la ruleta de la suerte
Era la tercera vez que me encontraba con una pistola frente a la cara esa semana. Los negocios no iban ni mejor ni peor de lo habitual, pero estaba teniendo una suerte de perros. Me pusieron una capucha y me ataron, luego me metieron en el maletero de un coche amplio y caro. Quizás un Mercedes, quizás un BMW, la verdad es que lo mismo daba. ¿Quién querría verme esta vez? ¿A quién se la había jugado últimamente? A decir verdad, la lista era interminable…
Después de un trayecto horrible, me sacaron del maletero de muy malos modos y me dejaron en una silla bastante incómoda dentro de algún apestoso cuartucho de mala muerte. Había gente a mi alrededor; podía oír pisadas de botas y escuchaba murmullos a mis espaldas. También parecía llegar a mi nariz algún suave olor a perfume. Me retiraron la capucha de la cabeza y al fin pude ver que rayos estaba ocurriendo.
Lo primero que vi tras salir del mundo de las sombras no me resultó nada tranquilizador. Delante de mí había una tía rubia a la que conocía bien. Tenía cara de asco y mirada asesina. Y sus mandíbulas apretadas delataban que estaba de muy mal humor.
—¿Qué pasa esta vez Alexia? ¿Has perdido un cargamento de sartenes o es que hace mucho que no follas?
Se acercó a mí y me soltó dos buenas hostias. Después se puso a ladrar en un español bastante penoso, cargado de “esssess” y “errrress”. No le hice demasiado caso porque sabía de sobra de que iba el tema. Además, me resultaba más agradable mirarle el escotazo que lucía hoy. Y ya se sabe que los tíos somos incapaces de hacer dos cosas al mismo tiempo, a menos que esas dos cosas sean beber cerveza y ver fútbol.
Al final de su amenazante discurso lleno de gritos y aspavientos sacó su revólver y lo puso sobre la mesa con un sonoro golpe. Rugió no se que de un juego y de divertirse un rato mientras vaciaba el tambor y dejaba una única bala. El panorama no me gustaba nada y tragué saliva de forma ruidosa. Cerró el arma e hizo rodar el cargador.
Una morena vestida con un mono de cuero lleno de curvas me desató las manos al tiempo que Alexia me “invitaba” a coger la pistola. Habría doce o quince mujeres armadas apuntándome con sus Kalashnikov y yo sólo tenía una bala; no tenía ninguna posibilidad de escapatoria. Yo ya estaba muerto y no me costó mucho aceptarlo. Así que decidí terminar como un tío con un buen par de huevos. Si hubiera podido pedir un último deseo, habría pedido un bote de Viagra para follármelas a todas.
Miré a aquella traficante a los ojos con una sonrisa burlona y me llevé el revólver a la sien. No pestañeé. No aparté mis ojos de ella ni una fracción de segundo. Y disparé una, otra, otra, otra y otra vez. El tambor del revólver era de seis balas, yo había apretado el gatillo cinco veces y mi cabeza seguía entera y en su sitio.
—Los hombres con dos cojones me ponen muy cachonda. —rugió Alexia sacándome el arma
Se sentó a horcajadas sobre mí y me dio un largo beso. Empezó a frotar su entrepierna contra la mía y me puso los pechos delante de la cara. Gemía de forma suave e iba desabrochando los botones de su camisa. Mis manos acariciaron toda la longitud de su espalda, recorriéndola hacia abajo en dirección a su trasero. Me detuve al llegar a aquel culazo firme y respingón; disfruté acariciándolo y apretándolo.
Nuestras bocas se buscaron y se encontraron para fundirse de nuevo en un larguísimo beso. Las lenguas jugaban con violencia al tiempo que nos mordíamos los labios sin piedad.
Se deshizo de la camisa y yo pude contemplar su precioso cuerpo al tiempo que me abalanzaba con ansia hacia sus tetas. Me lo pasé en grande chupándolas y lamiéndolas. Se desabrochó el pantalón y se sentó sobre la mesa para quitárselo; no llevaba bragas. Me agarró del pelo y empujó mi cara contra su entrepierna.
Me hice un poco el remolón y me dediqué a darle besitos y lametones muy suaves en el pubis y las ingles. El contacto de mi lengua con su piel era muy leve y estaba llevando sus niveles de excitación más allá de las nubes. Blasfemó algo en ruso, volvió a agarrarme del pelo con violencia y situó mi cabeza justo donde ella quería.
Le di un pesado beso encima del coño; ella arqueó la espalda y volvió a soltar nosequé en su idioma. Dejé que sus labios se colaran entre los míos, presionándolos y mordisqueándolos. Lamí de abajo arriba y luego de arriba abajo muy muy despacio. Ella empujaba su pelvis hacia mí al tiempo que me prendía la cabeza con los muslos y jugueteaba con mi pelo. Podía notar como se iba poniendo más y más cachonda por como empujaba mi cara hacia su sexo caliente y húmedo.
Pasé a lamer más rápidamente su chocho, metiendo la lengua entre sus labios de vez en cuando y soltando algún tenue mordisco. La coloqué dentro de su coño y la moví adelante y atrás haciendo que Alexia bufase y jadease, retorciéndose de placer sobre la mesa.
Había aligerado la presión de sus muslos y puso los pies sobre mis hombros, haciendo fuerza al tiempo que movía las caderas. Gemía y ronroneaba de forma cadenciosa y con voz ronca.
Salí de su coño y me abalancé sobre su pequeño e inflamado clítoris. Cerré mi boca sobre él, formando un punto, y succioné con fuerza. Sus gemidos y jadeos parecieron perder el ritmo. Ella inspiraba, retenía el aire, y lo soltaba de formar irregular jadeando o gritando. Contraía sus músculos, los aflojaba y los volvía a contraer de nuevo. Continué chupando en el mismo sitio sintiendo como aumentaba su excitación hasta que se corrió.
Arqueó la espalda hacia atrás mientras hacía fuerza con las manos sobre la mesa. Su cuerpo se tensó y cerró los ojos unos segundos mientras contenía la respiración. Unos segundos después, dejó salir todo el aire de sus pulmones con un gemidito agudo muy sexy. Sus músculos se relajaron de golpe y se dejó caer de espaldas en la mesa, pronunciando palabras en su idioma que yo no entendía.
Tardó un par de minutos en recomponerse y volver a incorporarse sobre la mesa con las piernas y los brazos temblando. Buscó los broches de mis pantalones y los aflojó en un santiamén. Tardó menos en deshacerse de mi ropa interior de lo que se tarda en decirlo. Se adueñó de mi polla, la acarició y jugó con ella mirándome a los ojos; después volvió a tumbarse sobre la mesa con las piernas abiertas.
Yo me puse en pie y dirigí mi pene a su entrada. Lo metí despacio, poco a poco, disfrutando de cada milímetro que avanzaba dentro de su estrecho y cálido coño. Ella se estremeció y suspiró. Acaricié todo su cuerpo una vez más y disfruté de su tacto. Jugué con su cuello y sus pechos, lamí el lóbulo de una de sus orejas y comencé a empujar rítmicamente. Ella me acompañaba moviendo sus caderas en círculos amplios y lentos.
Me miraba con impaciencia, pidiéndome más con sus ojos lascivos y yo decidí torturarla un poco y hacerla esperar. Me limité a mantener el mismo ritmo suave mirándola con tono burlón y aire de superioridad. Podía sentir como apretaba su coño con fuerza cada vez que yo empujaba mi polla dentro de ella.
Entonces Alexia decidió recordarme quien mandaba allí. Me rodeó con sus piernas y comenzó a mover las caderas a un ritmo bastante más rápido. Quedaba claro que era una mujer que sabía como hacerse con el control. Puse mis manos en sus nalgas y me adapté a su ritmo. Pasé a embestirla más rápido, más fuerte, sin parar, y ella sonreía satisfecha entre jadeos. La mesa se tambaleaba, pero nos daba absolutamente igual.
Me incliné sobre ella y la besé con pasión. Esa tía era un auténtico volcán y me estaba volviendo loco. Mordí su cuello y fui deslizando mi lengua hasta sus pechos. Los chupé una y otra vez amasándolos con ambas manos. Eran preciosos y me encantaban. Moví mi pelvis todo lo rápido que podía, embistiendo duro, metiéndole mi verga hasta el fondo y manteniendo el ritmo más intenso que podía. Ella gemía debajo de mí, soltaba algún que otro grito y seguía gruñendo cosas en ruso incomprensibles para mí.
De repente, el tiempo pareció pararse. Nuestros cuerpos se contrajeron al mismo tiempo, y toda la tensión acumulada hasta ese momento se liberó de golpe. Explotamos al unísono intentando acercarnos más el uno al otro, jadeando y gimiendo. Aunque esa sensación de paz no duró mucho.
Alexia bajó de la mesa y se vistió a toda prisa mientras yo buscaba un cigarro en mi chaqueta.
—Estamos en paz. Considera saldadas las deudas que tenías conmigo. —dijo antes de salir pitando en el Mercedes conducido por uno de sus soldados.
Las demás se subieron en un camión militar y desaparecieron de allí igual de rápido que su jefa. Yo seguía sin encontrar el tabaco y me di cuenta de algo. ¿Cómo rayos iba a volver a la ciudad?