País Relato - Autores

salvador luis

double fantasy

POR primera vez desde que te describo, te vi entrar a casa en compañía de una mujer japonesa. En cuanto a la vida del asesino de John Lennon —⁠el cuaderno de notas abierto⁠— todo continúa como lo dejaste ayer: algunas páginas escritas y otras tantas en blanco. A ella le ha llamado la atención la fotografía de Dorothy y el León que has colgado debajo de una de las repisas de la sala, como si hubieses adivinado que su película favorita es El Mago de Oz y que esta situación improvisada fuera la coincidencia de un presentimiento de hace muchos años: la primera vez que te masturbaste pensaste en ella acosada por cuatro vagabundos. (Era un cine abandonado y los gritos de la mujer japonesa se amplificaban gracias a la acústica del edificio).
Al lado de la foto de Dorothy la mujer japonesa señala el afiche de una ópera tratando de reconocer otro detalle que los enlace; entre las anécdotas de su infancia resalta una historia acerca de los miembros de una orquesta errante detenidos por iniciar una trifulca. En el pueblo donde vivía tía Miyu, el fagotista y el contrabajista se rebelaron —⁠estaban ambos ebrios⁠— y antes de que el empresario que los manejaba pudiera presentarse en la comisaría, un alférez de apellido Ishikawa les partió la cabeza con la culata de una pistola. El fagotista falleció casi en el acto a causa de una contusión.
Sin prestar cuidado a los detalles del funeral, te quitas la chaqueta y enseguida piensas en los vasos, tienes un muestrario de ellos guardado en la alacena y la conclusión es que la mujer japonesa beberá en una de tus copas de cristal facetado. Eso lo has decidido antes de colgar tu chaqueta en el perchero y antes, incluso, de quitarte la chaqueta. Siempre decides en qué copa beberán las mujeres que invitas a tu apartamento como lo haría un señor todopoderoso en la víspera de un festín. La imagen que haces de ti mismo es sin duda la de un dios que gobierna los ciclos y las traslaciones de las cosas que existen.
La mujer japonesa se llama Ayoko y tiene un lunar arriba del labio. Cuando la observas estudiar el afiche, adviertes que un muchacho está parado a su lado izquierdo, doblando una bufanda de color púrpura. Entonces Holden Caulfield te saluda con una sonrisa (la forma en que suele hacerlo cada vez que te topas con él) y después se acomoda sin apuro en uno de tus sofás. Esta vez te parece que la llegada de Holden ha sido más precipitada que de costumbre, ni siquiera te ha dado tiempo de ir por las copas y el vino; se trata, en tu opinión, de una broma de pésimo gusto. Te sientes atacado y utilizado por Holden, como si Holden ya no respetara los minutos de intimidad que pactaron en otro momento y no hubiese una memoria de lo estipulado. Lo que existe es el color sucio en los ojos de Holden, cada vez que te mira puedes ver su suciedad, y por eso piensas que debiste advertirlo antes, olerlo antes. La mujer japonesa lo advierte y lo huele cuando cierras la puerta de tu habitación y la dejas acorralada.
A continuación Holden lee un pasaje de El guardián entre el centeno en el que Caufield se hincha de valor y murmura algo que sólo él entiende, procurando que ella no se dé cuenta del sudor que lentamente empieza a ocuparlo. Una mano que nadie puede distinguir también le aprieta el estómago. Caulfield no esperaba que la prostituta vistiese de verde. No tiene nada en contra de ese color, pero no imaginaba que la prostituta vestiría de verde, o que la prostituta sería una chica de pelo rubio.
A pesar de la extrañeza que brota de Holden, ella no se ha percatado de nada ridículo en la habitación, todo lo contrario, los muebles parecen estar en su sitio y las lámparas encendidas. Caulfield, no obstante, sospecha que algo no encaja, algo se le está escapando de las manos, por eso trata de ejecutar una frase o un movimiento que corresponda con la situación. Algo simple. Comienzan así los síntomas de una sonrisa, pero la sonrisa no llega a sobresalir, se queda suspendida en la boca de Caulfield, y es que Caulfield lo piensa un poco y no está seguro de si en estos casos lo correcto es sonreír o quedarse callado, o encender un cigarrillo como haría George Harrison antes de interpretar «Dark Horse». Su habitación en el hotel es bastante cómoda, eso es cierto, y a esas horas de la noche, con las ventanas abiertas de par en par, la ciudad de Nueva York no parece estar preñada de tantos farsantes.
(Los farsantes son una tropa de estúpidos, piensa Caulfield. Aquí y en todos lados. En todos lados los farsantes causan problemas a los demás, creyendo que el resto existe sólo para rendirles tributo. Allá en el parque hay muchos sentados en las bancas, esperando la oportunidad para hacerse de una tonta, y las tontas siempre caen. Siempre caen porque creen que los farsantes son guapos y encantadores, pero jamás meditan siquiera por un minuto, siquiera por diez segundos. No se ponen a pensar que los farsantes meten sus dedos en sus narices y se rascan los mocos tantas veces al día como yo lo hago, que los farsantes huelen a perro sucio cuando se levantan. Todos los farsantes son nada más que porquería y aquí en Nueva York hay muchos; allá en el parque hay muchos farsantes esperando por una tonta).
La prostituta deja su bolso sobre el sillón pero no se quita el abrigo. Acaba de percatarse de lo ridículo. Es en verdad ridículo. Sin dejarlo pasar se pregunta por qué Caulfield tiene las ventanas abiertas en pleno diciembre; se pregunta eso sin saber que Caulfield se apellida Caulfield o que Caulfield detesta a los farsantes, sólo le preocupa el viento helado de la época; hace poco nevó y los árboles parecen estalactitas. ¿Cómo se le ocurre abrir las ventanas de ese modo sabiendo que en las calles la gente patina cuando pone un pie sobre la acera? ¿Acaso este tonto no lo entiende?
Holden abre los ojos y se disculpa torpemente, se explica como si se tratara del rostro severo de su padre: que él estaba tomando un poco de aire cuando ella llamó a la puerta, que pensaba cerrarlas pronto. El ambiente estaba un poco cargado, ¿sabes? Acabo de llegar hoy. Quizá el antiguo huésped…
La prostituta empieza a desabotonarse el abrigo, se halla parada frente al mismo sillón donde un minuto antes ha dejado el bolso que empuña con fuerza cuando algún cliente pierde el control de sí mismo. Tantas veces aquellos hombres que son todos los hombres a la vez. El taxista de Lower East Side. El judío calvo duplicando la monotonía de Merv Griffin. El viejo cadavérico y sus calzoncillos a rayas. Recuerda siempre los ojos de un maestro de secundaria que dijo llamarse Cliff y quiso esposarla al riel de una cortina de baño. Vas a hacerme el favor y vas a quedarte quieta. Yo sé que quieres jugar conmigo. ¿O no quieres jugar conmigo?
… nunca abrió las ventanas y tal vez por eso el aire se encontraba tan cargado; por un momento pensé que nadie había entrado aquí en varios días. Sé que es un poco tonto pensar así, después de todo es un hotel y sería poco higiénico no ventilar las habitaciones, pero el día que me marche pienso reportarlo al administrador; nunca está de más mencionar estas cosas. Creo que es bueno para todos mencionarlas, demostrarles a los del servicio que uno está pendiente de lo que pasa en el hotel. ¿No te parece?
Caulfield se percata de que el vestido de la mujer es negro, es negro pero debe ser verde. Negro podría ser el abrigo gris que acaba de colocar sobre el respaldo del sillón. Pero el vestido debe ser de color verde. Así lo entiende Caulfield. Piensa entonces que cuando el botones le ofreció los servicios de una prostituta en ningún momento se imaginó que ella sería rubia y vestiría de verde. Eran, de algún modo, detalles predestinados, alguien o algo los había elegido para él. Esa conjunción de referencias apuntadas en otro lugar: el botones, la prostituta, el vestido verde, Nueva York en invierno, toda ella caía en el mismo receptáculo de condiciones: ¿Qué sucedería si Caulfield se hallara en el hotel aquella noche? ¿Qué sucedería si cerrara las ventanas y encendiera la calefacción? ¿Qué pasaría si los farsantes de repente se llevaran un chasco?
La prostituta observa cómo Caulfield gira la perilla de la estufa, arrodillado, muy cerca de las ventanas. El cuerpo de Caulfield es el cuerpo de un descuidado con unos treinta años de desintereses y malos hábitos. El cabello lacio, un tanto caótico aunque con una raya a la izquierda, y las gafas grandes y cafés lo hacen acercarse a un universitario en semana de exámenes, con poco tiempo para el aseo. Hay algo, sin embargo, en esa falta de cuidado personal y en esa gordura babosa, algo que a ella le hace recordar la imagen de un sobrino haciendo un esfuerzo heroico para morder un pedazo de carne demasiado grueso. Esa sola imagen de la boca pequeña, la boca pequeña que riñe consigo misma y no logra masticar la loncha de carne, ahoga parte de la ridiculez que Caulfield representa delante de ella. Por un momento a la prostituta le parece que Caulfield es como un muñeco inflable que poco a poco empieza a cobrar una figura conocida.
—¿Cuál es tu nombre?
—Me gusta que me digan Caulfield.
—Caulfield.
—Sí. Pero no es mi apellido. Es sólo un nombre que me gusta.
—Muy bien, Mr. Caulfield.
—Bien.
—¿Tienes rosas para mí?
Caulfield abre los ojos y se disculpa tontamente, se defiende como si estuviera siendo arrinconado por la mirada de mamá: Es algo involuntario. A veces pienso en algo y luego en otra cosa, y, bueno, se me olvida lo primero o se me confunde lo último con lo del medio. Es complicado. Bueno, no me refiero a mí, digo. Es decir, que es complicado lo que a veces me pasa, no que yo precisamente sea complicado. Aunque, a veces, no sé. A veces todos somos complicados, ¿no lo crees? Yo creo que sí. En Georgia había mucha gente complicada, mis vecinas, sí. Y mi madre, a veces ella era complicada, cuando metía mucha ropa en la lavadora y la lavadora no podía con tanta. Ahora vivo en Hawái. Crecí en Georgia pero hace un año me mudé a Hawái. Vivo allá con mi esposa, ella no es tan complicada. Yo soy más complicado que ella. A veces, claro. Porque hay momentos en los que no soy así. Sólo se me olvidan ciertas cosas, como hace un rato cuando me hablaste de las ventanas y se me olvidó que debía darte el dinero y por querer cerrar las ventanas mi cabeza se enfrascó en cerrarlas para que estuvieses cómoda y, bueno, no pensé que olvidaría el dinero. Pero claro, lo olvidé, porque a veces olvido cosas de ésas. Sin embargo no es mi intención. Es involuntario. Tú me entiendes. No es algo que haga adrede. Aquí está.
La prostituta se acerca y toma los billetes de su mano. Luego vuelve a ponerse delante del sillón y guarda el dinero en el bolsillo interior de su cartera. Ahí siempre lo guarda, es una especie de costumbre aprendida de generación en generación. Cuando se siente conforme, comienza a quitarse los zapatos y los pensamientos se acercan a ella como los pensamientos se acercan a todo el mundo; piensa que aunque volviese la página y pasara cien años comiendo en banquetes de gala aquella rutina no se le olvidaría nunca: dar con la dirección, sonreír a primera vista, y todo lo que se iniciaba después. La suya es una historia monótona y aburrida que le hace recordar a Eleanor Rigby; por eso la prostituta prefiere comprar discos que canten sobre ciudades que no conoce o discos que hablen del amor y la amistad como si fueran una caja de sorpresas que solamente hace sonreír a quien la toma con ambas manos. A veces esa caja tiene la forma de un submarino amarillo, otras veces, en cambio, se parece a una gran morsa tocando el piano en un parque inglés.