deseo ardiente
Intento volver a verle, anoche no me resultó suficiente, quiero más, necesito más, y si no da señales de vida en los próximos cinco minutos, tendré que llamar a otro de los contactos de mi agenda.
Ayer terminé el día en su trabajo, encima de la mesa de su despacho, mientras me embestía una y otra vez. Horas antes, había estado con mi vecino Iván, eso no fue premeditado, simplemente nos cruzamos en el ascensor y, de la nada, nos invadió ese calor intenso que nace dentro y te pide a gritos ser sofocado. Antes de llegar a la planta baja, ya estaba de rodillas saboreándole.
Viendo que Roberto no contesta, decido ir a Victoria Secret, a ver si encuentro algo interesante para esta noche. Después de mirar prácticamente toda la tienda, me decido por un bralette de encaje negro a juego con una braguita brasileña con su liguero. Tengo que estar espectacular para lo que se viene hoy.
Rober sigue sin devolverme las llamadas, así que, me ducho, me visto y me voy decidida a pasar una buena noche.
Él siempre está intentando convencerme de formalizar esta “relación”. Es cierto que llevamos siendo compañeros sexuales algo más de seis intensos y placenteros meses, pero el mero hecho de pensar que tendría que cambiar prácticamente todo mi ritmo de vida, es algo que me crea ansiedad. Puede que no haya nacido para estar con alguien durante años, no lo veo como algo malo, simplemente, distinto.
Una vez lo intenté, con Marcos. Tendríamos unos veinticuatro años cuando nos conocimos, y al poco tiempo, incluso, decidimos empezar a vivir juntos. Así que hizo las maletas y se vino a mi apartamento. Estaba enamorado de mí y, aunque yo a él le quería, no era con tanta intensidad. Un día, al llegar Marcos a casa, me pilló en la ducha con su hermano mayor. No fue algo planeado. Surgió sin más cuando Eric llegó a casa buscando a su hermano. Como hacía tiempo que no nos veíamos, le invité a pasar y a tomar un café para charlar un rato y ponernos al día. El problema llegó cuando sin querer, le tiré el café por encima manchándole la camiseta. Intenté limpiarle el manchurrón, pero viendo que no había forma de arreglar aquel estropicio, fui a la habitación para dejarle una de su hermano. Cuando regresé camiseta en mano, ahí estaba él, con ese torso tonificado, a base de horas de gimnasio, al aire. Y claro… una no es de piedra. En ese preciso momento comenzó el calor. Ese fuego que te invade y que una vez comienza, poco puedes hacer para detenerlo. Y no sé cómo acabamos los dos metidos en la ducha disfrutando de nuestros respectivos cuerpos.
Cuando llegó Marcos y abrió la puerta, la situación fue un tanto embarazosa. No soy de tener relaciones con cualquiera, solo con los que siento atracción. No es mi culpa que esa atracción surgiera con el hermano del que por aquel entonces era mi novio. A partir de ese momento fue cuando me di cuenta de que era mejor ser un espíritu libre para desatar esa lujuria con la persona que me pareciera la indicada, y no tenerla, presa dentro de mí, ahogándome.
Aunque Rober sabe esta historia de mi pasado, no se da por vencido en el intento de conquistar mi corazón. Al menos me acepta como soy. No como mi familia, que al ver que me dejaba llevar por la pasión y el deseo cuando este aparecía en mí, pensaban que era ninfómana. ¡Cómo si yo me acostara con cualquiera!
Salgo de casa, y ando a la búsqueda de un taxi para que me acerque a la calle Vicente Caballero. Hoy hay fiesta del apagón, así que la diversión está asegurada y, al ir sola, me ahorro el dinero de la entrada. Algo es algo.
Sé que a Roberto no le hace mucha gracia que venga al club, y menos sin acompañarme él, pero es que no se ha molestado en ponerse en contacto conmigo. Y claro está, que no me iba a quedar en casa sola un sábado por la noche. Sola, porque las que eran mis amigas dejaron poco a poco de tener interés en verme ni en incluirme en sus planes. Supongo que no les hará gracia mi forma de vivir. Una de ellas, Ana, fue la única que se atrevió un día a decirme que era una persona demasiado lujuriosa, y no creía que fuera una cualidad positiva como para que la tuviera una amiga suya. Al menos la chica fue sincera, pero… ¿Qué hay de malo en ser así? No le hago daño a nadie ni me aprovecho de la gente. Menos mal que yo, sabiendo como era Ana, nunca me lancé a proponerle tener sexo, solo fantaseaba con ella por las noches, cuando no estaba en compañía y el deseo se apoderaba de mí. Era entonces cuando cogía cualquiera de mis “juguetes", casi siempre era el satisfayer, y dejaba volar mi imaginación. Ana tenía el cuerpo perfecto para ser disfrutado en persona, no solo en mi mente y autocomplaciéndome, pero al menos en mi imaginación a todo decía que sí sin escandalizarse. Siempre estaba dispuesta a cumplir mis deseos sexuales más intensos.
El taxi me deja en la puerta del club. Entro en él y veo caras conocidas. Voy directa a la barra a pedirme un Gin tonic y mientras el barman lo prepara, me acerco al ropero a dejar el abrigo. Me empieza a sobrar tanta ropa.
De vuelta a la barra he fichado a una pareja bastante interesante. Cojo mi copa y me acerco a ellos. Me presento como Eva y ambos parecen encantados de conocerme. Me comentan que son nuevos en esto, así que no voy a forzar nada, pero según van pasando los minutos me siento con más necesidad de coger a Alba y enseñarle cómo son las cosas. Esa cara de pícara que tiene, con los labios rojos, gruesos… No me lo pienso y me lanzo a besarla. Parece que le gusta tanto o más que a mí. Su marido reacciona y empieza a tocarme el pecho por debajo del bralette nuevo, mientras llevo al éxtasis a su mujer. Una vez que ella ha quedado complacida, es mi turno. Acerco su cabeza a mi sexo, que ya lleva húmedo un rato, mientras masajeo el miembro de él. Apenas tardo unos minutos en llegar al orgasmo. Nada como unos novatos para calmar esta lujuria.