odio ir de compras
Imagínate que llegas a una tienda a comprarte unos vaqueros. Imagínate que la dependienta tiene una delantera increíble, encerrada en una camisa ajustadísima. No puedes ver nada, pero la tela en tensión lo deja todo claro.
Ella se ríe al darse cuenta de que le miras más los pechos que la cara. Babeas y balbuceas, estás muy empalmado y se te nota. Ella tontea un poco, ha estado sola en la tienda toda la tarde y no parece que vayan a venir clientes ya. Ha estado muy aburrida y necesita algo de acción. Se contonea mientras va de un lado a otro del establecimiento, cogiendo pantalones de los estantes para enseñártelos. Pasea más de lo necesario aunque a ti no te molesta, estás disfrutando del espectáculo.
Camina pisando fuerte, meneando las caderas y sus pechos dan pequeños saltos dentro de esa camisa totalmente cerrada. Siempre se empeña en buscar cosas en los estantes más bajos, echando su trasero redondo y firme hacia atrás y flexionando un poco las rodillas. Es imposible que esa pose resulte cómoda para lo que está haciendo, pero a ti te encanta lo que ves: unos pantalones tejanos de cintura baja, que marcan un culo perfecto, increíble. La tela parece a punto de explotar. Ella se agacha unos centímetros más y las vistas mejoran. Ahora asoma un tanga rojo que tú miras descaradamente mientras de tocas el paquete despacio.
Ella sabe que la estás mirando y sigue revolviendo. Finge no encontrar lo que busca mientras mece su trasero lentamente de lado a lado. De vez en cuando, suelta algún gemidito agudo que intenta parecer signo de frustración e impotencia. Pero a ti te hacen pensar en todo menos en impotencia.
Te da una pequeña montaña con tres o cuatro pantalones y unas cuantas indicaciones técnicas: “estos marcan muy buen culo”, “estos hacen buen paquete”, “estos no aprietan demasiado la entrepierna y van genial si estás bien dotado”. Todas las frases van acompañadas de caiditas de ojos, miradas y dedos apuntando a tu polla, caricias como quien no quiere la cosa y apretones en tus bíceps.
Se humedece los labios con la lengua y juega con su larga melena oscura. Se muerde el labio inferior mientras te indica donde está el probador. “Voy a ver si encuentro algo más para ti. Después ya te los dejo junto al probador”.
Caminas como puedes, con una erección descomunal en tu entrepierna y una posición bastante ridícula para intentar ocultarla. La sangre no te llega al cerebro.
Al deshacerte de tus pantalones, compruebas la magnitud del problema. Tus ajustados boxers de licra muestran tu rabo, gordo y enorme, llegándote más allá de la mitad del muslo. No puedes evitarlo, te la sacas allí mismo y empiezas a meneártela un poco. Está durísima.
La cortina del probador se abre sin previo aviso y ella entra de golpe. Le gusta lo que ve. Sonríe y te acorrala contra la pared. Se ha desecho de su ajustada camisa, pero aún lleva puestos esos vaqueros ceñidos tan sexys. Sus pechos lucen un pequeño y elegante sujetador negro con push up, que los aplasta uno contra el otro y los eleva un poco. Agarra tu cara y la pone sobre esas enormes y firmes tetazas, mientras juguetea con tu pelo. Las besas, las chupas y las muerdes sin oponer resistencia.
Sientes su mano en tu rabo, recorriéndolo rápido. Te encanta como le quedan el sostén y los pantalones, es una combinación muy sensual. Pero decides quitárselos a la velocidad del rayo. Las prendas vuelan por el aire, mientras peregrinas por todo su cuerpo con tus manos, tu boca y tu lengua lasciva. Su piel es tersa, su carne es firme y su mirada desprende chispas.
Se arrodilla y te la chupa sin decir nada, mirándote directamente a los ojos. El culo hacia atrás, su espalda arqueada y las piernas abiertas; las rodillas y las nalgas en contacto con el suelo. Una mano en tus caderas y la otra sobre tu polla. Comienza chupando el glande, para pasar a meterse más y más carne en la boca, succionando con fuerza mientras emite un profundo “mmmmmm”.
Su lengua traviesa y sus labios recorren toda tu polla rápidamente. Ahora usa las manos para acariciar tu abdomen y mama alocadamente moviendo su cabeza hacia ti. Rozas la entrada de su garganta una y otra vez. De repente abre la glotis y tu polla pasa a través de su garganta. “Ggghhh”. La nariz rozando tu ombligo. Sus ojos claros mirando directamente a los tuyos y tus dedos rozando su pelo sin saber que más hacer. Te encanta.
Poco a poco deja libre tu miembro y ríos de babas resbalan por su boca. Sigue mirándote mientras se limpia con el dorso de la mano. Pones tus manos en sus axilas y la ayudas a incorporarse. Ahora la acorralas tú a ella contra la pared y diriges tu polla a su chocho mojado. Te sorprende diciendo: “No, no. El coño es sólo para mi novio” y se gira echando el culo hacia atrás antes de que tengas tiempo de protestar.
Se escupe en una mano y esparce la saliva sobre su esfínter. Repite el proceso un par de veces. Después, lo masajea en círculos sin llegar a meterse el dedo. Poco a poco pasa a hacer presión y deja que sólo la puntita se cuele dentro de su culo. Sigue masajeando en círculos y se introduce la punta de otro, ambos hasta la primera falange. Empieza a moverlos adentro y afuera, despacio.
Tú acaricias su coño chorreante con la palma de tu mano. La masturbas frotándoselo suavemente y. ella se estremece de placer, soltando gemiditos y ronroneos de lo más sexy.
Aparta su mano y te invita a acercar tu polla a su estrecho agujero. Te va guiando mientras se la metes y es ella la que controla la presión con la que entras. Lo sientes muy estrecho, te cuesta pasar por él. Empujas de forma continua y el rabo va pasando milímetro a milímetro, con dificultad. De repente, una vez que la cabeza ha atravesado el esfínter, todo parece más fácil; da la impresión de que tu verga se cuela hasta el fondo sin problema. La dejas dentro, manteniendo la presión para que no se salga, y empiezas a embestir poco a poco. Sientes como la fricción contra ese apretado trasero te va volviendo loco.
Ella hace presión con su esfínter y mueve las caderas arriba y abajo, a un ritmo muy suave. Colocas tus manos en sus caderas y la dejas marcar el paso, mientras sientes tu polla estrangulada y acariciada por ese culo tan estrecho.
La cadencia de los meneos va en aumento y o movéis de forma acompasada, embistiéndoos uno contra el otro.
Aprietas sus nalgas con ansia, mientras ella acompaña tus embites con sus caderas. Acaricias su espalda al tiempo que tu pene hinchado empuja cada vez más fuerte. Agarras sus hombros, tiras de su larga melena. Ella gime y gime. Tonos agudos y rápidos dejan paso a bramidos y bufidos salvajes y a ronquidos feroces salidos de su garganta. Jadea, gime, suspira y ronronea.
Mueve su trasero con rapidez, elevándolo y dejándolo caer. Acercándolo y alejándolo de ti. La azotas y te mira con cara de vicio.
Su respiración va cada vez más acelerada. Su cuerpo se tensa. Hace fuerza con sus manos contra la pared y con sus pies contra el suelo. Contiene la respiración y cierra los ojos con fuerza. Se corre. Se corre. Se corre. Deja salir el aire de sus pulmones en un grito de placer. Enloquece, mientras su cuerpo se relaja. Y tú te corres con ella, llenando su culo de leche caliente y espesa.
Imagínate que hace como tres o cuatro interminables minutos que entraste en esa tienda y te quedaste como un pasmarote mirándole las tetas a la dependienta. Imagínate que te mira con cara de mosqueo mientras pregunta por enésima vez: “¿Hola? ¿Se encuentra bien? ¿Desea algo?”