Están llorando —dice Alicia.
Es una obviedad. Las fotografías que cubren las paredes de la casa muestran el llanto en todas sus posibles acepciones. Dos mujeres abrazadas, los ojos cerrados, los dientes apretados. Una niña con los ojos abiertos, los dedos enredados en el pelo de su muñeca, las lágrimas deslizándose por sus mejillas. Una mujer con los labios fruncidos, la mirada baja, los hombros hundidos. Alicia no logra apartar la mirada de esas imágenes bañadas en lágrimas. Fotografías apaisadas, verticales, fragmentadas, minúsculas; en blanco y negro, en brillantes colores, en tonos sepia. Primeros planos, planos medios, planos americanos, paisajes. Fotografías impresas en papel fotográfico, daguerrotipos, incluso un marco digital con una imagen fija.
Todas ellas exhiben el llanto sin pudor.
—Sí —responde la anciana—. Todas.
Alicia comprueba su cámara. La anciana sonríe y espera sentada en uno de los sofás de su salón.
—¿Son todas suyas?
—Sí. No. Depende de a qué se refiera. Todas son mías porque las he comprado, claro. Los originales. Pero solo he tomado algunas. Las peores.
Alicia asiente, enfoca y toma las primeras instantáneas. La anciana sonríe. Es una sonrisa despreocupada, sincera.
—Le gusta la fotografía —dice Alicia.
—Sí. Siempre me ha gustado. A mi madre le fascinaba, sobre todo los paisajes. Los de lugares lejanos. Decía que una buena fotografía podía ahorrarnos un viaje decepcionante.
Alicia continúa fotografiando a la mujer, que no deja de sonreír en ningún momento. No es necesario que ella la guíe, que le recomiende cómo debe posar. Es evidente que está acostumbrada.
—¿Por qué solo fotos tristes?
—¿Tristes? —pregunta la anciana.
Alicia se detiene. Contempla a la mujer a través del visor de su cámara. Sus ojos azules, muy abiertos. Sus arrugas. Su sonrisa. Alicia baja la cámara y se sienta en una silla frente a ella. La silla se queja con un crujido. Es una silla vieja. Triste.
—Todas están llorando.
Es una obviedad, pero Alicia de pronto es consciente de que ha debido pasar algo por alto.
—De alegría —dice ella—. Todas lloran de alegría.
Alicia se levanta, contempla de nuevo una por una todas las fotografías que pueblan las paredes. Señala una en la que una mujer, de rodillas en el suelo, alza las manos al cielo. Su rostro está desmoronado, es un calvario.
—¿Esta...?
—Su hija. Había sido raptada por un grupo de guerrilleros. Una incursión inesperada en su aldea, mataron a varios hombres y se llevaron a una docena de niñas de menos de quince años. Le tomaron la foto a la madre el día que los hombres del ejército le devolvieron a su hija.
—¿Cómo sabe todo eso?
—Antes de adquirirla me informé a conciencia. Confirmé con distintas fuentes la autenticidad de la historia. Llora de alegría. —La anciana abre los brazos en un gesto que abarca todas las fotografías que inundan su casa—. Como todas las demás.
—¿Todas? —pregunta Alicia.
—Sí. Cada fotografía tiene su historia. Aquella, por ejemplo, la de la mujer de pie, en el muelle. Llora porque su marido no volverá a subir a un barco, porque podrá pasar el resto de su vida con su familia gracias a la pensión que le han concedido. Esa niña de allí, la que tiene la muñeca en su mano, acaba de encontrarla en el parque después de varios días buscándola. Lloran de alegría, todas ellas. Por temas mundanos, por grandes emociones. Cada fotografía tiene su propia historia.
—Vaya —dice Alicia—, bonita colección tiene usted aquí. Bonita y alegre.
La anciana sonríe. No ha dejado de hacerlo desde que ella entró. Alicia es consciente de ello mientras enfoca, mientras la fotografía. Alicia se detiene y deja que la cámara descanse en la palma de su mano. Mira a la mujer. Contempla su rostro. Su sonrisa.
—¿Y no preferiría que le hiciera una foto como esas?
—Oh, claro que sí —responde ella—. Me encantaría. Pero a mi edad, con mi marido muerto, con esta enfermedad que me mata poco a poco, con una hija que hace más de diez años que no veo, lo cierto es que ya no encuentro ningún motivo para llorar.
Y cuando la anciana ve que Alicia prepara de nuevo su cámara, sonríe.