País Relato - Autores

soledad pérez cerdà

la cafetera

ÉL
ÉL deja lo que está haciendo, apaga la pantalla de su ordenador, recoge los bolígrafos y los mete en el bote que su hermano le trajo de Tailandia, justo al lado de la foto de su esposa con su hijo mayor. Siempre olvida traer una nueva en la que salga el pequeño también. Mira por encima de su mesa y observa a los compañeros. Fija su atención en el reloj. Escucha los teclados típicos de oficina a las diez de la mañana. Quedan solo tres minutos para que sea su hora de ir a almorzar y ya está ocioso. Coloca el bloc de notas en su sitio, apila los papeles que tenía tirados por encima de la mesa y, en definitiva, hace como que ordena antes de levantarse para ir a la cocina.
ELLA
ELLA acumula trabajo desde hace dos semanas. Redacta deprisa el tercer informe de la mañana y suspira, al tiempo que mira cómo avanza el reloj. Se pregunta si hoy volverá a salir tarde. Para un momento, sorbe un poco del té negro con leche que preparó hace dos minutos, aprovechando para calentar sus manos con el tacto de la taza con mensaje positivo que no recuerda muy bien de dónde compró. Vuelve a mirar la hora, deja la taza en su posavasos y reanuda la escritura a la velocidad correspondiente según aquel curso de mecanografía que hizo cuando era adolescente. Suena el teléfono, da un pequeño salto en la silla, del susto. Y de un movimiento torpe y sin querer, se tira la taza de té caliente encima de las piernas. Se habían equivocado.
LA COCINA
La cocina de la empresa es igual que la página cuatro del catálogo de Ikea, sección cocinas. Al lado del fregadero hay una colección de tazas, con sus ganchos correspondientes, colgadas todas hacia la derecha, cortesía del trastorno obsesivo compulsivo del vicedirector, que también aprovechó ayer para dejar todos los taburetes apilados debajo de la barra, con sus patas paralelas a las líneas de las baldosas del suelo.
ÉL, como todas las mañanas a la misma hora, prepara su tostada al tiempo que se escucha el burbujeo del café, que ya sube. Se pregunta cuándo se estirará el jefe y comprará una buena máquina de café expreso y se deshará de aquella cafetera gris parecida a la que tenía su abuela que hace café para toda la empresa y no para él solo, tan cargado como le gusta.
ELLA entra a la cocina apurada, maldiciendo el puñetero té negro con leche que tanto le gusta. Pasa por delante de la barra sin prestar mucha atención a ÉL, que deja caer el queso encima de la sobrasada con la que acaba de untar la tostada. El almuerzo es importante. Se toma su tiempo.
ÉL la observa en silencio, mientras ELLA va y viene por la cocina, con los pantalones mojados y buscando un trapo con el que limpiarse o secarse, sin saber muy bien cómo hacerlo. ELLA no presta atención a su mirada, piensa en el tiempo que está perdiendo y confirma lo que ya intuía, y es que hoy, como el resto de la semana, saldrá tarde.
EL TRABAJO EN LA OFICINA
El día avanza despacio para ÉL, le sobran horas y está deseando que sean ya las siete de la tarde para salir. Posiblemente se pasará por el club de tenis, no sin antes tomarse otro café (esta vez con leche). Al pequeño le está costando dormir y las noches están siendo duras. Su mujer le preguntará qué tal el día y ÉL hará una mueca ladeando el labio al tiempo que levanta los hombros.
Para ELLA, en cambio, el día avanza demasiado deprisa. No consigue entender por qué se le acumula tanto el trabajo. No sabe si es que no consigue coger un buen ritmo o que la empresa la está saturando. Tampoco tiene punto de comparación, su única experiencia laboral anterior a la oficina fue doblar camisetas en una tienda de ropa.
Las cinco de la tarde, ÉL revisa tres e-mails del encargado de compras y contesta a dos de ellos, urgentes. Revisa los datos del último trimestre, tal y como le mandó su encargado y descubre una caída en las ventas en las dos últimas semanas, ligadas posiblemente a las vacaciones de Semana Santa.
Las seis de la tarde, ELLA termina lo que tenía planeado terminar a las cinco. Mira por encima de su ordenador y echa un vistazo al ritmo de trabajo que lleva el resto. ¿Acaso es ELLA la única que está agobiada? En un ir y venir de miradas, sus ojos se cruzan con los de ÉL, que juega a ladearse de un lado al otro con su silla reclinable. ÉL hace un gesto con los ojos, como queriendo saludar sin hablar. ELLA responde con una sonrisa un poco forzada, como queriendo saludar sin hacerlo.
Las siete menos cuarto. ÉL recibe una llamada por la línea dos, lo requieren en contabilidad. ELLA lo mira levantarse y salir hacia el pasillo, refunfuñando por lo bajo. ÉL, ya en el despacho, recibe un rapapolvo por parte del encargado de compras y el contable. Al parecer pasó por alto la justificación de los gastos de la última campaña de publicidad y hubo más pérdidas de las que constaban y que nada tuvieron que ver con la Semana Santa. Tendrá que aclarar mejor los datos. Adiós al club de tenis. ELLA lo observa, con curiosidad, volver a su silla con el ceño fruncido.
LOS HECHOS
Las siete y cuarto. Por el pasillo se observa salir ya los últimos compañeros de ventas y contabilidad. La señora de la limpieza, con la música enganchada a sus orejas, como siempre, empieza a quitar el polvo en los despachos principales. Los jefes siempre son los primeros en marcharse. La oficina se ha vaciado y ELLA mira el reloj al tiempo que suspira. ÉL todavía no ha caído en la cuenta de que ya solo quedan ellos dos en la oficina.
ÉL, que ha aumentado considerablemente su ritmo de trabajo, se pregunta a qué hora acabará hoy finalmente, mientras se levanta deprisa. Necesita un café, solo. ELLA, curiosa, lo sigue hasta la cocina, esperando desconectar un poco con una charla breve y poder continuar después con la cabeza más despejada.
ÉL llena de agua la base de la cafetera, pone con cuidado el café en el compartimento correspondiente con una cucharilla, tirando algunos granitos sobre la encimera. Enrosca la cafetera y la pone al fuego. ELLA calienta agua para su té y lo observa recoger los granos de café con una mano para luego tirarlos al fregadero.
ÉL, que no había recaído en su presencia, se voltea y se asusta. ELLA le pide perdón, no era su intención, mientras esboza una inocente sonrisa. ÉL se siente atraído hacia esa chica que llegó hace dos meses y que siempre se va la última. Se acerca lentamente hacia ELLA, que lo ve venir y no retrocede. ÉL está enfadado por la discusión con contabilidad, pero piensa que finalmente hoy puede acabar siendo un buen día. ELLA, que todavía no conoce a mucha gente en su trabajo, piensa que quizás ÉL le pueda enseñar algún bar por la zona para tomar unas cervezas y charlar un rato al salir de la oficina.
ÉL le pregunta el motivo por el cual sigue en la oficina a esas horas. ELLA le resume brevemente el caos que tiene con los informes comerciales, esperando cambiar de tema y pasar a hablar de salir a tomar algo. ÉL acorta distancias. ELLA se extraña. ÉL le retira el pelo de la cara y se lo coloca detrás de la oreja. ELLA desconcertada, ahora sí, retrocede un paso. ÉL la coge de la mano, queriendo que ELLA se acerque. ELLA, poco acostumbrada a esa confianza sin apenas conocerse, se violenta un poco y le suelta la mano de forma un poco brusca.
ÉL, que ya tenía bastante hoy con salir tarde, se enfada. ¿Acaso no le ha hecho una sonrisa picarona esta tarde? ¿Acaso no lo ha estado mirando ir y venir del despacho de contabilidad? ¿Acaso no ha venido ahora a la cocina a buscarlo?
ÉL, furioso, la coge del pelo, y ELLA no puede más que retorcerse mientras se agacha de cuclillas, esperando que ÉL la suelte. Pero eso no sucede. ELLA se levanta, pero ÉL no la suelta. ELLA da manotazos y puñetazos sobre ÉL, que aprovecha el forcejeo para cogerle un brazo y girárselo hacia atrás. ELLA grita de dolor y ÉL no puede más que excitarse. Eso es lo que les gusta a todas, piensa. La arrastra hacia la encimera y la empuja contra ella. ELLA siente su aliento en la nuca. Le pide que la deje en paz y ÉL le pregunta si no es eso lo que estaba deseando con tanta miradita. ELLA le dice que no. Con un gesto agresivo ÉL le baja los pantalones y las braguitas. Se agacha y arrastra su nariz desde sus nalgas hasta su cuello, mientras pasa la mano derecha por delante y toca con fuerza su vagina. ELLA llora, tiembla y escucha el café, que empieza a subir por la cafetera.
LA CAFETERA
ÉL se baja los pantalones y los calzoncillos a la vez, se escupe en la mano y se restriega el pene. Lubricar es importante. Pone una mano en la nuca de ELLA, para conseguir que se agache y, desde atrás, la penetra con violencia mientras ella grita y siente cómo el dolor llega a sus entrañas. Se deja hacer, esperando que todo acabe y observa la cafetera, por la cual ya rebosa el café. Con un acto reflejo y sin pensarlo la coge por el mango y vacía su contenido hacia atrás, consiguiendo que el café abrase la cara de ÉL, y sus nalgas, pero ese dolor ELLA ya no lo siente. Consigue así que ÉL salga de ELLA y en un movimiento rápido y limpio ELLA, con esa cafetera vieja, da un golpe seco sobre su cabeza, haciéndolo caer en redondo.
Afuera, la señora de la limpieza pasea con su carrito hacia el departamento de comercial.