País Relato - Autores

silvia sandoval

tras los pasos de la verdad

Capítulo 1
15 de junio de 1995
El día en que la vida de Milagros cambió, comenzó como cualquier otro.
—¡¡Victorianaaaaaa!! ¿Dónde están los álbumes de los abuelos? Mañana tengo que llevar fotos viejas a la escuela y, dado que tus queridos padres pertenecen a la era prehistórica, pensé en usar una de ellos.
—Milagros, te voy a decir tres cosas. Uno, me llamo Victoria y soy tu madre, así que más respeto. Dos, cuando les empieces a pedir cosas a tus abuelos, les voy a hacer saber que pensás en ellos como fósiles. Tres, las fotos están en el altillo, dentro de una caja.
—¡Ufa, mamá, no te aguantás ninguna bromita!, ¿eh?
—Dejá de hacerte la graciosa, andá a buscar eso, que en quince minutos cenamos.
—¡Ok, vieja!
—¡Vieja te voy a dar! Aunque tengas dieciocho años, igual vas a recibir un tirón de orejas si seguís en modo chistosa.
Milagros subió las escaleras que la conducían al altillo riéndose. Le encantaban esos intercambios con su mamá. Qué mujer increíble, siempre luchadora, con ánimo para todo, y lo mejor, era suya. La más increíble del mundo.
Una vez en el altillo, revolvió cajas y cajas, encontró todo tipo de recuerdos, desde su primer zapato hasta dibujos. Definitivamente su increíble madre entraba en la categoría de acumuladora, guardaba todo.
Detrás de todos los bultos, encontró uno más pequeño. Estaba envuelto en papel de seda, muy cuidado. Al abrirlo, se encontró con una mantita rosa, ropita y un sobre.
Siempre fue una persona curiosa, sus manos picaban por ver qué había dentro de dicho sobre de color marrón. Su afán por saber pudo más, lo abrió y sacó los papeles. Comenzó a leer y a medida que lo hacía, su corazón se desbocó, sus manos sudaban e incontenibles lágrimas comenzaron a caer por su rostro.
15 de agosto de 1977
Querida Victoria:
Seguramente estarás consternada ante lo que encontraste delante de tu puerta, así como con el contenido de esta carta.
Sé que nunca fuimos las mejores amigas, Dios sabe que fui una perra odiosa. Quizá si me hubiera acercado más a gente como vos, hoy no estaría haciendo esto. Lamentablemente, ya no hay vuelta atrás. Mis sueños y convicciones me llevaron a pelear y reclamar lo que creí justo; hoy me doy cuenta que la manera de hacerlo no fue la más acertada.
Estoy convencida de que al ver la carita de ese angelito inocente, no le darás la espalda. Ella no tiene ninguna culpa de lo que pasa ni de lo que pasó, pero ser mi hija solo le traerá dolor y penurias.
Es por eso que te la estoy entregando. Dentro de este mismo sobre encontrarás los papeles de adopción firmados, así como un poder, donde te cedo todos los derechos.
Su nombre es Milagros, porque eso fue para mí el día que me enteré que estaba embarazada.
Te estarás preguntado por qué. En todos los años que te conozco, a pesar de no ser amigas, solo vi bondad en vos, tenés amigos fieles y leales, porque sos de la misma forma con ellos.
Jamás te oí hablar mal de nadie, al contrario, sos de las que si no tienen nada bueno que decir, no dicen nada.
Es por todo eso y más que decidí entregarte a mi bebé, con la convicción de que serías mejor madre de lo que nunca podré ser.
Puede que mi destino sea desaparecer como tantos otros, pero, si sé que mi niña está en tus manos, afrontaré mi destino con la frente en alto y con la entereza necesaria para no quebrarme.
Te ruego, te suplico, te imploro que la cuides y la quieras. Ella no llegó a este mundo para sufrir y por ello hago lo correcto al alejarla de mi lado.
Soy consciente de que lo que te pido es demasiado y hasta peligroso, pero por lo más sagrado, protégela. No dejes que se la lleven como a tantos otros. No conocerá a sus padres, pero al menos, al estar a tu lado, se criará en un ambiente distinto, sin relación con esta guerrilla que nos separa cada vez más.
No te pido que le hables de mí. Críala como si fuera tu hija, que nunca sepa que fue concebida bajo los fuegos cruzados y que sus padres pueden terminar desaparecidos o en el fondo del mar. Ella no necesita enterarse de lo triste que fue la vida de quienes la trajeron al mundo.
Sin embargo, a vos sí te confieso que la amo con todo lo que tengo, con todo lo que soy. Por ella doy mi vida y voy a pelear hasta mi último aliento para que su futuro no se vea truncado, para que pueda creer en algo sin ser atacada, apresada o amenazada por ello.
Ella será el motor de mi incansable lucha por un país libre.
Mírala y sabrás que ella te va a necesitar a vos, y solo a vos.
Mi corazón se queda con ella, pero mi alma guerrera sale a pelear por su futuro.
Luisa
Con manos temblorosas, Milagros dejó la carta. Nunca supo que era adoptada, jamás lo imaginó siquiera. A pesar de que la persona que escribió la carta, su madre, le pedía que no se lo contara, ella tenía todo el derecho a saberlo.
¿Y ahora? ¿Qué haría? ¿Le dirían la verdad si preguntaba?
No podría reprocharle nada a su mamá, pues ella había sido y era la mejor del mundo, la única que siempre estuvo ahí para ella. Eso, sin embargo, no la disuadía de buscar la verdad.
Las cuentas que sacó la ubican en la época de la dictadura. ¿Habrían terminado sus padres biológicos en el fondo del mar? ¿Estarían sus caras junto con las de todos los desaparecidos?
Su cuerpo entero se sacudía, y sus dientes castañeaban, las lágrimas seguían cayendo.
Tomó una profunda respiración y lo decidió.
Necesitaba la verdad, saber quiénes fueron sus padres biológicos, conocerlos a pesar de que ya no estuvieran. Sabía, en el fondo de su alma, que su mamá, su querida y amada mamá, la acompañaría en este viaje de reconocimiento.
Con los objetos en la mano, bajó del altillo con la resolución en su rostro y en su corazón.
Capítulo 2
Su mamá seguía en la cocina preparando la cena; cuando la escuchó bajar del altillo, levantó la mirada para preguntarle si había encontrado lo que buscaba.
—¿Estaban las fo…? ¿Qué pasó? ¿Por qué llorás?
Milagros no le pudo contestar debido al nudo que tenía en la garganta, solo levantó las manos y le mostró a su madre las cosas que había encontrado.
Victoria bajó los ojos hacia los objetos y no pudo evitar que las lágrimas se le cayeran.
—¿Me odias, hija?
—No, mami, simplemente no lo entiendo, explícame, por favor —pidió entre sollozos desgarrados.
—Esa fue una época muy dura, mi amor, hablar alto y claro, apoyar lo que uno creía era castigado.
—Igual quiero saber. Lo necesito, porque ahora siento que todo a mi alrededor se está desmoronando. Me estoy cayendo a pedazos.
Corrió y abrazó fuerte a su hija, sus piernas cedieron y ambas se quedaron abrazadas, arrodilladas en el piso, mientras se mecían.
Así, entre llantos, Victoria le contó lo vivido en la época de la dictadura, las desapariciones, los fusilados en intentos de motín, las amenazas constantes. Le habló de quiénes fueron liberados años después, y de cómo estos contaron las atrocidades que padecieron mientras estaban cautivos.
No se guardó nada, incluso le mostró algunos libros que se escribieron relatando los hechos.
Cuando ya no quedaron más palabras y las lágrimas se secaron, se miraron la una a la otra.
Victoria fue la primera en hablar.
—Mili, no hay nada que no haría por vos. Si es tu deseo buscar a tus familiares biológicos, voy a estar al lado tuyo.
—Gracias, mami, quiero saber de dónde vengo y conocer a mis padres biológicos, al menos enterarme cosas sobre ellos por quienes los tuvieron más cerca.
—Te entiendo, mi vida, y mañana mismo nos ponemos a buscar toda la información. Incluso voy a llamar a Abuelas para ver si tienen más datos.
—No podría pasar por esto sin vos. Te amo, mamita.
—Y yo a vos, mi tesoro.
—Ahora, vamos a comer y a descansar. Mañana es el comienzo de una nueva vida, para las dos.
—Sí, lo entiendo y estoy lista. No en vano soy tu hija.
Se sonrieron, se sentaron a comer en silencio. Una vez terminada la comida, se despidieron deseándose buenas noches.
Capítulo 3
Sentada en su bar favorito, Milagros revolvía su café mientras leía algunos archivos y libros que había encontrado en la biblioteca. Tendría una cita con Abuelas la próxima semana. Eso la ponía muy nerviosa, porque no sabía con qué podía encontrarse.
Hacía una semana que había descubierto la carta y desde ese entonces, junto a su madre, buscaban todo tipo de información. Luisa se había llevado con ella el nombre de su padre, pero eso no las disuadía de seguir buscando.
Estaba tan absorta leyendo, que no se dio cuenta de que alguien estaba parado frente a ella.
El visitante tuvo que aclararse la garganta para llamar su atención.
Levantó la vista y se quedó con la boca abierta. Porque ahí, a centímetros, estaba Franco. El chico más lindo que hubiera visto nunca. Él era seis años mayor que ella, pero eso nunca la desanimó a estar locamente enamorada de él, desde que lo viera por primera vez, años atrás.
Siempre la trató con cordialidad, pues era amiga de su hermana. Él la veía como una hermanita más, y eso a ella la volvía loca. Cuando terminó sus estudios, se trasladó a La Plata, para continuar con la facultad.
Para ella, fue una tragedia que egresara y no volviera a verlo. Él era la causa por la que nunca faltaba a clases y por la que visitaba muy a menudo a Leti, aunque la adoraba y eran las mejores amigas.
—Hola, Mili ¿Cómo estás? Tanto tiempo. ¿Me puedo sentar?
—¡Hola, Franco!, ¡qué sorpresa! Sí, por favor. ¿Estás de visita? ¿Tus estudios cómo van?
—En realidad, ya terminé la carrera y ahora vine a descansar un poco. En enero ya empiezo a trabajar en un laboratorio. Y para que no sea tan monótono, voy a dar clases en la facultad.
—¡Wow! Sos un genio. Yo no sé ni lo que voy a estudiar, y vos ya sos un bioquímico y, además, profesor. Te felicito.
—Gracias, pero es cuestión de esfuerzo y mucho sacrificio. Pero bueno, contame vos. ¿En qué andas? Estabas muy concentrada leyendo, ¿se trata de un trabajo para el colegio?
Y fue ahí, cuando mencionó su lectura, que Milagros sintió llenarse sus ojos de lágrimas. Apartó la mirada para que no la viera, pero fue demasiado tarde.
Franco la tomó de la barbilla, giró su rostro y se la quedó mirando.
—Podés confiar en mí y decirme qué está pasando.
—Es una historia bastante dura, no quisiera aburrirte con mi charla. Seguro tenés mejores cosas que hacer, que escuchar a una nenita, como siempre me llamaste.
—Ya no lo sos, Mili, y no me aburrís para nada. Contame, por favor.
Ella no iba a negar que, pese al dolor que le provocaba su historia, se sentía en el cielo. Franco la estaba tocando y le estaba hablando como a una adulta. Respiró profundamente y procedió a contarle lo que le pasaba. Él le tomó la mano y en ningún momento dejó de acariciarla o de darle un apretón consolador a medida que la historia se iba volviendo más oscura.
—Y bueno, esto me está pasando. Ahora no hago más que buscar información y tratar de encontrar la verdad, de saber lo que les pasó.
—Es muy fuerte todo esto, pero sos una persona luchadora, estoy seguro de que le podés hacer frente a todo lo que venga.
—Gracias por la fe —le dijo con una sonrisa.
—A mí no me agradezcas nada, nenita —contestó guiñándole un ojo. —¿Te puedo ayudar en algo? Ahora que no tengo ninguna obligación, hasta que arranque con el nuevo trabajo, tengo todo el tiempo del mundo. Te podría acompañar o colaborar buscando información también.
—¿En serio? ¿Me ayudarías?
—En un segundo.
Se quedaron en silencio, tomados de las manos. Cada uno sumido en sus pensamientos.
Capítulo 4
Un mes y medio había pasado, donde Milagros, Victoria y Franco formaron un equipo muy unido. Cada uno aportando más piezas al rompecabezas.
Milagros finalmente pudo hablar con Abuelas, y gracias a los datos aportados por su madre, pudieron hallar a Luisa dentro de la lista de desaparecidos.
Se supo que el último lugar donde estuvo detenida fue en la ESMA, lo que los llevó a confirmar la sospecha de que terminó en el fondo del mar.
Tiempo después, con el análisis de ADN, pudo dar con su papá. Se llamaba Luis y estuvo en "El Vesubio". Al escuchar su nombre, le produjo sonrisas de simpatía, pues eran Luisa y Luis.
El día que pudo encontrarse con sus familiares biológicos fue un torbellino. Recibió besos y abrazos, les mostraron fotos e incluso conoció a sus tíos y primos.
Se sentía abrumada.
Franco, que siempre las acompañaba a todos lados, la estaba observando. Se acercó a ella y, pidiendo permiso a todos, se la llevó para que tomara un poco de aire.
El momento era único, pues el reencuentro había sido muy esperado, pero entendieron la necesidad de salir y despejarse de Milagros. Estaban todos en shock, pues el día que Luisa y Luis fueron tragados por el espanto, sus familiares vivieron una pesadilla constante. Estar, ahora, ante su hija era como un soplo de esperanza. Pese a que ya era una adolescente, no perdían la fe de poder formar parte de la vida de ella.
Franco la acompañó al banco de la plaza, se sentaron muy juntos y la abrazó con fuerza.
—¿Estás bien, Mili?
—Siento que estoy flotando y me estoy perdiendo. Es todo tan irreal.
—Yo nunca voy a dejar que te pierdas, acá voy a estar para agarrarte de las patas cuando empieces a flotar.
—Gracias, Franco, gracias por estar conmigo cuando nada te ata.
—En eso te equivocas.
Milagros levantó la mirada, y sus ojos quedaron trabados con los de él. Su respiración quedó atascada cuando él, lentamente, bajó su boca para encontrarse con la suya. Primero muy suavemente, como con miedo a que ella se retirara. Ella le respondió entusiasmada y Franco se lanzó a darle un beso más profundo y lleno de emociones. Milagros, gimió y se abrazó a su cuello, se entregó al beso, se entregó a él.
Se separaron despacio, no queriendo terminarlo.
Ambos jadeaban, pero mientras se reconocían, sus miradas estaban cargadas de sentimientos. Se sonrieron mutuamente y, sin palabras, se prometieron que después de la reunión hablarían.
Cuando sus respiraciones se calmaron, se tomaron de la mano y entraron nuevamente. Ella estaba mucho más tranquila, pero su corazón estaba hinchado de alegría, no podía creer lo que había pasado.
Al volverse a encontrar con quienes los esperaban en la oficina de reunión, repasó una mirada sobre todos los presentes. Su madre, sonriéndole con complicidad; sus abuelas, sus tíos y primos, mirándola con incertidumbre. Al ver esas caras de ansiedad, supo que ya no podría darles la espalda, por lo que, tomando aire profundamente, les dijo:
—Solo les pido que me den tiempo para acostumbrarme a la presencia de ustedes, que son mis familiares.
—Milagros, dijo su abuela materna, estamos profundamente agradecidos de haberte podido encontrar, de poderte conocer. El tiempo pasó, y ya sos una mujer, pero te pedimos que no nos alejes, nosotros vamos a esperar hasta que puedas querernos.
—Nosotros —habló su tío —siempre pensamos en vos y nos mataba el alma saberte perdida, que nunca nos fueras a conocer, a vivir con nosotros. Es cierto que el tiempo siguió, que no sos una nena chiquita, y el simple hecho de que nos pidas tiempo para acostumbrarte a nuestra presencia es suficientemente bueno, pues hasta ahora casi no teníamos esperanza de verte. Te quisimos desde que eras un puntito en la panza de tu mamá. Y hasta ahora nunca dejamos quererte. Por favor, no te olvides de eso.
Milagros lloraba sin parar, las palabras que le estaban diciendo eran las más hermosas.
Cuando comenzó con este camino para buscar la verdad de su origen, nunca pensó que iba a conocer a personas tan maravillosas. Ellos habían vivido el horror de cerca y, sin embargo, pudieron salir a flote; a pesar de las cicatrices que les dejó la época de la dictadura, nunca perdieron las fuerzas.
Sollozando, trató de darle palabras a sus sentimientos.
—Quizá la vida nos separó al principio, pero al final estamos acá reunidos. No me van a perder a mí también. Yo quiero formar parte de sus vidas y que ustedes sean parte de la mía.
—Tenés una entereza y una fuerza envidiable —habló su abuela paterna. —Verte es mirar a mi hijo, otra vez. Gracias por permitirnos, después de muchos años, volver a llorar. Aunque esta vez el motivo sea más feliz. Perdimos a nuestros hijos, pero te tenemos a vos; si bien el vacío por sus ausencias quedará por siempre, podemos brindarte todo el amor que no les pudimos dar a ellos.
Las lágrimas fluían como río y se dieron, con besos mojados y abrazos, todo el cariño que les fue negado.
Hoy era un nuevo día para todos ellos, un nuevo comenzar. La esperanza había resurgido con más fuerza.
Capítulo 5
Ya en su casa, Milagros, Victoria y Franco se hallaban sentados en la cocina, tomando mates y hablando sobre lo que había pasado en la reunión.
—Bueno, chicos, estoy rendida, me voy a dormir. Franco, un millón de gracias por haber estado hoy. Fue muy importante tu presencia.
—No hay nada que agradecer, en serio —le sonrió.
—Buenas noches, que descansen —se despidió dándoles un beso a cada uno.
—Buenas noches, mamita, te quiero mucho. —Le devolvió el beso y la abrazó bien fuerte.
—Yo también, mi amor, te quiero con el alma. Sos lo más hermoso que la vida y Luisa me dieron.
Una vez que Victoria se retiró, Franco y Milagros se quedaron sentados uno al lado del otro; ella fue la primera en romper el silencio
—¿Te arrepentiste de lo que pasó? Yo no te culparía, la situación fue rara y quizá nos dejamos llevar.
—¿Me estás diciendo que reaccionaste así conmigo por la situación? ¿Te daba igual que sea yo u otro?
—¡No! Franco, yo… Vos… entonces… —tartamudeó
—Entonces ¿qué? —la cortó. —Decime la verdad, si no sentís lo mismo que yo, lo voy a entender. Yo sé que me tiré de cabeza, pero me pasan cosas muy fuertes con vos, Mili. Si no te pasa nada conmigo, igual podemos ser amigos. Nunca te daría la espalda por no corresponderme.
—Franco… Yo…
—¿Vos qué, Mili? ¿Vos qué? —expresó con súplica en la voz.
—Yo te amo —dijo rápidamente. —Desde siempre; desde que llevaba trenzas estoy profundamente enamorada de vos.
—Eso es lo más lindo que me dijeron. Y para que lo sepas, de ahora en adelante vas a ser mi nenita. No acepto un no por respuesta.
—¿Y eso por qué? —lo increpó con una sonrisa.
—Porque yo también te amo. Quizá fue por pasar por esto juntos, quizás el estar tan unidos buscando la verdad sobre tus orígenes, no sé. Lo único que te puedo asegurar es que no me pudo imaginar sin vos, que te quiero en mi vida todos los días. Así que ya lo ves, me convertiste en un tonto enamorado. ¡Hey! No llores, ¿tan mala fue mi declaración? —bromeó.
—No, todo lo contrario. No sabes lo que soñé con este momento. Con vos y yo juntos. Me cuesta creer que estés acá diciéndome que me amas. Te amo muchísimo, Franco, y yo también te quiero en mi vida, para siempre.
Y así, sin preámbulos, se besaron y abrazaron apasionadamente, trasmitiendo en ese beso todo el amor que sentía el uno por el otro.
Ese día también fue un nuevo comienzo para ellos; ese día los uniría para siempre.
Epílogo
15 de junio de 2006
Una mujer de mediana edad pronunció su nombre.
—Milagros Ancina.
Respiró hondo, se levantó y se acercó al micrófono del auditorio donde la esperaban muchas personas para oír su caso. Le había tomado muchos años juntar el valor para hablar de lo que había descubierto, para contar su vivencia personal, para encontrar respuestas a sus dudas.
Mientras buscaba la verdad, pensaba que era increíble cómo se desconocían muchas cosas cuando la historia no te tocaba de cerca. Ese fue su caso.
En el colegio, había estudiado parte de lo que pasó en esos años, pero como típica adolescente, prestó la atención suficiente para aprobar y ni se interesó en profundizar el tema.
El día que descubrió la carta que cambió su perspectiva para siempre, tenía dieciocho años recién cumplidos. Había sido uno de los momentos más terribles de su corta vida. A su mente joven le costaba entender lo ocurrido. Peor aún fue intentar procesar todo lo que vendría después.
La información, las conjeturas de lo que fue de sus padres biológicos, el saber por boca de quienes vivieron el horror con ellos en cautiverio, lo que pasaron juntos, conocer a sus familiares y tratar de entablar una relación.
Tardó años en poder reunir las piezas del rompecabezas y tratar de armar una historia a través de ellas.
Hoy, después de ocho años de descubrir la verdad, se encontraba en el auditorio para dar una charla, para contar cómo era su vida antes de descubrir la verdad y qué aconteció después de que todo saliera a la luz.
Su caso fue diferente, debido a que su madre biológica la dejó al cuidado de una persona maravillosa antes de que la oscuridad la alcanzara. Y por ello siempre le estaría agradecida, porque su mamá adoptiva fue su compañera fiel en toda la cruzada, ayudándola, apoyándola y consolándola cuando se topaba con una pared a la hora de buscar la verdad.
Así que ahí estaba Milagros, tratando de no temblar mientras contaba su caso y respondiendo las preguntas que caían sin cesar.
Antes de finalizar con su testimonio, les dijo unas palabras a los presentes.
—No soy tan ingenua de creer que quienes querían un país mejor obraron siempre bien. Claramente, el dicho «a la violencia se responde con más violencia» se aplicó en este caso. Esta guerra nos pasó, es parte de nuestra historia; por ella se perdieron vidas irremplazables y se destrozaron creencias y valores irrecuperables. Por favor, no olvidemos y trabajemos para que nunca más vuelva a pasar.
La sala estalló en aplausos.
Cuando la charla terminó, pudo respirar, pues había contribuido con la historia y, por sobre todo, aportó su granito de arena para que ni sus padres ni las víctimas fueran olvidados.
Bajó del estrado y fue al encuentro de Franco, su amor, su compañero, su todo. Él le susurró:
—Lo hiciste muy bien, nenita, ahora vamos a casa y ¡vivamos!
—Sí. Vivamos una vida plena y feliz, juntos.
—Siempre juntos, mi amor.
Y sellaron esa promesa con un profundo beso y un fuerte abrazo, trasmitiéndose sin palabras lo que sentían el uno por el otro.