País Relato - Autores

roberto arneva

las «ratitas»

Estamos en la biblioteca, repasando. Mañana hay examen. Faltan apenas quince minutos para la hora de cierre y nos echarán. Claudia se aburría, lo he visto en sus miradas. Se lo sabe ya todo y seguro que mañana saca un diez… o más.
Por eso, porque se aburría, se ha desabrochado la camisa con todo el sigilo de un espía de la KGB y ha escondido la mano para tocarse los pezones hasta ponerlos duros. El sujetador debe llevarlo en la mochila porque al salir de clase lo llevaba puesto.
La miro de reojo. Ella se está mordiendo el labio inferior ahora y mira hacia abajo después de sacar la mano de debajo de la camisa. Mis ojos la siguen: se está levantando la falda. Puedo verle ya casi todo el muslo. Miro el reloj: menos diez, casi.
Deja caer el lápiz sobre la moqueta. Nuestras miradas se cruzan. Claudia aparta la silla y se agacha, supongo que para recogerlo. No, se arrodilla a mi lado y lleva las manos a la bragueta. Volvemos a mirarnos. Ella sonríe porque nota que se me ha puesto dura.
Un poco temeroso de ser descubiertos, dejo que baje la cremallera, desabroche el botón y aparte la tela para extraer la polla de su escondite. Cruzamos una última mirada antes de que agache la cabeza y se meta el glande entre los labios.
Claudia sabe hacerlo bien. Llevamos cuatro meses juntos y ya hemos follado varias veces, pero antes de eso quería saber de qué estaba hecho. Quería probar la mercancía, había dicho.
La miro subir y bajar la cabeza. No hace ruido. Mi polla palpita en su boca y no vamos a necesitar los apenas diez minutos que nos quedan. Si sigue jugando así con la lengua va a conseguirlo enseguida. Me conoce. Yo sé que cuando llegue el momento se la meterá hasta el fondo y succionará todo el semen, se lo tragará e irá sacándose la polla de la boca lentamente hasta dejarme seco y limpio.
Mi cuerpo se tensa y siento el pinchazo de la inevitable eyaculación. Entonces ella para, se saca la polla de la boca, le da un besito en la punta y vuelve a su silla. Yo la miro perplejo.
—¿Me vas a dejar así? —susurro.
Ella mira la hora en el móvil. Dos minutos para la hora de cierre.
—No hay más. No da tiempo. Además, estoy con la regla, me bajó ayer.
Su menstruación la sufrimos los dos, le dura cuatro o cinco días, pero los dos últimos apenas mancha. Por eso, en los días de más flujo, me tiene a dieta.
—Pero Claudia… —protesto.
—Vístete o te pillarán con la polla fuera.
Lo hago en un santiamén. Oímos el roce de los zapatos de la bibliotecaria sobre la moqueta.
—Me haré una paja… —amenazo.
—Y no te me acercarás en toda la semana, ni esta ni la que viene —responde ella cortándome la frase—. El sábado todo habrá vuelto a la normalidad. Ya sabes que me dura dos o tres días. Es posible que el viernes por la tarde podamos. —Se abrocha la camisa justo cuando doña Celia aparece ante nosotros.
—No tenéis prisa, por lo que veo.
—Tenemos un examen mañana —respondo.
—Pues tendréis que estudiar en casa, tengo que cerrar.
Sigo a Claudia hasta la calle. Caminamos unos metros y entonces se para junto a la marquesina del autobús, me sonríe y me da un beso. Un largo y húmedo beso en el que aprovecha para rozarme de nuevo el pantalón quizá para asegurarse de que la erección ha bajado. No me aparto.
—Eres un solete. Te quiero. —Me abraza y se aprieta contra mí antes de bajar la voz—. Ten paciencia. Si el viernes por la tarde aún no he terminado, te prometo que te la chupo.
—¿Y si has terminado?
—Me pongo el tanga ese que tanto te gusta…, te la chupo y follamos.
Me da otro beso. Acepto, claro, ¡qué remedio! Si me hago una paja ella lo sabrá. No sé cómo, pero lo notará. Claudia tiene a Christian para consolarse. Christian es su cepillo del pelo, que tiene un mango redondo y romo y, aunque es menos grueso que yo, parece que para una urgencia le vale. Lo llama así porque es lo que viene grabado en él, la marca o el modelo de cepillo. Como si le hubieran puesto ese nombre a propósito.
La dejo en el portal de su casa. Me despide con un beso y sigo hasta la mía. Nada más girar la esquina recibo un mensaje en el móvil. «Suerte mañana en el examen». Le contesto que lo mismo para ella. Me envía un beso y me dice que sea bueno.
El viernes quedo con los chicos de la pandilla, vamos a ir al centro comercial a cenar algo para celebrar que el examen del miércoles no fue una debacle, y el del jueves, que fue por sorpresa, tampoco.
Claudia aún está con sus días pero, como me lo había prometido, antes de irnos a casa al salir del instituto, me ha llevado al baño de chicos. Ha sido meternos en el excusado y ya se me había puesto dura. Me la ha chupado sentada en el inodoro. Me miraba y me lamía mientras yo me inclinaba para sobarle las tetas, que le gusta.
—Te juro que mañana follamos —me ha dicho mientras se relamía las comisuras—. Aunque sangre. Estoy hasta el moño de la puta regla. Tengo ganas de echar un polvo.
—¿Y Christian?
—Ni con esas. Tengo que hacerlo en la ducha. ¿Te imaginas que me follo a Christian en la cama y la pongo perdida de sangre? —Se recompuso la camiseta y el sujetador—. Parece una peli de terror, con toda la sangre escurriéndose hasta el desagüe. ¡Joder, eso le quita las ganas a cualquiera! ¿Tú follarías con toda la sangre por ahí, dejándolo todo hecho un asco? Bueno, tú a lo mejor sí.
—Tampoco te pases —le recrimino.
—Vale, perdona. Deben ser las hormonas. Te quiero.
Me da un beso, mira que no haya nadie en el pasillo y se larga. Hemos quedado para mañana sábado.
Estoy en la barra del bar y la veo aparecer con una camiseta holgada y una falda corta, esa plisada que cuando camina parece que se le van a ver las bragas. No lleva sujetador, las tetas no se le mueven mucho porque no las tiene muy grandes, pero se nota.
—¿Qué tal? —pregunta dándome un beso y regalándome una sonrisa—. ¿Y la cena de ayer?
—Bien —respondo encogiéndome de hombros—. Como siempre, ya los conoces. ¿Y tú?
Ella mira alrededor, me coge la mano y la lleva a las caderas para que vea que se ha puesto unas braguitas diminutas, un biquini. No se ha puesto el tanga ese que apenas tiene un triángulo de tela por delante y unas tirillas de algodón que parten de cada uno de los tres vértices y se juntan al final de la espalda en una especie de anilla. Ese que se pone tan pocas veces.
—Esta mañana aún goteaba algo. Nada que no pueda arreglarse con un salvaslip.
Asiento con la cabeza. Yo, con la mamada de ayer, ya estoy listo por el momento. Le pido una cerveza, una de esas que llevan el zumo de limón incorporado. Se la bebe de dos tragos. Se sienta junto a mí en otra banqueta y separa las rodillas. Nadie nos ve. Pide otro botellín. Bebe. Me coge la mano y la pone entre sus muslos. Sonríe. Yo muevo la mano arrastrando la falda. Ella separa más las piernas. Alcanzo la braguita y noto la pequeña pieza protectora. Ella cierra un poco las piernas entonces y me atrapa allí.
—¿Te gusta? —Asiento con la cabeza. Ella acerca su cabeza a la mía para hacerme una confidencia—. Llevo condones en el bolso. Hoy no te escapas. —No sé por qué dice eso. Yo nunca me escapo. Me aguanto las ganas hasta que ella me llama. Al menos puedo decir que nunca me hace esperar mucho—. He quedado con las chicas en casa de Sara. Les he dicho a mis padres que me quedaré con ella, que sus padres se han ido a la sierra. Mañana es el cumple de Olga y lo vamos a celebrar.
—No lo sabía.
—Ella pone el nido. Nosotras ponemos lo demás. Vamos, hay que pasar por el súper. Luego cogemos un taxi.
Ellas lo tienen todo planeado. Son las Ratitas. Las cuatro van al mismo instituto, las cuatro pertenecen a familias bien acomodadas y las cuatro tienen una pequeña silueta de Minnie Mouse tatuada, escondida bajo las bragas en un lugar que quedaría oculto si no se afeitaran el pubis por completo. Es su seña de identidad aunque solo lo sepamos nosotros seis. Nosotros, Luis y yo, somos los chicos que salen con Olga y Claudia. Sara y Remedios son lesbianas, todo el mundo lo sabe y a ellas les importa una mierda. Aún me acuerdo de aquella vez en que alguien las insultó llamándolas bolleras de mierda y ellas casi le sacan los ojos. Las dos. A ellas las llevaron a ver al director y al él, al hospital por si tenía algo roto en la cabeza.
Luis y yo no tenemos novia. Son Olga y Claudia las que tienen novio: nosotros. Está asumido y a todo el mundo le parece normal que las cosas sean así. Ya se encargan ellas de que se sepa quien manda y de que a nadie le importe por la cuenta que le trae. De alguna manera, las Ratitas son peligrosas. Nosotros estamos encantados.
Sara ha pedido comida al restaurante chino de confianza de la familia. Claudia y yo hemos llevado ginebra de color azul y ron del bueno; Olga y Luis los refrescos, y Reme el postre.
El repartidor es puntual. Menos mal porque ya nos habíamos tomado una copa y empezaba a hacer calor, que es la excusa que ponen siempre para que nos quitemos la ropa. Es como el disparo de salida. Una vez que estamos todos y solos, nos tomamos una copa y alguna de ellas dice que empieza a hacer calor. Entonces empiezan a volar los jerséis, las camisas, las camisetas, los pantalones, las faldas y los sujetadores… Y una vez que estamos en bragas y calzoncillos, ponemos la mesa y cenamos. Es un ritual de las Ratitas. Al principio Luis y yo nos empalmábamos enseguida pero ahora ya nos hemos acostumbrado a sus tetas desnudas y a sus pezones inflamados. Por lo menos así no nos manchábamos de salsa.
La tele está apagada, no nos hace falta y para la mierda que ponen… Con nuestra charla nos sobra. Cenamos con agua y refrescos, el alcohol ya vendrá luego. Repartimos con generosidad. Olga se ríe porque Sara ha metido las tetas en el plato al volver a sentarse.
—Toma una servilleta —le dice Olga a Sara.
—No hace falta —responde Reme.
Y se lanza a lamer los pezones manchados de salsa de su novia. Sara suelta una carcajada.
—Le encanta comerme las tetas, ya lo sabéis.
—¡Y si encima tienen salsa…!
Se dan un beso cuando la lengua de Reme ha terminado.
Hablamos del instituto, de los exámenes, de los otros chicos y chicas, y de los profesores, claro. No dejamos a uno sano, todos tienen algo de lo que hablar. El último cotilleo es que la profesora de Educación Física, que está como un queso según Luis, lo que le cuesta un suave golpe con el puño en el hombro por parte de Olga, está embarazada del de Filosofía, que el otro día la vieron vomitando.
—La que esta preñada es la madre de Mamen. El bebé se llevará casi dieciocho años con su hermana —suelta Reme una vez que la tarta está encima de la mesa.
—¡Joder, qué marrón!
—Lo peor no es eso, lo peor es que dicen que no es de su marido sino de otro, porque él se hizo la vasectomía hace unos años.
—¡Uyuyui! —exclama Sara.
—¡Bah, serán habladurías!
—Pásame el plato, que te pongo un buen trozo.
Después de recoger la mesa y ponerlo todo en el lavaplatos, nos hacemos café. Claudia me mira. Yo sé lo que le pasa. Sara pone música y se lleva a Reme a bailar. Sus pechos se juntan y se besan. Nos servimos una copa. Olga y Luis se juntan con las dos bailarinas. Claudia se bebe la ginebra de un trago.
—Nosotros nos vamos a la cama.
Los demás nos miran. Yo sonrío y miro a Claudia.
—Vamos a echar un polvo, ¿pasa algo? —responde ella a las miradas de sus amigas.
—Pues que usted lo pase bien.
—Ha estado con la regla —susurro yo siguiéndola.
—Pues prepárate —responde Olga.
Cuando entro en el dormitorio, ella ya se ha quitado las bragas y me las lanza a la cara. El salvaslip se desprende y sale volando en otra dirección. Me aborda y yo me dejo abordar. Nos besamos.
—Quiero comerte la polla.
—¡Joder!
—Eso, también, pero ahora se dice follar.
Me quita los calzoncillos de un tirón y me ataca como si fuera una leona. Lo es. Me devora la polla hasta que la ve dura. Creo que tiene más ganas que yo. Me tira en la cama, me pone un condón y se pone encima. En un segundo la tiene dentro. Mueve las caderas. Me cabalga lentamente. Yo la dejo hacer. ¡Me gusta tanto! ¡Se está bien ahí dentro, calentito y suave! Sus movimientos se vuelven espasmódicos y erráticos cuando se corre. Da un gritito y se deja caer encima de mí, empapándome los huevos abundantemente.
—Te quiero, chaval —me dice al oído.
Yo estoy duro como una piedra dentro de ella. Noto sus latidos y las contracciones de la vagina provocándome. Aprieto los dientes, si me corro ahora me mata. Me relajo. Se quita de encima, me quita el condón, que está un poco manchado como de color rosa, y se amorra a la polla.
—No te corras aún, ¿eh? —advierte.
Yo hago un gesto negativo con la cabeza y dejo que me devore. Me retuerzo de placer. Ella me mira, sonríe y vuelve a la carga.
—Te encanta que te chupe la polla, ¿a que sí? —pregunta torturándome lentamente con la mano—. Espera un poco, cálmate, quiero que me folles otra vez.
Entonces, como por hacer algo, llevo los dedos a la vulva y le acaricio el clítoris lentamente. Ese botoncito es el que se pulsa para abrir todas las puertas. Claudia se retuerce, me da un beso y se pone bocarriba con las piernas abiertas y las rodillas flexionadas.
—Métete dentro. Fóllame a lo bestia —me pide dándome otro condón.
—¿Y si me corro?
—Mala suerte.
Empujo fuerte. Ella gime con el primer empujón y deja que yo embista una y otra vez. Su abundante lubricación y el látex me ayudan a aguantar más. Nos agitamos en la cama. Entonces se abre una pequeña rendija en la puerta. Miro, es Olga. No me detengo. Claudia tiene los ojos cerrados y no se entera de que su amiga nos está mirando. Claudia se agita con otro orgasmo. Seguro que se manchan las sábanas. Abre los ojos, me quita el condón y se mete la polla en la boca justo unos segundos antes de que yo llegue al clímax. Me corro en su boca, se lo traga todo y entonces se da cuenta de que su amiga nos está mirando.
—Cotilla, ¿quieres follar? ¿Y Luis? Anda, pasa.
—Vomitando en el baño.
En las sábanas hay una enorme mancha de humedad de color rosa y un par de condones. Los anudo y los lanzo a la mesilla. Le hacemos sitio en la cama. Claudia da unas palmaditas entre nosotros para decirle donde quiere que se ponga.
—Reme y Sara están comiéndose la una a la otra. Le he dicho a Luis que se vaya a dormir solo.
—Quítate las bragas para que Sergio te coma el coño. —Me mira y yo me encojo de hombros—. Seguro que no le importa y yo aún sangro un poco.
—Por eso tenías tantas ganas, ratita —dice la otra lanzando las bragas al suelo.
Separa las piernas y me muestra el tatuaje, prácticamente idéntico al de Claudia.
—Sois unas guarrillas.
—Y tú, un mamoncete. El coño de Olga te espera.
Me lanzo a él. Ella me acaricia la cabeza mientras la lengua trabaja en su húmeda grieta. Se abre otra vez la puerta. ¡Joder, esto parece una estación de metro! Es Luis. Nos mira con los ojos entrecerrados, tambaleándose. Claudia corretea hasta la puerta, le hace pasar y se pone detrás de él. Mete la mano en el bóxer y le saca la polla. Empieza a masturbarle lentamente mientras yo continuo comiéndole el coño a su novia.
—¿Ves lo que pasa si bebes demasiado? Que a tu novia se la folla otro porque no se te pone dura.
Olga le mira como si le estuviese culpando de que sea yo y no él quien tenga la lengua en su clítoris. Claudia consigue que poco a poco se vaya despertando. Se moja la mano, pero no se la quiere chupar.
—¿Te la follas tú o lo hace Sergio? Conmigo ya ha follado, pero…
Luis se encoge de hombros. Olga lo mira, se levanta y se pone a cuatro patas ofreciéndome le culo. Los miro, de pie junto a la cama. La mano de Claudia sigue subiendo y bajando por el tronco casi erecto por completo de Luis. Con la otra mano se está acariciando. Me pongo otro condón y me meto dentro de Olga. Sin embargo, es ella la que se mueve. Claudia y Luis se acercan. Ella me besa y yo llevo la mano a su entrepierna.
Al cabo de un rato, mientras yo amaso las nalgas de Olga y soy ahora el que empuja arrancándole gemidos, Claudia le pone un condón a Luis. Cruzamos las miradas. Me salgo y le hago sitio. Luis se pone en mi lugar y la penetra de un golpe. Claudia ya se ha puesto de rodillas, se apoya en la cama y ahora yo se la meto a ella. Estamos follando los cuatro en la misma cama, cada uno con su pareja. Huele a sexo y se oyen solo jadeos y gemidos.
Olga se corre y se deja caer en la cama, con la respiración acelerada.
—Déjale a Luis.
Me quito. Luis ocupa mi lugar. Se mete dentro de Claudia y empuja con fuerza. Olga me hace una seña. Voy a su lado, me quita el condón y empieza a chuparme la polla.
—En la boca no, ¿eh?, en las tetas —me advierte.
A Luis le cuesta concentrarse. El alcohol. Cuando por fin consigue correrse y se sale, veo que Claudia se está acariciando con los dedos. Nos miramos. Casi al mismo tiempo que ella consigue su orgasmo salpico la cara y el torso de Olga con mi semen. Ella suelta un gritito de sorpresa, me coge la polla y me termina de ordeñar con la mano.
Caemos los cuatro rendidos. Luis no tarda en dormirse. Olga le da un beso a su amiga y otro a mí.
—Quédate aquí con él. Nos vamos nosotros a la otra habitación.
Al salir vemos que Sara y Reme están dormidas en el sofá, acurrucadas la una junto a la otra. Nos acostamos. Claudia me abraza.
—No te ha importado follar con Olga, ¿verdad?
—Tú también lo has hecho con Luis, ¿no? ¿Por qué me iba a importar? —respondo yo encogiéndome de hombros, aceptando la situación.
—Somos las Ratitas, lo compartimos todo.
—¿Todo? ¿A Sara y a Reme también?
—Alguna vez. Pero de ellas olvidaos. Que yo sepa, no les gustan los tíos. ¿Follarías tú con Luis?
—Supongo que no.
—Pues eso.
Amanece muy tarde. El sol ya lleva un buen camino recorrido. Sara y Reme han estado trajinando y recogiendo cosas cuando salgo al salón para ir al baño. Vuelvo al dormitorio donde tuvimos anoche la escaramuza y busco mis calzoncillos y las bragas de Claudia.
—¿Habéis dormido bien?
—Muy bien, gracias. ¿Os ayudo a algo?
—Ya está todo hecho. ¿Echamos una partida mientras esos holgazanes se despiertan?
Enciende la consola y matamos el rato. Sara y Reme son preciosas y se me pone dura enseguida. Ellas se dan cuenta.
—¿No tuviste bastante anoche?
—Nunca tengo bastante.
Seguimos con la partida. Ellas me ganan por goleada.
—¿Nunca le has hecho una paja a un chico, Sara? —Yo las miro. ¿Quieren lo que creo que quieren? Sara dice que no con la cabeza—. No creo que a Claudia le importe, ¿no? No es como follar. ¿A ti te importa?
Pongo los brazos en cruz sobre el respaldo del sofá y dejo que me saquen la polla y me masturben lentamente.
—Se pone enorme, mira. ¡Qué monstruosidad!
Para no haber hecho nunca una paja no lo hacen mal. A lo mejor Reme tiene algo de experiencia. Yo he alargado las manos y las he metido dentro de sus bragas. Las acaricio tan lentamente como ellas a mí.
—Puedes meterme el dedo si quieres —me dice Reme de repente—, pero solo a mí. A Sara, no.
—Si quieres te meto la polla.
—No, solo un dedo… o dos.
Consigo que Reme se corra, empapándome la mano. Entonces me concentro en Sara. Ella deja que su amante siga con sus evoluciones sobre mi polla y cuando veo que le llega el orgasmo las abandono en favor de mí mismo. Ellas me miran mover la mano frenéticamente sobre la polla hasta que brotan varios borbotones sobre mi abdomen. Reme coge el semen con los dedos, evalúa su textura frotándolo entre el pulgar y el indice, lo huele, se lo lleva la lengua y hace una mueca.
—No sé como hacen para tragárselo —concluye al fin ofreciéndole el dedo a Sara para que lo pruebe.
—Cuestión de gustos, supongo —dice Sara después de probarlo—. Un poco amargo, pero no sabe mal.
Seguimos con la partida en la consola. Otra vez quedo el último. Sale Claudia en bragas y va directamente al baño, sin decir ni buenos días. Al volver nos da un tierno beso a cada uno.
—Habrá que cambiar las sábanas de aquella habitación.
—Luego, cuando salgan los dos tortolitos.
—Luis no debió beber tanto.
—Hubo que animarle un poco, pero al final cumplió, ¿verdad?
—Verdad —corroboro yo.
Claudia llama a su casa. Les cuenta un montón de mentiras y nos guiña un ojo. En estos casos yo tengo que mantenerme en silencio para que nadie descubra que hay chicos en la casa. Se supone que están Sara y ella, como mucho Olga o Reme, pero chicos no.
Echamos otra partida. Por fin aparecen los dos amantes. La cara de Luis parece un cromo. Anuncian que se van a la ducha y Sara va a darles toallas limpias.
Preparamos una enorme ensalada para comer, con espárragos, tomate, atún y un montón más de cosas que casi no dejan ver la lechuga mientras Olga y Luis arreglan el campo de batalla del dormitorio y ella llama a sus padres también. Está deliciosa. La ponemos en medio de la mesa y comemos todos de la misma enorme fuente.
Para cuando terminamos ya se ha hecho la hora de irnos a casa. Nos vestimos con desgana y en las caras se nota que ya tenemos ganas de pasar otro fin de semana como este. Repartimos besos a destajo y nos vamos. Dejo a Claudia en el portal de su casa con un beso pequeñito. Ya nos hemos dado muchos y estamos un poco saturados.
El martes, a media mañana, se oye la megafonía del instituto. Llaman a Claudia para que vaya a ver la director. Ahora mismo no puede porque está a punto de tener un orgasmo, con el top por debajo de las tetas como si fuera una faja, subiendo y bajando sobre mi regazo. Las bragas están colgadas de la percha que hay detrás de la puerta y su vulva chapotea cada vez que desciende sobre mi polla y se la mete bien adentro. Con su frenesí, rodeándome el cuello con los brazos, apenas puedo ya jugar con los pezones, no me deja y me tengo que contentar con ayudarle a subir y bajar con mis manos en sus nalgas.
—Te llaman.
—Que le den.
Por fin se corre. Se agarra a mí, me abraza y busca mi boca.
—Ahora, tú.
—Sigue moviéndote un poco más.
—¿Te la chupo?
—No. Así está bien.
Lo hace. Noto sus contracciones mientras mueve las caderas y me lleva al clímax. Me estremezco dentro de Claudia, ella me abraza. Permanecemos en silencio unos segundos.
—Deberías ir a ver al director.
—Estoy muy bien así. Espera que se afloje un poco.
Cuando sucede, cuando empiezo a perder la erección, Claudia se levanta con decisión, se limpia con papel higiénico, se pone el top en su sitio con rapidez, me da un beso, se alisa la falda y se va dejándome a mí allí para que me apañe como pueda. Estoy en el baño de las chicas. Oigo el ruido de una cisterna. Me quito el condón y me visto. ¡Joder, Claudia se ha ido sin bragas! Me las guardo en el bolsillo del vaquero. Escucho. Al salir del excusado entra una chica al baño. Se me queda mirando. Paso a su lado sin decir nada pero ella sí se percata de que he tirado el condón en el cubo de la basura.
Espero en la puerta del director a que ella salga. Se ve la silueta de alguien más dentro. Espero unos minutos. No salen. Me tengo que ir a clase. Al final de la última clase, antes de irnos para casa, solemos esperarnos. Le daré las bragas entonces.
Cuando la veo, está con Sara y Reme, que van de la mano. Me acerco y saludo. Ella me roza los labios.
—Te has dejado…
—¿Las has cogido tú? Dámelas.
Se las doy. Ella las guarda en su mochila y las otras dos se miran y sonríen.
—Debe haber un lío de la hostia. Había una policía con el director. Algo de prostitución o yo qué sé. Me han preguntado por nosotras, por las Ratitas.
—¿Y qué les has dicho?
—Que estaba follando contigo cuando me han llamado y casi me cortan el rollo.
—¡Hala, qué bruta!
—¡Que no, joder! Me han preguntado que era eso de las Ratitas. Les he dicho que somos nosotras cuatro, que no es ningún secreto y que empezaron a llamarnos así en la ESO. Que somos amigas y ya está. La policía no sé si se lo creía, me ha preguntado que qué haría falta para ser una Ratita.
—¿Qué le has dicho?
—Pues que tendría que ser amiga nuestra, eso lo primero… Y que tiene que tener por lo menos tres sobresalientes en el primer trimestre. Eso lo tenemos todas. Se me ha ocurrido así, sin pensar.
—¿Nada más?
—Nada más. ¿A ellos qué coño les importa si nos afeitamos el coño o nos hacemos un tatuaje de la Minnie?
—¿No te han preguntado por Sergio?
—No. El director sabe, o debe saber, que es mi novio. Punto. Igual que Luis sale con Olga. ¡Como si fuéramos las únicas que salimos con chicos!
Por la tarde hay más mensajería. Olga dice que es que habían pillado a unas de otro instituto prostituyéndose y la policía indagaba entre las pandillas por si había algo más. Y claro, como las Ratitas eran demasiado populares en el nuestro… Reme dice que, en cuanto se den cuenta de quiénes son sus padres, verán que lo de prostituirse es un gilipollez para ellas. Claudia les dice que a lo mejor las tías esas también tienen pelas y se prostituían por vicio. Ella sí que es una viciosa, le dicen, que cualquier día nos van a pillar dale que te pego.
«Mientras no follemos en clase o en el patio a la vista de todos, ¿a ellos qué más les da? En ningún sitio dice que no se pueda echar un polvo en el instituto» —se defiende.
«Ya, ya, pero se montaría una gorda».
«Llamarían a tus padres» —advierte Sara.
«Mi madre ya lo sabe. No le cogería de sorpresa. Le he dicho que estoy harta de condones y que quiero pastillas algo así. Lo que diga el gine».
«¡Hostias, qué morro!» —exclama Olga.
«También ellos follan» —declara Reme—. «Mi madre tiene un vibrador y a veces los he oído».
Luis y yo estamos en el grupo de la aplicación de mensajería, pero apenas participamos.
«Te lo tienes que traer un finde, para probar».
—Vosotras tenéis a Sergio y a Luis. Ya os vale. Pero bueno, si puedo… Pero no prometo nada.
Al día siguiente llaman a Sara y a Reme. No hay coches patrulla en la calle. Tampoco hay contradicciones. Son una pandilla cerrada de cuatro chicas y se acabó.
El ambiente se calma poco a poco. Las aguas parecen volver a su cauce aunque a nosotros nos dé lo mismo. Hemos celebrado un par más de fines de semana locos en casa de Sara. En el último, Reme se trajo el vibrador y lo probaron las cuatro. Aquello parecía una orgía romana con Sara follándose a las otras tres mientras ellas nos comían la polla. Sara aún es virgen pero Reme le dice que ella se encargará de eso.
Es viernes y Claudia me lleva de la mano hacia los baños. Oímos voces al llegar a la puerta. ¿Ha pasado algo? La jefe de estudios sale con una chica que se llama Juliana, es de segundo de bachillerato y sale con un tal Jorge.
—Su novio le ha pegado —susurra alguien al vernos llegar—, se lo ha llevado la policía.
Creo que hoy no habrá sexo. Claudia se va a pasar el fin de semana de viaje con sus padres. Me equivocó. Me arrastra por medio Centro, subimos escaleras corriendo y las voces se apagan. Está todo el mundo en clase de nuevo y nuestro profesor no ha venido. Mueve la manilla de algunas puertas del piso superior. Entramos en la primera que se abre. Hay muebles viejo amontonados y mucho polvo… Y más que habrá.
Claudia se quita las bragas y se sienta en una mesa. Abre bien las piernas y no necesito indicaciones. Como no encuentro dónde sentarme, me agachó y me meto entre sus muslos para darle un repaso con las lengua.
—Mete un dedo —pide cuando le parece poco que le castigue el clítoris con la lengua.
Le meto dos. Ella se apoya con los codos en la mesa y echa la cabeza para atrás. Yo le como el coño hasta que se corre. Me levanto, me saco la polla y la entierro en ella con fuerza. Nos miramos. A Claudia le gusta más follar sin condón. A mí me da igual, mientras que follemos… Pero soy con el único que lo hace así. Luis sí que se lo pone y yo, solo cuando lo hago con Olga.
—¿Dónde lo quieres?
—Me gusta dentro, pero córrete donde quieras.
Suelto todo el semen encima de Minnie Mouse y se la vuelvo a meter, moviéndome despacito hasta que pierde rigidez.
Ya en clase de nuevo, Sara y Reme nos guiñan un ojo. Claudia les lanza un beso. Olga se muerde el labio inferior, seguro que está cachonda solo de pensar que venimos de follar. Mira a Luis.
—Aún os da tiempo hasta que suene la campana —les susurra Claudia—. Arriba, en el desván, la puerta que tiene la manilla medio rota, al fondo del pasillo a la izquierda. Luis mira el reloj. Olga sonríe y se levanta. Luis busca en la mochila y corre tras ella. Nos miramos, tienen casi media hora para ellos solos.
Claudia me coge de la mano. Es una tigresa que necesita sexo cada poco y me lleva de cabeza. No hace falta que me diga nada porque sé que el lunes estaremos juntos otra vez. Lo haremos como ella quiera y cuando a ella le apetezca, pero lo haremos. Si no es en el instituto, será en la estación de autobuses, que no queda lejos. O en su casa, si su madre no ha llegado aún del trabajo.
—Pórtate bien, ¿eh? —advierte.
—Prometido.
¡Lo sabía, lo sabía! Me tiene en vilo toda la mañana. La busco y me ignora porque tiene mucho de lo que hablar con Olga y las demás. Luego, a la salida, me coge de la mano antes de llegar a su portal. Por el camino me ha ido contando lo que ha hecho el fin de semana y los sitios a los que ha ido con sus padres.
—¿Subes?
—¿A tu casa?
—Estaremos solos. Llevo todo el finde y toda la mañana pensando en ti.
—Mentirosa —acuso yo.
Ella sonríe y yo la sigo como un tonto. El ascensor no tiene cámaras, eso es cosa de las películas. Se cuelga de mi cuello y nos besamos. Las mochilas caen al suelo con un ruido como de tambor. Noto una mano, la suya, en la bragueta. Me acaricia pero la máquina se para antes de que mi erección sea completa.
Entramos en su casa. Es grande, espaciosa y huele a dinero. Me lleva directamente a su cuarto. Nunca había estado allí, claro, y me sorprende ver muñecos de peluche y almohadas de color rosa con encajes. Todavía parece el dormitorio de una niña pequeña con una enorme cama.
Claudia se sienta en el borde y me lleva junto a ella para desabrochar el pantalón. Me saca la polla y se la lleva a la boca. Entonces suena la puerta de la casa.
—¡Hola! ¿Claudia?
Es su madre. Me guardo mis cosas dentro del pantalón en un instante.
—Sí, mamá, estamos aquí.
Su madre se asoma.
—¡Hola!
—Hola, mamá. Vienes pronto, ¿no? —La madre de Claudia se me queda mirando de arriba abajo, como si buscase algo—. ¡Ah! Este es Sergio. Me tiene que explicar unas cosas de mates que no pillo.
—¿Sergio? —pregunta—. ¡Ah, Sergio! Ya era hora de que me lo presentaras, hija —la reprende.
—¡Mamá! —se queja Claudia.
—Encantado de conocerla, señora.
Le tiendo la mano y ella me la estrecha con prisas.
—Yo también me alegro. Oye, os tengo que dejar, que he salido antes porque tengo que ir a hacer un recado y necesitaba unos papeles.
—Vale —responde Claudia sacando libros y papeles de su mochila.
—Portaos bien.
—Sí, mamá.
Oigo la puerta de la casa otra vez y Claudia se olvida de lo que ha esparcido por encima de la cama. Se sienta y pretende continuar con aquello que nos ha llevado allí. Me desabrocha otra vez el pantalón.
—¿Y si vuelve?
—Tardará por lo menos media hora.
—Pero… Ha dicho que nos portemos bien.
—Pues pórtate bien tú, pero conmigo.
No hay nada que discutir. Claudia levanta el culo y se quita las bragas antes de cogerme la polla y llevársela a la boca.
—¡Joder, Claudia!
—Te gusta que te la chupe, ya lo sé.
—No, si lo que me preocupa…
—Tú, confía en mí, ¿vale? Mi madre tardará por lo menos media hora. Puede que más.
Mi polla ya está a punto, por eso Claudia se da la vuelta, se arrodilla en el borde de la cama y de agacha para ofrecerme el culo.
—Venga, te toca.
Levanto la falda. Hoy lleva medias porque aún hace algo de frío por las mañanas. Acerco el glande y le incrusto la polla suavemente en la vagina.
—¡Hmmm, la echaba de menos! —susurra ella.
—Solo han pasado dos días.
—Casi tres.
Me agarro a las nalgas y empujo con suavidad. Si no hay prisa, follaremos despacito. La vulva se va humedeciendo a medida que pasan los minutos. Veo que ella se ha llevado los dedos al clítoris. Quiere más.
De repente se oye la cerradura otra vez. ¡Joder! Claudia da un salto y se sienta en la cama, con el cuaderno de apuntes de mates en el regazo. Sacude la cabeza para quitarse el rubor.
—¡Ya estoy de vuelta!
A mí me viene justo para guardarme la polla en el pantalón y me siento junto al escritorio antes de que se abra la puerta.
—¿Y no podríamos hacer los ejercicios juntos? —pregunta Claudia antes de mirar la cara de su madre en la puerta.
—No. Ya te he dicho cómo se hacen. Si los hacemos juntos no te cuesta esfuerzo. Y si no te cuesta esfuerzo, no aprendes igual.
Su madre sonríe porque sabe que tengo razón. Aún no sé cómo no se ha dado cuenta de que su hija va de nueve y pico en matemáticas y no necesita mi ayuda. Soy yo el que la necesito de ella la mayoría de las veces. La madre de Claudia desaparece.
—Me voy. Tengo que terminar el trabajo.
Lo digo porque sé que su madre aún nos está escuchando. Claudia se levanta y mira las bragas que estaba ocultando sentándose encima. Sonríe. «Lo siento», dice sin pronunciar palabra, moviendo solo los labios. Yo pongo gesto de fastidio y de «¿Ves, te lo dije».
Me acompaña hasta la puerta.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana, Claudia.
Se asegura de que no nos ven y me da un besito en los labios.
Camino hasta casa con dolor de huevos. Suena el móvil. Es ella. Un mensaje.
«Lo siento».
«Vale, no pasa nada».
«Mañana te compenso».
«¿Mañana?».
Tarda unos segundos en responder, como si estuviera pensando.
«Quedaré con Sara cuando acabe las tareas. Ya te aviso».
Me envía otro mensaje tres horas después. Claudia ha quedado con Sara en un parque cercano. Cuando llego, Claudia está aún sola. Entre ellas se cubren las espaldas. Nos saludamos con un beso y nos reímos por el suceso de su casa. Bueno, ella se ríe.
Me lleva por entre los árboles cogidos de la mano. Nos sentamos en un banco que conocemos bien porque está bastante oculto.
—Ya sabes que no me gusta que te hagas pajas —me dice tras un tórrido beso, con la mano en mi bragueta—. Prefiero hacértelas yo.
Ya Tiene la polla en la boca. Yo respondo al instante con una erección. Se levanta. Mira a su alrededor y se quita las bragas con la mayor discreción. Luego se da la vuelta dándome la espalda. Al mismo tiempo yo arrastro los pantalones hasta los tobillos. Coge la polla y la apunta a su entrepierna antes de descender sobre mi regazo. Se mueve conmigo dentro y ronronea de gusto.
Llevo una mano a su pubis por debajo de la falda. Ella separa las piernas un poco más y me deja alcanzar el clítoris. Con la otra le amaso un pecho.
—¡Oh, así, sí! ¡Hmmm! ¿Ves cómo estoy?
—Muy mojada.
—Mucho. Ya sabes que me mojo mucho cuando… me corro.
—Te queda poco.
—Muy poco.
Nos mojamos los dos con su orgasmo y yo no tardo nada en descargar. Apoya la espalda en mi torso y me sujeta la mano que tengo en su vulva para que me quede quieto.
Saco un paquete de pañuelos cuando Claudia se levanta, y nos arreglamos la ropa. Luego se sienta en mi regazo y me besa.
—Por fin. Me encanta follar contigo, Sergio.
—Lo que te gusta es follar.
—Pero contigo, mejor. Lo que no me gusta es follar a toda prisa.
—Hoy casi nos pillan.
—Nos podrían pillar cualquier día, Sergio, en cualquier sito. Aquí mismo. Y no podemos irnos a un hotel.
—Al menos, de cuando en cuando, los padres de Sara la dejan sola en casa.
—¿Te gustó follar con Olga? —me suelta de golpe como si ella y yo estuviéramos a todas horas haciéndolo y solo lo hicimos aquel fin de semana en casa de Sara.
—Te podría hacer la misma pregunta con Luis.
—Vale. Lo hicimos. Fue un juego y lo pasamos bien.
—Eso.
—Era la primera vez que compartíamos novios.
—Dijiste que las Ratitas lo compartíais todo.
—Pero los novios no los habíamos compartido aún.
Mientras hablábamos, he metido una mano por debajo de la sudadera, he apartado el sujetador y estoy jugando con su pezón, que sigue duro. Claudia se muerde el labio.
—Me gusta que juegues así. —Levanta la prenda—. Chúpalo.
Lo hago. Llevo la mano a la rodilla. Ella separa las piernas. Sé lo que quiere.
Aún está pegajosa bajo las bragas. Enseguida se humedece otra vez. Mi polla se endurece de nuevo y ella lo nota. Se recoloca en mi regazo y deja que la masturbe mientras le chupo el pezón.
De repente, se estremece y cierra las piernas. Me aparta del pecho y se pone bien la ropa y el sostén. Se quita de encima, echa un último vistazo y se agacha para sacarme la polla y chupármela hasta que me corro en su boca.
Volvemos al parque. Claudia había quedado con Sara, pero un poco más tarde de lo que había dicho. Le cuenta lo que nos ha pasado en su casa. Sara suelta una carcajada.
—Así que teníamos una tarea pendiente —concluye.
Las dejo solas y me voy a mi casa. Planean algo, seguro.
Otro fin de semana loco organizado por las Ratitas en casa de Sara. Con sorpresa.
La sorpresa consiste en que todas van vestidas con la las mismas braguitas: Unos tangas minúsculos que no ocultan nada. A nosotros nos dan otro tanga que será del todo insuficiente como se nos ponga dura, que lo hará. Se han pintado las areolas de los pezones y en ombligo como si fueran flores.
Esta vez la madre de Sara ha dejado canelones hechos para que no tengamos nada más que ponerlos en el horno. En teoría es para que cenen ellas cuatro, pero donde cenan cuatro, cenan seis.
Ponemos la mesa y nos sentamos. Sara trae la bandeja con mucha ceremonia, moviendo el culo. Nuestras conversaciones no se salen nunca del cotilleo. Ya sea por el instituto o por los compañeros y compañeras. Hemos abierto una botella de vino blanco de aguja muy frío. La botella se acaba.
—Hay otra más… si queréis.
Aceptamos. Los canelones están deliciosos. La segunda botella de vino cae. Para postre hemos traído yogures con trocitos de fruta. No es nada extraordinario, pero nos gustan a todos. Luego hacemos café y Sara saca una caja de galletas surtidas.
—Habíamos pensado jugar a que hoy no folla nadie —dice Olga.
—Un minuto de sexo oral —explica Reme—. A sorteo.
Se supone que pondremos papelitos plegados con el nombre de cada uno, cogeremos una por turnos y los demás tenemos que ver cómo le hace sexo oral a quien ponga en él.
—¿Y si sale la de uno mismo? —pregunta Luis.
—Que se haga una paja.
—Que saque otra boleta.
—No, no me convence. Yo no soy gay y no voy a chuparle la polla a Sergio si me sale su boleta.
—Tampoco yo soy lesbiana y si me sale la boleta de una de las chicas… —responde Claudia encogiéndose de hombros como aceptando la apuesta.
—Yo sí lo soy. ¿Y si me sale chupártela a ti? —continúa Sara.
—Haced lo que os dé la gana. —Mueve las manos para indicar que no hay vuelta atrás—. Yo no se la chupo a Sergio.
—Pues yo a ti, tampoco —respondo.
—Sois unos aguafiestas.
Luis se encogió de hombros.
—Bueno, entonces nosotras jugamos y vosotros miráis —concluye Reme.
Nadie responde a eso. Reme prepara los papelitos las pone en un plato de postre y lo agita para hacer el sorteo más espectacular.
La primera en probar suerte es Claudia. Hace teatro y desenvolver el papelito y muestra el contenido: Reme. Esta aparta la silla de la mesa con una sonrisa y separa las piernas todo lo que puede mientras espera. Claudia baja hasta el suelo y gatea hasta ponerse entre las piernas de su amiga. Reme aparta el trozo de tela de la braguita que le oculta la vulva y observa, todos observamos, como Claudia lleva la lengua a su objetivo. Reme cierra los ojos y se deja lamer hasta que alguien dice que ya, que el minuto ha pasado.
Mi tanga está que explota, no puede ya retener la erección. Olga saca el nombre de Claudia y hace como ella, gatea y le dedica un lento minuto. Luego le toca a Reme, que saca de nuevo la boleta de Claudia y le devuelve el favor. A Sara le toca en suerte la vulva de Reme.
Para la segunda ronda, Luis y yo ya estamos masturbándonos lentamente mientras vemos a las chicas lamiéndose entre ellas y gimiendo. Cuando acaban me doy cuenta de que nos miran de reojo. Me da que no van tardar mucho en hartarse del juego porque están muy, pero que muy excitadas las cuatro.
Por eso no me extraña nada ver a Sara sujetar la cabeza de Claudia tras su minuto para que las otras no la aparten.
—¡No, no, no…! ¡Un poco más, un poquito más, por favor! —ruega.
—Se acabó el minuto —ríe Olga.
Por suerte para Sara, a Olga le toca también su papelito y con cierta desesperación le urge a terminar lo que Sara ha dejado a medias. Sara se arquea en la silla y se corre entre jadeos mojándole el mentón.
—¡Oh, dios, sí, sí, sí! —Se corre por fin.
—Yo ya tengo suficiente de esto, chicas —anuncia Claudia mientras Sara se deja caer en los brazos de Reme.
Se besan y se abrazan. Claudia se acerca a mí, me coge la polla y se la mete en la boca. La moja bien mojada y luego se pone a horcajadas sobre mi abdomen. La sujeta con la mano y se la mete lentamente.
—Como te corras, te mato —me advierte.
Nos besamos. Arremeto contra sus tetas, se las muerdo y chupo los pezones. Claudia se mueve lentamente sobre mi polla y enseguida se corre. Se da la vuelta cuando Reme, que se ha acercado a nosotros, le da un beso en el cuello.
—¿Me dejas probar?
Claudia me mira y sonríe. Yo me encojo de hombros. Se aparta y le deja el sitio a su amiga. Noto la vulva de Reme frotándose con toda la longitud de mi polla a lo largo de su grieta. Tiene los brazos en mi cuello y mueve las caderas. A lo mejor solo quiere frotarse conmigo, pero me tiene ya a tope. Llevo las manos a sus pechos. Los estrujo y tiro de los pezones hasta casi hacerle daño. Ella me mira.
Entonces se alza un poco y las manos de Claudia manipulan mi erección. Me está poniendo un condón. Claudia encaja el glande en la entrada de Reme y ella se abraza a mí mientras desciende metiéndose la polla hasta el fondo lentamente.
Sara se ha acercado. Se agacha y le da un largo beso cuando su amante gira la cabeza hacia ella. Reme es más estrecha que Claudia. Poco a poco va cogiendo ritmo. Yo no voy a poder aguantar mucho más y se lo digo. Entonces se para conmigo dentro. Una mano, la de Sara, que ya andaba manoseándole las tetas, se cuela entre nuestros cuerpos y llega al clítoris. Entonces, vuelve a moverse arriba y abajo. Los dedos de Sara la aceleran y la llevan al orgasmo. Se besan. La situación es insoportable y me dejo llevar con un gruñido. A nuestro lado Olga está encima de Luis, cabalgándolo.
Nos quedamos quietos mientras se calman los temblores del orgasmo. Sara abraza a Reme con ternura.
—Deberías probarlo, cariño, en serio.
Los tres nos giramos al oír a Olga y a Luis alcanzar su clímax. Del punto de unión entre ambos suena un chapoteo. Ella se deja caer.
—Algún día, algún día —le promete.
Recuerdo que Sara aún no ha estado nunca con un chico, ella es lesbiana y no le llaman. Según me dijo Claudia, Reme sin embargo, antes de salir con ella, salió con un tipo que no la trataba bien. A lo mejor por eso se hizo lesbiana pero sin renunciar del todo a los chicos.
La casa tiene dos baños y vamos desfilando por turnos. Tomamos un par de copas más y me visto. Ya saben que hoy no tengo coartada y debo volver a casa aunque sea tarde. Claudia se queda, dormirá con Olga y Luis y seguramente acabará follando con él.
Me acompaña hasta la puerta. Me da un beso. Quedo en acudir al día siguiente para comer con ellos, con eso no hay problema.
—¿Verdad que no te importa?
Niego con la cabeza. He follado con ella y con Reme. Y habría follado con Sara también. No, no me importa. Ya hace un tiempo que hacemos estas cosas.
Al día siguiente llamo al portero automático. Responde una Olga resacosa.
Cuando subo están todos mal vestidos, adormilados y con ojeras. Claudia se me cuelga del cuello y me da un enorme beso al que yo respondo. Luego oigo un «Te quiero» al oído y veo en su cara una enorme sonrisa.
Ayudo a preparar la ensalada y a calentar los filetes empanados. Hacemos una pequeña siesta y luego nos vamos, que al día siguiente es ya lunes otra vez. Por el camino, Claudia me confiesa que Luis se ha portado como un campeón con ellas.
En nuestros días ya no hay más que cuatro actividades importantes: Estudiar, comer, beber y follar. Las demás son secundarias. Claudia no me deja respirar y creo que arriesgamos demasiado. Yo sé que ninguna de sus compañeras se va a atrever a ir con el cuento si nos oyen en sus aseos aunque ella busque momentos tranquilos. Si se lo digo me dice que soy un cobardica. Así que me limito a seguirla y a follar cuando quiere. No llevamos ni un año juntos, pero parece que haya salido con ella desde siempre.
Reme no duda en comerse a besos a Sara en cualquier momento y lugar. Y ella parece estar en la gloria. Yo creo que es porque no le importa que su novia folle con nosotros durante los fines de semana locos en casa de Sara. De hecho, Claudia y Olga también se han acostado con ella. Las Ratitas son como son. Sara vive enamorada como la adolescente que es y todo le parece de color de rosa.
En primavera cumplimos todos los dieciocho menos Reme, que los hace en otoño, y Sara, que los hace en verano. El cumpleaños de Olga lo celebramos en casa de Sara, durante el fin de semana. La cubrimos de nata y frutas y nos la comemos a lengüetazos hasta que se va a la ducha con Luis.
Cuando llega mi día, hacen lo mismo. Me ponen nata por donde quieren y en un momento dado tengo cuatro bocas comiéndome la polla. ¡Hasta Sara se atreve con ello! Luego, Reme se la lleva a la habitación para darle su premio mientras Claudia me lleva a la bañera.
Los cumpleaños de Claudia y Luis no coinciden con ningún fin de semana que podamos pasar a solas, sino con el viaje de fin de curso. Tenemos que organizar algo para ellos.
El calor de la primavera nos aligera el vestuario. A Claudia le encanta llevar faldas: largas en invierno y muy cortas en verano. Rara vez la he visto con pantalones, a lo mucho, en invierno, unos leggins bajo una falda que llegase por encima de la rodilla. También le gusta que los chicos del instituto la miren. Es una descarada.
Los profesores que viajan con nosotros creen hacerlo bien cuando nos ponen a los chicos separados de las chicas, pero lo cierto es que Claudia y yo dormimos juntos todas las noches. Y lo mismo pasa con Sara y Reme. Por eso Olga está un poco mosca, porque ella y Luis se tienen que limitar a sigilosas visitas nocturnas. Menos mal que hemos conseguido algunos cambios de habitación y la última noche la pueden disfrutar entera.
Aparte del sexo, lo pasamos estupendamente. Vamos a nuestro rollo y seguro que alguien nos envidia por ello, se ve en sus miradas. Los profesores nos miran al advertir que debemos ser cuidadosos y no separarnos del grupo, que no vayamos solos al baño. Las Ratitas y sus chicos son un ejemplo de comportamiento, no montamos follón, atendemos a las explicaciones, hacemos preguntas pertinentes y bebemos lo justo.
Y no nos limitamos solo a nosotros, no somos egoístas. Si se puede, que casi siempre se puede, ¿por qué no ayudar a una parejita enamorada a tener su noche de amor? Por eso nos respetan, porque saben que las Ratitas son unas pequeñas ninfómanas a las que pueden pedir ayuda. Ellas lo harán a cambio de lealtad y silencio cómplice. Todos contentos. Lo que no admitimos son las drogas, eso no. Ya en su día lo dejamos claro en el instituto. Bebemos y follamos como conejos, pero tenemos la sangre limpia.
Dice Claudia que hemos comido como leones y a pesar de ello ha adelgazado dos kilos. Yo le digo que es de no dormir bien y de las caminatas que nos hemos pegado. Ella responde que sí a lo de las caminatas, pero que después de dos o tres orgasmos ella ha dormido todas las noches como un bebé, aunque fuese poco.
Llegan los exámenes. Las dos semanas que nos esperan son extenuantes. Estudiamos juntos y tal, pero en mi caso, Claudia ha descubierto que está más despejada si echamos un polvo antes de entrar en el aula. Que se concentra mejor. Así que, en lugar de entrar a las ocho como todos, el día que tenemos uno lo hacemos media hora antes. A nadie le preocupa porque a esa hora tan solo está el conserje en su cuartito de la entrada. Entramos, nos saluda, subimos corriendo al desván y follamos tranquilamente mientras poco a poco van llegando los demás.
No sé si será por eso, pero a mí me sienta de maravilla y creo que voy a sacar mejores notas que en los trimestres anteriores. De Claudia no me cabe la menor duda, ¡siempre saca mejores notas que yo!
Durante otro fin de semana loco, mientras cenamos en casa de Sara unos pollos asados que están para chuparse los dedos, Olga dice que podríamos organizarnos para irnos unos días en verano. Todos estamos de acuerdo. Cada uno tiene ya sus planes con los padres y primero hay que hacer los exámenes para la universidad y todas esas cosas, pero habría que ir pensando en reservar algo.
—Una casa rural en algún sitio apartado, perdidos, donde podamos estar como ahora.
Claudia se refiere a estar desnudos. Como un fin de semana loco de tres o cuatro días. Con el alcohol justo y comida de sobra. Ponemos sobre el calendario las fechas ocupadas con los padres y aparece una semana libre en agosto. Brilla sobre el calendario como si tuviera lucecitas parpadeando.
Ya solo queda plantearlo. Las chicas saben que Luis y yo no tenemos tanto dinero como para poder ir a cualquier sito, a cualquier precio.
—Tranquilos, ponemos una tarifa especial para vosotros, lo demás lo pagamos nosotras —resuelve Reme—. No podéis decirles a vuestros padres que vais gratis porque se creerán que hay algo raro. Pero podríamos permitirnos un sitio tranquilo apartado, con piscina y eso.
Dos días antes de los exámenes para la universidad, Olga nos muestra una casa rural en un pueblo pequeñito de la sierra. Todos buscamos pros y contras, pero el pueblo tiene hasta un pequeño supermercado y un bar.
—Estará lleno de gente mayor.
—¿Y qué? No es una discoteca, es un bar de pueblo. La gente allí suele ser muy amable.
—Y nosotros vamos a la casa, no al bar. Mirad, la casa está en la afueras. Un punto a favor. La piscina no es muy grande, pero como está atrás, ni con unos prismáticos desde el monte podrían vernos porque tiene una pared.
—Solo tenemos que ser discretos y no montar follón. Los del pueblo ni se preocuparán de si vamos en bolas o no.
—Y no hay más que una casa al lado, pero no parece habitada.
—¿Y qué si nos ven en bolas?
—Nada.
—¿Por cuanto sale? —dice Luis al fin.
—¿Cuánto crees que podrán darte tus padres?
Él se encoge de hombros, pero si saca buenas notas y consigue una plaza para estudiar lo que quiere, no le pondrán muchas pegas. Claudia y Sara, que piensan sacarse el carné en verano, sugieren alquilar una furgoneta pequeña.
—Eso puede levantar sospechas. Seis chicos solos de vacaciones y con un mes de carné a lo mejor… No es buena idea. Es mejor que parezca que vamos de baratillo: en tren y pillar un taxi hasta el pueblo. Con mochilas y ropa ligera.
Claudia no renuncia al sexo antes de los exámenes. Hemos estudiado, llevamos el temario bien preparado y estamos seguros porque durante todo el bachillerato hemos sacado buenas notas. Lo malo es que las pruebas no son el nuestro instituto, sino en un enorme edificio cuyos recovecos no conocemos. Claro que, como la necesidad es una de las motivaciones de la inventiva, Claudia tiene la respuesta. Paso a buscarla a su portal y en lugar de ir por las calles de siempre me lleva por un par de callejas estrechas. Para delante de un viejo portal, mira a un lado y a otro y empuja la hoja de la puerta para dejar un resquicio por el que colarnos.
Nos apartamos de la entrada. Todo es polvo, pero no hay suciedad. Claudia me da un enorme beso. No tenemos prisa, pero no sé lo que anda buscando. Me lleva de la mano por un pasillo corto. Hay unas escaleras que nos llevarían al piso superior. Llegamos a una pequeña cocina. Entramos. Hay armarios en la parte superior y huecos donde supongo que estarían la lavadora, el lavaplatos y el frigorífico. Los armarios y los cajones de abajo están medio rotos. Ya sé lo que buscaba, un lugar donde apoyarse. Nos besamos de nuevo. Claudia de agacha delante de mí para sacarme la polla y metérsela en la boca. Crece al instante y cuando se asegura de que tiene la rigidez que desea, se levanta y se quita las bragas. Se sienta en la polvorienta encimera. Separa las piernas todo lo que puede y apoya los pies en ella y en un cajón. Yo ya estoy allí. Me mojo los dedos y los deslizo por la vulva para asegurarme de que está lubricada. En silencio me deslizo dentro de ella.
Mientras empujo una y otra vez, ella cierra los ojos sujetándose a lo que puede. Follamos en silencio y Claudia solo abre los ojos cuando está muy cerca del orgasmo. No necesito señales, ya sé muy bien cuando ella se acerca y acelero mis vaivenes. Ella echa la cabeza para atrás, abre la boca como si fuera a gritar algo y por fin me mira fijamente mientras la vagina destila su placer. Su orgasmo no me hace parar, al revés, empujo mientras ella se corre y lo hago con más fuerza aún hasta que yo mismo eyaculo.
Claudia me rodea con las piernas para atraparme en un cepo, me abraza y me besa.
—No te puedes imaginar lo bien que me sienta —confiesa por fin.
—Noto como te estremeces.
—Si no tuviéramos que irnos ya…
Me salgo. Ella baja de la encimera. Busca un paquete de pañuelos en el bolso, coge un par de ellos y me tiende el paquete. Cuando se ha limpiado, sacude un poco el polvo de las bragas y se las pone. Luego revisa que la falda no esté sucia. Yo ya me he guardado la polla y espero. Salimos a la calle. Para estos exámenes no necesitamos ir con mochilas ni libros, tan solo útiles de escribir y poco más. Lo único que necesitamos debe estar dentro de nuestras cabezas.
Después de estar toda la mañana encerrados en un aula enorme, con tan solo algún receso entre prueba, la acompaño hasta casa. Por la tarde repasaremos un poco. Nos despedimos en su portal con un beso pequeñito y la promesa de vernos al día siguiente. Claudia está contenta con el resultado que espera. Follar le relaja y le ayuda a concentrarse.
Los dos días siguientes entramos en el mismo edificio abandonado y allí descargamos nuestra lujuria en silencio. Claudia viene sin bragas, se las pone después de limpiarse los muslos porque quería que se lo hiciera de pie, desde atrás, y entonces se le escurre todo por las piernas.
Cuando ya estamos libres de presión por culpa de las pruebas de acceso a la universidad, vamos a celebrarlo. Todos creemos que nos ha ido bien y que tendremos nota suficiente para entrar a estudiar lo que queremos. Bebemos un poco, nos achispamos sin llegar a emborracharnos. Luis está muy cariñoso con Olga pero ella no le corresponde, está molesta con la regla, le duelen las tetas y la barriga. Claudia lo mira con pena.
—Luis necesita que le echen una mano.
—Y a ti no te importaría, ¿verdad? Si es por ayudar a un amigo… —ironizo yo.
—Tú y yo… Luego, cuando volvamos a casa, ¿vale? Ahora, solo una manita para Luis.
No se corta ni un pelo. Se lo lleva al baño. Sara y Reme sonríen con complicidad. Olga pone cara de que haga lo que quiera. Me extrañaría mucho que se contentase con una paja, seguro que se la chupa… o algo más.
Sin embargo, parece que ahí ha quedado todo porque de regreso a casa entramos en el edificio abandonado y me jura que necesita tenerme entre las piernas bien duro porque lleva excitada desde que ha masturbado a Luis. Se levanta la falda, aparta las bragas y quiere que follemos de pie. Hago lo que quiere, pero solo puedo meterle la mitad, la postura no admite más. Está muy cachonda. Le masajeo las tetas, pero tendría que quitarse el vestido para poder ir más allá. Entonces me salgo y me agacho para dedicarle un rato con la lengua. Pongo las bragas por debajo del culo y me amorro hasta que se corre. Se le aflojan las piernas. La sujeto. Nos besamos. Entonces ella lleva de nuevo el glande al clítoris y nos frotamos lentamente hasta que me corro. Cuando me aparto el semen le gotea hasta las bragas.
El verano se abre ante nosotros. Hemos solicitado plaza en la universidad y esperamos respuesta. Mientras, nos reunimos en casa de Reme que tiene piscina comunitaria y casi nunca hay nadie. Jugamos y tomamos el sol sin poder dar rienda a suelta a lo que todos llevamos en la cabeza: el sexo. Las chicas llevan biquini y más de una vez comentan cuánto les apetece quitarse esa poca ropa. No se puede, claro, los vecinos… Además, hay niños correteando por allí y no es plan.
Sin embargo, una de las ventajas de vivir en un primer piso es que resulta cómodo entrar y salir desde la piscina: tan solo tienes que cruzar una terraza y pasar una portezuela. Por eso, aprovechamos alguna fugaz ausencia de la madre de Reme para escondernos dentro. Con Claudia es eso, o la casa abandonada que aún a veces, nos sirve de refugio improvisado.
Mis padres han puesto pegas al alquiler de la casa rural, pero eso sí, a cambio de no ir a ningún otro sitio, que la economía no da para mucho más. Claudia se ha marchado un par de semanas a la costa con sus padres. Le dijo a Olga que me vigilase y me cuidase y ella lo ha hecho. Ayer mismo por la tarde fuimos a la casa abandonada. No sé si Luis lo sabe, me da igual. De momento, estos días también está en el pueblo de sus abuelos.
Olga es silenciosa en sus orgasmos, apenas gime, pero se agita como si fuese a desmayarse. Aunque eso ya lo he visto alguna que otra vez en casa de Sara, me sorprende cuando estamos entre el polvo y la suciedad del viejo edificio. Lo malo es que aún tenemos que usar condones. Ella dice que por poco tiempo, pero yo lo prefiero así.
Por la tarde voy a casa de Reme y me encuentro que Sara y ella ya están en la piscina. Su madre es muy amable. Olga no vendrá. Estamos jugando a las cartas y nos bañamos cuando su madre dice que se marcha al supermercado y a hacer un par de recados.
—Ya era hora —susurra Reme.
Y dos minutos después las dos se van adentro. Tienen ganas de estar a solas, a Sara le nota en la mirada. Me quedo leyendo junto a la piscina.
—¡Sergio! —me llaman al cabo de un rato.
Dejo todo sobre la toalla y entro en casa. En el salón no hay nadie. Están en el dormitorio de Reme, desnudas, besándose y haciéndose arrumacos. Me bajan el bañador y unos labios me rodean al polla.
—Reme dice que le gustaría…
Ella ya tiene un condón en la mano y me lo tiende. Está muy mojada y me imagino que la culpa la tiene Sara, a la que también le brilla la vulva.
Reme se pone a cuatro patas y le indica a su novia que se ponga con las piernas bien abiertas junto a su cara porque quiere comerle el coñito mientras yo la follo.
No tenemos prisa. Reme me recibe con suavidad. Mientras yo me muevo lentamente en su interior, ella saborea los pechos y el clítoris de Sara.
La habitación se llena de jadeos y silenciosos gemidos que terminan con el orgasmo de Reme. Sara tiene la cara congestionada, está a punto de caramelo cuando Reme se aparta de los dos. Hace ponerse a Sara en el borde de la cama y le separa mucho las piernas.
—¿Confías en mí?
Sara asiente pero en sus ojos hay temor cuando ve que me colocó entre sus piernas con la polla amenazando.
—Reme… Creo que Sara no…
—Tú, hazme caso.
Me coge la polla y la frota contra los labios y el clítoris de Sara.
—Así, cariño, cógela y frótate con ella —le ordena—. Solo frotar —me dice a mí.
Sara, más tranquila, se deja hacer y juega con el pene a lo largo de su grieta. Reme la colma de besos, le chupa los pezones y acaba con la lengua en el clítoris. Sara se agita. Reme alterna al meterse la polla en la boca y lamer a Sara. Entonces Sara parece envararse.
—Es mi dedo, cariño, solo es el dedo —le dice con voz suave—. Solo te estoy metiendo el dedo, como otras veces, ¿ves?
Relajada de nuevo, Sara se deja penetrar por el dedo de Reme mientras esta nos lame a ambos, le pellizca los pezones y la colma de besos hasta conseguirle un orgasmo.
Entonces, saca el dedo de su vagina y, sujetándome la polla, continua frotándola contra la vulva de Sara.
—Ya verás, cariño, esta vez se va a correr como un campeón —le dice.
Reme me masturba con fuerza y rapidez. Sara mira su frenética maniobra unos segundos y suelta un gritito cuando mi polla escupe con fuerza salpicándola casi hasta las tetas.
—¡Joder, chaval, sí que estabas lleno!
Me da un largo beso. Aún juego un poco más con el glande empapado, produciéndome los últimos pinchazos de placer.
—¿Ves? Le gusta que le siga acariciando aunque se haya corrido porque la tiene aún muy sensible.
—Mucho, sí —confieso yo dejándola hacer hasta que la sensibilidad decrece.
Sara y ella se van al baño. Yo me coloco el bañador y voy a zambullirme en la piscina.
Vuelven de nuevo con una enorme sonrisa y se tumban a mi lado.
—Le he dicho a Sara que tiene que perder el miedo. —Yo pongo cara de no entender nada—. Le da miedo meterse una polla. Le gusta que se lo haga con el dedo, que se lo meta, pero le da miedo.
—Es muy grande —esgrime ella en su defensa.
—Pero no te hará daño. Ya no.
—No creo que debas forzarla. Si no quiere estar con chicos es cosa suya. —La defiendo yo.
—Ya, ya, ya lo sé. Solo es que me gustaría que aprendiera a disfrutar, a coger lo mejor de los dos mundos, como hago yo.
—Ya sé que lo haces con buena intención, Reme, pero no sé…
—Bueno, ya se verá. Te quiero, Sarita.
—Y yo a ti, Remeditos —se burla la otra apretándole la mano.
Se miran haciendo pucheros y acaban soltando una carcajada porque a ninguna de las dos les gusta que las llamen con el diminutivo. Claro que, Reme también lo es.
—Además, este verano aún tenemos a Sergio y a Luis. Luego, en la uni… ¡A saber!
Claudia y yo celebramos su regreso de la playa echando un polvo. Ella no lo habría querido de otra forma. Tenía ganas, muchas ganas. Me ha confesado que ha tenido que recurrir a las manualidades (Así es como llama ella a masturbarse). Yo le digo que he estado con Olga un par de veces y por eso no he tenido que recurrir a la masturbación.
—Ya sabía yo que cuidaría bien de ti. ¿Y Luis?
—También ha estado de viaje.
Seis jóvenes en un tren, cuatro chicas y dos chicos, cargados con mochilas. Es un tren regional, eléctrico y lento porque se detiene cada pocos kilómetros. Tampoco tenemos prisa. Reme dice que así podemos disfrutar del paisaje. Hemos decidido no ir tan cargados y comprar la comida en el pueblo. La gente nos mira con cierta curiosidad. Todos vamos con pantalones vaqueros y camisetas holgadas, no hacemos ruido, vamos charlando tranquilamente y comentando alguna cosa de lo que se ve por la ventanilla. A veces alguien pregunta si nos hemos acordado de traer algo. Nada que llame la atención. Las chicas ni siquiera se han pintado los labios como cuando salimos un sábado cualquiera. A lo mejor a los viajeros habituales les llama la atención ver a una pandilla de chicos que no montan follón.
Bajamos del tren. Hemos decido que iremos al pueblo caminando por el borde de la carretera. Total, solo son seis kilómetros, poco más de una hora, quizá hora y media, y el calor aún no es del todo asfixiante. A la vuelta haremos lo mismo puesto que ya tenemos los billetes comprados.
Entramos en el pueblo como conquistadores, mirándolo todo y saludando a los pocos con los que nos cruzamos. Nos dan la llave de la casa y nos acompaña un señor para explicarnos dónde está cada cosa y cómo funciona todo. El señor es muy amable y se despide ofreciéndose a venir si necesitamos cualquier cosa. Le preguntamos por el supermercado, que en realidad es una tienda donde se vende de todo.
Olga lo lleva todo planeado. Ella y Sara han estado decidiendo hasta los menús. Así que dejamos a Reme y a Claudia en la casa organizando cosas y nosotros cuatro nos vamos a comprar. Los chicos vamos para llevar la carga, es lo que han dicho, porque ellas ya llevan el peso de la responsabilidad que supone decidir lo que se compra. Igualdad pura y dura.
Cuando volvemos, Reme y Claudia ya están en la piscina. Los biquinis tirados por el césped, al pie de una tumbona. El agua debe estar un poco fría porque tienen los pezones erizados. Salen, se secan un poco y nos ayudan a guardar las cosas en la nevera y a desnudarnos para que no perdamos ni un minuto.
Después de comer Claudia y yo nos vamos a la cama. Los demás se quedan viendo la tele. Me despiertan las voces desde la piscina, están jugando a las cartas y riendo bajo para no despertarnos. Esfuerzo loable pero inútil.
Estamos toda la tarde así, bañándonos y retozando en el césped. Era lo que queríamos. Estar solos para hacer lo que más nos gusta. Los bañadores están a mano por si llama alguien a la puerta y hay que abrir. Hace calor porque las paredes que rodean el jardín son altas y apenas se mueve el aire. Aunque en estos días de agosto no se mueva ni un pelo. Hemos traído crema para el sol de sobra y nos embadurnamos como croquetas. Cada uno tiene ya su nivel de bronceado a estas alturas de verano pero las chicas quieren más, especialmente en las zonas que han estado cubiertas por la ropa: el pubis, el culo y los pechos. Ahí ponemos crema con más frecuencia para no quemarnos. Ellas nos la ponen a nosotros y nosotros a ellas. Nos provoca erecciones. Claudia se relame y le gustaría llevarse la polla a la boca a todas horas. Solo se aguanta porque está cremosa.
Después de cenar tomamos café y ponemos música. Bebemos, bailamos y cantamos. No nos emborrachamos porque no nos gusta. Tampoco bebemos para desinhibirnos, no es necesario. Nos vamos a la cama. Cada uno con su pareja. Por la mañana, sin embargo, me levanto al baño y veo que Reme está con Luis y Olga, abrazada a ella. Me asomo a la habitación donde Sara duerme sola ahora. Vuelvo a la cama, Claudia me abraza en sueños y vuelvo a dormirme.
Al día siguiente por la mañana, Reme y Claudia han decidido irse a ver la iglesia y una ermita cercana. Han leído en internet que es muy bonita. Cuando salgo de la habitación veo que Sara está asomada al dormitorio de Olga y Luis. Me acerco, están follando, se les oye desde antes de llegar. Sara no me ha visto porque voy descalzo y ella está absorta mirándolos. Al notar mi presencia da un respingo. Gira la cara, sonríe y vuelve a mirarlos. Olga está a horcajadas sobre Luis, con la polla entrando y saliendo de su brillante vagina.
Me pongo detrás de Sara, soy un poco más alto que ella y puedo ver a los amantes por encima de su hombro. Apenas hacen ruido y es ella la que lleva la iniciativa moviendo las caderas lentamente. Tengo la polla en el valle entre las nalgas de Sara. Ella no se mueve al notar mi erección. Le doy un beso en la mejilla y llevo un dedo a sus labios. Lo besa y lo chupa. Luego llevo ese mismo dedo al pezón, que está duro. Sara cierra los ojos y se muerde el labio inferior. Entonces, yo pongo la polla entre sus piernas, está caliente y húmeda. Resbala a lo largo de sus labios. Me muevo lentamente para frotarme con su vulva.
Sara lleva la mano entre sus piernas para controlar mis movimientos y frotarse a su gusto. Estamos de pie. Sara se retuerce en silencio, conmigo entre los muslos. Entonces gira la cabeza, me sonríe y en un rápido movimiento arquea la espalda, sujeta el pene y me doy cuenta de que tengo el glande en su vagina. Nos quedamos quietos. Ella me mira y creo que sé lo que sus ojos me están pidiendo por fin. Empujo un poco dentro de ella y entonces me percato de que no llevo condón. Le doy un beso en la mejilla, me salgo y me la llevo de la mano hasta el dormitorio.
Nos tumbamos en la cama. Sara, sobre mí, se frota la polla con la vulva después de haberme puesto un condón. Está muy mojada. Vuelve a sujetar la polla con la mano y lentamente se la introduce en la vagina. Nos estamos mirando. Ella está experimentando una penetración por primera vez. Necesita ir a su ritmo. Cuando la tiene toda dentro se recuesta sobre mi torso.
—Está dentro —susurra.
—¿Estás bien?
Ella asiente.
—Es muy grande, pero no duele.
—No. Ahora muévete un poco como hace Olga, despacito.
Lo hace. Es estrecha y siento un placer enorme a pesar del látex, pero debo aguantarme para que se corra ella primero. Reme le ha metido hasta dos dedos y la ha llevado al orgasmo, pero se merece que su primera polla sea inolvidable. Llevo la mano entre nuestros cuerpos hasta el clítoris y ella abre mucho los ojos al notar mis caricias. Eso, y los movimientos de sus caderas la llevan a un orgasmo silencioso. Entonces yo tomo la iniciativa y me muevo más deprisa hasta eyacular. Nos quedamos quietos.
—Esto es lo que quería Reme que probase —dice cuando se quita de encima para ponerse a mi lado—. Eres el primero con el que hago esto.
—¿Y cómo estás? ¿Te ha gustado?
—Es diferente. Sí, está bien. A lo mejor… otro día.
—Reme se alegrará de saber que no tienes miedo, ya no.
—No le digas nada.
—Como quieras.
Cuando ya no oímos gemidos en la habitación de al lado nos decidimos a ir a desayunar. Pasamos todo el día de nuevo vegetando, tomando el sol, comiendo, bebiendo y follando hasta dentro de la piscina. Bueno, han sido Luis y Olga. Ella quería experimentar.
Por la noche, más de lo mismo: café, música, baile y cama. Claudia tiene ganas. Bueno, ella siempre tiene, pero hoy parece un poco más excitada. Dejamos a los demás bailando y nos acostamos.
Es de madrugada cuando me despierto sobresaltado. Reme está a mi lado y me ha dado un beso. S lleva el dedo índice a la boca para que no diga nada y tira de mí para que la acompañe. La sigo hasta su dormitorio. En la penumbra veo que Sara también está despierta. Me ponen en medio.
—Sara dice que quiere follar contigo.
Nos miramos. Reme no sabe que ya lo hemos hecho. Jugamos, nos acariciamos en silencio, me chupan la polla las dos aunque Sara no termina de estar cómoda. Entonces Reme me pone un condón y pone a Sara a cuatro patas para que yo me ponga detrás, entre sus piernas. Ella misma se pone debajo y entiendo que quieren lamerse mutuamente mientras yo se lo hago a Sara. Las miro chuparse las vulvas. Entonces me acerco. Tengo la vagina abierta y lubricada de Sara arriba y la cara de Reme debajo. La postura es un poco forzada, pero acierto a poner la polla en su sitio. Noto la lengua de Reme. Empujo suavemente y entro en Sara sin ninguna dificultad. Comienzo a moverme. Sara gime. La lengua de su novia le castiga el clítoris mientras yo la penetro. Se corre entre espasmos, empapando la cara de la otra, que se las arregla para quitarse de abajo y ofrecerme sus piernas bien abiertas. Está también muy excitada, Sara sabe cómo hacérselo pasar bien con la lengua y los dedos. Me ocupo de Reme y por muy poco consigo que nos corramos a la vez. Sara nos mira.
—Me ha convencido —confiesa dándome un beso—. Por fin.
Reme se acerca y le da un largo beso en los labios.
—Te quiero —le dice.
Muy tierno todo. No termino de entender bien esto del lesbianismo. Por lo menos el de estas dos, que están enamoradas hasta las trancas la una de la otra y se lían con nosotros, con Luis y conmigo. Yo creo que Sara lo hace por Reme, que si no… A Reme le gusta follar con un tío de cuando en cuando. Sara no tanto aunque lo haya probado conmigo.
Me quedo a dormir con ellas. A Claudia no le va a importar.
Por la mañana voy al dormitorio y lo encuentro vacío. Me asomo al otro y veo que Claudia está con Olga y con Luis.
Es nuestro último día. Hay que recogerlo todo, entregar las llaves y marchar seis kilómetros hasta la estación del tren. Nos vestimos de mala gana. Cargamos las mochilas y llamamos al dueño para que eche un vistazo a la casa y nos devuelva la fianza. Todo está como el día que llegamos, pero es conveniente que lo vea.
En el trayecto de vuelta nos dormimos. La ropa nos da calor, nos molesta y en el tren no hay aire acondicionado, es un regional. Las chicas no se han puesto sujetador y los pezones les abultan la camiseta. La gente que pasa se las queda mirando, claro.
Nos despedimos en la estación porque cada pareja toma un rumbo diferente. Nos damos besos. Claudia y yo caminamos en silencio.
—Al final Sara se decidió, ¿eh?
—Sí. No sé si le hace mucha gracia, creo que lo hace por Reme.
—Me desperté y vi que no estabas, así que me fui con Olga.
No respondo. Al llegar a su casa me dice que su madre no está, que no ha llegado aún del trabajo. Subimos, dejamos las mochilas en el salón y me lleva a su dormitorio para tirarme encima de la cama y ponerse a horcajadas sobre mí.
—Quiero un último revolcón. Ahora tardaremos más en encontrar un momento.
—Siempre tenemos la casa cochambrosa esa.
—Cochambrosa, sí, pero estamos solos y se está fresquito.
Aparta las bragas y se mete la polla hasta el fondo. Yo meto las manos por debajo de la camiseta y juego con sus tetas. Le gusta que haga eso. Mueve las caderas y coge buen ritmo. Quiere acabar cuanto antes, por eso no le importa que lleve los dedos al clítoris y le ayude a conseguirlo. Jadea, los pechos se bambolean bajo la camiseta.
Apenas quince minutos después me da un beso porque tiene que darse una ducha. Es una manera como otra cualquiera de decirme que me vaya.
Los días se agosto van pasando lentos y calurosos. Vamos a casa de Reme, a la piscina. En la de Sara pudimos estar un día entero que sus padres no estaban. Rememoramos las vacaciones en la casa rural, todos desnudos por la casa. Reme dice que Sara solo acepta a los chicos si ella también está allí. Llevan una relación curiosas estas dos, pero se quieren a su manera.
En septiembre Claudia se irá a vivir a un apartamento. Yo aún ando buscando una habitación que alquilar. Vamos a ir a la misma universidad. Ella hará Matemáticas. Yo, Historia. A cada cual le va una cosa.
—He hablado con mi madre —me dice un día mientras paseamos—. El apartamento tiene dos habitaciones. Podrías ocupar tú esa habitación.
—¿Y qué ha dicho?
—Que si te vienes conmigo no vamos a ocupar dos habitaciones, que estaremos los dos en una sola.
—Tu madre te conoce bien.
—¿Y a ti te importaría?
—¿El qué?
—Que viviéramos juntos.
Me encojo de hombros.
—Siempre que me dejes estudiar un poco…
—¡Oye, que a ti te gusta tanto como a mí! —protesta—.
Yo suelto una carcajada y aguanto su golpe en el hombro.
—Me encantaría —dice.
—¿Todo el día desnudos por casa?
—Follando como conejos.
Nos miramos y acabamos riendo a carcajadas.
—Ha dicho que vale. Que, de todas maneras, ya sabe que follamos desde hace tiempo. Bueno, no ha dicho follamos, que ella es muy fina. Ha dicho que nos acostamos.
—Eso también lo hacemos.
—A los demás solo los veremos en vacaciones y eso. Me da un poco de pena. Lo pasamos bien juntos.
—A lo mejor podemos ir a verles. O ellos a nosotros.
—Ni en los colegios mayores ni en las residencia de estudiantes se pueden celebrar fines de semana locos. Y si compartes piso con otros, como Luis…
—Entonces, que vengan ellos. Hasta ahora lo hemos hecho en casa de Sara porque es la única cuyos padres desaparecen de cuando en cuando. Podemos cambiar de sede aunque estemos un poco más apretados.
—El apartamento tiene sofá cama.
—Pues ya está. Solucionado. ¿Ves?
Claudia me da un beso. Ya está haciendo planes. Oigo los engranajes de su cerebro. Podemos hacer el esfuerzo durante un tiempo, pero me temo que muchas pandillas acaban siendo victimas de la distancia. Espero equivocarme porque las Ratitas son geniales. Dicen que las chicas son más fieles a las amistades que los chicos. Ojalá consigamos mantener a flote este barco.