País Relato - Autores

robert silverberg

juegos de capricornio

Nikki entró en el campo cónico del limpiador ultrasónico y se movió en varias direcciones, para que el inaudible zumbido del hocico de la máquina limpiara más eficazmente su piel de tejido epidérmico muerto, glóbulos de sudor secos, zonas donde se había puesto perfume el día anterior, y otros desechos; después de tres minutos salió limpia, enérgica, lista para la fiesta. Programó su atuendo para la noche: borseguíes verdes, túnica color amarillo limón, de una película como gasa, una suave capa color naranja pálido como la cobertura de una almeja, y debajo nada, solamente Nikki… la suave, brillante, satinada Nikki. Su cuerpo estaba a punto y en forma. La fiesta era en su honor, aunque ella era la única que lo sabía. Ese día era su cumpleaños, el 7 de enero de 1999, cumplía veinticuatro años, y todavía no tenía señales de decadencia corporal. El viejo Steiner había reunido a una extraordinaria variedad de invitados: prometía presentar a un hombre que leía la mente, un billonario, un auténtico duque bizantino, un rabino árabe, un hombre que se había casado con su propia hija, y otras maravillas. Todos ellos, por supuesto, subordinados al verdadero invitado de honor, la joya de la noche, el verdadero muchacho del cumpleaños, el león de la temporada, el celebrado Nicholson, que había vivido mil años y que decía que podía ayudar a otros a hacer lo mismo. Nikki… Nicholson. Una feliz asonancia, que auguraba una estrecha armonía. Tú me mostrarás, querido Nicholson, cómo hacer para vivir eternamente y no envejecer nunca. Una idea cálida, tranquilizante.
El cielo que se veía por la leve curva de su ventana era negro, y nevaba: Nikki imaginaba oír el chirriante aullido del viento y sentir la oscilación del edificio helado, de noventa pisos de alto. Era el peor invierno que recordaba. Nevaba todos los días, una nieve planetaria, un estremecimiento global, que ni siquiera perdonaba a los trópicos. Las calles de Nueva York estaban cubiertas de capas de hielo, duras como planchas de hierro. Las paredes eran resbaladizas, el aire cortaba. Esa noche Júpiter brilló fieramente en la negrura como un diamante en la frente de un cuervo. Gracias a Dios, Nikki no tenía que salir. Podía pasar el invierno dentro de esa torre. El correo le llegaba por tubos neumáticos. Tenía amigos en una docena de pisos. El edificio era un mundo, cálido, acogedor. Que siguiera nevando. Que llegaran los terribles huracanes. Nikki se miró en el espejo que la rodeaba: muy bien, muy muy bien. Bellos pliegues amarillos transparentes. Caderas apenas insinuadas, pechos apenas insinuados. Algo más que insinuados cuando había una luz detrás de ella. Se sonrojó. Desordenó sus cortos y brillantes cabellos negros. Un poco de perfume. Todos la amaban. La belleza tiene imán: repele a algunos, atrae a muchos, no deja de conmover a nadie. Eran las nueve.
—Arriba —dijo al ascensor—. A la casa de Steiner.
—Piso ochenta y cuatro —respondió el ascensor.
—Ya lo sé. Eres un encanto.
Música en el pasillo: Mozart, cristalino y sinuoso. La puerta del departamento de Steiner era un medio barril de acero cromado, como la entrada a la bóveda de un Banco. Nikki sonrió a la pantalla. El barril giró. Steiner tendió las manos ahuecadas como tazas, a pocos centímetros bajo su pecho, a manera de saludo.
—Hermosa —murmuró.
—Me alegro de que me hayas invitado.
—Prácticamente ya están todos aquí. Es una hermosa fiesta, amor.
Ella le dio un beso en la mejilla. En octubre se encontraron en el ascensor. Él tenía más de sesenta años y parecía de menos de cuarenta. Cuando ella tocó su cuerpo lo percibió como un objeto encerrado en leche congelada, como un mamut que acaba de salir de la escarcha permanente de Siberia. Fueron amantes durante dos semanas. El otoño dio paso al invierno y Nikki salió de su vida, pero él fue fiel a su palabra con respecto a la fiesta: allí estaba ella, invitada.
—Alexus Ducas —dijo un hombre bajo y gordo con densa barba negra, partida a la mitad. Hizo una reverencia. Una buena reverencia. Steiner se evaporó y ella quedó en compañía del duque bizantino. Él la condujo inmediatamente por la espesa alfombra blanca hasta un lugar donde había racimos de luces, que surgían como enojados hongos de la pared, y revelaron los contornos del cuerpo de Nikki. Otros se volvieron a mirarla. El duque Alexius le prodigó una intensa mirada. Pero ella no sintió excitación. Bizancio había terminado mucho tiempo atrás. Él le trajo una copa de vino verde helado y le dijo:
—¿Alguna vez estuviste en el mar Egeo? Mi familia tiene su castillo ancestral en una isla a dieciocho kilómetros al este de…
—Perdona, pero ¿cuál es el hombre llamado Nicholson?
—Nicholson es sólo el nombre que usa en la actualidad. Dice que tuvo una tienda en Constantinopla durante el reinado de mi antepasado Basileus Manuel Comnenus. —Chasqueó la lengua con aire paternal—. No era más que un comerciante. —Los ojos bizantinos centellearon ferozmente—. ¡Qué hermosa eres!
—¿Cuál es?
—Allí. Junto al diván.
Nikki sólo vio una pared de espaldas. Se inclinó hacia la izquierda y trató de mirar. Inútil. Llegaría a él más tarde. Alexius Ducas siguió ofreciéndole su cuerpo con los ojos. Ella suspiró con languidez:
—Cuéntame todo lo que sabes sobre Bizancio.
Ella no comenzó a aburrirse hasta que él llegó a Constantino El Grande. Terminó su vino, tendió tímidamente el vaso, persuadió a un joven que pasaba de que se lo llenara. El bizantino pareció triste.
—Entonces el imperio estaba dividido —dijo— entre…
—Es mi cumpleaños —anunció ella.
—¿El tuyo también? Felicitaciones. ¿Ya tienes tantos años como…?
—No, muchos menos. Ni siquiera la mitad. Todavía me falta para cumplir quinientos —dijo ella, y se volvió a tomar su vaso. El joven no esperó a que lo capturaran. La fiesta lo rodeó como una avalancha. Sesenta, ochenta invitados, todos en movimiento. Corrieron los cortinados, revelando la furia de la tormenta de nieve. Nadie la miraba. El departamento de Steiner era como el set donde se filma una película; grandes bancos de jardín de porcelana Ming o incluso Sung; paredes pintadas con láminas chatas de bronce y escarlata; artefactos precolombinos en nichos iluminados; esculturas como telas de araña de aluminio; grabados de Durero; el botín de todas las épocas. Rígidos sirvientes con la cabeza afeitada, mayas o khmers o tal vez olmecas, circulaban, impasibles, ofreciendo bandejas con exquisiteces: caviar, mariscos, trozos de carne asada, salchichitas, burritos con fuerte salsa de chili. Las manos se tendían incesantemente desde la bandeja hasta los labios. Era una reunión de consumidores de la vida, de gente que se tragaba el mundo. El duque Alexius le acariciaba el brazo:
—Me iré a medianoche —dijo con suavidad—. Sería encantador que te fueras conmigo.
—Tengo otros planes —respondió ella.
—Aun así. —Hizo una cortés reverencia, sin manifestar desilusión externamente—. Otra vez, quizá. ¿Mi tarjeta? —Apareció en su mano como por arte de magia: un cartoncito tostado, con una inscripción muy adornada. Ella la puso en su cartera y el salón se lo tragó. Instantáneamente un hombre corpulento de mirada salvaje ocupó el lugar de Alexius frente a ella.
—Usted no me conoce —comenzó.
—¿Eso es un alarde o una disculpa?
—Soy bastante común. Trabajo para Steiner. Steiner pensó que sería divertido invitarme a una de sus fiestas.
—¿Qué hace usted?
—Facturas y desembarques. Qué lugar extraordinario, ¿verdad?
—¿De qué signo es usted? —preguntó Nikki.
—De Libra.
—Yo soy de Capricornio. Esta noche es mi cumpleaños, y también es el de él. Si realmente usted es de Libra, pierde el tiempo conmigo. ¿Tiene nombre?
—Martin Bliss.
—Nikki.
—No hay ninguna señora Bliss, ja, ja.
Nikki se pasó la lengua por los labios.
—Tengo hambre. ¿Me traería unos canapés?
Desapareció en cuanto él avanzó hacia la comida. Dio la vuelta por la larga habitación, pasó junto al quinteto de cuerdas, junto al trono del barman, junto a la ventana, hasta que pudo ver bien al hombre llamado Nicholson. Él no la desilusionó. Era esbelto, elástico, no era alto, tenía hombros fuertes. Un hombre con presencia y autoridad. Ella quería acercar sus labios a los de él para absorber la inmortalidad. La cabeza del hombre era un triángulo obtuso, con pómulos brutales, labios finos y una mata oscura de cabello rizado, no usaba barba ni bigote. Tenía ojos intensos, eléctricos, intolerablemente sabios. Debía de haber visto todo dos veces, por lo menos. Nikki había leído su libro. Todo el mundo lo había leído. Ese hombre había sido rey, lama, traficante de esclavos, esclavo. Siempre preocupándose por ocultar su poco creíble longevidad, en ese momento ofrecía su terrible secreto libremente a los miembros del Club del Libro del Mes. ¿Por qué había elegido subir a la superficie y revelarse? Porque ése era el momento necesario de la revelación, dijo él. El momento en que debía presentarse como lo que era, para poder impartir su don a otros, por si él lo perdía. Al llegar el nuevo siglo debía compartir su don de la vida. Lo rodeaba una docena de personas, que captaba su resplandor. Miró por encima de un cerco de hombros y sus ojos se encontraron con los de ella; Nikki se sintió penetrada, exaltada, elegida. El calor se extendía por su espalda como un río de tungsteno derretido, como un chorro de miel caliente. Avanzó hacia él. Se le interpuso un cadáver. La cabeza de la muerte, la piel de pergamino, los ojos de pesadilla. Una mano escamosa tocó sus bíceps desnudos. Una horrorosa voz erosionada crujió:
—¿Cuántos años piensas que tengo?
—¡Ay, Dios mío!
—¿Cuántos años?
—¿Dos mil?
—Tengo cincuenta y ocho. No llegaré a los cincuenta y nueve. Toma, fuma uno de éstos.
Con manos temblorosas le ofreció un diminuto tubo de marfil. Había un monograma gótico cerca de un extremo —FXB— y una cápsula verde traslúcida en el otro extremo. Ella oprimió la cápsula y surgió una temblorosa llama azul. Inspiró.
—¿Qué es? —preguntó.
—Mi propia mezcla. Soma Número Cinco. ¿Te gusta?
—Estoy vencida —dijo—. Absolutamente vencida. ¡Ah, Dios mío! —Las paredes flotaban. La nieve se había convertido en láminas de estaño. Un efecto instantáneo. El cadáver tenía un halo dorado. Aparecieron signos de dólar como estigmas en su frente marchita. Nikki oía el golpe de la espuma, el rugido de las olas. La cubierta se inclinaba. Los mástiles se rompían. Las mujeres caían por la borda, gritó y oyó su voz inaudible que desaparecía en un túnel de ecos, boing, boing, boing… se oprimió las frágiles muñecas—. Hijo de puta, ¿qué me hiciste?
—Soy Francis Xavier Byrne.
Ah. El multimillonario. Byrne Industries, el gran conglomerado. Steiner le había prometido un multimillonario esa noche.
—¿Morirás pronto? —preguntó ella.
—No más allá de Pascuas. El dinero ya no puede ayudarme. Soy una metástasis caminando. —Abrió su camisa llena de volados. Algo brillante y metálico, como una armadura de eslabones, le cubría el pecho.
—Un sistema salvavidas —le confió—. Yo funciono con esto. Si me lo quito durante media hora estoy terminado. ¿Eres capricorniana?
—¿Cómo lo sabías?
—Soy moribundo pero no estúpido. Tienes el brillo de Capricornio en los ojos. ¿Y yo qué soy?
Ella vaciló. Los ojos de él también brillaban. Un hombre que se había hecho solo, con un fantástico sentido de los negocios, energía, arrogancia. Capricornio, por supuesto. No, demasiado fácil.
—Leo —dijo ella.
—No. Prueba otra vez. —Le puso otro tubo con monograma en la mano y se alejó a grandes pasos. Ella todavía no se había recuperado de la fumada anterior, aunque los efectos más estridentes habían disminuido. Los invitados de la fiesta se movían y giraban a su alrededor. Ya no veía a Nicholson. La nieve parecía estar convirtiéndose en granizo, pequeñas partículas duras golpeaban contra las grandes ventanas y dejaban huellas blancas: ¿o era que sus percepciones se habían agudizado? El ruido de la conversación parecía subir y bajar como si alguien estuviera moviendo el control del volumen. Las luces fluctuaban con un ritmo de contrapunto. Nikki se sentía mareada. Junto a ella pasó una bandeja de cócteles dorados y preguntó en voz baja:
—¿Dónde está el baño?
—Al fondo del pasillo.
Frente a la puerta del baño había cinco desconocidos que hablaban con un ronco susurro. Pasó entre ellos, como flotando, se aferró al borde frío del lavatorio y adelantó la cara hasta el espejo oval cóncavo. Una cabeza mortuoria. La piel apergaminada, ojos de pesadilla. ¡No! ¡No! Parpadeó y reaparecieron sus propios rasgos. Temblando, hizo un esfuerzo por reponerse. En el botiquín había una tentadora colección de drogas. Los remedios de Steiner para todo uso. Sin mirar las etiquetas, Nikki se apoderó de un puñado de frascos y tragó píldoras al azar. Una roja y chata, otra que era un tubito verde, una suculenta cápsula de gelatina amarilla, tal vez eran drogas contra la jaqueca, tal vez alucinógenos. «¿Quién sabe y a quién le importa? Nosotros los capricornianos no siempre somos tan cautelosos como se piensa».
Alguien golpeó a la puerta del baño. Nikki abrió la puerta y encontró el rostro blando, esperanzado, de Martin Bliss cerca del cielo raso. Los ojos levemente protuberantes, las mejillas rosadas.
—Me dijeron que te sentías mal. ¿Puedo ayudarte en algo? —Tan amable, tan dulce. Ella le tocó el brazo, rozó su mejilla con los labios. Detrás de él, en el pasillo, había un hombre corpulento de cabellos rubios, cortos, glaciales ojos azules, rostro redondo y perfecto. Su sonrisa era intensa y brillante.
—Muy fácil —dijo—. Capricornio.
—¿Adivina mi… —Nikki se interrumpió, estupefacta… mi signo?— concluyó, con un hilo de voz. —¿Cómo adivinaste? Ah.
—Sí, soy el que tú piensas.
Ella se sintió más que desnuda, despojada hasta los ganglios, hasta las sinapsis.
—¿Cómo es el truco?
—No hay truco. Escucho. Oigo.
—¿Oyes pensar a la gente?
—Más o menos. ¿Piensas que es un juego de salón? —Era hermoso pero daba miedo, como una espada de samurai en movimiento. Ella lo deseaba pero no se atrevía. «Tiene mi número», pensó. «Yo jamás podría tener secretos para él». Él dijo con tristeza:
—No me importa. Sé que asusto a mucha gente. A algunos no les importa.
—¿Cómo te llamas?
—Tom —respondió él—. ¿Qué tal, Nikki?
—Lo siento mucho.
—No tienes por qué sentirlo. Puedes engañarte si es necesario. Pero no puedes engañarme a mí. De todos modos, tú no te acuestas con hombres a quienes compadeces.
—No me acuesto contigo.
—Sí, lo harás —dijo él.
—Pensaba que simplemente sabías leer los pensamientos. No me dijeron que hacías profecías también.
El se inclinó hacia ella y le sonrió. La sonrisa la derrumbó. Tenía que luchar para no rendirse.
—Tengo tu número, es cierto —dijo él en voz baja y dura—. Te llamaré el próximo martes. —Mientras se alejaba agregó—: Te equivocas. Soy de Virgo. Aunque no lo creas.
Nikki volvió al living, rígida.
—… la figura del mandala —estaba diciendo Nicholson. Su voz era oscura, impostada, una pura voz de bajo—. Lo esencial en cada mandala es el centro: el lugar donde todo nace, el ojo de la mente de Dios, el corazón de la oscuridad y de la luz, lo más profundo de la tormenta, muy bien: ustedes deben moverse hacia el centro, encontrar el vértice en el límite de Yang y Yin, colocarse exactamente en el punto medio del mandala. Centrarse. ¿Entienden la metáfora? Centrarse en el ahora, el eterno ahora. Apartarse del centro es avanzar hacia la muerte, retroceder con respecto al nacimiento, siempre las fatales oscilaciones polares; pero si son capaces de ubicarse constantemente en el foco del mandala, exactamente en el centro, tienen acceso a la fuente de la renovación, se convierten en un organismo capaz de una constante autocuración, de una constante auto-alimentación, una constante expansión a las regiones más allá del yo. ¿Me siguen? El poder de…
Steiner, que estaba junto a Nikki, dijo tiernamente:
—Qué hermosa eres en los primeros momentos de la fijación erótica.
—Ésta es una fiesta maravillosa.
—¿Has conocido gente interesante?
—¿Hay gente que no lo sea? —preguntó ella.
Nicholson se apartó bruscamente del círculo de quienes lo escuchaban y cruzó la habitación a grandes pasos, solo, dirigiéndose al bar, Nikki se apresuró a detenerlo, y chocó con un sirviente de cabeza aceitada que llevaba una bandeja. La bandeja se deslizó de los dedos del hombre y voló por el aire como un escudo en rápido movimiento oscilatorio, sobre la alfombra blanca cayó una lluvia de carne picada con salsa de curry, verde y aceitosa. El sirviente quedó totalmente inmóvil. Congelado como una especie de ídolo de piedra mejicano, con su cuello grueso, su nariz chata, durante un largo y penoso momento; luego volvió la cabeza lentamente hacia la izquierda y contempló con pena su mano rígida y tendida que había perdido la bandeja. Finalmente giró la cabeza en dirección de Nikki, y por un fugaz instante en su rostro de granito, normalmente inexpresivo, apareció un odio total, un rayo de desprecio y rechazo que se esfumó inmediatamente. Se echó a reír: ju-ju-ju, su risa era una especie de relincho ahogado. Su superioridad era impresionante. Nikki cayó en un pantano de humillación. Escapó rápidamente, en zigzag, pasando junto a la comida volcada para llegar al bar. Nicholson seguía solo. Nikki enrojeció furiosamente. Jadeaba. Buscaba desesperadamente las palabras, con la lengua atrancada. Finalmente, logró balbucear:
—¡Feliz cumpleaños!
—Gracias —dijo él solemnemente.
—¿Lo estás pasando bien?
—Muy bien.
—Me asombra que no te aburran. Has invitado a tanta gente.
—No me aburro fácilmente. —Tenía una calma impresionante, una reserva de paciencia sin fondo. Le dedicó una mirada que era a la vez cálida e impersonal—. Todo me parece interesante —dijo.
—Qué curioso. Hace unos minutos le dije más o menos lo mismo a Steiner. Es mi cumpleaños también, ¿sabes?
—¿De veras?
—El 7 de enero de 1975, para mí.
—¿Qué tal? 1975. Yo soy… —Se echó a reír—. Parece totalmente absurdo, ¿verdad?
—El 7 de enero de 982.
—Hiciste los deberes.
—Leí tu libro —dijo ella—. ¿Me permites que haga un comentario tonto? Dios mío, no representas mil diecisiete años.
—¿Qué aspecto debería tener?
—Más parecido a él —replicó ella, indicando a Francis Xavier Byrne.
Nicholson rió. Nikki se preguntó si él la encontraría atractiva. Tal vez. Tal vez. Nikki se arriesgó a cruzar con él una mirada. Él era apenas un centímetro más alto que ella, y eso hacía que la experiencia fuese aterradoramente íntima. Él la miró fijamente, hacia el centro; ella imaginó que él estaba en el centro de un mandala vibrante, que de su corazón emanaban luminosos rayos de color turquesa, unidos por radiantes aros rojos y verdes, como en una telaraña. La envolvió una ola de deseo que sentía surgir de sus riñones. Los ojos de Nikki eran explícitos. Los de él estaban velados. Ella sintió que él retrocedía con calma. «Llévame adentro», rogó ella, «llévame a una de las habitaciones del fondo. Lléname de vida». Dijo:
—¿Cómo elegirás a las personas que vas a instruir con tu secreto?
—Intuitivamente.
—Rechazando a cualquiera que te lo pida directamente, por supuesto.
—Rechazando a todo el que me lo pida.
—¿Tú lo pediste?
—Dijiste que habías leído mi libro.
—Ah. Sí. Ahora recuerdo: no sabías lo que sucedía, y no lo entendiste hasta que todo terminó.
—Yo era un muchacho simple —dijo él—. Eso sucedió hace mucho tiempo. —Sus ojos estaban vivos nuevamente. «Se siente atraído por mí. Ve que soy de su clase, que lo merezco. Capricornio, capricornio, Capricornio, tú y yo, la cabra macho y la cabra hembra. Juega a mi juego, Cap»—. ¿Cómo te llamas? —preguntó él.
—Nikki.
—Qué hermoso nombre. Qué hermosa mujer.
La vaguedad de los cumplidos la dejó desgastada. Se dio cuenta de que había llegado en forma misteriosamente repentina a un punto de necesaria retirada táctica; la retirada era obligatoria, porque de otro modo podría empujar demasiado y destruir el tenue contacto tan dificultosamente establecido. Le agradeció con una mirada y se alejó con gracia, acercándose a Martin Bliss, tomándolo del brazo suavemente. Bliss se estremeció, se sonrojó de placer, saltó a un estado de energía más alto. Ella resonaba con las vibraciones de él, subía y subía. Buscaba en el corazón de la fiesta, en el centro del mandala; de pie, bien apoyada sobre las plantas, con las piernas ligeramente separadas, conviniendo a su cuerpo en un eje polar, con líneas de fuerza que surgían poderosamente de la tierra, atravesaban los niveles de subsuelo del edificio, y seguían subiendo los ochenta y ocho pisos, que pasaban por su sexo, su corazón, su cabeza. «Esto debe de ser lo que se siente», pensó Nikki, «cuando a uno le confieren la inmortalidad». Un momento de gracia espontánea, el momento en que se enciende una luz interior. Miró con amor al pobre Bliss, tán vigoroso. Se oía el quinteto de cuerdas.
—¿Qué es eso? —preguntó—. ¿Brahms? —Bliss se ofreció a averiguarlo. Una vez sola, fue vulnerable a Francis Xavier Byrne, que la sometió con una sola mirada cadavérica.
—¿Ya lo has averiguado? —preguntó él—. El signo.
Ella miró fijamente su cuerpo estragado, canceroso, brillando de descomposición.
—Escorpio —respondió Nikki con voz ronca.
—¡Correcto! ¡Correcto! —Se quitó un colgante del pecho y pasó la cadena de oro sobre la cabeza de Nikki—. Para ti —jadeó y se alejó. Ella acarició el colgante. Era una piedra verde y lisa.
¿Jade? ¿Esmeralda? Sobre la cara en forma de cúpula había una cruz grabada, la crux ansata. Hermosa. El don de la vida, que ofrendaba el moribundo. Le hizo un gesto cariñoso por encima de una selva de cabezas y guiñó un ojo. Bliss le devolvió el guiño.
—Están tocando algo de Schönberg —informó él—, Verkläste Nacht.
—Qué hermoso. —Movió el colgante y lo dejó caer contra sus pechos—. ¿Te gusta?
—Estoy seguro de que hace un momento no lo tenías —dijo él.
—Surgió —respondió ella. Se sentía excitada, pero no tanto como en el momento de dejar a Nicholson. Ya no tenía esa sensación de ser el centro. La fiesta parecía caótica. Se formaban parejas, se disolvían, volvían a formarse, figuras como sombras se encaminaban de a dos y de a tres hacia los dormitorios; los sirvientes presentaban más obsesivamente sus bandejas de bebidas y bocadillos a los invitados que quedaban; el granizo se había convertido en nieve, y las masas livianas golpeaban silenciosamente las ventanas, y quedaban adheridas a ellas, revelando sus brillantes estructuras mandálicas durante momentos dolorosamente breves antes de derretirse. Nikki luchaba por recuperar su posición centrada. Se permitió una fantasía alegre: Nicholson venía hacia ella, le tocaba formalmente la mejilla, y le decía: «Tú serás una de los elegidos». En menos de doce meses le llegaría a él el momento de reunirse con sus siete discípulos todavía sin nombre para ver el nuevo siglo, les tomaría las manos entre las suyas, les insuflaría la vitalidad de los inmortales en los cuerpos, compartiría con ellos el secreto que habían compartido con él mil años atrás. «¿Quién? ¿Quién? ¿Quién? Yo. Yo. Yo». Pero ¿dónde había ido Nicholson? Su aura, su resplandor, ese cono de luz imaginaria que parecía rodearlo… no estaban en ninguna parte.
Un hombre con peluca de color naranja laqueada comenzó a pelearse furiosamente, bajo la nariz de Nikki, con una mujer mucho más joven que llevaba festones de perlas bioluminiscentes. Marido y mujer, evidentemente. Los dos tenían rasgos acusados, ojos brillantes, protuberantes, rostros rígidos, y los músculos de las mejillas trabajaban intensamente. Hacia tanto tiempo que vivían juntos, que habían llegado a parecerse. Su discusión tenía un sabor rancio, ritual, como si la hubieran ensayado demasiado antes: se explicaban uno a otro los acontecimientos que habían causado la pelea, los explicaban, los recapitulaban, los disimulaban, los justificaban, atacaban, defendían… tú dijiste esto y por eso yo te respondí de esta manera… no, al contrario, yo lo dije porque tú dijiste que… y todo en un tono tranquilo, áspero, rechazante, agónico, la muerte en estado puro.
—Él es su padre biológico —dijo un hombre que estaba junto a Nikki—. Ella fue una de las primeras criaturas in vitro, y él fue el donante, y hace cinco años, le siguió la pista, la encontró y se casaron. Un agujero en la ley. —¿Cinco años? Daban la impresión de estar casados desde hacía cincuenta. Estaban rodeados de muros de dolor y aburrimiento. A Nikki le resultaba imposible imaginarlos en la cama, con los cuerpos enlazados en el acto de amor. Acto de amor, pensó, y rió. ¿Dónde estaba Nicholson? El duque Alexius, sonrojado y sudoroso, le hizo una inclinación de cabeza.
—Me marcharé pronto —anunció, y ella recibió el anuncio gravemente pero sin reaccionar, como si él simplemente hubiera comentado las fluctuaciones de la tormenta o hubiera hablado en griego. Él volvió a hacer una inclinación de cabeza y se alejó. ¿Nicholson? ¿Nicholson? Se tranquilizó nuevamente, encontrando su centro. Él vendrá a mí cuando esté preparado. Hubo contacto entre nosotros, y fue real y bueno.
Bliss, que estaba junto a ella, hizo un gesto y dijo:
—Un rabino nacido en Siria, que anteriormente fue musulmán, altamente considerado entre los teólogos judíos.
Ella asintió, pero no miró.
—Un astronauta que acaba de volver de Marte. Nunca he visto a nadie con la piel bronceada de ese color.
El astronauta no le resultó interesante. Se esforzó por volver a sentir un alto grado de excitación. La fiesta se aproximaba a un momento cumbre, un momento en que se harían compromisos y se tomarían decisiones. El tintineo del hielo en los vasos, los vapores neblinosos de los inhaladores psicodélicos, la cercanía de la carne caliente a su alrededor… estaba conectada con todos, estaba viva y receptiva, entraba en un momento convulso, el momento de las sacudidas galvánicas. Se puso salvaje y audaz. Impulsivamente besó a Bliss, esforzándose por pararse en puntas de pie, metiendo profundamente la lengua en la boca desconcertada de él. Luego se alejó. Alguien jugaba con las luces: se ponían más rojas, luego cobraban fuerza y pasaban a una ferocidad azul, casi blanca. Del otro lado del salón surgía una multitud que se arremolinaba alrededor de la figura caída de Francis Xavier Byrne, desmoronado contra la base del bar. Tenía los ojos abiertos pero vidriosos. Nicholson se inclinó sobre él, metió la mano en la camisa, hizo delicados ajustes en los controles que había debajo.
—Muy bien —decía Steiner—. Denle un poco de aire. ¡Está bien! —Confusión. Tumulto. Un torrente de información confusa.
—… dicen que ha habido un cambio permanente en las características climáticas. De ahora en adelante habrá inviernos más fríos, debido a las acumulaciones de polvo en la atmósfera que tapan los rayos del sol. Hasta que nos congelaremos totalmente alrededor del año dos mil doscientos…
—… pero se supone que el óxido de carbono iniciará un efecto de invernadero que causa clima más cálido, pensaba yo, y…
—… la propuesta de generar energía eléctrica de…
—… la falla de San Andrés…
—… financiado con pagarés convertibles en…
—… cápsulas de toxinas de botulismo…
—… que se distribuirán a razón de una por cada mil familias, en toda Groenlandia y el área Metropolitana de Kamchatka…
—… en el siglo XXVI, cuando uno realmente podía encontrar su propio imperio en alguna parte desconocida de la…
—… conflictos no resueltos de la personalidad capricorniana…
—… intensa concentración y meditación en el mandala completo para que el contenido del trabajo se transfiera a la mente y al cuerpo del que mira y se identifiquen con ello. Es decir, técnicamente lo que ocurre es la reabsorción de las fuerzas cósmicas. En el proyecto de la construcción estas fuerzas…
—… mariposas, que ya no existen en ninguna parte en…
—… fueron proyectadas desde el caos del inconsciente; en el proceso de absorción, las energías retroceden nuevamente…
—… reflejando transformaciones de la DNA en el órgano recolector de luz, que…
—… la nieve…
—… mil años, ¿puedes imaginarlo? y…
—… su cuerpo…
—… que antes era un sapo…
—… acaba de volver de Marte, y tiene esa expresión en la mirada… —Tienes que sostenerme— dijo Nikki. —Sostenerme. Estoy muy mareada.
—¿Quieres un trago?
—Sólo quiero que me sostengas. —Se apretó contra la tela de dulce perfume. El pecho de él seguía rígido. Steiner. Muy macho.
La sostuvo, pero sólo por un momento. Tenía otras responsabilidades. Cuando la soltó, ella osciló. Él hizo una señal a otro, rubio, de rostro blando. El que leía los pensamientos. Pasándola por la cadena de hombre a hombre.
—Ahora te sientes mejor —le dijo Tom.
—¿Estás seguro de eso?
—Totalmente.
—¿Puedes leer la mente de cualquiera de los que están en esta habitación? —preguntó ella.
El asintió.
—¿Incluso la suya?
Otra vez un gesto de asentimiento.
—La de él es la más clara de todas. Hace mucho que la usa, todos los canales están muy profundizados.
—¿Entonces realmente tiene mil años de edad?
—¿No lo creías?
Nikki se encogió de hombros.
—A veces no sé lo que creo.
—Es viejo.
—Tú debes saberlo.
—Es un fenómeno. Es absolutamente extraordinario. —Una pausa, rápida, como una puñalada—. ¿Querrías leer su mente?
—¿Cómo puedo hacerlo?
—Puedo conectarte, si lo deseas. —En los ojos glaciales brilló una calidez traviesa—. ¿Sí?
—No estoy segura de desearlo.
—Estás muy segura. Eres terriblemente curiosa. No me engañas. No juegues, Nikki. Tú quieres ver dentro de él.
—Tal vez. —Lo admitía de mala gana.
—Sí que quieres. Créeme que quieres. Mira, relájate, deja caer los hombros un poco, aflójate, ponte receptiva, y yo estableceré el vínculo.
—Espera —dijo ella.
Pero era demasiado tarde. El lector de mentes partió serenamente su conciencia como Moisés en el mar Rojo, y le metió algo en la frente, algo espeso pero insustancial, un poco de niebla. Ella se estremeció y retrocedió. Se sentía violada. Como la primera vez que se había acostado, en el momento en que se terminaron los juegos, los besos y las caricias, y repentinamente sintió un objeto profundamente metido en su cuerpo. Nunca había olvidado esa sensación de ser empalada. Pero por supuesto no sólo había sido una intrusión sino también una fuente de éxtasis. Como ésa. El objeto que sentía dentro de ella era la conciencia de Nicholson. Maravillada exploró la superficie, rígida y curtida, marcada por las innumerables ablaciones de las nuevas entradas. Pasó sus manos temblorosas sobre la bronceada aspereza. Permaneció afuera. Tom, el que leía el pensamiento, la tocó con el codo. Sigue, sigue, más profundo. No retrocedas. Se abrazó a Nicholson y entró en él como el ectoplasma en la arena. De pronto perdió apoyo. El discreto e impermeable límite que marcaba el fin de su yo y el comienzo del de él se borró. Era imposible distinguir entre las experiencias de ella y las de él, y tampoco podía ella separar las pulsaciones de su sistema nervioso de los impulsos que viajaban por el de él. La asaltaron y la invadieron recuerdos fantasmales. Se transformó en un nodulo de pura percepción, en un ojo fijo, frío y aislado. Que contemplaba y registraba. Relampagueaban las imágenes. Se esforzaba por seguir trepando por una cresta nevada, luminosa, y más arriba pendían las fauces irregulares del Himalaya en el cielo blanco y un yak de hocico tibio resoplaba cansadamente a su lado. La acompañaba un grupo de hombrecitos de piel morena, ojos oblicuos, chaquetas abrigadas, botas gruesas. El olor de la manteca rancia, el latigazo de un viento imposible; y allí, brillando bajo la repentina luz del sol, una pila de yeso amarillo brillante con mi ventanas que se abrían y se cerraban, un edificio, un monasterio de lamas junto a un risco en la montaña. El sonido nasal de cuernos y trompetas distantes. El canto ronco de los monjes de piernas de loto. ¿Qué cantaban? ¿Om? ¿Om? Om y las moscas zumbaban alrededor de su nariz, y se encontro tendida en una estrecha canoa, avanzando silenciosamente por un río a medianoche en el corazón de África, ahogándose en la humedad. Hombres desnudos, fuertes, de piel negra rojiza, se acercaban. Colgaban frondas sudorosas de los arbustos; los hocicos de los cocodrilos se elevaban del agua oscura como flores dientudas; grandes orquídeas nauseabundas florecían en lo alto, en los árboles de troncos lisos. Y en la costa, cinco hombres blancos con trajes isabelinos, sombreros de ala ancha, cuellos volcados, encaje, botas con cierres de fantasía, y barbas rojas rizadas. Errol Flynn como Sir Francis Drake, con el rifle colgando del brazo. Los hombres blancos reían, se hacían señas, gritaban a los hombres de la canoa. ¿Soy esclavo o patrón? No había respuesta. Sólo un murmullo y una nueva visión: hojas secas que pasaban volando frente a las puertas de las cabañas de techo de paja, bueyes temblorosos echados en campos desnudos, y cubiertos de espigas, hombres serios, de largos bigotes, con cabellos cortos que avanzaban por sendas diagonales hacia el horizonte. ¿Eran cruzados? ¿O guerreros de Hungría que iban a encontrarse con los temidos mongoles? ¿Defensores del reino anglosajón en peligro contra los invasores normandos? Podían ser cualquiera de ésos. Pero siempre la mirada fija, fría, siempre la inmóvil conciencia en el centro de cada escena. Él, eterno, perdurable. Y luego, el tren que avanzaba hacia el oeste, eructando humo blanco, las praderas que se extendían hasta el infinito, el gran bisonte marrón de ojos salvajes a la derecha del camino, el hombre de cabellos desordenados que le llegaban a los hombros ríe y arroja una moneda de oro de veinte dólares sobre la mesa, levanta su rifle —de calibre 50— con carga trasera Springfield… apunta distraídamente a la puerta del tren en marcha, se le escapa un disparo, otro, otro. Tres cadáveres junto a las vías, y el tren sigue adelante, haciendo sonar roncamente el silbato. El brazo y el hombro de Nikki doloridos por el impacto de los disparos. Luego: un malecón fétido, paquetes de clavos de olor, pimienta y canela, hombres de piel oscura con turbantes y taparrabos que discuten bajo un sol terrible. Pequeñas monedas de plata irregulares que brillan en la palma de la mano de Nikki. El tartajeo de algún dialecto malabar en contrapunto con un fluido y burlón portugués. ¿Nos embarcamos ahora con Vasco da Gama? Tal vez. Y luego una calle gris, teutónica, barrida por los vientos, medieval, severos rostros luteranos se miran desde las ventanas frunciendo el entrecejo. Y luego la estepa Gobi, con jinetes y fogatas y tiendas oscuras. Y luego la ciudad de Nueva York, sin ninguna duda la ciudad de Nueva York, con automóviles negros, cuadrados, que se escurren entre los rascacielos como cucarachas brillantes, una escena de una película muda. Y luego, y luego. Por todas partes, todo, todos los tiempos, todos los lugares, un fluir discontinuo de acontecimientos pero siempre esa claridad de visión, esa percepción firme como una roca, esa mente sólida en el centro, esa identidad inamovible, ese yo que no cambia…
… con quien estoy inexplicablemente mezclada…
No había «yo», no había «él», sólo había un único punto de vista siempre en percepción. Pero abruptamente ella sintió un cambio de foco, un efecto de distanciamiento, una separación del yo y yo, de manera que lo estaba mirando mientras vivía las muchas vidas de él, lo veía desde afuera, lo veía claramente cambiando identidades como otros podían cambiar de ropa, dejarse la barba y el bigote, afeitarse, cortarse el cabello, dejarlo crecer, adoptar nuevas modas, aprender idiomas, falsificar documentos. Lo vio en sus mil años de disfraces y subterfugios, lo vio real y unificado y centrado bajo sus camuflajes obligatorios…
… Y lo vio a él viéndola a ella…
Instantáneamente el contacto se rompió. Trastabilló. Unos brazos la sostuvieron. Se apartó del hombre rubio, de sonriente rostro redondo, murmurando:
—¿Qué has hecho? No me dijiste que me mostrarías a él.
—¿De qué otro modo puede haber un vínculo? —preguntó Tom.
—No me lo dijiste. Deberías habérmelo dicho. —Todo estaba perdido. Ahora no podía soportar estar en la misma habitación con Nicholson. Tom tendió un brazo hacia ella, pero Nikki pasó junto a él, trastabillando, atropellando a la gente. Los demás fingían no verla. Alguien le acarició la pierna. Se abrió camino entre tres mujeres y dos sirvientes, cinco hombres y un mantel. Una puerta de vidrio, un brillante picaporte plateado: empujó. Salió a la terraza. La pureza del fuerte viento podía dejarla limpia. A sus espaldas se oían leves jadeos, algunos gritos agudos, voces molestas que exclamaban: «¡Cierra eso!». La cerró de un golpe. Sola en medio de la noche, a ochenta y ocho pisos de alto sobre el nivel de la calle, se ofreció a la tormenta. Su túnica transparente no la protegía en absoluto. Los copos de nieve ardían contra sus pechos. Sus pezones se endurecieron y se irguieron como ardientes señales luminosas, empujando la tela delicada. La nieve le ardía en la garganta, los hombros, los brazos. Mucho más abajo, el viento hacía girar los cristales recién caídos en espiral. La calle era invisible. Las confusiones térmicas producían corrientes ascendientes que llegaban hasta el borde de su túnica y la levantaban hacia afuera, revelando su cuerpo. Sus muslos desnudos reciban el castigo de las frías partículas de escarcha. Estaba de espaldas a la fiesta. ¿Alguien de los que estaban adentro advertía su presencia? ¿Alguien censaría que quería suicidarse, y correría galantemente a salvarla? Los capricornianos no se suicidaban. Podían amenazar con hacerlo, hasta podían decirse a sí mismos muy honestamente que de veras iban a hacerlo, pero sólo era un juego, sólo un juego. Nadie se le acercó. No se volvió. Se aferró a la barandilla, luchó por calmarse.
No servía de nada. Ni siquiera el aire helado la ayudaba. Tenía escarcha en las pestañas, y nieve en los labios. El colgante que le había dado Byrne centelleaba entre sus pechos. El aire estaba blanco con un resplandor verde, punzante. Le hería los ojos. Estaba fuera del centro, y vacilante. Se sintió reverberar a través de los siglos, yendo hacia atrás y hacia adelante por la órbita de la interminable vida de Nicholson. ¿En qué año estamos? ¿En 1386, 1912, 1532, 1779, 1043, 1977, 1235, 1129, 1836? Tantos siglos. Tantas vidas. Y sin embargo siempre el mismo verdadero yo, invariable, imposible de cambiar.
Gradualmente las resonancias se apagaron. Las interminables épocas de Nicholson ya no llenaban su mente con ese ruido terrible. Comenzó a temblar, no de miedo sino solamente de frío, y se envolvió en su túnica húmeda, tratando de cubrir su desnudez. La nieve que se derretía dejaba chorreaduras pegajosas en sus pechos y su vientre. Estaba rodeada por un halo de vapor. Su corazón latía con fuerza. Se preguntó si lo que había experimentado era un contacto auténtico con el alma de Nicholson o más bien algún truco de Tom, una simulación de contacto. ¿Era posible, al fin y al cabo, incluso para Tom, crear un vínculo entre dos mentes no telepáticas como la de ella y la de Nicholson? Tal vez Tom había fabricado todo usando imágenes tomadas del libro de Nicholson.
En ese caso todavía podía haber esperanzas para ella.
Un delirio, lo sabía. Una fantasía nacida del desesperado optimismo de lo que no tenía remedio. Pero sin embargo…
Encontró el picaporte, entró nuevamente en la fiesta. La acompañó una ráfaga, que llevó nieve al interior del salón. La gente la miró fijamente. Era como la muerte que llegaba a la fiesta. Como un perro, se sacudió los copos de nieve. Tenía la ropa mojada y pegada a la piel; era como si estuviese desnuda.
—Pobrecita, cómo tiembla —dijo una mujer. Abrazó fuertemente a Nikki. Era la mujer de rasgos agudos, de ojos desorbitados, la que había nacido en un tubo de ensayo, la novia de su propio padre. Sus manos recorrieron rápidamente el cuerpo de Nikki, le acariciaron los pechos, le tocaron la mejilla, el antebrazo, las caderas.
—Ven adentro conmigo —dijo en voz baja—. Te calentaré. —Sus labios rozaron los de Nikki. Una lengua juguetona tocó la suya. Por un momento, porque necesitaba el calor, Nikki cedió al abrazo. Luego se apartó.
—No —dijo—. Otra vez. Por favor. —Se liberó del abrazo, y caminó hacia el otro lado de la habitación. Un viaje interminable. Voces, rostros, risas. Sequedad en la garganta. Luego se encontró frente a Nicholson.
Bien. Ahora o nunca.
—Tengo que hablarte —dijo Nikki.
—Por supuesto. —Los ojos de él eran despiadados. No había ira en ellos, ni siquiera desdén, sólo una increíble paciencia, más aterradora que la furia o el escarnio. Ella no podía dejarse doblegar por esa mirada directa y fría. Dijo:
—¿Tuviste una experiencia extraña, una sensación de que alguien… bueno, de que alguien miraba tu mente? Sé que parece tonto, pero…
—Sí. Sucedió. —Tan tranquilo. ¿Cómo hacía para quedarse tan cerca de su centro? La mirada firme, ese yo increíblemente contenido en sí mismo, persiguiendo todo… el monasterio de los lamas, el depósito de los esclavos, el tren en las vías, todo, todo el tiempo transcurrido, todo el tiempo por venir… ¿cómo se las arreglaba para estar tan tranquilo? Ella sabía que nunca aprendería a tener semejante tranquilidad. Y sabía que él lo sabía. Él tiene mi número, muy bien. Se encontró mirando los pómulos de él, su frente, sus labios. Pero no sus ojos.
—Tienes una imagen equivocada de mí —le dijo ella.
—No es una imagen —dijo él—. Lo que tengo es tú misma.
—No.
—Enfréntate contigo misma, Nikki. Si puedes pensar dónde has de mirar. —El rió. Suavemente, pero ella quedó demolida.
Entonces sucedió algo extraño. Nikki se obligó a mirarlo a los ojos y sintió un cambio de conciencia de un modo a otro, y él se convirtió en un viejo. La máscara de la primera madurez invariable se disolvió y ella vio los atemorizantes ojos amarillentos, el laberinto de arrugas y marcas, las encías sin dientes, los labios babeantes, la garganta hueca, el yo debajo de la cara. ¡Mil años, mil años! Y cada momento de esos mil años era viable.
—Eres viejo —susurró Nikki—. Me das asco. No querría ser como tú, ¡por nada del mundo! —Retrocedió, temblando—. Eres un viejo, un viejo, un viejo. ¡Todo es una payasada!
Él sonrió.
—¿No es patético?
—¿Yo o tú? ¿Yo o tú?
Él no respondió. Nikki estaba desconcertada. Cuando estuvo a cinco pasos de distancia de él tuvo otro acceso de conciencia, un segundo cambio de fase, y de pronto él fue el mismo otra vez, con la piel tensa, erguido, aparentando tal vez treinta y cinco años de edad. Entre ellos colgaba un globo de silencio. La fuerza del rechazo de él era tremenda. Ella acudió a sus últimas fuerzas para mirarlo con furia por última vez. Yo tampoco te quería, amigo, ni un pedacito tuyo. Él la saludó cordialmente. La separación.
Martin Bliss estaba cerca del bar, sonriendo con aire ausente.
—Vamos —dijo ella salvajemente—. ¡Llévame a casa!
—Pero…
—Sólo tenemos que bajar unos pisos. —Se tomó del brazo de él. Él parpadeó, se encogió de hombros, la siguió.
—Te llamaré el martes, Nikki —dijo Tom, cuando pasaron junto a él.
Abajo, en el jardín de su casa, se sintió mejor. En el dormitorio dejaron caer rápidamente sus ropas. El cuerpo de él era rosado, velludo, útil. Nikki puso en funcionamiento la cama, que comenzó a murmurar y a gemir.
—¿Qué edad piensas que tengo? —preguntó Nikki.
—¿Veintiséis? —respondió vagamente Bliss.
—¡Hijo de puta! —Lo hizo tenderse sobre su cuerpo. Recorrió la piel de Bliss con sus manos. Separó los muslos. Vamos. Como un animal, pensó. ¡Como un animal! Envejecía segundo a segundo, se moría en los brazos de él.
—Eres mucho mejor de lo que esperaba —dijo Nikki.
Él la miró, avergonzado, asombrado.
—Podrías haber elegido a cualquiera en esa fiesta. A cualquiera.
—Casi cualquiera —dijo ella.
Cuando él se durmió, Nikki salió silenciosamente de la cama. Seguía nevando. Oía el ruido de las balas y el gemido de los bisontes heridos. Oía el ruido de las espadas sobre los escudos. Oía cantar a los lamas: Om, Om, Om. Esa noche no dormiría, no dormiría nada. El tictac del reloj parecía el de una bomba. El siglo avanzaba sin remordimientos hacia su fin. Se miró la cara, buscando arrugas en el espejo del baño. Era suave, suave, totalmente suave bajo el brillo azul fluorescente. Sus ojos parecían inyectados en sangre. Los pezones todavía estaban duros. Tomó un frasquito de alabastro de uno de los armarios del baño y de él salieron tres delgadas cápsulas rojas en la palma de su mano. Feliz cumpleaños, querida Nikki, feliz cumpleaños para ti. Tragó las tres cápsulas. Volvió a la cama. Esperó, escuchando el ruido de la nieve contra el vidrio, las visiones que la transportarían a otro mundo.