País Relato - Autores

robert arthur

franqueo pagado al paraíso

Era la semana de los Hobbies en el Club, y Malcolm estaba mostrando su colección de sellos.
—Ahora ved estos triangulares —dijo—. Su valor no se conoce con exactitud, ya que nunca se han vendido en bloque. Pero componen el juego completo más raro e interesante para los filatélicos. Son…
—Una vez tuve un juego de sellos que era aún más raro y más interesante —interrumpió Murchison Morks, con voz melosa.
Morks es un hombre pequeño y vivaracho que, a menudo, se sienta junto a la chimenea y fuma su pipa mientras contempla las llamas en silencio. No creo que se interese particularmente por Malcolm, que es nuestro único millonario y le gusta lo que tiene más que a nadie.
—¿Que tienes un juego de sellos más raro que mis triangulares? —le preguntó Malcom incrédulo, con una oscura sombra de molestia en sus mejillas.
—No, no lo tengo. —Morks sacudió la cabeza corrigiéndole amablemente—. Lo tuve.
—¡Oh! —replicó Malcolm—. ¿Y se te quemaron? ¿O los robaron?
—No. —Morks reprimió un suspiro—. Los usé. Para enviar una carta. Antes de darme cuenta de que eran únicos.
Malcolm se mordió el labio.
—Este juego de sellos —dijo posesivamente, colocando la mano sobre el cristal que cubría los trocitos triangulares de papel—, costó la vida al menos a un hombre.
—El mío me costó mi mejor amigo —replicó Morks.
—¿Costó la vida de tu mejor amigo? —preguntó Malcolm.
Morks sacudió la cabeza. Su cara mostraba una tristeza reflexiva, como si reviviera en su mente un fragmento del pasado, que aún le hería sólo con recordarlo.
—No lo sé —le respondió al filatélico—. La verdad es que no lo sé. Sospecho que no. Honestamente pienso que Harry Norris, así se llamaba mi amigo, es en este momento diez veces más feliz que cualquiera de los que estamos aquí. Y cuando pienso que si no hubiera sido por mi timidez podría estar con él…
—Pero tengo que contaros la historia completa —dijo brevemente— para que podáis comprenderlo todo.
No soy coleccionista de sellos —empezó a contar, haciendo un gesto con la cabeza hacia Malcolm—, pero mi padre lo era. Murió hace algunos años, y entre otras cosas me dejó su colección.
No era particularmente buena, pues había buscado en los sellos más lo pintoresco que lo valioso. Cuando la vendí, apenas pude conseguir que me pagaran lo suficiente para recompensarme por los problemas que tuve para que la valorasen.
Incluso, durante cierto tiempo pensé en quedármela; algunos sellos, particularmente los sellos de países tropicales donde aparecían pájaros y animales exóticos, eran muy decorativos.
Pero al final la vendí entera… excepto un juego de cinco que el marchante rechazó, porque decía que eran falsificaciones.
¡Falsificaciones! Si lo hubiera sospechado…
Pero naturalmente acepté lo que decía. Asumí que entendía en estos temas. Sobre todo porque los cinco sellos diferían considerablemente de los que había visto antes, y ni siquiera estaban incluidos en el álbum de mi padre. Estaban sueltos en un sobre que había al final de la colección.
Pero falsificados o no, eran interesantes y atractivos. Los cinco tenían un valor diferente: diez centavos, cincuenta centavos, un dólar, tres dólares y cinco dólares.
Ninguno estaba usado, se encontraban en perfecto estado —es así como se dice, ¿no, Malcom?—, y tenían unos colores de lo más vivo: granate y azul marino, esmeralda y amarillo, naranja y azur, chocolate y marfil, negro y oro.
Y además eran muy grandes (su tamaño era cuatro veces mayor que los sellos de correos normales que todos conocéis), y las escenas que mostraban tenían gran viveza y realismo.
En particular el de tres dólares, que retrataba a una muchacha nativa con el plato de frutas sobre la cabeza…
Sin embargo, me estoy saliendo de mi historia. Digamos simplemente que, tras pensar que eran falsos, los metí en un cajón y me olvidé de ellos.
Los volví a encontrar una noche, casi por accidente, cuando estaba revolviendo el fondo del cajón en busca de un sobre con el que poder mandar una carta que acababa de escribir a mi mejor amigo, Harry Norris. En esa época, Harry vivía en Boston.
Resultó que el único sobre que pude encontrar era el que tenía dentro los sellos de mi padre. Lo vacié, escribí en él la dirección y luego, tras cerrarlo, centré mi atención en aquellos cinco extraños sellos.
He mencionado que todos eran grandes y rectangulares: casi del tamaño de una etiqueta en vez del tamaño convencional de un sello de correos. Pero claro, no eran sellos convencionales.
Había una línea escrita en la parte superior: ESTADOS FEDERADOS DE EL DORADO. Luego, hacia el centro, el valor. Y al pie, otra línea: Correo rápido.
Al no estar familiarizado con este tipo de cosas, supuse que El Dorado era uno de esos Estados indios, o que tal vez estaba en algún lugar de Centroamérica. Pensé que lo de correo rápido correspondía probablemente a nuestro correo aéreo.
Ya que los valores estaban en centavos y dólares, me incliné hacia la teoría latinoamericana: hay un montón de países pequeñitos ahí abajo, a los que siempre confundo, como El Salvador y Colombia. Pero hasta ese momento nunca había pensado mucho en el tema.
Ahora, al mirarlos, empecé a preguntarme si aquel marchante conocía su negocio. Estaban tan bien hechos, el grabado ejecutado con tanta maestría, los colores tan brillantes y atractivos, que parecía difícil que pudieran ser falsos.
Es cierto que los temas que mostraban no eran normales. El de diez centavos, por ejemplo, mostraba un unicornio erecto, con el cuerno apuntando al cielo, la crin al viento. Parecía una imagen sacada de la vida real.
Era casi imposible mirarla sin pensar que el artista había trabajado con un unicornio auténtico como modelo. Excepto, naturalmente, que ya no quedan unicornios.
El de cincuenta centavos mostraba a Neptuno, con el tridente en la mano y cabalgando sobre un par de delfines, a través de una superficie de espuma. Era tan real como el primero.
El de un dólar mostraba a Pan tocando sus flautas, con un templo griego al fondo, y tres faunos danzando sobre la hierba. Al mirarlos, uno casi podía oír la música que producía.
No exagero lo más mínimo. Tengo que admitir que me sorprendía un poco que un país tropical pusiera a Pan en uno de sus sellos, pues pensaba que era monopolio griego. Pero cuando me miré el sello de tres dólares, lo olvidé por completo.
Probablemente no pueda expresar con palabras la impresión que me causó aquel sello… y a Harry Norris, más tarde.
La figura central era una muchacha; creo que ya lo he dicho antes.
Una muchacha nativa, contra un fondo de flores tropicales, una chica de unos dieciséis años, diría, que acaba de ser mujer, sonriendo, con una sonrisita de complicidad, que combinaba la inocencia de la infancia con toda la sabiduría heredada de una mujer.
¿Me explico con claridad? ¿No mucho? Bien, no importa. Continuemos. Sólo añadiré que llevaba sobre la cabeza, al estilo nativo, una gran bandeja plana llena de frutas de todo tipo; aquella bandeja, junto con algunas flores que tenía en los pies, eran su único atuendo.
La miré durante largo rato, antes de examinar el último sello del grupo, el de cinco dólares.
Éste era relativamente poco interesante en comparación. Sólo un mapa. Mostraba varias islitas agrupadas en una extensión de agua marcadas, con letras claras, como Mar de El Dorado. Supuse que las islas eran los Estados Federados de El Dorado, y que el punto más grande, señalado con la palabra Nirvana, era la capital del país.
Entonces se me ocurrió una idea. Harry tenía un sobrino que coleccionaba sellos. Sólo por diversión, podía poner una de aquellas falsificaciones de El Dorado (si eran falsificaciones) en la carta que iba a mandar a Harry, y ver si la aceptaban en la oficina de correos. Si lo hacían, el sobrino de Harry recibiría una rareza, un sello extranjero usado en América.
Era una idea estúpida, pero era muy tarde y encontrar los sellos me había puesto de buen humor. Así que inmediatamente pegué el sello de diez centavos en la esquina de la carta para Harry y luego fui a buscar un sello normal para ponerlo al lado.
Tuve que llegar a mi habitación, donde encontré el sello que me hacía falta en la cartera, que tenía en la chaqueta. Mientras, dejé la carta sobre la mesa.
Y cuando volví a la biblioteca, había desaparecido.
No tengo que decir que me quedé muy sorprendido. No había ningún lugar donde pudiera haber ido. No había nadie que hubiera podido cogerla. La ventana estaba abierta, pero era la ventana de un ático, a veinte pisos de altura del suelo, en el vacío y nadie podía entrar por ella.
Y tampoco era posible que el viento se hubiera llevado la carta volando. Miré el suelo. En realidad, busqué por todas partes, cada vez más sorprendido.
Y entonces, justo cuando estaba a punto de rendirme, el teléfono empezó a sonar.
Era Harry Norris, llamándome desde Boston. Su voz, mientras me saludaba, parecía un poco agitada. En seguida descubrí por qué.
Tres minutos antes, cuando se disponía a acostarse, la carta que yo acababa de dar por perdida había entrado por la ventana, había flotado en el aire unos instantes ante su mirada y luego se había depositado en el suelo.
Harry Norris llegó a Nueva York a la mañana siguiente. Le había prometido por teléfono, tras explicarle lo del sello de El Dorado, que no tocaría los otros excepto para ponerlos en lugar seguro.
Era obvio que el sello era responsable de lo que había sucedido. De alguna manera, había conducido la carta desde la biblioteca a los pies de Harry Norris directamente, en un tiempo estimado de tres minutos, o a una velocidad media de ocho mil kilómetros por hora.
Era una idea para desatar la imaginación. Desde luego, desató la mía.
Harry llegó a la hora del almuerzo, y mientras comíamos le expliqué todo lo que sabía; lo que acabo de contaros ahora. Se sintió decepcionado por lo parco de mi información. Pero no pude añadir nada que ya no supiéramos, y los hechos hablaban por sí solos.
Básicamente, se reducían a lo siguiente: había pegado el sello de El Dorado en la carta de Harry, y de inmediato la carta se había enviado ella sola sin ningún procedimiento intermedio.
—¡No, no puede ser! —estalló Harry—. Mira, he traído la carta conmigo. Y…
Me la tendió, y vi que me había equivocado. Entonces había algún procedimiento intermedio de algún tipo. Sí, y el sobre había sido matasellado con tinta púrpura claramente legible.
Estados Federados de El Dorado, decía el matasellos. Era circular, como el nuestro; y en el centro del círculo, donde normalmente se coloca la fecha de emisión, sólo había una palabra, Jueves.
—Hoy es jueves —recalcó Harry—. ¿Pusiste el sello después de medianoche?
—Justo después. Parece que la gente de El Dorado no le presta atención a la hora ni el minuto, ¿no?
—Sólo prueba que es un país tropical —sugirió Harry—. El tiempo significa poco o nada en el trópico, ya sabes. Pero a donde quería llegar es a que el matasellos del jueves demuestra que El Dorado está posiblemente en Centroamérica, como pensaste. Si estuviera en la India, o en el Oriente, habría sido matasellado el miércoles, ¿no? ¿No tendríamos que contar la diferencia horaria?
—¿No habría sido viernes? —pregunté, dubitativo, sin saber mucho de esas cosas—. En cualquier caso, podemos averiguarlo fácilmente. Sólo tenemos que mirar en un atlas. No sé por qué no se me ha ocurrido antes.
Harry estuvo de acuerdo.
—Naturalmente. ¿Dónde tienes uno?
Pero resultó que yo no tenía ningún atlas en casa, ni siquiera uno pequeño. Así que telefoneamos a una de las grandes librerías de la ciudad para que nos enviaran el atlas mundial más grande y más reciente que tuvieran. Y mientras esperábamos, volvimos a examinar la carta de nuevo y especulamos sobre el método en que había sido transmitida.
—¡Correo rápido! —explicó Harry—. ¡Vaya que sí! Deja en pañales al correo aéreo. Vaya, si esa carta viajó, no sólo desde aquí a Boston entre el tiempo en que la echaste de menos y cayó a mis pies, sino que fue directamente a Centroamérica, fue recogida y matasellada, y luego la enviaron a Boston, la velocidad media tuvo que ser…
Hicimos un cálculo aproximado y el resultado fue de más de tres mil doscientos kilómetros por minuto como velocidad probable. Después de hacerlo, nos miramos mutuamente.
—¡Santo Dios! —jadeó Harry—. ¡Los Estados Federados de El Dorado puede que sean un país tropical, pero sí que han inventado algo nuevo con esto! Me pregunto por qué no hemos oído hablar antes de ello.
—Puede que sea un secreto —sugerí yo—. No, no puede ser, porque hace años que tengo los sellos, y naturalmente mi padre los tuvo antes que yo.
—Te digo que hay algo muy extraño en todo esto —dijo Harry sombríamente—. ¿Dónde están los otros sellos que me dijiste? Deberíamos hacer pruebas con ellos mientras esperamos que llegue el atlas.
Tras esto, saqué los cuatro sellos restantes y se los tendí. Harry, entre otras cosas, era un artista bastante bueno, y su silbido fue de admiración al apreciar el trabajo realizado. Examinó con cuidado cada uno de los sellos, pero fue el de tres dólares (como yo había supuesto), el que realmente llamó su atención. El de la muchacha nativa, recordad.
—¡Señor! —exclamó Harry—. ¡Qué belleza!
Sin embargo, al momento, Harry lo puso a un lado y terminó de examinar a los otros. Luego se volvió hacia mí.
—Lo que no puedo comprender es el realismo de las figuras. ¿Sabes qué sospecharía si no lo supiera bien? Sospecharía que estos sellos nunca han sido dibujados. Creería que han sido tomados de fotografías.
—¡De fotografías! —exclamé.
Harry asintió.
—Naturalmente, tú y yo sabemos que eso no es posible —añadió—. Los unicornios, Neptunos y Pans no van por ahí, corriendo, a la espera de que los fotografíen hoy en día. Pero ésa es la impresión que me dan.
Confesé que tenía la misma impresión. Pero ya que los dos estuvimos de acuerdo en que aquello era imposible, descartamos el asunto y volvimos al problema del método empleado en transportar la carta.
—Dices que saliste de la habitación cuando desapareció —recalcó Harry—. Eso significa que no la viste salir. No sabes en realidad qué sucedió cuando pusiste ese sello y le diste la espalda, ¿no?
Coincidí en que así era, y Harry se sumió en un silencio pensativo.
Por fin, alzó la cabeza.
—Creo que tendremos que averiguarlo usando uno de los otros sellos con otra carta.
No puedo imaginar cómo no se me había ocurrido antes. En cuanto Harry lo dijo, reconocí lo apropiado de la idea. La único era decidir qué enviar, y a quién.
Eso nos hizo pensar durante varios minutos. No había nadie más de quien quisiéramos tener noticias ahora mismo; y no podíamos enviarnos nada el uno al otro, pues estábamos juntos.
—¡Ya lo tengo! —exclamó Harry por fin—. ¡Enviaremos algo al mismísimo El Dorado!
Estuve de acuerdo inmediatamente, pero no recuerdo cómo nos dio por decidirnos a enviar no una carta, sino a Thomas à Becket, mi viejo y achacoso gato siamés.
Me dije que sería una manera agradable de deshacerme de la criatura. La transmisión por el espacio a la terrible velocidad de ciento noventa y dos mil kilómetros por hora seguramente le aliviaría de sus sufrimientos, rápidamente y sin dolor.
Thomas à Becket estaba dormido bajo el sofá, respirando asmáticamente y con dificultad. Encontré una caja de cartón del tamaño adecuado y le hicimos algunos agujeros. Luego cogí a Thomas y lo coloqué en el interior. Abrió los ojos, me miró vagamente y volvió a sumirse en su sueño. Con angustia, coloqué la tapa y atamos la caja.
—Ahora —dijo Harry pensativamente—, está la cuestión de a quién enviarlo, naturalmente. Sin embargo, cualquier dirección servirá para nuestro proyecto.
Cogió una pluma y escribió con rapidez. Mister Henry Smith, Avenida de los Campos Elíseos, 711. Nirvana, Estados Federados de El Dorado.
Y debajo añadió: ¡Frágil! ¡Tratar con cuidado!
—Pero… —empecé a decir.
Harry me cortó.
—No, naturalmente que no conozco ninguna dirección así. Acabo de inventármela. Pero la gente de la oficina de correos no lo sabrá, ¿no?
—Pero ¿qué pasará cuando…? —empecé a decir de nuevo, y una vez más respondió antes de que terminara la pregunta.
—Irá al departamento de cartas sin destinatario, espero. Y si está muerto, dispondrán de él. Si está vivo, no tengo dudas de que lo cuidarán. Por los sellos, tengo la impresión de que vivir allí es fácil.
Eso acalló mis preguntas, y Harry cogió un sello —el de cincuenta centavos— y lo pegó firmemente en la caja. Luego retiró las manos y dio un paso atrás.
Observamos el paquete con atención.
Durante un instante no pasó nada.
Y entonces, cuando la decepción empezaba a mostrarse en la cara de Harry Norris, la caja que contenía a Thomas à Becket se elevó lentamente en el aire, giró como la aguja de una brújula y empezó a dirigirse a toda velocidad hacia la ventana abierta.
Cuando llegó a la ventana, se movía con la rapidez de un caballo de carreras. La atravesó y salió de la casa. Nos asomamos a la ventana y la vimos moverse hacia arriba, en dirección al oeste, por encima de la línea del cielo de Manhattan.
Y entonces, mientras la observábamos, comenzó a desvanecerse entre las nubes; un instante más tarde, había desaparecido por completo debido a su velocidad, supuse, del mismo modo que es invisible la bala disparada por un rifle.
Pero Harry tenía otra idea. Meneó la cabeza mientras regresábamos al centro de la habitación.
—No. No creo que ésa sea la respuesta. Tengo la impresión…
Nunca llegué a averiguar cuál era. Porque en ese mismo momento dejó de hablar, la boca aún abierta, y le vi quedarse rígido. Estaba mirando más allá, y me di la vuelta para ver qué le había afectado tanto.
Fuera de la ventana estaba el paquete que acabábamos de ver desaparecer. Colgó allí durante un instante y luego entró lentamente en la habitación, dio un pequeño giro y se colocó suavemente en lo alto de la mesa de la que había partido un par de minutos antes.
Harry y yo nos lanzamos hacia él, y supongo nuestros ojos debieron de salirse un poco de sus órbitas.
Porque el paquete estaba debidamente matasellado, igual que la carta. Con la excepción de que en una esquina, con grandes letras púrpura, alguien había estampado: DEVOLVER AL REMITENTE. NO EXISTE TAL PERSONA EN ESA DIRECCIÓN.
—¡Bien! —dijo Harry por fin.
No era muy adecuado, pero era todo lo que podíamos pensar. Desde dentro de la caja, Thomas à Becket emitió un maullido.
Corté las cuerdas y alcé la tapa. Thomas à Becket saltó del interior con una agilidad que no había demostrado en años.
No había forma de negarlo. En vez de matarle, el viaje a El Dorado, por breve que fuera, le había ido muy bien. Parecía cinco años más joven.
Harry Norris sostenía la caja en las manos, perplejo.
—Lo que no puedo comprender —recalcó—, es que exista realmente una dirección así. Te juro que acababa de inventarla.
—Hay más que eso —le recordé—. Lo importante es que el paquete regresó. No pusimos ningún remite.
—Es cierto —concordó Harry—. Y sin embargo sabían a quién devolverlo, ¿no?
Reflexionó durante un rato. Luego soltó la caja.
—Estoy empezando a creer —dijo, con una expresión extraña en la cara—, que hay más en todo esto de lo que parece. Mucho más. Sospecho que la verdad es mucho más excitante de lo que pensamos. Y en cuanto a estos Estados Federados de El Dorado, tengo una teoría…
Pero no me dijo cuál era su teoría. En cambio, el sello de tres dólares de color chocolate y marfil volvió a llamar su atención.
—¡Por Júpiter! —susurró, más para sí mismo que para mí; era aficionado a hacer de vez en cuando exclamaciones arcaicas—. ¡Sí que es hermosa! ¡Celestial! Con un modelo como ése, un artista podría pintar…
—También podría olvidarse de hacerlo —añadí yo.
Harry asintió.
—Sí que podría. Aunque pienso que al final se sentiría inspirado para trabajar en lo que nadie habría soñado. —Miraba el sello de una manera casi ansiosa—. Esta muchacha, es la que he estado esperando encontrar toda la vida. Por conocerla daría… daría… Bueno, casi todo.
—Me temo que tendrías que ir a El Dorado para hacerlo —sugerí como quien no quiere la cosa, y Harry se me quedó mirando.
—¡Pues lo haré! Además, estoy deseando hacerlo. ¡Escucha! Estos sellos sugieren que ese El Dorado tiene que ser un sitio fascinante. ¿Qué te parece si le hacemos una visita? Ninguno de los dos tiene ataduras y…
—¿Ir allí sólo para que puedas conocer a la chica que fue el modelo para el sello? —pregunté.
—¿Por qué no? ¿Se te ocurre alguna razón mejor? Puedo darte más. El clima, para empezar. Mira el buen aspecto que tiene el gato. Su excursión le ha quitado años de encima. Tiene que ser un lugar maravilloso y muy sano. Tal vez te vuelva joven otra vez. Y además…
Pero no tuvo que continuar. Yo estaba ya convencido.
—De acuerdo —accedí—. Tomaremos el primer barco. Pero cuando lleguemos, ¿cómo…?
—Por lógica —repondió Harry—. Por pura lógica. La muchacha debe de haber posado para un artista, ¿no? Y el director general de correos de El Dorado tiene que saber quién es el artista, ¿no? Iremos a verle directamente. Nos llevará al artista. El artista nos dará su nombre y dirección. ¿Hay algo que pueda ser más simple?
No me había dado cuenta de lo fácil que sería. Su impaciencia estaba empezando a contagiarme.
—Tal vez no tengamos que tomar un barco —sugerí—. Tal vez haya una línea aérea. Eso nos ahorraría…
—¡Por barco! —replicó Harry Norris, recorriendo la habitación de arriba a abajo y agitando las manos—. ¡Por avión! Puedes tomar barcos y aviones si quieres. Tengo una idea mejor. ¡Voy a ir a El Dorado por correo!
Me quedé un poco conmocionado hasta que vi lo simple que era su idea. Pero Harry señaló rápidamente que Thomas à Becket había hecho el viaje de ida y vuelta sin sufrir ninguna herida. Si un gato podía hacerlo, un hombre también.
No había más que elegir un punto de destino. Sería una pérdida de tiempo ser enviados ignominiosamente de vuelta por falta de una dirección correcta.
—Ya he pensado en eso —me dijo Harry en cuanto le señalé el asunto—. La primera persona a la que iré a ver es al director general de correos. Tiene que existir con toda certeza. Y el correo que le envíen tiene que ser el más fácil de entregar de todos. Así que, ¿por qué no matar dos pájaros de un tiro enviándome a su oficina?
Eso respondió a todas mis objeciones. Era el plan más llano y simple que había oído en mi vida.
—¡Vaya —añadió Harry Norris con excitación creciente—, puede que cene con la chica esta misma noche! ¡Vino y granadas bajo una luna dorada, con Pan tocando la flauta en las sombras y las ninfas bailando sobre el terciopelo verde!
Pensé que tenía que prepararle para cualquier posible decepción.
—Pero, supón que ahora está casada.
Meneó la cabeza.
—No lo estará. Tengo un presentimiento. Sólo un presentimiento. Ahora hay que preparar los detalles. Tenemos tres sellos que valen nueve dólares juntos. Eso debe de ser suficiente. Estoy un poco más delgado; veo que tú has engordado un poco últimamente. Cuatro dólares deben de ser suficientes para llevarme… el sello de un dólar y el de tres. Eso deja el de cinco para ti.
»Y en cuanto a la dirección, la escribiremos en etiquetas y nos las ataremos a la muñeca. Tienes etiquetas, ¿no? Sí, hay un par en este cajón. Ahora dame esa pluma. Esto tiene que valer…
Escribió y luego me mostró las etiquetas. Eran similares. Oficina del Director General de Correos, Nirvana, Estados Federados de El Dorado. Frágil. Tratar con cuidado.
—Ahora nos las ataremos a la muñeca…
Pero me eché atrás. De alguna manera, no me atrevía a hacerlo. Por muy deliciosas que fueran sus perspectivas sobre el lugar, la idea de enviarme por correo a lo desconocido, como había enviado a Thomas à Becket, me hacía sentirme extraño.
Le dije que iría con él más tarde. Tomaría el primer barco, o el primer avión, y me reuniría con él, por ejemplo en el hotel más importante.
Harry se sintió decepcionado, pero estaba demasiado impaciente para ponerse a discutir.
—Bien, de acuerdo. Pero si por cualquier motivo no puedes usar ni el barco ni el avión, ¿utilizarás el sello grande para reunirte conmigo?
Le prometí que lo haría de todo corazón. Con eso, me tendió la muñeca derecha y le até la etiqueta. Entonces cogió el sello de un dólar, se lo pasó por la lengua y lo pegó a la etiqueta. Tenía el sello de tres dólares en la mano cuando llamaron al timbre.
—Dentro de un minuto, o tal vez menos, estaré probablemente en la tierra más maravillosa que la imaginación del hombre haya sido capaz de visualizar —dijo.
—¡Espera!
Corrí a atender la llamada. No sé si me oyó o no. Se estaba llevando el segundo sello a la boca cuando me di la vuelta, y ésa fue la última vez que le vi.
Cuando volví con el paquete en la mano —el que había llamado era el recadero de la librería con el atlas que habíamos pedido—, Harry Norris había desaparecido.
Thomas à Becket estaba de pie y miraba la ventana. Las cortinas aún ondeaban. Me apresuré. Pero Norris ya no estaba a la vista.
Bien, pensé, debe de haber pegado ese sello que tenía en la mano sin saber que salí de la habitación. Pude verle mentalmente siendo depositado en ese mismo momento en la oficina del director general de correos.
Entonces se me ocurrió que después de todo ya podía saber dónde estaban los Estados Federados de El Dorado. Así que desenvolví el largo volumen que la librería me había enviado y empecé a hojearlo.
Cuando terminé, me quedé sentado un rato en silencio. De vez en cuando miraba la etiqueta sin usar, y el sello que aún permanecía sobre la mesa. Entonces tomé mi decisión.
Me levanté y cogí la maleta de Harry. Afortunadamente era verano y había traído consigo ropa ligera. Añadí las que pensé que podía usar, incluyendo un cartón de cigarrillos, y papel y tinta por si se daba el caso de que quisiera escribirme.
Y en última instancia añadí una pequeña Biblia… por si acaso.
Entonces cerré la maleta y le coloqué la etiqueta. Escribí Harry Norris arriba de la dirección, coloqué al lado el sello de El Dorado y esperé.
En un instante la maleta se alzó en el aire, flotó hacia la ventana, salió y empezó a acelerar.
Supuse que llegaría a su destino antes de que Harry tuviera tiempo de salir de la oficina del director general, y esperaba que pudiera enviarme una postal o alguna cosa para darme señales de vida. Pero no lo hizo. Tal vez no pudo.
Morks se detuvo en este punto, como si hubiera terminado su historia. Pero sin que nadie se diera cuenta, Malcolm había abandonado nuestro grupito durante unos instantes. Volvió trayendo un gran atlas.
—¡Así que eso es lo que pasó con tu juego de rarezas! —dijo con una sonrisita escasamente disimulada—. Muy interesante. Pero hay una cosa que quiero aclarar. Los sellos fueron emitidos por los Estados Federados de El Dorado, según dices. Bien, he estado buscando en este atlas y no hay ningún lugar así en la tierra.
Morks le miró, completamente tranquilo.
—Lo sé —dijo—. Por eso, después de mirar en mi propio atlas aquel día, no cumplí la promesa hecha a Harry Norris y no usé aquel último sello para reunirme con él. Ahora lo lamento. Cuando pienso en lo bien que tiene que estar pasándoselo allí… Pero no tiene sentido lamentar lo que hice o lo que no hice. La verdad es que mis nervios me traicionaron por un momento, cuando descubrí que no existe ningún lugar que sea los Estados Federados de El Dorado… en la tierra, quiero decir.
Y sacudió tristemente la cabeza.
—Muchas veces tengo ganas de saber dónde consiguió mi padre esos sellos —murmuró, casi para sí; luego se sumió en un silencio meditativo.