UNO
El teléfono sonando en medio de la noche es como el disparo de un arma en el oído.
—¿Quién?
—Yo, ¿quién si no?
Me senté en la cama.
—¿Te parece una hora decente para llamar?
—No me importa la hora, y no soy una persona decente. —Los mismos modales de siempre—. Estoy en el aeropuerto. Te necesito aquí, ya mismo. Llegó Spike.
—¡Sissy, por favor! No estoy de humor para bromas pesadas; son más de las tres.
—Pensaste que nunca sucedería. Llegó Spike. Y no está solo. Está con…
Corté la comunicación con brusquedad. Sabía que Sissy no volvería a llamar. Sissy sabía que yo iría al aeropuerto a pesar de las quejas. Ambos sabíamos que algo importante estaba a punto de ocurrir. Encendí la luz y miré a mi alrededor; me sentí desolado, desamparado. A partir de ese momento, y vaya a saber hasta cuándo, no sería dueño de mis cosas, de mis decisiones, de nada. Me despedí de mí con lágrimas en los ojos y me zambullí en el laberinto.
DOS
Describir un aeropuerto es casi tan superfluo como relatar los pasos que se siguen a diario para cumplir con la higiene personal. Pero si no hay más remedio… Sissy no estaba a la vista y mi temor de que las autoridades de la aduana obligaran a Spike a pasar una rigurosa inspección de equipaje me anudó la garganta. Para calmarme observé a los viajeros que recibían o despedían a sus familiares y amigos. El aeropuerto estaba repleto de personas que formaban semicírculos alrededor de los asientos y los mostradores de las compañías aéreas; no tenían la menor idea de que yo puedo descifrar los presagios inscriptos en las configuraciones. El mensaje que la gente formaba en ese momento, al agruparse diseñando líneas limpias y elementales, era perturbador. Soy Spike, no un fraude. Philip Dick ha resucitado y está conmigo.
El término imposible no cabe en mi vocabulario. Si Spike decía que había traído a Dick era porque Dick estaba con él. No importaba que el escritor llevara treinta años muerto. Ésa sólo era la versión oficial de los hechos, la versión para tontos sin imaginación. Creer o no creer no es la cuestión. Creo, aunque no los he visto jamás con mis propios ojos, que los tres módulos viajan hacia Marte desde hace once meses, y que tardarán otros once en llegar. Tengo más ejemplos, pero no quiero aburrirlos, no todavía.
—Lo retuvieron —dijo Sissy a mis espaldas; su voz era un fenómeno meteorológico, cargada de electricidad en las vocales y pesada como un trueno.
—¿Qué esperabas? —dije sin volverme—. Los androides son ilegales o deberían serlo. Estoy harto de que los gringos nos subestimen. ¿Por qué no se quedó en su casa?
—Spike trajo mucho dinero. —Sissy me agarró del pelo y tiró hasta que mis ojos quedaron apuntando a los holos de la bóveda. Pasaban la publicidad de un producto turístico, en el Pacífico. Doce días en Tuvalu, seis mil doscientos tres euros—. Cada cosa tiene su precio.
Hice una pirueta y la besé en la boca. A ella le gustó, pero a mí no; sabía a tabaco turco.
—Los gringos nos subestiman —dije—, pero por las dudas siempre traen suficiente material verde.
—¿Kryptonita? —Se rió con la boca abierta—. ¿No es maravilloso? ¡Trajo a Dick! ¿No es maravilloso? Todos nuestros sueños se verán cumplidos.
¿Nuestros sueños? ¿De qué habla esta mujer?, pensé. No tenía dudas de que Spike subiría la oferta hasta que los de la aduana lo dejaran pasar con el androide, pero eso no iba a materializar ningún sueño personal. Lo único que quería era acostarme con Sissy de tanto en tanto.
—Pasarlo es la parte sencilla del plan —dije con desgano—. Lo demás no lo será.
—¡Pájaro de mal agüero, como siempre! —Me volvió a besar, pero esta vez sabía a frutilla; nunca supe cómo lo hace.
El aeropuerto giró alrededor de mi cabeza como si lo tuviera sujeto a la nariz con una cadena. Cuando dejó de girar, el rostro de Sissy había sido reemplazado por el de Spike. Y detrás de Spike se erguía una sombra que metía miedo.
—¿Se divierten? —dijo Spike en buen español, aunque el acento de San Francisco delataba su procedencia. San Francisco de California, no San Francisco Solano.
—Sí —dije apartando a Sissy con brusquedad—. Nos divierte mucho triscar en los aeropuertos de madrugada.
—¿Triscar? —dijo Spike. Estaba desconcertado; el lugar y mis excentricidades ayudaban poco y nada.
—Juguetear —dijo el androide, que por lo visto tenía un buen diccionario incorporado—. Retozar, juguetear…
TRES
Era una copia fiel del Dick de 1973, tal como lo conocimos en la fotografía que se sacó con su hijo Chris. Barba y bigote negros, la frente amplia, las patillas rubias, casi blancas, flameando sobre los pómulos. En su porte se mezclaban el aire de un húsar del Imperio austrohúngaro con la cínica indolencia de los hippies de Woodstock. Los diseñadores de CalTech (o del MIT, nunca me preocuparon esas cosas) habían copiado lo superficial a la perfección; no tengo visión de rayos X, por lo que no puedo hablar de las tripas, pero supongo que todo estaría en orden también por esas latitudes.
—Salgamos de este lugar —dijo Spike—. Tenemos mucho trabajo que hacer.
Apunté el cuadrante de mi reloj con el índice de la mano izquierda (lo uso en la derecha) y repiqueteé acompañando el gesto con una mueca vestida de sonrisa.
—¿Sabe qué hora es en Buenos Aires?
—No le importa la hora —dijo el androide—. Quiere trabajar hasta que el cuerpo se le desintegre.
Tuve una fugaz imagen de otro tipo de descomposición, no la clase de mirada que logro leyendo el entorno, sino algo súbito, impuesto. Pero tenía demasiado sueño y ni siquiera estaba seguro de no estar en medio de una pesadilla.
—Vamos a suspender el descanso —dijo Sissy, severa.
—Supongo que cuando eso ocurra entrará en juego la química milagrosa, ¿verdad? ¿Qué trajeron para… ya saben?
El androide era una maravilla de expresividad. Enarcó las cejas y se le formó un hoyuelo en las mejillas cuando susurró «PKD 13».
—¿PKD 13? No la oí nombrar nunca. —Paseé la mirada de Sissy a Spike y de él a ella. Si le hubiera prestado un poco más de atención a la gente del aeropuerto lo habría predicho sin dificultad—. Como en los buenos viejos tiempos —maticé—. Sexo, droga y buena música.
—Era rock’n’roll —dijo el androide, sin dejar de sonreír.
Salimos del aeropuerto con las maletas en la mano. No quise adivinar qué traía Spike en la suya, pero se me ocurrió pensar que si en la del falso Dick descubrían tres cajas de preservativos estaríamos ante el mejor chiste de la década.
—Alquilé un piso en la avenida Córdoba al 2500 —dijo Spike—. ¿Dónde es eso? No me gusta hacer las cosas a la ciega, pero no tuve más remedio. ¿Es muy lejos de aquí?
—En los suburbios —respondí—, una zona marginal, famosa por los asesinatos masivos de turistas extranjeros.
—¡Estúpido! —dijo Sissy golpeándome el hombro con el puño cerrado.
Los hice caminar el triple de lo necesario para llegar al lugar en el que había estacionado el auto. Tenía ganas de fastidiar a Spike a cuenta de todo lo que me haría sufrir en los días siguientes. El doble, porque sabía que el androide era inmune al fastidio.
—El que aprende debe sufrir —recitó el androide. Sabía de dónde era eso, pero no les iba a dar el gusto. No podía sorprenderme que hubieran cargado todas las novelas, cada uno de los cuentos, la Exégesis y hasta los prólogos y las conferencias. Pero no les iba a dar el gusto. Cada rincón del cuerpo sintético era un reservorio de información y eso seguiría funcionando aunque lo fraccionaran en cien mil pedazos. Sissy advirtió por qué caminos transitaba mi mente y en el momento de entrar al auto dijo:
—Mañana haremos la presentación en sociedad. —Se tapó la boca para reír. El androide se estaba plegando en cuatro para entrar a mi Wallabie, por lo que no supe si se reía de su propio ingenio o de las dificultades del Dick artificial para dejarse contener por un auto tan pequeño.
—Ustedes no se toman nada en serio —dijo Spike, ceñudo; su acento extranjero se acentuó y continuó sermoneando, cada vez más enojado—. No sé para qué los elegí. Podría entenderlo si lo hicieran por el dinero.
—Donaremos todo el dinero que se gane con las sesiones de gnosis para principiantes —dije muy serio— a una institución benéfica.
—¿Qué institución? —dijo Spike, picando como un bagre.
—A una fundación que se dedica a promover estudios gnósticos entre los adolescentes.
¿Puede uno burlarse de un androide? Traté de mirarlo por el espejo retrovisor y sólo divisé una gran mole, un oso de Yellowstown concluyendo su período de hibernación.
—¿Ganaremos dinero? —dijo Sissy. Sacudí el Wallabie para ingresar a la autopista y aceleré de tal modo que por un segundo se creyeron que nuestro destino era el planeta Marte y que no tardaríamos en alcanzar a los astronautas, como buenos hijos de Varley.
—No hacen esto por el dinero, ¿verdad? —dijo Spike—. Pero necesitaremos mucho para poner nuestro plan en marcha —agregó—. Mañana veremos a un pollino… ¿se dice pollino?
Sólo yo me reí. Siempre supe que Sissy es bruta como un arado para estas cosas. Pero el Dick de utilería parecía anclado en una etapa previa de un viaje de ácido.
—Me parece que «sesión» no es un término adecuado —dijo—. Sólo tuve una, pero siento la mente muy espesa.
—¿Sólo una? ¿Por qué? —Sissy encendió un cigarrillo turco con la obvia intención de estropear los circuitos del androide—. Las sesiones, allá, en el área de la bahía, deben de ser algo espectacular. —Quería tantear a Spike para saber hasta dónde la dejaría llegar.
—Porque sugiere algo oculto. Y lo que nos proponemos hacer se relaciona con las cosas naturales del mundo, es algo perfectamente científico.
—Un chico bien instruido —dije aferrando el volante con saña. Había leído una configuración escrita en la hilera de autos que circulaban por la mano contraria y no me gustó nada. Otra vez una destrucción indescriptible. Y esta vez era lectura genuina. Puse la conversación en piloto automático por el resto del viaje y me concentré en el modo de eludir la línea por la que íbamos de cabeza al abismo.
CUATRO
La mujer, una joven de eléctrica cabellera roja, apuntó con el dedo hacia un extremo oscuro del salón.
—Muerto Fidel se acabó la rabia —exclamó—. ¡Mentiras! ¡Es peor, mucho peor! Ellos lo saben, yo lo sé.
—¿Perdón? —gritaba, para llamar la atención, pero nadie se dio vuelta. Yo estaba arrinconado desde hacía siete minutos exactos, y durante todo ese tiempo ella se había dedicado a lanzar ráfaga tras ráfaga de consignas y clichés aprendidos en los cursos doctrinarios del PTS—. ¿Quién?
—Ahí lo tiene: se llama Lorenzo Algo o Algo Lorenzo; no sé si es el nombre o el apellido. Mírelo, ¡mírelo! El perro rabioso y su espuma.
—No lo veo —balbuceé exagerando el gesto de enfocar la vista en la dirección señalada. No soy buen actor, pero la gritona, además de eléctrica, estaba bastante borracha. En las reuniones de Sissy hay buena bebida y buena droga, siempre.
—Mírelo, hombre, ahí, no le tenga miedo, que no se lo va a comer. Es un gusano, no un tigre. O en todo caso es un gusano disfrazado de tigre; el del terno gris perla, camisa negra y corbata de seda. No sólo es un mafioso; hasta se viste como mafioso.
—Ah, ése. —Miré hacia donde indicaba; trato de ser discreto, aun en los casos en los que me tocan unas cartas de mierda. Era necesario pasar inadvertido, ser uno más entre tantos idiotas con una copa de blanco salteño helado en una mano y el bocadillo de atún sintético reglamentario en la otra, pero no era fácil. Sissy, la reina del barrio y titiritera de eventos extravagantes había sido inflexible: mi misión consistía en detectar a otros potenciales acólitos sin revelar mi identidad. «El universo es el universo entero», me dijo. Había estado leyendo a Stapledon, un rato, para ponerle marco de oro a las peores banalidades.
—Ese que viste y calza —concluyó la gritona eléctrica y borracha, casi satisfecha.
—¿Me dijiste tu nombre?
—No. ¿Mi nick es lo mismo? Te puedo dar mi address, también. Pero mi nombre no; sería como posar desnuda.
—Bueno, tu nick —suspiré—. Y tu address.
—Nefertiti. ¿Quiere anotar o lo recuerda todo? Parece uno de esos pedantes sabelotodo.
—Más o menos. Fíjese en qué acabaron millones de años de evolución —dije, tratando de cambiar el tema de conversación sin ponerla sobre aviso.
—¿En qué?
En el fondo la pobre Nefertiti me daba lástima; una más entre tantos perros callejeros que Sissy criaba para pasear por los parques y plazas de Palermo y llenarlos de excrementos. Pero no le podía dedicar toda la noche.
Me despedí con un gesto engañoso y leí la configuración de la sala a la carrera, preparado para sentir un malestar físico por culpa de la fatuidad acumulada. Desde mi perspectiva, la fiesta, el mitin, o lo que fuera que Sissy había pergeñado, estaba a punto de hacer masa crítica. ¿Cuánto falta para el colapso?, pensé. ¿Horas, días, semanas?
Permanecí de pie junto a una pecera llena de exóticos ejemplares artificiales de tetras, bettas y arlequines mientras vigilaba que Nefertiti, la gritona eléctrica, no volviera a acercarse a mí. La fiesta alcanzaba su cenit, si eso significa algo. Bebí otro trago y arrojé el bocadillo a la pecera, confiando en que el falso atún no fuera nocivo para los falsos peces tropicales. Me pregunté cuántas cosas auténticas quedaban en el mundo y me respondí sin vacilar, pero a ustedes eso no les interesa. Y mucho menos tan cerca del final de todo, ¿verdad?
Fue justo cuando Nefertiti advirtió que las cuentas no le cerraban y volvió a la carga.
—Si este Lorenzo emigró a Miami un minuto antes de que Batista perdiera el culo —dijo Nefertiti sin prestar atención a que yo no estaba interesado en su comentario—, y hace cinco años que murió Fidel, ¿cuántos años tiene? ¿Cien? ¿Se quedó todo el tiempo en Miami juntando dinero con las dos manos? ¡Cerdo capitalista!
—Creo que es un gran artista —dije.
—Mentiras. Nunca pensó hacer otra cosa que cagar a la gente. ¿Para qué quiere tanto dinero?
Advertí que además de no ser fuerte en matemáticas, a Nefertiti tampoco le gustaba pensar en cosas que no fueran el compromiso político y la militancia. Así que redondeé la idea con un tópico al tono.
—¿Tan malo es juntar un poco de dinero? Tal vez Lorenzo piense obsequiarte una beca. ¿No te gustaría estudiar Ciencias Políticas en la Universidad de Miami con todos los gastos pagados? Mi amigo Enrique Manzuelo es el decano. Comió una vez con Bush padre, dos con el hijo mayor y tres con el menor.
—¿Ése? ¿Su amigo? ¿Ésa es la clase de amigos que usted cultiva?
—Se hace lo que se puede. Es bueno tener amigos, y si son ricos, mejor.
—Da lo mismo. ¡Ni loco va a soltar un puto dólar! Cuando se acuerda de Fidel agita un puño en dirección a la isla, pero no se le cae un puto dólar.
—Te estás repitiendo, Nefertiti. Y por otra parte los dólares son de él, no tiene por qué soltarlos, ni compartirlos con zurdos como nosotros, ¿verdad? —Era una buena jugada; hacerme odiar serviría para sacármela de encima. La otra buena hubiera sido decirle que mi novio llegaría de un momento a otro y que no le gusta verme charlando con chicas. Pero no hizo falta.
—¿Qué dice? —Nefertiti me repasó las facciones como si acabara de despertar, o de salir de un prolongado coma tres—. ¡Usted es otro lameculos! ¿Puede explicar qué hace este tipo en mi país, en este momento? ¿Para qué lo trajo? —Movió la barbilla hacia Sissy, milagrosamente colgada del brazo de Lorenzo.
—Si supieras, chiquilina, si supieras…
CINCO
Dibujé una trayectoria centrífuga para poner distancia con el sol, pero fue inútil. Sissy soltó a Lorenzo y me atrapó en la gruesa red de su voz aguardentosa. Por fortuna esta vez no me besó.
—Querido, Lorenzo arde por conocerte.
¿Por qué mierda tiene que ser tan afectada en público? En la cama, cuando suelta la salvaje que duerme en sus entrañas, no es así, no señor. Pero no esperen más detalles.
—Señor Lorenzo. —Estiré el brazo, pero él cubrió la distancia como un púgil de escasa envergadura y me estrechó en un formidable pecho a pecho.
—Ardía en deseos de conocerte, chico. —Me separó unos centímetros manteniendo mis húmeros aferrados con sus tenazas y me clavó los ojos. Ardía, sin lugar a dudas, treinta y ocho seis, treinta y ocho siete. El tipo tenía fiebre. Leí la configuración y respiré aliviado: por suerte no me había contagiado ninguna porquería. Moriría junto con todos los demás, a la hora exacta.
—¿Qué lo trajo por aquí, señor Lorenzo? —Estaba perfectamente claro a qué había venido, pero quería saber qué inventaba para despistarme.
—Negocios, amigo, negocios —dijo palmeándome el hombro con una familiaridad de serie.
—¿Seres vivos, maquinaria o una mezcla de todo? —El cubano me contempló frunciendo el ceño.
—¿Me estás tomando el pelo?
—No, señor; yo soy una persona básicamente respetuosa y no le tomaría el pelo a un desconocido. Menos todavía si tenemos en cuenta que a usted no le sobra.
Lorenzo no se dio por enterado; se acercó a mi oreja y susurró:
—Conozco a Spike. Estoy seguro de que trajo algo gordo, una bomba, ¿no crees?
—¡No tengo idea! ¿En serio trajo una bomba? —Busqué a Sissy, pero la muy zorra había desaparecido. ¿Qué le costaba avisar que el cubano ya estaba cebado? Tenía que recuperar la iniciativa, por lo que estreché la mano de Lorenzo con efusividad y salí disparado hacia la mesa de los vinos. El tipo no tenía idea de que en estas costas eso es una grosería.
—La técnica está dominada —dijo Lorenzo a mis espaldas en ese mismo momento, alzando la voz para hacerse notar. Había venido para eso, hacerse notar—. Tenemos las herramientas, los elementos, la ideología; lo único que necesitamos es…
—Dinero. —Nadie le había pedido opinión a ese rubio con pinta de proxeneta; estaba muy borracho, como casi todo el mundo en las fiestas de Sissy, y si no había sido mandado por alguna de las organizaciones de espionaje religioso o por los mafiosos de Mega Cadena Dos era un provocador vocacional.
Lorenzo lo miró extrañado.
—No. Dinero es lo que sobra, en este caso. Ya lo saben… No es un secreto, ¿o sí? —Miró a su alrededor, como si acabara de descubrir que no estaba donde suponía. No se habla de dinero en los funerales. Salvo que se hable de cuánto costó el funeral.
El rubio apretó los puños y se puso rojo. Me pareció que quería provocar al cubano para que perdiera los estribos, quería salir al jardín, quería reventarle el morro a conciencia. Lorenzo no era campeón de karate; una presa fácil y un triunfo para salir en el periódico del barrio.
—No lo sé. —El rubio encaró a Lorenzo y le puso la mano en la cara—. ¿Por qué tendría que saberlo?
Entonces lo recordé. Se hacía llamar Brad Wood, aunque su verdadero nombre era Jorge Fernández. Con el pelo oxigenado y el tostado ultravioleta parecía el negativo de una vieja foto del álbum de mi tía Marta. El cubano se volvió hacia Sissy y movió sin prudencia el cuchillo que tenía en la mano, con el que había cortado un trozo de peceto; una huella pardo rojiza era la prueba visible de su devoción por las carnes argentinas. Pero su intención no era despanzurrar al rubio.
—Ay, no lo mates —dijo Sissy apareciendo de improviso, a la carrera y haciendo un gesto teatral.
—¿Éste es escritor? ¡Qué decepción! —dijo el cubano. Sissy se encogió de hombros. No era el momento de aclarar la confusión. Ni ella sabía para qué había invitado a Brad. Pero el escritor era yo, claro, aunque no lo pareciera. Me buscó con la mirada y armó la seña del ciego. La escena, digna de un sueño febril o de una alucinación, fluctuaba en el límite mismo de lo real. Todos los que estaban en la fiesta habían sido invitados porque a Sissy no le alcanzaba con la presencia de Spike y el androide en una simple reunión informal. Ella necesitaba circo y para un buen circo lo esencial son los payasos. Pero ¿Jorge Fernández alias Brad Wood era el payaso ideal o se estaba acostando con Sissy a mis espaldas? Ciertas incógnitas me ponen muy nervioso.
Moví la mano para disuadir a Sissy y bendije al rubio con el vino. Él balbució una puteada, por lo que me pareció apropiado arrojar la copa a la pecera y dar los primeros tres pasos fatales. El pez muere por la boca, pensé tontamente, y muchas veces tras ser engañado por una lombriz, que es casi lo mismo que un gusano…
Peces, peces gordos. Sissy me consideraba la llave para manejar ciertos aspectos ásperos de la cuestión, los detalles que podrían convencer a Lorenzo de que estaba poniendo el dinero en el agujero indicado. ¿Un proyecto secreto? Sissy hizo otra seña, la del as de espadas esta vez. Ya no podía permanecer al margen, sin mostrar las cartas, aunque juro que hubiera preferido estar en casa, leyendo la novela postuma de Priest. Veamos, me dije, soy un tipo irritable y hosco. Los que me conocen saben que odio las reuniones y que a lo sumo puedo soportar a dos o tres personas en un bar o en una cena. Una fiesta triple efe, frívola, fatua y fútil como ésta, me pone de muy mal humor y tengo que luchar contra el deseo de gritar, insultar y estrangular al que se me cruza en el camino.
—¡Querido! —Sissy tomó el brazo del cubano con las dos manos, un poco por debajo de la axila y maniobró con destreza los ciento treinta kilos de sebo para ubicarlo delante de mi nariz. Él sonrió. Yo sonreí. Estaba dispuesto a entregar mi alma con tal de que se me permitiera huir decorosamente. Pero «querido» era yo. Y el cubano había pagado por ver las cartas.
SEIS
—Entonces, ¿él es el escritor?
—Soy. —Perdido por perdido, tendí la mano. Lorenzo la miró con asco, pero la estrechó. Había visto cosas peores, seguro. Un rato antes me había, incluso, abrazado.
—Así me gusta —dijo Sissy. A continuación nos indicó el camino que llevaba a un conjunto de sillones de cuero rojo—. Como chicos buenos.
No hubo tiempo para nada. Apenas nos sentamos apareció Herman, una especie de secuaz todoterreno de Sissy, tosco como un villano de película, y avanzó tratando de no tropezar, aunque sin separar los ojos de la puerta a cuya vigilancia se debía. Del otro lado de esa puerta, en el centro geométrico de una habitación sin ventanas, había una pecera sin peces del tamaño de un ataúd. Efectos especiales. Necesidad de dotar a la ceremonia de los elementos adecuados desde el vamos. El destino decía que muy pronto la pecera y el cubano estarían íntimamente vinculados, como ya se habrán imaginado, pero para llegar a los detalles todavía hay que esperar algunas líneas.
La pecera era un detalle bizarro, aunque necesario. El gusano tenía la mitad del billete y tendría que sudar para que le vendiéramos la otra mitad, pero estaba loco por comprar algo, lo que estuviera en venta. Hay tipos así, no importa cuánto dinero tengan.
—¿Qué trajo Spike? —dijo finalmente Lorenzo; estaba muy excitado. Miró a Herman con irrefutable aprensión y luego se preguntó si valdría la pena, si no se estaba comportando como un idiota y todas esas cosas.
Leí la configuración y decidí que no había ningún peligro.
—En esa habitación está el Oráculo Cuántico; lo trajo Spike, en efecto —dije, con la mayor seriedad. Lorenzo miró hacia los costados, como si de pronto hubiera sido acorralado por una banda de traficantes de kumo.
—¿Hablas en serio, chico? —Logró balbucir.
En ese mismo momento Herman susurró algo al oído de Sissy y ella asintió. Herman reculó y yo contuve la risa a duras penas.
—Hablo en serio. No sé hablar de otra manera. —Me señalé la boca con el dedo—. ¿Ve? Me río, pero estoy hablando en serio.
No era la primera vez que usábamos la pecera. Sin una adecuada puesta en escena, destinada a deslumbrar al pescado elegido, el banquete está condenado al fracaso, y Lorenzo merecía un remate estilo Jólibud.
—Expliquémosle de nuevo al señor Lorenzo —dijo Sissy haciendo la seña de «juguemos con tus cartas»—, qué se supone que verá del otro lado de esa puerta.
—¿Es un artefacto? —Lorenzo miró con la visión de rayos X que le había prestado Clark Kent, pero no vio nada, naturalmente. El androide esperaba encerrado en el ataúd; su paciencia no tenía límite.
—Ya se lo dijo. —Sissy puso una mano en el brazo del cubano, pero él no se detuvo.
—Si es un oráculo cuántico —Lorenzo temblaba como un parkinsoniano— podrá explicar los fenómenos que vaticinan el fin de los tiempos. Yo soy amigo del gran investigador de lo paranormal Enrique Manzuelo, de la Universidad de Miami.
—¿Paranormal? —Miré hacia uno y otro lado, simulando estar desconcertado—. Hubiera jurado que se dedicaba a las Ciencias Políticas, o por lo menos a la Biología, teniendo en cuenta otros factores.
—Las personas escépticas como ustedes no lo aprecian; creen estar jugando con el gusano crédulo que tiene mucho dinero; creen que eso me importa; creen que me están timando. —Se incorporó de golpe y dio la impresión de que el sillón de cuero rojo era una hemorragia que le brotaba del culo—. Vayamos a ver lo que trajo Spike para mí.
—No obstante —dije, tratando de excitarlo aún más—, según los cálculos de los matemáticos de BoiseTech, se pueden vaticinar con precisión cada uno de los próximos pasos de Dios. Su amigo Manzuelo se lo debe de haber explicado. El nuevo credo gnóstico eligió eso como punto de partida. Sincretismo entre ciencia y metafísica, como también le gustaba al difunto Papa.
—¡Tú no crees en eso! —bramó Lorenzo dándose vuelta como una fiera.
—¡Por supuesto que sí! Es puro cálculo matemático. El nuevo gnosticismo lo garantiza, ya se lo dije. ¿Con quién se cree que está hablando? —Juro que intentaba ser cínico, no sarcástico. Admito que no lo logré, ni aquella vez ni nunca. Nadie es perfecto.
—Vayamos a verlo y salgamos de dudas —dijo Sissy, tratando de apaciguar los ánimos.
—No es un problema de fe, amigo —suspiró Lorenzo—. Pronto se rendirá ante las evidencias —añadió. Trataba de ser enigmático. Algún viejo gurú de Miami, o el mismísimo Manzuelo, le había dicho que de ese modo parecería más inteligente.
Sissy se levantó, brusca, y sin mirar atrás, con gesto de princesa en una novela de dragones y héroes pasados de anabólicos, cubrió la distancia que la separaba de la puerta y allí se quedó clavada, esperando a que Herman la abriera.
El esbirro abrió la puerta y la función comenzó.
SIETE
Entramos todos, en tropel. Parecíamos una pandilla de colegiales a la hora en que se abre el bufé. La sala estaba casi vacía y en penumbras, apenas iluminada por la fosforescencia azulada que emitía la pantalla. Herman se adelantó y nos dio la espalda para contemplar a su nuevo ídolo. O hacer de cuenta, según las instrucciones de Sissy. No me gusta intervenir en la parte sucia de las operaciones.
Sin extrañeza, observé que Lorenzo no quedaba a la zaga; se enamoró de la pecera a primera vista, hipnotizado por las tiras con secuencias numéricas que destellaban en el monitor que habíamos colocado sobre el techo de la caja. Había sido idea de Sissy, lo admito —me hubiera gustado que fuera mía— y funcionaba. Carter debe de haber exhibido una expresión pasmada semejante cuando se topó con el sarcófago de Tutankamón. Y bastante parecidas fueron las palabras de Lorenzo.
—Imagino grandes resultados —dijo frotándose las manos—. ¿Dónde está Spike, cabrón?
—Aquí —contestó Spike desde algún lugar de la zona crepuscular.
—No puedo verlo —dijo Lorenzo. Puso la mano de canto sobre la frente, haciendo visera, como si le molestara el sol—. Dejen de jugar conmigo; saben que estoy ansioso y quiero de una buena vez todo lo que tienen.
—A sus órdenes —dijo el yankee.
Lo que ocurrió a continuación fue rápido y simultáneo. Spike produjo un siseo muy agudo colocando la lengua entre los incisivos, las escotillas de la pecera corrieron sobre sus rieles, Sissy y yo nos empezamos a reír, Herman emitió un gruñido de censura, real o fingido, no importa, y se apartó del ataúd; el androide salió con los brazos cruzados sobre el pecho, Lorenzo abrió mucho los ojos y cayó muerto.
OCHO
Tendría que haber sido de otro modo. El cubano, arrobado por el críptico alegato del nuevo culto debería haberse arrodillado, con las manos unidas, pegadas a los labios, agradeciéndole al cielo por haber sido elegido como uno de los que renacería tras la carnicería de los últimos días. Eso era lo que esperábamos de él, y que luego sacara la chequera para empezar a cubrir gastos de cinco dígitos en dólares. Pero el tipo no había logrado resolver la ecuación elemental que le planteamos y el androide le había producido un impacto mortal. ¡Y después dicen que el romanticismo ya no existe!
—¡Mierda y mierda! —gritó Sissy, histérica.
No era para menos. Si el cubano había muerto —y estábamos seguros de que le había reventado el corazón o por lo menos la arteria mística— nos hallábamos metidos en un buen lío; no sólo se acababa el negocio, o una parte de él, sino que tendríamos que dar explicaciones a la Ley; se nos había muerto un extranjero en circunstancias harto dudosas y saltaba a la vista que lo estábamos enredando en un timo, o por lo menos en un negocio bastante turbio. No pude con mi genio.
—Parece que Dios encarnó en el androide, nomás.
—No seas grosero —dijo Sissy—. Un muerto merece respeto, hasta cuando el muerto es un gusano.
—Perdón. ¿No es dentro de esa cosa que se genera la voz del Señor? Dígame, señor Dick, ¿en qué o quién debo creer? ¿En Él o en Usted?
—Puede creer lo que quiera —dijo el androide—; que la Tierra es plana, que Dios es una cebolla, que los niños nacen en bolsas de papel. Hasta puede creer en las patrañas del cuerpo y la sangre, si lo desea.
—¡Guau! ¿Qué les dije? —Moví las manos con gesto triunfal.
Si Herman no hubiera estado tan embobado con las cifras del monitor habría elegido ese momento para romperme todos los huesos.
—Escuche —dijo Spike, encarándome. Tenía los ojos entrecerrados y una mota de saliva espesa en cada comisura; no me pregunten por qué me llamó la atención justamente eso.
—Lo escucho. ¿Quiere que me comporte? ¿Es eso? Tenemos un muerto no deseado. ¿No le parece que primero tenemos que resolver qué haremos con el cadáver? —Leí la configuración; debíamos movernos rápido o todo se iría al carajo. En realidad ni eso: aunque nos moviéramos rápido todo se iría al carajo igual—. Ya habrá tiempo de salvar el mundo —dije por cortesía.
Spike se sobresaltó. Era la primera vez que lo veía perder el control. ¿Por qué tenía que estar al tanto de mis dones? Apenas me conocía. Sissy le había contado lo esencial, incluyendo mis repugnantes inclinaciones políticas y eso no incluía los trucos de los que era capaz.
—¿Cómo lo supo? —balbució.
—No es un secreto, Spike.
—Herman —dijo Sissy moviendo la barbilla hacia Lorenzo. Tieso, el cubano había perdido gran parte de su arrogancia y todo su encanto. Herman se ocupó del cuerpo. El asunto era cómo iba a sacarlo de esa habitación sin resultar un poco más conspicuo de lo necesario. Y eso sin tener en cuenta que el cubano no era lo que se dice un alfeñique de los que salían hace mil años en la publicidad de Charles Atlas.
—Esto empieza a irse al carajo —dijo Spike. Pero lo dijo en inglés, lo que fue una evidencia más, si hacía falta, de que todo, en efecto, empezaba a irse al carajo y que era él y no yo el que sabía leer la mente.
—No perdamos la calma. —Sissy señaló una puerta que en la penumbra había pasado inadvertida. O sea que podíamos sacar a Lorenzo con los pies por delante, aunque sin llamar la atención.
—¿Adónde conduce? —dije.
—No tiene importancia —respondió Sissy—. Lo importante es sacarlo de aquí.
—Algo que todo el tiempo les pareció sin importancia adquirirá pronto un sentido aterrador —vaticinó el androide.
—Habla como un oráculo —dije sin poder evitar la risa—. ¿Cuántos kilómetros de cintas con grabaciones de las novelas le metió, Spike? El programa debe de ser algo de otro planeta. ¿De Marte? Marte está de moda, ahora que la Misión Internacional está a punto de hollar el planeta rojo.
—Eso ahora no tiene importancia. —Spike le hizo una seña a Herman para que tomara a Lorenzo por los hombros y él se reservó los pies. Celebré que no se me eligiera para formar parte del cortejo, aunque me llamó la atención que no utilizara al androide.
—¿Y él? —apunté señalando al Dick de utilería.
—¿Él… qué?
—¿No ayuda? Parece más fuerte que todos nosotros juntos.
—¿De qué habla? ¿Cree que lo traje para cargar cadáveres?
Me encogí de hombros. Presté atención y advertí que los ruidos de la fiesta se habían incrementado, como si los invitados hubieran alcanzado una masa crítica de alcohol en sangre. Traté de leer la configuración en la penumbra y sólo vi sombras. ¿Sería eso todo nuestro futuro, sombras nada más?
—Por aquí salimos al jardín —dijo Sissy.
—No deseo hacerlo, no quiero enfrentarme a ello —espetó el androide sorpresivamente, y empezó a retroceder alejándose de la puerta del jardín—. El peligro es enorme.
—¿Un peligro enorme? —preguntó Sissy, asustada; no estaba acostumbrada a los peligros enormes; en su mundo los peligros medían veinte centímetros y se conjuraban con cierta cantidad de dinero—. No hay razones para peligros enormes.
—A causa de los controles policiales —dijo el androide.
—Paranoico, como el original —comenté—. Buen detalle.
—¿Es cierto? —preguntó Spike. Apoyó los pies del cadáver en el suelo; Herman lo imitó, tratando la cabeza del muerto con mucha delicadeza.
—Está cerrada con llave —dijo Sissy, perversa; le brillaban los ojos con intensidad y en su boca se había dibujado una mueca que la hacía parecer una bruja. No podía creer que un artefacto como ése estuviera aterrorizado. Yo tampoco, pero como estaban corriendo los hechos podía aceptar cualquier cosa.
—Esto apenas está empezando —continuó el androide—; tengo miedo de lo que va a pasar a continuación. —La voz le temblaba, movía las manos en el aire como aspas y con los ojos buscaba una salida del laberinto.
—Vamos Spike —le dije—. Ya puede terminar con la farsa. Fue bueno mientras duró, pero ya no es necesario. Dígale al enano que puede salir de su escondite.
—¿Qué dice?
No le contesté. Me moví unos pasos, tomé la mano del falso Dick y recibí una lujuriosa descarga eléctrica. La sacudida me arrojó al suelo y mi hombro golpeó contra la arista de la pecera. Por primera vez en mucho tiempo, la lectura de los presagios fue totalmente involuntaria. Vi que los módulos se acercaban a Marte con cósmica parsimonia, vi la muerte inmediata de algunas personas conocidas y de otras, que conocería en las siguientes horas y vi el fin de los tiempos, todo en un segundo.
NUEVE
Atontado, oí golpes, unos pasos pesados, luego algunos gritos, entre los que no era difícil separar las órdenes de los insultos. Se abrieron las puertas, tanto la que daba a la sala como la que supuestamente comunicaba con el jardín, y un grupo de encapuchados irrumpió en la habitación de la pecera.
Del otro lado, entre los borrachos del salón grande, hubo lamentos y algún llanto histérico, pero no se podía descartar que fuera un allanamiento legal, con su orden en regla debidamente firmada por el juez de turno; las capuchas eran negras y la ropa, de cuero, como siempre, pero sólo se trataba de un detalle menor. Además, seguro que la cosa no era con los idiotas útiles de Sissy. Los de las capuchas empuñaban bastones eléctricos, lo que me llevó a pensar, sin salir del estupor, si no estábamos viajando en el tiempo bien cargados de kumo; las caras de los tipos, debajo de las máscaras, debían de ser cualquier cosa menos amistosas.
—No se preocupen —dijo Sissy extendiendo las manos y confirmando mis presunciones—, los muchachos sólo recurren a la violencia cuando se ponen nerviosos. Todo se va a arreglar en dos minutos.
Con dos amenazas flotando en el aire, molernos a palos o picanearnos, nos hicieron salir por la puerta del jardín y tres de los encapuchados nos arrearon hasta un vehículo negro. Traté de mirar hacia atrás y uno de los matones me empujó sin miramientos. Sin embargo, por razones que no lograba explicarme, y siguen siendo inexplicables ahora, no tocaron la pecera, donde con matemática precisión, traducidos a cifras, siguieron destellando párrafos inútiles, rémoras de una realidad paralela que no tenía nada que ver con nosotros.
DIEZ
El vehículo en el que nos metieron era una Siux Turbo de ocho ruedas y cinco filas de asientos. Dentro del vehículo había un matón más y el conductor, que no usaba capucha, por lo que ellos quedaron con ventaja en el tanteador: cinco a cuatro, y uno de los nuestros ni siquiera era humano. Sissy se excitó como una adolescente la víspera de su primera fiesta de estudiantes cuando advirtió que no estábamos siendo arrestados por la policía sino secuestrados por una de las mil bandas privadas que se ocupaban de la seguridad. Estoy seguro de que mi amiga se había metido un par de gramos de Solsticio en el momento mismo en que se produjo el allanamiento. El Solsticio era una droga de diseño que hacía furor entre los ricos y famosos del Primer Mundo, pero eso no viene al caso. Dos gramos costaban casi lo mismo que la Siux. Y la Siux era casi tan cara como un tanque israelí en el mercado negro.
—¿Se puede saber qué te pone tan jubilosa? —dije cuando ya no pude resistir. Sissy me miró con sus grandes ojos húmedos y cantó un fragmento de Cats. ¿Una señal? Si lo era no logré captar el significado.
La Siux tomó por el Camino Nuevo hacia el norte y empalmó con la autopista que Mega se había hecho construir comprando senadores para enlazar los estudios, en la Torre Trivi, con las oficinas del centro. No es que otros no pudieran utilizarla, pero el costo del peaje era prohibitivo para los particulares rasos. El panorama, erizado a los costados de agujas de cristal, lomos de estegosaurios esculpidos por un artista drogado, parecía la premonición de un augur suburbano. Y yo, que soy un especialista en esas cosas, seleccioné la variante más tétrica.
—Será un largo viaje —dije cuando empecé a aburrirme—. ¿Alguno trajo naipes?
—¿De dónde sacó que será un viaje largo? —espetó el que manejaba, un mamarracho gordo con pinta de sueco.
Leí de nuevo, muy rápido: la autopista privada de Mega, la Siux, los matones. El sello de los Amos de Trivi se había grabado a fuego en las nalgas del episodio.
—Si sigue manejando a esta velocidad —dije—, llegaremos a la Torre en veinticinco minutos. Soy de por acá, ¿sabe, sueco?
—No los provoques —susurró Sissy.
—De acuerdo —dijo el jefe de nuestros secuestradores sacándose la capucha—. Si llegó el momento de mostrar las cartas… Tres ases y dos reyes.
—Son buenas. Tengo dos cuatros, una dama y un androide. —El jefe era un tipo vulgar, cultivado en los tanques asépticos de las agencias de seguridad.
Poco después del puente de Olmedo, junto a la pantalla gigante de trivi del área de servicios, un Orni verde dormía retorcido contra el pedestal con todo el personal contorsionado en su interior. La brigada de rescate, pude observar mientras pasábamos a su lado como un vaho, cortaba el metal y el acrílico con suavidad de lama para sacarlos de su condición de sardinas enlatadas. Eso pasaba todos los días, varias veces por hora. Y eso que estábamos en una autopista bastante privada. En las públicas los embotellamientos por accidentes eran permanentes.
—Se perderán el Especial de las veintiuna —comentó el jefe de los bandoleros.
—¿Usted se llama Carlos López? —dije.
—Sí —afirmó López, apenas sorprendido.
—¿Y se puede saber qué programa pasan a las veintiuna? —Lo medí; era un adversario de cuidado. Si había superado el trauma de ese nombre era de los que pueden voltear a un trapecista de una pedrada en pleno acto.
—Usted quiere la verdad —sentenció López, muy serio, casi resignado.
—¿A quién le importa la verdad? —repliqué—. En las presentes circunstancias la verdad es lo que menos importa.
—Es el nombre del programa —dijo López—. Se llama así; no me diga que no lo conoce.
—Veo poca trivi —me defendí.
López ya no me estaba escuchando. Por lo visto recibía instrucciones a través de un chip implantado detrás del pabellón de la oreja; cada tanto inclinaba la cabeza como si se quisiera expulsar un insecto.
—Los vamos a llevar a la Torre. Los productores van a evaluar si ustedes dan bien en trivi para ponerlos en el programa de las veintiuna. Si dan bien los graban y se emite.
—¿Ustedes, quiénes? —No necesitaba la respuesta, pero se lo quería hacer decir a él.
—Su amiga, el yankee, el muñeco y usted.
—No le diga muñeco. —Reflexioné un segundo—. ¿Al gusano no lo van a presentar?
—¿Quién es el gusano? —Por lo visto con algo lo podía hacer tambalear; pero reaccionó a tiempo, subvocalizó y recibió la respuesta por la otra vía; alguien trabajaba con una vasta base de datos, del otro lado. Sabían más de lo que necesitaban saber—. No nos interesan los muertos en el programa. —López frunció el ceño y su expresión pasó a ser la de una rata rabiosa. Volví a estudiar la configuración y comprobé que había cambiado: dio verde sobre verde; nada nos detendría desde allí hasta la Cima. Los tipos, especialmente el Jefe, querían ochenta puntos a las veintiuna. Se los íbamos a dar, sin lugar a dudas y como primera medida, aunque a nadie se le escapa que la gente de Mega Cadena Dos me caía muy pero que muy mal.
ONCE
La Siux quedó detenida por otro accidente, esta vez en medio de la autopista. Había un buen muestrario de tripas y zapatos diseminados sobre el pavimento, mezclados con profusión de fragmentos de metal.
—Esto en mi país no pasaría —protestó Spike señalando la indolencia de los tipos de la cuadrilla de emergencias, vestidos de anaranjado rabioso.
—¿En cuál de ellos? —objeté, incapaz de reprimirme. La fragmentación de los orgullosos estados otrora unidos me producía desazón, cierta tristeza. Habían sido unos roñosos imperialistas, pero también una nación pujante, la patria de Mark Twain, Orson Wells, Bobby Fischer… Philip Dick.
—Nos están secuestrando, shvontz. —Spike me fusiló con la mirada, pero la palabra era muy significativa.
—¿Shvontz? ¿En qué habla este tipo? Eso no es inglés. ¿Usted es judío, Spike? ¿Está hablando en yiddish?
—No peleemos entre nosotros —dijo Sissy, siempre soñadora, pero mirando a López. ¿Simulaba? No simulaba y nos estábamos metiendo en problemas; una lectura superficial de los nueve cuerpos distribuídos por la caja de la Siux arrojaba ese resultado. Aunque eso era nada, en relación a lo que vendría después. No se detiene el Fin del Mundo con la fuerza de la voluntad.
—Me he peleado con todos —dijo el androide, hablando por primera vez desde que habíamos abordado la Siux—; la próxima visita me la pasaré pidiendo disculpas… —En su rostro sintético se dibujó una sonrisa.
—¡Pobrecito! —dijo Sissy acariciándole la mejilla—. Si es más bueno que una oveja. ¿Cuándo se ha peleado, bebé? Dígame cuándo se ha peleado.
—Trata de explicar que estamos metidos en esto por su culpa. —Spike se rascó la nuca. Se le escapaban la mitad de las cosas, pensé, por primera vez. La facilidad con que se expresaba en nuestro idioma me había hecho perder de vista que era extranjero. Peor: un extranjero en su propio país. Los judíos no pensaban como norteamericanos. Tener familiares judíos te prepara para entender esas cosas.
—No, bebé —dije remedando la expresión de Sissy—. Usted no tiene la culpa de nada. —Y también le acaricié la mejilla. Nadie pareció sentirse impresionado por mi gesto, pero el encapuchado que estaba junto a mí, acomodándose en el asiento, me hizo sentir la dureza del arma que portaba en la sobaquera; había creído oportuno poner un poco de pimienta en el té.
—Si Andry se porta bien mami le va a dar un poco de teta. —Sissy había captado la idea o estaba más drogada de lo que yo creía, porque López reaccionó de mala manera.
—Son bastante estúpidos —dijo—, ¿ya se lo habían comentado antes?
—Ensayamos para hacer un buen papel en el programa de Cadena Dos —le respondí—. Usted no aprecia el arte, señor López. ¿Le parece que podemos presentarnos al natural, tal como somos en realidad?
Superamos el obstáculo promovido por el accidente (el número de muertos era idéntico al número de pasajeros de la Siux) y tras rodar otros diez minutos por la autopista el vehículo se deslizó por una rampa de salida y desembocó en un túnel de acrílico opaco que se abrió a nuestro paso como las fauces de un monstruo marino y se cerró cuando hubimos pasado. El túnel estaba débilmente iluminado, pero por lo visto era de una sola mano. En algún momento la Siux retrajo las ruedas y el túnel comenzó a inclinarse hacia arriba. Al cabo de unos segundos éramos un torpedo que acariciaba la pendiente antes de proyectarse al infinito. ¿Cursi? No menos cursi que lo que siguió.
—¿Caeremos en medio del programa como el torpedo de Minsk? Faltan como veinte horas para las veintiuna. —Sissy me volvió a mirar con ardor mesiánico. No quería que los provocara, pero era lo único que me pasaba por las venas, era puro y simple odio.
—Se graba —dijo López sin alterarse. A través de las capuchas se podía percibir el rubor de los otros esbirros; los tipos parecían anafes—. No va en vivo.
—Maravillosa tecnología —comenté—. Dígame, López, ¿cómo se llaman sus secuaces? ¿El que maneja? Me gusta conocer los nombres de mis raptores y decirle «sueco» es como… no sé, ¿confianzudo?
—¡Quieto! —chilló Sissy; sonó como una exótica ave del Pacífico sur. No me di por aludido.
—¿Tienen cámaras detrás de los ojos? No me extrañaría. ¡Con lo que ha avanzado la tecnología! ¿No le parece? El futuro de trivi estará determinado por esos avances…
—¿Se puede callar de una vez? —López estaba a punto de perder los estribos, por lo que el androide consideró apropiado intervenir.
—Me siento como un niño incapaz de hablar y de vivir con la gente.
—Bueno, no sé si es apropiado decir sintió, pero apreciamos mucho tu intervención, Andry, lo hiciste con ganas. ¿Sienten los androides, Sissy?
Nadie me contestó. El torpedo se detuvo. Las puertas se abrieron y un enjambre de secretarias se precipitó sobre la Siux. Estábamos en la Torre Trivi de Mega Cadena Dos, los dominios de Raúl Entilis, el Jefe de Todo, el omnipotente magnate de medios y enteros.
DOCE
—Soy Juanca Bogomilo —dijo un hombre alto y canoso cayendo sobre nosotros como un ventarrón; tenía dientes afilados y blandos ojos de acero, seguramente cámaras de trivi. Sonrió con calma; sus manos bailaron en el aire y la piedra de un enorme anillo relampagueó al recibir la luz de un foco bien oculto—. Supongo que habrán tenido problemas para mantenerlo en secreto, ¿verdad? —Señaló al androide con el dedo. Su voz y su expresión traducían un temperamento infantil.
—Esto es un abuso —dijo Spike—. No tiene derecho a disponer de nosotros. ¿Quién es usted? ¿Por qué nos han secuestrado?
Bogomilo se encogió de hombros.
—Yo no decido. Pero póngase en mi lugar…
Era una forma muy curiosa de decirlo.
—¿Qué lugar? —dijo Spike, desconcertado. Tomó la mano de Andry como un padre que se dispone a salir a la carrera con su hijo bobo para no afrontar las burlas de la gente.
—Él es la noticia. Y la queremos antes de que el enemigo sepa que existe. A Raúl Entilis no le gusta perder, a nada. —Sin dar otras explicaciones, Bogomilo nos dio la espalda y se dirigió hacia una de varias puertas. Por lo visto estábamos en el nudo de la Torre, ya que algunos pasillos parecían ascender, otros descender y algunos se torcían a nivel, pero en ángulos absurdos.
—El cuerpo de la medusa —comenté—. Perdidos y sin mapas.
—Como si fuéramos ratas en un laberinto de muerte; roedores —susurró Andry. Pero nadie le prestó atención. López y los suyos, una vez más, debían de haber recibido órdenes directas, porque sólo él y uno de sus secuaces avanzaron con nosotros por el corredor, cerrando la marcha.
—¿No se va a sacar la capucha? Hace calor. —El esbirro no contestó. Y yo supe por qué no se la sacaba, pero eso no tiene nada que ver con esta historia.
—El profesor Cabaña estará en el programa con ustedes —dijo Bogomilo sin volverse—. Conocen a Cabaña, ¿no?
Antes de que alguno de nosotros atinara a responder, y tras otra curva, nos topamos con una puerta digna de una nave espacial o de una central atómica. A la izquierda había un panel con un teclado numérico, que Juanca ocultó con su cuerpo para digitar una secuencia. La puerta se abrió sin un quejido.
Pero no habíamos llegado a cruzar el marco cuando nos alcanzaron y apabullaron los ruidos que emergían del estudio. Era como si el objeto más pesado del universo estuviera siendo arrastrado por el piso encerado, mientras un millón de simios golpeaban barras de hierro contra cacerolas y sartenes y un mezclador de multitudes produjera efectos electrónicos como los que hizo el Creador al principio de todo, cuando todavía no dominaba bien los materiales ni había aprendido a manejar el control remoto.
Al oír el estruendo, el androide retrocedió. No estaba diseñado para expresar pánico, pero noté que se oprimía la cabeza con las manos.
—No soporto el sonido —gimió.
—¿Qué le ocurre al muñeco? —dijo Juanca, alarmado.
—No puede resistir este volumen de ruido —repliqué—. Sus sensores no están preparados para la mierda que ustedes producen. ¿No puede bajarlo?
—¿Creen que es un sencillo aparato electrónico, como su androide, algo que se puede regular a voluntad moviendo un dial? —Juanca nos contempló piadosamente—. La tecnología del norte no es gran cosa, hoy en día, ¿no les parece?
Spike estuvo a punto de irse encima de Bogomilo, pero lo detuve con un gesto.
—No me importa cómo —ladré—; consiga que bajen el volumen. Si no lo hacen no sacarán nada de él. Lo van a estropear. Y no está asegurado. ¿Quiere que Entilis se vea enfrentado a una demanda por daños? A él no le va a pasar nada, pero no doy un centavo por su cabeza, Bogomilo.
—Está bien. —Juanca se metió en el estudio y como por arte de magia, diez segundos después el sonido se desplomó. Regresó sonriendo—. Bienvenidos a «Usted quiere la verdad».
Lo había visto alguna que otra vez en la trivi, para qué negarlo, pero no me imaginé que ese espacio, poblado de luces y artefactos, pudiera albergar tanta basura. Era grande, pero grande con ganas, y me costaba aceptar que no contara con recovecos empotrados en otras dimensiones. Era lamentable que semejante desmesura estuviera condenada…
—¡Por fin! —exclamó un hombre calvo y delgado aproximándose a nosotros con la mano extendida y una sonrisa cálida en los labios. El contraste era evidente—. Soy el profesor Cabaña. Era hora de que me permitieran estar con otros seres humanos —dijo con picardía.
—Mucho gusto. —Le acepté la mano y sentí que el firme apretón transmitía un mensaje; Cabaña jugaba en otra categoría. Hubiera querido leer más, pero él retrocedió un paso para abarcarnos con la mirada.
Sissy trató de explicarle la verdad señalando al androide.
—Oiga, él…
—Justamente —la interrumpió Cabaña—, lo digo por él; ¡qué placer! Lo han logrado. Es idéntico. Cuando me avisaron de que venía me puse a bailar como un chico.
—El profesor Cabaña —dijo Bogomilo tratando de no quedar fuera de juego— es un experto…
—¡No sea imbécil! —Lo miré con tal expresión de furia que López creyó que iba a tener que intervenir con su Parabellum. Juanca cruzó las manos sobre el pecho y pidió clemencia.
—Perdón, ¡perdón! Soy un humilde empleado de Mega Cadena Dos. Sólo leo resúmenes…
Cabaña palmeó las manos.
—Veamos si es posible organizar algo y convertir esta charca en un estanque de agua cristalina.
—Pide demasiado —dijo Spike—. ¿Sapos que se hacen príncipes, por ejemplo?
—He aquí —dijo Andry señalando a Spike— en lo que nos hemos convertido tratando de mantenernos a flote en tiempos como éstos.
—¿Se da cuenta, Cabaña? Hasta el androide sabe que esto no sirve para nada. —Tomé el brazo del profesor y traté de separarlo del resto. Divisé unos sillones muy parecidos a los de la fiesta de Sissy; no podía ser coincidencia: el productor era el mismo. La configuración indicaba que mi amiga nos había vendido. ¿Para qué? No le hacía falta el dinero. ¿Podía estar equivocado? No estaba equivocado. Había sido así desde el principio, cuando me llamó de madrugada para que fuera al aeropuerto. Judas Sissy o Sissy Judas, no importa. No volvería a meter mis preclaras ideas en esa cabecita.
—¿Adónde creen que van? —dijo López; no era un buen lugar para usar la Parabellum, pero se veía a la legua que extrañaba una buena cachiporra o un palo de golf.
—Nos vamos a sentar en ese sillón —dijo Cabaña con la mayor calma posible—, y vamos a ponernos de acuerdo en dos o tres cositas, por lo menos para que el programa salga… pasable, digerible, ¿entiende? —Hizo una pausa, se caló unos arcaicos anteojos de armazón oscuro y miró a López—. ¿Usted quién es, de dónde salió? Parece un delincuente. Acá hay gente de más. ¿No puede resolverlo, señor Bogomilo? ¿Somos los invitados al programa o prisioneros de la empresa? ¿Por qué estos hombres están armados?
López trató de refutar sin éxito la andanada de Cabaña. En ese mismo momento llegaron los maquilladores y los tramoyistas o como se llamen los asistentes de un canal de trivi. Un enjambre. Zumbaban. Y secretarias, muchas secretarias con poca ropa. Eso no había cambiado desde los tiempos de la vieja televisión plana: las secretarias eran bellísimas, por lo que sus cuerpos, frescos y apetitosos, se exhibían en todo su esplendor. Ni siquiera el androide, créanlo o revienten, pudo evitar hacer un comentario al respecto:
—Las mujeres están obligadas a usar una buena cantidad de tiempo para alcanzar la belleza y la perfección.
Cabaña se sacudió eléctricamente.
—¡Admirable! Reitero lo dicho: podría pasar por un ser humano en cualquier parte.
—¿Lo dice en serio? —Los ojos de Sissy brillaron como diamantes, como si ella en persona hubiera parido al androide. Yo seguía sin saber por qué nos había vendido. Parecía la misma Sissy de siempre.
—¡Quédese quieta! —vociferó una maquilladora gorda que trataba de mitigar los estragos del Solsticio en el rostro de mi amiga. Demasiadas salchichas y codillo de cerdo con chukrut, pensé. Demasiadas drogas de diseño. Las hermanaban las catástrofes. ¿Por qué no optar por lo natural? Bogomilo llegó, con su afectación y sus dientes de tiburón, a cortar el hilo de mis reflexiones.
—Les explico cómo será esto. —Nos abarcó con su suave mirada de metal, mucho más artificial que la del androide, y tomó el control de la situación—. Música, muy estridente, más áspera que la que escucharon al llegar. Metan algodón en las orejas del muñeco. Sale Yaju Tatoo, nuestro conductor estrella, deslizándose sobre sus patines jet. Acopla con la barra lateral, la que está sobre los sillones, y colocándose en posición de murciélago los presenta. Primero usted —señaló a Sissy—, luego al profesor, tras él a usted —me señaló—, siguiendo con el señor Spike y finalmente al androide. —Inspiró para no morir por asfixia, pero ninguno de nosotros logró instalar una objeción o una pregunta antes de que continuara—. El tema es Blade Runner II y los replicantes vampiros, como ya se habrán imaginado. Ustedes no se adelanten que Yaju Tatoo les hará preguntas muy interesantes. Parece imbécil, por el aspecto, pero es un chico muy astuto y perspicaz. El tema es Dick y su paranoia y su vocación mística y sus delirios. Yaju ha visto todas las películas y trivis basadas en sus obras y aguarda ansioso conocer al androide…
—¡Bogomilo! —bramé—. Cállese un momento y escuche.
—Me asustó —dijo Juanca tocándose el pecho.
—No sea maricón. Escuche. Si querían una entrevista para ese programa de mierda, ¿no podían pedirla? Spike vino al país para —improvisé; no sabía a qué otra cosa, además de cardar gusanos, habían venido Spike y su marioneta—… para poner en marcha el Primer Templo de Transmigración Gnóstica.
—Si la pedíamos a cara descubierta —empezó Bogomilo a toda velocidad— usted habría influido sobre Spike para que rehusara…
—Es cierto —dijo Sissy. Le crucé una mirada como un latigazo y ella dio un paso al frente; nunca me tuvo miedo.
—Te compraron —espeté, resignado, pero feliz por haber podido escupir el gargajo que me oprimía el pecho. La configuración se desarmó por completo y la nueva, un diseño búlgaro con amebas de colores fluorescentes, indicó que el programa de Yaju en patines jet sería un éxito. El último éxito de la historia.
—Ese monigote —dijo inesperadamente Cabaña— no sabe quién es el androide, ¿verdad? —Hizo una pausa para amplificar el efecto. Bogomilo abrió la boca; faltaba que la cerrara y quedaría enganchado en el anzuelo. Jamás hubiera esperado el ataque del lado del profesor.
Pero yo tampoco estaba preparado para lo que siguió. La maquilladora gorda dejó de poner capas de grasa coloreada sobre las mejillas de Sissy y dijo:
—Es un androide, no es una persona, no es nadie. —Nos miró, cautelosa y desafiante y por las dudas no cerró la boca. Ella sí olía el anzuelo aunque no pudiera verlo. La miré serio durante varios segundos, para hacerle en la cabeza un ratón que se la comiera por dentro. Después me reí y dije:
—Es Philip Kendred Dick resucitado, idiotas. ¿Se creyeron la fábula del androide? Siempre dije que a los de Mega les faltan neuronas.
TRECE
—¡Soy Yaju Tatooooooooooooooo! —exclamó el divino rayo irrumpiendo en el estudio mayor, una esfera de rieles y espejos destinada a captarlo desde todos los ángulos posibles. Cuando una de las cámaras se detuvo casi un segundo sobre el conductor, pude apreciar el guiso de tatuajes y piezas de metal que le cubría el cuerpo. No usaba ropa alguna, pero el movimiento continuo impedía que se observaran demasiados detalles, y es el día de hoy que no sé a qué sexo pertenecía, aunque lo sospecho.
—¡«Usted quiere la verdad»! —Ululó una voz femenina, ceñida y chillona.
—¡Usted quiere la verdad! —coreó en contrapunto un bajo ruso pasado de vodka—, y nosotros se la vamos a dar.
Cabaña y yo buscamos el origen de las voces, pero por lo visto venían de todos lados y ninguno. Spike lucía aburrido; todo estaba tan lejos de lo que él había supuesto…
—¡Soy Yaju Tatooooooooooooooo! —volvió a proferir el conductor en otra pasada refulgente.
—¿Se calma alguna vez? —Miré a Sissy, que se hacía la distraída, y al androide, tieso como un novio en la primera visita a la casa de la chica. Ninguno de ellos me contestó.
—¡Silencio! —dijo Bogomilo directamente en mi cerebro. No podía creer que el tipo fuera telépata. Se trataba de algún artilugio que me había implantado en un descuido. ¿Cuándo, si jamás me tocó? ¿Jamás me tocó? No tuve tiempo para otra cosa porque Yaju lanzó la primera pregunta de su vertiginosa entrevista.
—El androide, ¿es el ojo de la luna en el laberinto de la muerte? —Sonó como el zumbido de un insecto y necesité que Bogomilo me lo tradujera a un idioma comprensible.
—Después se dobla —dijo la voz en mi mente cuando hubo aclarado el sentido de la frase de Yaju.
—¿Así será todo? —se quejó el profesor.
—No. Sólo las escenas de acción —dijo Bogomilo. Por lo visto nos hablaba a todos del mismo modo—. Todo se edita y se dobla. Las preguntas verdaderas las haré yo.
—¡Se consiguió un lindo trabajo, Bogomilo! —No podía reprimir el asco que me daba todo el asunto. Pero así se hacían las cosas. Por lo menos así se hacían en Mega.
Yaju Tatoo dio cien vueltas a la esfera, como un mono histérico, nos hizo diez preguntas incomprensibles mezclando los títulos de los libros de Dick, o por lo menos algunas de sus palabras más significativas. Por fin, en algún momento, se abrió una trampa en el trayecto y se lo tragó la oscuridad. Una música de esferas, algo parecido a lo que hacía Mike Oldfield cuando yo era un adolescente, inundó el estudio. O tal vez fuera Gyorgy Ligetti, el de Odisea del Espacio. No importa. Las luces se atenuaron y de pronto Bogomilo estuvo sentado entre nosotros, con su mirada de cordero reclamando verdades divinas y certezas absolutas.
—Esto funciona así, como ya habrán notado. Todo es técnica. El trivi funciona de este modo.
—Entonces —dijo Cabaña—, ¿hay un programa en serio detrás de todo este sinsentido?
—Sí… bueno, no. Esto se dobla y se edita.
—Ya lo dijo, Bogomilo, no se repita.
—Es importante. No sé si vale la pena que lo aclare, pero lo que ustedes digan se manipulará hasta hacerlo irreconocible.
—¿Por qué no ponen actores, entonces? —dijo Spike.
—No sería creíble.
—¿Creíble? —No pude evitar una risotada; Sissy me pellizcó. El androide rebuscó en su base de datos y emitió una frase adecuada.
—No vemos tan sólo los pensamientos como objetos, sino, ante todo, como movimiento o, con mayor precisión, como ubicación de los objetos: cómo llegan a vincularse entre sí. Pero no podemos leer la estructuración del ordenamiento; no podemos extraer la información contenida en él; es decir, en cuanto información, que no es otra cosa.
Yo sí puedo, pensé, pero no era el momento adecuado para esa clase de revelaciones. Cabaña, que no tenía los compromisos que yo tengo con lo invisible, se sintió facultado para interpretar el párrafo.
—Eso es de Valis —afirmó—. Un punto para el que programó al androide.
—Gracias —dijo Spike, moviendo la cabeza como un caballo.
—¿Usted lo programó? —Cabaña emitió un silbido que pareció despertar a Bogomilo.
—Esta parte la podemos hacer en serio, como una charla informal. Seguro que no dejan nada —concluyó, tristón.
—No importa, Bogo —le dije poniéndole la mano sobre el hombro—; hagamos de cuenta. Después de todo, aquí siempre hicimos de cuenta, ¿verdad?
—De acuerdo —aceptó él, resignado—. ¿Para qué lo trajo?
Tomó a Spike con la guardia baja, porque la pregunta era para él, pero no tenía idea de cómo responderla.
—No lo creería —dijo Sissy, inesperadamente—. Si le dijera el verdadero motivo pensaría que estoy inventando.
—Entonces no lo diga. —Me sobrepasaban con el juego de alto. Bogomilo se rascó el cuello—. ¿Alguien puede creer que él es el escritor Philip Dick y que ha resucitado? ¿Puede nacer una religión a partir de este programa, si hacemos las preguntas exactas?
—No soy un androide —replicó el androide. Todos lo miramos a un tiempo; él siguió—: Puede aplicarme el test de Voigt-Kampff. Ya me lo han hecho y no me importa repetirlo.
—¿Habla en serio? —Bogomilo se permitió una genuina expresión de adúltero pescado por la cámara sorpresa de la esposa.
—No sabe otro modo —dijo Spike—. Diferente es si dice la verdad. Pero la mentira no cabe en el programa.
—Todo sirve —interrumpí—. Ya se las ingeniarán los técnicos para editar y emparejar.
—Insisto —dijo Bogomilo—: ¿Alguien cree que la gente aceptará que el androide es Dick resucitado?
Observé a Bogomilo dos segundos y luego leí la configuración. El estudio había quedado en silencio y en la penumbra sólo titilaba una tenue melodía, casi un vaho. Me costaba aceptar que la disposición y actitud de los cuerpos, algunos en sillas, otros en sillones, uno o dos en el suelo, remedaba teatralmente la escena culminante de un relato que yo había escrito cuarenta años atrás, cuando Dick aún vivía. En algún momento me pareció el punto de partida para una nueva ficción: los personajes de un texto que yo escribiría algún día, en el futuro. Y el futuro es ahora, pensé, esta novela. Pero Spike me había adivinado el pensamiento y se movía en otra dirección, opuesta a la mía, saliéndome al cruce. No había ningún futuro.
—Los personajes de los libros que él escribió —dijo señalando al androide como si realmente fuese Dick resucitado— eran capaces de admitir que su propia naturaleza no era siquiera humana, con tal de hallar una estrategia que asegurara su existencia.
—La hormiga eléctrica —apuntó Cabaña sin vacilar.
—¿De qué habla? —Bogomilo buscó apoyo en mí; lo había apuntalado una o dos veces, pero ya no quería seguir haciéndolo.
—Se tendría que haber preparado mejor para hacer este programa —lo reprendí—. Mire a Yaju Tatoo, qué bien hizo su parte; si casi parece un ser humano. —Apunté con el mentón a Spike y le di su ración—. Y usted no abuse de su condición de extranjero ignorante. Recuerdo todos los cuentos y novelas, lo mismo que el profesor. Pero eso no es real, es ficción. Dick lo sabía. No existen límites si se trata de insertar hazañas en una obra literaria; no significa nada. Esto no es un relato, Spike. —Tenía que borrar todas las huellas de un tema tan espinoso si quería salir bien librado.
—¿Está seguro? —Spike se levantó del sillón y me puso una mano en el pecho—. ¿Por qué no deja de pensar en esto como si fuese un juego engañoso y se permite un poco de sano miedo en ese corazón de hielo? Tengo miedo y no me da vergüenza; miedo a lo que estos delirantes de trivi pueden llegar a tramar, le tengo miedo a Raúl Entilis, a las catástrofes naturales que Dios nos envía cada vez con mayor frecuencia, a los ricachones desfachatados que juegan con nosotros, a los falsos mesías y sus pastores, a los monstruos impuros y sin Dios. El miedo es un sentimiento bueno. Y el temor me impulsa a buscar una salida, aunque sea a través de… métodos poco ortodoxos.
Cuando terminó aplaudí. Había sido brillante. Hice de cuenta que me habían saltado lágrimas. Incluso me costaba aceptar que Spike no era el androide y Andry el humano, como en esa vieja película del ventrílocuo.
—Temer y resistir —protesté—. Con un poco de paciencia podría conseguir los párrafos más certeros, ¿no es cierto, Andry?
—¿Andry? —El apodo le hizo gracia a Cabaña, pero el simulacro de Dick creyó llegado el momento de hacer otra entrada triunfal y no le dio tiempo de nada más.
—Hay mucha gente que tiene un miedo terrible. Pero no hay que temerle tanto al proceso esquizofrénico; cuando uno está enfermo Dios interviene a la undécima hora, antes de que las tinieblas nos envuelvan por completo.
Por lo visto Bogomilo tomó nota y subvocalizó. Algún geniecillo de control, con sus ciento veinte granos purulentos en la cara, su camiseta de Clones Trek y sus dedos más rápidos que la luz ya estaba componiendo una sinfonía del disparate. ¿No era eso lo que nos mandaban las veinticuatro horas, fabricando engendros espectrales que poco tenían que ver con la realidad?
—¿Falta mucho? —Sissy estaba fastidiosa. Vi que cinco relámpagos rojos se hundían dentro del bolsillo de su camisa y emergía un tubo fluorescente. No podía ser otra cosa que PKD 13, el elixir que Spike había traído de los Estados Balcanizados de América del Norte. Los dedos más rápidos que la vista fluctuaron en los límites de mi percepción y supe que había tragado una o dos cápsulas. Ahora tendría sabor a cloaca, por lo menos por un rato. Y yo no tenía ganas de besarla, ni siquiera ahora, que sabía que no me había traicionado—. No estás entendiendo nada —dijo, sin esperar que le hiciera efecto; era obvio que trataba de obsequiarme el papel del obtuso de la fiesta.
—Falta poco —dijo Bogomilo—. Profesor Cabaña: ¿usted conocía el propósito de Spike cuando robó el cerebro congelado de Dick del depósito del Centro de Criogenia de Berkeley?
—¿De qué habla? —murmuré. Cabaña me detuvo con un gesto. La cosa tomaba un cariz peligroso. Leí la configuración y dio mierda, pura mierda.
—Cuando los milenistas empezaron a organizar sus grupos de choque —dijo Cabaña— fue evidente que la fiebre destructiva no tendría límites. Desde la catástrofe de Los Ángeles, que fue interpretada como el segundo signo del fin de los tiempos…
—¿Los milenistas? —Bogomilo buscó ayuda, pero ni López ni el otro pistolero estaban a la altura de las circunstancias. La ayuda llegó, una vez más, de boca del androide.
—Son responsables de que la enfermedad exista; la catástrofe que llevó al hundimiento de la sociedad enseña que la esencia de Dios es la belleza.
—¿Qué son los milenistas? —repitió Bogomilo. Por lo visto no le gustaba perder el control. Musitó unas palabras y los técnicos mandaron unos efectos que nos destrozaron los tímpanos.
CATORCE
Nos sangraban los oídos, pero eso no despertó la compasión de una nueva serie de encapuchados, por lo visto el último grito de la moda por aquellos días.
—¡Quédense quietos! —vociferó uno de los recién llegados saltando desde la plataforma de la cámara panorámica. Éste no sólo tenía una Parabellum Nova Luger 9 Milímetros, sino que además la blandía de un modo que permitía pensar lo peor. Los otros cuatro, también encapuchados, nos rodearon haciendo gala de una sincronía que hasta los ejecutivos de Mega deben de haber admirado.
—¡Qué se creen…! —Éstas fueron las últimas palabras de Juanca Bogomilo, segado como trigo en diciembre por un certero disparo de la Luger.
—¡Hijos de… —Éstas fueron las últimas de López, pero el disparo salió de una Ruger.
—¿Será posible…? —Y éstas las del pobre esbirro sin nombre, todavía encapuchado, lo que no impidió que observara, aunque no era el mejor momento para reparar en detalles como ése, que los encapuchados no repetían marca de pistola; bien mirado era una especie de refinamiento. Había una Glock (la que se cargó a López), una Witness, una Walther con cuños nazis y una Steyr de las que usaba el ejército austrohúngaro en la Primera Guerra Mundial. No pregunten cómo sé tanto de pistolas; acepten que tengo un primo que estudia para asesino serial y me cuenta todo lo que aprende en clase.
En pocos segundos nuestro precioso grupo había quedado reducido a tan sólo cuatro humanos, un androide, y una maquilladora gorda que se puso a vomitar sin ningún recato. Parece que las salchichas y el codillo le gustaban horrores, pero las otras variedades de la charcutería local le convertían el estómago en una peluquería de damas.
QUINCE
—¿Qué van a hacer con nosotros? —dijo Cabaña. Estaba sereno; tal vez porque saltaba a la vista que los encapuchados habían liquidado exactamente a los que tenían que liquidar.
Spike, en cambio, sonó incongruente, en parte porque la dicción se le cayó al sótano:
—Identifíquense —soltó—, por favor. —No se podía esperar mucho más del pobre yankee, tan lejos de casa y cargando un androide sobre los hombros.
—Son miembros de un comando subversivo, Spike. No les pida el número de documento. —Se ve que mi susurro fue audible para algunos de los intrusos, porque se escuchó una risita. Si podían reírse, a pesar de la matanza, no todo estaba perdido. Miré de reojo y vi que López se movía. ¿Y si sólo habían usado aturdidores? Era una idea consoladora.
—¿Quién es el que manda? —preguntó de nuevo Cabaña irguiéndose todo lo que pudo, que no era gran cosa.
—Cállese, profesor —dijo uno de los encapuchados—, que la cosa no es con usted. Ahora vamos a salir de aquí en orden y prolijamente. Los señores del estudio van a abrir todas las puertas y nadie se interpondrá en nuestro camino porque el que no haga lo que corresponde terminará como esos tres. —La voz del tipo sonaba alta y clara, casi como la de un locutor profesional. Reparé también en ese detalle y aun en otro, más extraño todavía: todos vestían ternos de buen corte, pero el de uno de ellos era gris perla y, aunque le faltaba la corbata de seda, la camisa negra delataba una coincidencia inverosímil. No me pude contener.
—Escuche, Lorenzo…
El aludido se movió como un látigo.
—¡Cállate! —Gruñó, con su inconfundible acento cubano—. ¡Cállate!
—¿Lo conoce? —preguntó Cabaña.
—No está muerto —dijo el androide—. Ha vuelto, de una forma u otra. Todos lo daban por muerto.
—¡Hagan callar también al monigote! —aulló el gusano.
—¡Lorenzo! —exclamó Sissy batiendo palmas y saltando como una colegiala; tal vez era otro efecto colateral del Solsticio, del PKD 13 o de cualquiera de las bazofias que se había metido entre pecho y espalda—. ¡Qué alegría que no estés muerto!
—Silencio —ordenó el que parecía ser el jefe—. Lo único que importa es que salgamos de aquí antes de que ésos se despierten o lleguen los de seguridad con armas más sofisticadas que las nuestras.
—¿No están muertos? —Sonó demasiado artificial, por lo que traté, sin éxito, de que mi traspié pasara inadvertido con un chiste—. Tal vez ellos estén vivos y todos nosotros muertos…
—No diga estupideces —dijo Spike, severo—. No es momento para juegos.
—Y nosotros —dijo el androide—, ¿estamos muertos, o no? —Ya nadie le prestaba atención. Nos habíamos acostumbrado a la maravilla tecnológica, como siempre ocurre, y empezábamos a tratarlo como si fuera un ventilador de pie.
—Vamos, no se demoren —dijo el jefe de los invasores abriendo la marcha.
Salimos del estudio por un pasillo diferente, un brazo recto que ascendía en un ángulo pronunciado, tal vez de treinta grados, aunque no tenía conmigo los instrumentos para comprobarlo. El trayecto fue largo y plagado de incidentes absurdos, la mayoría de ellos protagonizados por la maquilladora, que nos contó su vida y milagros en ocho minutos, con libertades de folletín y montaje de culebrón. Había sido violada por el padrastro, que finalmente resultó ser su padre biológico; aún adolescente fue engañada por un amante sifilítico que la vendió a un lupanar turco…
Por fortuna llegamos a la terraza antes de que Viridiana Buñela —así se llamaba la maquilladora; no es mi culpa— nos contara los avatares de su relación con el jefe electricista de Trivi Gold Plus, un canal exclusivo para magnates petroleros y reyes del silicio, y de cómo fue seducida y abandonada, lo que la llenó de angustia y la hizo aumentar cuarenta kilos en dos meses. Cerraba todo, por lo menos lo de los cuarenta kilos, aunque no haya forma de comprobar lo de los dos meses.
En la terraza estaba estacionado el helicóptero Bell de Lorenzo, pintado de celeste cielo y con un escudo rojo y negro en el que se leía: Cofradía de los Amadísimos Hermanos. No me pregunten cómo supe que el aparato era del cubano; algunas cosas se saben aun antes de poner en marcha el mecanismo precognitor.
—¿Entramos todos? —dijo Viridiana. No era una pregunta superflua.
DIECISÉIS
Lorenzo y sus secuaces nos llevaron a una quinta en medio de la nada, probablemente cerca de Chivilcoy o Bragado. Pero no podíamos asegurarlo, aunque el helicóptero había tomado rumbo al oeste. Lo más desconcertante, por entonces, era la conducta del androide.
—Me siento mucho mejor —decía a cada rato; se comportaba como un ser humano y nosotros parecíamos los maniquíes animados de Ernst Hoffmann.
Lorenzo lo miraba con desconfianza y su gente casi con terror. Sissy seguía flotando y Cabaña parecía divertirse con toda la situación; en sus casi cuarenta años de profesor, metido en las aulas y dictando conferencias, jamás había tropezado con algo tan estimulante.
—Estás perfectamente —le respondía Spike cada vez que el androide expresaba sus «sentimientos». El pobre yankee maldecía una y mil veces haber hecho un paso tan estúpido. Y había encontrado un complemento perfecto en Viridiana, que funcionaba con espasmos de novelón de trivi vespertino.
—Todo va a salir bien —decía—. Al final todo va a salir muy bien, no te preocupes.
—Es un buen momento para que explique su historia, amigo Lorenzo —dije en algún momento del viaje. Él no me contestó; ni siquiera me miró.
Descendimos en el centro geométrico de un rombo de cemento entre cipreses y nos llevaron por un camino de grava hasta una casita de cuento, con las paredes pintadas de blanco y un tejado rojo. Lo terrible o gracioso o absurdo era que se parecía demasiado a la casa de muñecas de Palmer Eldricht y hasta daba lo mismo que la droga del caso fuera la Can-D, la PKD 13 con la que había bromeado el androide en el aeropuerto —¿los androides tienen sentido del humor?— el kumo de los marginales de Retiro y Constitución o el Solsticio de Sissy.
Pero contra todos los pronósticos, nos trataron como si fuéramos los invitados de lujo del sultán de Brunei. Cuando nuestros secuestradores se sacaron las capuchas y los ternos resultaron ser unos muchachos divertidos y sociables, a pesar de que hacían ostentación de armas varias veces por día. Tal vez su único propósito había sido sacarnos de las garras de Mega para… ¿para qué? Tardaría algunas horas en averiguarlo. ¿Serían los secuaces de Ariel Sutlin, el archienemigo de Raúl Entilis? ¿Qué pretendía el dueño de Súper Antena? Demasiadas preguntas, y escaso el tiempo para responderlas. Medí el tiempo para el final y supe que sólo nos quedaban unas pocas horas de vida. Me sorprendió no estar angustiado, ni siquiera preocupado.
Por fin pude encontrarme con Lorenzo a solas y le volví a preguntar qué lo había llevado a urdir la patraña de su muerte.
—Demasiado complicado, para mi gusto —le dije. Tal vez no quería dar una explicación en público.
—Se equivoca —replicó—. Sabía que los de Mega estaban ante la puerta y tenía que coordinar la recuperación del androide. Yo trabajo para… otros.
Era más o menos coherente, pero no explicaba nada, y mucho menos que nos tuvieran retenidos en ese lugar. Además Cabaña no estaba de acuerdo. Me lo confesó mientras caminábamos por el sendero que serpenteaba entre los árboles y nos conducía hacia los establos. Un guardia armado (el de la Glock) nos seguía a diez pasos.
—¿Usted cree que Lorenzo desea ser el pastor de un nuevo culto, una suerte de Jim Jones dickiano? —Cabaña se detuvo para decir esto y Glock también se detuvo. Yo me encogí de hombros y busqué un cigarrillo. Recordé a tiempo que hacía más de veinte años que no fumaba.
—Es irrelevante —dije finalmente—. Creo que ya ni ellos saben por qué se metieron en esto. El androide no sirve para nada, nadie se sorprende, a nadie le importa. Ya lo verá cuando el programa salga al aire.
—Es una maravilla tecnológica —argumentó Cabaña reiniciando la marcha—. ¿Cuánto falta para el programa? No uso reloj.
—Tal cual; como el horno a microondas y las píldoras digestivas del doctor Ross. ¿La hora? Las once. Tengo hambre. De once a veintiuna… Diez putas horas. ¿Sabe cómo quemar diez putas horas, profesor? ¿Juega al ajedrez?
—No.
Como también faltaban un par de horas para el almuerzo, me despedí de Cabaña y me fui a caminar con el androide. Pero la caminata con Andry empeoró las cosas (y no calmó mi hambre) porque no se cansaba de hablar. Era como leer las novelas del maestro batidas en una licuadora.
—Las masas experimentan la necesidad de la religión, el consolador bálsamo de la fe. ¿Comprende lo que estoy diciendo?
—¡Por supuesto! ¿Por quién me tomaste? —Miré hacia atrás y vi que el rotor del helicóptero había comenzado a girar. Allí también había un mensaje escrito, acerca de la ciclicidad de todas las cosas en el universo, pero no era momento para desmadejar filosofía y me concentré en el androide; era mucho más divertido.
—Perdón —dijo—. Desde mi punto de vista, la verdadera religión no necesita una razón; una de las mayores muestras de la clemencia de Dios es la de mantenernos en una perpetua ignorancia acerca de nuestro futuro.
No pude por menos de admirar una vez más al genio que lo había programado, aunque su discurso pastoral ya me estaba resultando insufrible. Incluso pensé en cambiarle el nombre: en lugar de Andry, lo denominaría el Cura Automático, una especie de abierto las 24 horas regenteado por el Supremo Padre Celestial.
—¿Está grabando esto? —dije girando bruscamente para encarar a Walther, nuestro ángel de turno, que nos seguía a los diez pasos reglamentarios.
—N-no —balbució Walther—. ¿Debería haberlo hecho? —Se puso rojo como un tomate y tocó la pistola que le colgaba de la sobaquera, como si mi pregunta mereciera una bala entre ceja y ceja.
—¡Por supuesto! ¿Quién le da esas órdenes de mierda? ¿El de la Luger, gusano patán o algún jefe en las sombras, un capo mafioso, más jefe que el Jefe?
El androide me tomó del brazo y cortó de un modo brusco el flujo de mi discurso:
—¿Cree usted que los androides tienen alma?
Me dejó pasmado, pero tenía que contestarle algo.
—Sé que nuestros ángeles guardianes son aficionados a las armas de fuego. Éste es Walther y el otro es Glock y hay un Witness, y un Steyr, mi amigo Lorenzo, el gusano. Si dejamos que hagan la prueba sabremos con precisión si esa pregunta tiene sentido. El alma sale volando en cuanto le abren la puerta de la perrera.
—El test de empatía de Voigt —dijo el androide, lúgubre—. No es eso lo que necesito.
—El test de empatía de Voigt-Kampff —rectifiqué.
—¿Existe eso? —dijo Walther. Le gustaban los nombres alemanes o leía demasiada ciencia ficción.
—¡Claro que no! ¿Todavía no se dio cuenta de cómo funciona? —Entre los dos me habían irritado de un modo insoportable. Los dejé plantados, imaginando que ahí había material para que se hicieran buenos amigos.
Cuando llegué a la casita blanca de tejas rojas descubrí algo maravilloso. La maquilladora parecía haber asumido sin traumas el rol de cocinera —la última gracia, el día del Apocalipsis, habría sido pedir que no cocinara Sissy— y parecía tener habilidad para los guisos. El que nos presentó era picante, como a mí me gustan, y se las había ingeniado para mezclar eficazmente varias clases de carne: cordero, pollo, cerdo y conejo…
—Pediré su mano —le susurré a Sissy. Mi chica estaba pasada de vueltas, y ya no me atrevía a suponer con qué se había apaleado esta vez.
—No soy celosa —dijo. Metió una mano dentro de la camisa y sacó un pecho pequeño, con forma de palta; no usaba sostén. Le besé el pezón, pero la invité a que lo enjaulara para no poner nerviosos a los muchachos y que a alguno se le escapara un tiro.
—Después, bebé. Lo de la traición me excitó mucho.
—Sí, amito —susurró Sissy—. ¿Esta noche lo hacemos? ¿Promesa de honor?
—Toda la estructura del poder en este planeta —dijo Spike, que se había ido poniendo más pesimista a medida que pasaban las horas— se derrumbará si no hacemos algo pronto. Faltan sólo seis horas para que empiece el programa.
—¿Lo emitirán? —preguntó Cabaña—. Y en ese caso, ¿qué emitirán? ¿Quedará algo de lo que salió de nuestros labios?
—¿Presentarán el mesías androide? —Me gustaba jugar a ser cínico porque Spike casi ni se daba cuenta. Otra vez el idioma. Sólo Cabaña disfrutaba.
—No estoy calificado en absoluto —repuso el androide—. A algunas personas Dios las cura y a otras las mata. Siento que Dios me está curando. Pero no logré convencerme de que hay una puerta que conduzca a Dios.
—Todo se aprende, nada es imposible —sentencié—. Miren a Sissy y a Viridiana. ¿Quién lo hubiera dicho?
—¿Hubiera dicho qué? —dijo Spike, distraído. No le contesté, por supuesto. Había leído la configuración una vez más y todos los signos apuntaban a la desintegración. Algo haría masa crítica antes de las veintiuna, y para entonces yo tenía que estar preparado. Una sombra espesa como jalea de membrillo se ahuecó sobre la línea de horizonte y formó un diseño de rostros coloridos, formas aleatorias que debían tener un significado preciso, pero que a mí se me perdían.
—La comida estaba muy buena —dijo Cabaña rebañando el pan en el plato. La salsa se parecía demasiado a los rasgos de mi visión, por lo que decidí cegar mis dones por un rato.
—Gracias —murmuró la maquilladora, ruborizándose. Me admiré una vez más de la suerte de Lorenzo y los suyos. ¿Quién habría cocinado si Viridiana no hubiese estado entre los secuestrados?
El guiso era una exquisitez, sin lugar a dudas. Por lo visto, además, Viridiana contaba con un arsenal ilimitado de condimentos. Le había puesto papas y zanahorias y legumbres de varios colores, formas y tamaños. Algunas me resultaban tan exóticas como el androide. Pero tal vez lo más extravagante era observar a Andry mientras comíamos, con su actitud de asceta, flameando entre los pliegues del Nirvana. Cada tanto, tal sólo porque era el único que no masticaba, Andry dejaba caer alguna pregunta.
—¿Cuándo efectuarán su próximo movimiento? —Miró a Lorenzo, que se atragantó con una alubia particularmente grande, un haba, tal vez. Yo ardía por saber eso, pero la idea de una larga vida sedentaria, secuestrado en ese lugar tan hermoso, la buena comida y bebida (sólo había vinos de cincuenta euros) y la posibilidad de fornicar sin restricciones con Sissy y hasta con Viridiana, me estaban empezando a domesticar, me habían extirpado la furia inicial. ¿Qué pasaría después de las veintiuna, de que todos conociéramos la verdad que ansiábamos? Las imágenes apocalípticas regresaron y advertí que todo lo anterior era pura fantasía.
—Pronto —balbució el cubano—. Faltan unas pocas horas. —Me dio la impresión de que vacilaba, y por primera vez supuse que todo en él era parte de una representación, una suerte de cajas chinas cuyo último término aún no habíamos descubierto.
—¿Nos dirá por fin las razones de esta puesta en escena? —Cabaña interpretó lo mismo que yo y fue oportuno; Lorenzo se estaba tambaleando y era el momento de un gancho a la mandíbula.
—No. Ya se enterarán a su debido tiempo. Faltan unas pocas horas —repitió.
—Entonces —insistió Cabaña— debemos suponer que espera algo, una señal, una orden. ¿Hay alguien que pueda cagar sobre su cabeza? ¿Los de Mega son sus patrones o sus lacayos? Dígalo de una buena vez, hombre, estamos entre amigos. ¿Trabaja para Ariel? ¿Para un consorcio malayo que quiere hacer pie en la Patagonia? ¿Para las ovejas de eléctricas del señor B?
Lorenzo no contestó. Tomó la copa llena de Château Garrineau, un Bordeaux de 1989, y la vació de un trago. No lo imité. Acerqué el néctar a mi nariz y lo olí con fruición antes de fraccionarlo en infinitos sorbos. Estaba bebiendo terciopelo, seda, los jugosos labios de alguien mucho más joven que Sissy se deshicieron entre los míos. Estaba seguro de que era la última copa de vino de toda mi vida.
DIECISIETE
A medida que pasaban las horas la atmósfera se fue espesando. Primero fue crema, luego pasta dentífrica. A las diecinueve era dulce de estopa o peor aún, de cactus. Seguíamos alrededor de la mesa cubierta por un mantel de lino rojo y blanco, como la casa y las tejas. Pero nadie había levantado la vajilla porque Viridiana había decidido que era cocinera, no mucama.
—Los gnósticos creían que la deidad creadora era insana —dijo Andry—. Ciega. —Parecíamos un grupo de ociosos amigos reunidos para comer un asado. Pero el clima desmentía cualquier suposición en ese sentido.
—¿No pueden hacer callar a esa cosa? —El dueño de la sutileza era el nazi, Walther. Tenía tantas ganas de usar su arma que empecé a temer que se suicidara sólo para tirar del gatillo.
—Yo soy dios y no hay otro dios fuera de mí —insistió Andry.
Puse el índice debajo de la nariz, cruzando los labios, seguro de que el gesto era universal, pero olvidé que el destinatario era un androide.
Spike fue más expeditivo.
—¡Calla!
—Soy el único que se ha encontrado con Dios. —No había modo de pararlo. Sissy se le colgó del cuello y lo besó en la boca, pero el arrebato estaba condenado.
—¿Qué se propone? —dijo Cabaña. Una vez más parecía ligeramente divertido. Ni yo tenía tantas ganas de gozar de la bizarría del androide lanzado a recitar a Dick como una máquina sin control.
—Todos ustedes se han visto enfrentados al fracaso tantas veces que tienen miedo de fracasar —prosiguió el androide. Se había subido a la mesa para ponerse fuera del alcance de Sissy y de Spike, que trataba de calmarlo, y pateaba los platos con restos de guiso. Los trozos de carnes y legumbres tapizaron el mantel y fueron pisoteados por el androide que había empezado a moverse de un modo frenético, como si zapateara al compás de una música inaudible para nosotros.
—¡Deténganlo o disparo! —exclamó Lorenzo. Estaba rojo de furia. Nunca lo había visto así. Sacó la Steyr de la sobaquera y apuntó a la cabeza del androide.
—¡No! —Spike se lanzó directamente sobre la pistola de Lorenzo y recibió el tiro en pleno pecho.
Pero no ocurrió nada, claro. La pistola estaba cargada con cartuchos de salva. Así eran las cosas antes de que se pusieran realmente mal. Es posible que el de la Steyr de Lorenzo haya sido el último cartucho de salva de la historia.
—También mataron a Jesucristo por lo que había hecho —dijo el androide, y añadió—: Resucitar a un hombre de entre los muertos. —Movía las manos como un colegial que declama en una fiesta patria.
—No murió nadie —le respondí apretando los dientes. Hasta Spike estaba sorprendido de seguir vivo.
—Ha sufrido infinidad de muertes y renacimientos, en comparación con Jesucristo, que murió una sola vez.
Los esbirros empezaron a reírse. El androide se parecía cada vez más a una rockola averiada. Yo no podía ser tan ingenuo y descartar la posibilidad de que eso fuera una estrategia programada.
—Falta sólo una hora y media —anuncié—. No he visto el equipo de trivi en ninguna parte.
—No te preocupes, chico —dijo Lorenzo, por primera vez en mucho tiempo en posesión de cierta calma; había decidido ignorar al androide—. Veremos el programa todos juntos, en comunión. Algo grandioso ocurrirá esta noche.
Pero Andry, lejos de procesar como banal el comentario del gusano, volvió a la carga.
—Es el milagro de la comunión por el que las dos especies, el vino y el pan, se convierten de manera invisible en la sangre y el cuerpo de Cristo.
Fue más de lo que Walther pudo soportar. Tomó la pistola por el caño y golpeó con la culata en la nuca del androide, que cayó de la mesa moviendo los brazos entre convulsiones; arrastró el mantel y los platos se deslizaron en cámara lenta y se hicieron añicos contra el suelo. Las esvásticas quedaron estampadas en el material como las marcas en los antebrazos de los prisioneros de Dachau.
DIECIOCHO
—Tranquilos —dijo sorpresivamente Spike—. No es nada que no pueda arreglar un electricista o un plomero.
—No quise… —Walther se sentía mal, como si le hubiera metido un tiro a un niño porque lo atropelló con la bicicleta.
—Usted es una bestia —terció Spike—; de eso no hay duda. Pero lo repararé en un momento.
Se inclinó sobre Andry y tocó un punto entre la cuarta y quinta vértebras cervicales; hubieron dos o tres segundos de tenso silencio y luego Andry abrió los ojos y movió la boca, pero no como una persona sino como un muñeco de ventrílocuo.
—Quien coma mi carne y beba mi sangre —dijo el androide— tendrá vida eterna, y lo elevaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Quien coma mi carne y beba mi sangre vivirá en mí, y yo viviré en él.
Pateé un túmulo, que bien podía haber sido un hormiguero, y avancé hacia la hilera de árboles que marcaban el límite este de la finca. Percibí que uno de los matones, el de la Glock, hacía ademán de seguirme, pero Luger, el jefe, lo detuvo con un gesto. Todavía no había podido explicarme por qué el jefe era Luger y no Lorenzo, Steyr. ¿Nos había engañado desde el principio? Era gusano, pero la información de que era rico había corrido por cuenta de Sissy, y ya he explicado lo poco confiable que era Sissy en cualquier instancia, incluso en la cama.
No obstante, aunque no me seguía ninguno de nuestros secuestradores, alguien me seguía. Giré de improviso para sorprenderlo y vi a Viridiana Buñela pegando un salto y llevándose las manos al cuello.
—¿Qué quiere?
—Entender —dijo la gorda.
—¿No entiende? Si está todo claro como el agua.
—No entiendo.
Seguimos caminando y llegamos a los pinos del lado sur. Dos o tres toscos bancos de madera permitían imaginar que eso era un recreo, o lo había sido. Nos sentamos. No parecíamos dos jóvenes amantes en busca de la electricidad que activara nuestros corazones en estado de coma…
Le expliqué en cien palabras lo que ignoraba, quién había sido Dick, el asunto de los androides, los delirios místicos, la Exégesis, sus relaciones con los fans, con el FBI y hasta lo del bofe para el gato. Le dejé fluctuando en el borde de la percepción lo de la secta y las presuntas intenciones de Mega Cadena Dos, sus amados empleadores, pero ella estaba ciega. Su entendimiento no pasaba de la técnica para emparchar estragos en el rostro de la heroína de las quince o de hacer un buen guiso. No podía apartar la vista del androide, que seguía parloteando otra vez de pie sobre la mesa. Nada había cambiado y estoy seguro de que dos o tres pensamientos giraban en la rueda de su mente como hámsteres.
—Eso, entonces, es un juguete —dijo cuando hube terminado, señalando al androide con el dedo.
Y en cierto modo tenía razón: era un juguete de lujo, aunque juguetes más inofensivos se habían transformado en armas letales en manos de las personas convenientes.
—Un tosco juguete, en efecto. —Recordé expresiones y gestos de androide; hubiera jurado que en su rostro, mientras pronunciaba los absurdos sermones, había tristeza, rabia, desamparo. Rechacé la idea; no podían haber alcanzado tal grado de excelencia. Y Viridiana no estaba para sutilezas.
—¿Para qué lo trajeron?
Me encogí de hombros.
—Lo trajeron, le dejaron pasar la barrera tras untar un par de palmas con crema verde y probablemente alguien lo está manipulando en las sombras; tal vez ese alguien ni siquiera es Spike. Pero no sé nada más que eso.
—¿Qué hay que saber? —dijo Viridiana—. ¿Quién querría hacerle preguntas a un muñeco que imita a un escritor de ciencia ficción que se murió hace como treinta años?
Preferí dejar pasar la inexactitud de la cifra. Había cosas más importantes en que pensar.
—Por más que le explique lo que significa este escritor para sus lectores, usted no lo entendería. Es una cuestión de códigos. —No quería ser sádico, pero cada palabra que yo decía se reflejaba en los húmedos ojos de Viridiana—. ¿Qué leyó, si alguna vez leyó algo? Usted trabaja para ellos, para los que producen la basura que seca las mentes, que pudre el cerebro. La gente que ve los programas de mierda que usted maquilla no lee a Dick, se lo garantizo.
—Usted es un bruto; ¿cómo me habla de ese modo?
—Soy un bruto —asentí; ya no me importaba herirla, aunque sabía que ella no era nadie, que aunque la cortara en pedacitos el dolor no alcanzaría a Raúl Entilis y los capos de Mega—. Ellos creen que Ubik es la llave qué abre la puerta a otras realidades, y un androide con la apariencia física de Dick es lo máximo…
—Se equivoca; yo no soy estúpida, aunque me dedique a maquillar y a comer. Ya verá. Cuando esas palabras, escritas en grandes letras de oro, pasen por la picadora de carne de trivi, no quedará nada.
Me sorprendió, pero no le iba a dar el gusto.
—Veremos, ya falta poco. —Al incorporarme, desequilibré el banco y Viridiana fue a dar con sus más de ciento veinte kilos sobre la alfombra vegetal. Escuché unos sollozos, pero no regresé para levantarla. Tenía cosas más importantes que hacer y eso no era lo peor que a ella le ocurriría antes del fin del día. Leí la configuración: nada había cambiado. Era hora de empezar a prestar atención a las palabras del androide, seleccionadas por un experto entre los tres millones que Dick debe de haber escrito en su vida. Y celebrar que haya excluido el millón adicional que nos obsequiara en la Exégesis.
DIECINUEVE
En efecto: el androide siguió con su hemorragia de citas de los libros de Dick. Pero ya nadie le prestaba atención. Los reyes de la fiesta fueron, a partir de las veinte, los que tenían relojes. Y cuando sólo faltaban diez minutos para el comienzo de «Usted quiere la verdad», Glock y Walther arrearon los componentes de un equipo de trivi profesional Microsollips, de los que sólo se fabrican una docena, como el Rolls-Royce Phantom.
Nos sentamos en torno al centro imaginario en una sala circular de la finca, lo que indicaba que, contrariando mis especulaciones, todo estaba calculado de antemano.
Cabaña, en el asiento contiguo, golpeó con su codo mis costillas.
—¿Hasta dónde se habrán atrevido a llegar?
—Ya nos enteraremos —respondí de mal humor.
—¿Está enojado conmigo?
—¡Por favor, profesor! Me enoja la situación, este androide macarrónico, que se juegue todo el pozo en una sola mano…
—Ah, eso. Ya llega la señal.
—Una señal de enfermedad mental —dijo el androide.
—De enfermedad, en efecto —murmuré.
—Casi toda locura —dijo el androide— puede identificarse con lo extravagante; la ausencia de respuesta afectiva adecuada es una forma de locura teatral.
El aire palpitó, originando una perturbación semejante a la que se produce sobre el pavimento recalentado por el sol. Una serie de puntos luminosos se condensó en torno a tres ejes formando un cubo fluorescente por cuyas caras fluyeron churretes de magma. A medida que las manchas se expandían iban enredándose en torno a un patrón invisible y cimentaban formas manifiestas, a veces durante furtivas fracciones de segundo, pero sin avanzar sobre el interior del cubo. El equipo no se parecía en nada a los artefactos caseros a los que todos nosotros estábamos habituados. Una luz cegadora estalló de pronto formando un huso a un metro del suelo y su eco quedó suspendido en la nada por un momento. Todos cerramos los ojos instintivamente y volvimos a ver el huso en el fondo de la retina: una sucesión de manchas rojas y moradas contra un telón de fulgores amarillos.
—¡Buen espectáculo! —dijo Cabaña—. Segundo acto.
La parafernalia tecnológica no pudo disimular que eso ya lo habíamos visto. De lo sublime a lo ridículo en un guiño. Yaju Tatoo se deslizó sobre sus patines y los ensambló en los rieles de la barra lateral para quedar cabeza abajo, en posición de murciélago.
—No editaron nada —exclamé, cínico—. Las mismas payasadas.
—Ahora los presenta —dijo el cubano palmoteando entusiasmado. Disfrutaba como un chico, por lo que no tuve más remedio que preguntarme, por enésima vez, qué le producía tanto placer.
—Sí, nos presenta —bufó Cabaña. Y no era para menos. Todo parecido con la realidad había terminado. La voz del bajo ruso mezclada con la chillona voz femenina habían sido acopladas para formar la expresión oficial de Yaju Tatoo.
—¡«Usted quiere la verdad»! —rugió la voz, llenando el cubo de resonancias y estrépitos nocturnos.
Nos descubrimos relajadamente sentados en los sillones mientras Yaju Tatoo aparecía y desaparecía de nuestra vista, chispeando por las caras del cubo como un faro histérico. Tal como habíamos previsto, ni las preguntas ni las respuestas tenían nada que ver con la realidad; a los técnicos les bastaba un puñado de frases para componer un vocabulario completo.
—¿Quién de ustedes es Dicky? —dijo Yaju en una de sus primeras pasadas.
—Yo —contestó el androide sin despegar los labios. La versión alternativa había asumido que ni siquiera importaba que el nombre fuera pronunciado correctamente.
—¿Usted no está muerto, señor?
—Yo estaba muerto y resucité de entre los muertos.
—¡Qué buena noticia! —dijo Yaju—. ¿Piensa quedarse a vivir entre los vivos?
—¡Por supuesto! —respondió el androide, otra vez sin mover los labios. ¿No lo notaban?
—¿Cómo piensa ganarse la vida?
—Trabajando como el mesías de la nueva religión que estoy fundando en este mismo momento.
—Usted es un ateo recalcitrante —dijo Yaju en otra pasada, dirigiéndose directamente a mí—; un enemigo de las religiones y los sacerdotes. ¿Qué comparte con Dicky?
Me sorprendí dando una respuesta escalofriante.
—Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, y que, juntamente con el Padre y el Hijo, es adorado y glorificado.
Salté de la silla y me lancé contra el cubo, frenético, haciendo caso omiso de su insubstancialidad. No logré atrapar a Yaju, por cierto, que seguía derivando por las paredes del cubo como un chimpancé en monociclo. Pero fui sujetado por Lorenzo y Walther, quienes con toda cortesía me devolvieron a mi asiento.
—Sabíamos que sería así —dijo Cabaña—. ¿Por qué se altera? ¿Esperaba otra cosa?
—No esperaba semejante hijoputez.
—Puedo creer cualquier cosa, menos que usted sea un tipo ingenuo. Yo esperaba un catálogo de hijoputeces.
Moví la cabeza como Bucéfalo ante el Ganges.
—Tiene razón. Sigamos disfrutando del espectáculo.
El titiritero de Yaju Tatoo seguía poniendo en sus labios las preguntas más bizarras que se pueda imaginar. Sissy no tardó en convertirse en una suerte de María Magdalena, lista para ofrendar su útero y engendrar el linaje que guiaría la vida espiritual de la Humanidad en los próximos mil años. El profesor Cabaña disertó durante varios minutos sobre gnosis, cabalismo, ebionismo, mazdeísmo, teosofía, los arrianos, el credo de Nicea, los cátaros, el Priorato de Sión, los secretos templarios y el Libro de Urantia. No dejó fuera ni a J. J. Benítez y sus caballos troyanos. El profesor Cabaña, el verdadero, el que estaba junto a mí en la sala circular de la finca, presenciando el espectáculo de trivi de Mega Cadena Dos denominado «Usted quiere la verdad», se abismaba en tal ataque de risa que empecé a temer por su integridad cardiovascular.
—Profesor, tenemos que hacer algo.
—¿Algo? —Hipo, Cabaña—. ¿Está loco? Esto es lo más divertido que me ha pasado en la vida. —Se apretaba los lagrimales con los dedos, los sacaba húmedos, los chupaba, los dedos, no los lagrimales, y se golpeaba la frente con la palma de la mano; una y otra vez.
—No tanta risa —dijo Spike—. Miren a Lorenzo y su gente.
Lorenzo y sus pistoleros, Glock y Luger, Ruger y Walther, estaban completamente hipnotizados. Viridiana Buñela estaba completamente hipnotizada, Sissy estaba completamente hipnotizada, y lo que era abrumador e impensable antes de que comenzara el programa, el androide estaba completamente hipnotizado.
VEINTE
Cabaña, como primera medida, dejó de reír.
—No se puede negar que ha sido un hábil movimiento táctico —dijo. Movió un dedo y abarcó a toda la concurrencia—. Están unificados, en plena comunión.
—¡Chocolate por la noticia! —repliqué, irritado—. Desde los últimos años del siglo veinte, cuando todavía no existía este engendro, la idiotización ya era el alma de la fiesta. ¿Qué lo sorprende?
—Esto es superficial —dijo Spike. Estaba aterrado. Pensaba y sentía exactamente lo contrario.
—No lo es. —Tenía ganas de discutir con Spike y con Cabaña. Tenía ganas de tomar la Steyr de Lorenzo y dispararle a los ocho. Ocho eran los cartuchos que admite esa pistola.
Pero el androide captó mis pensamientos y apartó los ojos del cubo de trivi para mirarme con expresión de oveja mansa, sin electricidad, sin urgencia, sin recovecos.
—Pensaste matarme —dijo el androide, hablando como si estuviera convencido de su condición humana.
—Todavía estoy a tiempo —respondí.
En el cubo de trivi se sucedían escenas de filmación plana, en las que se veían las pocas imágenes de Philip Dick que se conservaban, muchas de ellas combinadas con animaciones estocásticas de simples fotografías. El resultado era un fárrago de supuestos acontecimientos y acciones que apuntaban a crear en los espectadores la noción de que el escritor había sido una especie de mesías, que había muerto tras experimentar una revelación y resucitado para conducir a los nuevos pobres de espíritu a la salvación. Se veía a Dick como un fanático del esoterismo y del gnosticismo, acosado por urgencias místicas que ponían en evidencia que él era el Nuevo Elegido. Los locutores se esmeraban por certificar, cada dos o tres frases, que Dick era adicto a las anfetaminas, al LSD, al fenobarbital, la mescalina y el hachís. En realidad habían armado una lista de barbitúricos y alucinógenos y la iban intercalando aleatoriamente.
Al fin me descubrí, yo también, hipnotizado por las secuencias armadas artificialmente, casi creyendo que eran genuinas. Observé que el androide me miraba con atención y que, de ser posible tal cosa, una mueca burlona se dibujaba en sus facciones.
Pero lo peor estaba por venir. El ojo celestial de las cámaras se había olvidado de Yaju Tatoo y de los entrevistados, incluso de que Dick resucitado estaba en el estudio de la Torre Mega. Ya volverían a él más tarde. Había que crear las hebras de ficción para hacerlas realidad, para empujar a los espectadores hacia el Mesías. Eran hábiles en lo suyo. Sabían que se puede dejar un elemento flotando en el aire porque no llegará al suelo antes de que las otras piezas alcancen la consistencia requerida. Sabían que la marginación progresiva y nunca revertida había creado un ansia feroz de revancha y redención. Sabían manejar los recursos de una tecnología deslumbrante y ponerla al servicio de sus caprichos e intereses. Sabían demasiadas cosas y estaban en condiciones de hacerlas funcionar.
Por eso no me sorprendió cuando Dick adquirió volumen en el interior del cubo y se dirigió con voz profunda, en perfecto español, a un auditorio ávido, incapaz de cuestionar semejante incongruencia; era una minucia y nadie los iba a privar de la Palabra. Era la voz del androide, pero sólo nosotros lo sabíamos.
Dick explicó que esperaba a Maitreya. ¿Quién es Maitreya?, preguntó él mismo. Maitreya es El Elegido, respondió. Durante generaciones, las religiones más importantes, sin excepción, han aguardado su arribo o su regreso. Para los cristianos es Cristo. Para los judíos el Mesías. Los hindúes esperan a Krishna, los budistas a Maitreya Buddha y los musulmanes al Imán Mahdi. Y si, como le había sido anunciado, El Elegido no se manifestaba en mayo de 1982, Dick estaba dispuesto a todo, a derrocar al gobierno norteamericano y al ruso, asumir la conducción del mundo, reestablecer el equilibrio perdido y asumir el rol que Maitreya rehusaba asumir. Él sería el Mesías, El Instructor del Mundo, Él cargaría todo lo existente sobre sus espaldas; sería el Redentor, el Sanador, el Administrador de penas y alegrías, el Despensero del planeta Tierra…
Era demasiado bueno para ser cuestionado. Si un escéptico hijo de puta como yo había quedado atrapado en la tela de araña del engaño, si estaba a punto de creer que ese Dick era real, y no un simulacro tan ficticio como el androide que parpadeaba y hacía muecas a mi lado, ¿qué se podía esperar de los millones de prisioneros del pensamiento único, de los que habían sido manipulados durante años para que aceptaran la imagen que habitaba las pantallas planas o los cubos tridi como lo real?
Pero si era necesario un refuerzo de verosimilitud, éste llegó cuando Dick relató su experiencia original, el momento preciso en el que había sido tocado por el dedo celestial. Hubo música apropiada, un tenue oscurecimiento; el susurro de unas alas colosales, batiendo fatigadas en el aire espeso del atardecer, pusieron en evidencia que estaba a punto de ocurrir algo importante, crucial, decisivo.
—Un día —dijo Dick—, iba caminando hacia mi cabaña, dispuesto a escribir durante ocho horas en total aislamiento; entonces alcé mis ojos al cielo y vi un rostro. No es que realmente lo viera, pero la cara estaba allí, y no era humana; era un gran rostro de perfecta maldad. Era inmensa, llenaba un cuarto de cielo. Tenía vacías las cuencas de los ojos, era metálica e implacable. Lo peor de todo es que era Dios.
VEINTIUNO
Cuando a la gente se le habla de Dios, no importa en qué nivel o zanjón se encuentre, presta atención, suspende la incredulidad, orienta las antenas. Pero cuando se le dice que Dios le ha hablado a un mortal… Hasta yo, el ateo más hostil a cualquier sentimiento místico, un tullido absoluto ante la vivencia de lo espiritual, bajo por un instante las defensas y me vuelvo receptivo.
—¡Buen trabajo! —dijo Cabaña.
—¿Nada más? —Me sorprendía el entusiasmo puramente técnico del profesor, al que yo conocía como un hombre con ideas y sentimientos religiosos, aunque básicamente sano. ¿Tan fraudulento le parecía todo? La respuesta no llegó de él sino del androide, que parecía conocer demasiado lo que en ese momento el Dick animado explicaba en el cubo.
—Después de haberse encontrado con Dios, ningún hombre es el mismo hombre.
—No necesito recordarte —dije con acritud— que el test de Voigt-Kampff clarificaría toda esta patraña de un modo tajante.
—Ese test sólo existe en las ficciones, mi amigo —dijo el profesor poniéndome la mano sobre el hombro—. ¿A usted también se le empiezan a mezclar los planos?
Miré a Cabaña, turbado, casi estupefacto. ¡Era cierto! Esto es el mundo real, me dije. Un androide es un artefacto de enorme complejidad, una maravilla del ingenio humano, pero un artefacto, a fin de cuentas. No hacen falta tests para identificar a los androides y desarticular la pretensión de hacerse pasar por humanos. Leí la configuración que formaban la banda de secuestradores, la maquilladora gorda, la furcia ricachona, el delirante yankee, el profesor universitario, el androide que simulaba ser Dick y yo. Una página en blanco. Es decir: nada, no había nada, no se leía nada. No había futuro o había perdido mi don.
—Dios fue la causa de esa configuración —dijo el androide—. No existe una realidad premeditada; el mundo fenoménico no existe; es una hipóstasis de la información que procesa la Mente. Todo lo demás es un desarrollo canceroso.
Habíamos perdido demasiado tiempo discutiendo estupideces entre nosotros. Y el programa había avanzado sin nuestro consentimiento, pero también sin nuestra atención. El Dick animado terminó su discurso y la voz del bajo ruso, sin el acople de la voz femenina, aclaró que en febrero de 1974, Philip Dick experimentó una serie de estados alterados de conciencia que culminaron en las visiones apocalípticas del 2 de marzo y que esas señales seguirían presentándose con regularidad durante el resto del año. Sin transición, Dick se esfumó y volvimos a estar en el estudio, con el odioso Yaju girando sobre nuestras cabezas como un satélite chiflado, ametrallándonos con preguntas sintetizadas por el equipo de producción.
Nunca supimos cuáles fueron esas preguntas ni las respuestas que dimos, habida cuenta de que, además de que no eran nuestras, no tardaron en pasar a segundo plano. La melodía de un conocido tema musical, famoso hasta las lágrimas medio siglo atrás, inundó el estudio, los cubos de trivi y el alma de los nostálgicos. Era «Strawberry Fields Forever», de The Beatles, una canción imposible, el camino perfecto. Escuché: «Living is easy with eyes closed, misunderstanding all you see», y traduje mentalmente: «es fácil ir por la vida con los ojos cerrados, ignorando todo lo que ves». La verdad absoluta y perfectamente aplicable en tiempo y lugar.
—Quiero sentir interés por la vida —dijo el androide—. No quiero cerrar de ojos.
Iba a contestarle, pero las aristas del cubo fueron abrigadas por mantos negros y en cada esquina reverberó una escena independiente. Alcancé a detectar los movimientos nerviosos de Lorenzo y sus secuaces, la salida de las armas raspando metal contra cuero; vi a Luger apuntando a la cabeza del androide y a la maquilladora arrojándose como un pitbull, con las fauces abiertas, sobre el jefe de los secuestradores. Vi a Sissy, histérica, metiéndose en la boca una tras otra las doradas cápsulas de Solsticio o PKD 13 o lo que fuera. Vi a Spike y a Cabaña, prudentes y sabios, retirar al androide de la línea de fuego y a los otros pistoleros, erráticos, dudando si debían o no disparar contra el amasijo de carne y grasa que se revolcaba junto al cubo, en un remedo a gran escala de un combate entre escarabajos.
Vi todo eso y traté de leer la configuración. Esta vez no recibí una página en blanco. Pero hubiera sido preferible. La lectura coincidía con las escenas de los vértices, donde se mostraban conatos de violencia, saqueos, gente exaltada destrozando vidrieras, golpeando con barras de metal lo que hallaban a su paso, incendiando automóviles, disparando sus armas contra todo lo que se movía. Busqué explicaciones, algún apoyo, pero sólo había confusión y caos en el cubo, y más caos en la escena real, con Viridiana mordiendo la garganta de Luger de un modo salvaje. Le buscaba la yugular, no miento.
—¡Venga! —susurró Cabaña, agazapado tras una nube polvorienta que se estaba formando a mis espaldas. No pedí detalles. Alcancé a vislumbrar los arroyos de sangre que surcaban la humanidad de Luger y que Lorenzo había desaparecido. Me metí en la nube y escuché tres disparos. Nunca supe de dónde provenían.
VEINTIDÓS
—Aquí estamos a salvo —aseguró Cabaña.
—¿Qué es esto?
—Uno de los talentos menores de nuestro amigo —dijo Spike.
—Un recurso defensivo interesante —añadió Lorenzo apareciendo ante mí con una sonrisa más grande que su cara.
—¿Qué hace aquí? —murmuré, sorprendido hasta la médula de los huesos—. ¿De dónde salió? ¿No tendría que estar ayudando a Luger a sacarse a la gorda de encima?
—¿Luger? —Lorenzo pareció desconcertado por un momento, pero se rehizo—. Ya les contaré mi historia. Ahora vengan; este lugar también tiene recursos que ustedes no sospechan.
Nos movimos protegidos por la nube, que actuaba como un muro. Ya no veíamos el cubo de trivi, ni siquiera veíamos la casita blanca de tejas rojas. La nube tampoco era una nube, sino una sustancia esponjosa y plástica que adquiría formas adecuadas a las necesidades del que era capaz de manipularla. ¿El androide? ¿Spike? ¿Lorenzo? Volví a preguntarme qué hacía Lorenzo jugando en nuestro equipo y postergué de nuevo la respuesta, básicamente porque no se me ocurría ninguna razonable. Nunca contestó las preguntas anteriores de un modo convincente.
El material había tomado la forma de un tubo flexible como una manga de pastelero y nos envolvía por completo. Nuestros pies se hundían varios centímetros a cada paso, produciendo una sensación de cámara lenta, semejante a la de blandos astronautas en un planeta de alta gravedad.
—¿Se puede saber adónde vamos? —pregunté cuando llevábamos recorrido un buen trecho, tal vez medio kilómetro.
—A un lugar seguro —dijo Lorenzo—, para terminar de ver el programa.
Seguro o inseguro, el túnel desembocó en una abertura de dos metros de diámetro, la entrada a una habitación espaciosa, equipada con muebles rústicos, pero nuevos. Había sillas y sillones dispuestos alrededor de un emisor de trivi hogareño situado sobre una larga mesa de madera.
Lorenzo hizo gestos como si fuera el dueño de la casa y nos invitó a sentarnos en torno a la mesa. Puso en marcha el trivi cuando aún no habíamos terminado de acomodarnos y las escenas nos abofetearon antes de que fuésemos capaces de asimilarlas, determinando con qué categoría de incidente se correspondían.
—Ves venir el desastre —dijo el androide—, pero no sabes desde dónde. Está allí suspendido, como una nube.
Como una nube, otra vez. Me pregunté, sin necesidad de leer la configuración de los cuerpos congregados en torno a las imágenes de trivi, si no habíamos llegado al momento del colapso, al punto límite en el que la especie humana se precipita de cabeza al abismo. Podía comenzar aquí o allá, daba igual. El proceso artificial iniciado con la Revolución Industrial había sido un desastre para nuestra sociedad, ya que sus promesas de salud, larga vida, comodidades y artefactos, enmascaraban desequilibrio y marginación. El resultado…
—¡Miren eso! —exclamó Cabaña. En el cubo se destacaba una escena espeluznante que un camarógrafo audaz había captado arriesgando el pellejo. Un grupo de chicos de no más de trece o catorce años, vestidos con taparrabos y camisetas deshilachadas de antiguos clubes de fútbol, acosaban a una anciana embutida en un esqueleto exterior de cromo y acero negro. Saltaba a la vista que la mujer era lisiada, pero la fortuna del marido o de un hijo le habían permitido comprar el artefacto en el exterior, ya que todavía no se fabricaba en el país. Esos exoprots costaban un ojo de la cara, pero podían sustituirlo a la perfección, lo mismo que brazos y piernas.
—¿Qué hacen? —preguntó Spike; la indumentaria de los equipos de fútbol no significaba nada para él y no lograba deducir qué se proponían hacer los chicos. Nadie le contestó, y los hechos brillaron con luz propia.
Las voces, amplificadas por el audio real del equipo, nos llegaron como puñaladas.
—¡Vamos, vieja! ¡Viva Boca!
—¡No, no, guacho. Viva Racin, viva Racin!
—¡Viva Boca, viva Boca! —aulló el primero, alternando las miradas de furia asesina entre su propio compañero y la anciana. Entonces terció otro, mucho más corpulento que los dos anteriores, y empujándolos sin ternura, se plantó frente a la mujer y comenzó a tironear de las placas articuladas que formaban el exoprot.
—¡Lanú, Lanú, Lanú!
—¿Qué Lanú? —protestó el primero—. ¡Boquita, carajo!
—¡Ésta! —bramó el más grande. Y sacando un filo se lo clavó en el hombro a «Boca»; era evidente que no le había querido hacer un daño mayor, sólo una advertencia, una muestra de superioridad. ¡Qué consuelo!, pensé. La vieja chillaba como un ratón en la trampera, el herido chillaba como una rata aplastada por un vehículo y todos chillaban como lo que eran, seres humanos desangrados por indignidades obscenas, conducidos al sufrimiento físico y psicológico por culpa de la corrupción del mundo natural.
—¡Está ocurriendo en este mismo momento! —se quejó Cabaña—. Ahora mismo, y no podemos hacer nada.
—Dios nunca hace daño a nadie —dijo el androide—. La enfermedad, el dolor y el sufrimiento inmerecido tienen su origen en otra fuente. ¿Acaso hay dos dioses? Dios obtiene el bien del mal…
—¡Silencio! —bramó Spike. Era la primera vez que hacía callar al androide. Pero éste no se dio por aludido.
—El mal no se debilita porque piensa que es portavoz de Dios —insistió el androide.
El mal no se debilitaba, no, si existe algo como el mal. Pero Lanú había terminado de arrancar las placas y travesaños del exoprot y tras levantar a la anciana lisiada como si fuera un trapo, la arrojó a un charco de mierda y barro. Si eso no era el mal se le parecía mucho. Y si lo era, también era enfermedad, dolor, sufrimiento; una obscenidad, un martirio aun para el que comete actos aberrantes como el que esos chicos estaban consumando en ese mismo momento, aunque no se dieran cuenta de lo que estaban haciendo, aunque no tomaran conciencia jamás.
Repasé la configuración hilvanando las expresiones de mis acompañantes y en todos los casos advertí una mezcla caótica de sentimientos. Era muy sencillo culpar a aquellos chicos por la violencia que ejercían sobre la anciana, pero casi imposible comprender el origen de esa conducta si se soslayaban factores familiares y sociales. No había con qué justificarlos, pero tampoco había modo de hacerlos responsables de sus actos. Tablas.
—Yo, Pincha, loco —decía en ese momento uno de los chicos, quien lucía los jirones de una camiseta a rayas, roja y blanca. Era un chacal, se alimentaba de carroña, porque había permanecido a un costado, esperando que los otros consumaran su agresión. Cuando el exoprot quedó sobre el pavimento porque los otros se cansaron de patearlo, él tomó una de las placas más robustas del artefacto y la usó para machacar componentes electrónicos y micromotores que debían valer una fortuna. No tenía idea de lo que era un exoprot. Ninguno tenía idea de nada. Vivían inmersos en una nube de epoxi y residuos de kumo.
—Pincha bolú —dijo Boca.
—Pincha bolú —repitieron Racin y Lanú. Uno de los más pequeños se ubicó detrás de Pincha y Lanú lo empujó para que cayera rodando sobre el lomo del otro. Todos rieron aparatosamente y taparon por un momento los gritos de la anciana que se agitaba en el charco, sin la más mínima posibilidad de erguirse.
—La vida espiritual —dijo el androide, para quien la vida espiritual no era una entelequia banal— es el destino que aguarda al Universo. No hay forma de saberlo con certeza absoluta, excepto para los que ven muchos futuros a la vez.
Era irrelevante. Había dejado de escuchar las palabras del androide, fusionadas con los ruidos de fondo como un aguacero. En cambio, en el cubo, los chicos habían descubierto al camarógrafo de trivi y la escena sufrió un vuelco y luego se limitó a ser un registro de bandas aceradas que pasaban a toda velocidad entre piernas que casi no tocaban el pavimento húmedo. Hubo nuevos gritos y términos incomprensibles; todo giró y giró. Cuando la imagen de la anciana tullida quedó fuera del cubo, los técnicos de trivi estimaron que era hora de entregar otra calamidad, cosechada en cualquier punto de la ciudad en el que la convulsión prometiera algo amarillo y visceral.
—De acuerdo —dije palmeándome el muslo—; terminó la hora de recreación. Ahora Lorenzo Steyr nos explicará con lujo de detalles los motivos de su giro en el aire.
—¿Por qué Lorenzo Steyr? —Lorenzo me volvió a contemplar con esa mezcla de azoramiento y fastidio que ya había puesto en evidencia.
—¿No compras pistolas de marca, acaso? —dije burlón, imitando su acento cubano.
—¿Pistola? —Se palpó la axila, se tocó la frente y se rascó el párpado; luego emitió una risita—. No me acostumbro a estas cosas. Nunca disparé una de éstas, pero el disfraz no sería completo sin una.
Esa declaración daba vuelta a la tortilla una vez más. En especial porque Lorenzo había dejado de hablar como cubano y le había aflorado un dejo rosarino inconfundible. Sólo me faltaba averiguar si era un canalla o tenía lepra.
VEINTITRÉS
La emisión de Mega Cadena Dos había vuelto a los estudios de la Torre y «Usted quiere la verdad» se prolongaba en un Especial con los periodistas de la casa. Por primera vez veía a Yaju Tatoo sentado en un sillón, con expresión bobalicona, pero tratando de no perder palabra del discurso que articulaban las estrellas de la información. Marcelo Blund, Susana Santos, Mario Gronstadt y Tinto Giménez vomitaban lugares comunes como si fuesen bloques de esquisto, bolos fecales, coágulos de magma. Es decir, hacían su trabajo como nunca, potenciados por la energía sin control que anegaba el campo gracias al caos imperante. Tenían la noticia, tenían la sangre, tenían los motivos, tenían todo el tiempo del mundo…
—Tenemos un informe de nuestro móvil en el Barrio Gráfico, en Wilde —dijo Tinto mirando al frente con su sonrisa Mega de doce millones de euros. El cubo registró las palabras y los gestos y por un momento casi creí que era verdad.
—Adelante. Ozona, ¿estás ahí?
En el cubo se formó la imagen de una chiquilina maltrecha. Una alborotada maraña de cabellos casi blancos de tan rubios le cubría la mitad del rostro. Había humedad y sangre en los cabellos, y una mancha morada se insinuaba en el pómulo de la chica. La había pasado mal; la habían maltratado, pero no lloraba ni estaba asustada.
—Mataron a todos los viejos —dijo con una voz inusitadamente firme—. Los degollaron. —Se movió hacia un lado y la cámara iluminó un muro en el que alguien había garabateado unas palabras. No era pintura roja en aerosol.
—No logramos leerlo, Ozona —dijo Susana—. ¿Podrías?
—Dice: «Andry come sangre».
—Cualquiera que coma mi carne y beba mi sangre tendrá vida eterna —dijo el androide.
—¿No es hora de que desactive esa cosa? —propuso Cabaña mirando a Spike.
—Desactivarlo sería matarlo.
—Entonces mátelo —insistió Cabaña, frío como un puñal de hielo. Nunca lo había visto así.
—¿Dónde están los… asesinos? —Mario Gronstadt miraba de soslayo, buscando cucarachas en los zócalos. Siempre hablaba así, con pausas, como si sus fauces estuvieran llenas de frutas secas que debía triturar entre palabra y palabra.
Ozona movió la cabeza de un modo extraño. Y luego la mano. Había una capilla, tenuemente iluminada, en el fondo del cubo.
—Están ahí, esperando.
—¿Esperando… qué? —preguntó Mario.
—Que llegue. El Mesías. Maitreya. El Elegido.
—Querida —dijo Gronstadt con suavidad, pero sin mirarla—: ninguno de esos… vándalos puede… por sí mismo… saber que algo como… Maitreya existe en alguna parte. ¿Quién se lo… contó?
—En alguna parte no —afirmó Ozona—: en todas partes.
—Querida —dijo Gronstadt con mayor suavidad aún, pero subiendo un peldaño en la escala tonal—: Estas… personas lo ignoran todo… acerca de Mesías y Elegidos. Alguien se debe de haber… infiltrado, contaminando sus cabezas… vacías… con basura ideológica.
—Mario —apuntó Marcelo, con su habitual estilo, mezcla de prepotencia y chabacanería—: ¿No es posible que una idea subterránea haya sido instalada entre esta gente y tras germinar lentamente durante años haya por fin fructificado? ¿Qué sabemos nosotros de ellos? Son como seres de otro planeta, como marcianos.
—Tal vez haya marcianos en Marte, ¿no? —En otras circunstancias, el comentario de Susana hubiera provocado la hilaridad general. Esta vez pasó inadvertido—. Es posible que los astronautas los encuentren.
—En todas partes —murmuró Cabaña.
—No es posible —dijo Lorenzo— que esto sea ajeno a ellos —abarcó a los periodistas del cubo— y a nosotros por igual.
—¿Quiénes somos nosotros, Lorenzo? —Ataqué una vez más—. ¿Ha llegado el momento de que me lo explique?
—¿Le parece un buen momento?
Mario se había tomado su tiempo para responderle a Marcelo, por lo que los técnicos de Mega se entretuvieron pasando imágenes de estragos y siniestros almacenadas en la memoria reciente. La destrucción no tenía, sin embargo, ninguna posibilidad de verse coronada por el éxito o de alcanzar alguna suerte de clímax: desde el punto de vista de los vencedores —y los periodistas de Mega se sentían por derecho propio en ese bando, aunque fueran simples lacayos de los magnates— nada pasaría de un conato, un amago tan estrepitoso como lábil. Las tribus del Barrio Gráfico, como sus análogas de miles de zonas similares a lo largo y a lo ancho de la geografía nacional, habían coincidido en lo propicio de la coyuntura, pero se desinflarían con la misma o mayor velocidad con que se habían inflamado.
—Esta tentativa —dijo Mario— está condenada… al fracaso. Yo no la llamaría siquiera… una tentativa. Ha sido una… erupción, un… brote.
—¡Es insufrible! —exclamó Cabaña.
—¿Lo soportó todos estos años sin pestañear? —No quería ser grosero con él, no lo merecía. Pero tuve un vislumbre de una disposición de los cuerpos y vi al androide ocupando los lugares que les correspondían a cada uno de nosotros. Era cada uno de nosotros y se comportaba como si fuese capaz de asumir las identidades de todos. No sólo de los cuatro humanos de carne que estábamos en ese momento en el refugio secreto de Lorenzo, sino también los periodistas de Mega y hasta los magnates que manejaban los medios de comunicación masivos, los que estaban capacitados para manipular a cada criatura de la Tierra como si fuera una marioneta.
De pronto, lo advertí: ubicuidad. Eso era lo que el androide había traído al mundo, lo que derramaría como lluvia si le dábamos la oportunidad. No importa si uno es rico o pobre, si tiene un excelente impermeable o un paraguas de seda italiano: la lluvia moja a todo el mundo, es un gran igualador, como la muerte.
VEINTICUATRO
—A lo mejor —insistió Susana Santos, especialista en ponerle el pecho y el rostro a un montón de sandeces y lugares comunes—, esto tiene que ver con el viaje a Marte.
—¿El viaje a Marte? —Tinto contempló a Susana como muchas otras veces, ponderando cuánto de vacía frivolidad o cuánta materia comestible había en sus palabras. Tinto pasaba por ser el más versado en temas científicos entre los periodistas de Mega, pero el viaje a Marte había dejado de ser una noticia de esa categoría para equipararse al cambio de pareja de una cantante pop.
—¿No es posible que en Marte los astronautas encuentren a Dios? —Machacó Susana.
—¿En Marte? —Tinto bizqueó—. Falta casi un año para que los astronautas lleguen a Marte.
—Ah, yo creía… —Susana movió la cabeza y una gran mata de hebras de plata le ocultó el rostro. Me pareció que estaban por llegar—. Los fans de Susana adoraban ese gesto; era su preferido cuando la ponían en un aprieto.
—En Marte —dijo el androide, como si estuviera regresando de un sueño milenario— Dios habla con la gente, dispara un rayo de luz rosa directamente a los ojos cuando uno va a morir, un rayo de información pura que te convierte en una entidad viva, pero con una clase de vida diferente.
Los técnicos no habían perdido el tiempo y en el cubo, como una rémora casi abstracta de la película de Kubrick, los módulos se aproximaban a Marte al compás de «El Moldava», de Smetana. No pude evitar una carcajada interior: los ríos de Europa se parecen tanto entre sí…
—Están tratando de que la gente no le preste atención a los saqueos y las violaciones —dijo Cabaña.
—Hace rato que la gente está durmiendo —repuse, para provocarlo. Me pregunté si la vieja lisiada soñaba o ya había muerto en el charco. ¿El exoprot no emitía una señal satelital de emergencia cuando era separado del cuerpo que albergaba?
—Nadie duerme en estas circunstancias —dijo Cabaña, empecinado.
—Nadie duerme —reiteró Marcelo Blund, remedando el tono del profesor de un modo que podría pensarse que lo había oído—. Todos seguiremos afectados a este operativo especial de Mega Cadena Dos hasta que las fuerzas del orden reestablezcan la paz. ¿No les parece, amigos? —Se dirigía a los espectadores, a sus compañeros periodistas, al planeta entero. Si en algún lugar del Universo existía una entidad receptora en ese momento estaba prestando atención a las palabras de Marcelo.
—Banalizan todo —dijo Lorenzo chasqueando la lengua. En el cubo, las imágenes de los módulos se habían disuelto en la nada y de la oscuridad emergieron unas figuras alumbradas por el fuego de improvisadas hogueras. Tardamos unos segundos en advertir que las teas eran seres humanos.
—¿Qué es eso? —exclamó Susana tapándose la boca con una mano—. ¡Qué horror! —Mario inclinó la cabeza, como si estuviera recibiendo instrucciones a través de un implante; luego asintió.
—Me dicen —empezó a decir el periodista— que lo que estamos viendo es a un grupo de novicios del seminario conciliar, los han arrastrado hasta la calle, los han rociado con algún combustible y los han encendido. —No hizo ninguna pausa, atravesado por una asfixiante urgencia. Era otra persona.
—¡Qué horror! —exclamó Susana, de nuevo; no tenía un gran surtido de expresiones.
—Esto está pasando de castaño oscuro —dijo Marcelo.
—No quiero parecer idiota —confesó Cabaña—, pero esta gente, por una vez, tiene razón.
—Pero esto no pudo empezar en la presentación de Dick en la trivi —murmuró Spike, alarmado por la idea de que él pudiera ser considerado el responsable de todos los sucesos.
—¿No? ¿Por qué no? —Los abarqué con la mirada y leí a toda velocidad. Ninguna ficción podía competir con el delirio desatado por la mera presencia del androide en el programa. Me costaba creerlo, pero era así. Causa, excusa, móvil, predestinación, ¿qué importaba? Los hechos se habían precipitado. Era una lluvia, sí, pero no una lluvia ordinaria, sino una lluvia ácida, radiactiva, ponzoñosa.
—¿Insinúan que fui elegido —se defendió Spike— a través de citas oscuras extraídas de sus libros, como agente de una resurrección?
—Yo Jesucristo, tú Lázaro —dije—. Levántate y anda.
—¡No se burle! —Spike estaba pálido. Buscó ayuda en el androide y recibió un mazazo en la nuca.
—La realidad conocida ha dejado de ser. —El androide miraba al frente, ajeno a las teas humanas del cubo, ajeno a nosotros. Saldar este lote, invendible, y disponer la compra de otro; nuevas caras, o ninguna. Es posible que, a partir de una limpieza general, los principiantes dispusieran de un cuerpo de creencias fresco, sin intermediarios: las criaturas vivas y su Dios cara a cara. No estaba nada mal. Y para ponerlo en práctica había que incinerar el pasado. Ésas eran las premoniciones que yo había leído. Me dije que, de una vez y para siempre, debería admitir que ver el futuro no sirve para nada.
—Comunicación directa —dije, como si se tratara de una lata de atún que se compra en cualquier supermercado—. Los androides que imitan a Philip Dick y dominan la telepatía primero. Todos los cerebros de personas muertas hablando en las pantallas de trivi. Supervisión ejercida por Monitores de Prolijidad Mental. Prohibido mirarse al espejo bajo amenaza de ser pasado por la picadora de carne. Fin de la literatura y el vídeo. Materialización de las ficciones…
—¿Está loco? —En el cubo, Susana le decía eso a Mario Gronstadt quien, me parece (yo no estaba prestando demasiada atención, lo admito; tenía bastante con lo nuestro), estaba tratando de relacionar las antorchas místicas con algún episodio ocurrido en Vietnam o Camboya hace más de medio siglo. Medio siglo es mucho tiempo hasta para alguien viejo como yo.
Mario no le contestó a Susana. Es decir, no le contestó mediante ninguno de los métodos tradicionales. Si sacar una Browning y dispararle tres tiros a quemarropa a la máxima diva de trivi puede considerarse una respuesta… sí, en ese caso Susana Santos se podía dar por bien servida.
—Era previsible —dijo Lorenzo—. Éstos tenían que terminar así. Demasiada presión. —Parecía casi divertido. Mientras Susana se retorcía en el centro del cubo, los extremos empezaron a llenarse de una tinta azul tan oscura que podría haber pasado por negra. Y nuestro propio cubo, el refugio al que nos había conducido Lorenzo, también empezó a desmoronarse.
—Si todo se derrumba —dijo Cabaña señalando las paredes y los objetos en descomposición— quiero el artefacto este de aliado antes que a ustedes. —El androide no dio muestras de sentirse halagado por la elección. En cambio Spike, mucho menos deportivo de lo que yo había imaginado que podía ser un anglosajón bien nacido, se metió debajo de la mesa… que no tardó demasiado en convertirse en un amasijo de materiales retorcidos.
No la estaban pasando mejor en el estudio. Hasta los paramédicos que habían llegado para atender a Susana y los de seguridad que habían desarmado a Gronstadt ante la impavidez de los otros periodistas… y de él mismo, buscaban refugio debajo de estructuras metálicas y junto a los pilares que sostenían las plataformas. Fue inútil. Los elementos verticales se derretían como manteca y los horizontales se convertían en charcos gelatinosos. Hasta el cubo, si se quiere el objeto inmaterial de la década, se precipitaba sobre sí mismo, tomando la forma de un cuerpo grotesco y luego la de una sombra fantasmal, agujereada en cien lugares y atravesada por flujos helados.
Mientras la luz también se extinguía, escuché al androide recitando con la misma voz impersonal de siempre:
—Nadie sabe en qué momento Dios dijo: «Haya luz», pero los judíos saben perfectamente cuándo creó Dios al primer hombre. —Y aunque me asaltó la sombría idea de que esa frase no pertenecía a ningún libro de Dick, mi conciencia no duró lo suficiente como para confirmarlo.
VEINTICINCO
El semáforo que guía el pasaje de un estado de existencia a otro es el dolor. Suena como una chicharra, aúlla como una sirena delatando llegadas y partidas. ¿No tendría entonces que ser el dolor quien gobierna el acto inverso, algo tan antinatural como la resurrección?
Apelo al dolor. Y me valgo del miedo. El dolor siempre ha estado allí, como un hijo subcutáneo del miedo. Ahora, en vísperas del nuevo comienzo, la fábrica trabaja a todo vapor. Las entrañas de millones de seres humanos se esforzaron durante siglos para destilar el elixir que disparará el Final. El miedo fluye, tenue corno el gas que precede al genio de la lámpara. El dolor permanece en el vacío. El miedo cubre el mundo; es una bruma. El dolor ensancha las paredes; fabrica úteros, sin distinción de sexos. Algunos de los hombres estaban preñados. ¿Por qué no? Es una forma de vencer a la muerte. Hemos vencido a la muerte, siempre, mediante el simple y expeditivo trámite de copular. ¿Por qué, si siempre hemos creído ganar, no duplicar la apuesta para que el Banquero muerda el polvo de una buena vez?
Quizá no haya otro modo de crear que usando la carne verdadera de aquel que será creado.
Algunas consideraciones previas. Aún.
Dispongo del material. La luz señala el camino. Más allá del éxito obtenido (a obtener, en rigor), debo considerar el acto de creación como una forma de transgredir las leyes naturales. Corrección: el crisol de palabras en el que germinará lo creado es un liso y llano quebrantamiento del orden natural. Pero no debo temer las consecuencias. Infligir dolor a una criatura creada con la fuerza de la imaginación es tan inocuo como soplar un muro. (Hablo de la rara inocuidad ética, ya que lo creado —en tanto que ha recibido capacidades y talentos junto con el soplo vital conquistado en el ámbito de la ficción— sufre el dolor, lo padece). Fuera del espacio delimitado por las palabras no hay creación, ni dolor.
Soy el Escritor, me digo entre dientes. Y lo repito tantas veces que hasta yo me lo creo. Reino por lógica y capricho sobre líneas y líneas, páginas y páginas. Elijo. Vísceras. Sed. Olor. Opiniones. Gestalt. Extrapolación. Sinergia.
Esta forma pasiva de operar en la realidad alimenta los productos de la ficción, estoy convencido. Y ustedes deberán acatar lo que lean, ya que de lo contrario debilitarían el fruto que he madurado y sus propias leyes podrían desmoronarse, afectándolos de un modo irreversible y fatal. Ahora bien, ¿por qué me demoro, prolongando el momento decisivo? ¿Por qué no hacerlo ya?
Las motivaciones, así como las necesidades, están implícitas en cada palabra precedente.
Despierto, pero aún no abro los ojos. A través de los párpados se cuela una claridad escarlata, carmesí, bermellón… ¿Cuántas variantes del rojo caben en un término?
—¿Estás despierto? —De todas las voces posibles, ésta es la que menos esperaba. ¿Sissy?
—¿Sissy? —digo, aún con los ojos cerrados. Y ya no sé si quiero abrirlos.
—Él te lo explicará todo —dice Sissy.
—Él. —Casi puedo oír al androide recitando una de sus interminables arengas. «El verdadero Dios tiene la costumbre de ocultarse». O algo por el estilo, igual de enigmático y vacío.
—Yo, sí —dice el androide. Entonces no tengo más remedio que abrir los ojos. Y ahí están los dos, Sissy y el androide, recortados contra una mancha luminosa que podría ser un sol, pero sólo es una lámpara halógena. Estoy tendido en una cama pequeña, rodeado de cajas de cartón apiladas, bultos metálicos y piezas de artefactos desarmados o nunca ensamblados. Las estanterías cubren todas las paredes y también están repletas de paquetes. Hay una ventana, y del otro lado, apenas vislumbrado a través del rectángulo sin cortinas, un árbol. Me levanto, y sin mirar a Sissy o al androide, permitiendo que cientos de preguntas se agolpen en mi mente y sin voluntad de formularlas, doy tres pasos, me asomo a la ventana y observo el paisaje. Veo el árbol completo, un olmo, y un jardín silencioso, casi arruinado, en el que unos pocos arbustos secos agonizan entre rosales recién plantados.
—Yo los planté —dice Sissy, orgullosa, una Sissy extraña, libre de fármacos y mierda de diseño, una Sissy que no conocí, una Sissy previa. Un milésimo de explicación se cuela en mi mente.
—No creí que la jardinería fuera uno de tus pasatiempos.
El que ríe es el androide. Una risa extraña, escasamente humana, pero risa al fin; nunca antes lo había visto u oído reír.
—Hay mucho tiempo —dice Sissy.
Me separo de la ventana y los miro. Están de pie, como esperando algo que no sabemos si llegará. Hay dos sillas. Me siento en la cama; les hago un gesto. Ellos se sientan.
—Desde el principio —digo.
Sissy suspira y mueve la mano. Es muy expresiva. No sé si un androide sería capaz de una sutileza semejante. En un simple movimiento hay mil significados.
—Hay mucho para contar —dice el androide; parece que este androide en particular sí capta los significados.
—Empecemos por el principio mismo —digo, parodiando a Dick—. ¿Cómo es posible que estemos en este lugar? ¿Morí? ¿Morimos? ¿La realidad se desmoronó?
—Tres sí —dice el androide. Sissy se ríe de nuevo.
—Se desmoronó. —Me rasco la comisura de los labios, lado derecho. Tenía una pequeña verruga. Ya no está.
—No hacía falta conservar las imperfecciones —dice el androide, adelantándose a mi pregunta.
—Es decir…
—Los estoy reconstruyendo —explica el androide—, de a poco. Sólo soy un aficionado, no un especialista. Pero lo que no sé lo aprendo. Tuve mucho tiempo.
En el camino ha adquirido un humor casi humano.
—Primero me hizo a mí, Eva —dice Sissy—, sin pecado original, esta vez; no hacía falta.
—¿Pensaste cambiarte el nombre? —Sissy sacude la cabeza—. Eva podría ser una especie de nombre artístico. Siempre supe que tus encantos resaltarían de un modo tremendo sobre el escenario.
—El mismo cínico de siempre. —Pero no hay burla ni enojo en el reproche.
—Por lo visto somos versiones mejoradas de nosotros mismos. ¿Dos punto cero, tal vez?
—No hay escenarios —concluye el androide, circunspecto, retrasado, solemne.
Me vuelvo a asomar a la ventana. Tampoco hay otros edificios a la vista, sólo unas leves ondulaciones del terreno, tapizadas de verde, que se extienden hasta donde alcanza la mirada.
—Parece una reencarnación, el triunfo sobre la muerte. Pero sólo nosotros, ¿y el mundo?
—El mundo se fue al carajo —dice Sissy, mi Sissy, la Sissy de siempre. Me acerco y la beso. Ella me deja hacer. El beso huele a futuro. Nunca imaginé que el futuro pudiera ser más nítido que el pasado. Y mucho menos que oliera de un modo peculiar, tan peculiar que me animaré a identificarlo cada vez que, de ahora en más, tropiece con él.
Me vuelvo a sentar en la cama e invito al androide a que siga con su explicación. Pero intuyo que antes debo acomodar algunas ideas en mi propia cabeza, que las respuestas no servirán para nada si no logro cerrar dos o tres suposiciones.
—¿Cuánto tiempo?
—No es importante —dice el androide—. Cien años, mil años.
—Es importante —replico—. En cien años no se pierden tantos signos como en mil.
—Quinientos ocho —responde el androide, y advierto de inmediato que es un número vacío; pudo haber dicho tres, setenta y seis o novecientos noventa y nueve.
—De acuerdo —suspiro—. ¿Por qué nosotros?
—Estaban cerca, nada más. No fue una elección por méritos. Mi capacidad para juzgar las conductas de los seres humanos es nula. Sigo siendo un androide, una máquina sutil, pero bastante rudimentaria en algunos aspectos.
Me levanto de un salto y salgo de la habitación, cobertizo o lo que sea. El aire fresco del atardecer de primavera me abofetea adecuadamente, por lo que en un par de minutos siento remitir la impresión de ahogo que me había apretado la garganta. Sissy y el androide están a mis espaldas, en silencio, respetando mi estado.
—¿Para qué?
El androide demora unos segundos en contestar, como si estuviera procesando más información de la habitual.
—No lo sé. Tuve la oportunidad.
—¿Para qué torturarse? —dice Sissy—. Podía hacerlo, estaba a su alcance hacerlo… y lo hizo. ¿Acaso los médicos no mantenían con vida a los que estaban a punto de morir de un cáncer o por un infarto masivo? ¿Acaso Jesucristo no resucitó a Lázaro sabiendo que era inútil, que no tenía derecho a hacerlo inmortal?
No puedo creer que sea mi Sissy. Camino unos pasos y alcanzo el olmo. En la corteza, arrugada por el peso de una sabiduría que se me escapa, se lee un mensaje:
«En la Tierra no había oportunidades».
Me vuelvo hacia ellos, desconcertado, violento.
—¿Qué significa esto?
—Exactamente lo que está escrito —dice Sissy.
—¿No estamos en la Tierra?
—No —responde el androide.
—¿Dónde?
—No lo sabemos. En Marte, tal vez, o en un planeta de una estrella muy parecida al Sol. Hasta hay una luna, pero no es la Luna. En un par de horas podrás comprobarlo.
—Si hay una luna no es Marte. Marte tiene dos.
Se encogen de hombros, ambos.
Siento los brazos húmedos y un frío eléctrico me recorre el cuerpo. No lo quiero aceptar. Si hay un Superior y el androide es sólo su Operador…
—Vamos adentro; tengo frío. No, un momento, esperen. ¿Dónde están los otros?
—¡Qué difícil! —Se fastidia Sissy—. Ni yo en mis peores momentos soy tan caprichosa.
—Los otros no están terminados —dice el androide.
—¿Quién nos trajo? Las provisiones, los paquetes y cajas que hay dentro, ¿de dónde salieron?
—Tranquilo —dice Sissy—. Una pregunta por vez. Te estás asfixiando.
Trato de serenarme. El androide nos conduce hasta una edificación rectangular, ubicada del otro lado de la casa. No me extraña no haberla visto. Es como si los objetos se fueran materializando a medida que me muevo entre ellos. No hay cerraduras de seguridad ni guardias armados. El portón se desliza suavemente y sin hacer ningún ruido. Las luces se encienden cuando entramos, revelando dos hileras de cápsulas transparentes dentro de las que se divisan cuerpos humanos.
—Sin miedo —me anima Sissy—. Son nuestros amigos. —Y luego de una pausa, como si hubiera recordado algo importante, agrega—: Algunos están un poco incompletos; espero que no seas demasiado impresionable.
Avanzo hacia las cápsulas y antes de llegar descubro a un Lorenzo a medio hacer, con los ojos flotando en sus órbitas y dedos incipientes creciendo de los muñones de las extremidades. Cabaña está aún más incompleto y me obligo a seguir mirando ese amasijo sangrante que todavía no ha sido cubierto por la piel. Deseo salir a la carrera de ese lugar. Estoy contrariado y temeroso; las mejores preguntas siguen sin respuesta. No resisto más y abandono el recinto; necesito respirar. Me sumerjo en el atardecer, inspiro profundamente, me voy serenando de a poco, pero no logro borrar de mi mente las figuras incompletas que acabo de ver en las cápsulas.
—De acuerdo —digo por fin, al aire, sin saber si debo dirigirme a Sissy o al androide. ¿Cómo es posible que mi amiga haya dado un salto exponencial, tomando la delantera en un juego del que todavía no sé las reglas?—. Dios hizo esto. Firmo la renuncia a mi condición de ateo indómito y acepto las nuevas condiciones.
—¿Dios? ¿Qué tiene que ver Dios con todo esto? —Sissy ahora me contempla alarmada. Debo de haber traspasado algún límite, pero nadie me avisó nada.
—El armó la configuración. No puedo leer el significado; sólo veo ruinas. Ya no soy capaz de ver un solo minuto del futuro.
Sissy sonríe.
—En serio, no sé de qué estás hablando. Vamos a la casa y tomemos un té. Tenemos de esas cosas en abundancia.
No le hago caso y pongo la mano en el pecho del androide. Estoy a punto de perder el control.
—¡Hablo de Dios, artefacto de mierda! ¿Dónde está tu Jefe? —Él no se altera, me observa con indulgencia, mostrando sin pudor una expresión casi bobalicona.
—¡No lo lastimes! —grita Sissy. Me detengo, la encaro.
—¿Lastimarlo? ¿Cómo podría? —Me dispongo a pellizcarlo, rasguñarlo… aunque algo me detiene. ¿Qué dice Sissy?
—Ella tiene razón —dice el androide, sin cambiar el tono ni el gesto—. No hay ningún dios detrás de este proyecto, nada sobrenatural. Alguien planeó esto hace mucho tiempo, pero no es una entidad prodigiosa. Es material, aunque no sean humanos. Son criaturas de una especie extraterrestre, seres que poseen recursos incalculables.
—Esto es un invento —protesto—, el último recurso de un escritor que no sabe cómo resolver una trama que se le fue de las manos.
—No —dice Sissy—; date vuelta.
VEINTISÉIS
Hubo atisbos, vislumbres. A lo largo de mi vida soñé, imaginé y presentí la pálida sombra de lo que estoy viendo en este momento. En las últimas horas, los últimos minutos —aunque estemos hablando de quinientos años en el pasado para mí fue hace minutos—, los mensajes se hicieron más intensos y soy capaz de asegurar que estuve a punto de atrapar la idea básica.
Pero nunca el tamaño.
Los seres son tres y miden veinticinco o treinta metros de altura. No puedo decir si tienen dos, cuatro o seis extremidades, porque se parecen más a descomunales conos de hilado que a criaturas vivientes. No logro ver sus rostros, ovillados en las sombras de unas extrañas golas.
—¡No es posible! —exclamo.
—Es lo que tu mente construye —explica el androide—; podrían medir treinta centímetros y parecerse al hada Campanilla.
Lo encaro. Se está burlando de mí. Aprovecha una posición de superioridad relativa para ganar una ventaja que no merece.
—¿Estás insinuando que en realidad no están allí?
—No están. Existen, pero no aquí y en este momento. Se proyectan en tu mente y así se hacen visibles. Ellos arreglaron este mundo para ustedes, lo dotaron de todo lo necesario y les obsequian una segunda oportunidad. Pero no son dioses y, por lo que parece, sugieren que de ahora en más y de una buena vez prescindan de cualquier atadura con lo sobrenatural, a menos que deseen fracasar de nuevo.
Era demasiado bueno para ser cierto. Miro a Sissy, que asiente, y vuelvo a mirar al androide. Los gigantes han desaparecido.
Trato de serenarme. Por lo visto Sissy me lleva una buena ventaja, porque parece al corriente de cada una de las explicaciones del androide.
—El final —digo—, no fue demasiado prolijo.
—¿Tenía que serlo? —Esta vez habla Sissy—. ¿Un final con voces esmeradas, suaves, poderosas y pacientes anunciando los sucesivos pasos del colapso final? Esas cosas están en los libros sagrados, no en la realidad.
Pienso en los periodistas de trivi, los asalariados de Mega Cadena Dos, moviéndose desesperados y febriles al ver que las certezas, esas sólidas columnas sobre las que parecía reposar todo, se reblandecían y resultaban incapaces de sostener el techo. Los veo, no como producto de una de mis habituales predicciones a partir de la disposición de los objetos, sino como un simple trabajo de imaginación; los veo corriendo como hormigas desbocadas, ajenos a que en el estudio la estrella del periodismo acaba de asesinar a la súper estrella de la animación. Cosas del final de los tiempos.
—Cosas del final —dice Sissy, que ya puede leer mis pensamientos como si fuesen propios.
En las cápsulas se completa la formación de Viridiana Buñela, quien renacerá delgada como una sílfide y sin problemas hormonales, y del pobre Spike, que volverá a sentirse descolocado como en el aeropuerto, el estudio de Mega o la casita blanca de tejas rojas. Pronto estará el profesor Cabaña caminando junto a mí, discutiendo asuntos que nos interesan a ambos. Tal vez Lorenzo me explique de una buena vez por qué urdió esa trama compleja y absurda, haciéndose pasar por un gusano cuando en realidad trabajaba para el otro bando.
—No tenemos nada que hacer aquí. —Me aparto del recinto y me dirijo a la casa. Sissy y el androide me siguen como dos mascotas obedientes. Sé que no lo hacen por sumisión sino porque quieren ayudarme a que recupere mi autoestima.
—El resto —dice Sissy extendiendo una mano como para tocarme, pero deteniéndose a mitad de camino— tendrás que averiguarlo sin nuestra ayuda.
Sigo avanzando. Ya sé lo que busco. No busco más explicaciones; ni siquiera sé si deseo saber más de lo que ya sé. Busco entre los paquetes y fardos apilados hasta dar con el primer elemento necesario para construir mi castillo.
—¿Cómo calientan el agua?
—En un horno. ¿Para qué…?
Frunzo el ceño. En fin.
—Necesito un recipiente cerrado.
—Debe de haber uno en alguna parte —dice Sissy—. Ellos pensaron en todo.
—Seguramente —completa el androide— cada objeto que nos rodea lo han sacado de la mente de ustedes.
—¡Perfecto!
—¿Se puede saber qué te moviliza con tanto fervor? —A Sissy la saca de quicio verme en acción, en especial si me ocupo de algo que no sea ella misma o las cosas que le importan; hemos vuelto a la normalidad.
—Tengo que mantenerme ocupado —digo, más que nada para sacármela de encima por un rato.
Al cabo de unos minutos le pido al androide que me ayude. Los bultos son muchos, pesados. No encuentro el elemento esencial y eso me pone de mal humor.
—¿Se puede saber qué es?
—No. Ya te enterarás a su debido tiempo.
Sissy hace un mohín bizarro para indicar su irritación. No me conmueve. Creo que el androide se ríe. Ya hemos puesto otro par de años luz entre el Apocalipsis y este momento, que prefiero no llamar mágico por una cuestión ideológica, pero que de alguna forma lo es, o fantástico, o milagroso, quizás alucinante…
—Tengo derecho a saber. —Sissy se mueve a nuestro alrededor como una polilla en torno a una lámpara.
—Lo disfrutarás —digo, enigmático.
—¿Es esto? —pregunta el androide.
—¡Es eso! ¡Bravo, muchacho! —Le palmeo la espalda como si fuera un compañero de la pensión de estudiantes. Me entrega el paquete y Sissy estira el cuello.
—¡No lo puedo creer! —exclama.
La ignoro. Apunto con el dedo al androide y le doy las indicaciones pertinentes.
—Cuando Cabaña esté terminado y se agregue a nuestro grupo de refugiados —digo pomposamente— lo recibiremos como corresponde.
—¡Corresponde champán! ¡Un buen vino! —Sissy me pega detrás de la oreja con el puñito cerrado.
—Vino de cincuenta euros —mascullo—. Como si eso tuviera alguna importancia. —Y casi gritando—. ¡Ya no existen las bodegas de Bordeaux, Sissy; no existe el Château Lafitte, ya no existen ni Francia ni Europa!
Sissy abre los ojos, como advirtiendo por primera vez la enormidad que acabo de enunciar. No le presto atención.
—¿La temperatura del agua? —dice el androide.
—Noventa grados, noventa y cinco, a lo sumo. Al profesor no le gusta el mate frío y mucho menos quemarse la lengua, aunque sea tan sencillo hacer que le crezca otra.