—Pero, ¿no comprende usted? —gritó el hombre—. Dentro de unas semanas, de unos días, de unas horas quizá, esto parecerá un infierno. La guerra es un hecho. Está a punto de estallar.
El campesino seguía lanzando la simiente en los surcos sin prestar la más mínima atención a las inquietantes frases de su interlocutor.
—Hágalo al menos por su esposa, por sus hijos —insistía el hombre—. Usted puede morir si lo desea, pero no tiene el derecho de arrastrar a los suyos hacia su propia suerte.
—Lléveselos a ellos —habló por fin el campesino sin abandonar su trabajo—. Yo me quedaré.
El rostro del hombre hizo una mueca de incomprensión.
—Está usted loco —dijo—. Completamente loco. Hay que estarlo para hacer lo que hace. Su posición es absurda. Está sembrando un trigo que jamás crecerá. Toda esta tierra será un erial cuando la radiactividad pase por aquí…
—Si la guerra está cerca —dijo el campesino abandonando por un momento su tarea—, debe usted apresurarse. No pierda su tiempo conmigo. Encontrará a mi mujer y a mis hijos siguiendo el sendero. En una pequeña casa de adobe que yo mismo construí hace algún tiempo. Llévelos a ellos, se lo ruego. Póngalos a buen recaudo.
—Lo haré —aseguró el hombre—. Estaremos algún tiempo en el pueblo. Hay que evacuar todos estos contornos. Si cambia de parecer puede venir a nuestros camiones. Hay sitio para todos en los refugios. Allí estará a salvo. La guerra nuclear no respeta ninguna clase de vida sobre el planeta…
Pero el campesino ya no le oía. Se había alejado un trecho y lanzaba con fuerza, ora a la izquierda, ora a la derecha, sus puñados de simiente. Su rostro no reflejaba preocupación alguna y, cuando la furgoneta de Protección Atómica Social desapareció, un largo suspiro ensanchó su pecho. Entonó una alegre canción que parecía sonar como una lúgubre sinfonía sobre la tranquila campiña.
Ilustración
Dos soldados con vestimentas se acercaron al campesino.
—¿Está usted loco? —preguntó uno de ellos.
—¿Acaso no sabe que la guerra ha estallado? —inquirió el otro combatiente.
Al principio, el campesino pareció ignorarlos. Luego se encogió de hombros y respondió:
—Pues claro que sé que ha comenzado la guerra. Como también sé que van a lanzar esas horribles bombas…
—Nucleares —completó uno de los soldados.
—Que hacen las tierras estériles para todo cultivo —continuó el campesino sin hacer ningún caso de la interrupción.
—Pero, ¿por qué está usted aquí? ¿No le recogió la furgoneta de Protección Atómica Social? ¿Acaso no pasó por esta zona?
—Pues claro que pasó —afirmó el campesino con una abierta y franca sonrisa.
—¿Y no se fue usted con ellos?
—¿Quién habría sembrado mi campo? Ahora el tiempo es propicio —aguzó la vista y se colocó la mano en forma de visera, mirando el horizonte—. Tal vez se avecinen algunas lluvias benignas. El trigo debe crecer en mi campo. Crecerá.
Los dos soldados se miraron mutuamente sin saber qué decir. Estaban perplejos.
—Debe acompañarnos —dijo por fin uno de ellos.
Los ojos del campesino refulgieron con ira.
—¿También ustedes? No iré con nadie, ¿me oyen? ¡Con nadie! No conseguirán que abandone todo lo que he creado con mis propias manos. Nada destruirá mi trabajo. Ni siquiera una guerra puede destruir el trabajo que se hace con amor…
Los dos soldados intentaron agarrar al campesino. Éste se debatió furiosamente hasta que logró desasirse. Luego echó a correr y desapareció de la vista de los soldados. Al cabo de unos segundos éstos se alejaron. Su reconocimiento del terreno había terminado. Pero en el parte no mencionaron al campesino. No valía la pena… Era un estúpido loco.
El gran camión transportaba un gran contingente de heridos hacia los refugios. El conductor se detuvo frente al ancho trigal cuyos brotes apuntaban ya.
—¡Eh! ¡Usted! —gritó el hombre del camión—. ¿Qué hace aquí? Se olvidaron de usted los de la Protección, ¿eh? Vamos, suba. Voy a llevarle al refugio más próximo.
—¡Muchas gracias! —gritó a su vez el campesino—. ¡Prefiero quedarme!
El conductor del camión creyó no haber comprendido bien. Sonrió y dijo:
—No le oigo muy bien, ¿sabe? Vamos, le espero.
El campesino negó violentamente con la cabeza y volvió a gritar, esta vez más fuerte:
—¡Puede marcharse, señor! ¡Yo me quedo aquí!
—Pero, ¿sabe lo que dice? —exclamó estupefacto el conductor—. Dentro de unas horas esto se convertirá en uno de los lugares más contaminados. Se contaminará usted, si no lo mata la onda expansiva…
—¡No me importa! ¡Se lo repito: muchas gracias! —gritó el campesino. Volvió la espalda y con su pequeña azada se puso a limpiar de rastrojos y malas hierbas los alrededores de su trigal.
El conductor del camión se encogió de hombros y arrancó. Luego lanzó una maldición y murmuró algo contra la ignorante gentuza del campo…
A lo lejos, en el horizonte, el campesino contemplaba las grandes humaredas que se alzaban en forma de hongo hasta un cielo que iba tomándose gris paulatinamente.
Aquel día llovió, y el campesino estaba muy contento. Dentro de algún tiempo los tallos estarían ya muy altos y apuntarían con orgullo hacia las nubes.
Nadie, nadie podría impedir el milagro. Aquellas manos, sus propias manos, lo harían. A su alrededor los hombres se destruían. Pero él seguía creando, dominando la tierra con aquellos brazos que aún tenían fuerza.
Los aperos de labranza seguirían funcionando. La vida seguiría en su campo… mientras él pudiera regar los surcos con una sola gota de su propio sudor.
Eran cinco hombres. Todos llevaban el traje antiatómico y corrían mucho. Parecían huir de algo. Iban a pisar su campo, su trigal…
—¡Eh! ¡No pasen por ahí! —ordenó el campesino—. Es un sembrado.
Los cinco hombres miraron al campesino. Uno de ellos, el que parecía el jefe, rompió a reír en sonoras carcajadas.
—Vamos, vamos… —dijo, entre las sacudidas que su risa le permitía—; no irá usted a decirme que espera segar estos tallos algún día. ¿Ignora usted los efectos de la contaminación?
Luego pareció darse cuenta de que el campesino no llevaba ningún atuendo protector.
—¡Está usted contaminado! Todo este terreno lo está. ¡Vaya a un Centro de Protección Atómica Social antes de que sea tarde! Vamos muchachos: hay que seguir…
Hizo un signo a sus hombres, que avanzaron bordeando el sembrado. Cuando estaban un poco más lejos el jefe de aquellos hombres miró hacia atrás. El campesino se había arrodillado para observar de cerca el crecimiento de sus espigas.
—Está loco —dijo uno de los cinco.
—No —aseguró el jefe—. Yo también fui campesino antes de que estallara esta maldita guerra. Sé lo que siente…
Los cinco hombres siguieron caminando. Y al cabo de unos minutos desaparecieron por el camino.
Lo que se esperaba aconteció. El hombre comenzó a experimentar los primeros signos de contaminación. Toda su piel se convirtió en una negruzca costra que se agrietaba al más leve movimiento.
En el campo, los tallos no crecieron más. Se torcían y se marchitaban. El sol salía cada día entre grises nubarrones que apenas dejaban que la luz los traspasase.
Sin embargo, el campesino tenía pensamientos optimistas. «Pronto crecerán las amapolas —soñaba—. Mi campo será un inmenso mar amarillo moteado de manchas rojas…».
Apenas dormía, apenas descansaba, apenas comía… Sin embargo, cada día elevaba una oración a su Dios.
La guerra había comenzado en invierno. Fue un largo y crudo invierno. Luego vino la primavera y la guerra cesó. Pero los campos no florecieron. Fue un verano triste. La destrucción era grande, fabulosamente grande… Estúpidamente grandiosa.
La tierra estaba desierta. Ya no se oía el estruendo de las bombas, pero los grandes y anchos campos chamuscados hablaban por sí solos. Y con mucho más ruido que las propias bombas.
Las primeras brigadas de limpieza y descontaminación surgieron a la luz. Sus geiger cantaban monótonamente una interminable vibración.
En su deambular pasaron por el trigal. No se veía al campesino. Estaba en el suelo, boca abajo, abrazando prietamente su terruño…
Aquellos fantasmones de traje blanco le dieron la vuelta y escrutaron el rostro tumefacto. No estaba muerto, todavía…
El campesino abrió los ojos con dificultad, en un último esfuerzo. Envolvió a los hombres de blanco en una mirada serena. Luego movió los labios y dijo algunas palabras ininteligibles.
Uno de los hombres acercó su aparato auditivo a los labios del agonizante. Escuchó las últimas palabras de éste. Luego se irguió y, con un gesto compasivo, cerró los ojos del hombre. El campesino había muerto.
Los fantasmas de los desiertos radiactivos siguieron su trabajo. La contaminación descendía. Dentro de muy poco la gente podría ocupar de nuevo sus hogares. ¿Hogares? A su alrededor sólo había ruinas, ruinas en todas partes…
—¿Qué fue lo que dijo? —preguntó uno de aquellos híbridos seres blancos.
—¿Quién? —preguntó el compañero a su vez.
—¿Quién iba a ser? El viejo. Ese viejo campesino. Cuando acercaste el aparato auditivo a sus labios oíste algo, ¿verdad?
—¡Ah! Sí. Nada de particular. Dijo: «Mala cosecha, amigo; creo que hubo mala cosecha este año…».