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rosa regás

pelo paja

No soy capaz de recordar cuándo comenzó la historia de mi pelo rubio, casi blanco. «¡Pelo de estopa, pelo de paja!». Así es como me llamaban a gritos las niñas del internado tantas veces al día que llegué a creer que había nacido con este nombre insultante. Es cierto que mi pelo parecía de estopa, y es cierto que tenía, y todavía tiene, el color de la paja, igual que el de mis cejas y muy parecido al color de mis ojos, claro y desvaído, un color que no soportaba la luz y me obligaba a tener casi siempre los párpados entornados. Me increpaban, me insultaban, incluso me pegaban y me hacían caer al suelo a base de empujones y de zancadillas o metían en mi pupitre asquerosos escarabajos, huesos de pollo que habían escondido en la comida, o manchaban mis libretas con sus garabatos o con el barro del jardín.
Siempre con risas, siempre con su canción: «¡Pelo de estopa, pelo de paja!». Nunca las veía una monja y yo no me habría atrevido por nada del mundo a hablar, ni a quejarme, ni a protestar. Me veo a mí misma llorando primero, haciendo pucheros más tarde, escondiéndome después, odiándolas siempre, de tal modo que andaba por los rincones del colegio buscando una sombra que no existía para esconderme de miradas y voces siempre presentes en mis oídos y en la amargura de mi corazón, pero no sé lo que pensaba, solo puedo recordar esa inmitigable y constante ansia de huida y el miedo, un miedo profundo y constante que a todas horas del día y de la noche se transmitía a los miembros de mi cuerpo tembloroso. Miedo a encontrarme con alguna niña por los oscuros pasillos, miedo a estar en la fila con las demás, o en la sala de estudio, o en el dormitorio, y al levantar los ojos descubrir sus medias sonrisas que pregonaban en voz más alta todavía que la canción aquellas palabras que tanto me horrorizaban. Miedo a dormirme y soñar con ellas, miedo a despertarme y encontrarlas a mi lado: «Albina cegata, estopa, pelo de paja».
No tenía amigas, me habría gustado tenerlas, pero me alejaba de las niñas que por pena o curiosidad se acercaban a mí por miedo y tampoco me atrevía a jugar con ellas en las horas de recreo porque estaba segura de que en algún momento se pondrían a cantar la terrible canción.
Me habían llevado a ese colegio de las afueras de Sigüenza a una edad que no recordaba. Era como si hubiera nacido allí, y allí me quedaba incluso durante las vacaciones porque mis padres, me dijeron, habían muerto en un accidente y se había hecho cargo de mí la Administración en nombre de mi única pariente, una abuela inválida a la que apenas recordaba, que no podía ocuparse de mí porque estaba en una residencia. En el colegio había unas cien niñas, por lo menos la mitad de mi propia edad. Y cuando la monja me obligaba a dejar de caminar sola por el perímetro del patio porque decía que yo era una persona retraída y enfermiza a la que convenía la compañía de las otras niñas, me limitaba a dejar pasar la pelota, a correr sin ánimos en las carreras, a mantenerme callada cuando se trataba de cantar el corro de la patata. «Albina cegata, estopa, pelo paja. ¡Tira la pelota, pelo paja! ¡No te duermas, ya está la albina dormida! ¡No queremos que pelo paja vaya con nosotras, con ella siempre perdemos!».
Tampoco hablaba con nadie, cuando ya un poco mayores comenzamos a hacer deberes en la gran sala de estudio, a prepararnos para ir a las clases superiores, me limitaba a estudiar y a leer sin prestar atención a lo que ocurría a mi alrededor, y cuando respondía a las preguntas de la profesora o de la monja, miraba directamente a la pizarra para eludir aquellas medias sonrisas y aquellas voces susurrantes que la monja parecía no oír pero que a mí me taladraban el alma. En mi borroso recuerdo de aquellos años solo permanece un miedo doloroso que parecía eterno, como si estuviera dispuesto a morir conmigo. Pero, en cambio, desapareció de repente cuando ya debía de tener unos trece años, dejando mi conciencia libre y bañada en un fulgor de encantamiento que no había conocido jamás. Y ocurrió por un hecho casual que se produjo sin que yo apenas lo provocara. Así es como lo recuerdo:
Estábamos en el patio a la hora del recreo de la mañana. La monja me había obligado a jugar a un juego colectivo que llamaban «a matar», un juego en dos bandos que consistía en tirar la pelota y dar a matar, es decir, tocar a alguna de las del equipo contrario procurando que no cogiera la pelota con las manos. Una de las chicas del equipo contrario disparó contra mí y yo, en un gesto instintivo, cogí la pelota con las manos y me dispuse a lanzarla con tan poca energía como tenía por costumbre. Pero la chica a la que me dirigí, la que tenía más cerca, comenzó a jalearme y a cantar una canción que algunas otras me habían cantado ya: «Las pelo paja no tienen madre, las pelo paja nacen debajo de una col». Yo, que había abierto un poco los párpados porque me disponía a tirar, al ver su cara risueña y burlona, lancé la pelota, una pequeña pelota como las de tenis, con tanta fuerza y tan directa a la cabeza de la chica que la dejé tumbada en el suelo sin conocimiento, no sin antes haber descubierto en el último instante la expresión de terror de su mirada.
Hubo un gran revuelo y los insultos fueron feroces, pero nadie me llamó pelo paja, ni cegata, ni huérfana, tal vez porque no les parecía suficiente insulto para calificar lo que consideraban poco menos que un intento de asesinato. Rabiosa, mala persona, asesina, loca, incluso borracha, el estado menos común y conocido en aquel internado de monjas. Pero mi miedo había desaparecido. Se hizo de pronto la luz en mi entendimiento como si desvelara el camino a seguir para hacer frente a la mofa y a la burla y a la sumisión, y conservar esta paz ausente de la realidad que me envolvía en aquel momento. El castigo no se hizo esperar, pero no fue tal para mí porque consistía en una semana de incomunicación y alejamiento que me dio la oportunidad de seguir pensando y solazarme con el cambio que se había producido en el oscuro firmamento de mi conciencia. Sí, era un camino lo que se me había mostrado, un camino que nada tenía que ver con la mirada huidiza, el gesto pusilánime, la voz amedrentada, y este fue el camino que seguí a partir de entonces, el camino que he seguido hasta hoy y el que no pienso abandonar por más que entre los unos y los otros se empeñen en hacerme cambiar: el camino de la insolencia, el del descaro, el de mi recién descubierta fortaleza. Un camino que me llevó a la pelea constante, al golpe como respuesta a una mirada, a cortar trenzas de las niñas que se atrevían a cantarme o a llamarme «pelo paja». A desplegar una energía y un brutal impulso que nadie entendía por desproporcionados, decían las monjas, pero que me permitía ver la reacción de la agredida y corroborar lo que descubrí el día del golpe de la pelota: que la mirada de terror en los ojos de los demás me proporcionaba una satisfacción sin límites, un sosiego, una placentera ebullición de mi pensamiento, como si me hubiera liberado de algo muy doloroso y punzante que tenía dentro de mí. Una sensación tan incontenible de placer que me volví adicta a ella y a su llamada porque actuaba en mi mente como una droga, y me forzaba a recorrer el colegio provocando para ser insultada, cosa que cada vez ocurría con menos frecuencia porque llegué a ser una verdadera amenaza para cualquiera no ya que me insultara, sino que simplemente se atreviera a mirarme. Y cuando, ansiosa por ver de nuevo el espanto en la mirada y en el gesto de las niñas, me faltaron motivos, prescindía de ellos y me lanzaba a la primera extravagancia ofensiva que se me ocurriera en busca del renacer de aquella satisfacción poderosa que me dejaba sumida en una misteriosa placidez.
Ponía ostentosamente lagartijas muertas o arañas tan grandes como podía encontrar en los libros o en la cama de la que tuviera más a mano. Cuerdas tirantes a la altura de los tobillos cuando al atardecer descubría a una niña correr hacia el dormitorio. Recurría a los escupitajos en la sopa de mi vecina o a golpes y patadas contra quien, sin querer, me hubiera empujado al pasar la puerta o bajar la escalera. Cada destello de felicidad conseguido tenía su respuesta en un castigo que fue haciéndose más y más humillante. Recuerdo uno de los últimos, cuando vertí una coca-cola dentro del pupitre de una remilgada que se sentaba a mi lado, la monja me hizo poner de pie sobre un taburete que había colocado en la misma tarima donde se encontraba su mesa, y allí me tuvo con los brazos en cruz en exhibición pública frente a toda la sala de estudio desde las nueve de la mañana hasta la hora de comer. Pero no me importó: desde la altura miraba fijamente a las niñas sentadas en sus pupitres haciendo los deberes, con el odio y la agresividad que había aprendido a mostrar, las veía temblar y esconder su mirada en el libro o la libreta, y renacía entonces un instante de placer, como un relámpago del que me habría provocado una venganza más completa. Me hicieron dormir separada de las demás, me castigaron a comer de pie, me quedé sin recreos y sin paseos los domingos, pero de una forma u otra siempre acababa cumpliendo el castigo a la vista de todas las alumnas, porque de lo único que no se percataron es de que cuanto más a la vista estaba de las niñas, mayor era mi placer y más sustancioso el juego vertiginoso de provocarles terror.
Hasta que me expulsaron del colegio y me enviaron a un centro de internamiento para menores en Guadalajara regentado también en parte por monjas que, conscientes de la gravedad de mi comportamiento, que les había sido transmitido por las del colegio, me tuvieron en régimen de vigilancia constante. Tenía entonces 15 años y allí tendría que permanecer hasta los 17.
Había en el centro una psicóloga a la que tenía que ver cada semana. Me habría gustado que fuera verdad lo que me decía, que estaba allí para ayudarme, que quería ser mi amiga, que yo estaba muy sola y que solo con la confianza en algo o en alguien desterraría para siempre el afán desconocido que me empujaba a cometer atrocidades y me cargaba con tantos disgustos y castigos. Pero en cuanto levantaba la vista hacia ella, surgía inevitablemente en mis oídos la antigua y terrible canción, y con ella el deseo de provocar miedo, el ansia de sentirme fuerte y la convicción de que había dominado la situación y, por tanto, vencido. Y como con ella se hacía más difícil la provocación, en cuanto salía de su despacho, mi furia, incrementada por la frustración, se volcaba en la primera persona que encontraba al paso, acosándola del modo más cruel que se me ocurriera en aquel momento hasta conseguir la liberación que me concedía comprobar una vez más su terror y mi prepotencia. Sin importarme las consecuencias que pudiera tener.
Tampoco me importaron las palizas de las guardas ni los bofetones de las monjas, ni el trabajo duro, ni las duchas de agua fría vestida con una camisa a la luz cenital del amanecer, ni la obligación de coser paños de cocina hasta la madrugada, porque seguí consolándome con unas venganzas provocadas o anticipadas de las que ya no podía prescindir. O esto o de nuevo vencida por el miedo, me decía. O ellas o yo. Y preferí que fueran ellas. Además, cada vez ansiaba más aquel placer, que me exigía día a día mayor saña y mayor ferocidad. Hasta que una noche, cuando todavía no se habían apagado las luces del dormitorio, me abalancé contra una chica que se había atrevido a poner dentro de mi cama un papel con las palabras «albina de mierda» y, como no podía agarrarla por el pelo ya que íbamos todas casi rapadas, le atenacé el cuello con las manos y, sin hacer caso de los gritos de las demás, atenta solo a la fascinación que me producía la expresión de horror de la chica que aumentaba con cada golpe, le sacudí la cabeza contra el suelo con tal furia que solo me di cuenta de que había perdido el conocimiento cuando desapareció con su mirada el impulso que me llevaba a aumentar su terror, y se convirtió en dulce mansedumbre el intenso y ciego deleite que me había proporcionado la paliza.
Intervino entonces la justicia, lo que comportó que al salir, a los 17 años, tuviera que ingresar en la cárcel de mujeres para acabar de cumplir una condena de la que me faltaban aún varios meses.
Allí aprendí lo que no había sabido hasta entonces: que necesitaba esconderme de las demás, que solo debía sembrar el terror si me hallaba sola con alguna presa para evitar testigos que aumentaran mi pena. Y así seguí comportándome, con prudencia pero con el mismo ensañamiento incrementado tal vez por el sigilo con que actuaba. Y acabé incluso por conseguir en la cárcel cierta tranquilidad por mi buen comportamiento.
finalmente llegó el día en que tenía que salir. Fue hace un mes. Me dieron una cantidad de dinero a cuenta de la pequeña herencia que mi abuela, que había muerto un año antes, me había dejado junto con la casa de Sigüenza. Al irme, todavía pude despertar un último vestigio de terror en el rostro de la guardiana obesa y malvada que me acompañó hasta la puerta, a la que no le di la coz que deseaba darle pero que debió de adivinar mi odio en el gesto de desprecio que le dediqué, porque me pareció que huía despavorida hacia el interior sin dedicarme ningún insulto, dejándome solazada en la calle solitaria en busca de la estación de autobuses que había de llevarme a Sigüenza.
aquí estoy, sola en este inmenso caserón polvoriento donde nadie ha vivido desde hace años y cuya historia soy incapaz de leer o adivinar por más que curiosee y busque en el interior de los cajones y de los armarios, entre las páginas de los libros envejecidos por el tiempo, o en las fotografías amarillentas que cubren los estantes y las paredes.
Me miro en el gran espejo de la dorada cornucopia del zaguán cargado de manchas negras, y a esta nueva luz contemplo mi cabello crespo y pajizo que no han mejorado ni las cárceles ni el placer de las venganzas, y me entristece verme colmada de tantas carencias que todavía no he aprendido a definir, ni siquiera a nombrar. Porque me parece entender —así lo he ido aprendiendo a lo largo de los años— que en la nueva vida que comienzo no tendré otra forma de defenderme ni habrá más paz que las que me procuran los incontenibles arrebatos de fuerza y de crueldad, indispensables para que asome el espanto en la mirada de aquel a quien los he infligido.