Apesar del fuerte calor de la tarde, cruzó el parque cabizbajo sin resguardarse a la sombra de los árboles. No era mucha la distancia hasta la biblioteca, así y todo llegó exhausto.
—Quisiera un libro de viajes —pidió en el mostrador.
La bibliotecaria se acercó al primer estante, cogió un libro reducido en tamaño y hojas.
—Le gustará —dijo mirándole con afecto.
El hombre no contestó. Ni tan siquiera la miró. Alejándose del mostrador, se acercó a la primera mesa libre, pero cambió de idea y mirando a su alrededor descubrió, detrás de unas estanterías, una mesa más pequeña situada debajo de una ventana, se sentó en la única silla que la acompañaba. Dejó vagar su mirada a través de la ventana: parte del jardín, la calle que conducía al hospital y las escaleras que daban acceso al mismo, aquellas que acababa de descender hacía pocos minutos. Se quedó observando el ir y venir de la gente en la puerta del centro hospitalario. Abrió el libro y apoyándolo encima de la mesa empezó a hojearlo, había dibujos en casi todas las hojas, más bien parecía un cuento infantil. Esta mujer se ha equivocado, pensó, le he pedido un libro y me ha entregado un cuento. No obstante, inició su lectura. Se adentró en el desierto del Sahara con sus dunas doradas. Sin saber cómo, se encontró visitando las estrellas. El sol le hacía guiños y los amaneceres le llenaban de esperanza.
Farfulló unas palabras de agradecimiento o de despedida al devolver el libro, la joven no las entendió.
Al día siguiente, a la misma hora se presentó de nuevo.
—Deme una novela corta que trate de la vida, de la gente, no sé… No dispongo de mucho tiempo —comentó con un leve carraspeo, el cuerpo encogido y las manos escondidas en los bolsillos como protegiéndose del frío que no hacía.
La mujer se giró y estiró el brazo hasta alcanzar un libro pequeño. Lo depositó frente a él.
Fue a sentarse en el mismo lugar que ocupara el día anterior. Primero miró por la ventana, después dejó descansar su cabeza en la palma de su mano. Con un profundo suspiro empezó su lectura, de repente, se convirtió en un señor muy colorado el cual nunca había olido una flor, nunca había contemplado una estrella, nunca había amado a nadie. Un dolor agudo en el cuello le despertó, su cabeza reposaba sobre el libro, miró la hora, todavía podía seguir leyendo. El hombre colorado se convirtió en un avaro que poseía estrellas, las vendía y con ese dinero compraba más estrellas para ser más rico. Pero a pesar del dinero no podía comprar aquello que más anhelaba: el perfume de su amada. ¿O esto último lo había soñado? No lo recordaba con exactitud.
Desde el mostrador lo vio llegar. Ya tenía el libro preparado.
—Hoy me gustaría leer sobre un amor imposible —pidió con la cabeza inclinada y la tez ligeramente ruborizada.
La joven le entregó el libro. El hombre con gesto cansado lo cogió, tampoco, en esta ocasión, miró la cubierta ni el título. Lo abrió por la mitad con desgana. Debía esperar unas horas para recoger el resultado de los análisis realizados a primera hora de la mañana. Y, ¿dónde mejor que en el silencio de la biblioteca? A pesar de su apatía, puso toda su atención en la lectura: «…He aquí mi secreto. Es muy simple; no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos». A continuación, se describía un amor lleno de imperfecciones, frágil y vanidoso, un amor único, el que perdura, el que hace sentir. Entre las brumas de sus ojos apareció una frase: «¡Es tan misterioso el país de las lágrimas!». No le cabía la más mínima duda, era su propio pensamiento escrito en la hoja.
Con el semblante serio devolvió el libro, ella intentó hablarle, sin embargo, él dándose la vuelta se encaminó con paso lento hacia la salida del edificio. Atravesó el parque y subió unos cuantos escalones, descansó unos segundos en el primer rellano apoyado en la barandilla hasta que, en un último esfuerzo consiguió llegar a la puerta de entrada del hospital.
Con peor semblante que de costumbre lo vio cruzar la puerta a primera hora de la mañana siguiente.
—Bien —dijo más comunicativo—. Solo me quedaré un rato. En esta ocasión —continuó con voz fatigada—, me gustaría leer un libro sobre el tránsito, ya me entiende —murmuró con expresión triste y con voz entrecortada.
La bibliotecaria cogió el libro situado junto a ella. Él lo sostuvo entre sus manos.
—Gracias —dijo. Era la primera vez que la miraba y sonreía, aunque al hacerlo su boca era solo una línea recta y prieta.
Se sentó. No debía pensar. Tenía que impedir que la impotencia arraigara en él. Solo le aportaría más desolación. Intentó sobreponerse al estado de abatimiento general que lo estaba embargando, a pesar de los consejos de los psicólogos, médicos, familiares y amigos… Ahora se daba cuenta que no servían para mucho, eran solo palabras. Allí estaba la enfermedad y con ella… Todo. Su mirada se perdió entre las personas que deambulaban por la calle sin verlas Sin embargo su pensamiento no le daba tregua. «¿Cómo deja uno de pensar? ¿Cómo “disfrutar” del día a día sin preocuparse por el mañana? Nadie sabe cuando llega su momento, solía decirle el psicólogo, cierto, nadie lo sabe, pero cuando sufres los síntomas y existe la evidencia, solo falta el desenlace. Entonces, surge el miedo. ¿Dónde se deja ese miedo? ¿Se puede vivir con ese estado permanente de temor como si no pasara nada? Sí, cuando la desgracia recae sobre otros, pero no cuando vives con ella y comprendes que será por poco tiempo. Más tarde, empiezan las vanas y falsas esperanzas de unos y otros, las buenas palabras dando ánimos, las palmaditas en la espalda. Simulaciones, falsedades, en definitiva precauciones con tal de no verse salpicado por mi dolor y mi derrumbamiento. De alguna manera me quieren hacer creer que me enfrento a mi destino con una entereza admirable, pero en realidad lo que no quieren es escuchar mi lamento, mi llanto silencioso, mi inevitable clamor: ¡por qué a mí!». Con la vista fija en el mismo ángulo de la calle, recordó las palabras de un médico, que con voz pausada le dijo que llegado el momento se mostraría más fuerte de lo que él creía. No era de esa misma opinión, tal vez todo lo contrario.
Pasó las páginas sin prestar mucha atención, el libro le pareció el mismo de días anteriores. Sin embargo en cada ocasión contaba historias distintas. Ahora, le hablaba, le contestaba, se había convertido en su amigo. Lo supo al iniciar la lectura:
—Esta noche… ¿sabes?...,
—No me separaré de ti.
—Parecerá que sufro… Parecerá un poco que me muero. Es así. No vengas a verlo, no vale la pena…
—No me separaré de ti.
Alrededor del mediodía dejó el libro encima del mostrador. Señalándolo con el dedo dijo:
—Encontré lo que iba buscando.
Ella le dedicó una sonrisa. No volvería a verlo, estaba escrito en su cara macilenta. La mujer acarició la cubierta de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, el único libro que le había prestado desde el primer día, un cuento que bien podía haber empezado así: Había una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y tenía necesidad de un amigo…