cabellos de oro y los tres osos
Érase una vez, una niña tan hermosa y de cabellos tan rubios, que desde muy pequeña su madre la llamaba Ricitos de Oro. La pequeña tenía otras muchas virtudes además de su belleza. Era una niña ordenada, obediente y su corazón era tan noble que todo el mundo la quería.
Los habitantes del pueblo asomaban siempre sus cabezas por la ventana al verla pasar.
¡Buenos días, Ricitos de Oro! Hoy el sol luce casi tanto como tu pelo.
Y ella respondía con una sonrisa, haciendo brillar las hebras doradas de su cabellera al sol.
Una tarde, Ricitos de Oro estaba merendando con su madre, cuando se acordó de algo que la inquietaba:
Mamá, ¿tú sabes por qué los padres de todos mis amigos les prohíben ir al bosque?
Porque saben lo que se hacen. Tú tampoco debes adentrarte en el bosque, está lleno de peligros – le contestó su madre.
¿Peligros? ¿Qué peligros, madre?
Hija mía, son tales los peligros que se ocultan en el bosque que ni siquiera podrías tú imaginarlos. Mira, lo único que debes recordar es mi advertencia y obedecerla como siempre haces.
Y Ricitos de Oro siguió merendando. Pero aquella tarde no dejó de pensar en los misterios del bosque. En su interior, Ricitos de Oro había despertado la chispa de la curiosidad y se decía a sí misma:
No entiendo por qué el bosque tiene que ser tan malo. En los bosques hay plantas y animalitos. Seguro que es muy divertido pasear por allí. Además, en las láminas de la escuela los bosques son muy hermosos.
Y por primera vez en su corta vida, Ricitos de Oro decidió desobedecer los consejos de su madre. Al día siguiente...
Mamá, me voy a jugar a casa de María – mintió Ricitos de Oro – Volveré pronto.
Está bien, Ricitos de Oro. Te espero a la hora de la cena – contestó la madre confiada.
Pero Ricitos de Oro pensaba, en realidad, echar un vistazo al bosque prohibido. Así que, sin pensar en que lo que hacía no estaba bien, salió de casa en dirección al bosque.
Al pasar frente a la casa del herrero:
¡Buenas tardes, Ricitos de Oro! ¿A dónde vas tan decidida?
¡Buenas tardes, señor herrero! Voy a pasear un poco – le dijo Ricitos.
¡Ah! Está bien, querida niña. Pero no sigas en esa dirección, porque ese es el camino del bosque – le aconsejó el herrero.
Ya lo sé, gracias. ¡Hasta luego! – se despidió Ricitos rápidamente para que el herrero no se diera cuenta de su engaño – ¡Uf! ¡Qué pesados son los mayores con tantas advertencias!
Con la inocencia propia de los niños, Ricitos de Oro no sólo no se asustó sino que aumento su curiosidad.
Poco después, llegaba a la entrada del bosque. Los árboles eran altísimos y sus hojas verdes parecían formar un nuevo cielo. Por todas partes se veían pájaros, abejas y mariposas.
¡Ah, una ardilla que se esconde! ¡Cómo brillan los colores de estas flores! ¡Ji, ji, ji! ¡Qué graciosa la lagartija! Mi madre estaba equivocada. En el bosque sólo se ven cosas hermosas.
Sin darse cuenta, fueron pasando las horas y la luz fue disminuyendo, pues se acercaba la noche.
¡Uh! ¡Qué tarde se me ha hecho! Mamá debe estar esperándome con la cena preparada. ¡Mmmm! ¡Y qué hambre tengo! Creo que debo dar la vuelta y regresar por allí – pensó Ricitos de Oro dándose la vuelta para volver a su casa - ¡Oh! ¡Pero si hay una casa! Si será inofensivo este bosque que hasta vive gente en él. Les pediré un poco de agua y volveré a mi casa.
La casa que había descubierto Ricitos de Oro no era muy grande y estaba pintada de color marrón. La niña se acercó a la puerta y comprobó que no estaba cerrada.
¡Hola! ¿Hay alguien? ¿Puedo pasar? – preguntó Ricitos de Oro mientras abría la puerta.
Como nadie respondía, entró. La casita estaba muy limpia y ordenada. Había una cocina, una chimenea y una mesa que parecía dispuesta para la cena. Tres sillas a su alrededor y sobre la mesa tres platos. Ricitos de Oro se acercó a la silla más alta y vio que no podía subir a ella. Entonces, trató de encaramarse a la silla mediana, pero tampoco llegaba. Por fin, pudo sentarse en la silla pequeña, que era justo de su tamaño.
Esta silla está hecha a mi medida – dijo sentándose en ella – ¡Hay sopa para cenar! ¡Mmmm! ¡Qué rica! Con un poco de sopa que coma no creo que nadie se dé cuenta. ¡Mmmm! ¡Qué buena está!
Ricitos de Oro comió con buen apetito. Y cuando hubo terminado, estaba tan cansada que se le cerraban los ojos.
¡Ay! Me estoy cayendo de sueño. Descansaré un ratito y enseguida regresaré a casa. ¡Allí hay tres camas! – exclamó al ver la habitación y se fue directa hacia allí – ¡Uf! ¡Qué cama tan alta! No puedo ni subir. Quizás esta mediana... Tampoco. Probaremos con la cama pequeñita. Perfecto. Esta camita me va como anillo al dedo.
Así que Ricitos de Oro se tumbó en ella, quedando inmediatamente dormida. Al cabo de un rato, llegaron los tres habitantes de la casa. Eran unos personajes un poco singulares porque no eran humanos, eran tres osos: papá oso, mamá oso y el osito, su hijo. Al entrar en la casa, notaron que alguien había estado moviendo las cosas y papá oso gritó:
¡Alguien ha tocado mi silla!
¡Alguien ha tocado mi silla! – repitió mamá oso.
Y el osito dijo muy extrañado:
¡Alguien se ha sentado en mi silla y se ha comido mi sopa!
Entonces, los tres osos escucharon los sonidos de la respiración de alguien que estaba durmiendo. Entraron los tres en el dormitorio y papá oso, mirando su cama, dijo:
¡Alguien ha intentado subir a mi cama!
¡Y también a la mía! – añadió mamá oso.
Y el osito, señalando a Ricitos de Oro, dijo:
¡Alguien se ha subido a mi cama y está durmiendo en ella! ¡Es una niña!
Y una niña muy mala. Se ha comido la sopa de nuestro hijo y ha ocupado su cama – se enfadó papá oso.
En ese momento, Ricitos de Oro abrió los ojos. La niña se llevó un susto enorme al ver a los tres osos delante de ella.
¡Aaaaaah! ¡Son tres osos peludos! – gritó asustada Ricitos – Estos son los peligros del bosque de que me hablaba mamá.
¿Quién es un peligro? Tú, niña mala, tú sí que eres un peligro. ¿Qué haces aquí? – preguntó enojado papá oso.
No la asustes, papá. Niña, deberías haber hecho caso a tu madre. Las personas deben estar con las personas. Y los osos con los osos – le dijo más amablemente mamá oso.
No, dejadla que se quede a vivir aquí. ¿Verdad que quieres jugar conmigo, niña? – preguntó el osito que estaba encantado con la visita de la niña.
Yo sólo quiero volver a casa – sollozaba Ricitos de Oro – Mi mamá me estará buscando y sufrirá por mi culpa.
Mamá oso se compadeció de aquellas lágrimas y tranquilizó a la niña, acariciando sus rizos de oro.
Anda, no llores más. Nuestro hijo te conducirá al pueblo por un atajo y llegaras enseguida.
Y cuando estés en un lugar que no conoces, no te comas la sopa de los demás sin pedir permiso – le aconsejó papá oso.
Sí, claro que sí. Nunca más lo volveré a hacer. Ustedes perdonen, señores osos – se disculpó la niña.
Así fue como Ricitos de Oro se despidió de papá y mamá oso y cogida de la mano del osito, llegó al pueblo en un momento.
Aquí está tu pueblo. Me gustaría poder jugar contigo de vez en cuando. ¿Volverás otra vez? – preguntó triste el osito que quería ser su amigo.
No sé si mi madre me dejará, pero lo intentaré. ¡Hasta pronto, osito! ¡Y muchas gracias!
Ricitos de Oro llegó a su casa y le explicó toda la verdad de la aventura a su madre, que la esperaba muy preocupada. Incluso añadió que los osos no eran nada peligrosos y que le gustaría volver de vez en cuando para jugar con el osito.
Valiente excusa te has inventado, hija mía. En fin, lo importante es que no me engañes nunca más.
Curiosamente, la madre creía que la historia de los tres osos sólo existía en la imaginación de su hija.
A partir de aquel día, Ricitos de Oro visitó el bosque con más frecuencia, ya que se hizo muy amiga de la familia oso. Y nunca más mintió, ya que su madre, cuando la niña le decía “Voy a jugar un rato con mi amigo el osito” sólo sonreía, pensando en las fantasías que creían los niños.