País Relato - Autores

salvador gutiérrez solís

la primera vez

PUEDO recordar a mis parejas por la música que nos acompañó mientras estuvimos juntos, en los previos, en tanto nos conocíamos, antes de partir. A Ana siempre la recordaré difusa y extraña, envuelta en los compases de Pink Floyd. Las afiladas guitarras de AC/DC me siguen trasladando a Gloria, enérgica en todos sus movimientos, punzante en sus comentarios. De Susana me queda su voz aguda cada vez que trataba de imitar los falsetes de Prince. Mi única pareja masculina, Jaime, gustaba de retorcerse como Jagger, y fumaba vehemente, como si estuviera rodando un videoclip, cada vez que sonaba «Simpathy for the devil».
Reconozco que me costó un tiempo, varias semanas, establecer la banda sonora ideal y común con Olivia, mi última pareja. Desconcertante, desconcertado, los días transcurrían irregulares, nuevos, trayéndome cada mañana una nueva Olivia. Una mujer abisal, y nueva.
Hasta que yo se lo dije, estaba convencida de que ese grupo mallorquín que tanto le gustaba había inventado su nombre a partir de la nada.
—No, «Sexy Sadie» es el título de una canción de los Beatles…
—Venga ya… —apenas dijo, tampoco fue una decepción considerable.
—Claro, es un tema del Lennon, aunque esté firmado por los dos —⁠le puntualicé, más por exhibicionismo que por pedagogía.
—Ya, ya… —asintió ella.
Olivia era así, una chica templada y extraña. Sus alegrías eran siempre moderadas, lo mismo que sus decepciones, o sus angustias, o sus recelos o sus… Moderada, extraña, templada, sí, templada es un calificativo que la cobija sin estrecheces.
A pesar de esa constante templanza, que la definía en todos los aspectos de la vida y personalidad que conocía, intuía, pronosticaba por necesidad propia, adjetivos más agresivos para definirla en la que debería ser nuestra primera vez.
Muy joven, me dijo que en julio cumpliría los 22, Olivia era una chica delgada y bella, a pesar de sus intentos por no querer parecer bella. Escondía su pelo en una maraña estropajosa sospechosa de no haber estado en contacto con el champú en los últimos meses. Alisaba sus curvas con telas parduzcas y arrugadas que le procuraban el aspecto de un saco de patatas sin patatas. No se pintaba, no perfumaba su piel, tan sólo dos tatuajes, incomprensibles y horribles, suponían la mayor premeditación estética en todo su cuerpo.
Gustaba de pasearse por las habitaciones, como buscando algo, aburrida, tan sólo cubierta por unas braguitas infantiles y unos calcetines de lana agujereados que dejaban escapar varios dedos. Cada poco, abría el frigorífico y miraba en su interior, para luego volver a cerrarlo sin coger nada. Esto me ponía especialmente nervioso, y puede que ella lo supiera. Lo repetía, se repetía.
Aún así, me gustaba tenerla cerca, e imaginarla en nuestra primera vez. La imaginaba febril y violenta, directa y contundente, puede que alocada, puede que superada, algo tensa, queriendo controlar la situación pero dejándose llevar y hacer, al mismo tiempo.
Charles Manson y su matanza sagrada y los Beatles cruzando el paso de cebra de Abbey Road cumplían cuarenta años, con apenas unos días de diferencia. Verano de 1969. El Martini de Hollywood se tiñó de rojo, el glamour se vio empañado por el horror, la frente tatuada. Los Beatles ofreciendo su versión más Beatles antes de dejar de ser los Beatles para siempre. La última parada en el largo viaje de los chicos de Liverpool.
Tumbado sobre el sofá, relajado e inquieto, contemplaba sobre la pantalla a Manson y los Beatles y no podía apartar la vista de Olivia. Cuando todo pasó, Olivia no había nacido, faltaban casi dos décadas, ni siquiera era un proyecto a corto plazo. Y yo, sin embargo, si tratara de buscar en mi memoria, si pretendiera regresar al pasado, podría ver el brazo ensangrentado de Manson, podría escuchar los gritos, aquellos gritos. Y podría volver a Abbey Road, y cruzar el paso de cebra sin tener en cuenta el pitido de aquel taxi.
—Siga a esos tipos.
—¿Es usted detective?
—No, no.
Me dijo que le molaban los Beatles en la sexta o séptima cita.
—¿Qué tema es tu favorito? —⁠le pregunté de espaldas, mientras le preparaba un té. No le pregunté, pero imaginaba que a las mujeres con el aspecto de Olivia le gustaban los tés, las infusiones, esas cosas…
—Los Beatles en general —me respondió y cruzó las piernas bajo su trasero, como si practicara un yoga callejero.
—Dime un par de títulos… me gustaría ponértelos… —⁠insistí.
—No memorizo lo que me gusta… sólo lo disfruto… —⁠Olivia sabía convertir la ignorancia en una virtud.
Tomamos té con limón y canela mientras escuchamos la primera cara del Abbey Road. Olivia no había consumido la mitad de su taza cuando me miró a los ojos, muy fijamente, y me pidió una Coca-Cola light. No fue una decepción. Me es muy difícil explicar esto, pero fui extrañamente feliz.
Hasta que por fin llegó ese deseado día, Olivia me martirizaba con Vetusta Morla o Artic Monkeys, que me la mostraban como una mujer ignorante pero sin entender esta ignorancia como una virtud. No era una ignorancia atractiva, no, padecía esa ignorancia pura, pura ignorancia, del ignorante verdadero, y me la imaginaba con sus amigos y amigas discutiendo con gesto filosófico y reflexivo el final del último episodio de Perdidos o analizando el nuevo crimen de Dexter. Le molaban Dexter y algunos episodios de CSI, y también le gustó Expediente X —⁠salvo cuando buscaban a marcianos⁠— y puede que le gustara Melrose Place en su séptima reposición.
La ignorancia popera, en cualquier caso, era infinitamente más sobrellevable que esa Olivia alternativa y demente, envuelta en una nube de marihuana, que danzaba sin ritmo ni gracia las canciones de Manu Chao. Había algo de sacro en aquellos bailes destartalados, como si formaran parte de la coreografía de una religión canutera y desaliñada.
A pesar de todo esto, de la realidad y de mis suposiciones —⁠e intuiciones⁠—, nuestra primera vez merecía todo mi tiempo, toda mi atención. Yo ya había vivido otras primeras veces, puede que hubiera iniciado a diez o doce personas. Tal vez sean cincuenta. Primeras veces, todas ellas, muy diferentes. Primeras veces erróneas, primeras veces exitosas, primeras veces sorprendentes… A pesar de mi experiencia, mi primera vez con Olivia me procuraba una antesala nerviosa y expectante, a ratos cruel, a ratos ilusionada.
Lo que nunca antes había hecho: articulé un discurso para explicarle cómo me gustaría que fuera nuestra primera vez. Preparé mi intervención durante buena parte de la noche anterior, apenas dormí un par de horas. Mira, quiero que seamos como McCartney y Lennon, la pareja perfecta, el universo de la melodía, el talento y la disciplina, la imaginación y la partitura, la precisión y la improvisación. Melodía y ritmo, base y arpegios, coros y voz principal. Tú y yo podemos hacerlo, podemos llegar a ser una sola persona, tal y como hicieron McCartney y Lennon, la persona perfecta, anuladas las debilidades, redobladas las virtudes.
Todo lo que había preparado, mi teoría de Lennon y McCartney, no escapó de mis labios. Ignorante y hermosa, canija y tatuada, Olivia examinaba con aburrimiento la portada de Sgt. Pepper’s, sin pretender averiguar quién era quién en la marabunta de rostros. Me habría encantado verla con una de aquellas casacas, tal vez con la roja de George, y pasarnos toda la noche descifrando los enigmas que se escondían en los diamantes que Lucy había instalado en el cielo.
Decidí que aún no había llegado el momento.
Creo que fue un viernes cuando Olivia comenzó a disfrutar de los Beatles, cuando comenzó a reconocerlos y entenderlos como una satisfacción y no como la pesada obligación que yo le imponía. Uno de los mejores viernes de mi vida. Mientras se duchaba la escuché tararear «Drive My Car» con una energía arrebatadora, con esa energía que sólo somos capaces de mostrar y derrochar durante la juventud. Una energía sincera. Ese viernes, ese mágico viernes, supe que Olivia ya estaba preparada para su primera vez, nuestra primera vez.
Con el paso de los años me he vuelto impaciente, justamente lo contrario de lo que profetizaba en mis inicios. Durante mi juventud saboreaba los prolegómenos, planear ese instante que en multitud de ocasiones me atrevería a calificar como mágico. Durante mi juventud el adiestramiento de mis nuevas parejas me reportaba un placer efervescente, escoger cada nueva canción era un acto sublime y maravilloso. Durante mi juventud el conocimiento del otro me proporcionaba una sensación dulce y bulliciosa, saciar mi curiosidad, anticipar el momento, era tan o más placentero que el fin. Con el paso de los años sólo me interesa el fin, los previos me aturden, no me satisfacen, me dañan en la mayoría de las ocasiones. No es de extrañar, pues, que tras ese viernes revelador señalara el siguiente domingo como el día adecuado para mi primera vez con Olivia.
Como en todas las anteriores primeras veces, más por superstición que por afición, me preparé ceremonioso para el gran momento. En primer lugar, bajé al sótano y comprobé que todas las herramientas y utensilios se mantuvieran en buen estado dentro del armario de madera. El brillo original permanecía en el metal, garantía de que seguirían realizando su función correctamente. A continuación, preparé mi vestuario. Empleé más de una hora en planchar el pantalón y la camisa, no estuve conforme hasta que todas las rayas fueran una afilada línea recta. Durante un buen rato recorrí la discografía de los Beatles y ordené la que habría de ser la perfecta banda sonora que nos acompañara. Me costó escoger el primer tema, un asunto nada fácil. Aunque «Penny Lane» no dejaba de sonar en mi cabeza, escogí «Help!». Aún hoy no podría justificar mi elección.
Listo, todo el decorado preparado, llamé a Olivia.
—Ha llegado el momento —le dije nada más tenerla enfrente.
—¿Qué tengo que hacer? —me preguntó con su extraña inocencia.
—Túmbate sobre la cama y cierra los ojos.
—¿Me dolerá?
—Sentirás un leve pinchazo, nada más.
La memoria me ha traído de nuevo a Olivia, mientras «Penny Lane» suena. Creo que volverán a sonar los Beatles en primera vez con Marta. Sigue dormida, con esa juventud arrebatadora en el gesto. Me encantaría explicarle mi teoría de la pareja perfecta…