País Relato - Autores

rodrigo fresán

come together

YA SABEN. Aquella llamada telefónica a un disc-jockey de Detroit anunciando: «Paul está muerto». La historia aparece en todos y cada uno de los libros autorizados o no: los cuatro Beatles cruzando la calle, un paso de cebra en St. John’s Wood.
John —con su traje blanco— ocupando el lugar del médico forense.
Ringo —de traje oscuro— cumpliendo las funciones del representante de la funeraria.
George —con blue jeans y asumiendo aires de sepulturero⁠— en el último lugar de la fila.
Y el supuesto doble de Paul —⁠descalzo, con el paso cambiado y un cigarrillo en su mano derecha, cuando todos sabían que McCartney era zurdo⁠—.
Y la patente de ese Volkswagen estacionado en segundo plano, sonriendo un 28 IF —⁠la edad de Paul, si (if) siguiera vivo⁠—.
En realidad, claro, estaban muertos los cuatro.
Cuando cruzaban la calle ya eran cuatro personas diferentes, cuatro partes de un átomo dividido para siempre.
Los Beatles habían pasado a mejor vida, el sueño había terminado.
Pero Forma no está aquí para repasar un fragmento de historia psicodélica.
Si se observa con atención el diseño original de la cubierta de Abbey Road se descubrirá —⁠sin mayor esfuerzo y sobre la vereda derecha⁠— la figura de un hombre de pie junto a un vehículo que parece una ambulancia negra.
Ese hombre es él. Y ese instante en que el tiempo se detuvo y los cuatro Beatles fueron atrapados entre las dos orillas de la calle fue uno de los momentos más importantes de su vida.
Forma recuerda haber pensado entonces que John tenía que ser más alto, que siempre le había parecido más alto en las fotos.
Hoy —en la tapa de Abbey Road frente a él, junto a su computadora⁠— John le parece más alto que lo que le pareció entonces.
Su familia es una familia rara; esto es lo que le interesa poner ahora por escrito.
Desde el principio de los tiempos —⁠desde que sus antepasados se preocuparon por sentar memoria pensando en aquellos que los recordarían en un futuro próximo o lejano⁠— los integrantes de su estirpe se dedicaron a decir presen te en voz baja, en los pequeños y grandes momentos de la historia. Eficientes extras en el más grande film de todos los tiempos.
Por eso tantas fotos, telarañas de recuerdos entretejiéndose hasta componer el más aluvional de los mosaicos.
Pasen y vean algunos episodios escogidos al azar:
* Una encendida versión francesa de su apellido bailando —⁠todos bailan, todos bailan⁠— sobre las piedras del puente de Avignon mientras, al fondo, el volcán de la Bastilla escupe fuego y libertad, igualdad, fraternidad.
* Un abuelo materno como segundo violín en la orquesta del Titanic. Valses optimistas mientras lo horizontal se hace vertical y descendente. Seguir tocando y tocando hasta alcanzar el frío fondo de las aguas.
* Un primo tercero desembarcando en las arenas de Normandía y otro primo todavía más lejano en Los Alamos, los ojos cubiertos por pesadas antiparras negras asistiendo al lumimnoso llanto de una Era Nuclear que acaba de nacer.
* Una vieja tía aficionada a la caza de perdices, una blanca madrugada en las colinas de Ketchum, escucha un disparo y ve a un hombre que huye por la ventana de una cabaña. Y, claro, Ernest Hemingway no se suicidó. Ernest Hemingway fue asesinado por un comando unipersonal de Irrealistas Virtuales que juraron vengar la memoria mártir de Francis Scott Fitzgerald.
* ¿Qué hacía su padre aquella mañana en Dallas? ¿Quién sabe? Lo cierto es que Forma Senior sí vio claramente el caño del rifle creciendo desde un arbusto. Grassy Knoll, noviembre 1963.
Así fue, así es y así será.
Por alguna extraña razón —que no tardó en convertirse en hobby compulsivo para Forma, en dictamen transmitido de generación en generación, junto con la humilde herencia de ese apellido que siempre escriben mal en las oficinas públicas⁠— se han visto obligados a ser parte de la Historia.
Forma recuerda que esa mañana, en Londres, se despertó azotado por aquel íntimo dolor de cabeza que su padre gustaba llamar «El Síntoma»: la inconfundible sensación de saberse próximo a involucrarse en uno de esos momentos trascendentes para la humanidad. Desayunó rápidamente y se zambulló en las calles de una ciudad complicada. Curvas y callejones y un río con giros de serpiente perversa. No sabía lo que buscaba pero estaba seguro de que no iba a demorar en encontrarlo.
Se detuvo a descansar bajo la sombra de un árbol de copa generosa. Se preguntó si valía la pena desplegar un mapa que no iba a entender.
Entonces los vio.
Cruzando la calle.
John & Paul & George & Ringo.
Uno tras otro; como si se persiguieran, como si se ignoraran, como si supieran que iban a llevar ese peso por largo tiempo.
Aquí viene el sol, recuerda haber pensado Forma. Y sonrió mostrando todos los dientes, a la cámara y a la Historia que ahora lo mecía en su regazo de siglos, junto a los suyos.
Sonrió —como ahora sonríe—, aquí y allá y en todas partes.