branciforte; no sabía cómo concluiría aquel estado de profunda melancolía en el que Elena había caído; se esperaba de ella cualquier capricho, llegaba incluso a temer que su hija quisiera ir a Méjico a visitar el lugar en el que pretendían que Branciforte había sido aniquilado, en cuyo caso habría sido muy posible que ella hubiera averiguado en Madrid el verdadero nombre del coronel Lizzara. Por otra parte, lo que su hija pedía a través de su mensaje era la cosa más difícil del mundo, por no decir la más absurda. ¡Una joven que ni siquiera era monja y que además no era conocida más que por la insensata pasión que por ella había sentido un bandolero —pasión que quizás ella había compartido—, ahora pretendía ponerse a la cabeza de un convento en el cual todos los príncipes romanos tenían alguna pariente! Pero, pensó la señora Campireali, dicen que todo pleito puede argumentarse y, en consecuencia, ganarse. En su respuesta, Victoria Carafa dio esperanzas a su hija, que generalmente tenía tan solo apetencias absurdas, las cuales, en compensación, después la asqueaban con gran facilidad. Durante la tarde, mientras recababa información sobre todo aquello que, en mayor o menor medida, podía estar relacionado con el convento de Castro, averiguó que su amigo el cardenal Santi-Quatro hacía gala de un gran sentido del humor: pretendía casar a su sobrina con don Octavio Colonna, hijo primogénito del príncipe Fabricio, del que tanto se ha hablado en la presente historia. El príncipe le ofrecía a su segundo hijo, don Lorenzo, porque, para restaurar su fortuna, extrañamente comprometida por la guerra que el rey de Nápoles y el Papa, al fin de común acuerdo, hacían contra los bandoleros de la Faggiola, era necesario que la esposa de su hijo primogénito aportase una dote de seiscientas mil piastras (unos tres millones doscientos diez mil francos) a la casa Colonna. Ahora bien, el cardenal Santi-Quatro, incluso desheredando de la forma más ridícula a todos sus demás parientes, no podía ofrecer más que una fortuna de trescientos ochenta o cuatrocientos mil escudos.
Victoria Carafa pasó toda aquella tarde y buena parte de la noche confirmando estos hechos a través de todos los amigos del viejo Santi-Quatro. Al día siguiente, a las siete en punto, se hizo anunciar en casa del anciano cardenal.
—Eminencia —le dijo—: ambos somos muy viejos, así que es inútil intentar engañarnos llamando con hermosos nombres a las cosas que no son hermosas. Vengo a proponeros una locura; todo lo que puedo decir a su favor es que no es demasiado detestable; pero sí confesaré que la encuentro soberanamente ridícula. Mientras concertábamos el matrimonio de don Octavio Colonna con mi hija Elena, cultivé la amistad de ese joven; el día de sus nupcias, os entregaré doscientas mil piastras en tierras o en dinero, que os rogaría que le entregarais. Pero, para que una pobre viuda como yo pueda hacer un sacrificio tan enorme, es necesario que mi hija Elena, que ahora tiene veintisiete años y que desde la edad de diecinueve no ha dormido una sola noche fuera del convento, sea nombrada abadesa de Castro; para esto habría que retrasar la elección seis meses: la cosa es canónica.
—¡¿Qué decís, señora?! —exclamó el viejo cardenal fuera de sí—; ni siquiera Su Santidad en persona podría hacer lo que acabáis de pedirle a este pobre anciano impotente.
—Acabo de reconocer a vuestra eminencia que la cuestión era ridícula: los tontos pensarán que es una locura; pero las gentes de bien, instruidas en los asuntos de la corte, pensarán que nuestro excelente príncipe, el buen papa Gregorio XIII, ha querido recompensar los leales y largos servicios de vuestra eminencia facilitando un matrimonio que toda Roma sabe que deseáis. Por lo demás, la cosa es completamente posible, totalmente canónica, yo respondo de eso; mi hija tomará el velo blanco mañana mismo.
—¡Pero la simonía, señora…! —exclamó el viejo con voz terrible.
La signora de Campireali se dirigió a la salida.
—¿Qué es ese pliego que me habéis dejado?
—Es la lista de las tierras, por valor de doscientas mil piastras, que presentaré si no queréis el dinero contante. El traspaso de la propiedad de estas tierras podría mantenerse en secreto durante mucho tiempo; por ejemplo, si la casa Colonna me llevara a juicios que yo perdería…
—¡Pero la simonía, señora, la espantosa simonía!
—Lo primero que hay que hacer es retrasar seis meses la elección. Mañana vendré a presentar mis respetos a vuestra eminencia.
Creo que es necesario explicar a los lectores nacidos al norte de los Alpes el tono casi oficial de varias partes de este diálogo. Me permitiré recordar que, en los países estrictamente católicos, la mayoría de las conversaciones sobre temas escabrosos terminan llegando al confesionario, y entonces el hecho de haberse servido de una palabra respetuosa o de un término irónico resulta completamente indiferente.
Al día siguiente, Victoria Carafa supo que, como consecuencia de un enorme error de facto, descubierto en la lista que contenía los nombres de las tres damas presentadas para el puesto de abadesa de Castro, la elección se postergaba durante seis meses: la segunda dama de la lista contaba con un renegado en la familia; uno de sus tíos abuelos se había hecho protestante en Údine.
La signora de Campireali creyó necesario hacer una gestión con respecto al príncipe Fabricio Colonna, a cuya casa iba a ofrecer un aumento de fortuna tan notorio. Tras dos días de diligencias, consiguió obtener una entrevista con él en un pueblo cercano a Roma, pero salió totalmente espantada de esta audiencia: había encontrado al príncipe, de ordinario tan sereno, preocupado de tal forma por la gloria militar del coronel Lizzara (Julio Branciforte), que había juzgado que sería inútil por completo pedirle que guardara en secreto este tema. El coronel era para él como un hijo y, más todavía, como su discípulo predilecto. El príncipe pasaba una gran cantidad de tiempo leyendo y releyendo ciertas cartas llegadas de Flandes. ¿Qué sería de su designio dilecto, al que la signora de Campireali había sacrificado tantas cosas desde hacía diez años, si su hija descubría la existencia y la gloria del coronel Lizzara?
Creo que aquí debo obviar muchas circunstancias que, a decir verdad, revelan las costumbres de la época, pero que me parece triste contar. El autor del manuscrito romano se esforzó infinitamente para llegar a conseguir incluso la fecha exacta de los detalles que yo suprimo.
Dos años después de la entrevista de la signora de Campireali con el príncipe Colonna, Elena era abadesa de Castro; por su parte, el anciano cardenal Santi-Quatro había muerto de dolor después de aquel gran acto de simonía. Por aquel entonces, Castro tenía como obispo al hombre más apuesto de la corte papal, monseñor Francesco Cittadini, un noble oriundo de la ciudad de Milán. Este joven, notable por su gracia modesta y su tono de dignidad, tuvo un trato frecuente con la abadesa de la Visitación, sobre todo con ocasión de la construcción del nuevo claustro con el que ella se propuso embellecer su convento. El joven obispo Cittadini, por entonces de veintinueve años de edad, se enamoró locamente de la bella abadesa. En el proceso que se instruyó un año más tarde, una multitud de monjas, llamadas como testigos, declararon que el obispo multiplicaba tanto como le era posible sus visitas al convento y que decía con frecuencia a la abadesa:
—Fuera de aquí yo gobierno y (lo confieso para mi vergüenza) encuentro algún placer al hacerlo; a vos me someto como un esclavo, pero con un placer que sobrepasa con mucho al de gobernar fuera de aquí. Estoy bajo la influencia de un ser superior; aunque lo intentara, no podría obedecer a otra voluntad que a la suya, y preferiría verme durante toda la eternidad como el último de sus esclavos a ser rey lejos de sus ojos.
Los testigos declaran que a menudo la abadesa le ordenaba callarse en medio de estas frases elegantes, con términos duros y que evidenciaban su desprecio.
—A decir verdad —continúa otro testigo—, la señora lo trataba como a un sirviente; en esos casos, el pobre obispo bajaba los ojos, se ponía a llorar, pero no se marchaba. Todos los días encontraba nuevos pretextos para volver a aparecer por el convento, lo cual escandalizaba a los confesores de las religiosas y los enemigos de la abadesa. Pero la señora abadesa estaba respaldada con energía por la priora, amiga íntima suya y que, bajo sus órdenes directas, gobernaba el interior del convento.
—Sabéis, mis nobles hermanas —decía esta—, que la pasión contrariada que nuestra abadesa sintió por un mercenario en su primera juventud ha dejado en ella una forma bastante peculiar de ver las cosas; pero todas sabéis también que su carácter posee algo notable, y es que nunca cambia de opinión respecto a las personas hacia las cuales ha mostrado su desprecio. Ahora bien, posiblemente no haya pronunciado en toda su vida tantas palabras ultrajantes como las que ha dirigido en nuestra presencia al pobre monseñor Cittadini. Todos los días le vemos sufrir un trato que nos ruboriza al pensar en su alta dignidad.
—¡Sí! —respondían las monjas escandalizadas—. Pero él vuelve todos los días; así que, en el fondo, será que no se le trata tan mal, y, en cualquier caso, este aire de intriga perjudica el buen nombre de la santa orden de la Visitación.
Ni el amo más duro dirigiría al criado más inepto una cuarta parte de las injurias con las que cada día la altiva abadesa abrumaba a este joven obispo de maneras tan untuosas; pero él estaba enamorado y había traído de su patria esta máxima fundamental: que una vez se empieza una labor de esta naturaleza, no hay que preocuparse más que del fin, sin reparar en los medios.
—Al fin y al cabo —decía el obispo a su confidente, César del Bene—, solo merece desprecio el amante que ha desistido de atacar antes de ser obligado a retirarse por motivos de fuerza mayor.
Ahora mi triste tarea será limitarme a ofrecer un extracto, inevitablemente muy seco, del proceso a consecuencia del cual Elena halló la muerte. Este proceso, cuyo sumario he leído en una biblioteca cuyo nombre no puedo revelar, ocupa al menos ocho volúmenes in folio. Los interrogatorios y las argumentaciones están en latín, las respuestas en italiano. Aquí he encontrado que, en el mes de noviembre de 1572, hacia las once de la noche, el joven obispo se dirigió solo a la puerta de la iglesia que permanece abierta a los fieles durante todo el día. La propia abadesa le abrió la puerta y permitió que la siguiera al interior. Lo recibió en una habitación que ella ocupaba a menudo y que comunicaba por medio de una puerta secreta con las tribunas que dominan sobre las naves la iglesia. Apenas había transcurrido una hora cuando el obispo, estupefacto, fue enviado de vuelta a casa; la abadesa en persona lo condujo otra vez a la puerta de la iglesia, y le dijo estas mismas palabras:
—Volved a vuestro palacio y alejaos de mí ahora mismo. Hasta nunca, monseñor; me causáis horror. Siento como si me hubiera entregado a un lacayo.
No obstante, tres meses más tarde, llegó la época del carnaval. Los habitantes de Castro eran famosos por las fiestas que celebraban en estas fechas. La ciudad entera resonaba con el bullicio de las comparsas. Ninguna dejaba de pasar ante una ventana que iluminaba, a través de una medianería, una caballeriza del convento. Parece ser que, tres meses antes del carnaval, esta caballeriza se transformaba en un salón, y que se llenaba de gente durante los días de las comparsas. En medio del frenesí de los asistentes, el obispo acertó a pasar por allí en su carroza; la abadesa le hizo una señal y, a la una de la madrugada de la noche siguiente, él acudió a la puerta de la iglesia. Entró; pero, antes de que hubieran pasado tres cuartos de hora, fue expulsado coléricamente. Tras el primer encuentro, en el mes de noviembre, siguió viniendo al convento más o menos cada ocho días. Su rostro revelaba un ligero aire de triunfo y de estulticia que no se le escapaba a nadie, pero que tenía la virtud de disgustar enormemente al carácter altivo de la joven abadesa. El lunes de Pascua, al igual que otros días, lo trató como al último de los hombres y le dirigió palabras tales que ni siquiera el más miserable de los siervos del monasterio habría podido soportarlas. Sin embargo, pocos días después le hizo otra vez una señal, tras la cual el hermoso obispo no dejó de acudir, a medianoche, a la puerta de la iglesia; ella le había hecho venir para anunciarle que estaba embarazada. Ante aquella noticia, dice el proceso, el apuesto joven palideció de horror y se quedó completamente «paralizado de terror». La abadesa tuvo fiebre: hizo llamar al médico y no le ocultó en absoluto su estado. Este hombre conocía la generosidad de la enferma, así que le prometió ayudarla a resolver el problema. Comenzó poniéndola en contacto con una mujer del pueblo, joven y bonita que, sin ser propiamente una comadrona, conocía el oficio. Su marido era panadero. Elena se sintió satisfecha de la conversación que mantuvo con esta mujer, que le manifestó que, para la ejecución del proyecto por medio del cual esperaba salvarla, necesitaba que ella tuviera dos confidentes en el convento.
—Una mujer como vos, pase. Pero ¿una de mis iguales? ¡No! Fuera de mi vista.
La comadrona se retiró. Pero, algunas horas más tarde, Elena, que no creía prudente exponerse a los cotilleos de aquella mujer, hizo llamar al médico, que la envió de nuevo al convento, donde fue tratada con generosidad. La mujer juró que, incluso si no hubieran vuelto a llamarla, ella jamás habría divulgado el secreto que le habían confiado; pero declaró otra vez que, si en el interior del convento no había dos mujeres leales a los intereses de la abadesa y en conocimiento de todo, ella no podía involucrarse en el asunto. (Sin duda tenía en mente una posible acusación de infanticidio). Después de mucho reflexionar, la abadesa resolvió confiar este terrible secreto a la señora Victoria, la priora del convento, de la noble familia de los duques de C…, y a la señora Bernarda, hija del marqués P… Hizo que ambas juraran sobre sus breviarios que jamás dirían una palabra, ni siquiera al tribunal de la penitencia, de lo que ella estaba a punto de confiarles. Las damas se quedaron heladas de terror. Las dos confiesan en sus interrogatorios que, preocupadas por el carácter tan altivo de la abadesa, esperaban oír la confesión de algún asesinato. La abadesa les dijo de forma directa y fría:
—He faltado a todas mis obligaciones: estoy embarazada.
La señora Victoria, la priora, profundamente conmovida y emocionada por la amistad que, desde hacía tantos años, la unía a Elena, y no movida por una frívola curiosidad, exclamó con lágrimas en los ojos:
—Pero ¿quién es el imprudente que ha cometido este crimen?
—Ni siquiera se lo he dicho a mi confesor; imaginad si deseo decíroslo a vosotras.
Las dos damas deliberaron enseguida sobre la forma de ocultar este nefasto secreto al resto del convento. En primer lugar decidieron que la cama de la abadesa sería trasladada de su actual habitación, situada en la parte central del edificio, a la farmacia que acababa de crearse en la zona más alejada del convento, en el tercer piso de la gran construcción sufragada por la generosidad de Elena. Aquí fue donde la abadesa dio a luz a un hijo varón. Desde hacía tres semanas, la esposa del panadero vivía oculta en el apartamento de la priora. En el momento en que, recién salida de la estancia de la abadesa, se apresuraba a lo largo del claustro llevando al niño en brazos, este comenzó a llorar a gritos. Aterrorizada, la mujer se refugió en la bodega. Una hora más tarde, la señora Bernarda, ayudada por el médico, conseguía abrir una portezuela del jardín y la esposa del panadero salía rápidamente del convento y, poco después, de la ciudad. Una vez en campo abierto, presa del pánico, la mujer se refugió en una gruta que encontró por casualidad entre unas peñas. La abadesa escribió a César del Bene, confidente y primer ayuda de cámara del obispo, que acudió a toda prisa a la gruta que le habían indicado. Iba a caballo; tomó al niño en brazos y partió al galope hacia Montefiascone. El niño fue bautizado en la iglesia de Santa Margarita y recibió el nombre de Alejandro. La propietaria del lugar había encontrado una nodriza, a la que César entregó ocho escudos; muchas mujeres se habían congregado a las puertas de la iglesia durante la ceremonia del bautismo y preguntaron a gritos al señor César el nombre del padre del niño.
—Es un gran señor de Roma —les dijo— que se ha permitido abusar de una pobre aldeana como vosotras.
Y desapareció.
VII
Hasta entonces, todo iba bien en aquel inmenso convento, habitado por más de trescientas mujeres curiosas; nadie había visto nada, nadie había oído nada. Pero la abadesa había dado al médico unos puñados de cequíes recién salidos de la ceca de Roma. El médico entregó varias de estas monedas a la esposa del panadero. La mujer era bonita, y su marido celoso; registró su baúl, encontró aquellas monedas de oro tan brillantes y, creyendo que eran el precio de su deshonor, la obligó, con el cuchillo sobre la garganta, a confesar de dónde provenían. Después de algunas tergiversaciones, la mujer declaró la verdad, e hicieron las paces. Los dos esposos empezaron a deliberar sobre cómo emplear tan gran suma de dinero. La panadera quería pagar algunas deudas, pero el marido prefería comprar un mulo, y eso fue lo que hicieron. Este mulo provocó un gran revuelo en el barrio, donde todos conocían muy bien la pobreza de aquel matrimonio. Todas las comadres de la ciudad, amigas y enemigas, acudían una detrás de otra a preguntar a la mujer del panadero quién era aquel amante tan generoso que la había dejado en condiciones de comprar un mulo. La mujer, irritada, respondió en algunas ocasiones diciendo la verdad.
Un día en que César del Bene había ido a ver al niño y volvía para rendir cuentas de su visita a la abadesa, esta, aunque se hallaba terriblemente indispuesta, se acercó hasta la verja y le reprochó la falta de discreción de los agentes a los que había empleado. Por su parte, el obispo enfermó de miedo; escribió a sus hermanos en Milán para referirles la injusta acusación a la que estaba expuesto. También les urgía a venir en su auxilio. Y a pesar de haber caído gravemente enfermo, tomó la decisión de marcharse de Castro. Pero, antes de partir, escribió a la abadesa:
Ya sabréis que todo lo ocurrido se ha hecho público. Así pues, si tenéis interés en salvar no solo mi reputación, sino tal vez incluso mi vida, y con el fin de evitar un mayor escándalo, podéis inculpar a Juan Bautista Doleri, que ha muerto hace pocos días; si bien no repararéis vuestro honor por estos medios, al menos así el mío no correrá ningún peligro.
El obispo hizo llamar a don Luigi, confesor del monasterio de Castro.
—Entregad esto —le dijo— en propia mano a la señora abadesa.
Esta, después de haber leído aquel infame billete, exclamó ante todos los presentes:
—Así merecen ser tratadas las doncellas inconscientes que anteponen la belleza del cuerpo a la del alma.
Los rumores de lo sucedido en Castro llegaron rápidamente a oídos del «terrible» cardenal Farnesio (se hacía llamar así desde hacía varios años porque esperaba, en el próximo cónclave, obtener el apoyo de los cardenales zelanti). De inmediato dio la orden de que el podestà de Castro detuviera al obispo Cittadini. Todos sus sirvientes, temiendo ser sometidos a interrogatorio, emprendieron la huida. Tan solo César del Bene permaneció fiel a su señor, al que juró que moriría durante la tortura antes de confesar algo que pudiera perjudicarlo. Cittadini, al ver su palacio rodeado de guardias, escribió de nuevo a sus hermanos, que llegaron a toda prisa desde Milán. Lo encontraron detenido en la prisión de Ronciglione.
Veo en el primer interrogatorio de la abadesa que, aun reconociendo su falta, esta negó haber mantenido relaciones con monseñor el obispo; su cómplice había sido Juan Bautista Doleri, abogado del convento.
El 9 de septiembre de 1573, Gregorio XIII ordenó que el proceso se realizara a toda prisa y con todo rigor. Un juez penal, un fiscal y un comisario se trasladaron a Castro y a Ronciglione. César del Bene, primer ayuda de cámara del obispo, confesó únicamente haber puesto a un niño bajo el cuidado de una nodriza. Se le interrogó en presencia de las señoras Victoria y Bernarda. Se le sometió a tortura durante dos días seguidos: sufrió horriblemente; pero, fiel a su palabra, reveló tan solo aquello que era imposible negar y el fiscal no pudo obtener nada de él.
Cuando llegó el turno de las señoras Victoria y Bernarda, que habían sido testigos de las torturas infligidas a César, confesaron todo lo que habían hecho. Se interroga a todas las monjas sobre el nombre del autor del crimen; la mayor parte responden que habían oído decir que era monseñor el obispo. Una de las hermanas porteras refiere las palabras ultrajantes que la abadesa había dirigido al obispo mientras lo expulsaba a la puerta de la iglesia. Y añade:
—Cuando se habla a alguien en este tono, es que ambas personas están haciendo el amor desde hace mucho tiempo. En efecto, el señor obispo, normalmente conocido por su enorme petulancia, tenía, al salir de la iglesia, un aspecto totalmente abochornado.
Una de las religiosas, interrogada en presencia de los instrumentos de tortura, responde que el autor del crimen debía de ser el gato, porque la abadesa lo tiene continuamente en sus brazos y lo acaricia mucho. Otra monja sostiene que el autor del crimen debía de ser el viento porque los días en los que hay viento la abadesa está contenta y de buen humor, y se expone a la acción del viento sobre un mirador que ha hecho construir a propósito; y, cuando alguien va a pedirle una merced en ese lugar, nunca se niega. La mujer del panadero, la nodriza, las comadres de Montefiascone, horrorizadas por las torturas que habían visto infligir a César, dicen la verdad.
El joven obispo estaba enfermo, o fingía estar enfermo, en Ronciglione, lo que dio a sus hermanos, respaldados por el crédito y las influencias de la signora de Campireali, la oportunidad de postrarse varias veces a los pies del papa y de suplicarle que la instrucción se suspendiera hasta que el obispo hubiera recobrado la salud. Ante esto, el «terrible» cardenal Farnesio aumentó el número de soldados que lo vigilaban en la prisión. Como el obispo no podía ser interrogado, los comisarios comenzaban todas las sesiones haciendo que la abadesa sufriera un nuevo interrogatorio. Un día en que su madre había mandado decirle que tuviera ánimo y continuara negándolo todo, ella confesó la verdad.
—¿Por qué al principio inculpasteis a Juan Bautista Doleri?
—Porque sentía lástima de la cobardía del obispo; y además, si él consigue salvar su preciada vida, podrá cuidar de mi hijo.
Tras esta confesión, encerraron a la abadesa en una habitación del convento de Castro, cuyos muros, así como la bóveda, tenían ocho pies de espesor; las monjas se referían siempre a este calabozo con temor y era conocido por el nombre de «la habitación de los monjes»; allí fue enviada la abadesa, bajo la custodia de tres mujeres.
Como la salud del obispo había mejorado un poco, trescientos esbirros o soldados fueron a prenderlo a Ronciglione y fue trasladado a Roma en litera; lo dejaron en una prisión llamada Corte Savella. Pocos días después, también las monjas fueron trasladadas a Roma; instalaron a la abadesa en el convento de Santa Marta. Cuatro religiosas fueron inculpadas: las señoras Victoria y Bernarda, la hermana encargada de la torre y la portera que había oído las palabras ultrajantes que la abadesa había dirigido al obispo.
El obispo fue interrogado por el auditor de la Cámara, una de las primeras personalidades de la jerarquía judicial. Sometieron de nuevo a tortura al pobre César del Bene quien, además de no confesar nada, dijo cosas que «disgustaron al ministerio público», lo que le valió una nueva sesión de tortura. Se infligió este mismo suplicio preliminar a las señoras Victoria y Bernarda. El obispo negaba todo neciamente, pero haciendo gala de una gran obstinación; y refería con el mayor lujo de detalles todo lo que había hecho en las tres noches que evidentemente había pasado junto a la abadesa.
Al final, confrontaron a la abadesa con el obispo y, a pesar de que ella decía una y otra vez la verdad, la sometieron a tortura. Cuando repitió lo mismo que había dicho en todo momento desde su primera confesión, el obispo, fiel a su papel, la cubrió de insultos.
Tras muchas otras medidas, razonables en el fondo, pero mancilladas por ese espíritu de crueldad que, tras los reinados de Carlos V y de Felipe II, prevalecía con demasiada frecuencia en los tribunales de Italia, el obispo fue condenado a cadena perpetua en el castillo de Sant’Angelo; la abadesa, a vivir encerrada de por vida en el convento de Santa Marta, donde ya se encontraba. Pero la signora de Campireali ya había empezado a cavar un pasadizo subterráneo para salvar a su hija. Este partía de una de las cloacas legadas por la magnificencia de la antigua Roma y debía desembocar en la profunda cripta en la que descansaban los despojos mortales de las religiosas de Santa Marta. El pasadizo, de unos dos pies de anchura, tenía tabiques hechos con tablas para contener la tierra a derecha e izquierda y, a medida que avanzaba, levantaban una especie de bóveda hecha con dos tablones en ángulo, como las patas de una A mayúscula.
Estaban excavando a una profundidad de unos treinta pies. Lo fundamental era dirigir el túnel en la dirección adecuada; cada pocos metros, pozos y cimientos de edificios antiguos obligaban a los obreros a dar un rodeo. La otra gran dificultad eran los escombros, de los que no sabían cómo deshacerse; parece ser que los esparcían durante la noche por todas las calles de Roma. La gente estaba asombrada de la gran cantidad de tierra que caía, por así decir, del cielo.
A pesar de las grandes sumas de dinero que la signora de Campireali gastaba para salvar a su hija, no hay duda de que habrían acabado descubriendo su pasadizo subterráneo de no ser porque el papa Gregorio XIII murió en 1585 y, con el trono vacío, se inició el reinado del caos.
Elena vivía en Santa Marta rodeada de penalidades; podemos imaginar hasta qué punto unas simples monjas, bastante pobres, ponían celo en injuriar a una riquísima abadesa declarada culpable de semejante delito. Elena esperaba con ansiedad los resultados de las obras iniciadas por su madre. Pero de repente su corazón fue presa de una extraña emoción. Hacía seis meses que Fabricio Colonna, viendo el incierto estado de salud de Gregorio XIII, había concebido grandes proyectos para el interregno y había enviado a uno de sus oficiales en busca de Julio Branciforte, tan famoso ahora en los ejércitos españoles bajo el nombre de coronel Lizzara. El príncipe lo llamaba para que regresara a Italia; Julio estaba ansioso por volver a ver su país. Desembarcó con un nombre falso en Pescara, un pequeño puerto del Adriático al sur de Chieti, en los Abruzos, y llegó a la Petrella a través de las montañas. La alegría del príncipe sorprendió a todo el mundo. Dijo a Julio que lo había hecho llamar para nombrarlo su sucesor y para entregarle el mando de sus soldados. A esto Branciforte respondió que, hablando desde el punto de vista militar, aquel cargo ya no tenía ningún valor, y lo probó con facilidad: si en cualquier momento España lo pretendía seriamente, en pocos meses y con pocos gastos acabaría con todos los mercenarios de Italia.
—Pero, con todo —añadió el joven Branciforte—, si así lo queréis, mi príncipe, estoy dispuesto a ir al campo de batalla. En mí encontraréis siempre al sucesor del valeroso Ranucio, muerto en los Ciampi.
Antes de la llegada de Julio, el príncipe había ordenado, de esa forma en que él sabía dar las órdenes, que a nadie en la Petrella se le ocurriera hablar de Castro y del proceso de la abadesa; la mínima habladuría sería castigada con la pena de muerte, sin remisión. En medio del arrebato de amistad con el que recibió a Branciforte, le pidió que no se le ocurriera ir a Albano sin él, y antes de realizar este viaje hizo que mil de sus hombres ocuparan la ciudad, y situó una vanguardia de mil doscientos soldados en el camino de Roma. Juzguemos lo que debió de sentir el pobre Julio cuando el príncipe, tras llamar al viejo Scotti, que todavía estaba vivo, a la casa en la que había instalado su cuartel general, le ordenó que subiera a la habitación que en la que se encontraba junto a Branciforte. Apenas los dos amigos se arrojaron uno en brazos del otro:
—Ahora, pobre coronel —dijo el príncipe a Julio—, espera a oír lo peor.
Tras lo cual apagó la vela y salió, dejando a los dos amigos encerrados bajo llave.
Al día siguiente, Julio, que no quiso salir de su habitación, hizo que pidieran permiso al príncipe para regresar a la Petrella y para no verlo durante unos días. Pero vinieron a comunicarle que el príncipe había desaparecido, al igual que sus tropas. Durante la noche, había tenido noticia de la muerte de Gregorio XIII; se había olvidado de su amigo Julio para irse a rastrear la campiña. Junto a Julio solo quedaba una treintena de hombres pertenecientes a la antigua compañía de Ranucio. Bien sabemos que en aquellos tiempos, mientras el trono estuviera vacante, las leyes desaparecían, que cada cual se preocupaba tan solo de satisfacer sus apetitos y que no había más ley que la fuerza; esa es la razón por la cual, al final del día, el príncipe Colonna ya había hecho ahorcar a más de cincuenta de sus enemigos. En cuanto a Julio, a pesar de que no tenía consigo ni cuarenta hombres, se atrevió a ir hasta Roma.
Todos los sirvientes de la abadesa de Castro seguían siéndole fieles; se habían alojado en unas casuchas cercanas al convento de Santa Marta. La agonía de Gregorio XIII había durado más de una semana; la signora de Campireali aguardaba pacientemente los días de desgobierno que seguirían a su muerte para acometer los últimos cincuenta pasos del túnel. Como había que atravesar las bodegas de varias casas habitadas, mucho se temía que no podría ocultar al público la fase final de su proyecto.
Apenas dos días después de la llegada de Branciforte a la Petrella, los tres antiguos bravi de Julio, que Elena había tomado a su servicio, parecían haber sufrido una especie de arrebato. Aunque todo el mundo sabía perfectamente que ella estaba por completo incomunicada y vigilada por monjas que la odiaban, Ugone, uno de los bravi, llamó a la puerta del convento, e insistió de la forma más insólita para que le dejaran ver a su señora, y de inmediato. Se negaron a permitírselo y lo expulsaron. En su desesperación, el hombre permaneció en la puerta y comenzó a dar un bayoco (cuatro maravedíes) a cada uno de los sirvientes del convento que entraban o salían, diciéndoles estas palabras: «Alegraos conmigo; el señor Julio Branciforte ha llegado, y está vivo: decídselo a vuestros amigos».
Los dos compañeros de Ugone no hicieron otra cosa que traerle bayocos durante toda la jornada, y no dejaron de distribuirlos ni cuando cayó la noche, diciendo siempre las mismas frases, hasta que no les quedó ni una sola moneda. Después, los tres bravi, relevándose entre sí, siguieron haciendo guardia a la puerta del convento de Santa Marta, dirigiendo a los transeúntes aquellas mismas palabras seguidas de grandes reverencias: «El señor Julio ha llegado, etcétera».
El plan de esta buena gente dio sus frutos: en menos de treinta y seis horas después de que entregaran el primer bayoco, la pobre Elena, incomunicada en el fondo de su calabozo, sabía que Julio estaba vivo; estas palabras la sumieron en un estado de frenesí:
—¡Oh, madre! —exclamó—. ¡Cuánto daño me has hecho!
Algunas horas más tarde la asombrosa noticia le fue confirmada por la pequeña Marietta, que, sacrificando todas sus joyas de oro, consiguió permiso para acompañar a la hermana tornera que llevaba la comida a la prisionera. Elena se arrojó en sus brazos llorando de alegría.
—Esto es maravilloso… —le dijo—. Pero no voy a quedarme mucho más tiempo contigo.
—¡Claro que no! —le dijo Marietta—. Estoy segura de que antes de que termine este cónclave vuestra pena de prisión será sustituida por un simple exilio.
—¡Ah, querida! ¡Volver a ver a Julio! ¡Y volver a verlo siendo culpable!
En mitad de la tercera noche que siguió a este encuentro, una parte del suelo de la iglesia se hundió con gran estrépito. Las monjas de Santa Marta creyeron que el convento iba a venirse abajo. Hubo una tremenda algarabía, todo el mundo gritaba que había un terremoto. Aproximadamente una hora después del hundimiento del piso de mármol de la iglesia, la signora de Campireali, precedida por los tres bravi al servicio de Elena, penetró en el calabozo a través del túnel.
—¡Victoria! ¡Victoria, señora! —gritaban los bravi.
A Elena le dieron un susto de muerte; creyó que Julio Branciforte venía con ellos. Después volvió a calmarse, y sus rasgos recuperaron su expresión severa cuando los recién llegados le dijeron que venían solo con la signora de Campireali, y que Julio estaba todavía en Albano, lugar que acababa de ocupar con varios miles de soldados.
Tras algunos instantes de demora, apareció la signora de Campireali; caminaba con gran dificultad, del brazo de su escudero, que venía vestido de gala y con la espada al cinto, aunque su magnífico uniforme estaba completamente manchado de tierra.
—¡Mi querida Elena, he venido a salvarte! —exclamó la signora de Campireali.
—¿Y quién os ha dicho que quiero que me salvéis?
La signora de Campireali se quedó estupefacta; miró a su hija con los ojos abiertos de par en par; parecía enormemente agitada.
—Está bien, mi querida Elena —dijo al fin—. El destino me obliga a confesarte algo, tal vez muy natural después de las desgracias que sufrió nuestra familia en el pasado, pero de lo que me arrepiento. Te suplico me perdones: Julio… Branciforte… está vivo…
—Precisamente porque él está vivo, yo no quiero vivir.
La signora de Campireali no comprendió en un primer momento las palabras de su hija, pero después le dirigió las súplicas más enternecedoras; sin embargo, no obtuvo respuesta: Elena se había vuelto hacia su crucifico y rezaba sin escucharla. En vano la signora de Campireali hizo, durante una hora entera, todos los esfuerzos posibles para obtener de ella una palabra o una mirada. Finalmente, su hija le dijo con impaciencia:
—Bajo el pie de mármol de este crucifijo era donde estaban escondidas sus cartas, en mi habitación de Albano. ¡Más me habría valido dejarme apuñalar por mi padre! Salid de aquí, y dejadme un poco de oro.
Como la signora de Campireali intentaba seguir hablando con su hija, a pesar de los gestos aterrorizados de su escudero, Elena se impacientó.
—Dejadme al menos una hora de libertad; habéis envenenado mi vida y ahora queréis envenenar también mi muerte.
—Controlaremos el subterráneo todavía durante dos o tres horas; ¡me atrevo a esperar a que cambies de opinión! —exclamó la signora de Campireali prorrumpiendo en sollozos.
Y volvió a meterse en el túnel.
—Ugone, quédate conmigo —dijo Elena a uno de sus bravi—, y asegúrate de estar bien armado, muchacho, porque tal vez tengas que defenderme. Déjame ver tu daga, tu espada y tu puñal.
El viejo soldado le mostró sus armas, en perfecto estado.
—Está bien, quédate fuera del calabozo; voy a escribir a Julio una larga carta que tú le entregarás personalmente. No quiero que pase por otras manos que no sean las tuyas, porque no tengo nada con qué lacrarla. Puedes leer todo lo que haya en esa carta. Llénate los bolsillos con todo el oro que mi madre acaba de dejarme; yo no necesito nada más que cincuenta cequíes: déjalos debajo de mi cama.
Tras estas palabras, Elena comenzó a escribir:
No dudo de ti en absoluto, mi querido Julio: si me voy, es porque moriría de dolor en tus brazos, viendo cuán grande podría haber sido mi felicidad si no hubiera cometido una falta. No vayas a creer que he amado a nadie en el mundo aparte de a ti; muy al contrario, mi corazón sentía el más profundo desprecio por el hombre al que admitía en mi habitación. Mi falta fue debida únicamente al hastío y, si se quiere, al libertinaje. Ten en cuenta que mi espíritu, extenuado tras la tentativa inútil que hice en la Petrella, donde el príncipe al que veneraba porque tú lo amabas me recibió con tanta crueldad; ten en cuenta, digo, que mi espíritu, extenuado, estuvo asaltado durante doce años por la mentira. Todo lo que me rodeaba era falso y embustero, y yo lo sabía. Empecé recibiendo una treintena de cartas tuyas; ¡imagina el entusiasmo con el que abrí las primeras! Pero, al leerlas, mi corazón se iba helando. Examinaba la letra, reconocía tu mano, pero no tu corazón. Ten en cuenta que esta primera mentira alteró la esencia de mi vida, ¡hasta el punto de hacer que abriera sin alegría una carta de tu puño y letra! El odioso anuncio de tu muerte terminó de destruir todo aquello que todavía quedaba en mí de los días felices de nuestra juventud. Mi primera intención, como sin duda comprenderás, fue ir a Méjico para ver y tocar con mis propias manos la playa donde, según decían, te habían masacrado los salvajes; si hubiera cumplido este propósito… ahora seríamos felices porque, en Madrid, cualesquiera que fuesen el número y la pericia de los espías que una mano vigilante hubiera apostado a mi alrededor, como, por mi parte, yo habría atraído a aquellas personas en la que todavía queda un ápice de misericordia y bondad, es probable que hubiera averiguado la verdad. Pues ya, Julio mío, tus hazañas habían logrado atraer sobre ti la atención del mundo, y tal vez alguien en Madrid sabía que tu nombre era Branciforte. ¿Quieres que te diga qué fue lo que impidió nuestra felicidad? En primer lugar, el recuerdo de la recepción atroz y humillante que el príncipe me había dispensado en la Petrella; ¡y cuántos obstáculos gigantescos habría tenido que sortear de Castro a Méjico! Ya lo ves, mi alma ya había perdido parte de su empuje. Después, tuve una idea inspirada por la vanidad. Había hecho construir magníficos edificios en el convento, con el fin de poder instalar mi habitación en el cuarto de la tornera, donde tú te refugiaste la noche del combate. Un día, estaba mirando esa tierra que, por causa mía, habías regado tiempo atrás con tu sangre; oí palabras de desprecio, levanté la cabeza, vi frente a mí unos rostros malévolos; para vengarme, quise ser abadesa. Mi madre, que sabía perfectamente que tú estabas vivo, hizo cosas heroicas para obtener este nombramiento extravagante. Para mí, este puesto fue tan solo una fuente de tedio: terminó de envilecer mi alma, empecé a sentir placer demostrando mi poder a través del padecimiento ajeno, cometí injusticias. Me veía a los treinta años, virtuosa a los ojos del mundo, rica, respetada y, sin embargo, completamente infeliz. Entonces apareció este pobre hombre, que era el vivo retrato de la bondad, pero también la ineptitud personificada. Su torpeza fue lo que logró que soportara sus primeras tentativas. Mi alma era tan desdichada por todo aquello que me rodeaba después de tu muerte, que ya no tenía fuerzas para resistir a la más débil tentación. ¿Podré confesarte algo profundamente indecente? Pero ahora me doy cuenta de que a una muerta le está permitido todo. Cuando leas estas líneas, los gusanos estarán devorando esta supuesta belleza que habría debido de estar reservada solo para ti. Finalmente es necesario que te diga eso que tanto esfuerzo me cuesta confesar: no veía por qué tendría que dejar de probar el amor irreverente, como hacen todas nuestras damas romanas. Tuve una intención libertina, pero nunca pude entregarme a ese hombre sin experimentar una sensación de horror y de repugnancia que aniquilaba todo el placer. Seguía viéndote a mi lado, en nuestro jardín del palacio de Albano, cuando la Madona te inspiró aquella idea generosa en apariencia, pero que sin embargo, a causa de mi madre, ha supuesto la mayor desgracia de nuestra vida. No parecías en absoluto amenazador, sino tierno y bueno, como lo eras siempre. Me mirabas; entonces yo sentía un arranque de cólera contra ese otro hombre y llegaba incluso a golpearlo con todas mis fuerzas. He aquí toda la verdad, mi querido Julio: no quería morir sin revelártela y al mismo tiempo pensaba que tal vez esta conversación contigo alejaría de mí la idea de morir. Ahora comprendo mejor que nunca cuán grande habría sido mi alegría al volver a verte, si me hubiera conservado digna de ti. Te ordeno que vivas y que continúes esta carrera militar que me ha causado tanto gozo cuando he tenido noticia de tus éxitos. ¡Qué habría sucedido, Dios mío, si hubiera recibido tus cartas, sobre todo después de la batalla de Aquena! Vive, y recuerda a menudo a Ranucio, muerto en los Ciampi, y a Elena, que, para no ver el reproche en tus ojos, ha muerto en Santa Marta.
Al terminar de escribir, Elena se acercó al viejo soldado, al que encontró durmiendo; se apoderó de su daga sin que él lo notara, y después lo despertó.
—He terminado —dijo—. Tengo miedo de que nuestros enemigos se apoderen del túnel. Ve rápidamente a coger mi carta, que está sobre la mesa, y entrégasela a Julio en persona; en persona, ¿lo entiendes? Además, dale este pañuelo que te entrego; dile que en este momento lo amo tanto como lo he amado siempre; siempre, ¿lo entiendes bien?
Ugone estaba de pie, pero no se iba.
—¡Ve, te digo!
—Señora, ¿lo habéis pensado bien? ¡El señor Julio os ama tanto…!
—Yo también lo amo. Coge la carta y dásela en persona.
—Está bien, que Dios os bendiga. ¡Sois tan buena!
Ugone fue, y volvió de inmediato. Encontró a Elena muerta. Tenía la daga clavada en el corazón.