País Relato - Autores

roser a. ochoa

aquelarre

Sigo observándola en la distancia, doy una calada al cigarrillo mientras me dejo caer hacia adelante en esa Custom, me encantan esas motos, pero mucho más me gustan los motoristas que las manejan. La chica se amolda en ese incómodo asiento de la estación de autobuses, con las dos maletas cerca de ella, no solo es preciosa, que realmente lo es, sino que exhuma bondad por cada poro de su piel, irradia lealtad, huele a altruismo y generosidad; nosotras, las de mi especie, sabemos diferenciar a la perfección esas características. No, no es un ángel, pero Dios se tomó muchas molestias al crearla, es de ese género indeterminado, sin duda un ser humano, pero consagrado con su gracia divina.
Doy la última calada al cigarrillo y lo tiro al charco que hay justo al lado de mi pie izquierdo, la punta roja incandescente se apaga tan pronto entra en contacto con el agua.
―¿Se puede saber qué haces en mi moto?
Su voz es ronca, áspera, y su aspecto no es mucho mejor, ya que araña la mirada de quien se atreva a posarla más tiempo del necesario sobre él. Un gran tatuaje le cubre parte del cuello y llega hasta su rostro, y una barba incipiente termina de esconder sus facciones. No, definitivamente la belleza no es la mejor de sus cualidades.
―Lo lamento ―digo desabrochando dos botones de mi camisa―. No he podido resistir el impulso. ―Paso una pierna por encima de la custom descabalgando de ella―. Cuando veo una de estas ―muerdo mi labio―, no lo puedo evitar… me encantan. ―Mi cuerpo se ha pegado al suyo, me mira sorprendido―. Lo lamento… ―Mi mano derecha se detiene en su torso, acariciando el pezón por encima la fina capa de la camiseta, mientras la izquierda acaricia su nuca.
―No… ―carraspea, pero ni así es capaz de dulcificar su voz―. No pasa nada… si quieres… puedo llevarte a dar una vuelta. ―Su cara es fiel reflejo del desconcierto.
Puedo notar cómo cierta parte de su cuerpo ya se ha abultado por iniciativa propia; siento su erección clavándose en mi pelvis cuando lo atraigo más a mí. Parapetados en ese recoveco del parquin, actuando ajenos a lo que ocurre a nuestro alrededor. Resigo sus labios con mi lengua hasta terminar atrapando el inferior entre mis dientes, apretando lo justo para hacerle notar un puntito de dolor. Mi mano derecha inicia el descenso hasta la parte meridional de su cuerpo, con maestría hago saltar el botón del pantalón y mi mano se infiltra entre las líneas enemigas. Cojo su polla al tiempo que cuelo mi lengua en el interior de su boca, sabe a tabaco y café. Cuando ese infeliz se levantó por la mañana, jamás pensó que su jornada tendría ese dulce final.
Si esto fuese una película de serie B, de esas que programan para los domingos al mediodía, ahora yo luciría un precioso vestido rojo, el hombre al cual estoy masturbando sería un galán descamisado, de fornido torso, y nos envolvería un bello paisaje, puede que una luna llena, y sí, por qué no, un relámpago, preludio de una inminente tormenta. Pero esto es la vida real, y en esta apartada esquina del parquin de la estación central de autobuses, lo único que nos alumbra es un fluorescente tintineante, no hay anuncio de ninguna tormenta inmediata, y lo único que llega hasta a mí, son los gemidos roncos de este tipo horondo, y el olor a sudor que desprende su cuerpo. Mis rodillas se clavaban en el suelo, y doy gracias por no lucir ese precioso vestido rojo, sino unos simples vaqueros. Mi lengua recorre su polla con maestría.
Sus espasmos me indican que está próximo a correrse, sus gruñidos guturales son más propios de un animal que de un ser humano. Su semen sabe igual de mal que su lengua, pero trago con ansias ese líquido vital, relamo bien su polla para no dejar ni rastro en ella. Sonrío cuando me levanto, beso sus labios y me voy, dejándolo aturdido y desconcertado, pero inmensamente satisfecho.
Tan solo faltan tres días para el 23 de junio, he tardado más de lo esperado en encontrarla, pero ahora que la tengo, mis hermanas estarán contentas, esa joven angelical que llevo horas observando va a ser perfecta para nuestro aquelarre, será un gran sacrificio a la madre Lilith. Voy abrochando los botones de mi camisa y limpio la comisura de mis labios, mientras me acerco a la zona de las butacas, saco un chicle de mi bolso. Siento cómo el semen de ese hombre obra un milagro en mí, me siento más fuerte, más poderosa, como un ciclista recién dopado, me siento capaz de subir al Tourmalet.
―No es buen sitio para dormir ―le digo forzando la mejor de mis sonrisas.
―Oh, disculpa… ―La chica se incorpora un poco y acerca, instintivamente, las maletas a ella.
―¿Has perdido el autobús? ―Me siento a su lado mascando exageradamente el chicle.
―Ajá... ―asiente―. Se fue hace una hora, no entiendo cómo ha ocurrido, yo venía con tiempo pero… no sé…
―Parece cosa de brujas. No puedes pasar la noche aquí, cualquier desalmado podría hacerte daño, en el parquin había un tío en moto con unas pintas que daban miedo… Me llamo Tania. ―Alzo la mano.
―Linda ―dice encajándola―. Y ¿qué me propones?
―Vivo a tres calles de aquí, vamos. ―Me levanto y cojo una de sus maletas―. No voy a dejarte durmiendo en la calle, no sería cristiano.
―¿Crees en Dios? ―No me pasa inadvertida la ligera caricia que da a su colgante, una pequeña cruz plateada.
―¿Quién no? ―me limito a decir.
Tengo tan solo tres días para corromper a esta dulce jovencita, tiene que ser el sacrificio de una virgen, sí, pero es tan divertido jugar con ellas, mancillarlas hasta el punto de que, a pesar de morir con su virginidad intacta, no puedan acceder a su preciado cielo. No es difícil reconocer a una virgen, aunque reconozco que ese trabajo se ha vuelto más arduo en los tiempos actuales, cada vez debo buscar chicas más jóvenes.
Sirvo dos copas de vino cuando llegamos al apartamento, situado en lo más alto de uno de los mejores edificios de toda la ciudad, es sorprendente lo fácil que puede llegar a ser vivir de mi talento oculto, pues el hombre es el ser presuntamente dotado de inteligencia más fácil de engañar y manipular.
―No bebo, pero gracias, has sido muy amable conmigo al permitirme quedar esta noche en tu casa, no sé cómo agradecértelo.
―No tienes por qué, no podía dejarte en la calle. ―Le sonrío―. Supongo que no te importará que yo sí tome un trago.
―No, por supuesto que no, estás en tu casa.
Aunque eso se aparta un poco de la realidad, sonrío mientras acerco el preciado líquido a mis labios, degustándolo lentamente. Nos sentamos en el sofá, me explica su aventura en la gran ciudad, pero ahora ya le toca volver a su pequeño pueblo natal, va a ser la maestra, y no sé por qué, pero no me sorprende su profesión, ya que nuestras listas de sacrificios están plagadas de maestras y enfermeras, parecen ser las dos profesiones favoritas de estas criaturas casi celestiales.
Ha sido una suerte encontrarme con ese motorista en el aparcamiento, mis recargas vitales están al máximo, y me siento con toda la fuerza del mundo para empezar a doblegar a esta buena samaritana. Hablamos durante horas y, poco a poco, voy introduciendo pequeñas ideas en su subconsciente, es un trabajo complicado, no es como creen algunos, algo fácil de manejar, se necesita un buen don de palabra, y mucho conocimiento de qué y cuándo, para que arraigue en un subconsciente una idea que no es propia. Debe hacerse de manera pausada, sin prisas, dilucidando el momento apropiado en que esa mente es más receptiva.
Me explica su vida, me invento una propia, sonríe contenta de tener una amiga nueva, yo aplaudo la idea de ir a visitarla a su pueblo natal. La noche va pasando, y pronto amanecerá, desde la terraza de ese lujoso apartamento las vistas de la ciudad son espléndidas, el cielo se tiñe de tonos anaranjados, preludio de un día soleado. Linda se apoya en la barandilla de cristal, dispuesta a absorber toda la belleza que le ofrece ese magnífico despertar de la cuidad, salgo tras ella y la cubro con un cálido chal, rodeándola con mis brazos, atrayéndola hacia mí, su resistencia es mínima, y pronto se deja vencer, dejando caer su espalda sobre mi pecho. Le acerco una copa de vino que, tras unos instantes de duda, coge sin decir nada, acercándosela a los labios. Sonrío satisfecha.
Los primeros rayos de sol impactan de manera directa sobre nuestros rostros, su rubia melena brilla con destellos de color miel, sin duda la dotaron de una gran belleza, mis hermanas estarán contentas con mi excelente elección. Acaricio sus brazos por debajo del chal, imprimiendo mi lascivia en su piel, poco a poco, todavía dispongo de dos días, no conviene precipitarse. Un breve ruido nos sobresalta, es la puerta al abrirse y cerrarse de repente, Linda se aparta de mi abrazo, mirando sorprendida al interior del apartamento.
―Tranquila, él es Adrián, mi hermano ―digo cogiéndola de la mano y acercándola a él―. Adri, ella es Linda, una nueva amiga.
―Encantado, Linda.
Sus manos se encajan con delicadeza, el rubor sube a sus mejillas, los ojos de Adri destilan lujuria, y yo no puedo evitar sonreír plenamente satisfecha. En el trascurso de la noche, no solo he ido soplando pequeñas ideas al subconsciente de la joven, sino que me he ido nutriendo de sus fantasías y anhelos, de sus sueños y esperanzas, y sé que con Adrián he acertado de lleno, el color coral de sus mejillas y la manera de bajar la mirada así me lo confirman.
―Disculpad, chicas, pero estoy cansado, ha sido una noche muy ajetreada en el hospital.
«¡Sí!», pienso para mí, perfecto… el corazón de Linda se acelera, ese ritmo que nos envuelve es la banda sonora de mi triunfo.
―Eres médico ―dice con candor.
―Eso me temo ―y la sonrisa de él sería capaz de deshelar hasta el corazón más frío de la más frígida de las doncellas―. Es un placer, Linda, espero que sigas aquí cuando despierte.
―Claro…
Si pudiera, bailaría, es más, mi alma esta marcándose una danza triunfal dentro de mí, soy un genio, se me da de lujo esto, mis hermanas dirían que he nacido para esta labor, todas tenemos dones ocultos, y el mío, sin duda, es este. Mi sonrisa se tuerce en una mueca sardónica que me obligo a disimular. Los ojos de Linda siguen la estela de Adrián escaleras arriba.
―No sabía que tenías un hermano.
―Sí, la verdad es que el apartamento es suyo, yo solo estoy de paso.
―Sois ambos muy buenas personas, no le ha molestado nada encontrar a una extraña aquí.
―Bueno, no creo que seas una extraña, me atrevería a decir que eres la mujer que visita sus sueños cada noche, ¿no has visto cómo te ha mirado?
―Oohh, venga… no digas eso… ―y de nuevo ese tono rosado en sus mejillas que delatan rubor.
Se ha acomodado en la habitación de la planta baja, la observo dormir durante un buen rato, el candor de sus mejillas sigue vigente, sonríe en sueños, estoy segura que la idea que le he susurrado al oído de soñar con mi hermano ha arraigado con fuerza, pues estaba predispuesta a ello.
La dejo descansando, subo despacio las escaleras hasta el piso de arriba. Adrián esta tumbado en su cama, las sábanas cubren la zona justa para insinuarme que está desnudo, y mi obscena imaginación hace el resto. Repto despacio por el colchón, musito en su oído que soy su mejor fantasía, que le deseo, que necesito sentirle dentro de inmediato, y su respuesta no se hace esperar. Abre los ojos, me sonríe, y me susurra que me estaba esperando, de un quiebro certero hace que mi espalda golpee contra la cama y situándose encima no me da tiempo ni a reaccionar, no me quita la ropa interior, solo la hace a un lado, dejando el espacio justo para introducirse dentro de mí, con ansias, sin miramientos ni delicadeza, no se lo pido, no me lo concede, porque sabe que no es lo que deseo.
Noto su aliento en mi oído, me susurra las ganas que siente por mí, por su hermana, sangre de su sangre, sin duda, madre estaría contenta. Aprieto con fuerza mis piernas en su cintura, clavando mis talones en sus riñones, para no dejarlo escapar, necesito sentirle dentro, tenerle dentro, que introduzca dentro de mí aquello que me da fuerza, vida, magia.
Alcanzamos juntos el clímax, sus manos saben el camino a lo que me gusta, me conoce a la perfección y es capaz de hacerme rozar el cielo con tan solo una simple caricia. Se derrumba a mi lado después de haberse corrido. Beso sus labios y le dejo descansar.
El sol está en lo alto, pero el apartamento se mantiene silencioso. Linda no es la misma chica que entró la noche anterior, sus sueños, siempre castos y puros, esta vez se han tornado de color rojo pasión, la humedad entre sus piernas, la respiración acelerada y las caricias que le he propiciado a lo largo de su vigilia, hacen que esté mucho más dispuesta a dejarse influenciar, a dejarse llevar por el mal camino, o por el bueno, si escuchamos mi versión de la historia. Yo nunca he sido como ella, nunca he sido buena a los ojos de Dios; siempre he sido esa oveja negra, obligada a vagar por las sombras. La noche es nuestra aliada, y los sueños de los mortales, nuestro paraíso particular, que se crea para nosotras en cada ocaso y desaparece al amanecer.
No me ha hecho falta dormir, mi cuerpo y mi mente se mantienen despiertos y en alerta, siento cómo todo mi ser está acelerado. Me siento fantástica. Escucho pasos por el pasillo y la veo aparecer por el hueco de la puerta, con su rubia melena embrollada, frota sus ojos con el dorso de la mano, y parece una preciosa muñequita.
―Buenos días. ―Su voz sigue siendo almibarada, como toda ella.
―¿Café? ―le ofrezco desde la barra que separa la cocina del salón.
―Gracias ―y sus ojos, por un instante, se desvían a la planta superior, hacia donde duerme mi hermano, me gustaría saber qué pensaría si supiera lo que hemos estado haciendo.
―Aún duerme ―le confirmo.
―Yo no… Gracias ―dice cogiendo la taza que le ofrezco, parece azorada―. Os habéis portado muy bien.
―Era lo mínimo que podíamos hacer…
Doy la vuelta a la barra y me sitúo a su lado, cerca, muy, muy cerca, mi mano se cuela bajo su rubia melena, acariciando su nuca, y ella se deja llevar, otro logro. Esa misma mano desciende acariciando su espalda, cierra los ojos, yo soplo en su oído, dejándole notar el ardor de mi aliento, que abrasa como mi piel y mis deseos. Beso el hueco de su clavícula y, poco a poco, hago descender el tirante de su camiseta, dejando al descubierto el inicio de sus senos. El café va perdiendo temperatura a medida que nuestro calor aumenta. Lamo la tersa piel de su escote, sabe tan dulce como cabía imaginar.
Por una milésima de segundo parece que se resiste, que recobra la cordura, que vuelve a ser ella misma, pero lo evito posando mis labios sobre los suyos, en un dulce y cálido beso, de esos que hacen soñar. Derribar sus barreras y convicciones es difícil, pero no imposible, mis labios siguen pegados a los suyos, de manera dulce mi mano se posa sobre su mejilla, en una tierna caricia, y es en ese instante en el que se abandona a mi voluntad. Solo me ha bastado una noche para doblegarla, para hacerla mía, para derrumbar todos esos altos muros de bondad y honradez, toda su integridad se va al garete cuando mi mano se cuela dentro de sus braguitas.
Ha caído en mis redes, ya es mía, lo he logrado. Acaricio su entrepierna, a pesar de que las mantiene apretadas, poco a poco, cede. Mi mirada se cruza con la de mi hermano en lo alto de la escalera, me sonríe, ha llegado su turno, poder divertirse con nosotras, con ella, conmigo. Nuestras miradas se funden, a pesar de que no se lo he dicho nunca, le quiero, y él lo sabe. Pero ahora debemos centrarnos en Linda, que mantiene los ojos cerrados y los labios apretados, sus piernas ligeramente separadas, la humedad empieza a crecer en ella.
Quince minutos después
Cuatro manos desnudándola, nuestra preciosa muñeca de trapo a tamaño real, huelo sus cabellos, tan dorados como el sol, mi hermano acaricia la piel de sus muslos, y sin apenas esfuerzo, ya estamos en la cama. Adrián me sonríe, sabe que siempre logro derribar las defensas de cualquiera si me lo propongo, él mismo sabe de primera mano que no puede resistirse a mí, que lo intentó durante un tiempo, cuando éramos pequeños, pero él nació solo para complacer mis inquietudes sexuales, él ha sido y será siempre mi hombre, el que me sirve para dar rienda suelta a todo lo que me quema por dentro.
La respiración de Linda es dificultosa, jadeante, y aún ni he empezado a divertirme con ella, durante las siguientes horas su cuerpo se va a convertir en mi entretenimiento, para besarlo y lamerlo, para saborear el dulce jugo de una hembra.
Sigo con mis labios hundidos en su sexo, lamiendo despacio su clítoris, saboreándola. Las manos de mi hermano acarician mi espalda, centrándose en la zona de las lumbares, masajeándome. Adri me penetra despacio, calmando así mi fuego, mis ansias, sabe que a Linda solo puede tocarla, la necesitamos virgen para el ritual del día 23, cuando todas las hermanas nos unimos en sagrado vínculo, ofreciéndosela a nuestra creadora.
―Ssshhhh, todo está bien ―susurro sobre sus labios mientras buceo en busca de su lengua―. Lo estás haciendo muy bien, Linda…
Sus manos se mueven torpes por mi cuerpo, las mías son diestras en estos quehaceres, son muchos años de práctica, la primera vez que acaricié un cuerpo de mujer fue el de mi propia madre, que me enseñó todo lo que debía saber. Y así se suceden las horas de ese largo día, que precede a una noche con aún más sexo. Linda parece desfallecer de agotamiento, pero eso no nos importa, pues seguimos disponiendo de su cuerpo, mis dedos perdidos en la entrada de su cueva, jugueteo con ella sin terminar de penetrarla, moviéndolos por todo su sexo, sin un ritmo constante hace que, a pesar de parecer dormida, su cuerpo se convulsione con otro orgasmo, profundo y húmedo.
―Ven aquí ―digo tirando de mi hermano y montándome en su cintura―. Déjala descansar un poco.
―Tania… ―Su voz es un jadeo―. Te amo…
―Lo sé. ―Sonrío contenta mientras empiezo un delicado vaivén de caderas enloquecedor―. Eres mío… jamás otra mujer podrá darte lo que yo te doy.
―Tampoco lo deseo ―reconoce apretando fuerte mis nalgas―. Por qué conformarme con una aprendiz cuando tengo a la mejor de las amazonas.
Un ligero quejido hace que ambos nos giremos, Linda parece soñar, sus manos, como movidas por un resorte, se dirigen a su sexo, que empieza a acariciar casi con violencia.
―Está lista ―afirmo mientras me muevo encima de mi hermano, disfrutando de sentirlo dentro de mí.
―Siempre logras lo que deseas ―dice Adri, sujetándome de la cadera, elevando la suya para penetrarme de manera más profunda.
―Siempre…
Mis movimientos aumentan en intensidad, vislumbrando ya lo que preveo, el final de esa sofocante noche.
Sangre y dolor, dolor y sexo, sangre, dolor y sexo, la noche se sucede como cabía esperar. El 23 de junio es nuestra fecha más importante, como para los católicos debe ser el nacimiento de su Dios, nosotras, 23 de junio, noche de las brujas, la noche del fuego, la noche en que nos acercamos más a ella, una sagrada comunión de sexo, sangre y dolor. Siento mi cuerpo entumecido, estoy próxima a desfallecer, mis piernas apenas pueden sujetar el liviano peso de mi cuerpo, horas dedicadas al placer carnal, he sido poseída y he poseído, mi cuerpo ha sido profanado diversas veces, por distintos hombres y mujeres.
El fin del ritual está cerca, los gritos y jadeos poco a poco se van apagando, y el silencio nos envuelve. Yo misma he dejado a Linda en el altar, ha aceptado su destino, no ha opuesto resistencia, sabe que debe expiar los pecados de la carne con el fuego, como antaño hicieron muchas de nuestras hermanas, lamidas por las llamas candentes, juzgadas y condenadas por aquellos que decían hablar en nombre del señor. Pagamos con la misma moneda, sangre con sangre, y nos valemos de esas gráciles criaturas que ha creado para su deleite personal. Esas jóvenes puras y castas, esas muchachas de dulce brillo en los ojos y cálido rubor en las mejillas, bondadosas porque así las ha programado.
La pira se enciende, y pronto el calor del fuego llega a mí, alzo la mirada y puedo ver los ojos de Linda clavados en los míos, parece que quieran decirme «sin rencor» así que agacho ligeramente la cabeza, a modo de despedida, sin rencor, Linda, ha sido divertido. Me encanta el olor a carne quemada. El sol va despuntando por el Este, la noche está agonizando en su final, como la dulce Linda agoniza entre las llamas. Ahora deberemos esperar un año más. Cuando me doy la vuelta, las piernas se niegan a sostenerme por más tiempo, pero sus brazos me recogen en un cálido abrazo, aparta el pelo de mi frente, y deposita en ella un dulce beso. Nuestra madre estaría orgullosa de nosotros.
―Adri… ―mi voz es un jadeo―. Te amo…
―Lo sé. ―Sonríe feliz mientras carga mi cuerpo entre sus brazos―. Eres mía… jamás otro hombre podrá darte lo que yo te doy.