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rosario barahona

yo sé de tu delirio

DOS
Chester Square N.º 24, 6 de enero de 1851
Había dispuesto el costoso servicio de porcelana blanca con el dibujo de una diminuta cabaña azul en perspectiva para ofrecer el té al médico cuya visita tan esperada se convirtió en todo un acontecimiento. Dos semanas y media esperando a que su asistente encontrase un espacio vacío en sus ocupadísimos días y confirmase la fecha y hora de su visita a casa, y hoy, por fin, lo había logrado.
El consultorio médico, que gozaba ya de gran prestigio en la ciudad y empleaba a una enfermera y un asistente, se encontraba cerca de la casa. Es cierto que no era un caso extremo, pero, desde hacía unos días, la paciente, que no era cualquier paciente, sino una señora respetable por su posición social y su notable fama de escritora, permanecía en reposo absoluto.
Así que más allá de juramentos hipocráticos y conductas éticas, el caso implicaba una mayor buena voluntad. La esquela dejada indicaba que el médico visitaría a la paciente a las cuatro en punto de la tarde.
Por eso, Jane, o Lady Shelley, que era como le comenzaba a gustar que la llamasen, no había dejado nada al azar. Mucho menos ahora que toda la responsabilidad de la situación recaía sobre sus espaldas, responder a la confianza que su esposo le había otorgado dejándola sola en casa con su madre enferma era su prioridad. Ahora que su suegra, aquella mujer extraña a quien había aprendido a tomarle afecto, se encontraba enferma y que el trabajo de Percy Florence le obligaba a ausentarse de la ciudad por largas temporadas, no tuvo más remedio que tomar las riendas del gobierno de aquella casa que jamás pensó percibir tan abarcadoramente suya.
Cortó todas las rosas blancas del jardín, quitó las espinas con tijeras de podar y las acomodó en un jarrón de porcelana en la mesa central del estudio, que su suegra había bautizado como “el salón de Diana” y donde a diario ella solía escribir, pero ahora el salón serviría para conversar con el anhelado médico después de la consulta.
Subió a su habitación y se puso un vestido gris y rojo, de amplio y tupido plisado. Mirándose al espejo, tomó el peine de madera y se partió el pelo rubio por la mitad de la cabeza, para después recogérselo hacia atrás en un poco estirado y delicado moño bajo.
Se dirigió a la habitación de la enferma y retiró la toalla de su frente, ya seca de tanta fiebre absorbida. Echó fuera a la servidumbre y, levantando la rosada sobrecama rellena de plumas de ganso, desabotonó el blanco camisón. Exprimió y volvió a empapar una esponja en un lebrillo metálico y con ella lavó y secó a la enferma de cuerpo entero. Luego, con bálsamo de agua salina, masajeó un poco los talones heridos, ampollados con el horror de las escaras. Limpió también el rostro con toques suaves de una toalla limpia y húmeda y aplicó vaselina de almendras sobre los labios resecos. Retiró de sus mejillas aquellos cabellos entrecanos, alborotados durante la noche y los peinó con suavidad, deteniéndose con paciencia en cada nudo, desenredando cada hebra con la yema de los dedos.
Era larguísimo el cabello de Mary Shelley pues suelto y lacio, calculó que le llegaba a la cintura. Percy Florence y Peggy, o la señora Howard, que era como ella llamaba a la antigua ama de llaves, le habían contado que desde su juventud siempre lo había llevado largo: creía a rajatabla que su cabello era parte indisoluble de su alma y, por tanto, sufría cada vez que quedaba encinta y, por consejo de los demás, debía cortárselo para que creciera con más fuerza, pues solía ponérsele débil, quebradizo y se le caía a cada paso. Quizá por eso, después de la muerte de sus tres hijos, dejó que su cabello creciera hasta rozar sus rodillas y lo habría mantenido así para siempre si en la última temporada los médicos no la hubieran obligado a recortárselo, argumentando que el peso de su cabellera era la probable causa de la aparición de aquel maldito bulbo en forma de raíz de jengibre que había comenzado a crecerle debajo de la piel del cráneo. Con pesar, Jane pestañeó al recordar eso y le pareció notar, entonces, con la luz vespertina que entraba, un rastro de gótica belleza en esa enferma de cabellos infinitos de ceniza, en esos pómulos pálidos coronados con un par de cicatrices de viruela, en esos párpados dormidos de pestañas oscuras, tupidas y extensas, en esas ojeras, aureolas violáceas, como rastros de un dolor contenido.
Por último, bajó hasta la cocina y mandó a una criada a comprar el mejor té de la ciudad, naturalmente, de la tienda Fortnum & Mason. Instruyó a la servidumbre acerca de la hora aproximada en la que la bandeja del té tendría que estar lista para servirse. Instruyó, además, que se retirase el polvo de las superficies de los muebles y que, sobre todo, dejasen abiertas las ventanas para airear el ambiente ya que desde hacía mucho que no se recibían visitas y el olor de la soledad se empeñaba en quedarse escondido en los rincones.
El doctor Hydn tocó la campanilla de la puerta y tras cruzar el umbral dejó descansando su maletín médico sobre una mesa y se quitó el redingote oscuro que la señora Howard se apresuró a colgar en una percha. Acompañado por esta, comenzó a subir hacia la segunda planta. En el rellano de la escalera miró en su derredor: a pesar de los grandes ventanales, la casa le pareció un monasterio medieval. Más que por aquellos óleos de antepasados familiares –tan parecidos a los óleos de los santos de las iglesias, cuyos fantasmales rostros muertos tomaban vida observándolo todo desde su escalofriante superioridad–, por la luz nublada, trémula y estremecida de los cirios flotando en el aire de los anchos corredores. Se detuvo entonces porque le faltó la respiración. En un fugaz destello de su memoria asfixiada, recordó los lejanos y majestuosos paisajes de su último viaje: cadenas de cordilleras nevadas, como novias solitarias esperando se cumpliese una promesa de amor. Respirar se le hizo definitivamente difícil, casi imposible por la altura.
En eso pensaba el médico y, aunque no dijo nada al respecto, retomó el paso y se vio en la casa de aquella afamada escritora, caminando detrás de la señora Howard, quien le indicaba el camino con ligereza y, de pronto, lo invitaba a tomar asiento en un pequeño estudio bien iluminado por la luz natural que entraba a borbotones por la ventana. El terciopelo bermellón del tapiz de las sillas combinaba agradablemente con el tono oscuro de la madera de todos los muebles.
La alfombra beige, con sus flecos dorados tornándose brillantes en las puntas, sentaba las bases para un escritorio taraceado de nácar –allí permanecían varias cuartillas desparramadas, plumas y un tintero–, la mesa baja de estrado, de patitas labradas y carpeta de verde y oscuro terciopelo en la superficie, sobre la cual reposaban algunos libros de pasta, completando el armonioso conjunto de la habitación. Leyó el médico algunos títulos: El hombre feliz, de Teodoro de Almeida, La madre Ágreda, Cartas eruditas, de Feijóo, Historias, de Herodoto, Louis Lambert, de Balzac, e Ítaca, de Blanca Wiechutter. Los que ahora tenía enfrente eran, o más bien le parecieron, libros de viejo, de lomos grises, azules grises, verdes grises, a excepción del poemario de la última, cuyo blanco encuadernado y doradas letras del título resaltaban.
Reina absoluta de la habitación, colgaba del muro principal una gran lámina de bronce de la diosa Diana. Alta, virgen y erguida, miraba inconmovible un punto infinito del mundo, sosteniendo férreamente en la mano su arco y flecha. A sus pies, su fiel galgo cazador dormía plácidamente. La obra contaba con su pintura romana guarnecida, marco y chapiteles, y el conjunto de seis candilejas, tres a cada lado, que seguramente iluminaban de noche el ambiente y el rostro de la diosa.
Sin embargo, pese a la extraña condición de opacidad que no se desvanecía, al doctor Hydn le pareció que todo en aquella casa estaba escogido por una mirada experta, por una mano diligente, sensible y hasta piadosa que lo recorría y abarcaba todo con su presencia exquisita.
De repente, rompiendo el silencio se abrió una gran puerta oscura y aledaña al estudio de Mary Shelley. Los goznes y cerradura precisaban, seguramente, una pasada de aceite, y también las manijas ruidosas, redondas y doradas como manzanas de la discordia. Era Jane, que dejaba la puerta entreabierta y se dirigía al médico.
“Buenas tardes, doctor Hydn.”
“Lady Shelley,” contestó él, casi afable, poniéndose de pie y haciendo una levísima reverencia.
“Es un regalo de Jhon William Polidori, el médico personal de Lord Byron,” respondió Jane a modo de aparente digresión de los saludos correspondientes y mirando impulsivamente a Diana, pues prácticamente había sorprendido a Hydn absorto en la contemplación de la obra de la diosa.
“Oh, Polidori,” comentó él, esforzándose en la amabilidad, buscando sin encontrar en su memoria algo más que decir al respecto o, mejor dicho, mucho menos al respecto, pues Polidori, escritor y médico, se había suicidado en 1821 de una de las formas más brutales conocidas: bebiendo acido prúsico. La sustancia había provocado la desintegración de todo su aparato digestivo y había desencadenado su muerte, solo después de una espantosa e interminable agonía. Ninguna buena cosa se podía decir de aquel hombre –a excepción de su altísima cultura, la creación literaria de su propio monstruo: el vampiro, y su notable sentido del arte, por ejemplo, al haber escogido esa pieza de Diana para obsequiársela a Mary Shelley–, opacado siempre por la sombra de su célebre paciente, poeta mayor, Lord Byron. Por tanto, calló el médico y en aquel microsegundo de silencio, mientras miraba fijamente a su interlocutora, experimentó la misma sensación que le había acometido en el rellano de la escalera, un destello que le hacía recordar algo, aunque en ese momento no supo exactamente qué.
Al otro lado de la puerta se encontraba la habitación de Mary Shelley, o, más bien, la que él creyó en primera instancia que lo era.
“Pase usted,” pidió Jane y empujó delicadamente la puerta asiendo con su palma la dorada y mitológica manija esférica que imperturbable, volvió a chirriar.
La ancha cama de cedro donde se encontraba la escritora dormida ocupaba una gran parte del espacio, y también lo hacían las ventanas que parecían más grandes si se las miraba desde el interior de la casa. Por lo demás, el doctor Hydn asumió la sediciosa sensación de que todo era extenso en aquella paciente: los párpados grandes, los huesos largos y esbeltos y, por si fuera poco, esos cabellos tan largos cayéndole copiosamente sobre los hombros.
Sacó su estetoscopio, destapó la sobrecama y oyó el compás de su corazón a tiempo que controlaba el segundero de su reloj Longiness de leontina. Luego le tomó la temperatura con un termómetro metálico y, finalmente, el pulso, asentando suave pero firmemente sus dedos índice y medio en la delgada muñeca, sin quitar la vista de su reloj.
Recorrió su cuerpo, tocó detrás de las orejas buscando algún ganglio inflamado que no encontró, palpó el gran bulbo instalado caprichosamente en su cráneo y, al mirar las llagas en sus talones, aseguró que sanarían prontamente, pues el bálsamo salino que ya se le administraba era, evidentemente, la terapia indicada.
Finalmente, le realizó una sangría. Al rasgar su piel con el afilado estilete, una mueca de dolor contrajo el rostro de Mary Shelley. El doctor guardó la sangre en una botella esterilizada para estudiarla luego en su laboratorio.
Dando por terminada la sesión, Jane arropó a la enferma y llamó a la señora Howard para que se quedase a velar su sueño. Cerró la puerta tras de sí y condujo al médico nuevamente hacia el estudio de Diana.
Él, que había permanecido callado y casi taciturno durante la observación de su paciente, se asombró al ver el servicio de té perfectamente dispuesto sobre la mesita central de las rosas blancas. Tantos años de viajes y permanencias en ciudades, pueblos y rancheríos perdidos donde ni siquiera se conocía la planta del té casi habían logrado hacerle olvidar el deleite de una buena taza caliente.
“Oh, té,” exclamó, sorprendiéndose él mismo de su propia reacción.
“Tenga la bondad de sentarse, doctor,” solicitó ella, feliz y renuente a la idea de que él, como todos los médicos, se marchara rápidamente, pues tenía mucho que expresarle.
Jane sirvió el fragante té de color tan cobrizo como la lámina de la diosa Diana, testigo inevitable de aquella conversación. Con un experto ademán delicado, tomó el asa de una jarrita de porcelana y vertió el consabido chorro de leche directo en el corazón de la cobriza taza. El doctor Hydn diluyó dos raciones de azúcar en unos tres o cuatro decididos movimientos circulares de su cucharilla de plata y, asentándola en el platillo, aspiró la extrañada fragancia que cambió momentáneamente su rictus. Por un instante, entonces, solo por un instante, aquel hombre le había parecido a Jane, más humano que nunca.
“La presión y el corazón de la señora Mary Shelley se encuentran en perfectas condiciones,” dijo él, por fin, y continuó: “Las llagas sanarán, pero la lesión creciente de su cráneo es o, mejor dicho, puede ser la causa de la falta de conciencia, del sueño incesante. Lady Shelley, usted debería haberme puesto al tanto de la gravedad del caso en cuanto supo de mi llegada a Londres, hace tres semanas.”
“Lo intentamos,” se disculpó ella, tanto seria como diplomática, “pero su asistente insistió en que, debido a su recargada agenda, no podría sino verla en dos semanas, que fue exactamente el tiempo que esperamos; además, creí que después de haber sido observada por otros veinte médicos, sería bueno que usted la observase sin un pensamiento preconcebido al respecto.”
Hydn calló y tomó un sorbo de su té. Nadie acostumbraba a expresar su opinión en su presencia, por lo menos no tan deliberadamente. Tosió y carraspeó antes de soltar su frase: “Pues le recuerdo, Lady Shelley, que aquí el médico soy yo y, por lo tanto, yo decidiré lo que es bueno o no para la paciente. Su esposo, el señor Percy Florence Shelley, me ha escrito encomendándome a su madre. Y sir Joseph Barcley Pentland, amigo personal de su suegra, también, pese a que se encuentra descansando, de vacaciones en el valle de Barton, por cuanto asumirá que, a partir de este momento, guardamos entre usted y yo una responsabilidad compartida.”
Jane quedó poco sorprendida, los veinte médicos anteriores la habían tratado igual, con ese patético paternalismo condescendiente ante su juventud y su feminidad, con esa insoportable actitud de autoridad moral, como si el mundo entero se tratase de un sistema absoluto girando en torno de complicidades masculinas. Sin embargo, Hydn había ido más allá pues fue el primero en mencionar directamente los nombres de los importantes aliados de su cruzada personal: Percy Florence y Pentland.
¿Acaso ellos estaban allí para atender a la enferma, para pasar noches en vela, para untar sus llagas con bálsamo salino? Suspiró Jane. Aquel médico, el número veintiuno, era todo lo que su suegra y ella tenían en el mundo. Tomó entonces la palabra: “La señora Shelley había presentado una suerte de desmemoria en los últimos meses, pero se recobraba al día siguiente, como si nada. Una tarde del diciembre pasado estuvo hurgando las cosas del desván que Percy Florence mantiene cerrado porque las cosas que allí se guardan les producen mucha tristeza, y quizá tenga algo que ver, pero a la mañana siguiente, ella ya no era la misma.”
“Explíquese mejor, por favor,” frunció el ceño Hydn.
“Quiero decir que ella no volvió a ser la misma desde aquella tarde o, mejor dicho, desde aquella mañana de lluvia de diciembre pasado, cuando la encontré vestida únicamente con un camisón blanco, empapada, helada, descalza y echada sobre el jardín, con los ojos abiertos y pasmados, el oído derecho pegado a tierra.”
“Le pareció raro, naturalmente,” comentó el doctor Hydn, más a modo de pregunta que de respuesta, mirando a través de los ojos de Jane, quien, justamente a esa hora, tal vez por un reflejo del resplandor de resolana de la tarde, tomaban una tonalidad dorada, como la del champagne. De repente, entonces, él recordó lo que hacía un momento no lograba recordar al mirar a Jane, y es que ya había visto aquel mismo color en una extensa pampa de trigales llamada Lequezana.
“Por supuesto que me pareció raro, doctor Hydn,” refrendó la joven su sospecha, luego hizo una pausa conteniendo momentáneamente la respiración, casi como tomando impulso o valor para pronunciar algo aparentemente infantil –dada su juventud– o, tal vez, descabellado; entonces reveló seriamente: “Sobre todo porque parecía que la señora Shelley estaba oyendo los rumores de los confines del mundo.”
Lo pronunció rápidamente, como si quisiera y no quisiera al mismo tiempo ser oída. Apretó los labios al término de su frase, que más sonaba a una tímida pero obligada confesión ante un hombre de Dios y no ante un hombre de ciencia como aquel que tenía enfrente.
El médico frunció nuevamente las cejas, formando así en su entrecejo una arruga tan prominente y grave que parecía que de inmediato se desplomaría por el peso de todos los años del mundo sobre sí. Era un hombre joven, pero, por algún raro artificio, todo en él parecía estar desprovisto de la sal de la pasión y revelaba la medianidad, pese a que los rumores decían que era un hombre implacable, sin humor notable, que era un viajero excéntrico e inventor alquimista de un tratamiento revitalizante a base de una planta americana y que había dejado una novia en América, enloquecida de amor. Sus ojos, algo azules y algo verdes a la vez, eran curiosos y su mirada, calculadora. Jane miró su extraño y lampiño entrecejo entre las dos cejas tan pobladas y pensó que seguro echaba mano de las pinzas. Su traje negro, de solapas anchas, y la corbata azul cobalto sugerían la sobriedad que se precisaba para asistir a una consulta médica, a un velorio o a una fiesta de etiqueta.
Él quiso añadir algo más al comentario de su interlocutora y, en ese ademán, movió inconscientemente un brazo; pero ella le interrumpió de repente, quizá inconscientemente. El brazo del médico quedó entonces en el aire, paralizado.
“Desde entonces, en sus delirios,” prosiguió Jane, “ha estado repitiendo una serie de palabras; no las altera, sino que más bien sigue una secuencia. Al despertar, parece no recordarlas.”
“¿Palabras, dice usted?”
“Palabras.”
“¿Cuáles son?”
Jane explicó que las había anotado todas inmediatamente después de una de sus crisis hacía pocos días, la peor de todas, pues había durado cuatro horas y era la culpable de que ahora tuviese que guardar reposo absoluto. Sin duda, los temblores de los episodios de las fiebres la habían dejado muy débil, pálida y desorientada, y las fuerzas le alcanzaban solo para dormir. Sacó un papel doblado del puño de su vestido, lo desdobló con cuidado y leyó entonces, en voz alta, pausada y claramente, como si fuera una maestra de ceremonias: “Árbol, cristal, monstruo, cuervo, caleidoscopio, pluma, niño, Hastings, testamento.”
Hydn se rascó la barbilla con el grueso pulgar, un gesto de contumacia más que de asombro. Había cobrado gran experiencia en sus largos viajes alrededor del mundo, acompañando en sus expediciones a eternos y célebres viajeros como Thouar, Van Nivel y Pentland y estaba acostumbrado a los casos más raros e imprevisibles, a cerrar rápidamente los párpados de los enfermos agónicos de mal de Chagas, tercianas, tabardillo, chikungunya, rubéola y tifus, igual que los párpados sangrientos de soldados muertos en mil campos de batalla.
“¿Tiene algún diagnóstico, doctor?” preguntó ella, impaciente, poniéndose de pie, un gesto que indicaba que la consulta médica estaba a punto de terminar, pues ya le había tomado la temperatura, el pulso y hasta le había hecho una sangría a la enferma postrada en un aposento ajeno; sangría que, por cierto, Jane consideró innecesaria. No olvidó que Hydn era el último de la veintena de médicos que habían ido a observarla, a veces más por curiosidad o morbo que por cualquier otra cosa. O quizá no, quizá este era distinto.
Y ahí estaba Hydn, pensándose una probable respuesta ante aquella jovencita remilgada y algo displicente, vestida con aquel bonito vestido gris y rojo, los bucles rubios cayéndole graciosamente por las mejillas y parte del cuello. Quedaba claro que nada sabía más allá de sus narices, nada del mundo. Por lo menos, no del suyo, ella jamás podría imaginarse los altiplanos americanos, ni los horrorosos calores de la Amazonía, ni el pánico de mecerse en una embarcación que se va bamboleando por una tempestad, ni las flechas cargadas de veneno de los indios naturales llamados chanés, ni la sangre de las batallas, ni el rostro de los niños chanés muertos, ni mucho menos los ojos abiertos de los muertos en batalla contra el hombre blanco.
Dejando la pregunta en el aire, como tantas otras preguntas que había dejado al aire en su vida, volvió a pasarse el pulgar por la barbilla y, sin emitir palabra, pero con ademán intrépido, buscó algo en el bolsillo interior de su chaleco y lo extrajo. Era un sobre de papel craft que puso sobre la mesa con mucho cuidado, como si fuese una reliquia, un tesoro, un objeto sagrado o un anatema.
Tomó un sorbo más de su té y apartó la taza y el jarrón para evitar cualquier posible derramamiento encima de lo que sea que fuese aquello. Con movimientos ahora más meticulosos y certeros, como los de un calificado cirujano, comenzó a extraer el contenido. Eran veinte hojas de coca que, como cartas de tarot, una a una, fue desplegando remisamente sobre la superficie de madera.
“Son las últimas que me quedan,” dijo Hydn calmadamente, pero algo en su voz sonó a sentencia. “Las traje de mi último viaje con sir Joseph Barclay Pentland, que duró cuatro años y medio por América del Sur. Los últimos dos años nos establecimos en Potosí de Charcas, donde es muy común encontrarlas, los indios las consumen a diario para combatir el mal de mina, la debilidad, la tisis y el frío y hasta el mal de amores cuando se prepara en infusión. Mis investigaciones han demostrado que la coca contiene el extracto del calor de la vida, que es lo que queremos devolverle a la señora Shelley. Usted ha mencionado los confines del mundo, pues yo vengo de los confines del mundo.”
Jane quedó asombrada y tuvo que volver a sentarse. Ahora comprobaba que lo que se decía de aquel hombre era cierto, era excéntrico y, además, engreído y ególatra; jamás hubiese imaginado la existencia de una planta medicinal que tuviese la insólita propiedad de alejar del cuerpo el frío de la muerte y de acercar el calor de la vida. Quiso, entonces, por curiosidad, tomar entre sus dedos una hoja de coca pero, a tiempo, un ademán del médico se lo impidió tajantemente.
“Son muy delicadas,” argumentó por toda explicación y sacó entonces papel y pluma de su maletín médico para escribir su prescripción: “Untar la hoja de coca con saliva y pegar una a cada sien de la paciente durante el lapso de un delirio.”
“Solo en caso de delirio,” especificó él, levantando el índice en alto.”
“Solo en caso de delirio,” repitió ella.
Jane pestañeó a tiempo que asentía, esas hojas le daban miedo. ¿Y qué si la envenenaban, si le producían alguna alergia mortal, prurito?
Miró las hojas de coca que yacían inocentes sobre la mesa y tuvo entonces la extraña impresión de que aquel tratamiento no era como el de los anteriores veinte médicos, no se trataba de alcanfor ni quinina, ni bálsamo salino. Este era tácito y definitivo, y exigía asumir todos los riesgos, algo así como cuando el César, atormentado por las dudas, pero comprendiendo su destino, decidió cruzar el Rubicón en aquella espantosa noche de enero del 49 a. C.
Y así como echada estaba la suerte del César, estaba echada la suya y la de Mary Shelley, sin posibilidades de panaceas ni retrocesos, pero guardó silencio sobre eso. Dejó que transcurriesen uno, dos, tres segundos y aclaró: “Como ha visto usted, la señora Shelley se encuentra ahora en otra habitación, que es la de huéspedes, no es la suya. Por si acaso, por precaución o como quiera usted llamarlo, he dejado su habitación exactamente como la dejó aquel amanecer, porque pensé que eso tal vez podría revelarnos algo más.”
“¿Como en la escena de un crimen?” preguntó Hydn, la sonrisa al borde de la ironía. Esa majadera niña rubia no iba a decirle qué hacer.
“Como en la escena de un crimen,” concluyó ella, esta vez decidida, sin asomo alguno de timidez en su voz.
TRES
Chester Square, N.º 24, febrero de 1851
Pegando las hojas de coca con su propia saliva a las sienes de Mary Shelley, es decir, siguiendo al pie de la letra el tratamiento médico del doctor Hydn, pero sin poder explicárselo completamente, Jane y todos en casa notaron la gran mejoría.
Su rostro había recobrado el tono color durazno al nivel de los pómulos, las úlceras de los talones habían cedido, el dolor de cabeza era mínimo y los episodios de fiebre y delirio duraban menos, por lo que la lucidez lograda le permitía, abrigada con una capa de piel, dar un paseo por el jardín, siempre del brazo de Jane. A veces, como si se tratase de una afasia más, Mary Shelley parecía olvidar las palabras que quería usar y entonces escribía frenéticamente las palabras que amenazaban con escurrírsele de la memoria, no dos ni tres veces, sino cien o doscientas. Podía ser mesa, pato, rosa o ventana la palabra en cuestión.
Otras veces, mientras cruzaba el jardín, se detenía de repente y, cerrando los ojos como si se tratase de un ritual, repetía su retahíla de palabras: árbol, cristal, monstruo, cuervo, caleidoscopio, pluma, niño, Hastings, testamento. Palabras que ella no podía explicar, no porque no las conociera o recordara, sino porque contenían más que significados.
Fue entonces que, en un lapso de lucidez, la convaleciente pidió la presencia del anciano notario de su confianza, Nevinson, ante quien redactó y firmó de puño y letra su secreto testamento, guardándose una copia en un cajón de su escritorio taraceado de nácar, copia que enseguida olvidó. Esa misma noche, Mary Shelley murió cálidamente durante el sueño.
Era secreto y solemne su testamento –todos los testamentos suelen serlo–, pero un día los cajones de los secretos se abren y las solemnidades caen hechas añicos como una copa de cristal puesta al borde de una mesa. Se supo entonces que, aunque los bienes muebles fueron legados a Percy Florence, el salón de Diana, con todo lo que contenía, pasaría a poder de Jane.
CUATRO
Chester Square, N.º 24, 29 de febrero de 1851
El aire de invierno entraba a chiflones a través del cristal roto de la habitación privada de Mary Shelley. El doctor Hydn, falto de aire, con un oído ensordecido y apoderado todo su organismo por un vértigo que sospechó sería el mal de Menier, se paseó a través del amplio espacio, observando todo y nada a la vez. Al fin, mirando a través de la ventana, contempló el mismo paisaje que seguramente Mary Shelley contemplaba diariamente: los árboles centenarios de ramas como enredaderas o tentáculos de Medusa, los tejados sosegados de las casas vecinas y una lejanísima montaña azul, a donde llegar precisaría calzarse unas botas de siete leguas, como en los cuentos de los hermanos Grimm.
Entonces, pensativo y posando una palma sobre un muro o buscando un momentáneo punto de apoyo para tolerar el mareo, confesó a Jane que no había podido dormir la noche anterior, que sospechaba que algo más existía en aquel aposento silencioso y, a la vez, tan repercutido de voces, esas que socavan, quebrantan, resuenan, tañen.
“En Charcas existe una temporada calurosa y corta llamada veranillo de San Juan,” pronunció repentinamente.
“¿Cómo?” preguntó Jane, asombrada, pues lo último que se esperaba era que en aquellos momentos alguien aparentemente insensible le hablase de algo que no venía al caso, mucho menos acerca de las estaciones del año.
“El veranillo de San Juan se da a mediados de junio y se denomina así por la festividad de San Juan, aproximadamente al comienzo del invierno, que es largo y crudo.”
“Un pequeño verano,” reflexionó Jane, aún sin captar el sentido, pero lo dijo en voz tan baja que el médico pareció no escucharla y hasta ella misma dudó de haber abierto los labios para susurrar la frase.
“Un pequeño verano precediendo al invierno de la muerte,” remató él, pronunciando las palabras lentamente, más pensativo que nunca.
“¿El pequeño verano de Mary Shelley?” preguntó Jane, esta vez más para sí misma que para su interlocutor.
El doctor Hydn tenía los ojos verdes o azules clavados hacia lo lejos y, por tanto, ya no respondió palabra alguna y dejó, más bien, a propósito, que la pregunta quedara flotando en el limbo sin respuesta, como tantas cosas inacabadas que permanecían flotando en el limbo de su vida. La última había sido la noble novia descendiente de los incas llamada Teresa. La había dejado enamorada en Potosí, esperando por él, bajo promesas de amor eterno, pese a que nada le habría costado traerla consigo. Es que un viajero incansable, un hombre de ciencia como él, no podía ceder ante el amor, aunque había momentos, como ese, en los que el recuerdo de los ojos negros de Teresa le producían certeras pero silenciosas punzadas en seguidillas. Quedaría solo para siempre, lo sabía, ese era su destino.
Pesó el silencio entonces en aquella casa cerrada por el duelo invernal. Silencio y más silencio. A esa hora de la mañana solo se oía el trino de algunos pajarillos y el trajín desconsolado, taciturno y fantasmal de los objetos.
Fue así como, con ojos distintos, vieron nítidamente el diván donde descansaba inerte el último vestido negro que Mary Shelley había usado. Sobre la mesilla cercana a la cama divisaron el tintero, las plumas y un caleidoscopio. Este último evocaba el recuerdo del escandaloso Lord Byron; también, en las cuartillas desparramadas, el cuervo y una extraña nota musical dibujados con trazos enérgicos, las varias palabras escritas contra el olvido y los retratos de sus tres hijos muertos en edad tierna, escondidos debajo de la almohada de sus últimos, tal vez tenebrosos, sueños.
UNO
Chester Square N.º 24, 21 de diciembre de 1850
Los fantasmas de una historia no son precisamente seres muertos, lejanos o inasibles. Irreversibles, eso sí, pero muertos, lejanos e inasibles, no.
Uno se da cuenta de ello cuando se percata de que, en esos términos y al filo del final de su vida, aquel fantasma bien pudo haber sido uno mismo, que ha acarreado una historia irreversible consigo, atiborrada de cosas irreversibles que nos conducen a sitios de los que apenas nos es posible apartarnos un poco, casi nada, porque son esos sitios –es más, los caminos que nos conducen a esos sitios– los que determinan y deciden nuestros pasos, por cierto, ya irreversibles a esa altura.
Mary despertó pesadamente, mientras, como un sello decembrino, la niebla empañaba los cristales de los ventanales, y la sombra de aquel árbol centenario de repente crecía desmesuradamente hasta llegar a raspar sus ramas contra la ventana de su habitación, o por lo menos esa fue la impresión que tuvo, divisándolo todo desde su cama en penumbras: el diván donde descansaban su vestido negro con apliques de encaje y compleja abotonadura, su capa y sus medias de lanilla, en fin, su ropa del día anterior, un día que no había sido nada bueno, sobre todo por haber tomado la mala decisión de subir al desván, lo que había desencadenado ese dolor perenne de cabeza explotándole al nivel de los parietales; la mesilla cercana y sobre esta un caleidoscopio, regalo que Lord Byron le había traído de un viaje a El Cairo, un tintero macizo de cristal, plumas de repuesto y varias cuartillas desparramadas por aquí y por allá con palabras escritas, como testigos y jueces de puño y letra, pues eran palabras contra el olvido.
El vidrio de la ventana, extrañamente, había amanecido roto, como si alguien hubiese tirado una pedrada.
Eran apenas pasadas las seis de la mañana. Mary se sentó abruptamente en el borde de la mullida cama, con la pesada sensación de estupefacción sobre sí que implicaba aquel estar poco a poco volviendo a la conciencia tras un pesado sueño, o incluso, despertando de una pesadilla atiborrada de voces y graznidos, más parecida a una duermevela, a una profecía o a un recuerdo, si es que todas aquellas cosas no eran sino una sola. Tomó la pluma de la mesilla y en una cuartilla algo arrugada, escogida al azar, dibujó un cuervo muy negro y una nota musical. A continuación, escribió lo que acababa de soñar, aunque sospechó que no sería lo último que escribiría.
Había soñado con su monstruo, que era como lo llamaba, el monstruo de su creación, de pie frente a ella quejándose de tanto dolor de cabeza que dijo mejor sería quitársela, y entonces ladeando con sus propias manos grisáceas aquella voluminosa cabeza, se la desajustaba logrando que chirriasen los tornillos oxidados que la aseguraban al cuerpo. De aquel hemisferio derecho central, el de las intuiciones, salió un cuervo que comenzó a revolotear dentro de la habitación con no poco estupor, golpeándose el cuerpo en las paredes y en los muebles en su búsqueda desaforada de aire libre, hasta que por fin lo encontraba al romper un cristal de la ventana con su desesperado y puntiagudo aleteo. El monstruo, entonces, caía sobre la alfombra, sin sentido, muerto por una migraña inminente. Era su segunda muerte. De fondo, la voz de Percy surgía cantando el estribillo de aquella melódica canción de moda, interpretada por el magnífico joven Tom Chaplin, natural de Hastings:
Oh, simple thing, where have you gone?
I'm getting old, and I need something to rely on.
So tell me when, you're gonna let me in,
I'm getting tired, and I need somewhere to begin.
And if you have a minute, why don't we go
talk about it somewhere only we know?
Mary pestañeó, le pareció curioso e incluso musitó aquel ritmo. Percy jamás había cantado en vida, pero ahora cantaba desde la muerte.
Dejó el papel sobre el mueble y, poniéndose de pie, se retiró los largos cabellos que se le habían adherido al rostro durante el horror del sueño y contuvo la respiración para escuchar. Era el llanto de un niño el que se oía ahora retumbar, abandonado, en toda la casa. Pero, ante todo, podía escucharlo en su interior, dentro de sus propios oídos y, lo que es más, se henchía creciente aquel llanto pequeño sobre el esternón, muy cerca del corazón.
Mary puso su tibia palma sobre su caja torácica y, echándose apenas una capa delgada sobre los hombros, salió corriendo de su aposento, como alma que lleva el diablo. Percibió el frío reinante y el aire que su largo camisón blanco y la capa producían al caminar, el hielo punzándole los talones descalzos, la niebla apoderándose de aquella casa donde ya ningún cristal podría impedir su invasión de apocalipsis de sueño, la flama diminuta de los cirios del solitario corredor, iluminando apenas.
Bajó las escaleras y volvió a subirlas en medio de una enardecida pesquisa. Buscó un aposento infantil, una cuna, algún indicio, abrió y cerró grandes y pesadas puertas, la del salón de Diana y la de la cocina, y hasta salió al jardín donde las hojas de los árboles la esperaban con una membrana de rocío como perlas diminutas, recubriéndolas enteramente. El llanto, sin embargo, persistía, inexistente, también en el jardín.
Cayó exhausta, casi desvanecida, sobre la tierra húmeda del jardín y de nuevo puso su palma, ahora helada ya cual pesa de metal, sobre su caja torácica. Miró en derredor pero, en realidad, miró al infinito: lo recordó todo lúcidamente. Ella era ella y estaba sola.
Mary vio su pasado. Medio siglo de vida como el resultado de la suma de todas sus soledades: la soledad de su orfandad, la de su viudez, la de su maternidad, la de sí misma.
Se pasó la palma sobre la cara bañada ya por las lágrimas de lluvia, los dedos cavaron un par de hondas cicatrices de la viruela contraída en Italia. La palma subió hacia la cabeza para apartarse al instante, despavorida. Se la pasó también sobre el vientre vacío e infecundo y experimentó entonces la misma punzada de frío que un minuto antes había perforado sus talones descalzos, perforando ahora su corazón.
No era su memoria extraña la suerte de inexplicable afasia que, a ratos, de golpe, le sobrevenía mientras escribía o leía o atravesaba el jardín o miraba el paisaje que se dibujaba a través de su ventana, o mientras bebía una limonada fresca en la cocina. Tomaba entonces su bloc de cuartillas y, aplicando el método Lancaster con el que había aprendido sus primeras letras, escribía para no olvidar. Se sentía una auténtica idiota, una vieja inútil, una escritora enjuta y jorobada, completamente exenta de palabras. Palabras que no recordaba para referirse a las cosas más elementales de la vida cotidiana, tales como tijeras, canasto, flor, taza, puerta, lápiz, perro, nariz. Palabras que no recordaba pero que por intuición sabía que se referían a algo más profundo que una palabra como tal.
¿Podría funcionar su mundo así, sin palabras?
¿Acaso las palabras no son un mundo?
¿O sería, más bien, que el mundo en aquel su interminable giro construía esas palabras?
Oyó que la llamaban por su nombre. La voz juvenil de su nuera Jane la sacó de todas sus cavilaciones. Cuánto hubiera querido tener allí mismo, consigo, una cuartilla y una pluma donde apuntar las cosas para no olvidarlas. La buena Jane, siempre oportuna y diligente, había acudido al jardín para socorrerla. “Vamos adentro, Mary, vamos,” era todo lo que repetía, visiblemente nerviosa.
Cogida de su brazo, se dejó conducir a su habitación, pero en el trayecto iba pensando que Jane no era madre y quizá por eso no sospechaba que eran sus tres hijos muertos los que le producían ese dolor que la había tumbado con fuerza a tierra, ese dolor infinitamente mayor que aquel maldito bulbo de jengibre que desde hacía un par de meses atrás le venía creciendo, literalmente, como un monstruo en su cabeza. Jane no sabía que los recuerdos suelen tomar inauditas, contrahechas, descompuestas, absurdas, desguarnecidas, raras formas.
Jane no sabía lo que significaba extrañar a tres pequeños hijos muertos, abrir a hurtadillas aquel viejo y aherrumbrado candado del desván e ir destapando los hondos baúles de madera de donde brotaba un olor a cementerio de historias infantiles. Qué experiencia brutal aquella, examinar sus pequeños abrigos apolillados por la inclemencia de los años, abrir humedecidas cajas de cartón y mirar sus pequeñísimos zapatos, olvidados quizá ya para siempre.
En suma, Jane no sabía que Mary Shelley no se arriesgaría más al olvido.