un wetsuit con muchas curvas
Se estaba poniendo el sol cuando salí del agua. Caminé hacia mi coche y guardé mis trastos submarinos en el maletero. Me sequé sin prisa y me vestí disfrutando del cálido aire del final de la tarde.
Estaba a punto de marcharme cuando la vi aparecer: llevaba el traje de neopreno con más curvas que había visto en toda mi vida. Ajustadísimo, marcando un buen par de pechos y un perfecto trasero. Tan apretado era que incluso marcaba la raja de su entrepierna. La prenda era negra y lisa, muy lisa. Tan lisa, que el agua resbalaba y se escurría por ella en forma de pequeños ríos.
Se dio cuenta de mis descaradas miradas y yo, un poco avergonzado, aparté la vista. Sus ojos eran de color miel y su mirada resultaba tan cálida y profunda como el mar del que acababa de salir. Sus labios eran carnosos y muy apetecibles. Su larga melena morena, todavía mojada, se le pegaba a la cara y a los hombros.
—¿Me ayudas a sacarme el wetsuit? —preguntó con el acento sudamericano más dulce que escuché jamás.
Me quedé bloqueado. Aquella preciosidad me estaba hablando a mi.
—El neopreno… —repitió ella, ligeramente desconcertada y señalando hacia la cremallera de la espalda.
—Oh sí, por supuesto… —respondí, bajando de nuevo a la Tierra.
Ella me dio la espalda y empecé a bajar despacio la cremallera de su mono. Justo en el instante en que sujeté el pequeño tirador entre mis dedos empecé a pensar como me iba a follar a ese bombón: en cuanto la cremallera llegase a sus firmes glúteos, iba a agarrar esas enormes tetas. Una con cada mano, al tiempo que estampaba mi paquete contra su culo. Luego, con una mano, iba a desabrochar mis vaqueros mientras con la otra le bajaba el traje hasta la altura del ombligo. Dejaría mi dura polla descansando entre sus nalgas para ir deslizando mis dedos a través del neopreno en busca de su coño. En el momento en que me lo pidiese, bajaría su traje hasta las rodillas de un golpe. La agarraría de las caderas, trayéndola hacia mi y se la metería de golpe en su chocho mojado.
La cremallera ya había pasado de la media espalda y pude comprobar que la chica no llevaba ningún tipo de bañador, sujetador o top bajo el traje. Apoyé mi mano en su cadera y seguí bajando el tirador mientras mi cabeza volaba de nuevo…
Después de follarla bien fuerte, la mandaría agacharse para poder correrme en su cara. Ella, con mucha dedicación, me haría una buena mamada mientras yo le tiraba del pelo. Al final acabaría llenando sus enormes y hermosas tetas con mi leche espesa y caliente.
La cremallera llegó al final de su recorrido, justo donde empezaba su trasero firme y respingón. Yo estaba muy empalmado y coloqué mis manos en sus caderas, preparándome para lo que iba a venir a continuación. Ella me susurró suavemente con esa voz tan sexy:
—Mmm… Muchas gracias, ahora ya puedo yo.
Y se alejó caminando despacio hacia su coche, contoneándose de forma sensual. Se cubrió con una toalla de playa enorme y terminó de sacarse el neopreno para ponerse un bikini y un pantalón corto. La parte superior del escueto traje de baño era amarillo y realmente diminuto. Sus pechos se aplastaban ligeramente y sobresalían por la parte superior, manteniéndose erguidos y apretujados. El pantalón era un viejo vaquero recortado a tijera, que dejaba al descubierto los huesos de sus caderas y parte de su pelvis. Eso me puso más cachondo todavía y, en un acto reflejo, me toqué el paquete de forma bastante obvia. Ella me miró de arriba abajo y sonrió de forma pícara.
—¿Vienes a menudo a bucear por aquí? Porque seguro que volveremos a coincidir otro día.
Se subió al coche y desapareció, dejándome allí solo y con un mazo entre las piernas. Ya había anochecido.